Los Héroes

H. David Burton

Del Quorum de los Setenta

“Escuchen y respondan a los susurros del Espíritu Santo y sigan el ejemplo de los héroes que obran con rectitud, poro permanecer firmes en contra de las maldades del maestro del engaño.”

Nefi, uno de mis héroes favoritos, solía usar la frase: “Mi alma se deleita …” Esta noche mi alma se deleita al formar parte de los miles de personas que se han reunido en Su nombre para aprender mas acerca de nuestras responsabilidades en el sacerdocio.

El próximo lunes darán comienzo los juegos de béisbol de las ligas mayores de los Estados Unidos y Canadá. Me siento algo triste porque uno de mis héroes, el lanzador Lynn Nolan Ryan, hijo, anunció recientemente que esta seria su ultima temporada.

Es muy probable que a Nolan se le seleccione para integrar la Galería de la Fama tan pronto como sea elegible. Se le recordara por su excepcional participación en 27 temporadas de las ligas mayores. Es famoso por lanzar la pelota a una velocidad superior a los 152 km. por hora; y estableció una marca de 5.600 lanzamientos que el bateador no contestó. Nolan Ryan no es solamente un fabuloso lanzador de béisbol, sino que es también un maravilloso y sensible ser humano que trata de hacer felices a los demás.

Un buen lanzador de béisbol puede tirar la pelota con velocidad y exactitud. La manera en que se lanza la pelota se mantiene en secreto a fin de engañar al bateador. Cambiando la manera en que agarra la pelota o la manera en que la lanza, el lanzador puede hacer que la pelota cambie de dirección cuando se va acercando al bateador. Los buenos lanzadores, como Nolan Ryan, son expertos en engañar a los bate adores.

Hoy día. el engañador más grande de todos tiene una gran influencia. Se le adjudican muchos nombres, pero se le reconoce mejor como Satanás o el diablo. El sabe que “sois linaje escogido, real sacerdocio” (1 Pedro 2:9).

No se engañen, mis jóvenes hermanos, Satanás es el jefe principal del engaño. El no esta satisfecho con sólo tomar prisioneros; el desea apoderarse de las almas de los hombres. Una de sus alevosas estrategias es la de debilitar poco a poco nuestros sentidos en lo que concierne a lo bueno y lo malo. Satanás desea convencernos de que la mentira y el engaño están de moda; nos induce hacia la pornografía, haciéndonos pensar que esta nos prepara para enfrentar al mundo verdadero. Desea hacernos creer que la inmoralidad es un modo atractivo de vida, y que la obediencia a los mandamientos de nuestro Padre Celestial esta pasada de moda. Constantemente nos asedia con propaganda ilusoria presentada de una manera atractiva y cuidadosamente enmascarada. Satanás crea héroes falsos que, si seguimos su ejemplo, nos conducirán a las profundidades del pecado.

Por otra parte, los héroes que se seleccionen con sumo cuidado pueden ser un ejemplo en nuestra vida y servirnos de modelo. El identificar y emular buenos héroes, nos brindan el valor necesario para andar rectamente por el camino de la vida. Tengo varios héroes aparte de Nefi y Nolan Ryan.

Una noche me quede a trabajar hasta tarde en el edificio de las Oficinas de la Iglesia. Cuando apreté el botón para llamar el ascensor, tenia la mente en un sinfín de cosas. Cuando se abrió la puerta, entre en el ascensor y de pronto vi que alguien extendía la mano para saludarme; una voz firme dijo: “Soy Spencer Kimball, ¿con quien tengo el gusto de hablar?” Me sentí tan asombrado que por un momento ni pude recordar mi nombre. Ahí estaba uno de mis héroes; por fin pude musitar algo que vagamente se parecía a mi nombre. Cuando pienso en el presidente Kimball, pienso en El milagro del perdón, en “alargar el paso”, en “hazlo ahora”, en el sacerdocio para todos los varones dignos, y mas que nada, en conquistar la adversidad. El siempre será uno de mis héroes.

Alma, el sumo sacerdote de la Iglesia de Dios, trató de predicar el arrepentimiento a sus hermanos nefitas en la ciudad de Ammoníah. Después de algunos intentos en vano, salió de la ciudad bastante afligido. Fue entonces que se le apareció un ángel y le dijo: “Y he aquí, soy enviado para mandarte que vuelvas a la ciudad de Ammoníah y prediques otra vez a los habitantes de esa ciudad; si, predícales. Si, diles que a menos que se arrepientan, el Señor Dios los destruirá” (Alma 8:16). Alma hizo lo que se le mando.

Amulek vivía en esa ciudad de Ammoníah; y fue quien relató esta experiencia: “Mientras me dirigía a ver un pariente muy cercano, he aquí, se me apareció un ángel del Señor y me dijo: Amulek, vuélvete a tu propia casa porque darás de comer a un profeta del Señor; si, un hombre santo que es un varón escogido de Dios; porque ha ayunado muchos días a causa de los pecados de este pueblo, y tiene hambre; y lo recibirás en tu casa y lo alimentaras, y el te bendecirá a ti y a tu casa; y la bendición del Señor reposara sobre ti y tu casa” (Alma 10:7).

Amulek regresó y llevó a Alma a su casa para comer y descansar. Luego, fue llamado como compañero misional de Alma. En una ocasión fueron atados, golpeados y encarcelados por predicar el arrepentimiento. En respuesta a sus suplicas, el Señor hizo que los muros de la prisión cayeran y mataran a quienes los habían encarcelado.

Alma y Amulek escucharon al ángel, respondieron al llamado del servicio misional y predicaron el arrepentimiento. Permanecieron firmes ante la adversidad y el encarcelamiento. Ellos son héroes cuyas vidas son dignas de emulación.

A lo largo de los años, cada uno de mis obispos ha sido un héroe para mi. Nuestro obispo actual, el hermano Stephen G. Stoker es un héroe para toda nuestra familia.

Estoy agradecido a los obispos que me ayudaron cuando era joven a prepararme para recibir el Sacerdocio de Melquisedec. Un obispo paciente y amoroso me ayudó a comprender que el servicio misional era de mayor importancia que el perfeccionar mi destreza en el golf, lo cual había sido mi ambición principal durante los años de mi adolescencia.

Actualmente me gusta jugar al golf con mis hijos y mis yernos. Cuando ellos juegan bien, representan un desafío para mi. Con cuerpos ágiles, golpean la pelota mucho mas lejos que yo. Pero, debido a que todavía no han aprendido la simple noción de que la distancia mas corta entre dos puntos es la línea recta, todavía puedo competir con ellos. En su afán por pegarle con fuerza a la pelota, con frecuencia la lanzan fuera de los limites del campo.

Jovencitos, tengan fe y confianza en su obispo; permítanle ayudarlos a vivir cerca de la línea de la rectitud y a permanecer dentro de los limites que nuestro Padre Celestial ha establecido. Si se han alejado de la línea recta, permitan que su obispo les ayude a cambiar el rumbo antes de que las practicas engañosas de Satanás se apoderen firmemente de ustedes. Espero que el Señor tenga un lugar especial reservado en las eternidades para los buenos obispos.

Mi Padre Celestial sabia que este hijo obstinado necesitaba un buen padre y seleccionó a uno muy bueno. La devoción de mi padre hacia sus hijos y nietos ocupaba gran parte de su tiempo. Amaba al Señor y durante toda su vida se dedicó a la obra del Señor. No solamente fue mi padre, sino que fue uno de mis héroes.

Papa prestó servicio como presidente del quórum de presbíteros y como obispo de nuestro barrio durante los años de mi adolescencia. Los que han sido hijos de un obispo saben muy bien que a veces se espera demasiado de ellos.

Durante el tiempo en que mi padre fue obispo se edificó una nueva capilla en nuestra zona. Parte de la contribución económica local que le correspondía a nuestra unidad, se hacia donando trabajo. A menudo llegaba a la casa y encontraba una nota sobre la mesa de la cocina en la que se me pedía que fuera con papa a trabajar a la nueva capilla. Como podrán imaginarse, no siempre recibí esas invitaciones con mucho entusiasmo y alegría. Me daba la impresión de que al hijo del obispo se le pedía mas que fuera a trabajar en el nuevo edificio que a los demás jóvenes del barrio.

Cuando estaba a punto de terminarse la construcción, se comenzó a trabajar en los jardines. Al sacerdocio se le dio la asignación de acarrear fertilizante. Siendo que el obispo formaba parte del grupo, se daba por sentado que su hijo también debía responder al llamado. Fuimos hasta una montaña en donde había un corral de ovejas, y cargamos con palas el abono molido y seco en la parte trasera de una camioneta. El viento fue la causa de que mucho de lo que cargábamos en la camioneta nos cayera a nosotros. El abono en cuestión se nos metía en los ojos, la garganta, la nariz, los oídos y por el cuello de la camisa. Nunca me había sentido tan incómodo. Me temo que en esa ocasión me altere al expresar verbalmente mis sentimientos. Cuando regresamos a la capilla para descargar y esparcir el material, me di cuenta de que alguien me había robado la bicicleta. Me queje amargamente. ¿Por que el Señor había permitido que alguien me robara la bicicleta mientras yo estaba trabajando en Su obra?

Cuando papa y yo regresamos a casa, nos bañamos y nos sentamos a cenar. Continué quejándome sobre lo que había pasado ese día y sobre la perdida de mi bicicleta. Al arrodillamos a orar, papá le agradeció a nuestro Padre Celestial la oportunidad que habíamos tenido de prestar servicio ese día y expresó el amor que sentía por mi. Pidió al Señor que perdonara a la persona que me había robado la bicicleta. Mencionó lo afligido que se sentía por la perdida, pero expresó gratitud porque no había sido su hijo el que había cometido el delito. Los padres también pueden ser grandes héroes. Ruego que si tienen la suerte de tener a su padre cerca, lo conviertan en su héroe. Padres, vivan de tal manera que tanto sus hijos como otras personas los consideren también sus héroes.

Los bate adores excepcionales tienen el don de gozar de una vista magnifica, así como de una excelente aptitud física deportiva. Pueden mantener la mirada fija en la pelota y saber la dirección en la que girará. De esa manera, el bateador puede tratar de responder al engaño. Nuestro Padre Celestial le ha dado a cada uno de nosotros el don de identificar los engaños de Satanás; es lo que se llama el don del Espíritu Santo.

Ruego que ustedes, jóvenes poseedores del Sacerdocio Aarónico, escuchen y respondan a los susurros del Espíritu Santo y sigan el ejemplo de los héroes que obran con rectitud, para permanecer firmes en contra de las maldades del maestro del engaño.

Se que nuestro Padre Celestial vive y que Su Hijo es nuestro Salvador y Redentor. Se que nos aman y desean que tengamos éxito. De esto testifico en el santo nombre de nuestro Hermano Mayor, Jesucristo. Amén.

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Fieles a nuestra responsabilidad del sacerdocio

Presidente Thomas S. Monson

Es en el hacer y no sólo en el soñar que se bendicen vidas, que otras personas reciben guía y se salvan almas.

Hace unas semanas en una reunión de ayuno y testimonios de nuestro barrio, observé a un niño en la última fila tratando de adquirir valor para compartir su testimonio. Hizo dos o tres intentos de pararse, pero luego se sentó. Finalmente se decidió, echó los hombros hacia atrás, caminó con valor por el pasillo hacia el estrado, subió los escalones, fue hacia el púlpito, apoyó sus manos, miró a la congregación y sonrió; luego, se dio vuelta, bajó los escalones y caminó por el mismo pasillo hacia donde estaban su madre y su padre. Al mirarlos a ustedes en este inmenso Centro de Conferencias y pensar en aquellos que están escuchando, entiendo mejor las acciones de ese niño.

Mis hermanos, me honra tener el privilegio de dirigirles la palabra esta tarde. He contemplado sobre lo que les podría decir esta noche y he recordado una Escritura favorita en Eclesiastés: “Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el [deber] del hombre” (Eclesiastés 12:13). Amo y aprecio la noble palabra deber.

El famoso y legendario general Robert E. Lee, de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos, declaró: “Deber es la palabra más sublime de nuestro idioma… uno no puede hacer más, ni tampoco deseará hacer menos” (John Barlett, Familiar Quotations, 1968, pág. 620).

Cada uno de nosotros tiene deberes vinculados con el sagrado sacerdocio que posee. Ya sea que poseamos el Sacerdocio Aarónico o el de Melquisedec, se espera mucho de cada uno de nosotros. El Señor mismo resumió nuestra responsabilidad cuando, en la revelación sobre el sacerdocio, nos exhortó: “Por tanto, aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado” (D. y C. 107:99).

Espero con todo mi corazón y con toda mi alma que cada joven que reciba el sacerdocio lo honre y sea fiel a la confianza que se le deposita cuando se le confiere.

Hace cincuenta y un años escuché a William J. Critchlow Jr., en esa época presidente de la estaca Ogden Sur, y que después sirvió en calidad de ayudante del Quórum de los Doce, dirigirse a los hermanos en la sesión general del sacerdocio de una conferencia y contar un relato acerca de la confianza, el honor y el deber. Permítanme compartir ese relato con ustedes, pues, su sencilla lección se aplica a nosotros hoy en día, tal y como en aquel entonces.

“El joven Rupert se detuvo al lado del camino a contemplar a una cantidad fuera de lo común de personas que pasaban apresuradas. Al poco rato, reconoció a un amigo. ‘¿Hacia dónde van todos con tanta prisa?’, preguntó.

“El amigo se detuvo. ‘¿Te enteraste?’, le dijo.

“‘¿De qué?’, contestó Rupert.

“ ‘Verás’, continuó el amigo, ‘¡el rey ha perdido su esmeralda real! Ayer asistió a la boda de un noble y llevaba la esmeralda en una delgada cadenita atada al cuello. De alguna forma la esmeralda se soltó de la cadena y todos la buscan porque el rey ofreció una recompensa… a quien la encuentre. Vamos, date prisa’.

“‘No puedo ir sin pedirle permiso a mi abuela’, titubeó Rupert.

“‘Entonces, no te puedo esperar; deseo encontrar la esmeralda’, contestó su amigo.

“Rupert regresó de prisa a la cabaña que se encontraba a la entrada del bosque en busca del permiso de su abuela. ‘Si lograse encontrar la esmeralda, nos mudaríamos de esta choza tan húmeda y compraríamos un terreno en la ladera de la montaña’, le dijo a su abuela.

“Pero su abuela movió la cabeza en señal negativa. ‘¿Qué harían las ovejas?’, preguntó. ‘Ya están inquietas en el corral esperando que las lleves a pastar; y por favor no olvides llevarlas a beber cuando el sol brille en lo alto del cielo’.

“Lleno de tristeza, Rupert llevó las ovejas a pastar y al mediodía las guió hasta el abrevadero del bosque, donde se sentó sobre una roca, junto al arroyo. ‘¡Si tan sólo hubiera tenido la oportunidad de ir a buscar la esmeralda del rey!’, pensó. Al volver la cabeza para mirar el fondo arenoso del arroyo, repentinamente fijó la vista en el agua. ¿Qué era eso? ¡No podía ser! Saltó al agua y sus dedos agarraron algo verde, con un pequeño trozo de cadena dorada que se había roto. ‘¡La esmeralda del rey!’ gritó. ‘Debe haberse caído de la cadena cuando el rey, montado a caballo, galopaba por el puente que cruza el arroyo, y la corriente la trajo hasta aquí’.

“Con ojos relucientes, Rupert corrió hacia la choza de su abuela para contarle sobre su gran hallazgo. ‘Bendito seas, hijo’, le dijo ella, ‘pero nunca la habrías encontrado si no hubieras cumplido con tu deber, el de pastorear las ovejas’. Rupert sabía que eso era verdad” (Conference Report, octubre de 1955, pág. 86; la división de los párrafos, las mayúsculas y la puntuación se han cambiado).

La lección que se debe aprender de ese relato se encuentra en un verso popular: “Haz tu deber, que es lo mejor; deja el resto para el Señor” (Henry Wadsworth Longfellow, “The Legend Beautiful”, en The Complete Poetical Works of Longfellow, 1983, pág. 258).

A ustedes que son o han sido presidentes de quórumes, permítanme sugerirles que su deber no termina cuando el periodo de su oficio concluye. Esas relaciones con los miembros de su quórum, su deber hacia ellos, continúan durante toda la vida.

Cuando poseía el oficio de maestro en el sacerdocio Aarónico, se me llamó a servir en calidad de presidente del quórum. Con la ayuda y el ánimo de un dedicado e inspirado asesor de quórum, trabajé diligentemente para asegurarme de que cada uno de los jóvenes asistiera a nuestras reuniones con frecuencia. Dos de ellos presentaron ser un desafío singular, pero con nuestra perseverancia, amor y un poco de persuasión, comenzaron a asistir a las reuniones y a participar en las actividades de quórum; sin embargo, con el tiempo, al mudarse del barrio para seguir con los estudios y por trabajo, cada uno de ellos nuevamente volvió a la inactividad.

A lo largo de los años, he visto a esos dos amigos en diversas reuniones. Cuando los veo, les pongo mi mano sobre el hombro y les recuerdo: “Todavía soy tu presidente de quórum, y no desistiré, para mí, tú eres muy importante, y quiero que disfrutes de las bendiciones que vienen al ser activo en la Iglesia”. Ellos saben que los amo y que nunca jamás los abandonaré.

Para los que poseemos el sacerdocio de Melquisedec, nuestro privilegio de magnificar nuestros llamamientos está siempre presente. Somos pastores al cuidado de Israel. Las ovejas hambrientas levantan la cabeza, listas para que se les alimente del pan de la vida.

Hace muchos años, en una noche de brujas, tuve el privilegio de ayudar a una persona que por un tiempo se había descarriado del camino y que necesitaba una mano de ayuda para regresar. Manejaba de regreso a casa desde la oficina; era bastante tarde; había estado haciendo tiempo para dejar que mi esposa se encargara de los visitantes que vendrían a pedir dulces. Al pasar el hospital St. Mark’s en Salt Lake City, recordé que Max, un buen amigo, yacía enfermo en ese mismo hospital. Cuando nos conocimos, años atrás, nos dimos cuenta de que habíamos vivido en el mismo barrio aunque en diferentes épocas. Cuando nací, Max y sus padres se habían mudado del barrio.

Esa noche de brujas, estacioné el auto y entré al hospital. Al preguntar el número de su cuarto al encargado, se me informó que cuando Max había ingresado en el hospital, había declarado que no era SUD, sino que era de otra Iglesia.

Entré al cuarto de Max y lo saludé. Le dije cuán orgulloso me sentía de ser su amigo y cuánto me preocupaba por él. Hablé de su carrera en el banco y de sus actividades fuera del trabajo como director de orquesta. Me enteré de que se había ofendido por un par de comentarios de otras personas y que había decidido asistir a otra Iglesia. Le dije: “Max, tú posees el sacerdocio de Melquisedec. Me gustaría darte una bendición esta noche”. El aceptó, y se efectuó la bendición; después, me informó que su esposa, Bernice, también estaba muy enferma y que, de hecho, se encontraba en el cuarto de al lado. Invité a Max para que me acompañara a darle una bendición. Me pidió que lo ayudara, le expliqué como hacerlo y él ungió a su esposa. Hubo lágrimas y abrazos por doquier después de que sellé la unción con Max, sus manos sobre la cabeza de su esposa junto a las mías; lo cual hizo de esa noche de brujas una que siempre recordaremos.

Al salir del hospital esa noche, me detuve y le dije a la recepcionista que, con el permiso de Max y de su esposa, los registros personales de ellos deberían corregirse para reflejar su membresía en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Esperé y observé hasta que el cambio se había efectuado.

Mis dos amigos Max y Bernice se encuentran ahora del otro lado del velo, pero pasaron los últimos días de su vida activos y contentos, y recibieron las bendiciones que proceden de tener un testimonio del Evangelio y de asistir a la Iglesia.

Hermanos, nuestra tarea es llegar a aquellos que, por cualquier motivo, necesiten nuestra ayuda. Nuestro desafío no es insuperable; estamos en la obra del Señor y, por lo tanto, tenemos derecho a la ayuda del Señor, pero debemos intentar. En la obra, Shenandoah, hay una frase que inspira: “Si no lo intentamos, no lo haremos; y si no lo hacemos, ¿para qué estamos aquí?”.

Es nuestra responsabilidad vivir nuestra vida de modo que cuando se nos pida efectuar una bendición del sacerdocio o ayudar en cualquier aspecto, seamos dignos de hacerlo. Se nos ha dicho que, en verdad, no podemos escapar de los efectos de nuestra influencia personal. Debemos asegurarnos de que nuestra influencia sea positiva y edificante.

¿Están limpias nuestras manos? ¿Es puro nuestro corazón? Al mirar hacia atrás en las páginas de la historia, encontramos una lección sobre dignidad en las palabras del agonizante rey Darío. A Darío, por medio de los ritos debidos, se le había reconocido como el legítimo rey de Egipto; a su adversario, Alejandro Magno, se le había declarado hijo legítimo de Amón. Él también era faraón. Alejandro, al encontrar al derrotado Darío al borde de la muerte, le puso las manos sobre la cabeza para curarlo, mandándole ponerse de pie y asumir nuevamente su posición de rey, diciéndole: “Juro ante ti, Darío, por todos los dioses, que hago esto con sinceridad y sin engaños”.

Darío le reprochó suavemente: “Alejandro, hijo mío,… ¿crees que puedes tocar los cielos con esas manos?” (Adaptado de Abraham in Egypt, por Hugh Nibley, 1981, pág. 192).

El llamado del deber puede llegar silenciosamente a medida que nosotros, que poseemos el sacerdocio, respondemos a las asignaciones que recibimos. El presidente George Albert Smith, aquel modesto pero eficaz líder, y octavo Presidente de la Iglesia, afirmó: “El deber de ustedes es primeramente aprender lo que el Señor desea y después, por el poder y la fuerza de Su santo sacerdocio, magnificar su llamamiento en la presencia de sus semejantes de tal manera que la gente esté dispuesta a seguirles” (Conference Report, abril de 1942, pág. 14).

¿De qué manera puede uno magnificar un llamamiento? Sencillamente prestando el servicio que le corresponde.

Hermanos, es en el hacer y no sólo en el soñar que se bendicen vidas, que otras personas reciben guía y se salvan almas. Santiago declaró: “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” (Santiago 1:22).

Ruego que todos los que nos encontramos reunidos esta noche en esta asamblea del sacerdocio hagamos un esfuerzo renovado para merecer y recibir la guía del Señor en nuestra vida. Hay tantos por ahí que ruegan y oran para recibir ayuda; están aquellos que están desalentados, aquellos que desean regresar pero que no saben por dónde comenzar.

Siempre he creído en la veracidad de las palabras: “Las bendiciones más gratas de Dios siempre se reciben de las manos de los que le sirven aquí en la tierra” (White Montgomery, “Revelation”, en Best-Loved Poems of the LDS People, ed. Jack M. Lyon y otros, 1996, pág. 283). Tengamos siempre manos prestas y limpias, y corazones dispuestos para que podamos participar en proporcionar lo que nuestro Padre Celestial desea que otros reciban de Él.

Deseo terminar con un ejemplo de mi propia vida. Tuve en preciado amigo que parecía experimentar más de los problemas y de las frustraciones de la vida de los que podía soportar. Finalmente, fue hospitalizado por causa de una enfermedad incurable; yo no sabía que él se encontraba allí.

Mi esposa, la hermana Monson y yo habíamos ido a ese mismo hospital a visitar a otra persona muy enferma. Al salir del hospital, y mientras nos dirigíamos al lugar donde habíamos estacionado el auto, sentí la clara impresión de que debía regresar y averiguar si por casualidad mi amigo Hyrum estaba internado allí. Al verificar con un empleado en la recepción, me informó que, en efecto, Hyrum era uno de los pacientes que había estado allí por unas cuantas semanas.

Nos dirigimos a su habitación, llamamos a la puerta y entramos. No estábamos preparados para la escena que nos esperaba. Había arreglos de globos por todas partes. En la pared había un gran cartel que decía “Feliz cumpleaños papá”. Hyrum estaba sentado en la cama, con los miembros de su familia a su lado. Cuando nos vio, exclamó: “Hermano Monson, ¿cómo supo que hoy es mi cumpleaños?” Sonreí, pero dejé la pregunta sin responder.

Aquellos que estaban en ese cuarto y que poseían el Sacerdocio de Melquisedec rodearon a ese hombre, su padre, su abuelo y mi amigo, y se le dio una bendición del sacerdocio.

Luego de derramar lágrimas, de intercambiar sonrisas de gratitud, y de dar y recibir abrazos de ternura, me incliné hacia Hyrum y le susurré: “Recuerda las palabras del Señor, porque te consolarán. Él te prometió: ‘No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros’ ” (Juan 14:18).

El tiempo sigue su curso; el deber está a la par de esa marcha; el deber no se opaca ni disminuye; los conflictos catastróficos vienen y van, pero la guerra emprendida por las almas de los hombres continúa sin menguar. Como el llamado del clarín llega la palabra del Señor a ustedes y a mí, y a los poseedores del sacerdocio en todas partes; reitero esa frase: “Por tanto, aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado” (D. y C. 107:99).

Hermanos, aprendamos nuestros deberes; seamos siempre dignos de efectuar esos deberes y, al hacerlo, sigan los pasos del Maestro. Cuando a Él le llegó el llamado a servir, contestó: “Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre” (Moisés 4:2). Ruego humildemente que hagamos lo mismo, en el nombre de Jesucristo. Amén.