Tres sumos sacerdotes presidentes

William R. Walker

Conferencia General, Abril 2008.

Qué bendición y privilegio es para nosotros sostener al presidente Thomas S. Monson, al presidente Henry B. Eyring y al presidente Dieter F. Uchtdorf como la nueva Primera Presidencia de la Iglesia del Señor.

Por primera vez me di cuenta de la importancia de la Primera Presidencia, siendo niño, mientras crecía en el oeste de Canadá. Cuando iba a la casa del abuelo y de la abuela Walker, lo primero que veía era una foto de la Primera Presidencia de la Iglesia; la recuerdo bien. Parecía que eran los centinelas que daban la bienvenida a todo el que entraba.

La hermosa foto a color era del presidente George Albert Smith, con sus consejeros J. Reuben Clark Jr. y David O. McKay. La foto los mostraba de pie, junto a un gran globo terráqueo. Me encantaba esa foto. Se veían tan apuestos y majestuosos; yo los conocía como el profeta de Dios y sus consejeros.

Aquella foto, que colgaba en el pasillo de entrada de la casa de mis abuelos, tuvo una poderosa influencia en mí. Yo vivía en Raymond, un pueblito de la pradera, al igual que mis abuelos. Como podía ir caminando a la casa de ellos, los visitaba a menudo. Me acuerdo que con frecuencia me paraba solo, en silencio, en el pasillo de la entrada, frente a la foto de la Primera Presidencia, mirándola con reverencia. Recuerdo haber meditado el porqué mis abuelos pensaban que era tan importante honrar a la Primera Presidencia y que la foto ocupara un lugar destacado en su casa. Todos los que entraran, la verían; y quizá lo más importante, para sus hijos y nietos, es que era un recordatorio constante de lo que tenía suma importancia en el corazón y la vida de la abuela y el abuelo.

Años después, llegué a la conclusión de que exhibir la foto de la Primera Presidencia era semejante a la hermosas palabras de Josué: “…escogeos hoy a quién sirváis… pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15).

Todo aquel que entró en la casa de James y Fannye Walker sabía que grabadas en el corazón de ellos estaban las palabras: “…pero nosotros y nuestra casa serviremos a Jehová”. Como nieto suyo, lo sabía y nunca lo he olvidado.

De niño, no entendía bien el significado de que hubiese tres en la Primera Presidencia en lugar de tener un solo presidente. Sabía por supuesto que Jesús había escogido a Pedro, Santiago y Juan, no sólo a Pedro. Sabía que mi padre era uno de los tres hombres del obispado, que prestaba servicio como consejero del obispo J. O. Hicken. También sabía que mi abuelo era el presidente de estaca y que tenía dos consejeros que lo apoyaban (el presidente John Allen y el presidente Leslie Palmer).

En cada caso, la presidencia no sólo consistía de un hombre que era el líder, sino de tres que dirigían juntos. En la Primaria había aprendido los Artículos de Fe y llegué a apreciarlos. Ellos ofrecen consuelo y confianza a nuestros jóvenes a medida que aprenden las doctrinas básicas de la Iglesia. Sabía que “… el hombre debe ser llamado por Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas” (Artículos de Fe 1:5).

En 1835 el Señor reveló al Profeta José Smith el orden correcto de las presidencias de la Iglesia:

“Necesariamente hay presidentes, [u]… oficiales presidentes…”.

“Del Sacerdocio de Melquisedec, tres Sumos Sacerdotes Presidentes, escogidos por el cuerpo, nombrados y ordenados a ese oficio, y sostenidos por la confianza, fe y oraciones de la iglesia, forman un quórum de la Presidencia de la iglesia” (D. y C. 107: 21– 22).

“…un quórum de tres presidentes” (D. y C. 107: 29); no un presidente y dos vicepresidentes, sino tres sumos sacerdotes presidentes, un quórum de tres presidentes, la Primera Presidencia de la Iglesia del Señor.

El mundo no se organiza de esa forma, pero ese fue el modo en que el Señor organizó y estructuró Su Iglesia.

Me recuerda el siguiente pasaje de las Escrituras:

“Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová.

“Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8–9).

En la época de mi séptimo cumpleaños, aprendí un poco sobre la sucesión de la Presidencia, cuando falleció el presidente George Albert Smith. Poco después, la foto a la entrada de la casa de mis abuelos se reemplazó por una hermosa foto del presidente David O. Mckay y sus consejeros, Stephen L Richards y J. Reuben Clark, Jr.

De niño, sin duda no entendía el profundo significado ni el procedimiento de sucesión de la Presidencia, pero sabía que el profeta había fallecido y que nos dirigía un nuevo profeta de Dios, con dos consejeros a su lado.

A los 13 años, el obispo Murray Holt me llamó a su oficina y me extendió un llamamiento como presidente del quórum de diáconos. Me dijo que tenía que ir a casa y orar para saber quiénes debían ser mis consejeros. Me enseñó que el Señor me ayudaría a decidir, y así fue. Entonces aprendí algo sobre los consejeros y empecé a ver por qué el Señor dirige Su Iglesia por medio de presidencias y no sólo presidentes. Quería a mis consejeros del quórum de diáconos, y oramos y trabajamos mucho para ayudar a los muchachos de nuestro quórum. El obispo Holt me enseñó el modelo de las presidencias y cómo deben funcionar y actuar en la Iglesia del Señor.

Más tarde, cuando presté servicio como presidente de otros quórumes, ya sabía de la importancia de consejeros y que el Señor me ayudaría a escogerlos, como me lo había enseñado el obispo.

Como presidente del quórum de diáconos y más tarde como obispo y presidente de estaca, sabía que todo conocimiento, entendimiento o capacidad que tuviera, se magnificaría considerablemente al incluir a mis consejeros en cada decisión que se tuviera que tomar. Aprendí que las ventajas de servir juntos como presidencia eran ennoblecedoras y magnificadoras.

Llegué a entender por qué el Señor designó que Su Iglesia estuviera dirigida por tres sumos sacerdotes presidentes y por qué esa forma de liderazgo se prescribiría en toda la Iglesia.

El Señor dijo: “…os daré una norma en todas las cosas, para que no seáis engañados” (D. y C. 52:14). Él nos ha dado el modelo de liderazgo. El presidente Gordon B. Hinckley enseñó: “A cada una de las organizaciones de la Iglesia la preside una presidencia de tres, con excepción de los Setenta [y los Doce]” (Teachings of Gordon B. Hinckley, 1997, pág. 94). También las organizaciones auxiliares, en todos los niveles, están dirigidas por un presidente y dos consejeros. Todas las bendiciones y los beneficios de prestar servicio juntos como presidencia, se aplican a las organizaciones auxiliares así como a los quórumes del sacerdocio

Cada uno de los que prestamos servicio en cualquier presidencia de la Iglesia, debe ver a la Primera Presidencia como el modelo y ejemplo que queremos seguir al llevar a cabo nuestra mayordomía. Debemos esforzarnos por ser como ellos y trabajar juntos en amor y armonía como ellos lo hacen.

El presidente Hinckley con frecuencia habló de la importancia de los consejeros; él dijo: “El Señor puso [a los consejeros] ahí con un propósito” (Teachings of Gordon B. Hinckley, pág. 94).

El presidente Hinckley nos instruyó más: “Todas las mañanas, salvo los lunes, la Primera Presidencia se reúne, si estamos en la ciudad. Le pido al presidente Faust que presente los asuntos que tenga, los analizamos y tomamos decisiones. Luego llamó al presidente Monson que presente sus asuntos, los analizamos y tomamos decisiones. Después, yo presento los asuntos que deseo, los analizamos y tomamos decisiones. Trabajamos juntos. No se puede funcionar sólo en una presidencia. Los consejeros— ¡qué cosa maravillosa son! Evitan que uno haga lo incorrecto, y lo ayudan a hacer lo correcto” (Teachings of Gordon B. Hinckley, pág. 95; véase también “En… [los] consejeros hay seguridad”, Liahona, enero de 1991 págs. 55–58).

Un consejero del presidente Joseph F. Smith una vez describió la forma en la que deliberaba la Primera Presidencia: “Cuando se presentaba un caso [al Presidente de la Iglesia] para evaluar, él y sus consejeros lo analizaban y lo consideraban con cuidado hasta que llegasen a la misma conclusión” (Anthon H. Lund en Conference Report, junio de 1919, pág 19; cursiva agregada).

Ése debería ser nuestro modelo en las presidencias.

Las revelaciones nos enseñan a tomar decisiones en quórumes y presidencias “con toda rectitud, con santidad y humildad de corazón, mansedumbre y longanimidad, y con fe, y virtud, y conocimiento, templanza, paciencia, piedad, cariño fraternal y caridad” (D. y C. 107:30).

El Señor nos ha dado el modelo.

Hemos sostenido hoy a los integrantes de la nueva Primera Presidencia de la Iglesia; ellos nos enseñarán y mostrarán el modelo que debemos seguir. Recibiremos sabiduría y fortaleza al mirar a la Primera Presidencia como el modelo ideal de liderazgo.

Nuestra familia recibirá grandes bendiciones al enseñar a nuestros hijos y nietos a amar y a sostener a los líderes de la Iglesia. De niño, de pie en la casa de mis abuelos, supe que nos guiaban hombres de Dios, a quienes el Señor había colocado allí para guiarnos.

También lo sé ahora. Testifico que ésta es la obra del Señor Jesucristo y que Sus apóstoles y profetas nos dirigen. Testifico que el apóstol de más antigüedad, el presidente Thomas S. Monson, ha sido llamado por Dios y que, junto con sus dos nobles consejeros, nos guiarán de acuerdo con el deseo y la voluntad del Señor, cuya Iglesia ésta es. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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Verdades constantes para tiempos cambiantes

Thomas S. Monson

Nosotros, los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, debemos hacer frente a los peligros que nos rodean tanto a nosotros como a nuestras familias.

Mis queridos hermanos y hermanas que se hallan aquí presentes y en diversas partes del mundo, solicito sus oraciones y su fe para responder a la asignación y el privilegio de dirigirme a ustedes.

Comienzo felicitándolos a todos. En este mundo tan difícil, los jóvenes de hoy son los mejores que ha tenido la Iglesia. La fe, el servicio y las obras de nuestros miembros son dignos de alabanza. Somos un pueblo de fe, que se apoya en la oración y que se esfuerza por ser decente y honrado. Cuidamos los unos de los otros y tratamos de amar a nuestro prójimo.

Sin embargo, y antes de que nos durmamos en los laureles, permítanme citar de 2 Nefi, en el Libro de Mormón:

“En aquel día [el diablo]… los adormecerá con seguridad carnal, de modo que dirán: Todo va bien en Sión; sí, Sión prospera, todo va bien. Y así el diablo engaña sus almas”1.

Se ha dicho que el árbol de la autocomplacencia tiene muchas ramas y cada primavera echa nuevos brotes.

No podemos permitirnos el lujo de ser indiferentes. Vivimos tiempos peligrosos; las señales están a todo nuestro alrededor. Estamos extremadamente atentos a las influencias negativas de la sociedad que acechan a la familia tradicional. A veces la televisión y las películas representan a héroes y a heroínas mundanos e inmorales y tratan de poner como ejemplos a actores y actrices cuyas vidas nada tienen de ejemplar. ¿Por qué seguir a un guía ciego? Las emisoras de radio nos aturden con música denigrante con letra descarada, invitaciones peligrosas y descripciones de casi cualquier maldad imaginable.

Nosotros, los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, debemos hacer frente a los peligros que nos rodean tanto a nosotros como a nuestras familias. A fin de auxiliarnos en esta determinación, ofrezco varias sugerencias, así como algunos ejemplos de mi propia vida.

Comenzaré con la noche de hogar. Nadie puede permitirse desatender este programa inspirado que brinda crecimiento espiritual a cada miembro de la familia y le ayuda a resistir las tentaciones que hay por todas partes. Las lecciones que se aprenden en el hogar son las que perduran. Tal y como han dicho el presidente Gordon B. Hinckley y sus antecesores: “El hogar es el fundamento de una vida recta y ningún otro medio puede ocupar su lugar ni cumplir sus funciones esenciales”2.

El Dr. Glenn J. Doman, destacado autor y autoridad médica, escribió: “El recién nacido es casi una réplica exacta de una computadora vacía, aunque superior a dicha computadora casi en cada aspecto… Aquello que se introduce en la [mente] del niño durante sus primeros ocho años de vida quedará ahí para siempre. Si se le da información errónea durante [este período], resulta sumamente difícil eliminarla”. Y el doctor Doman agregó: “Los dos o tres primeros años constituyen el periodo más receptivo de la vida humana”3.

Me gusta este pensamiento: “La mente es un armario y cada uno abastece sus estantes”. Asegurémonos de que nuestros estantes, y los de nuestra familia, cuenten con aquellas cosas que brindan seguridad al alma y nos permitan regresar a nuestro Padre Celestial. En esos estantes deberá haber conocimiento del Evangelio, fe, oración, amor, servicio, obediencia, ejemplo y bondad.

Ahora abordo el tema de las deudas. Ésta es la época de pedir prestado, una época en la que cada semana recibimos en el correo múltiples ofertas de tarjetas de crédito que, por lo general, suelen ofrecer un interés bajo que tal vez se aplique durante un breve periodo de tiempo. Pero no solemos darnos cuenta de que, una vez que ese período se haya vencido, la tasa de interés aumenta drásticamente. Comparto con ustedes una declaración del presidente J. Reuben Clark, Jr., que fue miembro de la Primera Presidencia hace muchos años. Se trata de una verdad eterna. Él dijo:

“En todo el mundo rige una regla económica y financiera por la que se paga un interés por el dinero que se toma prestado…

“El interés nunca duerme, ni enferma ni muere; nunca va al hospital; trabaja los domingos y días festivos; nunca sale de vacaciones; nunca visita ni viaja; no se complace en nada; nunca queda cesante ni le despiden del empleo; nunca le reducen el número de horas que puede trabajar… Una vez que contraemos una deuda, el interés es nuestro compañero cada minuto del día y de la noche; no podemos huir ni escabullirnos de él; no podemos despedirlo; no cede ante súplicas, ni demandas, ni órdenes; y si nos inmiscuimos en su vía o atravesamos su camino o no cumplimos con sus exigencias, nos aplasta”4.

Mis hermanos y hermanas, me horroriza ver toda esa publicidad abogando por los préstamos hipotecarios al consumo. Hablando en términos financieros: se trata de segundas hipotecas inmobiliarias que tienen como fin tentarnos a solicitar más dinero para adquirir más cosas. Pero lo que nunca se menciona es el hecho de que si no se es capaz de satisfacer ese “segundo” pago, se corre el riesgo de perder la vivienda.

Eviten la filosofía y la excusa de que los lujos de ayer son las necesidades de hoy; las necesidades no existen a menos que nosotros las creemos. En la actualidad, muchos de nuestros matrimonios jóvenes quieren empezar por disponer de varios vehículos y del tipo de vivienda que sus padres tardaron toda una vida en tener. En consecuencia, adquieren una deuda a largo plazo respaldada por sus dos sueldos, y puede que sea demasiado tarde cuando se den cuenta de que en la vida hay cambios, las mujeres tienen hijos, la enfermedad golpea a algunas familias, las personas se quedan sin empleo o se producen desastres naturales u otras circunstancias que les impiden pagar la hipoteca que depende de ambos sueldos.

Es esencial que vivamos de acuerdo con nuestros ingresos.

Siguiente punto. He recibido la impresión de dirigirme a las madres, a los padres, a los hijos y a las hijas.

A cada madre y padre le digo: sean buenos oyentes. La comunicación es vital en este mundo tan acelerado. Dediquen tiempo a escuchar. Y a ustedes, hijos, les digo que hablen con sus padres. Tal vez les cueste aceptarlo, pero sus padres han pasado por muchos de sus mismos problemas y con frecuencia tienen una visión más clara de la situación que ustedes. Ellos oran por ustedes cada día y tienen derecho a recibir inspiración de nuestro Padre Celestial para aconsejarles y asesorarles.

Madres: compartan las tareas de la casa. A veces resulta más fácil hacerlo todo ustedes mismas que lograr que sus hijos les ayuden, pero para ellos es vital aprender a hacer su parte.

Padres: les aconsejo que muestren amor y bondad por su esposa. Sean pacientes con sus hijos; no los consientan en exceso, pues deben aprender a labrarse su propio camino.

Los insto a estar a disposición de sus hijos. He oído decir que ningún hombre en su lecho de muerte se arrepiente de no haber pasado más tiempo en la oficina.

Me encanta el ejemplo siguiente, tomado de un artículo titulado “Un día en la playa”, de Arthur Gordon, quien dijo:

“Cuando tenía más o menos 13 años y mi hermano 10, papá prometió llevarnos al circo, pero al mediodía sonó el teléfono; un asunto urgente requería su atención. Nos preparamos para la desilusión, pero luego lo oímos decir en el teléfono: ‘No, no estaré allí; eso tendrá que esperar’.

“Cuando volvió a la mesa, mamá sonrió y dijo: ‘El circo viene a cada rato, ¿no?’.

‘Lo sé’, dijo papá, ‘pero no la niñez’ ”5.

Mis hermanos y hermanas, el tiempo del que disponen para estar con sus hijos cada vez es menor; no pospongan el estar con ellos. Hay quien lo expresa así: Vive sólo para el mañana y hoy tendrás muchos ayeres vacíos6.

Padres: ayuden a sus hijos a fijarse metas educativas y profesionales. Ayuden a sus hijos varones a aprender modales y a respetar a las mujeres y a los niños.

El presidente Hinckley ha dicho: “Según enseñemos a una nueva generación, así será el mundo dentro de unos pocos años. Si les preocupa el futuro, velen hoy por la crianza de sus hijos”7.

Aquí tendrían buena aplicación las palabras del apóstol Pablo a su amado Timoteo: “Sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza”8.

Padres: vivan de tal modo que sus hijos vean en ustedes un ejemplo digno de emular.

A todas las familias aconsejo: Escudriñen sus orígenes. En la medida de lo posible es importante que conozcamos a los que nos precedieron. Descubrimos algo de nosotros mismos cuando aprendemos sobre nuestros antepasados.

Recuerdo oír de niño las experiencias de la rama Miller de mis antepasados. En la primavera de 1848, mis tatarabuelos, Charles Stewart Miller y Mary McGowan Miller, se unieron a la Iglesia en su natal Escocia, dejaron su hogar en Rutherglen y cruzaron el Atlántico. Llegaron al puerto de Nueva Orleans y ascendieron por el río Misisipi hasta San Luis, Misuri, donde llegaron en 1849 acompañando a un grupo de santos. Margaret, una de sus 11 hijos, fue mi bisabuela.

Al llegar a San Luis hicieron planes para conseguir dinero suficiente para el viaje al valle del Lago Salado, cuando una plaga de cólera azotó la zona y afectó gravemente a los Miller. En el espacio de dos semanas fallecieron la madre, el padre y dos de sus hijos. Mi bisabuela, Margaret Miller, tenía 13 años por aquel entonces.

Debido al elevado número de fallecimientos, no había ataúdes suficientes a ningún precio, así que los hijos mayores desmontaron el corral donde guardaban los bueyes para hacer ataúdes rudimentarios para sus familiares muertos.

Los nueve hijos huérfanos de la familia Miller y el esposo de una de las hijas mayores partieron de San Luis en la primavera de 1850 con cuatro bueyes y un carromato, y llegaron al valle del Lago Salado ese mismo año.

Tengo una gran deuda de gratitud con ellos y con otros nobles antepasados que amaban el Evangelio y que amaron al Señor con tal intensidad que estuvieron dispuestos a sacrificar todo lo que tenían, incluso su propia vida, por La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Cuán agradecido me siento por las ordenanzas del templo que nos unen por toda la eternidad.

Recalco la importancia que tiene la obra que realizamos en los templos del Señor por nuestros antepasados.

Hoy hace dos meses que varios miembros de mi familia nos reunimos en el Templo de Salt Lake para efectuar sellamientos por algunos de nuestros antepasados. Fue una de las experiencias más espirituales que hemos tenido, y contribuyó a aumentar el amor de los unos por los otros, así como nuestra obligación de vivir dignos de nuestros orígenes.

Años atrás, cuando nuestro hijo menor, Clark, asistía a una clase de religión en la Universidad Brigham Young, el maestro le preguntó: “Clark, ¿cuál es el mejor recuerdo que conserva de su padre?”.

El maestro me escribió contándome la respuesta que había dado mi hijo: “Cuando yo era diácono en el Sacerdocio Aarónico, mi padre y yo fuimos a cazar faisanes cerca de Malad, Idaho. Era un lunes, el último día de la temporada de caza de faisán. Caminamos por varios campos en busca de faisanes, pero sólo vimos unos pocos a los que no les dimos. Entonces mi padre me dijo: ‘Clark’, y miró su reloj, ‘descarguemos las armas y dejémoslas en esta zanja, para así arrodillarnos a orar’. Creí que papá iba a orar para que vinieran más faisanes, pero me equivoqué. Me explicó que el élder Richard L. Evans, del Quórum de los Setenta, estaba gravemente enfermo y que a las 12:00 del mediodía de ese lunes en cuestión, los miembros del Quórum de los Doce, dondequiera que se hallaran, se arrodillarían y, en cierto modo, se unirían en ferviente oración de fe por el élder Evans. Así que nos quitamos las gorras, nos arrodillamos y oramos”.

Recuerdo bien la ocasión, pero jamás me imaginé que un hijo observaba, aprendía y edificaba su propio testimonio.

Hace varios años tuvimos un joven repartidor de periódicos que no siempre los entregaba de la manera esperada. En vez de dejarlos en la entrada de la casa a veces los arrojaba accidentalmente a los arbustos o cerca de la calle, así que algunos suscriptores decidieron formalizar una queja por escrito. Un día llegó a nuestra casa una delegación de estas personas y le pidieron a mi esposa, Frances, que firmara la petición, a lo que ella declinó diciendo: “No es más que un niño y los periódicos son muy pesados para él. Jamás lo criticaría, pues se esfuerza por hacerlo bien”. Sin embargo, muchas otras personas firmaron la petición y la enviaron a los supervisores del joven.

A los pocos días llegué del trabajo y encontré a mi esposa llorando. Cuando finalmente fue capaz de articular palabra, me dijo que acababa de enterarse de que habían encontrado el cuerpo del pequeño repartidor de periódicos en su garaje, donde se había quitado la vida. Aparentemente, las críticas recibidas habían sido algo demasiado duro de soportar. Qué agradecidos estábamos por no haber formado parte de esas críticas. Ésa siempre ha sido una lección muy vívida respecto a la importancia de no juzgar a nadie y de tratar a todos con bondad.

El Salvador debe ser nuestro ejemplo. Se escribió de Él que aumentó “en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres”9. “Anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”10.

Recuerden que, con frecuencia, la sabiduría de Dios quizás parezca locura a los hombres; pero la lección más significativa que podemos aprender en la vida terrenal es que cuando Dios habla y el hombre obedece, ese hombre siempre estará en lo correcto.

Ruego que siempre sigamos al Príncipe de Paz, quien, literalmente, nos mostró el camino a seguir. Si obramos así, sobreviviremos a estos tiempos turbulentos. Su plan divino nos salva de los peligros que nos rodean por doquier. Su ejemplo nos indica el camino. Cuando fue tentado, Él desechó la tentación. Cuando se le ofreció el mundo, Él rechazó el ofrecimiento. Cuando se le pidió Su vida, Él la entregó.

Éste es el momento; éste es el lugar. Ruego que lo sigamos a Él, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. 2 Nefi 28:20–21.

  2. Carta de la Primera Presidencia, 11 de febrero de 1999; véase Liahona, diciembre de 1999, pág. 1.

  3. How to Teach Your Baby to Read, (1963, 1964), págs. 43–45.

  4. Véase “No codiciarás”, Liahona, febrero de 1991, pág. 6.

  5. Véase A Touch of Wonder, 1974, págs. 77–78.

  6. Veáse Meredith Willson y Franklin Lacey, The Music Man, 1957.

  7. “Mirad a vuestros pequeñitos”, Liahona, marzo de 2001, pág. 2.

  8. 1 Timoteo 4:12.

  9. Lucas 2:52.

  10. Hechos 10:38.