El ministerio de la reconciliación

Por el élder Jeffrey R. Holland

Testifico de la tranquilidad que les brindará al alma la reconciliación con Dios y con los demás si somos lo suficientemente mansos y valientes para procurarla.

En abril pasado, cuando el presidente Russell M. Nelson presentó el concepto de la ministración, recalcó que era un modo de guardar los grandes mandamientos de amar a Dios y de amarnos el uno al otro1. Nosotros, como oficiales de la Iglesia, abiertamente les aplaudimos y los felicitamos a ustedes por la tremenda respuesta que han empezado a dar al respecto. Les damos las gracias por seguir a nuestro amado profeta en esta maravillosa labor y les sugerimos que no esperen recibir muchas más instrucciones. Simplemente zambúllanse y naden. Acudan a los necesitados. No se paralicen dudando si deben nadar de espalda o estilo perrito. Si seguimos los principios básicos que se han enseñado, nos mantenemos en armonía con las llaves del sacerdocio y procuramos que el Espíritu Santo nos guíe, no podemos fallar.

Esta mañana deseo hablarles de un aspecto más personal de la ministración que no se asigna, no implica entrevistas programadas, ni hay autoridad a quien rendir cuentas, excepto a los cielos. Permítanme compartir tan solo un sencillo ejemplo de esa clase de ministración.

Grant Morrell Bowen era un esposo y padre trabajador y abnegado que, como muchos otros que se ganaban la vida labrando la tierra, sufrió un revés financiero cuando la cosecha local de papas [patatas] resultó escasa. Él y su esposa Norma se dedicaron a otros empleos; con el tiempo se mudaron a otra ciudad y comenzaron a regresar a la estabilidad económica. Sin embargo, en un incidente terriblemente desafortunado, el hermano Bowen quedó muy dolido cuando, en la entrevista para la recomendación para el templo, el obispo estaba un poco escéptico con respecto a la declaración de Morrell de que pagaba un diezmo íntegro.

No sé cuál de aquellos hombres tenía la información más correcta ese día, pero sí sé que la hermana Bowen salió de la entrevista con la recomendación para el templo renovada, mientras que el hermano Bowen salió con una ira que lo apartaría de la Iglesia durante quince años.

Más allá de quién tenía razón sobre los diezmos, es evidente que Morrell y el obispo olvidaron el mandato del Salvador: “Reconcíliate pronto con tu adversario”2, y el consejo de Pablo: “No se ponga el sol sobre vuestro enojo”3. El hecho es que no se reconciliaron y que el sol  se puso sobre el enojo del hermano Bowen durante días, luego semanas, luego años; comprobando la afirmación de uno de los más sabios romanos de antaño, que dijo: “La ira, si no se controla, es frecuentemente más [destructiva] que el agravio que la provoca”4. No obstante, el milagro de la reconciliación siempre está a nuestro alcance, y por amor a su familia y a la Iglesia que sabía que era verdadera, Morrell Bowen volvió a estar plenamente activo en ella. Permítanme relatarles brevemente cómo sucedió.

Brad, hijo del hermano Bowen, es un buen amigo nuestro y un dedicado Setenta de Área que presta servicio en el sur de Idaho. Brad tenía once años en el momento de aquel incidente, y durante quince años vio declinar la devoción religiosa de su padre, prueba de la terrible siega que se cosecha allí donde se han sembrado ira y malentendidos. Había que hacer algo. Así que, al acercarse la temporada del Día de Acción de Gracias de 1977, Brad, que entonces tenía 26 años y estudiaba en la Universidad Brigham Young, su esposa Valerie y su nuevo bebé Mic, cargaron su automóvil versión estudiantil y, a pesar del mal clima, viajaron hasta Billings, Montana. Ni siquiera la colisión contra un banco de nieve cerca de West Yellowstone impediría que los tres realizaran la visita de ministración al hermano Bowen, padre.

Al llegar, Brad y su hermana Pam pidieron un momento en privado con su padre. “Has sido un padre maravilloso”, comenzó Brad con cierta emoción, “y siempre hemos sabido cuánto nos has amado. Sin embargo, algo está mal, y así ha sido durante mucho tiempo. Debido a que te hirieron una vez, toda la familia ha estado dolida durante años. Estamos mal, y tú eres el único que puede arreglarlo. Por favor, por favor, después de todo el tiempo que ha pasado, ¿puedes escudriñar tu corazón para dejar de lado aquel desafortunado incidente con aquel obispo y volver a dirigir esta familia con el Evangelio, como lo hiciste antes?”.

Hubo un silencio de muerte. Luego, el hermano Bowen miró a los dos, a sus hijos, que eran hueso de sus huesos y carne de su carne5, y dijo muy calmadamente: “Sí. Sí, lo haré”.

Entusiasmados, aunque asombrados por la inesperada respuesta, Brad Bowen y su familia vieron a su padre y esposo acudir al obispo actual con ánimo de reconciliación para poner las cosas en orden en su vida. Como respuesta perfecta a aquella valiente pero totalmente inesperada visita, el obispo, que había extendido al hermano Bowen repetidas invitaciones a volver, le dio a Morrell un largo, largo, largo abrazo.

En cuestión de solo unas semanas —no hace falta mucho— el hermano Bowen estaba totalmente activo en la Iglesia, y había logrado la dignidad necesaria para volver al templo. Pronto aceptó el llamamiento de presidir una pequeña rama de solo veinticinco miembros, y la hizo progresar hasta lograr una próspera congregación de más de cien. Todo eso ocurrió hace casi medio siglo, pero las consecuencias del ruego ministrante de un hijo y una hija a su padre, y de la disposición de ese padre a perdonar y dejar todo atrás a pesar de las imperfecciones de los demás, han traído bendiciones que aún se reciben —y que se recibirán para siempre— en la familia Bowen.

Hermanos y hermanas, Jesús ha pedido que “vi[vamos] juntos en amor”6 sin “disputas entre [n]osotros”7. Él advirtió a los nefitas: “Aquel que tiene el espíritu de contención no es mío”8. Ciertamente, nuestra relación con Cristo la determinará en gran medida —o al menos influirá en ella— la relación que tengamos el uno con el otro.

Él dijo: “Si… deseas venir a mí, y te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,

“ve luego a tu hermano, y reconcíliate primero con él, y luego ven a mí con íntegro propósito de corazón, y yo te recibiré9.

Sin duda, todos nosotros podríamos citar una diversidad sin fin de cicatrices y pesares antiguos y de recuerdos dolorosos que en este mismo momento aún corroen la paz en el corazón, en la familia o en el vecindario de alguien. Ya sea que hayamos causado ese dolor o que se nos haya infligido el dolor a nosotros, las heridas deben sanar para que la vida sea lo gratificante que Dios proyectó que fuera. Como la comida de su refrigerador que sus nietos revisan minuciosamente, hace mucho que aquellos viejos agravios han pasado su fecha de caducidad; por favor, no les den más el preciado espacio de su alma. Como dijo Próspero al arrepentido Alonso en La tempestad: “No carguemos en el recuerdo un pesar que ya no existe”10.

“Perdonad, y seréis perdonados”11, enseñó Cristo en tiempos del Nuevo Testamento; y, en nuestros días: “Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres”12. No obstante, es importante que cualquiera de ustedes que viva con verdadera angustia tenga en cuenta lo que no dijo. Él no dijo: “No se les permite sentir dolor verdadero ni pesar real por las devastadoras experiencias que hayan tenido por culpa de otra persona”. Ni tampoco dijo: “A fin de perdonar totalmente tienes que volver a una relación tóxica, o volver a circunstancias destructivas y de maltrato”. No obstante, a pesar de las ofensas más terribles que nos puedan sobrevenir, solo podemos elevarnos por encima de nuestro dolor al poner los pies en la senda de la sanación real. Tal senda es la senda del perdón que anduvo Jesús de Nazaret, quien nos invita a cada uno de nosotros: “Ven, sígueme”13.

En dicha invitación a ser Su discípulo y tratar de hacer cual Él hizo, Jesús nos pide que seamos instrumentos de Su gracia; que seamos “embajadores en nombre de Cristo” en “el ministerio de la reconciliación”, como Pablo lo describió a los corintios14. El Sanador de toda herida, Aquel que rectifica todo agravio, nos pide que trabajemos con Él en la impresionante labor de pacificar en un mundo que no hallará la paz de ninguna otra forma.

Así que, como escribió Phillips Brooks: “Ustedes, que permiten que los desdichados malentendidos continúen de año en año con la intención de aclararlos algún día; ustedes, que mantienen vivas miserables disputas porque no terminan de decidir que ahora es el momento de sacrificar el orgullo y zanjarlas; ustedes, que pasan frente a hombres por la calle hurañamente, sin hablarles, debido a algún ridículo rencor… ; ustedes, que dejan… el corazón [de alguien] anhelando la palabra de encomio o empatía que piensan decir… algún día, … vayan al instante y hagan aquello que quizás jamás volverán a tener la oportunidad de hacer”15.

Mis queridos hermanos y hermanas, testifico que perdonar y abandonar las ofensas, viejas o nuevas, es esencial para la grandeza de la expiación de Jesucristo. Testifico que, en última instancia, tal sanación espiritual solo puede llegar de nuestro divino Redentor, Aquel que se apresura a auxiliarnos con “sanidad” “en sus alas”16. Le agradecemos a Él, y a nuestro Padre Celestial que lo envió, que la renovación y el renacimiento, y un futuro libre de viejos pesares y de errores pasados, no solo sean posibles, sino que ya se hayan pagado a un costo muy doloroso, simbolizado mediante la sangre del Cordero que la derramó.

Con la autoridad apostólica que me ha otorgado el Salvador del mundo, testifico de la tranquilidad que les brindará al alma la reconciliación con Dios y con los demás si somos lo suficientemente mansos y valientes para procurarla. “Cesad de contender unos con otros”, imploró el Señor17. Si conocen alguna vieja herida, cúrenla. Cuídense el uno al otro con amor.

Mis queridos amigos, en el ministerio de la reconciliación que compartimos, pido a todos nosotros que seamos pacificadores; que amemos la paz, que busquemos la paz, que creemos paz, que atesoremos la paz. Hago tal ruego en el nombre del Príncipe de paz, que conoce todo sobre ser “herido en casa de [Sus] amigos”18, pero que incluso así halló la fuerza para perdonar y olvidar, y sanar; y ser feliz. Por ello ruego, para ustedes y para mí, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Véanse Mateo 22:36-40; Lucas 10:25-28

  2. Mateo 5:25.

  3. Efesios 4:26.

  4. Séneca, en Tryon Edwards, A Dictionary of Thoughts, 1891, pág. 21.

  5. Véase Génesis 2:23.

  6. Véase Doctrina y Convenios 42:45.

  7. 3 Nefi 11:22; véase también 3 Nefi 11:28.

  8. 3 Nefi 11:29.

  9. 3 Nefi 12:23–24; cursiva agregada.

  10. William Shakespeare, La tempestad, acto 5, escena 1, líneas 199-200.

  11. Lucas 6:37.

  12. Doctrina y Convenios 64:10.

  13. Lucas 18:22.

  14. Véase 2 Corintios 5:18–20.

  15. Phillips Brooks, The Purpose and Use of Comfort, 1906, pág. 329.

  16. Malaquías 4:2; véanse también 2 Nefi 25:13; 3 Nefi 25:2.

  17. Doctrina y Convenios 136:23.

  18. Zacarías 13:6; véase también Doctrina y Convenios 45:52.

A la espera del [hijo] pródigo

Por el élder Brent H. Nielson

Que ustedes y yo recibamos revelación para saber la mejor manera de ayudar a aquellos en nuestra vida que se han descarriado.

El Salvador Jesucristo pasó Su ministerio terrenal enseñando sobre Su poder de sanación y redención. En una ocasión, registrada en el capítulo 15 de Lucas, en el Nuevo Testamento, lo criticaron en verdad por comer y pasar tiempo con pecadores (véase Lucas 15:2). El Salvador usó esa crítica como una oportunidad para enseñarnos a todos la forma de responder ante quienes se han desviado del camino.

Para responder a Sus críticos, Él les hizo dos preguntas importantes:

“¿Qué hombre de vosotros, si tiene cien ovejas y se le pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la que se le perdió, hasta que la halla?” (Lucas 15:4).

“¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende una lámpara, y barre la casa y busca con diligencia hasta hallarla?” (Lucas 15:8).

Después, el Salvador enseña la parábola del Hijo Pródigo. Esta parábola no es sobre las cien ovejas ni las diez dracmas; es acerca de un preciado hijo que está perdido. Mediante la parábola, ¿qué nos enseña el Salvador sobre cómo actuar cuando un miembro de la familia se ha descarriado?

El hijo pródigo informa a su padre que quiere su herencia de inmediato. Quiere dejar la seguridad de su hogar y su familia, e ir en busca de los afanes del mundo (véase Lucas 15:12–13). Tengan en cuenta que en la parábola del Salvador, el padre responde con amor, dándole al hijo su herencia. Sin duda, el padre deber haber hecho todo lo posible para convencer al hijo de que se quedara. Sin embargo, una vez que el hijo adulto toma su decisión, el padre sabio lo deja ir. Después, el padre demuestra amor sincero, observa y espera (véase Lucas 15:20).

Mi familia tuvo una experiencia similar. Mis dos hermanos fieles, mi maravillosa hermana y yo fuimos criados por padres ejemplares. Se nos enseñó el Evangelio en nuestro hogar, llegamos con éxito a ser adultos y los cuatro nos sellamos en el templo a nuestros respectivos cónyuges. Sin embargo, en 1994, nuestra hermana, Susan, se decepcionó de la Iglesia y de algunas de sus enseñanzas. Fue persuadida por quienes se burlaban y criticaban a los líderes de la Iglesia de los primeros días y permitió que su fe en los profetas y apóstoles vivientes disminuyera. Con el tiempo, sus dudas superaron su fe y eligió dejar la Iglesia. Susan me ha dado permiso para compartir su historia, con la esperanza de que pueda ayudar a otras personas.

Mis hermanos, mi madre viuda y yo estábamos desolados. No podíamos imaginar qué pudo haberla llevado a abandonar su fe.

Mis hermanos y yo habíamos servido como obispos y presidentes de quórum, y habíamos tenido éxito con miembros del barrio y del quórum cuando dejamos las noventa y nueve y fuimos en busca de la persona descarriada. Sin embargo, con nuestra hermana, nuestros esfuerzos constantes por rescatarla e invitarla a volver sólo la alejaban más y más.

Al buscar guía divina sobre cómo podíamos responder ante esa situación, fue evidente que teníamos que seguir el ejemplo del padre en la parábola del Hijo Pródigo. Susan había tomado una decisión y, en sentido figurado, teníamos que dejarla ir; pero no sin que antes supiera y sintiera el amor sincero que teníamos por ella. Por lo tanto, con amor y bondad renovados, observamos y esperamos.

Mi madre nunca dejó de amar y preocuparse por Susan. Cada vez que asistía al templo, ponía el nombre de ella en la lista de oración y nunca perdió la esperanza. Mi hermano mayor y su esposa, quienes vivían más cerca de Susan, en California, la invitaban a todos los eventos familiares. Todos los años, el día del cumpleaños de Susan, la invitaban a su casa a cenar. Se aseguraron de estar siempre en contacto con ella y que supiera que verdaderamente la amaban.

Mi hermano menor y su esposa se mantuvieron en contacto con los hijos de Susan en Utah, se ocupaban de ellos y los amaban. Se aseguraron de que sus hijos siempre estuvieran invitados a las reuniones familiares y, cuando llegó el momento de bautizar a la nieta de Susan, mi hermano estuvo ahí para efectuar la ordenanza. Susan también tuvo maestros orientadores y maestras visitantes amorosos que nunca se dieron por vencidos.

Cuando nuestros hijos fueron a servir en misiones y se casaron, invitamos a Susan a esas celebraciones familiares y ella vino. Nos esmerábamos por crear eventos familiares en los que Susan y sus hijos pudieran estar con nosotros y supieran que los amábamos y que eran parte de nuestra familia. Cuando Susan recibió su diploma de una universidad de California, todos estuvimos allí para apoyarla en su graduación. Aunque no podíamos aceptar todas sus decisiones, ciertamente podíamos aceptarla a ella. La amamos, observamos y esperamos.

En 2006, después de 12 años de que Susan se alejara de la Iglesia, nuestra hija Katy se mudó con su esposo a California para que él pudiera estudiar abogacía. Vivían en la misma ciudad que Susan. La joven pareja buscaba la ayuda y el apoyo de su tía Susan, y la amaban. Susan ayudó a cuidar de nuestra nieta Lucy, que tenía dos años, y pronto comenzó a ayudar a Lucy con sus oraciones por la noche. Katy me llamó un día y me preguntó si pensaba que Susan alguna vez volvería a la Iglesia. Le aseguré que sentía que sí y que necesitábamos seguir siendo pacientes. A medida que pasaban otros tres años, con amor continuo, observamos y esperamos.

Hace seis años este fin de semana, mi esposa, Marcia, y yo estábamos sentados en la primera fila de este centro de conferencias. Me iban a sostener como Autoridad General ese día. Marcia, que siempre está atenta a la influencia del Espíritu, me había escrito una nota que decía: “Creo que es tiempo de que Susan vuelva”. Mi hija Katy sugirió que saliera y llamara a Susan para invitarla a ver la conferencia general ese día.

Inspirado por estas dos grandes mujeres, caminé hasta el vestíbulo y llamé a mi hermana. Respondió el contestador automático y simplemente dejé un mensaje invitándola a que mirara esa sesión de la conferencia general. Ella recibió el mensaje, y para nuestra alegría, se sintió impulsada a mirar todas las sesiones de la conferencia. Escuchó a profetas y apóstoles que había amado en años anteriores y descubrió nombres nuevos que no conocía, tales como el del presidente Uchtdorf y del élder Bednar, élder Cook, élder Christofferson y del élder Andersen. Durante ésa y otras experiencias enviadas del cielo, mi hermana —como el hijo pródigo— volvió en sí (véase Lucas 15:17). Las palabras de los profetas y apóstoles, y el amor de su familia la motivaron a volver e iniciar su camino de regreso a casa. Después de quince años, nuestra hija y hermana, quien se había perdido, había sido encontrada. El observar y esperar habían terminado.

Susan describe esa experiencia como Lehi la describió en el Libro de Mormón. Ella se soltó de la barra de hierro y se halló en el vapor de tinieblas (véase 1 Nefi 8:23). Dice que no sabía que estaba perdida hasta que la Luz de Cristo volvió a encender su fe, luz que magnificó brillantemente el marcado contraste entre lo que ella estaba experimentando en el mundo y lo que el Señor y su familia le ofrecían.

Ha ocurrido un milagro en los últimos seis años. Susan tiene un testimonio renovado del Libro de Mormón; ha recibido su recomendación para el templo; ha prestado servicio como obrera del templo y actualmente enseña la clase de Doctrina del Evangelio en su barrio. Las ventanas de los cielos se han abierto para sus hijos y sus nietos, y aunque hubo consecuencias difíciles, parece como si nunca se hubiera alejado.

Algunos de ustedes, como la familia Nielson, tienen familiares que se han desviado por un tiempo. La instrucción del Salvador a todos los que tienen cien ovejas es dejar a las noventa y nueve e ir y rescatar a la descarriada. Su instrucción a quienes tienen diez dracmas y pierden una es buscar hasta que la encuentren. Cuando la persona descarriada es su hijo o su hija, su hermano o su hermana, y él o ella ha elegido alejarse, en el caso de nuestra familia aprendimos que, después de hacer cuanto pudimos, amamos a esa persona con todo nuestro corazón y observamos, oramos y esperamos que se revele la mano del Señor.

Quizás la lección más importante que el Señor me enseñó a lo largo de este proceso fue al estudiar las Escrituras en familia, después de que mi hermana había dejado la Iglesia. Nuestro hijo David estaba leyendo mientras estudiábamos juntos Lucas 15. Ese día, cuando él leía la parábola del Hijo Pródigo, la escuché de forma diferente a como la había escuchado antes. Por alguna razón, siempre me había identificado con el hijo que se quedó en la casa. Cuando David leyó esa mañana, me di cuenta de que, de alguna forma, yo era el hijo pródigo. Todos nosotros estamos destituidos de la gloria del Padre (véase Romanos 3:23). Todos necesitamos de la expiación del Salvador para que nos sane. Todos estamos perdidos y necesitamos que se nos encuentre. Esa revelación ese día me ayudó a saber que tanto mi hermana como yo necesitábamos el amor del Salvador y Su expiación. De hecho, Susan y yo estábamos en el mismo camino de regreso a casa.

Las palabras del Salvador en la parábola cuando describe al padre que recibe a su hijo pródigo son poderosas, y creo que podrían ser la descripción de la experiencia que ustedes y yo tendremos con el Padre cuando regresemos a nuestro hogar celestial. Ellas nos enseñan de un padre que ama, espera y observa. Éstas son las palabras del Salvador: “Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello y le besó” (Lucas 15:20).

Que ustedes y yo recibamos revelación para conocer la mejor manera de ayudar a aquellos en nuestra vida que se han descarriado y, cuando sea necesario, tener la paciencia y el amor de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo Jesucristo, en tanto que amamos, observamos y esperamos al [hijo] pródigo. En el nombre de Jesucristo. Amén.