¿Cómo me beneficia a mí?

Presidente James E. Faust

Tomar uno su propia cruz y seguir al Salvador equivale a vencer el egoísmo; es un compromiso de servir a los demás.

Ruego humildemente que el mismo espíritu que ha acompañado esta mañana a los demás oradores prosiga mientras me dirijo a ustedes.

Hace muchos años, yo mantenía una relación profesional con dos hombres mayores y de más experiencia. Hacía mucho que éramos amigos y encontrábamos de gran utilidad el ayudarnos mutuamente. Cierto día, uno de mis colegas buscó nuestra ayuda en un asunto complicado. Apenas se nos explicó el asunto, lo primero que dijo el otro socio fue: “¿Cómo me beneficia a mí?”. Cuando ese viejo amigo reaccionó de manera tan egoísta, pude ver una mirada de dolor y decepción en el rostro del que había solicitado nuestra ayuda. Después de aquello la relación entre los dos jamás volvió a ser la misma. Nuestro interesado amigo no prosperó porque su egoísmo pronto eclipsó sus considerables dones, talentos y cualidades. Lamentablemente, una de las maldiciones del mundo actual se encuentra en esta reacción egoísta: “¿Cómo me beneficia a mí?”.

Durante mi carrera profesional ayudé a los herederos de una virtuosa pareja a repartir su patrimonio, el cual no era grande, pero incluía el fruto de muchos años de trabajo arduo y sacrificios. Sus hijos eran todos personas decentes, temerosas de Dios a las que se les había enseñado a vivir los principios de salvación impartidos por el Salvador. Mas cuando se tuvo que dividir el patrimonio, surgió una disputa sobre quién debería llevar qué parte. Aun cuando no había nada de gran valor sobre lo que tuviesen que disputar, los sentimientos de egoísmo y codicia abrieron una división entre algunos miembros de la familia que nunca curó y continuó en la generación siguiente. Qué trágico que el legado ofrecido por aquellos padres maravillosos resultara tan destructor para la unidad familiar y el amor de los hijos. De esto aprendí que el egoísmo y la codicia generan amargura y contención; por otro lado, el sacrificio y el ser generosos son fuente de paz y alegría.

En el gran concilio de los cielos, durante la presentación del gran plan de salvación para los hijos de Dios, Jesús respondió: “Heme aquí; envíame”1, y “Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre”2. Fue así como se convirtió en nuestro Salvador. En contraposición, Satanás, a quien se había tenido en alta estima como “un hijo de la mañana”3, respondió que él descendería y “[redimiría] a todo el género humano, de modo que no se [perdería] ni una sola alma”4. Satanás tenía dos condiciones: la primera era denegar el albedrío, y la segunda era que él recibiría toda la honra. En otras palabras, él tenía que beneficiarse de alguna manera; y así se convirtió en el padre de las mentiras y la fuente del egoísmo.

Tomar uno su propia cruz y seguir al Salvador equivale a vencer el egoísmo; es un compromiso de servir a los demás. El egoísmo es una de las características humanas más innobles que debemos subyugar y vencer. Torturamos nuestra alma cuando nos concentramos en recibir más que en dar. A menudo, la primera palabra que muchos niños pequeños aprenden es mío. A ellos se les debe enseñar el gozo que es el compartir. Ciertamente, el ser padres es uno de los mejores tutores para ayudarnos a vencer el egoísmo. Las madres descienden al valle de sombra de muerte para alumbrar a sus hijos. Los padres trabajan fuerte y renuncian a mucho para resguardar, alimentar, vestir, proteger y educar a sus hijos.

He aprendido que el egoísmo tiene más que ver con la manera que nos sentimos respecto a nuestras posesiones que con cuántas cosas tenemos. El poeta Wordsworth dijo:

“Estamos demasiado inmersos en el mundo; todo el tiempo, / Adquiriendo y gastando desperdiciamos nuestro poder”5. Un hombre pobre puede ser egoísta, y un hombre rico ser generoso6, pero toda persona obsesionada con recibir encontrará grandes dificultades para tener paz en esta vida.

El élder William R. Bradford dijo una vez: “De todas las influencias que hacen que los hombres escojan lo malo, el egoísmo es, sin duda alguna, la más fuerte. Allí donde hay egoísmo, el Espíritu del Señor está ausente. Los talentos no se comparten, las necesidades de los pobres quedan sin atender, los débiles no son fortalecidos, no se instruye a los ignorantes y no se recupera a los que se han perdido”7.

Recientemente me dirigí a una de las personas más generosas que he conocido, y le pedí que describiera los sentimientos de satisfacción, fruto de su generosidad. Él habló sobre los sentimientos de dicha y felicidad que anidan en el corazón cuando se comparte con aquellos que son menos afortunados. Dijo que en realidad nada es suyo, que todo procede del Señor, que no somos sino guardianes de lo que Él nos ha dado. Tal como dijo el Señor al profeta José Smith: “Todas estas cosas son mías, y vosotros sois mis mayordomos”8.

A veces nos resulta fácil olvidar que “de Jehová es la tierra y su plenitud”9. El Señor nos advirtió, tal como se registra en el libro de Lucas: “Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.

“También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho.

“Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos?

“Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes;

“y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate.

“Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?

“Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios”10.

Hace unos años, el élder ElRay L. Christiansen me habló de uno de sus parientes lejanos de Escandinavia que se unió a la Iglesia. Como era una persona próspera, vendió sus tierras y ganado en Dinamarca para venir a Utah con su familia. Por algún tiempo las cosas le fueron bien en lo referente a la Iglesia y sus actividades, y prosperó económicamente. Sin embargo, sus posesiones lo envolvieron de manera tal, que se olvidó de la razón por la que había venido a los Estados Unidos. Su obispo le visitó y le suplicó que volviera a ser tan activo como antes. Pasaron los años y algunos de sus hermanos lo visitaron y dijeron: “Lars, el Señor fue bueno contigo cuando estabas en Dinamarca. Ha sido bueno contigo desde que llegaste aquí… Creemos que, dado que te estás haciendo mayor, te haría bien dedicar parte de tu tiempo a los intereses de la Iglesia. Después de todo, no podrás llevarte estas cosas contigo cuando te vayas”.

Molesto por ese comentario, el hombre respondió: “Bueno, entonces no me iré”11. ¡Pero vaya si lo hizo! ¡Todos lo haremos!

Para algunos es fácil obsesionarse con lo que tienen y perder la perspectiva eterna. Cuando Abraham partió para Egipto, su sobrino Lot le acompañó a Betel. Tanto Lot como Abraham tenían rebaños, manadas y tiendas, “y la tierra no era suficiente para que habitasen juntos, pues sus posesiones eran muchas, y no podían morar en un mismo lugar”12. Tras algunas disputas entre los pastores de Abraham y los de Lot, Abraham le propuso a Lot: “No haya ahora altercado entre nosotros dos, entre mis pastores y los tuyos, porque somos hermanos.

“…Si fueres a la mano izquierda, yo iré a la derecha; y si tú a la derecha, yo iré a la izquierda”13.

Lot vio “la forma de beneficiarse” al observar la fructífera llanura del Jordán y escogió quedarse con aquella tierra cercana al mundano lugar de Sodoma14. Abraham estaba feliz por poder llevar sus rebaños a vivir en la tierra más árida de Canaán, y a pesar de ello acumuló mucha más riqueza allí.

Sin embargo, hacemos memoria de Abraham principalmente por ser el gran patriarca del pueblo del convenio del Señor. Una de las primeras referencias que tenemos del pago del diezmo se produce cuando Abraham entregó a Melquisedec el diezmo de todo cuanto poseía15. Abraham gozaba de la confianza del Señor, pues Dios le mostró las inteligencias del mundo preterrenal, la elección de un Redentor y la Creación16. Se conoce también a Abraham por su disposición para sacrificar a su hijo, Isaac. Este formidable acto de fe es un símbolo del acto supremo de desinterés de toda la historia del mundo: cuando el Salvador dio Su vida por todos nosotros para expiar nuestros pecados.

Hace algunos años, “un muchacho coreano guardó su asignación de dinero semanal y compró periódicos. Luego, él y sus amigos los vendieron en las calles de Seúl, Corea, para juntar dinero y ayudar a uno de sus compañeros de la escuela que no tenía dinero suficiente para seguir estudiando. Ese jovencito también compartía su merienda con aquel compañero para que no pasara hambre en la escuela. ¿Por qué lo hacía? Porque había estado estudiando el relato del buen samaritano17 y no sólo deseaba aprender sobre él, sino que anhelaba saber cómo se sentía uno al actuar como ese personaje de la parábola… Sólo después de que su padre le interrogara minuciosamente sobre sus actividades”18 admitió: “Pero, papá, cada vez que ayudo a mi amigo siento que me parezco más al buen samaritano. Además, deseo ayudar a mis compañeros de colegio que no son tan afortunados como yo. Lo que hago no tiene tanta importancia. Leí sobre ello en el manual de seminario y sentí que era lo que debía hacer”19. El muchacho no se preguntó “¿Cómo me beneficia a mí?” antes de realizar sus actos amables. De hecho, lo hizo sin pensar en recompensa ni reconocimiento algunos.

El 11 de septiembre de 2001 las Torres Gemelas del World Trade Center de la ciudad de Nueva York sufrieron el impacto de dos aviones gobernados por terroristas que causaron el desplome de ambos edificios y la muerte de miles de personas. Pero de esa tragedia han surgido centenares de relatos de actos de valentía y desinterés. Un relato sumamente conmovedor y heroico es la historia del coronel jubilado Cyril “Rick” Rescorla, que trabajaba como vicepresidente de seguridad de la corporación Morgan Stanley Dean Witter, relato que aparece en el periódico The Washington Post.

Rick era un militar con experiencia como líder de combate y se hallaba en su oficina cuando “el primer avión chocó contra la torre norte a las 8.48 de la mañana… Recibió una llamada telefónica procedente del piso 71 informándole sobre la bola de fuego del Edificio 1 del World Trade Center, e inmediatamente ordenó la evacuación de todos los 2.700 empleados del Edificio 2”, y de 1.000 más del Edificio 5. Con la ayuda de un megáfono subió piso tras piso logrando pasar por un embotellamiento en el piso 44, y subió hasta el 72, para ayudar en la evacuación de todas las personas de cada planta. Un amigo, que vio a Rick animando a las personas en el hueco de la escalera del piso 10, le dijo: “Rick, tú también tienes que salir”.

“ ‘Tan pronto como me asegure de que todos hayan salido’ ”, fue su respuesta.

“No estaba nada asustado. Estaba anteponiendo su vida a la de sus colegas”. Llamó a las oficinas centrales para decir que volvía a subir en busca de rezagados.

Su esposa vio estrellarse el avión de United Airlines contra la torre donde estaba su marido. “Pasados unos minutos, sonó el teléfono. Era Rick.

“ ‘No quiero que llores’, dijo. ‘Ahora tengo que evacuar a mi gente’ ”.

“Ella siguió llorando.

“ ‘Si algo me sucediera, quiero que sepas que has dado sentido a mi vida’.

“La conexión se cortó”. Rick no logró salir.

“El 11 de septiembre Morgan Stanley sólo perdió a 6 de sus 2.700 empleados de la Torre Sur, un milagro aislado entre tanta mortandad. Los directivos de la compañía dicen que todo el mérito es de Rescorla, ya que fue él quien diseñó el plan de evacuación; fue él quien hizo que la gente se apresurara, y luego regresó al infierno en busca de personas rezagadas. Él fue la última persona que salió de la Torre Sur tras el atentado con coche bomba contra el World Trade Center en 1993, y nadie parece dudar que podría haber vuelto a ser el último si el rascacielos no se hubiera desplomado sobre él”.

En medio de la gran atrocidad y de la matanza del 11 de septiembre de 2001, Rick no estaba buscando beneficiarse, sino que pensaba desinteresadamente en los demás y en el peligro que estaban corriendo. Rick Rescorla era el “hombre adecuado en el lugar adecuado y en el momento adecuado”. Rick, “un gigante de 62 años, sacrificó su vida por los demás”20. Tal y como dijo el Salvador: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos”21.

La mayoría de nosotros no demuestra su generosidad de forma tan dramática, ya que para cada uno de nosotros la generosidad puede equivaler a ser la persona adecuada en el lugar adecuado y en el momento adecuado para prestar servicio. Casi cada día trae consigo oportunidades de efectuar actos desinteresados en favor de otras personas. Esos actos son ilimitados y pueden ser tan sencillos como una palabra amable, una mano amiga o una sonrisa cortés.

El Salvador nos recuerda: “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará”22. Una de las paradojas de la vida es que una persona que lo aborda todo con una actitud egoísta puede lograr dinero, propiedades y tierras, pero al final perderá la satisfacción y la felicidad de las que disfruta el que goza compartiendo sus talentos y dones generosamente con los demás.

Deseo testificar que el mayor servicio que puede brindar cualquiera de nosotros es estar al servicio del Maestro. De todas las actividades de mi vida ninguna ha sido más recompensante ni benéfica que el aceptar los llamamientos de servir en esta Iglesia. Cada uno ha sido diferente y ha traído consigo una bendición distinta. La mayor satisfacción de la vida se recibe al prestar servicio a los demás y no obsesionarse con: “¿y cómo me beneficia a mí?”. De esto testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Abraham 3:27.

  2. Moisés 4:2.

  3. D. y C. 76:26.

  4. Moisés 4:1.

  5. William Wordsworth, “The World Is Too Much with Us; Late and Soon”, The Complete Poetical Works of William Wordsworth, 1923, pág. 353.

  6. Véase D. y C. 56:17.

  7. William R. Bradford, “Selfishness vs. Selflessness”, Ensign, abril de 1983, pág. 51.

  8. D. y C. 104:86.

  9. Salmos 24:1.

  10. Lucas 12:15–21.

  11. Conference Report, octubre de 1973, pág. 35; o Ensign, enero de 1974, pág. 35.

  12. Génesis 13:6.

  13. Génesis 13:8–9.

  14. Véase Génesis 13:10–11.

  15. Véase Alma 13:15.

  16. Véase Abraham 3–4.

  17. Véase Lucas 10:25–37.

  18. Victor L. Brown, “El estandarte del Señor”, Liahona, enero de 1985, pág. 32.

  19. “Profiting for Others”, Tambuli, febrero de 1980, pág. 29.

  20. Michael Grunwald, “A Tower of Courage”, Washington Post, 28 de octubre de 2001.

  21. Juan 15:13.

  22. Mateo 10:39.

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Día de dedicación

Presidente Thomas S. Monson.

“Como expresión de nuestro amor por el Señor, ¿no podríamos rededicar nuestras vidas y hogares del mismo modo?”

Uno de mis himnos favoritos describe los tiernos sentimientos de mi corazón y de mi alma en este hermoso día de dedicación, y creo que la letra también describirá los de ustedes:

¡En este día de gozo y dicha,

Tu nombre alabamos, Señor;

En este lugar donde adoramos

Declaramos Tu gloria en alta voz!

¡Claro y limpio se eleva el son

Entre cánticos de alabanza

A nuestro Creador, Rey y Señor!1

El 7 de abril de 1863, Charles C. Rich habló en cuanto a la necesidad de edificar un tabernáculo donde reunirse, y declaró: “¿Qué diré sobre el tabernáculo? Es evidente que podemos disfrutar ya de la bendición de una construcción semejante, mas si lo posponemos, ¿cuándo lo haremos? Cuando se levante ese edificio, podremos disfrutar del beneficio y de las bendiciones que nos dará. Este mismo principio se aplica a todo lo que tenemos entre manos, ya sea construir un templo, edificar un tabernáculo, enviar carromatos a la frontera para recoger a los pobres, o… cualquier otra cosa que se requiera de nosotros. Y nada de esto se realizará a menos que trabajemos y hagamos algo nosotros mismos. No tenemos a nadie más de quien depender, así que tenemos la obligación de trabajar y hacerlo bien de nuestra parte”2.

¡Y pusieron manos a la obra!

Doy gracias a Dios por nuestro noble profeta, el presidente Gordon B. Hinckley, quien, con la visión de un vidente, reconoció la necesidad de este magnífico edificio y, con la ayuda de muchas otras personas, “puso manos a la obra”. El resultado está hoy ante nosotros y será dedicado esta mañana.

Como símbolo de nuestra gratitud, como expresión de nuestro amor por el Señor, ¿no podríamos rededicar nuestras vidas y hogares del mismo modo?

En su epístola a los corintios, el apóstol Pablo incluyó un matiz apostólico sobre el compromiso que tenemos de edificar cuando declaró: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?”3.

La necesidad de la dedicación personal y de la renovación del compromiso son esenciales en la sociedad actual. Echemos un rápido vistazo a varios artículos periodísticos que describen nuestra situación.

Lo siguiente procede de la agencia Associated Press: “En nombre de la libertad de expresión, la Corte Suprema abolió una ley federal que protegía a los niños de los canales de televisión por cable con contenidos sexuales”4.

El siguiente relato venía en el diario The San Jose Mercury News: “Puede que Alemania sea el motor económico de Europa, pero los domingos se apaga. Las fuerzas del mercado global están comenzando a alterar el tradicional día de descanso alemán. Con… el estilo americano [de poder comprar todos los días de la semana] y con Internet ofreciendo un acceso de 24 horas a los bienes del mundo, los rígidos horarios comerciales ‘son como un castillo de la Edad Media’. Para competir con otras ciudades del mundo, Berlín debe ser más agresiva. ‘Queremos hacer más dinero’ “5.

Al contemplar la desilusión que actualmente embarga a miles de personas, aprendemos por las malas lo que un antiguo profeta escribió para nosotros hace tres mil años: “El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener no sacará fruto”6.

El reverenciado Abraham Lincoln describió nuestra difícil situación con exactitud:

“Hemos sido los receptores de la más selecta abundancia de los cielos; hemos sido preservados todos estos años con paz y prosperidad; hemos crecido en número, en riqueza y en poder… pero hemos olvidado a Dios. Hemos olvidado la mano misericordiosa que nos preservó en paz, que nos multiplicó, enriqueció y fortaleció, y vanamente nos hemos imaginado, en el espíritu engañoso de nuestro corazón, que todas estas bendiciones eran fruto de una sabiduría y virtud humanas de carácter superior. Embriagados de un éxito continuo, hemos llegado a ser demasiado autosuficientes para sentir la necesidad de la gracia protectora y redentora, demasiado orgullosos para orar al Dios que nos creó”7.

Cuando la tormenta azota los mares de la vida, el marinero sabio busca un puerto de paz. La familia, como tradicionalmente la hemos conocido, es dicho refugio seguro. “El hogar es la base para una vida recta y no hay nada que pueda suplantarlo ni cumplir sus funciones esenciales”8. En realidad, el hogar es mucho más que una casa. La casa se construye de madera, ladrillo y piedra. El hogar consiste de amor, sacrificio y respeto. Una casa puede ser un hogar, y éste puede ser un refugio cuando alberga a una familia. Cuando los verdaderos valores y las virtudes básicas son el fundamento de las familias que constituyen la sociedad, la esperanza vencerá a la desesperación, y la fe triunfará sobre la duda.

Tales valores, al enseñarse y vivirse en nuestras familias, serán como la ansiada lluvia para la tierra seca; se engendrará el amor; se realzará la lealtad a uno mismo y se fomentarán virtudes como el carácter, la integridad y la bondad. La familia debe ocupar su lugar primordial en nuestro modo de vida, ya que es el único cimiento sobre el que una sociedad de seres humanos responsables puede edificar el futuro mientras mantiene los valores que tanto aprecia en el presente.

Hay diversos tipos de hogares felices. Algunos son familias con padre, madre, hermanos y hermanas que viven juntos en un espíritu de amor. Otras consisten en un padre soltero con uno o dos hijos, mientras que otros hogares no tienen más que un inquilino. Sin embargo, existen algunos elementos particulares de un hogar feliz, sin importar el número ni el tipo de integrantes de la familia. Estos elementos son los siguientes:

La costumbre de orar.

Una fuente de aprendizaje.

Un legado de amor.

Jacob, hermano de Nefi, declaró en el continente americano: “Confiad en Dios con mentes firmes, y orad a él con suma fe”9.

Se le preguntó a un eminente juez lo que nosotros, ciudadanos de los países del mundo, podíamos hacer para reducir el crimen y la desobediencia a la ley, y traer paz y felicidad a nuestra vida y países. Él respondió con seriedad: “Yo sugeriría que se volviera a la vieja práctica de la oración familiar”.

En cuanto al hacer de nuestra vida y de nuestro hogar una fuente de aprendizaje, el Señor aconsejó: “Buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe”10.

Los libros canónicos nos ofrecen esta fuente de aprendizaje a la que me refiero. Debemos tener cuidado de no subestimar la capacidad que tienen los niños para leer y entender la palabra de Dios.

Como padres, debemos recordar que nuestra vida puede ser el libro de la biblioteca familiar que más atesoren los hijos. ¿Es nuestro ejemplo digno de emular? ¿Vivimos de tal modo que un hijo o una hija pueda decir “Quiero seguir a mi padre” o “Quiero ser como mi madre”? A diferencia del libro del estante de la biblioteca, cuyas cubiertas protegen su contenido, nuestra vida no puede estar cerrada. Padres, en verdad somos un libro abierto en la fuente de aprendizaje de nuestro hogar.

¿Somos un ejemplo del legado del amor? ¿Lo son nuestros hogares? Bernadine Healy aconsejó lo siguiente durante un discurso pronunciado en una entrega de diplomas:

“Como doctora en medicina que ha tenido el gran privilegio de compartir los más profundos instantes de la vida de las personas, incluso sus últimos momentos, permítanme contarles un secreto. La gente que se enfrenta a la muerte no se pregunta qué títulos académicosha conseguido, qué puestos ha desempeñado o cuánta riqueza ha acumulado. Al final, lo que verdaderamente importa es quién te ha amado y a quién has amado. El círculo del amor lo es todo y constituye una excelente medida de nuestra vida pasada. Es el don de mayor valor”11.

El mensaje de nuestro Señor y Salvador era un mensaje de amor que puede ser como una luz en nuestro camino hacia la exaltación.

“Cerca del fin de sus días, un padre reflexionaba en cómo había empleado su tiempo. Siendo un aclamado y respetado autor de numerosas obras de erudición, dijo: ‘Desearía haber escrito un libro menos y haber llevado a mis hijos de pesca un poco más a menudo’.

“El tiempo pasa fugazmente. Mucho padres dicen que fue ayer cuando sus hijos nacieron. Ahora esos hijos han crecido; quizás tengan sus propios hijos. ‘¿A dónde se fueron los años?’ “, se preguntan. No podemos reclamar el tiempo pasado, no podemos detener el tiempo actual, y no podemos vivir el futuro en el presente. El tiempo es un don, un tesoro que no podemos hacer a un lado para el mañana, sino para usarlo sabiamente hoy.

¿Hemos cultivado un espíritu de amor en nuestros hogares? El presidente David O. McKay observó: “El verdadero hogar mormón es aquel en el que, si Cristo entrara, se sentiría complacido de quedarse y descansar”12.

¿Qué estamos haciendo para asegurarnos de que nuestros hogares reflejen esa descripción? ¿Somos nosotros mismos un reflejo de ella?

A lo largo del camino de la vida se producen bajas. Algunos se alejan de las señales que conducen a la vida eterna, sólo para descubrir que el desvío escogido no conduce sino a un callejón sin salida. La indiferencia, la despreocupación, el egoísmo y el pecado cobran un elevado pago de vidas humanas. Hay quienes, por motivos inexplicables, marchan al compás de otra melodía, para más tarde descubrir que han seguido al flautista del dolor y del sufrimiento.

Hoy se extiende desde este púlpito una invitación a toda la gente del mundo: vuelve de tu errante sendero, viajero cansado; vuelve al Evangelio de Jesucristo, a ese paraíso llamado hogar. Aquí descubrirás la verdad, aprenderás sobre la realidad de la Trinidad, el consuelo del plan de salvación, la santidad del convenio del matrimonio o el poder de la oración personal, vuelve a casa.

Muchos recordamos de nuestra juventud el relato de un muchacho que fue llevado de casa de sus padres a un pueblo lejano. El joven creció en esas condiciones, sin saber de sus verdaderos padres ni de su hogar.

¿Dónde podría hallarlo? ¿Dónde encontraría a sus padres? Oh, si tan sólo pudiera recordar sus nombres, su búsqueda sería menos descorazonadora. Buscó con denuedo recordar aunque sólo fuera un detalle de su infancia.

Como un relámpago de inspiración, recordó el sonido de una campana situada en lo alto de la iglesia del pueblo y que les daba la bienvenida en el día de reposo. El joven se fue de pueblo en pueblo, buscando el familiar sonido. Algunas campanas eran casi iguales y otras sonaban muy diferentes de las que recordaba.

Finalmente, un domingo de mañana, el cansado joven estaba ante la iglesia de un pueblo cualquiera y escuchó con atención el repique de la campana. No se parecía a ninguna de las otras campanas, con excepción de aquella que tañía en el recuerdo de sus días de la infancia. Sí, era la misma campana, el sonido era idéntico. Los ojos se le llenaron de lágrimas, el corazón le rebosaba de felicidad; tenía el alma llena de gratitud. El joven se arrodilló, miró hacia el campanario–hacia el cielo– y susurró en una oración de agradecimiento: “Gracias Dios, porque estoy en casa”.

Como el tañido de una familiar campana será la verdad del Evangelio de Jesucristo para el alma que lo busca diligentemente. Muchos de ustedes han realizado un largo viaje en busca de aquello que les suena familiar. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días les extiende una seria petición: abran sus puertas a los misioneros; abran sus mentes a la palabra de Dios; abran el corazón –aun el alma misma– al sonido de la voz suave y apacible que testifica de la verdad. Tal y como prometió el profeta Isaías: “Tus oídos oirán… palabra que diga: éste es el camino, andad por él”13. Entonces, al igual que el muchacho del que he hablado, también ustedes se arrodillarán para decirle a nuestro Dios: “Estoy en casa”.

Que ésa sea la bendición de todos, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Robertson, Leroy J., Hymns of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, Nº 64.

  2. Deseret News Weekly, 20 de mayo de 1863, pág. 369.

  3. 1 Corintios 3:16.

  4. Richard Carelli, “High Court Kills Limits on TV Sex,” The Salt Lake Tribune, pág. A1, 23 de mayo de 2000.

  5. Daniel Rubin, “Global Economy Erodes Ban on Sunday Shopping,” The Salt Lake Tribune, pág. A1, 23 de mayo de 2000.

  6. Eclesiastés 5:10.

  7. James D. Richardson, A Compilation of the Messages and Papers of the Presidents, 10 tomos, 1897, 5:3366.

  8. En Conference Report, octubre de 1962, pág. 72.

  9. Jacob 3:1.

  10. Doctrina y Convenios 88:118.

  11. “On Light and Worth: Lessons from Medicine”, discurso de apertura, Vassar College, 29 de mayo de 1994, pág. 10, colecciones especiales.

  12. Conference Report, octubre de 1947, pág. 120.

  13. Isaías 30:21.