El pan vivo que ha descendido del cielo

Elder D. Todd Christofferson

Si anhelamos morar en Cristo y hacer que Él more en nosotros entonces lo que procuramos es la santidad.

El día después de que Jesús milagrosamente alimentó a los cinco mil en Galilea con solo “cinco panes de cebada y dos pescados”1, habló de nuevo a la gente en Capernaum. El Salvador se dio cuenta de que muchos no estaban tan interesados en Sus enseñanzas como en que se les volviera a dar de comer2. Por consiguiente, Él trató de convencerlos del valor inmensamente mayor de “la comida que… el Hijo del Hombre os dará”3. Jesús declaró:

“Yo soy el pan de vida.

“Vuestros padres comieron el maná en el desierto y están muertos.

“Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él coma no muera.

“Yo soy el pan vivo que ha descendido del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo”4.

Los que lo escuchaban perdieron totalmente el sentido que le dio el Señor y entendieron Sus palabras solo de manera literal. Con repugnancia al solo pensarlo, se preguntaban: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”5. Jesús continuó explicando:

“De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre ni bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.

“El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el día postrero.

“Porque mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre verdaderamente es bebida”6.

Después expresó el profundo significado de Su metáfora:

“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

“Así como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo, el que me come también vivirá por mí”7.

Aún así, los que lo oyeron no comprendieron lo que Jesús les decía: “Entonces, al oírlo, muchos… dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?… [Y] desde entonces, muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con él”8.

Comer Su carne y beber Su sangre es una manera contundente de expresar cuán completamente debemos traer al Salvador a nuestra vida —a nuestro mismo ser— para que seamos uno. ¿Cómo se logra?

Primero, entendemos que al sacrificar Su carne y Su sangre, Jesucristo expió nuestros pecados y venció la muerte, tanto física como espiritual9. Entonces queda claro que participamos de Su carne y bebemos Su sangre cuando recibimos de Él el poder y las bendiciones de Su expiación…

La doctrina de Cristo expresa lo que debemos hacer para recibir la gracia expiatoria. Es creer y tener fe en Cristo, arrepentirse y ser bautizado, y recibir el Espíritu Santo, “y entonces viene una remisión de vuestros pecados por fuego y por el Espíritu Santo”10. Esa es la puerta, nuestro acceso a la gracia expiatoria del Salvador y al camino recto y angosto que conduce a Su reino.

“Por tanto, si marcháis adelante [en ese sendero], deleitándoos en la palabra de Cristo, y perseveráis hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Tendréis la vida eterna”.

“… he aquí, esta es la doctrina de Cristo, y la única y verdadera doctrina del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, que son un Dios, sin fin”11.

El simbolismo del sacramento de la Santa Cena del Señor es hermoso de contemplar. El pan y el agua representan la carne y la sangre de Aquel que es el Pan de Vida y el Agua Viva12, recordándonos dolorosamente el precio que Él pagó para redimirnos. Cuando se parte el pan, recordamos la carne desgarrada del Salvador agonizante. El élder Dallin H. Oaks una vez observó que “debido a que está partido y desgarrado, cada pedazo es único, así como las personas que participan de él son únicas. Todos tenemos diferentes pecados de qué arrepentirnos; todos necesitamos ser fortalecidos en diferentes circunstancias mediante la Expiación del Señor Jesucristo, a quien recordamos en esta ordenanza”13. Al beber el agua, pensamos en la sangre que Él derramó en Getsemaní y en la cruz y en su poder santificador14. Al saber que “nada impuro puede entrar en su reino”, tomamos la resolución de que estaremos entre “aquellos que han lavado sus vestidos en [la] sangre [del Salvador], mediante su fe, y el arrepentimiento de todos sus pecados y su fidelidad hasta el fin”15.

He hablado de recibir la gracia expiatoria del Salvador para quitar nuestros pecados y la mancha de esos pecados en nosotros; pero, en sentido figurado, el comer Su carne y beber Su sangre tiene un significado adicional, y es el interiorizar las cualidades y el carácter de Cristo, despojándonos del hombre natural y haciéndonos santos “por la expiación de Cristo el Señor”16Al participar del pan y del agua de la Santa Cena cada semana, bien haríamos en considerar cuán plena y completamente debemos incorporar Su carácter y el modelo de Su vida sin pecado en nuestra propia vida y nuestro ser. Jesús no podría haber expiado los pecados de los demás a menos que El mismo fuese sin pecado. Puesto que la justicia no podía reclamarlo a Él, Él pudo ofrecerse en nuestro lugar para satisfacer la justicia y luego extender misericordia. Al recordar y honrar Su sacrificio expiatorio, también debemos contemplar Su vida sin pecado.

Eso indica la necesidad de un potente esfuerzo de nuestra parte. No podemos conformarnos con permanecer como somos, sino que debemos avanzar constantemente hacia “la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”17. Al igual que el padre de Lamoni en el Libro de Mormón, debemos estar dispuestos a abandonar todos nuestros pecados18 y centrarnos en lo que el Señor espera de nosotros, individual y colectivamente.

No hace mucho, un amigo me relató una experiencia que tuvo mientras servía como presidente de misión. Lo habían operado y eso requirió varias semanas de recuperación. Mientras se recuperaba, dedicó tiempo a escudriñar las Escrituras. Una tarde, al meditar las palabras del Salvador que se hallan en el capítulo 27 de 3 Nefi, se quedó dormido. Después relató lo siguiente:

“Caí en un sueño en el que se me dio una visión vívida y panorámica de mi vida. Se me mostraron mis pecados, las malas decisiones, las veces… que había tratado a la gente con impaciencia, además de las omisiones de las cosas buenas que debería haber dicho o hecho… Se me mostró un [repaso] total de mi vida, en solo cuestión de minutos, aunque pareció ser mucho más largo. Desperté, sorprendido y… al instante me arrodillé junto a la cama y comencé a orar, a suplicar perdón, expresando los sentimientos de mi corazón como nunca antes lo había hecho.

“Antes del sueño, no sabía que tenía tanta necesidad de arrepentirme. Mis defectos y debilidades se volvieron tan claros para mí que la brecha entre la persona que yo era y la santidad de Dios parecía ser de millones de kilómetros. En mi oración esa tarde, expresé mi más profunda gratitud a mi Padre Celestial y al Salvador con todo mi corazón por lo que Ellos habían hecho por mí y por las relaciones que atesoraba con mi esposa e hijos. Mientras estaba de rodillas también sentí el amor y la misericordia de Dios que eran tan palpables, a pesar de mi sentimiento de indignidad…

“Puedo decir que desde aquel día no soy el mismo… Mi corazón cambió… Lo que ocurrió es que desarrollé más empatía hacia los demás, con una mayor capacidad de amar, junto con un sentimiento de urgencia para predicar el Evangelio… Podía identificarme, como nunca antes, con los mensajes de fe, esperanza y el don del arrepentimiento que se hallan en el Libro de Mormón”19.

Es importante reconocer que esa vívida revelación de sus pecados y defectos no desalentó a ese buen hombre ni lo condujo a a la desesperación. Sí, sintió conmoción y remordimiento; sintió intensamente la necesidad de arrepentirse. Había sido humillado, y sin embargo sintió gratitud, paz y esperanza -verdadera esperanza- a causa de Cristo, “el pan vivo que ha descendido del cielo”20.

Mi amigo habló de la brecha que percibía en su sueño entre su vida y la santidad de Dios. Santidad es la palabra correcta. Comer la carne y beber la sangre de Cristo significa procurar la santidad. Dios manda: “Sed santos, porque yo soy santo”21.

Enoc nos dio el siguiente consejo:“Enséñalo, pues, a tus hijos, que es preciso que todos los hombres, en todas partes, se arrepientan, o de ninguna manera heredarán el reino de Dios, porque ninguna cosa inmunda puede morar allí, ni morar en su presencia; porque en el lenguaje de Adán, su nombre es Hombre de Santidad, y el nombre de su Unigénito es el Hijo del Hombre, sí, Jesucristo”22. Cuando era niño, me preguntaba por qué en el Nuevo Testamento a menudo se refiere a Jesús (e incluso Él se refiere a Sí mismo) como el Hijo del Hombre cuando Él es en realidad el Hijo de Dios, pero la declaración de Enoc deja claro que esas referencias son en realidad un reconocimiento de Su divinidad y santidad; Él es el Hijo del Hombre de Santidad, Dios el Padre.

Si anhelamos morar en Cristo y hacer que Él more en nosotros23, entonces lo que procuramos es la santidad, tanto en cuerpo como en espíritu24. La procuramos en el templo donde está inscrito: “Santidad al Señor”. La procuramos en nuestro matrimonio, familia y hogar. La procuramos cada semana al deleitarnos en el día santo del Señor25. La procuramos incluso en los detalles del diario vivir: nuestra manera de expresarnos, nuestro modo de vestir, nuestros pensamientos. Tal como ha declarado el presidente Thomas S. Monson: “Somos el producto de todo lo que leemos, lo que vemos, lo que oímos y lo que pensamos”26. Procuramos la santidad al tomar nuestra cruz cada día27.

La hermana Carol F. McConkie ha observado: “Reconocemos la infinidad de pruebas, tentaciones y tribulaciones que pudieran alejarnos de todo lo que es virtuoso y digno de alabanza ante Dios; sin embargo, nuestras experiencias terrenales nos ofrecen la oportunidad de elegir la santidad. La mayoría de las veces son los sacrificios que hacemos para guardar nuestros convenios que nos santifican y hacen que seamos santas”28. Y a los sacrificios que hacemos yo añadiría también el servicio que damos.

Sabemos que “cuando [nos hallamos] al servicio de [n]uestros semejantes, solo [estamos] al servicio de [n]uestro Dios”29. Y el Señor nos recuerda que ese tipo de servicio es primordial en Su vida y carácter: “Porque el Hijo del Hombre tampoco vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos”30. El presidente Marion G. Romney explicó sabiamente: “El servicio no es algo que soportamos en esta tierra a fin de ganar el derecho de vivir en el reino celestial; es la fibra misma de la que se compone una vida exaltada en el reino de los cielos”31.

Zacarías profetizó que en el día del reino milenario del Señor, incluso las campanillas de los caballos llevarían la inscripción: “Santidad a Jehová”32. En ese espíritu, los santos pioneros en estos valles pusieron ese recordatorio: “Santidad al Señor”, en cosas aparentemente comunes o mundanas, así como aquellas que estaban más directamente relacionadas con la práctica religiosa. Se inscribió en las copas y bandejas de la Santa Cena, se imprimió en certificados de ordenación de Setentas, y en un estandarte de la Sociedad de Socorro. “Santidad al Señor” también se exhibió en vitrinas de las tiendas ZCMl, la Institución Cooperativa Mercantil de Zion. Se encontraba en la cabeza de un martillo y en un tambor. “Santidad al Señor” se grabó en las perillas de la casa del presidente Brigham Young. Esas referencias a la santidad en lugares aparentemente inusuales o inesperados tal vez parezcan incongruentes para algunos, pero indican lo generalizada y constante que debe ser nuestra atención en la santidad.

Participar de la carne del Salvador y beber Su sangre significa eliminar de nuestras vidas cualquier cosa que no sea compatible con un carácter semejante al de Cristo y adoptar Sus atributos. Este es el significado más amplio del arrepentimiento, no solo apartarse de los pecados del pasado, sino de ahí en adelante “entregar [el] corazón y [la] voluntad a Dios”33. Tal como sucedió con mi amigo en su sueño revelador, Dios nos mostrará nuestros defectos y fracasos, pero también nos ayudará a convertir las debilidades en fortalezas34 Si con sinceridad preguntamos: “¿Qué más me falta?”35, Él no nos dejará con dudas, sino que con amor Él responderá por el bien de nuestra felicidad; y nos dará esperanza.

Es un esfuerzo consumidor, y sería terriblemente desalentador si en nuestro esfuerzo por la santidad estuviéramos solos. La gloriosa verdad es que no estamos solos; tenemos el amor de Dios, la gracia de Cristo, el consuelo y la guía del Espíritu Santo, y el compañerismo y aliento de los santos compañeros en el cuerpo de Cristo, la Iglesia. No nos contentemos con dónde estamos, pero tampoco nos desanimemos. Como nos insta un himno sencillo y a la vez reflexivo:

Aparta un tiempo para ser santo, el mundo con prisa pasa;

pasa mucho tiempo en secreto con Jesús a solas.

Al buscar a Jesús, como Él serás.

Tus amigos, por tu conducta, Su semejanza verán.36

Doy testimonio de Jesucristo, “el pan vivo que ha descendido del cielo”37, y que “[el] que come [Su] carne y bebe [Su] sangre tiene vida eterna”38, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias.

  1. Juan 6:9.

  2. Véase Juan 6:26.

  3. Juan 6:27.

  4. Juan 6:48–51.

  5. Juan 6:52.

  6. Juan 6:53–55.

  7. Juan 6:56–57.

  8. Juan 6:60, 66. Fue en esa ocasión en que el Salvador preguntó a Sus Doce: “¿También vosotros queréis iros?”. (Juan 6:67). Respondiendo por los Doce con fe firme, Pedro contestó: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Juan 6:68–69). No sé si, en ese momento, Pedro y sus hermanos comprendieron lo que el Señor estaba enseñando mejor que los discípulos que estaban abandonando al Maestro, pero Pedro sabía por el testimonio seguro del Espíritu que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente (véase Mateo 16:15–17), y que la salvación no se puede encontrar en ninguna otra parte. Por lo tanto, estaba totalmente decidido a seguir a Jesús de todos modos. Si él tenía preguntas, se podrían resolver a su debido tiempo, pero no se le podría disuadir de su lealtad al Hijo de Dios, estableciendo un ejemplo maravilloso para todos nosotros.

  9. Véanse Lucas 22:44; Hebreos 13:12; Mosíah 3:7; 15:7–8; Alma 7:13; Doctrina y Convenios 19:18; 38:4; 45:4–5.

  10. 2 Nefi 31:17.

  11. 2 Nefi 31:20-21.

  12. Véase Juan 4:10.

  13. Dallin H. Oaks, “Mensaje de introducción” (discurso impartido en el Seminario para nuevos presidentes de misión), 25 de junio de 2017, 2.

  14. Véase Moisés 6:60.

  15. 3 Nefi 27:19; véase también Moroni 10:32–33.

  16. Mosíah 3:19.

  17. Efesios 4:13.

  18. Véase Alma 22:18.

  19. Correspondencia personal.

  20. Juan 6:51.

  21. 1 Pedro 1:16.

  22. Moisés 6:57.

  23. Véase Juan 6:56.

  24. Véase Romanos 12:1.

  25. Véase Isaías 58:13.

  26. Teachings of Thomas S. Monson, comp. Lynne F. Cannegieter (2011), 267.

  27. Véase Traducción de José Smith, Mateo 16:25–26 (en Mateo 16:24, nota e);Lucas 9:23; 14:27–30; Traducción de José Smith, Lucas 14:27–28 (en Lucas 14:27, nota b); Traducción de José Smith, Lucas 14:31 (en Lucas 14:30, nota a).

  28. Carol F. McConkie, “La hermosura de la santidad”, Liahona, mayo de 2017, pág. 10.

  29. Mosíah 2:17.

  30. Marcos 10:45; véase también Alma 34:28.

  31. Marion G. Romney, “La naturaleza celestial de la autosuficiencia,” Liahona,marzo de 2009, pág. 19.

  32. Zacarías 14:20.

  33. Guía para el estudio de las Escrituras, “Arrepentimiento”.

  34. Véase Éter 12:27.

  35. Mateo 19:20.

  36. William D. Longstaff, “Take Time to Be Holy,” The United Methodist Hymnal(1989), nro. 395.

  37. Juan 6:51.

  38. Juan 6:54.

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La adoracion en la reunion sacramental.

Elder Russell M. Nelson
Del Quorum de los Doce Apostoles.

Las reuniones sacramentales se deben planear y dirigir con objeto de ayudarnos a recordar al Señor y Su Expiación.

Los obispados y las presidencias de rama tienen muchas responsabilidades que se pueden delegar, pero no pueden delegar la responsabilidad de las reuniones sacramentales. Por lo general, ellos presiden y de esa manera son responsables tanto del espíritu como del contenido de dichas reuniones. Por tanto, mis enseñanzas sobre las reuniones sacramentales tendrán un particular interés para los obispos y los presidentes de rama y sus consejeros, así como para los miembros de la Iglesia que participan en estos servicios semanales.

El fundamento doctrinal

La reunión sacramental es la reunión de barrio o rama a la que asistimos como familia, que es la unidad básica de la Iglesia. Las familias y los miembros deben llegar al centro de reuniones mucho antes de que empiece la reunión sacramental. Tal como el Señor lo ha mandado, asistimos para participar de la Santa Cena y renovar nuestros convenios.

Él instituyó la Santa Cena para que recordásemos Su Expiación. Al terminar la última cena, especialmente preparada para la Pascua, Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a Sus Apóstoles, diciendo: “Tomad, comed” (Mateo 26:26). “Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí” (Lucas 22:19). Entonces tomó la copa, pronunció una oración de agradecimiento y la pasó a los que se encontraban reunidos alrededor de Él, diciendo: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre” (Lucas 22:20), “derramada para remisión de los pecados” (Mateo 26:28). “Haced esto… en memoria de mí. Así pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis” (1 Corintios 11:25–26). De esta manera, vinculó la Santa Cena con Su inminente crucifixión.

Dios había declarado: “Esta es mi obra y mi gloria, llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre (Moisés 1:39). Entonces, el Hijo de Dios voluntariamente dio Su vida para llevar a cabo la voluntad de Su Padre. De esa manera, la inmortalidad llegó a ser una realidad, y la vida eterna una posibilidad para todos los que vivieran en la tierra.

Conmemoramos Su Expiación de una manera muy personal, llevando a la reunión sacramental un corazón quebrantado y un espíritu contrito. Es lo que tiene más realce en nuestra observancia del día de reposo (véase D. y C. 59:8–13).

Las oraciones sacramentales han sido reveladas por el Señor (véase Moroni 4:3; 5:2; D. y C. 20:77, 79). Hacemos convenio de tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo y guardar Sus mandamientos; comemos el pan partido en memoria de Su cuerpo; tomamos el agua en memoria de Su sangre que fue vertida por nosotros; y testificamos que siempre nos acordaremos de Él. La promesa es que siempre tendremos Su Espíritu con nosotros. ¡Qué bendición!

Cómo planificar la reunión sacramental

Teniendo esas doctrinas en cuenta, los obispados y las presidencias de rama deben planificar las reuniones sacramentales con detenimiento a fin de mantenerlas centradas en el Señor y Su Expiación, Su ejemplo y las doctrinas del Evangelio.

Las invitaciones para discursar deben hacerse con bastante antelación e incluir una descripción clara del tema y del tiempo asignados, así como un ofrecimiento de ayuda. Entre los que dan la oración debe haber miembros que no suelen hacerlo. Eviten la costumbre en la que el esposo y la esposa oren en la misma reunión. Esto da a entender, sin querer, un mensaje de exclusión hacia aquellos que son solteros. Y recuerden: las oraciones no son sermones.

A los misioneros que salen al campo misional se les puede dar la oportunidad de hablar en una reunión sacramental, pero a sus familiares y amigos no se les invita a hacerlo. Dos o más misioneros que parten para la misión pueden dirigir la palabra en la misma reunión. A los misioneros que regresan, y que hayan servido honorablemente, se les debe invitar a hablar en una reunión sacramental y conceder tiempo para compartir experiencias espirituales y su testimonio.

Las reuniones sacramentales son una ocasión para que los jóvenes hablen brevemente acerca de temas del Evangelio que se les hayan asignado. En otras ocasiones, el presidente de estaca asignará a los miembros del sumo consejo dirigir la palabra.

Puede llamarse a miembros para que den la bienvenida y sirvan como acomodadores; ellos podrían recibir y acomodar a las personas mientras reservan unos cuantos asientos de atrás y próximos a los pasillos para los hermanos que tengan necesidades especiales.

En la reunión sacramental no se deben emplear ayudas audiovisuales como videocasetes y transparencias.

De vez en cuando, los miembros tal vez no puedan asistir debido a enfermedad; en ese caso, el obispo o el presidente de la rama podrían asignar a los poseedores del sacerdocio para que les lleven la Santa Cena allí donde se encuentren.

Una reunión sacramental típica incluirá:

  • Música de preludio.
  • Una bienvenida y el reconocimiento de la autoridad presidente, y del miembro del sumo consejo, si hay alguien asignado.
  • Un himno y una oración iniciales.
  • Los asuntos del barrio, tales como:
    • —El relevo y el sostenimiento de oficiales y maestros.

    • —El reconocimiento de los niños que son avanzados de la Primaria, de los miembros llamados a la misión o a otras asignaciones, y de los logros de los jóvenes y de las jovencitas.

    • —La presentación de los nombres de los varones que vayan a recibir el Sacerdocio Aarónico o que vayan a ser avanzados en él, y de los nuevos miembros de la unidad.

  • La confirmación de los miembros nuevos.
  • Un himno sacramental y la bendición y repartición de la Santa Cena.
  • Mensajes del Evangelio y música adicional opcional.
  • Un himno y una oración finales.
  • Música de postludio.

Los que vayan a ser relevados y sostenidos no tienen que ser presentados uno por uno, sino que se les puede presentar en grupo: primero los que van a ser relevados, luego los que van a ser sostenidos en el sacerdocio y después los que van a ser sostenidos en los llamamientos de las organizaciones auxiliares.

Las reuniones sacramentales deben empezar y terminar a tiempo y no deben tener exceso de programación. No es necesario llevar a cabo una reunión de oración antes de la reunión sacramental. Todas las personas que vayan a participar deben estar sentadas en el estrado por lo menos cinco minutos antes de empezar la reunión, de tal manera que estén espiritualmente preparadas para la experiencia de adoración. Durante ese tiempo de quietud, la música del preludio será tenue; no es momento para conversar o transmitir mensajes, sino que es un periodo de meditación acompañada del espíritu de oración mientras los líderes y los miembros se preparan espiritualmente para participar de la Santa Cena.

La música

Los himnos de la iglesia son la música básica para los servicios de adoración y la norma para el canto de la congregación. Se pueden emplear otras selecciones apropiadas para el preludio, el postludio, la música coral y selecciones musicales especiales. Por lo general, el primero y el último himno los canta la congregación. La congregación siempre canta el himno sacramental.

Lo ideal es que cada unidad cuente con un coro al que se invite a cantar con frecuencia. El coro bendice nuestra vida. Mi esposa y yo tenemos recuerdos hermosos de nuestra participación, hace años, en el coro de nuestra pequeña rama en Minneapolis, Minnesota. Cuando el coro se ponía de pie para cantar, había más gente en el coro que en la congregación.

Los pianos, los órganos y sus equivalentes electrónicos son la norma para las reuniones de la Iglesia. Si se usan otros instrumentos, debe hacerse de acuerdo con el espíritu de la reunión. Los instrumentos con sonido más alto o menos propicios para la adoración, como son la mayoría de los instrumentos metálicos de viento o los de percusión, no son apropiados para la reunión sacramental. Si no se dispone de piano, órgano, o de alguien que los toque, pueden usarse grabaciones apropiadas para el acompañamiento.

La canción de los justos es una oración para el Señor (véase D. y C. 25:12). Algunos miembros se sienten renuentes a cantar, quizá por temor. Debemos olvidar nuestros temores y ver el canto como una oportunidad de alabar a nuestro Creador con devoción. La música en la reunión sacramental es para la adoración y no para un espectáculo. No debemos permitir que la música sagrada salga de nuestra vida, ni permitir que la reemplace la música secular.

Cómo dirigir la reunión sacramental

Los obispados y las presidencias de rama tienen la responsabilidad no sólo de planificar estas reuniones, sino de dirigirlas, lo cual deben hacer con reverencia. En la congregación hay quienes ruegan por los susurros y la comunicación delicados de los cielos; el establecer un espíritu de reverencia les ayudará a recibir esa comunicación. Recuerden: la reverencia invita a la revelación.

Los encargados de dirigir la reunión deben comenzar extendiendo una cordial bienvenida; sería más apropiado dejar los anuncios detallados para otro momento. Puesto que invitamos a todos a venir a Cristo, los amigos y vecinos siempre son bienvenidos, pero no se espera que participen de la Santa Cena. Sin embargo, no se les prohíbe; ellos deben escoger. Esperamos que a los que lleguen por primera vez siempre se les haga sentir bienvenidos y cómodos. Los niños pequeños, como beneficiarios sin pecado de la Expiación del Señor, pueden participar de la Santa Cena como preparación para los convenios que harán más adelante en la vida.

Nuestras reuniones siempre se dirigen por medio del Espíritu (véase D. y C. 46:2). De vez en cuando tal vez suceda algo inesperado que el oficial presidente desee aclarar o corregir según le indique el Espíritu. De lo contrario, no es necesario realizar ningún comentario adicional después de que hable el último discursante.

La bendición y la repartición de la Santa Cena

Los obispados y las presidencias de rama presiden el Sacerdocio Aarónico en los barrios y las ramas. Ellos, junto con los asesores de los quórumes del sacerdocio, tomarán toda precaución para que la Santa Cena esté preparada mucho antes de la reunión y para que su repartición esté minuciosamente planificada. Los que bendicen la Santa Cena deben presentar su mejor aspecto y estar vestidos apropiadamente. Las camisas blancas no sólo lucen bien, sino que son un discreto recordatorio de otros ritos sagrados, tales como el bautismo y las ordenanzas del templo, durante los cuales también se usa ropa blanca.

Las oraciones sacramentales se deben ofrecer de tal manera que resulten comprensibles , ya que el que ora está dando expresión a los convenios que los demás están haciendo. Se espera limpieza y pureza de corazón de parte de los que tienen el privilegio de bendecir la Santa Cena. La autoridad presidente es el primero en recibir la Santa Cena.

La reunión de ayuno y testimonio

Las reuniones de ayuno y testimonio se llevan a cabo una vez al mes, normalmente el primer domingo. Por lo general, ese día se bendice a los bebés. Después de la Santa Cena, el hermano que dirige da su testimonio en forma breve y luego invita a los miembros a que testifiquen brevemente y de corazón acerca del Salvador, de Sus enseñanzas y de la Restauración. Los padres y maestros deben ayudar a los niños a aprender lo que es un testimonio y cuándo es apropiado expresarlo. Los niños más pequeños deben aprender a compartir sus testimonios en el hogar o en la Primaria hasta que tengan la edad suficiente para testificar sin que se les ayude en la reunión de ayuno y testimonios.

La participación personal

Cada miembro de la Iglesia es responsable del enriquecimiento espiritual que proviene de la reunión sacramental. Cada uno debe cantar con un corazón agradecido y, después de una oración o de un testimonio, responder con un “amén” audible. En forma personal, meditamos en la expiación de Jesucristo; reflexionamos sobre el significado de Su sufrimiento en Getsemaní y de Su crucifixión en el Calvario. Durante ese momento, cada uno de nosotros debe “probarse… a sí mismo” (1 Corintios 11:28) y reflexionar en los convenios personales que ha hecho con el Señor; es el momento de meditar en las cosas sagradas de Dios.

De todo corazón, doy gracias al Señor por la reunión sacramental y por todo lo que ha significado en mi vida. Repetidas veces ha renovado mi fe y me ha permitido renovar mis convenios semanalmente, ayudándome a mí y a mi esposa a vivir y criar a nuestra familia en la gloriosa luz del Evangelio.

Adaptado de un discurso pronunciado en la reunión mundial de capacitación de líderes celebrada el 21 de junio de 2003.