El pertenecer es nuestra sagrada primogenitura

Bonnie D. Parkin

Ex-Presidenta de la Sociedad de Socorro

Les testifico que en verdad son parte de ella, que ustedes pertenecen a la Sociedad de Socorro que es el redil del Buen Pastor para las hermanas.

Hermanas, me regocijo por estar juntas en esta ocasión. ¡Gracias por sus incontables actos caritativos, por el progreso constante de sus testimonios, por las muchas comidas que llevan a los demás! ¡Ustedes marcan la diferencia y son la luz del sol para el alma!

En estos tiempos peligrosos, hallo consuelo en la promesa de que “si [estamos] preparados, no temer[emos]”1. La Sociedad de Socorro nos ayuda a estar preparadas, no sólo temporal, sino espiritualmente. ¡Pero la Sociedad de Socorro no puede ayudarnos en nuestra preparación sin nuestra participación! Me preocupa que algunas de ustedes sientan que no encajan en la Sociedad de Socorro, que no pertenecen a ella. Ya sea que nos consideremos muy jóvenes o muy de edad, muy ricas o muy pobres, muy inteligentes o muy poco instruidas, ¡ninguna de nosotras es tan diferente que no pueda pertenecer a ella! Lo que más deseo es que cada una de ustedes sienta que en verdad encaja, que pertenece. Les testifico que en verdad son parte de ella, que ustedes pertenecen a la Sociedad de Socorro que es el redil del Buen Pastor para las hermanas.

Me compenetro con el presidente Joseph F. Smith, cuando dijo en 1907: “En la actualidad se da mucho el caso de que nuestras hermanas jóvenes, vigorosas e inteligentes piensen que sólo las de más edad han de estar vinculadas con la Sociedad de Socorro”; y añadió: “Eso es un error”2.

Hace poco, visité Etiopía y conocí a Jennifer Smith. Si alguna mujer podía decir que no pertenecía a la Sociedad de Socorro, ésta era la hermana Smith. Ella dijo: “Era tan diferente a las otras hermanas de nuestra rama. El idioma, la ropa, la cultura, todo parecía ser una brecha entre nosotras. Pero, cuando hablábamos del Salvador… la brecha disminuía. Cuando hablábamos de un amoroso Padre Celestial… ya no había brecha”; y siguió diciendo: “No podemos cambiar ni quitar las cargas de los demás, pero sí podemos incluir y hacer pertenecer a cada una con amor”3.

Aquellas hermanas encontraron paz en Sión al llegar a ser una en corazón y voluntad4; porque, como dice el Señor: “si no sois uno, no sois míos”5. El presidente Hinckley ha dicho que si “nos unimos y hablamos con una voz, [nuestra] fortaleza será incalculable”6. Como hermanas en Sión, ¿de qué manera llegamos a ser una? De la misma forma en la que pertenecemos a nuestro cónyuge o a nuestra familia: compartimos lo que somos, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos y nuestro corazón.

En un barrio, las madres presentan a sus hijas a la Sociedad de Socorro en una reunión dominical cuando cumplen dieciocho años. Una madre expresó con ternura la forma en que las hermanas de la Sociedad de Socorro la habían fortalecido desde el principio de su matrimonio: “Me han llevado alimentos y abrazos en los momentos tristes; y risa y apoyo para celebrar. Me han enseñado el Evangelio al visitarme y permitirme que las visite; me han dejado cometer errores y han tenido paciencia”. La madre le explicó a la hija que las margaritas de su jardín se las había llevado Carolyn; las azucenas, Venice; los ranúnculos, Pauline. La hija estaba asombrada y la madre agregó: “Estas mujeres son mis hermanas en todo el sentido de la palabra y estoy agradecida por traerte bajo su cuidado”.

La variedad en un jardín es lo que contribuye a su belleza: necesitamos margaritas, azucenas y ranúnculos; necesitamos jardineros que rieguen, nutran y brinden cuidado. Lamentablemente, Satanás sabe que el compartir une a nuestra hermandad cada día y por la eternidad; él sabe que el egoísmo empezará a destruir nuestro compartir, lo que destruye la unidad, y eso destruye a Sión. Hermanas, no podemos permitir al adversario que nos divida. Ustedes ven que “la perfecta unión”, dijo Brigham Young, “salvará a la gente”7. Y yo agregaría que la perfecta unión salvará a nuestra sociedad.

El presidente Boyd K. Packer nos recordó que “muchas hermanas conciben la Sociedad de Socorro apenas como una clase a la que asistir… Hermanas”, aconsejó, “deben abandonar la idea de que sólo asisten a la Sociedad de Socorro y captar el sentimiento de que pertenecen a ella”8. El sentimiento de que pertenecemos a ella empieza el domingo al escuchar las voces de unas y otras. Ninguna maestra debe dar “su” lección a un grupo de hermanas silenciosas, puesto que la lección es nuestra lección.

El pertenecer es que se nos necesite, que se nos ame y que se nos eche de menos cuando estemos lejos. Pertenecer es necesitar, amar y extrañar a quienes estén lejos; ésa es la diferencia que existe entre el asistir y el pertenecer. La Sociedad de Socorro no sólo es una clase dominical, es un don divino para nosotras como mujeres.

He aquí dos razones por las que siento que yo pertenezco a la Sociedad de Socorro, ¡y no sólo debido a mi llamamiento actual! Me sentía desanimada el mes pasado cuando llegaron mis maestras visitantes. Sue es divorciada y Cate fue una de mis Laureles, y me llevaron el mensaje y una oración; pero también llevaron con ellas un verdadero interés. Me sentí alentada y amada.

Una de mis hermanas de la Sociedad de Socorro ofreció una oración hace poco y le pidió al Padre Celestial, mencionando mi nombre, que me ayudara en mis responsabilidades. Ella no sabía cuáles eran mis necesidades específicas, pero conocía mi corazón.

Ahora bien, quizá sus maestras visitantes no las hayan visitado recientemente o, a lo mejor no hayan orado por ustedes mencionando su nombre. Lamento que haya sido así, pero no se las tiene que visitar para que ustedes sean buenas maestras visitantes, no se tiene que orar por ustedes para que ustedes oren. A pesar de nuestras diferencias, si compartimos generosa y sinceramente, las hermanas también compartirán; conoceremos el corazón de las demás, y el pertenecer florecerá como en un jardín. La hermana Smith y nuestras hermanas etíopes aprendieron que las diferencias no importan, porque el pertenecer es la caridad, el amor puro de Cristo en acción. Y la caridad nunca deja de ser.

Ya sea que prestemos servicio en la Primaria o en las Mujeres Jóvenes, ya sea que seamos activas o algo menos que eso, que seamos casadas o solteras, no importa si somos pollitas primaverales o gallinitas otoñales, todas pertenecemos a la Sociedad de Socorro. Yo soy una gallinita otoñal, ¡pero me siento como una pollita primaveral! Nos hacen falta sus voces, sus sentimientos y su corazón. ¡La Sociedad de Socorro las necesita! ¿Y saben qué? Ustedes necesitan a la Sociedad de Socorro. Cuando no participan, ustedes mismas se privan de algo y privan a la Sociedad de Socorro de ustedes.

Hermanas, no podemos tener divisiones en la Sociedad de Socorro, “sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros”9. “De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan”10. Porque “… el cuerpo tiene necesidad de cada miembro, para que todos se edifiquen juntamente, para que el sistema se conserve perfecto”11.

Sí, la Sociedad de Socorro puede ser más divertida, más alegre, más unida. Nuestras cargas pueden ser aligeradas y aliviadas. La Sociedad de Socorro no es perfecta, porque ninguna de nosotras lo es; pero podemos trabajar en eso; podemos perfeccionarla juntas a medida que damos nuestros propios pasos hacia delante. ¿De qué manera? Cambiando de actitud: la forma en que hablamos de la Sociedad de Socorro afecta la forma en la que otras hermanas consideran la Sociedad de Socorro, sobre todo las mujeres jóvenes. Brinden apoyo a las presidencias y a las maestras de la Sociedad de Socorro; permítanles aprender con paciencia de su parte (así como nosotras aprendemos con paciencia de parte de ellas); perdonemos más y juzguemos menos; seamos maestras visitantes amorosas y constantes; asistamos con entusiasmo a la Reunión de superación personal, de la familia y del hogar; busquemos lo bueno que hay en la Sociedad de Socorro y edifiquemos sobre ello.

El presidente Joseph F. Smith dio el encargo de que “nos aferremos a esta obra (la de la Sociedad de Socorro), con vigor, con inteligencia y con unidad, para la edificación de Sión”12. Si creemos que se ha restaurado la Iglesia del Señor, y así lo creemos, entonces debemos creer que la Sociedad de Socorro es una parte esencial de la organización de Su redil. ¡Tenemos que dejar de preguntarnos si encajamos, porque, en verdad sí encajamos! ¡Nuestras diferencias no son tan grandes que no podamos edificar a Sión juntas!

Hace casi un año, en Pasadena, California, la hermana Janice Burgoyne moría de cáncer; había dado generosamente de sí y era muy querida. Sus hermanas de la Sociedad de Socorro le llevaban comidas, limpiaban su casa, cuidaban a sus dos hijos pequeños, y ayudaron a su esposo a planear el funeral. Le era difícil a Janice recibir tanta ayuda sabiendo que sus hermanas hallarían ese trozo de pan tostado detrás del sillón. ¡Le preocupaba que sus hermanas se enteraran más allá de lo que sentía en su corazón! Pero debido a que ellas conocían su corazón, no importaba; se turnaban para llevar a los niños a la escuela o a otros lugares, les ayudaban a hacer las tareas, tocaban el piano, le cambiaban la ropa de su cama; y lo hicieron día tras día, sin quejarse, con inagotable caridad. El compartir así cambió para siempre a aquellas hermanas. Antes de morir, Janice se volvió hacia una hermana de la Sociedad de Socorro y le preguntó, con gratitud y asombro: “¿Cómo muere alguien sin la Sociedad de Socorro?”.

A ustedes, mis queridas hermanas, a ustedes, que son mis hermanas, les pregunto: “¿Cómo puede alguien vivir sin la Sociedad de Socorro?

El pertenecer es nuestra sagrada primogenitura. Cómo me gustaría tomarlas entre mis brazos y asistir a la Sociedad de Socorro con ustedes. Cómo me gustaría conocer su corazón y que ustedes conocieran el mío. Lleven su corazón, su caritativo corazón, a la Sociedad de Socorro; lleven sus talentos, sus dones, su individualidad para que seamos una.

Testifico que “el buen pastor [nos] llama… [para conducirnos] a su redil”13. Quizá no tengamos todas las respuestas, pero debemos confiar en que la Sociedad de Socorro es una parte esencial de la obra del Señor, porque:

Aunque nuestro camino nos lleve por las montañas,

Él conoce los campos donde pastoreamos…

Él viste a los lirios del campo;

Él alimenta a los corderos de Su rebaño.

Y Él sanará a quienes confíen en Él;

y hará nuestros corazones como de oro14.

En el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Véase D. y C. 38:30.

  2. En Conference Report, abril de 1907, pág. 6; cursiva agregada.

  3. Correspondencia personal.

  4. Véase Moisés 7:18.

  5. D. y C. 38:27.

  6. “El permanecer firmes e inquebrantables,” Reunión Mundial de Capacitación de Líderes, 10 de enero de 2004.

  7. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Brigham Young, pág. 370.

  8. “La Sociedad de Socorro”, Liahona, julio de 1998, pág. 79.

  9. 1 Corintios 12:25.

  10. 1 Corintios 12:26.

  11. D. y C. 84:110, cursiva agregada.

  12. En Conference Report, abril de 1907, pág. 6.

  13. Alma 5:60.

  14. Roger Hoffman, “Consider the Lilies”.

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Descubrir la divinidad interior

 Rosemary M. Wixom

Hermanas, ¡las amamos! Testifico que la vida es una dádiva. Dios tiene un plan para cada una de nosotras y nuestro propósito personal empezó mucho antes de que viniésemos a esta tierra.

Últimamente, he llegado a reconocer el milagro del nacimiento de un bebé como parte del plan del Señor. Cada una crecimos físicamente dentro del vientre de nuestra madre dependiendo por muchos meses de su cuerpo para sustentar el nuestro. Sin embargo, al final, el proceso del nacimiento —dramático tanto para la madre como para el niño— nos separó.

Cuando un bebé entra en este mundo, el cambio de temperatura, la luz y la repentina ausencia de presión en el pecho inducen al bebé a tomar su primer aliento. Esos pequeños pulmones de repente se llenan de aire por primera vez, los órganos empiezan a funcionar y el bebé comienza a respirar. Al cortarse el cordón umbilical, esa fuente de sustento entre la madre y el bebé se separa para siempre y comienza la vida del bebé en la tierra.

Job dijo: “El espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida”1.

Venimos a este mundo “con destellos celestiales”2. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo” enseña que cada uno de nosotros “es un amado hijo o hija procreado como espíritu por padres celestiales” y “cada uno tiene una naturaleza y un destino divinos”3. El Padre Celestial comparte con nosotras de manera generosa una porción de Su divinidad que yace en nuestro interior. Esa naturaleza divina proviene como una dádiva de Él con un amor que solo un padre puede sentir.

Venimos a esta tierra a nutrir y a descubrir las semillas de la naturaleza divina que hay en nuestro interior.

Sabemos por qué

Elaine Cannon, expresidenta general de las Mujeres Jóvenes, dijo: “Hay dos días importantes en la vida de la mujer: El día en que nace y el día en que se entera del porqué”4.

Nosotras sabemos por qué. Hemos venido a esta tierra para ayudar a edificar Su reino y a prepararnos para la segunda venida de Su Hijo Jesucristo. Con todo aliento que tomamos, nos esforzamos por seguirle. La naturaleza divina dentro de cada una de nosotras se refina y se magnifica mediante el esfuerzo que hacemos para acercarnos más a nuestro Padre y a Su Hijo.

Nuestra naturaleza divina no tiene nada que ver con nuestros logros personales, la posición que logremos, el número de maratones en los que participemos, ni con nuestra popularidad y autoestima. Nuestra naturaleza divina proviene de Dios; se estableció en una existencia que precedió a nuestro nacimiento y continuará en la eternidad.

Se nos ama

Nos identificamos con nuestra naturaleza divina al sentir y al dar el amor de nuestro Padre Celestial. Tenemos el albedrío para nutrirlo, para hacerlo florecer y ayudarlo a crecer. Pedro dijo que se nos dan “preciosas promesas” para que “[seamos] participantes de la naturaleza divina”5. Al comprender quiénes somos —hijas de Dios—, empezamos a sentir esas preciosas promesas.

El centrarnos en los demás y no solo en nosotras mismas nos permite ver que somos hijas de Él. De forma natural, acudimos a Él en oración y estamos ansiosas por leer Sus palabras y hacer Su voluntad. Recibimos nuestros sentimientos de valía personal del Señor, en vez de las personas que nos rodean, o de las que están en Facebook o Instagram.

Si alguna vez dudan de esa chispa de divinidad interior, arrodíllense en oración y pregúntenle al Padre Celestial: “¿Soy en verdad Tu hija y me amas?”. El élder M. Russell Ballard dijo: “Uno de los mensajes más dulces que les comunicará el Espíritu es lo que el Señor siente por ustedes”6.

Somos Sus hijas. Pablo dijo: “… el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios”7. Con frecuencia, la primera canción de la Primaria que aprendemos es “Soy un hijo de Dios”8. Ahora es el tiempo de tomar esa querida frase “Soy un hijo de Dios” y añadir las palabras: “Y ahora, ¿qué?”. Incluso, tal vez podríamos hacernos preguntas como estas: “¿Qué haré para vivir mi vida como hija de Dios?”, “¿cómo puedo cultivar la naturaleza divina que llevo en mi interior?”.

El presidente Dieter F. Uchtdorf dijo: “Dios las envió aquí para prepararlas para un futuro más grandioso del que puedan imaginar”9. Ese futuro, un día a la vez, cobra vida cuando hacen más que solo existir; cobra vida cuando viven para cumplir la medida de su creación; lo cual invita al Señor a su vida y empiezan a permitir que la voluntad de Él llegue a ser la de ustedes.

Aprendemos a causa de nuestra naturaleza divina

La naturaleza divina infunde en nosotras el deseo de saber esas verdades eternas por nosotras mismas.

Hace poco, una joven llamada Amy me enseñó esa lección cuando escribió: “Es difícil ser una adolescente en esta época. El sendero se hace más angosto y Satanás se esfuerza más. Las cosas son buenas o malas; no hay punto intermedio”.

También dijo: “A veces es difícil encontrar buenos amigos. Aun cuando uno piensa que tiene buenos amigos que nunca se alejarán, eso puede cambiar por cualquier razón. Es por eso que estoy contenta de tener una familia, al Padre Celestial, a Jesucristo y al Espíritu Santo, que pueden ser mis compañeros cuando las cosas van mal con los amigos”.

Amy prosiguió: “Una noche me sentía agobiada, le dije a mi hermana que no sabía qué hacer”.

Más tarde esa noche, su hermana le envió un texto donde citó al élder Jeffrey R. Holland, quien dijo: “No te des por vencido… Sigue caminando. Sigue intentándolo. Encontrarás ayuda y felicidad más adelante… al final todo saldrá bien. Confía en Dios y cree en las cosas buenas… por venir”10.

Amy explicó: “Recuerdo que al leer eso simplemente oré para que pudiese sentir el amor de Dios si es que en realidad Él estaba al tanto de mí”.

Ella afirmó: “Tan pronto como supliqué y creí que Él me escuchaba, tuve el sentimiento más maravilloso, feliz y cálido. No se puede describir; supe que Él me escuchaba y que me amaba”.

Debido a que somos Sus hijas, Él sabe quiénes podemos llegar a ser; Él conoce nuestros temores y sueños; Él se deleita en nuestro potencial y espera que acudamos a Él en oración. Debido a que somos Sus hijas, no solo lo necesitamos a Él, sino que Él también nos necesita. Las personas que están sentadas a nuestro alrededor en este momento nos necesitan. El mundo nos necesita y nuestra naturaleza divina nos permite ser discípulas de confianza para todos Sus hijos. Una vez que empecemos a ver la divinidad en nosotras mismas, podremos verla en los demás.

Prestamos servicio a causa de nuestra naturaleza divina

La naturaleza divina nos infunde el deseo de servir a los demás.

Hace poco, Sharon Eubank, Directora de los Servicios Humanitarios y de LDS Charities, contó una experiencia que compartió el élder Glenn L. Pace. A mediados de la década de 1980 azotaba a Etiopía una extensa sequía y una terrible hambruna. A fin de brindar alivio, se establecieron estaciones de sustento con agua y alimentos para los que pudiesen llegar a ellas. Un anciano, muerto de hambre, recorría la larga distancia para llegar a una de las estaciones. Al pasar por una aldea, oyó el llanto de un bebé; buscó hasta que encontró al bebé sentado junto al cuerpo sin vida de la madre. Recogió al bebé y siguió caminando por cuarenta kilómetros hasta la estación de sustento. Al llegar, sus primeras palabras no fueron: “Tengo hambre” o “Ayúdenme”, sino: “¿Qué pueden hacer por este niño?”11.

La naturaleza divina en nuestro interior enciende nuestro deseo de tender una mano de ayuda a los demás y nos impulsa a actuar. El Padre Celestial y Jesucristo nos pueden ayudar a encontrar la fortaleza para hacerlo. ¿Estará el Señor preguntándonos: “¿Qué se puede hacer por esta hija, este hermano, este padre o este amigo?”?

Es por medio de los susurros del Espíritu que la naturaleza divina del que duda, tras luchar por creer, encuentra la paz para volver a tener fe.

Cuando el profeta habla, sus palabras tocan la fibra de nuestra naturaleza divina y nos dan la fortaleza para seguir adelante.

El participar de la Santa Cena cada semana da esperanza a la divinidad en nuestro interior y recordamos a nuestro Salvador Jesucristo.

Les prometo que al procurar descubrir la profundidad de la naturaleza divina que yace en su interior, empezarán a magnificar aún más su precioso don. Permitan que ese don las guíe para llegar a ser Sus hijas y recorran el sendero de regreso a Él, donde seremos “[restauradas] a ese Dios que [nos] dio aliento”12. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Job 33:4.

  2. “Ode: Intimations of Immortality from Recollections of Early Childhood”, The Complete Poetical Works of William Wordsworth, 1924, pág. 359.

  3. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.

  4. Elaine Cannon, en “‘Let Me Soar’, Women Counseled”, Church News, 17 de octubre de 1981, pág. 3.

  5. Véase 2 Pedro 1:4.

  6. Véase de M. Russell Ballard, “Mujeres de rectitud”, Liahona, diciembre de 2002, pág. 42.

  7. Romanos 8:16.

  8. Véase “Soy un hijo de Dios”, Canciones para los niños, pág. 196.

  9. Véase de Dieter F. Uchtdorf, “Vivir el Evangelio con gozo”, Liahona, noviembre de 2014, pág. 121.

  10. Jeffrey R. Holland, “Sumo Sacerdote de los bienes venideros”, Liahona, enero de 2000, pág. 45.

  11. Véase de Glenn L. Pace, “Necesidades infinitas y recursos limitados”, Liahona, marzo de 1995, pág. 19.

  12. 2 Nefi 9:26.