“En … [los] consejeros hay seguridad”

Presidente Gordon B. Hinckley

He escuchado con interés todo lo que se ha dicho en esta reunión. Se ha hablado mucho a los jóvenes, y yo apoyo todas esas palabras. Espero que los consejos que habéis oído se hayan grabado en vuestra memoria. Si los seguís, bendecirán vuestra vida ahora y en los años por venir.

Al finalizar esta reunión, deseo hablar sobre un tema en particular.

En una reunión general del sacerdocio anterior, me referí al deber del obispo, y hable de todas sus responsabilidades. Supongo que ninguno de vosotros se acuerda de eso; no obstante, yo recuerdo haberlo hecho.

Esta noche deseo hablaros sobre los consejeros. Hay el doble de consejeros que de obispos y presidentes, y son realmente importantes.

El Señor, en su infinita sabiduría, ha creado en esta Iglesia lo que llamamos “presidencias”. Básicamente, todos los quórumes y organizaciones son presididos por una presidencia, excepto el Consejo de los Doce Apóstoles, que tiene un presidente del quórum; y los Quórumes de los Setenta, que tienen siete presidentes. Entiendo el porque de que no haya presidencia de los Doce: Es que el Consejo consiste de doce hombres maduros, un numero relativamente pequeño en donde todos tienen responsabilidades comparables de liderazgo. Mas aun, sus miembros forman un grupo muy unido, en el que cada uno se expresa libremente sobre cualquier asunto que tenga que tratar el quórum. Evidentemente, no hay necesidad de que una presidencia de tres presida sobre los otros nueve hermanos restantes. A todos ellos los ha madurado una larga experiencia y son hombres que han recibido un llamamiento especial.

En el caso de los Setenta, la cantidad de quórumes que pueden organizarse varía. Cada uno de los presidentes, a quien se llama del Primer Quórum de los Setenta, es igual a los otros; y a uno de los siete se le denomina como “presidente mayor”.

En el quórum de presbíteros, el obispo es el presidente. Pero, ya sea en un obispado, en una presidencia de estaca, de quórum del Sacerdocio Aarónico o el de Melquisedec, de misión, de templo, de organización auxiliar, de Area o en la Primera Presidencia de la Iglesia, hay un presidente con sus consejeros.

Creo que sé por experiencia propia lo que es servir como consejero; pienso que sé algo con respecto a ese cargo y a los limites de su responsabilidad.

En el barrio numeroso donde crecí, había cinco quórumes de diáconos, cada uno con una presidencia compuesta por tres muchachos. Mi primera responsabilidad en la Iglesia, el primer cargo que tuve, fue el de consejero del que presidía el quórum de diáconos al cual yo pertenecía. Nuestro buen obispo me llamó y me habló sobre el llamamiento. Me quede muy impresionado y muy preocupado. Por naturaleza era un chico tímido, y creo que el llamamiento de consejero en el quórum de diáconos era de la misma forma motivo de preocupación entonces, de acuerdo con mi edad y experiencia, como lo es ahora la responsabilidad que tengo, de acuerdo con mi edad y experiencia.

Después, tuve cargos en las presidencias de otros quórumes del sacerdocio. Además, fui consejero en la superintendencia (así se llamaba entonces) de la Escuela Dominical de estaca antes de ser superintendente; fui consejero en una presidencia de estaca antes de ser presidente de la estaca; y, como ya sabéis, ahora he servido como consejero de dos Presidentes de la Iglesia, dos lideres extraordinarios, dedicados e inspiradores.

Hay varios principios importantes que se aplican a los consejeros. En primer lugar, el oficial que preside elige a sus consejeros; nadie le fuerza a aceptar consejeros elegidos por otro. Pero en la mayoría de los casos, es necesario que una autoridad que este por encima de él apruebe su elección; por ejemplo, en la organización de una estaca, que se hace bajo la dirección de una Autoridad General, con mucha meditación y oración se elige un presidente; luego se le pide que el nombre a los hombres que puedan ser sus consejeros, pero antes de entrevistarlos, esa elección debe contar con la aprobación de la Autoridad General pertinente.

Es indispensable que el presidente elija a sus consejeros, ya que es muy importante que haya entre ellos una buena relación; tiene que haber una absoluta confianza mutua; deben trabajar juntos con un espíritu de mutuo respeto. Los consejeros no son el presidente y, aunque en ciertas circunstancias pueden actuar en su nombre, eso se hace por delegación de autoridad. Ahora, deseo hablar de algunos deberes que tiene un consejero.

Es un ayudante del presidente. Sea cual sea la organización, la labor del presidente es pesada. Hasta el presidente del quórum de diáconos, si cumple con su deber, tiene una gran tarea, ya que él es responsable de la actividad y el bienestar de los chicos de su quórum.

Al ser un ayudante, el consejero no actúa como presidente, ni asume las responsabilidades ni toma las decisiones que le corresponden a este.

En las reuniones de presidencia, los consejeros tienen la libertad de expresar lo que piensen sobre todos los asuntos que se traten allí. Sin embargo, el presidente es quien tiene la prerrogativa de tomar la decisión y los consejeros tienen el deber de apoyarlo. Entonces, ellos hacen suya la decisión de él, fueren cuales fueren las ideas que hayan tenido.

Si el presidente es sabio, les asignara deberes particulares y les dará la libertad de llevarlos a cabo, haciéndolos responsables de lo que pase.

Un consejero es un socio. Una presidencia puede constituir una hermosa relación una amistad en la que tres hermanos, trabajando unidos, desarrollan un compañerismo estrecho y satisfactorio. Con la delegación de responsabilidades, se mueven independientemente hasta cierto punto. Unidos los tres tienen la responsabilidad de la obra del barrio, del quórum, de la estaca, de la organización, etc.

Esta asociación es como una válvula de seguridad. El prudente escritor de los Proverbios nos dice que “en … [los] consejeros hay seguridad” (Proverbios 11:14). Cuando surgen problemas, cuando enfrentamos decisiones difíciles, es maravilloso poder contar con alguien con quien podamos hablar con confianza.

Recuerdo cuando era muchacho y teníamos nuestras reuniones de presidencia. El presidente presentaba cualquier asunto que tuviéramos que tratar; hablábamos de él y, después de nuestra conversación, continuábamos adelante con lo necesario para obtener los resultados deseados.

No es probable que en ninguna organización de la Iglesia un presidente haga algo sin la seguridad de que sus consejeros están de acuerdo con el programa propuesto. Un hombre o una mujer, pensando solo, trabajando solo, llegando a sus propias conclusiones solo, puede hacer algo que este equivocado; pero cuando los tres se arrodillan para orar, analizan todos los aspectos del problema que tienen delante y, bajo la influencia del Espíritu, llegan a una conclusión unificada, entonces podemos tener la seguridad de que la decisión esta en armonía con la voluntad del Señor.

Puedo asegurar a todos los miembros de la Iglesia que en la Primera Presidencia también seguimos ese proceder. Aun el Presidente de la Iglesia, que es el Profeta, Vidente y Revelador, y que tiene el derecho y la responsabilidad de juzgar y dirigir a la Iglesia, invariablemente consulta con sus consejeros para saber lo que piensan. Si no hay unidad, no hay acción. Dos consejeros, trabajando con un presidente, preservan un buen sistema de decisiones equilibradas; llegan a ser una protección que raras veces da lugar al error y que ofrece un liderazgo realmente fuerte.

Un consejero es un amigo. Las presidencias deben hacer algo mas que reunirse en consejo; de vez en cuando, y sin excederse, ellos y sus cónyuges deben tener también una relación social; deben ser buenos amigos, amigos de confianza, en un sentido muy real. Los consejeros han de preocuparse por la salud y el bienestar de su presidente, y él tiene que sentirse a gusto hablándoles de sus problemas personales, si es que los tiene, con la absoluta seguridad de que mantendrán en la más estricta confidencia todo lo que se les diga.

Un consejero es un juez. Es un juez menor que el presidente, pero juez de todos modos.

Cuando hay que formar un consejo disciplinario, los tres hermanos del obispado, o de la presidencia de estaca, o de la Presidencia de la Iglesia, se sientan, analizan el asunto y oran juntos para poder tomar una decisión. Queridos hermanos, quiero aseguraros que nunca se pronuncia un juicio hasta después de haber orado sobre la decisión. La acción contra un miembro es un asunto demasiado delicado para dejarlo sólo en manos del hombre, y particularmente de un solo hombre; si ha de haber justicia, tiene que contarse con la guía del Espíritu, la cual se ha de pedir fervientemente y luego seguir.

En algunas circunstancias, un consejero puede actuar como representante de su presidente. El poder de representación debe darlo el presidente, y el consejero no debe nunca abusar de ese poder. La obra tiene que seguir adelante a pesar de las ausencias de un presidente, causadas por enfermedad, empleo u otros factores que el no pueda controlar. En esos casos, y en interés de la obra, el presidente debe dar a sus consejeros autoridad para actuar con absoluta confianza, puesto que él los ha capacitado al servir juntos como obispado o presidencia.

El ser consejero puede no resultar fácil. El presidente J. Reuben Clark, hijo, que, siendo consejero del presidente HeberGrant, tuvo a su cargo las responsabilidades de la Iglesia cuando este estuvo enfermo, me dijo en una oportunidad: “Es muy difícil tener responsabilidad sin tener autoridad”.

Lo que quiso decir es que tenía que seguir adelante cumpliendo los deberes que normalmente corresponden al Presidente, pero que al hacerlo, no contaba con la autoridad misma de Presidente.

Creedme que llegue a comprender muy claramente esa situación. Quisiera hablaros de algunos de mis sentimientos personales al respecto. Durante la época en que el presidente Kimball estuvo enfermo, la salud del presidente Tanner empezó a decaer y finalmente falleció; entonces se llamó al presidente Romney como Primer Consejero y a mi como Segundo Consejero del presidente Kimball. Luego, el presidente Romney enfermó, dejando así en mis manos una carga de responsabilidad que era casi abrumadora. Con frecuencia buscaba el consejo de mis hermanos de los Doce, y no puedo agradecerles lo bastante su comprensión y la sabiduría de sus decisiones. En asuntos en que la norma estaba ya bien establecida, seguíamos adelante. Pero nunca se anunció ni puso en practica una norma, ni se cambió una practica establecida, sin sentarnos primero con el presidente Kimball y recibir su pleno consentimiento y su completa aprobación.

En esas oportunidades en que iba a hablar con él, llevaba siempre conmigo a un secretario que anotaba en un registro la conversación detallada. Os puedo asegurar, mis queridos hermanos, que nunca me adelante a sabiendas al Profeta, que nunca tuve ningún deseo de ponerme delante del en lo que se refiere a normas ni en las instrucciones para la Iglesia. Yo sabia que él era el Profeta nombrado por el Señor en aquellos días; y aun cuando yo también, junto con los demás hermanos de los Doce, había sido sostenido como Profeta, Vidente y Revelador, sabia que ninguno de nosotros era el Presidente de la Iglesia. Sabía que el Señor le prolongaba la vida al presidente Kimball con propósitos que sólo Él conocía, y tenía fe de que esa prolongación se debía a una razón que estaba en la sabiduría de Aquel que es más sabio que cualquier ser humano.

En 1985 falleció el presidente Kimball, y el presidente Ezra Taft Benson, en ese entonces Presidente del Consejo de los Doce, fue sostenido por unanimidad como Presidente, Profeta, Vidente y Revelador de la Iglesia. Él eligió a sus consejeros, y puedo aseguraros que hemos trabajado en armonía, y que esta ha sido una experiencia maravillosa y compensadora.

El presidente Benson tiene ahora 91 años y le faltan la fortaleza y la vitalidad que antes poseía en abundancia. El hermano Monson y yo, siendo sus consejeros, seguimos haciendo lo que se hizo antes, o sea, seguir adelante con la obra de la Iglesia, pero teniendo mucho cuidado de no pasar por encima del Presidente ni iniciar ningún cambio en las normas establecidas sin que él lo sepa y sin contar con su completa aprobación.

Estoy agradecido por el presidente Monson. Nos hemos conocido por mucho tiempo y hemos trabajado juntos en muchas responsabilidades. Nos aconsejamos el uno al otro y oramos juntos; pero posponemos la decisión si no estamos completamente seguros de lo que vamos a hacer y no contamos con la bendición de nuestro Presidente y con la seguridad que se recibe del Espíritu del Señor.

Oramos por nuestro Presidente; lo hacemos a menudo y con gran fervor. Lo queremos mucho y sabemos cual es nuestra relación con el y nuestra responsabilidad hacia toda la Iglesia. Pedimos consejo a los Doce y somos participes de sus juicios, lo cual es un recurso mucho más grande de lo que podría describiros.

No temáis, hermanos; hay una Presidencia en esta Iglesia. Espero que no os suene jactancioso si os digo que ha sido establecida por el Señor. No estamos aquí por nuestros propios deseos. Os agradecemos vuestro apoyo sostenedor; sabemos que oráis por nosotros, y nosotros oramos por vosotros. Esperamos estar siguiendo la voluntad del Señor y creemos fervorosamente que así es; esperamos que vosotros penséis lo mismo. No tenemos otro deseo que el de hacer Su voluntad concerniente a Su reino y a Su pueblo.

Servimos en nuestros cargos por Su paciencia, sabiendo que en cualquier momento que Él lo decida, puede sacarnos fácilmente. Respondemos a Él en esta vida, y sabemos que seremos responsables ante Él cuando se nos llame para dar nuestro informe. Espero que no se nos halle en falta. Espero que cuando llegue el momento, tenga yo la oportunidad de estar ante mi amado Salvador para dar cuenta de mi mayordomía, y que pueda hacerlo sin tener que avergonzarme, disculparme ni buscar excusas. Sé que no soy perfecto y que tengo mis debilidades; pero puedo decir que he tratado de hacer lo que el Señor quería que hiciera siendo su siervo y el de todo miembro de esta Iglesia en todo el mundo; y, particularmente, siendo el siervo de mi querido Presidente, Profeta, Vidente y Revelador.

Sirvo en calidad de consejero, como muchos de los que estáis presentes aquí, vosotros en vuestra responsabilidad y yo en la mía. Ruego, mis queridos hermanos, que seamos fieles y verídicos en estos sagrados llamamientos, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Los dones espirituales que se otorgan a un presidente de estaca

Por el élder Neil L. Andersen

Del Quórum de los Doce Apóstoles

He conocido a cientos de presidentes de estaca; son hombres de éxito e integridad. Están llenos de fe y tienen un deseo inquebrantable de complacer al Señor.

El llamamiento de presidente de estaca es una experiencia sagrada y espiritual. Bajo la dirección de la Primera Presidencia, las Autoridades Generales y los Setentas de Área tienen esa responsabilidad. Durante los dieciséis años en que he prestado servicio como Autoridad General, he extendido llamamientos en muchas culturas y continentes, de norte a sur en toda América y desde Europa hasta Asia.

En cada una de esas experiencias, he atesorado dos enseñanzas que recibí durante mis primeras semanas como Autoridad General; una, del presidente Thomas S. Monson: “Cuando estás cumpliendo el mandato del Señor, tienes derecho a recibir ayuda de Él”; y la otra, del presidente Boyd K. Packer, Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles: “En tu ministerio tendrás experiencias en las que, a través del velo, harás una pregunta al Señor y recibirás una respuesta inmediata”. En cada uno de los casos se han cumplido ambas promesas.

La experiencia de llamar a un presidente de estaca es siempre la misma pero es siempre diferente. Es la misma en el sentido de que las dos Autoridades Generales o los dos Setentas de Área a quienes se envíe tienen una sensación de enorme dependencia del Señor y ambos deben recibir la misma inspiración antes de extender los llamamientos; el Espíritu del Señor acompaña y confirma siempre el proceso de selección en forma extraordinaria. Y es diferente en el hecho de que los hombres a quienes se llama varían mucho de estaca en estaca; los presidentes de estaca son a veces hombres de gran experiencia y años de servicio, y otras veces son jóvenes y llenos de fe; sus respectivas ocupaciones son también muy variadas y no siguen ningún modelo.

Cómo se confieren las llaves

Aunque, en general, un presidente de estaca se encuentra entre los líderes de la estaca, hay excepciones. En una oportunidad habíamos entrevistado a hermanos hasta bien entrada la noche sin poder sentir la confirmación del Espíritu con ninguno de los excelentes hombres con los que nos reunimos. Al fin, después de entrevistar a todos los que teníamos en la lista que se había preparado, empezamos a hablar con otros hombres dignos que no se hallaban prestando servicio en cargos de liderazgo. A las diez de la noche, al reunirnos con un maestro de Doctrina del Evangelio, el Señor nos confirmó, sin lugar a dudas, que aquél era el que Él había escogido. Sólo después de haberle extendido el llamamiento nos enteramos de que él había estado en su casa, esperando nuestra llamada, porque hacía varios meses, antes de que se hubiese anunciado que habría un cambio en la presidencia de la estaca, que él y su esposa se habían despertado durante la noche con la seguridad de que iba a recibir ese llamamiento.

Los que prestan servicio como presidentes de estaca no han buscado el cargo que desempeñan y, cuando se les llama, todos se sienten humildes y algunos incluso conmovidos. Una vez, en Europa, cuando llamé como presidente de estaca a un hombre que era miembro desde hacía unos diez años, él exclamó: “¡Ay, no, no; no yo! No puedo hacerlo”. Felizmente, su admirable esposa que se hallaba junto a él, lo abrazó y le dijo: “Mi amor, claro que puedes. Yo sé que puedes”. Ella tenía razón, y él sirvió al Señor muy bien.

En Filipinas, al llamar a un hombre que había visto a la Iglesia progresar rápidamente con líderes muy jóvenes, él respondió: “¡No, no, yo no! Soy muy viejo”. Cuando se le hizo notar que algunos de los miembros del Quórum de los Doce eran treinta años mayores que él, aceptó el llamamiento y prestó muy buen servicio.

El Salvador dijo: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto…” (Juan 15:16). Nosotros no buscamos ni rehusamos los llamamientos que recibimos.

En algún momento, ya sea antes, durante el proceso o después, el Señor le confirma al hombre que su llamamiento proviene de Dios. Un joven presidente de estaca relató de esta manera la confirmación que tuvo:

”Cuando me entrevistaron, tenía treinta y dos años y había sido obispo durante unos cuatro años. Uno de los que dirigía las entrevistas me hizo dos interesantes preguntas: (1) ¿Cómo obtuvo su testimonio? y (2) ¿Quiere compartir con nosotros su testimonio del Salvador? Les conté mi experiencia cuando era adolescente, poco después de la muerte de mi madre, cuando llegué a saber, por mí mismo, la veracidad del Evangelio restaurado, particularmente con respecto al Libro de Mormón.

“Al compartir mi testimonio del Salvador, recibí la confirmación de que se me llamaría para ser el próximo presidente de la estaca. Regresé a casa y le conté a mi esposa la experiencia; cuando le dije que pensaba que me llamarían para ser el presidente de la estaca, me contestó: ‘Tú eres apto, pero no tienes experiencia’. Dos horas después sonó el teléfono; me invitaron a regresar con mi esposa y me extendieron el llamamiento”.

Después del voto de sostenimiento durante la sesión general de la conferencia de la estaca, los que somos enviados para tal ocasión, ponemos las manos sobre la cabeza del nuevo presidente de la estaca y le conferimos las llaves del sacerdocio que serán necesarias para presidir y dirigir los asuntos de su estaca; esas llaves provienen, por delegación, del Presidente de la Iglesia y de los otros catorce Apóstoles que las poseen en la tierra, y llevan inherentes autoridad y poder espirituales.

El Señor ha dado siempre llaves a Sus Apóstoles escogidos. A Pedro le dijo: “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos, y todo lo que ates en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desates en la tierra será desatado en los cielos” (Mateo 16:19). Algunas de esas llaves se comparten después con líderes locales. En Zarahemla, Alma “ordenó sacerdotes y élderes por la imposición de sus manos, según el orden de Dios, para presidir la iglesia y velar por ella” (Alma 6:1).

La manifestación externa de las llaves

Es interesante notar que hubo un tiempo en que para obtener una recomendación para el templo se necesitaba la firma del Presidente de la Iglesia; hoy día, las llaves delegadas al presidente de una estaca comprenden esa autoridad. Con sus consejeros, él también recomienda obispos a la Primera Presidencia y los ordena una vez que hayan sido aprobados; además, aprueba a los que vayan a ser ordenados al Sacerdocio de Melquisedec, recomienda y aparta a los misioneros de tiempo completo y sirve de juez en Israel para ayudar a los que hayan cometido pecados graves a obtener un perdón completo. También guía en sus labores y decisiones a los obispos y presidentes de rama de la estaca.

En estas funciones, el Señor brinda abundante revelación a Sus presidentes de estaca. Uno de ellos, que vivía en el sur de Estados Unidos, me contó la siguiente experiencia:

“En octubre de 2007, fue a verme una hermana por la recomendación para el templo; durante la entrevista le pregunté si, después de ella, el esposo iba a entrar a verme para su recomendación, y me contestó que él no iba al templo desde hacía más de veinte años y que, en sus cuarenta años de matrimonio, nunca se habían sellado en el templo. Sentí la fuerte impresión de que debía hablar con aquel hermano de inmediato; la impresión fue tan fuerte que salí de mi oficina, lo encontré en el otro extremo del edificio y lo llevé conmigo para entrevistarlo. Después de la entrevista, en la que estuvo presente el obispo de ellos, él recibió su recomendación para el templo. Aquella fue una experiencia muy emotiva para todos nosotros, especialmente para su esposa. Hacia fines de esa misma semana, recibí la invitación para asistir al sellamiento de ambos en el templo.

A principios de 2008, unos cuatro meses después de que el matrimonio se había sellado, el hermano se levantó para ir a trabajar una mañana, se desplomó y falleció en su hogar. Estoy por siempre agradecido por haber escuchado las impresiones del Espíritu y haber animado a aquel hermano a hacer lo que era tan importante que hiciera en vida”.

Los dones espirituales y las promesas espirituales

El Señor ha dicho que una estaca es “para defensa y para refugio contra la tempestad…” (D. y C. 115:6). El presidente de la estaca es el pastor del Señor que debe cerciorarse de que haya entre los miembros de la Iglesia una sensación de protección y seguridad espiritual y debe asegurar que la doctrina que se enseña es verdadera y pura. El presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008) dijo una vez:

“Los deberes de un maestro en el Sacerdocio Aarónico podrían aplicarse al presidente de estaca, que debe ‘velar por los miembros de toda la estaca, estar con ellos y fortalecerlos;

“‘y cuidar de que no haya iniquidad en la Iglesia, ni aspereza entre uno y otro, ni mentiras, ni difamaciones, ni calumnias;

“‘y ver que los miembros de la Iglesia se reúnan con frecuencia, y también ver que todos cumplan con sus deberes’ (D. y C. 20:53–55)” 1 .

En su labor se incluye la inspiración para saber cómo fortalecer a las familias, fortificar a la nueva generación, invitar a más hijos del Padre Celestial a entrar en las aguas purificadoras del bautismo, llegar hasta los que se hayan alejado de la Iglesia y tratar de que los miembros de su estaca y aquellos que nos han precedido reciban las ordenanzas del templo.

En todas estas responsabilidades importantes, el Señor bendice al presidente de la estaca con un incremento de dones espirituales. En la sección 46 de Doctrina y Convenios, Él se refiere a los diversos dones espirituales y dice:

“…no a todos se da cada uno de los dones; pues hay muchos dones, y a todo hombre le es dado un don por el Espíritu de Dios.

“A algunos les es dado uno y a otros otro, para que así todos se beneficien” (D. y C. 46:11–12).

Y luego agrega lo siguiente: “…a cuantos Dios nombrare y ordenare para velar por la Iglesia… les será concedido discernir todos esos dones… para que haya una cabeza, a fin de que todo miembro se beneficie con ello” (D. y C. 46:27, 29).

A veces, esos dones se relacionan con promesas espirituales que el Señor cumplirá. Un ex presidente de estaca de Brasil me contó esta experiencia:

“Una fiel hermana con cuatro hijos adolescentes a los que criaba sola, tenía dificultades económicas. Un día le pregunté: ‘Hermana, ¿asisten sus hijos con regularidad a seminario?’, a lo que me contestó: ‘Tengo muchos problemas y vivo muy lejos de la capilla. Es peligroso [el camino]’. En ese momento sentí una fuerte impresión de aconsejarla y hacerle una promesa: ‘Si no tiene dinero para el transporte, usted debe acompañarlos en esos kilómetros que deben caminar; vaya usted también y siéntese en la clase con ellos. Si lo hace, salvará a sus hijos y todos se casarán en el templo’. Me quedé muy inquieto por lo que le había dicho, pero no podía negar la fuerte inspiración que había recibido.

“Ella aceptó el consejo y durante varios años fue caminando con sus hijos a seminario. Aquella promesa ya se ha cumplido: todos se casaron en el templo y su hijo es actualmente obispo del barrio”.

Tal vez uno de los dones más grandes que se dan a un presidente de estaca sea el amor más profundo y cada vez más grande que siente por las personas a las que se le ha llamado a servir. Cuando recibí el llamamiento de presidente de estaca, me asombró el extraordinario sentimiento de preocupación y de amor que me invadió por los miembros de la estaca, incluso por los que habían cometido transgresiones graves; empecé a sentir gran empatía y deseos de ayudarles. Esos sentimientos de amor se combinan siempre con el deseo de ayudar a los miembros a convertirse verdaderamente al Salvador y a Su evangelio. Había prestado servicio muchos años como consejero pero cuando tuve las llaves de la presidencia, los sentimientos se volvieron más potentes y motivadores. Pensé entonces que quizás estuviera recibiendo en parte aquel don de amor al que se refirió Mormón en esta exhortación: “…pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones, que seáis llenos de este amor que él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo…” (Moroni 7:48).

Esa manera de sentir lleva al presidente de estaca a extenderse hacia los demás, y entonces ocurren milagros. Un presidente de estaca de América del Sur relató un ejemplo de la forma en que esa clase de amor lo llevó a buscar a alguien que se había perdido:

“Tuve la fuerte impresión de que debía buscar a un hermano que muchos años antes había sido uno de mis compañeros de misión; se había casado y era menos activo en la Iglesia. Su cédula de miembro se hallaba en una unidad pequeña, a ciento cincuenta kilómetros del centro de estaca. Me trasladé allá y hablé con el presidente de la rama, quien me dijo que mi ex compañero de misión vivía lejos, en el campo, y me explicó cómo llegar hasta el pueblito. Después de un rato, el camino asfaltado terminó y empezó uno de tierra; luego de recorrer muchos kilómetros más, me di cuenta de que me había perdido. Detuve el auto, a punto de darme por vencido; era un día de mucho calor y el coche no tenía aire acondicionado; además, el polvo de la ruta hacía el viaje más difícil para mi esposa y mis hijos. Entonces me arrodillé en el camino y pedí ayuda al Señor.

“Unas horas más tarde, llegamos al pueblecito, encontré a mi compañero de misión y lo invité a volver a la Iglesia. Él se activó y prestó servicio en muchos cargos de liderazgo; su hijo cumplió una misión honorable, y en la actualidad mi amigo y antiguo compañero es consejero en el obispado de su barrio”.

En este oficio hay poder. El Señor está con Sus presidentes de estaca. Este relato es del presidente de una estaca en Ecuador: “Observé que había un hombre en la estaca que muchas veces tenía aspecto de tristeza. Un día tuve la impresión de que debía visitarlo y salí de inmediato en dirección a su casa. Hablamos, y él me dijo que estaba muy triste porque desde hacía muchos años no intercambiaba una palabra con su padre; me explicó que éste era un hombre de carácter difícil y que había cortado toda relación con él. Le pregunté si le gustaría resolver la situación, a lo cual accedió. Fuimos hasta la casa del padre y detuve el auto enfrente; llamé a la puerta y oí una voz que preguntaba: ‘¿Quién es?’. ‘El presidente de la estaca, hermano’, le respondí. Él abrió la puerta y me vio, y a su hijo junto a mí. Los dos se abrazaron sin pronunciar palabra y empezaron a llorar. La situación quedó resuelta”.

En el mundo hay más de dos mil ochocientos presidentes de estaca y, en muchos sentidos, son personas comunes, como ustedes y como yo, que están esforzándose por su salvación, igual que nosotros. Sin embargo, ellos han recibido un llamamiento extraordinario; se les han puesto las manos sobre la cabeza y se les han conferido llaves del sacerdocio.

He conocido a cientos de presidentes de estaca; son hombres de éxito e integridad en su vida personal y en su trabajo. Están llenos de fe y tienen un deseo inquebrantable de complacer al Señor.

Me he quedado en su casa, me he arrodillado con ellos para orar y he escuchado sus sinceras súplicas al Padre Celestial; he sentido el poder del Señor sobre ellos. Él los ama y les confiere dones espirituales.

Cada uno de nosotros debe orar por el presidente de su estaca. Debemos apoyarlo y ayudarle, escucharlo y confiar en él. “E Israel será salvo … y será conducido por las llaves que he dado, para nunca más ser confundido” (D. y C. 35:25).

Los que somos enviados ponemos las manos sobre la cabeza del nuevo presidente de la estaca y le conferimos las llaves del sacerdocio que serán necesarias para presidir y dirigir los asuntos de su estaca.

El presidente de estaca aprueba a los que vayan a ser ordenados al Sacerdocio de Melquisedec, entrevista a los miembros para la recomendación para el templo y sirve de juez en Israel.

El presidente de la estaca es el pastor del Señor que debe cerciorarse de que haya entre los miembros de la Iglesia una sensación de protección y seguridad espiritual.

Referencias

  1. Gordon B. Hinckley, “El presidente de estaca”, Liahona, julio de 2000, págs. 60–61.