Amar a otras personas que tienen valores diferentes

Nombre omitido

Estaba tratando de educar a mis hijas para que tuvieran altos valores morales; pero cuando una persona que para ellas era un modelo de conducta tomó una mala decisión, me pregunté si todo lo que les había intentado enseñar se echaría a perder.

Mi cuñada Janey (se ha cambiado el nombre) se crio en el Evangelio y era una miembro de la Iglesia muy dedicada. Cuando su aparentemente feliz matrimonio de el templo se disolvió, las personas de su pequeña comunidad comenzaron a difundir rumores y a emitir juicios sobre ella; entonces se distanció de muchos de sus amigos y, con el tiempo, se alejó de la Iglesia.

Comenzó a salir con un joven, Andy, quien poco después fue a vivir con ella. Yo estaba preocupada por lo que les diría a mis hijas. Mis tres jóvenes hijas amaban a su tía Janey; no solo son nuestras familias muy unidas, sino que, además, ella era su profesora de baile, de modo que la veían varios días a la semana.

Durante muchos meses pensaron que Andy la visitaba muy a menudo, pero al final tuve que decirles que Janey y Andy vivían juntos. Les expliqué que la decisión que habían tomado era un grave pecado. Mis hijas parecieron entender y tuvimos una buena charla en cuanto a la importancia de vivir los principios del Evangelio.

Entonces estalló la bomba. Janey anunció alegremente a la familia que Andy y ella estaban esperando un bebé. De nuevo me preocupé en cuanto al modo en que esa noticia afectaría a mis hijas. ¿Entendían ellas que esa no era la manera en que el Padre Celestial desea que Sus hijos vengan a la tierra? ¿Pensarían que esa situación era aceptable y normal por tenerla tan cerca?

Durante varias semanas estuve preocupada y no quería hablar a mis hijas del nuevo acontecimiento. Un mes después, Janey y Andy decidieron casarse. ¿Por qué no habían esperado a estar casados para anunciar el embarazo?

En mi interior, sentí arder el resentimiento. ¿Cómo podía amar a Janey pero no lo que había hecho? ¿Cómo podía enseñar a mis hijas a seguir amando a su tía pero no aprobar las decisiones que ella había tomado?

Un día, mi hermana me habló de una joven de su barrio que había quedado embarazada. La joven seguía asistiendo a la Iglesia, y se veía feliz y emocionada por el inminente acontecimiento en su vida, pero las demás jovencitas estaban confundidas al percibir en ella una actitud aparentemente frívola ante la situación.

Sin embargo, mi hermana, que era maestra visitante de la madre de esa jovencita, sabía de las incontables noches que ella había llorado hasta quedarse dormida, afligida por las decisiones que la habían conducido a aquel aprieto. Tras muchas semanas de tormento, la joven decidió que podía continuar lamentándose por sus actos o seguir adelante y ser feliz. Gracias al sacrificio expiatorio de Cristo, ella pudo aceptar las consecuencias de sus decisiones, y volver a ser limpia mediante el arrepentimiento.

Me pregunté si Janey habría pasado por algo similar. ¿Se había lamentado por sus decisiones pero, al no poder cambiar las consecuencias, las había aceptado y había decidido seguir adelante?

Me sentí avergonzada por haber juzgado la situación con severidad y haber sido incapaz de amar como Jesucristo espera que amemos. Al reflexionar en la vida del Salvador, recordé que Él siempre buscó a los pecadores, enseñándoles mediante Sus palabras y Su ejemplo, y amándolos. Era ese amor lo que ablandaba los corazones y transformaba a las personas.

Me di cuenta de que, con demasiada frecuencia, amaba a las personas siempre que actuaran como yo pensaba que debían hacerlo, pero tan pronto cometían un error, interiormente, las condenaba. ¡Qué hipócrita era! Comprendí que necesitaba arrepentirme. Necesitaba aprender a amar al pecador sin apoyar el pecado. Finalmente, pude librarme del enojo que sentía hacia Janey y volver a amarla de verdad.

Tuve otra buena charla con mis hijas e hice hincapié en la importancia de casarse antes de tener un bebé. Pudimos esperar con alegría el nacimiento del nuevo bebé en la familia; todos queríamos apoyar a Janey y compartir aquel momento especial de su vida. Mis hijas entendieron que la tía Janey había hecho algo incorrecto, pero aún la aman a ella y al tío Andy, y esperan que su hermosa familia algún día decida volver a los brazos de nuestro Salvador, Jesucristo, quien los espera

Compromiso con la verdad

“La tolerancia y el respeto que demostremos a los demás y a sus creencias no nos harán abandonar nuestro compromiso con las verdades que comprendemos y los convenios que hemos hecho… debemos defender la verdad aun cuando practiquemos la tolerancia y el respeto hacia las creencias e ideas diferentes de las nuestras y hacia las personas que las profesen…

“De la misma forma, con nuestros hijos y otras personas a quienes tenemos la responsabilidad de enseñar, nuestro deber hacia la verdad es fundamental. Desde luego, los esfuerzos en la enseñanza solo dan fruto por medio del albedrío de los demás, por lo que nuestra enseñanza siempre se debe realizar con amor, paciencia y persuasión”.

Élder Dallin H. Oaks, del Cuórum de los Doce Apóstoles, “El equilibrio entre la verdad y la tolerancia”, Liahona, febrero de 2013, págs. 32, 33.

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Valor cristiano: El precio del discipulado

Élder Robert D. Hales

Del Quórum de los Doce Apóstoles

Cómo responder a la manera del Señor a quienes nos acusan.

Nos hemos reunido como si fuésemos uno, hemos tomado sobre nosotros el nombre de Jesucristo, y somos cristianos. Una pregunta que deseamos hacer es la siguiente: ¿Por qué, entonces, si tenemos ese amor del Salvador, desearía alguien ser un antagonista o atacarnos?

Recientemente, un grupo de fieles e inteligentes jóvenes Santos de los Últimos Días escribieron algunas de las preguntas más apremiantes que tenían. Una hermana preguntó: “¿Por qué la Iglesia no se defiende más activamente cuando se le hacen acusaciones?”.

En respuesta a su pregunta, diría que una de las grandes pruebas de la vida terrenal se presenta cuando nuestras creencias se ponen en tela de juicio o se critican. En esos momentos quizás queramos responder en forma agresiva y levantar los puños, pero esas son oportunidades importantes para detenernos, orar y seguir el ejemplo del Salvador. Recuerden que Jesucristo mismo fue despreciado y rechazado por el mundo; y en el sueño de Lehi, los que se dirigían hacia el Salvador sufrieron burlas y los “[señalaban] con el dedo” (1 Nefi 8:27). Jesús dijo: “…el mundo… aborreció [a mis discípulos], porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Juan 17:14). Al responder a nuestros acusadores como lo hizo el Salvador, no sólo somos más como Cristo, sino que invitamos a los demás a sentir Su amor y a seguirlo.

Para responder como Cristo lo haría no hay un texto fijo ni una fórmula. El Salvador respondió de manera diferente en cada situación. Cuando compareció ante el malvado rey Herodes, Él permaneció callado; al estar frente a Pilato, ofreció un sencillo y potente testimonio de Su divinidad y propósito; al enfrentarse a los cambistas que profanaban el templo, ejerció Su divina responsabilidad de preservar y proteger lo que era sagrado; al ser levantado en la cruz, pronunció la incomparable afirmación cristiana: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Algunas personas equivocadamente piensan que reacciones tales como el silencio, la mansedumbre, el perdón y el expresar humilde testimonio son respuestas pasivas o débiles, pero, el “[amar] a [nuestros] enemigos, [bendecir] a los que [nos] maldicen, [hacer] bien a los que [nos] aborrecen y [orar] por los que [nos] ultrajan y [nos] persiguen” (Mateo 5:44) requiere fe, fortaleza y, más que todo, valor cristiano.

El profeta José Smith demostró ese valor a lo largo de su vida. Aunque “[sufrió] continuamente severa persecución de toda clase de individuos, tanto religiosos como irreligiosos” (José Smith—Historia 1:27), él no tomó represalias ni cayó en el odio. Como todo verdadero discípulo de Cristo, siguió el ejemplo del Salvador al amar a los demás de manera tolerante y compasiva. Eso es valor cristiano.

Cuando no tomamos represalias, cuando ofrecemos la otra mejilla y dominamos los sentimientos de ira, nosotros también seguimos el ejemplo del Salvador; manifestamos Su amor, que es el único poder que puede someter al adversario y dar una respuesta a nuestros acusadores sin, a la vez, acusarlos a ellos. Eso no es debilidad; eso es valor cristiano.

A través de los años aprendemos que los desafíos a nuestra fe no son nada nuevo, y no es de esperar que desaparezcan pronto. Pero los verdaderos discípulos de Cristo ven la oportunidad en medio de la oposición.

En el Libro de Mormón el profeta Abinadí fue atado y llevado ante el malvado rey Noé. A pesar de que el rey se opuso vigorosamente a Abinadí y al final lo sentenció a muerte, Abinadí de todos modos enseñó el Evangelio con vigor y dio su testimonio. Debido a que Abinadí aprovechó esa oportunidad, un sacerdote llamado Alma se convirtió al Evangelio y trajo muchas almas a Cristo. El valor de Abinadí y de Alma era valor cristiano.

La experiencia demuestra que las épocas de publicidad negativa sobre la Iglesia pueden servir para llevar a cabo los propósitos del Señor. En 1983, la Primera Presidencia escribió a los líderes de la Iglesia: “…la oposición en sí puede ser una oportunidad. Entre los constantes desafíos que enfrentan nuestros misioneros se encuentra la falta de interés en los asuntos religiosos y en nuestro mensaje. Esas críticas crean… interés en la Iglesia… Eso da [a los miembros] la oportunidad de presentar la verdad a aquellas personas cuya atención está dirigida hacia nosotros”1.

Podemos aprovechar esas oportunidades de muchas maneras: una carta amable al editor de un diario, una conversación con un amigo, un comentario en un blog o una palabra tranquilizadora a alguien que haya hecho un comentario despectivo. Podemos responder con amor a aquellos en quienes ha influido la información errónea y el prejuicio, aquellos que “no llegan a la verdad sólo porque no saben dónde hallarla”(D. y C. 123:12). Les aseguro que el responder a nuestros acusadores de esa manera nunca es una debilidad; esel valor cristiano en acción.

Al responder a los demás, cada circunstancia será diferente. Afortunadamente, el Señor conoce el corazón de nuestros acusadores y cómo podemos responderles de la manera más eficaz. A medida que los verdaderos discípulos buscan la guía del Espíritu, reciben inspiración específica para cada situación; y en cada situación los verdaderos discípulos responden de un modo que invita al Espíritu del Señor. Pablo les recordó a los corintios que su predicación no “fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder” (1 Corintios 2:4). Ya que ese poder reside en el Espíritu del Señor, nunca debemos contender cuando hablamos de nuestra fe. Como se dan cuenta casi todos los misioneros, el discutir sobre doctrina valiéndose de la Biblia siempre aleja el Espíritu. El Salvador ha dicho: “…aquel que tiene el espíritu de contención no es mío” (3 Nefi 11:29). ¡Más lamentable que la acusación de que la Iglesia no es cristiana, es que los miembros reaccionen a esa acusación de manera no cristiana! Ruego que nuestras conversaciones con los demás siempre se caractericen por los frutos del Espíritu: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, [y] templanza” (Gálatas 5:22–23). El ser manso, según lo define el diccionario Webster es “manifestar paciencia y longanimidad, soportando agravios sin resentimiento”2. La mansedumbre no es debilidad; es un símbolo del valor cristiano.

Esto es de especial importancia al relacionarnos con miembros de otras denominaciones cristianas. Con toda seguridad nuestro Padre Celestial se entristece, y el diablo se ríe, cuando discutimos en forma contenciosa las diferencias doctrinales con nuestros vecinos cristianos.

Eso no quiere decir que debamos transigir en nuestros principios ni debilitar nuestras creencias. No podemos cambiar las doctrinas del Evangelio restaurado, aunque el enseñarlas y obedecerlas nos haga antipáticos a los ojos del mundo. Sin embargo, aún cuando sintamos que debemos enseñar la palabra de Dios con resolución, debemos orar para ser llenos del Espíritu Santo (véase Hechos 4:29, 31). No debemos confundir la resolución con la versión falsa que de ella usa Satanás: la altivez (véase Alma 38:12). Los verdaderos discípulos se expresan con confianza serena, no con orgullo jactancioso.

Como verdaderos discípulos, nuestra preocupación principal debe ser el bienestar de los demás, no la justificación personal. Las preguntas y las críticas nos dan la oportunidad de tender la mano a los demás y demostrarles que ellos son importantes para el Padre Celestial y para nosotros. Nuestro objetivo debe ser ayudarlos a comprender la verdad, no defender nuestro amor propio ni ganar puntos en un debate teológico. Nuestro testimonio sincero es la respuesta más poderosa que podamos dar a nuestros acusadores, y ese testimonio sólo puede nacer del amor y de la mansedumbre. Deberíamos ser como Edward Partridge, de quien el Señor dijo: “…su corazón es puro delante de mí, porque es semejante a Natanael de la antigüedad, en quien no hay engaño” (D. y C. 41:11). El no tener engaño significa tener la inocencia de un niño, ser lento en ofenderse y presto para perdonar.

Esas cualidades se aprenden primero en el hogar y en la familia, y se llevan a la práctica en todas nuestras relaciones. El no tener engaño es reconocer nuestra culpa primero. Cuando se nos acusa, debemos preguntar lo que los Apóstoles del Señor preguntaron: “¿Soy yo, Señor?” (Mateo 26:22). Si escuchamos la respuesta del Espíritu, podemos, cuando sea necesario, hacer correcciones, pedir disculpas, buscar el perdón y hacer las cosas mejor.

Sin engaño, los verdaderos discípulos evitan juzgar indebidamente el punto de vista de los demás. Muchos de nosotros hemos cultivado fuertes lazos de amistad con personas que no son miembros de la Iglesia: compañeros de escuela, de trabajo, amigos y vecinos de todo el mundo. Nosotros los necesitamos a ellos y ellos nos necesitan a nosotros. Como enseñó el presidente Thomas S. Monson: “Aprendamos a respetar a los demás… Ninguno de nosotros vive solo, ni en nuestra ciudad ni en nuestra nación ni en el mundo”3.

Como lo demostró el Salvador frente a Herodes, a veces los verdaderos discípulos deben mostrar valor cristiano al no decir nada. Una vez, cuando estaba jugando golf, apenas rocé un cacto cholla grande que parece lanzar púas como un puercoespín. Se me pegaron púas en toda la ropa, aun cuando apenas había rozado el cacto. Algunas situaciones son como esa planta: lo único que hacen es lastimarnos. En esos casos, es mejor mantener la distancia y simplemente alejarnos. Al hacerlo, algunos tratarán de provocarnos y comenzar una discusión. En el Libro de Mormón leemos que Lehonti y sus hombres acamparon en un monte. El traidor Amalickíah instó a Lehonti a “que bajara” y se reuniese con él en el valle. Pero cuando Lehonti bajó del lugar alto, fue envenenado “poco a poco” hasta que murió y su ejército quedó bajo el mando de Amalickíah (véase Alma 47). Con argumentos y acusaciones, algunas personas nos incitan a dejar el lugar alto, que es donde está la luz; es donde vemos la primera luz de la mañana y la última luz de la tarde; es el lugar alto; es verdadero y donde está el conocimiento. A veces otras personas quieren que bajemos del lugar alto y nos unamos a ellos en una riña teológica en el lodo. Esas cuantas personas contenciosas están resueltas a iniciar disputas religiosas, ya sea en línea o en persona. Siempre es mejor permanecer en el terreno alto del respeto y del amor mutuo.

Al hacerlo, seguimos el ejemplo del profeta Nehemías que construyó un muro alrededor de Jerusalén. Los enemigos de Nehemías le suplicaron que les hiciera frente en la llanura donde ellos “pensa[ban] hacer[le] mal”. Pero, a diferencia de Lehonti, Nehemías sabiamente rechazó la oferta con este mensaje: “Yo hago una gran obra, y no puedo ir; porque cesaría la obra, dejándola yo para ir a vosotros” (Nehemías 6:2–3). Nosotros también tenemos una gran obra que hacer, la cual no se llevará a cabo si nos detenemos a discutir. En vez de ello, debemos armarnos de valor cristiano y seguir adelante. Como leemos en Salmos: “No te impacientes a causa de los malignos” (Salmos 37:1).

La maldad siempre existirá en este mundo. Parte de la gran prueba de la vida terrenal es estar en el mundo sin llegar a ser como el mundo. En Su oración intercesora, el Salvador le pidió a nuestro Padre Celestial: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Juan 17:15). Pero al mismo tiempo que el Salvador nos advirtió que habría persecuciones, Él prometió paz: “La paz os dejo, mi paz os doy… No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27). Testifico que con el manto de Su paz sobre nosotros, se cumplirá la promesa de la Primera Presidencia: “La oposición que parezca difícil de sobrellevar será una bendición para el Reino de Dios sobre la tierra”4.

A la hermana que hizo la pregunta y a todos los que desean saber cómo responder a los acusadores, les digo: los amamos. Sin importar su raza, creencia, religión o inclinación política, si seguimos a Cristo y demostramos Su amor, debemos amarlos. No pensamos que somos mejores que ellos; más bien, deseamos mostrarles un camino mejor: el camino de Jesucristo. Su camino conduce a la puerta del bautismo, al sendero estrecho y angosto de una vida recta, y al templo de Dios. Él es “el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6). Sólo por medio de Él podemos nosotros y todos nuestros hermanos y hermanas heredar el don más grandioso que podamos recibir: la vida eterna y la felicidad eterna. Ayudar a los demás y ser un ejemplo para ellos no es una tarea para débiles; es para los fuertes. Es una tarea para ustedes y para mí, los Santos de los Últimos Días que pagan el precio del discipulado al responder a nuestros acusadores con valor cristiano.

Concluyo con el testimonio de Mormón, que también es el mío: “He aquí, soy discípulo de Jesucristo, el Hijo de Dios. He sido llamado por él para declarar su palabra entre los de su pueblo, a fin de que alcancen la vida eterna” (3 Nefi 5:13). Doy mi testimonio especial de Él: que nuestra vida puede ser eterna porque Su amor es eterno. Que compartamos Su amor eterno e incondicional con nuestros hermanos y hermanas de todas partes, es mi humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Carta de la Primera Presidencia del 1º de diciembre de 1983.
  2. Webster’s Third New International Dictionary, 1986.
  3. Thomas S. Monson, “In Quest of the Abundant Life”,Ensign, marzo de 1998, pág. 3.
  4. Carta de la Primera Presidencia del 1º de diciembre de 1983.