Perdonar a la persona que se refleja en el espejo.

Por David Dickson

Revistas de la Iglesia

Si nos hemos arrepentido y sentimos que el Señor nos ha perdonado, ¿por qué a veces es tan difícil perdonarnos a nosotros mismos?

Progresar un paso a la vez

A muchas de las personas que viven en estos tiempos modernos les resulta difícil imaginar la vida sin luz eléctrica. Una habitación oscura inmediatamente puede inundarse de luz con el simple movimiento de un interruptor. Tareas sencillas, que hasta no hace mucho tenían que esperar para hacerse al amanecer o hacerse a la tenue luz de una vela, ahora pueden realizarse fácilmente con la ayuda de un invento que no fue fácil perfeccionar.

Thomas Edison trabajó durante muchos años y probó más de mil materiales diferentes antes de dar con el filamento apropiado (el alambre delgado que se halla en el centro de las bombillas eléctricas) que pudiese proporcionar luz accesible y de larga duración. Siempre optimista, Edison veía cada material que no funcionaba como un simple paso hacia el que sí funcionaría. Una vez que lo encontró, el mundo ya no fue el mismo.

Mirar hacia el interior

Son incontables las historias inspiradoras de atletas, pensadores, artistas y otros que supieron aprender de sus errores y seguir intentándolo. Intentarlo una y otra vez hasta tener éxito: es la trama de relatos que, al parecer, nunca nos cansamos de escuchar… a menos que el héroe de esa historia en particular seamos nosotros mismos.

En lo que respecta a guardar los mandamientos, somos muchos los que nos exigimos perfección ininterrumpida. Eso es como esperar crear el siguiente invento del siglo sin tener que corregir, en ningún momento, el concepto del diseño original; o como esperar obtener la victoria de un gran campeonato sin perder un solo partido durante toda la temporada. Muy a menudo, cuando pecamos o no hacemos algo a la perfección, no nos perdonamos a nosotros mismos y dejamos de esforzarnos.

El presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, enseñó: “Cuando el Señor nos requiere perdonar a todos los hombres, eso incluye perdonarnos a nosotros mismos. A veces, la persona más difícil de perdonar entre toda la gente del mundo, y quizás la que más necesite nuestro perdón, es la persona que se refleja en el espejo”1.

Un alma cambiada

Pero, ¿cómo logramos hacerlo? Estudiar la vida de Ammón, el profeta del Libro de Mormón, puede darnos una perspectiva mejor.

Las experiencias misionales de Ammón entre los lamanitas son milagrosas e inspiradoras. Desde el defender las ovejas del rey y el predicar al rey Lamoni, hasta el ayudar a llevar el Evangelio a una nación entera, esas experiencias hacen que la vida de Ammón y su ministerio perduren como uno de los grandes relatos inspiradores de todas las Escrituras.

Sin embargo, Ammón no siempre fue el hombre justo y lleno de fe que predicó con poder a los lamanitas; él cometió errores, errores graves. Ammón, que era uno de los hijos de Mosíah, en una época estuvo entre los que andaban “tratando de destruir la iglesia y descarriar al pueblo del Señor, cosa contraria a los mandamientos de Dios” (Mosíah 27:10).

Ammón, junto con sus hermanos y junto con Alma, hijo, hicieron tanto daño a la obra de Dios que un ángel del Señor se apareció ante ellos y les habló “como con voz de trueno que hizo temblar el suelo sobre el cual estaban” (Mosíah 27:11), y los llamó al arrepentimiento.

Evidentemente, Ammón tenía que arrepentirse de transgresiones graves, y así lo hizo. Pero, ¿qué hubiera ocurrido si no hubiera logrado perdonarse a sí mismo? ¿Y si no hubiera servido en una misión porque creía que ya era demasiado tarde para él? Si no lo hubiera hecho, no hubiera podido regocijarse con sus hermanos muchos años después gracias al éxito que tuvieron entre los lamanitas. “He aquí, ahora podemos extender la vista y ver los frutos de nuestra labor, y ¿son pocos?”, preguntó Ammón a sus hermanos. “Os digo que no; son muchos. Sí, y podemos testificar de su sinceridad, por motivo de su amor por sus hermanos y por nosotros también” (Alma 26:31). Miles de personas llegaron a la verdad como resultado de su labor misional.

El peligro del desánimo

Aun con consejos tan claros de los líderes de la Iglesia y con los ejemplos de las Escrituras, algunos seguimos creyendo que la Expiación se aplica a todos menos a nosotros y que ya no podemos ser salvos. No conseguimos librarnos de la pesada carga de nuestra propia culpa, aun después de habernos arrepentido sinceramente. Algunas personas incluso dejan de intentarlo.

Al fin y al cabo, ¿de qué sirve levantarse del suelo para volver a caer? Al menos eso es lo que el adversario desea que pensemos. Dicho razonamiento no sólo es espiritual y emocionalmente destructivo, sino que además es completamente falso.

En las Escrituras se nos enseña que la expiación del Salvador es infinita y está al alcance de todos. “Venid ahora, dice Jehová, y razonemos juntos: aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18). Podemos triunfar; podemos volver a intentar y contamos con la ayuda del Señor en cada paso.

Nunca es demasiado tarde

El élder Jeffrey R. Holland, del Quórum de los Doce Apóstoles, dio consejos muy claros sobre no darnos por vencidos. “Por más oportunidades que hayan perdido; por más errores que piensen que hayan cometido; sean cuales sean los talentos que piensen que no tengan; o por más distancia que piensen que hayan recorrido lejos del hogar, de la familia y de Dios; testifico que no han viajado más allá del alcance del amor divino. No es posible que se hundan tan profundamente que no los alcance el brillo de la infinita luz de la expiación de Cristo”2.

El élder Holland también nos enseña que debemos tener la mira puesta en la bondad de Dios: “La fórmula de la fe es permanecer firme, esforzarse, seguir adelante y dejar que las preocupaciones, reales o imaginarias, de horas anteriores se desvanezcan ante la abundancia de la recompensa final”3.

Llenos de esperanza

Si bien el pecado nunca debe tomarse a la ligera, el arrepentimiento es real; y el perdón también lo es. La expiación del Salvador nos da la oportunidad de volver a comenzar de cero. Tal como Ammón recibió el perdón, tú también puedes obtenerlo.

Ciertamente podemos esperar días más radiantes. El apóstol Pablo enseñó: “Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo” (Romanos 15:13).

Gracias al don del arrepentimiento, todos podemos volver a creer en nosotros mismos.

Recuperado

El élder Shayne M. Bowen, de los Setenta, enseñó que la Expiación puede recuperar y santificar nuestra vida. Mira el video “Recuperado” en lds.org/pages/mormon-messages#reclaimed.

Referencias

  1. Dieter F. Uchtdorf, “Los misericordiosos obtienen misericordia”, Liahona, mayo de 2012, pág. 75.
  2. Jeffrey R. Holland, “Los obreros de la viña”, Liahona,mayo de 2012, pág. 33.
  3. Jeffrey R. Holland, “Los obreros de la viña”, pág. 32.
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Hasta setenta veces siete.

Por el élder Lynn G Robbins

En una vida llena de obstáculos e imperfección, todos agradecemos las segundas oportunidades.

Los errores forman parte de la vida. Es prácticamente imposible aprender a tocar el piano con destreza sin cometer miles de errores, aun millones de ellos. Para aprender un idioma extranjero, uno debe sufrir la vergüenza de cometer miles de errores, puede que hasta un millón. Ni siquiera los mejores atletas del mundo dejan de cometer errores.

Se ha dicho que “el éxito no consiste en la ausencia del fracaso, sino en ir de fracaso en fracaso sin eliminar el entusiasmo”1.

Cuando Thomas Edison inventó la bombilla, supuestamente dijo: “No fracasé mil veces. La bombilla fue un invento en mil pasos”2. Charles F. Kettering llamaba a los fracasos “las señales hacia el camino del éxito”3. Con suerte, cada error que cometemos se convierte en una lección de sabiduría, transformando los obstáculos en peldaños.

La fe inquebrantable de Nefi le ayudó a ir de fracaso en fracaso hasta conseguir por fin las planchas de bronce. Moisés lo intentó diez veces antes de que finalmente lograra huir de Egipto con los israelitas.

Podríamos preguntarnos, si tanto Nefi como Moisés estaban en la obra del Señor, ¿por qué no intervino Él ni les ayudó a lograr el éxito en el primer intento? ¿Por qué les permitió que tropezaran y fracasaran, y que a nosotros nos pase lo mismo, en nuestros intentos por tener éxito? Entre las muchas respuestas importantes a esta pregunta, aquí hay algunas:

  • Primero, el Señor sabe que “todas estas cosas [nos] servirán de experiencia, y serán para [nuestro] bien”4.

  • Segundo, para permitirnos “[probar] lo amargo para saber apreciar lo bueno”5.

  • Tercero, para demostrar que “de Jehová es la batalla”6, y que solo por Su gracia podemos llevar a cabo Su obra y llegar a ser como Él7.

  • Cuarto, para ayudarnos a desarrollar y pulir numerosos atributos cristianos que no se pueden refinar sino por medio de la oposición8y “en el horno de la aflicción”9.

De modo que, en una vida llena de obstáculos e imperfección, todos agradecemos las segundas oportunidades.

En 1970, como estudiante de primer año en BYU, me inscribí en un curso básico sobre los fundamentos de la física impartido por Jae Ballif, un destacado profesor. Al final de cada unidad del curso nos hacía un examen. Si un alumno obtenía una C (una nota suficiente) para aprobar y deseaba mejorarla, el profesor Ballif le permitía tomar un examen modificado que abarcaba el mismo material. Si el alumno o la alumna mejoraba su calificación en el segundo intento, pero seguía sin estar conforme, podía tomar el examen una tercera vez, y una cuarta, etcétera. Al darme tantas segundas oportunidades, él me ayudó a sobresalir y al final obtener una A (una nota sobresaliente) en su clase.

Era un profesor extraordinariamente sabio que inspiraba a sus alumnos a seguir intentándolo, a tomarse el fracaso como un maestro, no como una tragedia, y a no temer al fracaso sino a aprender de él.

Hace poco llamé a este gran hombre, cuarenta y siete años después de haber tomado su curso de física. Le pregunté por qué estuvo dispuesto a permitir que los alumnos hicieran intentos ilimitados para mejorar sus calificaciones. Su respuesta: “Quería estar del mismo lado de los alumnos”.

Si bien nos sentimos agradecidos por las segundas oportunidades después de nuestros errores, o fracasos intelectuales, asombro nos da la gracia del Salvador al darnos segundas oportunidades para vencer el pecado, o los fracasos del alma.

Nadie está más de nuestro lado que el Salvador. Él nos permite tomar y seguir tomando Sus exámenes. Llegar a ser como Él requerirá incontables segundas oportunidades en nuestras luchas diarias contra el hombre natural, como controlar los apetitos, aprender la paciencia y el perdón, vencer la pereza y evitar los pecados de omisión, solo para mencionar algunos. Si errar es humano, ¿cuántas veces fracasaremos hasta que nuestra naturaleza deje de ser humana y sea divina? ¿Miles? Muy probablemente un millón.

Sabiendo que el sendero estrecho y angosto estaría lleno de pruebas y que los fracasos serían una constante diaria en nuestra vida, el Salvador pagó un precio infinito a fin de darnos tantas oportunidades como fueran necesarias para superar con éxito nuestra prueba terrenal. La oposición que Él permite a menudo puede parecer insuperable y casi imposible de soportar, pero no nos deja sin esperanza.

Para mantener nuestra esperanza resiliente en medio de las pruebas de la vida, la gracia del Señor siempre está lista y presente. Su gracia es “un medio divino de ayuda y fortaleza… un poder habilitador que permite que los hombres y las mujeres alcancen la vida eterna y la exaltación después de haber realizado su máximo esfuerzo”10. Su gracia y Su amoroso ojo están sobre nosotros durante todo el recorrido a medida que nos inspira, aligera nuestras cargas, nos fortalece, alivia, protege, sana y de otros modos “[socorre] a los de su pueblo”, aun cuando tropecemos por el sendero estrecho y angosto11.

El arrepentimiento es un don de Dios siempre a nuestro alcance que nos permite y nos habilita para ir de fracaso en fracaso sin perder nunca el entusiasmo. El arrepentimiento no es Su plan B por si fallamos. El arrepentimiento es Su plan. Este es el Evangelio de arrepentimiento y, como señaló el presidente Russell M. Nelson, será “un curso de estudio para toda la vida”12.

En este curso de estudio para toda la vida, la Santa Cena es la manera que el Señor ha dispuesto para proporcionar un acceso continuo a Su perdón. Si participamos con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, Él nos provee cada semana el perdón mientras avanzamos de fracaso en fracaso a lo largo del sendero del convenio. Porque “no obstante sus pecados, mis entrañas están llenas de compasión por ellos”13.

Pero ¿cuántas veces nos perdonará Él? ¿Cuán vasta es Su longanimidad? En una ocasión, Pedro preguntó al Salvador: “Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?”14.

Al parecer, Pedro pensaba que siete era un número lo suficientemente alto para hacer hincapié en la insensatez de perdonar tantas veces, y que la benevolencia debía tener sus límites. En respuesta, el Salvador básicamente le dijo a Pedro que no contase siquiera; que no pusiera límites al perdón.

“Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete”15.

Obviamente el Salvador no estaba fijando un tope de 490 veces. Eso habría sido lo mismo que decir que participar de la Santa Cena tiene un límite de 490 veces, y en la 491 un auditor celestial intercede y dice: “Lo siento mucho, pero su carta de arrepentimiento ha expirado; de ahora en adelante usted está solo”.

El Señor usó el cálculo de setenta veces siete como metáfora de Su expiación infinita, Su amor inagotable y Su gracia sin límites. “Sí, y cuantas veces mi pueblo se arrepienta, le perdonaré sus transgresiones contra mí”16.

Eso no significa que la Santa Cena se convierta en una licencia para pecar. Esa es una razón por la que el Señor incluyó esta frase en el libro de Moroni: “Mas cuantas veces se arrepentían y pedían perdón, con verdadera intención, se les perdonaba”17.

La verdadera intención implica verdadero esfuerzo y un cambio real. “Cambio” es la palabra principal que la Guía para el Estudio de las Escrituras utiliza para definir arrepentimiento: “Un cambio que se efectúa en el corazón y en el modo de pensar, lo cual significa adoptar una nueva actitud en cuanto a Dios, en cuanto a uno mismo y en cuanto a la vida en general”18. Esa clase de cambio conduce al progreso espiritual. Así pues, nuestro éxito no consiste en ir de fracaso en fracaso, sino en progresar de fracaso en fracaso sin perder nunca el entusiasmo.

En cuanto al cambio, consideren este sencillo pensamiento: “Las cosas que no cambian permanecen igual”. Esta verdad evidente no pretende ofender su inteligencia, pero es la profunda sabiduría del presidente Boyd K. Packer, que luego añadió: “… y cuando hemos acabado de cambiar, estamos acabados”19.

Debido a que no queremos estar acabados hasta que lleguemos a ser como nuestro Salvador,20 debemos seguir levantándonos cada vez que caemos, con el deseo de seguir creciendo y progresando a pesar de nuestras debilidades. En nuestra debilidad, Él nos asegura: “Te basta mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad”21.

Solo mediante la fotografía secuencial o las gráficas de crecimiento podemos percatarnos de nuestro crecimiento físico. Nuestro crecimiento espiritual suele ser igualmente imperceptible si no es a través de las lentes retrospectivas del tiempo. Sería prudente hacer a menudo una introspección a través de esas lentes para reconocer nuestro progreso e inspirarnos a “seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza”22.

Estoy eternamente agradecido por la amorosa bondad, la paciencia y longanimidad de Padres Celestiales y del Salvador, que nos dan innumerables segundas oportunidades en nuestro viaje de regreso a Su presencia. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Esta cita se ha atribuido a diferentes autores, entre ellos Abraham Lincoln y Winston Churchill.

  2. Thomas Edison, en Zorian Rotenberg, “To Succeed, You Must Fail, and Fail More,” Nov. 13, 2013, insightsquared.com.

  3. Charles F. Kettering, en Thomas Alvin Boyd, Charles F. Kettering: A Biography (1957), 40. Esta cita también ha sido atribuida a C. S. Lewis.

  4. Doctrina y Convenios 122:7. Incluso el Salvador “por lo que padeció aprendió la obediencia” (Hebreos 5:8). Aunque estos pasajes de las Escrituras se refieren a la tribulación y el sufrimiento por causa de nuestro entorno y condiciones desfavorables, los errores que cometemos son también para nuestro bien si aprendemos de ellos.

  5. Moisés 6:55.

  6. 1 Samuel 17:47; véase también 1 Nefi 3:29.

  7. Véase Jacob 4:7.

  8. Véase 2 Nefi 2:11.

  9. Isaías 48:10; 1 Nefi 20:10.

  10. Véase Bible Dictionary (en inglés), “Grace”; cursiva agregada.

  11. Alma 7:12.

  12. Russell M. Nelson, en Dallin H. Oaks y Neil L. Andersen, “Arrepentimiento” (discurso pronunciado en un seminario para nuevos presidentes de misión, 26 de junio de 2015), pág. 11.

  13. Doctrina y Convenios 101:9.

  14. Mateo 18:21.

  15. Mateo 18:22.

  16. Mosíah 26:30; cursiva agregada.

  17. Moroni 6:8; cursiva agregada.

  18. Guía para el Estudio de las Escrituras, “Arrepentimiento, arrepentirse”, scriptures.lds.org.

  19. Boyd K. Packer, conferencia de la Estaca Kingsland, Georgia, agosto de 1997.

  20. Véase 3 Nefi 27:27.

  21. 2 Corintios 12:9; véase también Éter 12:27.

  22. 2 Nefi 31:20.