Los obreros de la viña

Elder  Jeffrey R. Holland

Del Quorum de los Doce Apóstoles

Por favor, escuchen los susurros del Santo Espíritu diciéndoles ahora, en este mismo momento, que deben aceptar el don de la expiación del Señor Jesucristo.

En vista de los llamamientos y relevos que acaba de anunciar la Primera Presidencia, me gustaría hablar en nombre de todos al decir que siempre recordaremos y amaremos a los que han servido tan fielmente junto a nosotros, tal como amamos y recibimos de inmediato a los que ahora son llamados. Nuestras sinceras gracias a todos ustedes.

Hoy deseo hablar de la parábola del Salvador en la que un padre de familia “salió por la mañana a contratar obreros”. Después de emplear al primer grupo a las seis de la mañana, al volverse más urgente la cosecha, regresó a las nueve de la mañana, a las doce del mediodía y a las tres de la tarde para contratar a más obreros. En las Escrituras dice que regresó una última vez “cerca de la hora undécima” (aproximadamente las cinco de la tarde) y contrató a un último grupo. Entonces, justo una hora después, todos los obreros se juntaron para recibir su jornal. Sorprendentemente, todos recibieron el mismo salario a pesar de la diferencia en las horas trabajadas. De inmediato, los del primer grupo de obreros se enojaron y dijeron: “Estos postreros han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos llevado la carga y el calor del día”1. Al leer esta parábola, quizás ustedes, al igual que esos obreros, hayan pensado que allí se cometió una injusticia. Permítanme abordar brevemente ese tema.

En primer lugar, es importante advertir que a nadie se le trató injustamente aquí. Los primeros obreros aceptaron el jornal de un día y lo recibieron; es más, me imagino que estaban sumamente agradecidos de recibir trabajo. En la época del Salvador, un hombre típico y su familia no podían hacer mucho más que vivir con lo que ganaban ese día. Si no trabajaban, ni cultivaban, ni pescaban ni vendían, probablemente no comían. Puesto que había más obreros que trabajos, esa mañana los primeros hombres que fueron elegidos fueron los más afortunados de toda la población laboral.

De hecho, si hemos de sentir lástima por alguien, por lo menos inicialmente, debería ser por los hombres que no fueron escogidos, que también tenían bocas que alimentar y cuerpos que vestir. A algunos parecía que la suerte nunca los acompañaba. Con cada visita del mayordomo a lo largo del día, siempre veían que se escogía a otro.

Pero, justo al terminar el día, de modo sorprendente, ¡el padre de familia regresó una quinta vez con una increíble oferta de última hora! Esos obreros, los últimos y más desalentados, sólo al escuchar que se los trataría con justicia, aceptaron el trabajo sin siquiera saber el jornal y sabiendo que cualquier cosa sería mejor que nada, que es lo que tenían hasta ese momento. Luego, al juntarse para recibir su paga, ¡se asombraron cuando recibieron lo mismo que todos los demás! ¡Qué sorprendidos deben haber estado y cuán agradecidos! Ciertamente, nunca habían visto tal compasión en todos sus días como obreros.

Teniendo en mente la lectura de ese relato, veamos las quejas de los primeros obreros. Como les dice el padre de familia en la parábola (y parafraseo sólo un poco): “Amigos míos, no estoy siendo injusto con ustedes. Ustedes aceptaron el salario para un día, un buen salario. Estaban muy contentos de conseguir trabajo y yo estoy contento por la forma en que sirvieron. Se les da el salario completo; tomen su paga y disfruten de la bendición. En cuanto a los demás, ciertamente soy libre de hacer lo que yo quiera con mi dinero”. Y luego la pregunta penetrante para el que tenga que escucharla en ese entonces o ahora: “¿Por qué debestener celos porque yo elijo ser bondadoso?”.

Hermanos y hermanas, habrá ocasiones en nuestra vida cuando otra persona reciba una bendición inesperada o algún reconocimiento especial. Ruego que no nos sintamos heridos, y desde luego que no sintamos envidia cuando la buena fortuna le llegue a otra persona. El que otro reciba no nos quita nada a nosotros. No estamos en una carrera el uno contra el otro para ver quién es el más rico o el que tiene más talento o es el más hermoso o incluso el más bendecido. La carrera en la que realmente estamos es contra el pecado, y con seguridad la envidia es uno de los más universales.

Más aun, la envidia es un error que continúa indefinidamente. Obviamente sufrimos un poco cuando nos sobreviene un infortunio a nosotros, ¡pero la envidia exige que suframos por toda la buena fortuna que le sobreviene a todos los que conocemos! Qué futuro brillante: ¡tragar otro litro de vinagre cada vez que alguien a nuestro alrededor tenga un momento feliz! Ni hablar del disgusto al final, cuando veamos que Dios realmente es a la vez justo y misericordioso y, como dice en las Escrituras, da “todos sus bienes”2 a los que están con Él. Entonces, la primera lección de la viña del Señor: codiciar, poner mala cara o procurar la desdicha de otros no mejora su posición; ni el degradar a otros eleva la imagen de ustedes. Por tanto, sean bondadosos y estén agradecidos de que Dios es bondadoso. Es una forma feliz de vivir.

El segundo punto que deseo exponer de esta parábola es el penoso error en el que algunos podrían incurrir si fueran a privarse de recibir su jornal al final del día porque estaban preocupados con los supuestos problemas que ocurrieron más temprano en el día. Allí no dice que alguien le haya lanzado la moneda al padre de familia en la cara y se haya ido enojado y sin dinero, pero supongo que alguien podría haberlo hecho.

Mis queridos hermanos y hermanas, lo que ocurrió en ese relato a las nueve, al mediodía o a las tres de la tarde es irrelevante comparado con la grandeza del pago universalmente generoso al final del día. La fórmula de la fe es permanecer firme, esforzarse, seguir adelante y dejar que las preocupaciones, reales o imaginarias, de horas anteriores se desvanezcan ante la abundancia de la recompensa final. No sigan pensando en problemas o resentimientos pasados, ni con ustedes mismos, ni con su prójimo, ni siquiera, podría agregar, con esta Iglesia verdadera y viviente. La majestuosidad de la vida de ustedes, de la vida de su prójimo y del evangelio de Jesucristo se pondrá de manifiesto en el postrer día, aunque no todos la reconozcan al principio. Por eso, que no les dé un ataque por algo que ocurrió a las nueve de la mañana cuando la gracia de Dios está tratando de recompensarlos a las seis de la tarde, sean cuales fueren los acuerdos de trabajo que hayan hecho durante el día.

Consumimos un valioso recurso emocional y espiritual al aferrarnos al recuerdo de una nota discordante que tocamos en un recital de piano en nuestra infancia, o algo que dijo o hizo nuestro cónyuge hace veinte años y que estamos decididos a recriminarle por otros veinte, o un incidente en la historia de la Iglesia que comprueba nada más ni nada menos que los mortales siempre tendrán dificultades para estar a la altura de las expectativas inmortales situadas ante ellos. Aunque uno de esos agravios no lo hayan originado ustedes, ustedes sí pueden darle fin. Y qué gran recompensa habrá por esa contribución cuando el Señor de la viña nos mire a los ojos y se salden las cuentas al final de nuestro día terrenal.

Eso me lleva al tercer y último punto. Esta parábola, como todas las parábolas, realmente no trata de obreros ni jornales, así como las otras no tratan de ovejas ni cabritos. Éste es un relato sobre la bondad de Dios, Su paciencia y perdón, y sobre la expiación del Señor Jesucristo; es un relato sobre la generosidad y la compasión; es un relato acerca de la gracia, que recalca el concepto que escuché hace muchos años de que ciertamente lo que Dios más disfruta de ser Dios es el gozo de ser misericordioso, especialmente con los que no se lo esperan y que a menudo piensan que no se lo merecen.

Hoy, no sé quién en esta vasta audiencia quizás tenga que escuchar el mensaje del perdón inherente en esta parábola, pero por más tarde que piensen que hayan llegado, por más oportunidades que hayan perdido, por más errores que piensen que hayan cometido, sean cuales sean los talentos que piensen que no tengan, o por más distancia que piensen que hayan recorrido lejos del hogar, de la familia y de Dios, testifico que no han viajado más allá del alcance del amor divino. No es posible que se hundan tan profundamente que no los alcance el brillo de la infinita luz de la expiación de Cristo.

Aunque todavía no sean de nuestra fe, o si alguna vez estuvieron con nosotros pero no han permanecido, no hay nada que hayan hecho que no se pueda deshacer. No hay problema alguno que no puedan superar. No hay sueño que no pueda realizarse con el despliegue del tiempo y la eternidad. Aun cuando sientan que son el último obrero perdido de la hora undécima, el Señor de la viña les llama. “[Acérquense]… confiadamente al trono de la gracia”3 y caigan a los pies del Santo de Israel. Vengan y coman “sin dinero y sin precio”4 a la mesa del Señor.

En especial hago un llamado a los esposos y padres, a los poseedores del sacerdocio actuales y a los futuros poseedores del sacerdocio; como dijo Lehi: “¡Despertad y levantaos del polvo!… y sed hombres”5. No siempre, pero a menudo, los hombres son quienes no responden al llamado de: “¡Firmes marchad!”6. Con frecuencia las mujeres y los niños parecen estar más dispuestos. Hermanos, den un paso adelante. Háganlo por su propio bien. Háganlo por el bien de aquellos a quienes aman y que están orando para que ustedes respondan. Háganlo por la causa del Señor Jesucristo, quien pagó un precio inconcebible por el futuro que quiere que ustedes tengan.

Mis queridos hermanos y hermanas, ustedes que han sido bendecidos durante tantos años por el Evangelio porque tuvieron la fortuna de encontrarlo temprano, ustedes que han llegado al Evangelio por etapas y fases después, y ustedes —miembros y no miembros todavía— que aún se resisten a progresar; a cada uno de ustedes, a uno y a todos, les testifico del poder renovador del amor de Dios y del milagro de Su gracia. Lo que a Él le interesa es la fe que logren al final y no la hora del día en que hayan llegado a ese punto.

Por lo tanto, si han hecho convenios, guárdenlos; si no los han hecho, háganlos. Si los han hecho y los han quebrantado, arrepiéntanse y repárenlos. Nunca es demasiado tarde en tanto que el Maestro de la viña diga que hay tiempo. Por favor escuchen los susurros del Santo Espíritu diciéndoles ahora, en este mismo momento, que deben aceptar el don de la expiación del Señor Jesucristo y disfrutar de la hermandad de Su obra. No se demoren; se hace tarde. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Véase Mateo 20:1–15.

  2. Lucas 12:44.

  3. Hebreos 4:16.

  4. Isaías 55:1.

  5. 2 Nefi 1:14, 21.

  6. “Somos los soldados”, Himnos, Nº 162.

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Los Héroes

H. David Burton

Del Quorum de los Setenta

“Escuchen y respondan a los susurros del Espíritu Santo y sigan el ejemplo de los héroes que obran con rectitud, poro permanecer firmes en contra de las maldades del maestro del engaño.”

Nefi, uno de mis héroes favoritos, solía usar la frase: “Mi alma se deleita …” Esta noche mi alma se deleita al formar parte de los miles de personas que se han reunido en Su nombre para aprender mas acerca de nuestras responsabilidades en el sacerdocio.

El próximo lunes darán comienzo los juegos de béisbol de las ligas mayores de los Estados Unidos y Canadá. Me siento algo triste porque uno de mis héroes, el lanzador Lynn Nolan Ryan, hijo, anunció recientemente que esta seria su ultima temporada.

Es muy probable que a Nolan se le seleccione para integrar la Galería de la Fama tan pronto como sea elegible. Se le recordara por su excepcional participación en 27 temporadas de las ligas mayores. Es famoso por lanzar la pelota a una velocidad superior a los 152 km. por hora; y estableció una marca de 5.600 lanzamientos que el bateador no contestó. Nolan Ryan no es solamente un fabuloso lanzador de béisbol, sino que es también un maravilloso y sensible ser humano que trata de hacer felices a los demás.

Un buen lanzador de béisbol puede tirar la pelota con velocidad y exactitud. La manera en que se lanza la pelota se mantiene en secreto a fin de engañar al bateador. Cambiando la manera en que agarra la pelota o la manera en que la lanza, el lanzador puede hacer que la pelota cambie de dirección cuando se va acercando al bateador. Los buenos lanzadores, como Nolan Ryan, son expertos en engañar a los bate adores.

Hoy día. el engañador más grande de todos tiene una gran influencia. Se le adjudican muchos nombres, pero se le reconoce mejor como Satanás o el diablo. El sabe que “sois linaje escogido, real sacerdocio” (1 Pedro 2:9).

No se engañen, mis jóvenes hermanos, Satanás es el jefe principal del engaño. El no esta satisfecho con sólo tomar prisioneros; el desea apoderarse de las almas de los hombres. Una de sus alevosas estrategias es la de debilitar poco a poco nuestros sentidos en lo que concierne a lo bueno y lo malo. Satanás desea convencernos de que la mentira y el engaño están de moda; nos induce hacia la pornografía, haciéndonos pensar que esta nos prepara para enfrentar al mundo verdadero. Desea hacernos creer que la inmoralidad es un modo atractivo de vida, y que la obediencia a los mandamientos de nuestro Padre Celestial esta pasada de moda. Constantemente nos asedia con propaganda ilusoria presentada de una manera atractiva y cuidadosamente enmascarada. Satanás crea héroes falsos que, si seguimos su ejemplo, nos conducirán a las profundidades del pecado.

Por otra parte, los héroes que se seleccionen con sumo cuidado pueden ser un ejemplo en nuestra vida y servirnos de modelo. El identificar y emular buenos héroes, nos brindan el valor necesario para andar rectamente por el camino de la vida. Tengo varios héroes aparte de Nefi y Nolan Ryan.

Una noche me quede a trabajar hasta tarde en el edificio de las Oficinas de la Iglesia. Cuando apreté el botón para llamar el ascensor, tenia la mente en un sinfín de cosas. Cuando se abrió la puerta, entre en el ascensor y de pronto vi que alguien extendía la mano para saludarme; una voz firme dijo: “Soy Spencer Kimball, ¿con quien tengo el gusto de hablar?” Me sentí tan asombrado que por un momento ni pude recordar mi nombre. Ahí estaba uno de mis héroes; por fin pude musitar algo que vagamente se parecía a mi nombre. Cuando pienso en el presidente Kimball, pienso en El milagro del perdón, en “alargar el paso”, en “hazlo ahora”, en el sacerdocio para todos los varones dignos, y mas que nada, en conquistar la adversidad. El siempre será uno de mis héroes.

Alma, el sumo sacerdote de la Iglesia de Dios, trató de predicar el arrepentimiento a sus hermanos nefitas en la ciudad de Ammoníah. Después de algunos intentos en vano, salió de la ciudad bastante afligido. Fue entonces que se le apareció un ángel y le dijo: “Y he aquí, soy enviado para mandarte que vuelvas a la ciudad de Ammoníah y prediques otra vez a los habitantes de esa ciudad; si, predícales. Si, diles que a menos que se arrepientan, el Señor Dios los destruirá” (Alma 8:16). Alma hizo lo que se le mando.

Amulek vivía en esa ciudad de Ammoníah; y fue quien relató esta experiencia: “Mientras me dirigía a ver un pariente muy cercano, he aquí, se me apareció un ángel del Señor y me dijo: Amulek, vuélvete a tu propia casa porque darás de comer a un profeta del Señor; si, un hombre santo que es un varón escogido de Dios; porque ha ayunado muchos días a causa de los pecados de este pueblo, y tiene hambre; y lo recibirás en tu casa y lo alimentaras, y el te bendecirá a ti y a tu casa; y la bendición del Señor reposara sobre ti y tu casa” (Alma 10:7).

Amulek regresó y llevó a Alma a su casa para comer y descansar. Luego, fue llamado como compañero misional de Alma. En una ocasión fueron atados, golpeados y encarcelados por predicar el arrepentimiento. En respuesta a sus suplicas, el Señor hizo que los muros de la prisión cayeran y mataran a quienes los habían encarcelado.

Alma y Amulek escucharon al ángel, respondieron al llamado del servicio misional y predicaron el arrepentimiento. Permanecieron firmes ante la adversidad y el encarcelamiento. Ellos son héroes cuyas vidas son dignas de emulación.

A lo largo de los años, cada uno de mis obispos ha sido un héroe para mi. Nuestro obispo actual, el hermano Stephen G. Stoker es un héroe para toda nuestra familia.

Estoy agradecido a los obispos que me ayudaron cuando era joven a prepararme para recibir el Sacerdocio de Melquisedec. Un obispo paciente y amoroso me ayudó a comprender que el servicio misional era de mayor importancia que el perfeccionar mi destreza en el golf, lo cual había sido mi ambición principal durante los años de mi adolescencia.

Actualmente me gusta jugar al golf con mis hijos y mis yernos. Cuando ellos juegan bien, representan un desafío para mi. Con cuerpos ágiles, golpean la pelota mucho mas lejos que yo. Pero, debido a que todavía no han aprendido la simple noción de que la distancia mas corta entre dos puntos es la línea recta, todavía puedo competir con ellos. En su afán por pegarle con fuerza a la pelota, con frecuencia la lanzan fuera de los limites del campo.

Jovencitos, tengan fe y confianza en su obispo; permítanle ayudarlos a vivir cerca de la línea de la rectitud y a permanecer dentro de los limites que nuestro Padre Celestial ha establecido. Si se han alejado de la línea recta, permitan que su obispo les ayude a cambiar el rumbo antes de que las practicas engañosas de Satanás se apoderen firmemente de ustedes. Espero que el Señor tenga un lugar especial reservado en las eternidades para los buenos obispos.

Mi Padre Celestial sabia que este hijo obstinado necesitaba un buen padre y seleccionó a uno muy bueno. La devoción de mi padre hacia sus hijos y nietos ocupaba gran parte de su tiempo. Amaba al Señor y durante toda su vida se dedicó a la obra del Señor. No solamente fue mi padre, sino que fue uno de mis héroes.

Papa prestó servicio como presidente del quórum de presbíteros y como obispo de nuestro barrio durante los años de mi adolescencia. Los que han sido hijos de un obispo saben muy bien que a veces se espera demasiado de ellos.

Durante el tiempo en que mi padre fue obispo se edificó una nueva capilla en nuestra zona. Parte de la contribución económica local que le correspondía a nuestra unidad, se hacia donando trabajo. A menudo llegaba a la casa y encontraba una nota sobre la mesa de la cocina en la que se me pedía que fuera con papa a trabajar a la nueva capilla. Como podrán imaginarse, no siempre recibí esas invitaciones con mucho entusiasmo y alegría. Me daba la impresión de que al hijo del obispo se le pedía mas que fuera a trabajar en el nuevo edificio que a los demás jóvenes del barrio.

Cuando estaba a punto de terminarse la construcción, se comenzó a trabajar en los jardines. Al sacerdocio se le dio la asignación de acarrear fertilizante. Siendo que el obispo formaba parte del grupo, se daba por sentado que su hijo también debía responder al llamado. Fuimos hasta una montaña en donde había un corral de ovejas, y cargamos con palas el abono molido y seco en la parte trasera de una camioneta. El viento fue la causa de que mucho de lo que cargábamos en la camioneta nos cayera a nosotros. El abono en cuestión se nos metía en los ojos, la garganta, la nariz, los oídos y por el cuello de la camisa. Nunca me había sentido tan incómodo. Me temo que en esa ocasión me altere al expresar verbalmente mis sentimientos. Cuando regresamos a la capilla para descargar y esparcir el material, me di cuenta de que alguien me había robado la bicicleta. Me queje amargamente. ¿Por que el Señor había permitido que alguien me robara la bicicleta mientras yo estaba trabajando en Su obra?

Cuando papa y yo regresamos a casa, nos bañamos y nos sentamos a cenar. Continué quejándome sobre lo que había pasado ese día y sobre la perdida de mi bicicleta. Al arrodillamos a orar, papá le agradeció a nuestro Padre Celestial la oportunidad que habíamos tenido de prestar servicio ese día y expresó el amor que sentía por mi. Pidió al Señor que perdonara a la persona que me había robado la bicicleta. Mencionó lo afligido que se sentía por la perdida, pero expresó gratitud porque no había sido su hijo el que había cometido el delito. Los padres también pueden ser grandes héroes. Ruego que si tienen la suerte de tener a su padre cerca, lo conviertan en su héroe. Padres, vivan de tal manera que tanto sus hijos como otras personas los consideren también sus héroes.

Los bate adores excepcionales tienen el don de gozar de una vista magnifica, así como de una excelente aptitud física deportiva. Pueden mantener la mirada fija en la pelota y saber la dirección en la que girará. De esa manera, el bateador puede tratar de responder al engaño. Nuestro Padre Celestial le ha dado a cada uno de nosotros el don de identificar los engaños de Satanás; es lo que se llama el don del Espíritu Santo.

Ruego que ustedes, jóvenes poseedores del Sacerdocio Aarónico, escuchen y respondan a los susurros del Espíritu Santo y sigan el ejemplo de los héroes que obran con rectitud, para permanecer firmes en contra de las maldades del maestro del engaño.

Se que nuestro Padre Celestial vive y que Su Hijo es nuestro Salvador y Redentor. Se que nos aman y desean que tengamos éxito. De esto testifico en el santo nombre de nuestro Hermano Mayor, Jesucristo. Amén.