Lo más difícil del mundo: ser buenos padres

Presidente James E. Faust

Queridos hermanos y hermanas, apelo a vuestra fe y oraciones esta tarde al sentirme inspirado a hablar sobre un tema que considero lo más difícil del mundo. Se trata del privilegio y la responsabilidad de ser buenos padres. En ese aspecto, hay tantas opiniones como padres. No obstante, son pocos los que afirman saberlo todo y, por cierto, yo no soy uno de ellos.

Creo que entre nosotros hay ahora mas jóvenes excelentes que en cualquier otra época de mi vida. Esto implica que la mayoría de ellos provienen de buenos hogares y tienen padres dedicados y abnegados. Sin embargo, aun los padres más responsables sienten que alguna vez también ellos han cometido errores. Recuerdo una ocasión en la que cometí una imprudencia y mi madre exclamó: “¿En que habré fallado?”

El Señor dijo: “… os he mandado criar a vuestros hijos en la luz y la verdad” (D. y C. 93:40). Para mí, ese es el esfuerzo humano más importante.

Ser padre o madre no sólo es una gran responsabilidad, sino que es un llamamiento divino; es un esfuerzo que requiere consagración.

El presidente David 0. McKay dijo que la paternidad es “la responsabilidad más grande que se le ha confiado al ser humano” (The Responsibility of Parents to Their Children, pág. 1).

Si bien hay pocos desafíos que sean mayores que el de la paternidad, pocas son las cosas que ofrecen un grado mayor de gozo. Sin duda no hay trabajo más importante en este mundo que el de preparar a nuestros hijos para aprender el temor a Dios, ser felices, honrados y productivos. No hay felicidad mayor para los padres que lograr que sus hijos los honren a ellos y a sus enseñanzas. Esa es en realidad la gloria de la paternidad. Juan testificó: “No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad. (3 Juan 4.) En mi opinión, el enseñar, criar y capacitar a los hijos requiere mas inteligencia, comprensión intuitiva, humildad, fortaleza, sabiduría, espiritualidad, perseverancia y mucho más trabajo que cualquier otra tarea que tengamos en la vida, en especial cuando las normas morales de honor y decencia decaen a nuestro alrededor Para tener éxito en el hogar, se deben enseñar valores e imponerse reglas y normas constantes. Hay comunidades que no apoyan mucho a los padres en lo que respecta a enseñar y honrar normas morales. Hay culturas que las han perdido por completo y muchos de sus jóvenes tienen una actitud sarcástica ante lo que es moral.

Ante el deterioro de la sociedad y la ruptura de la familia, lo mejor es prestar mas atención y hacer un mayor esfuerzo para enseñar a la futura generación: nuestros hijos. Para ello, primero debemos fortalecer a sus maestros.

Los educadores más importantes son los padres y demás miembros de la familia, y el hogar es la mejor escuela. De alguna manera debemos hacer un esfuerzo mayor para que el hogar sea como un santuario en contra de la dañina decadencia moral. La armonía, la felicidad, la paz y el amor da a los hijos la fortaleza interior necesaria para lidiar con los problemas de la vida. Hace unos meses, Barbara Bush, esposa del presidente de los Estados Unidos, dijo a los graduados de una universidad en Massachussetts:

“Sea la época que sea, hay algo que no cambia. Padres y madres: los hijos están primero. Deben leerles a sus hijos, deben abrazarlos y deben amarlos. El éxito que logren como familia, así como el de la sociedad, no depende de lo que suceda en la Casa Blanca, sino de lo que suceda en nuestras casas.” (Washington Post, 2 de junio de 1990.)

Para ser buenos padres hay que renunciar a sí mismo en favor de los hijos. Como consecuencia de ese sacrificio, los padres adquieren nobleza de carácter y aprenden a llevar a la práctica las verdades que enseñó el Salvador.

Respeto muchísimo a los padres que crían solos, sin su cónyuge, a sus hijos, esforzándose y sacrificándose, luchando contra grandes problemas para mantenerlos unidos. Estas personas merecen respeto y ayuda por ese esfuerzo heroico. La labor de un padre o una madre se hace más fácil cuando ambos están en el hogar.

Con frecuencia los hijos ponen a prueba la fortaleza y la sabiduría de sus padres.

Hace unos años, el presidente Kimball entrevisto al obispo Stanley Smoot y le pregunto:

-¿Cuán a menudo tienen la oración familiar?

Y. la respuesta fue:

-Tratamos de orar dos veces al día, pero en general lo hacemos una vez.

El presidente Kimball entonces replicó:

-Antes era suficiente que la familia orara junta una vez al día, pero no lo será en el futuro si deseamos salvarla.

Me pregunto si en lo futuro tener la noche de hogar de vez en cuando será suficiente para fortalecer moralmente a nuestros hijos. Tampoco será suficiente en el futuro el estudio esporádico de las Escrituras para que los hijos se defiendan de la decadencia moral que los rodea. Donde van los hijos a aprender sobre castidad, integridad, honestidad y decencia si no es en el hogar’ Por supuesto que la Iglesia reforzara estos valores, pero la enseñanza de los padres es más constante.

Cuando los padres enseñan a sus hijos a evitar el peligro, no es apropiado decirles: “Tenemos mas experiencia y conocimiento que ustedes sobre las cosas del mundo; nosotros podemos arriesgarnos”. La hipocresía de los padres puede hacer que los hijos sean sarcásticos y duden de lo que estos les enseñen.

Por ejemplo, cuando los padres van a ver películas que prohiben a sus hijos, estos luego dudan de las enseñanzas de sus progenitores. Si se espera que los hijos sean honrados, los padres también deben serlo. Si se espera que los hijos sean virtuosos, los padres también deben serlo. Si se espera que los hijos sean honorables, los padres deben serlo.

Entre los otros valores que se deben enseñar a los hijos esta el respetar a los demás, comenzando con sus padres y familiares; respetar las creencias religiosas y el patriotismo de otros; respetar la ley y el orden; respetar la propiedad ajena y respetar la autoridad. Timoteo nos recuerda que los hijos primero deben aprender “a ser piadosos para con su propia familia” (1 Timoteo 5:4).

Una de las cosas más difíciles que deben hacer los padres es disciplinar debidamente a los hijos, porque cada uno es diferente. Muchas veces cuando un método resulta con uno, falla con otro. Y no hay nadie mejor que los padres para determinar con precisión cual es el método disciplinario demasiado severo o demasiado indulgente para los hijos. Todo es cuestión de discernimiento y oración de parte de los padres. Por cierto que el principio que se aplica en todos los casos es que la disciplina debe ser motivada por el amor y no por el castigo. Brigham Young aconsejó: “Nunca castigues a una persona mas allá de tu capacidad para amarla y ayudarla” (Journal of Discourses, 9:124).

No obstante, la guía y la disciplina son fundamentales en la crianza de los hijos. Si los padres no los disciplinan, la gente lo hará tal vez de un modo que no gustara a los padres. Sin disciplina, los hijos no respetaran las reglas del hogar ni las de la sociedad.

Uno de los propósitos principales de la disciplina es enseñar obediencia. El presidente David 0. McKay dijo: “Si los padres no enseñan obediencia a sus hijos, la sociedad la exigirá y la obtendrá. Por lo tanto, es mejor que, con bondad y comprensión, la enseñanza se imparta en el hogar y no se deje librada a la brutal e indiferente disciplina que la sociedad les impondrá, al no haber los padres cumplido con esa obligación” (“The Responsibility of Parents to Their Children”, pág. 3).

Una parte esencial al enseñarles a ser disciplinados y responsables es enseñarles a trabajar. A medida que maduramos, muchos somos como el hombre que dijo: “Me gusta el trabajo; me encanta. Puedo sentarme horas a contemplar a los que trabajan”. Repito, los mejores maestros que pueden enseñar el principio del trabajo son los padres. En mi caso, el comenzar a trabajar junto a mi padre y abuelo, tíos y hermanos, me brindó una gran satisfacción. Estoy seguro de que más de una vez fui mas un estorbo que una ayuda, pero los recuerdos que guardo de esa época son hermosos y las lecciones que aprendí fueron realmente valiosas. Es imperante que los hijos aprendan responsabilidad e independencia.

¿Dedican tiempo los padres para demostrar y enseñar a sus hijos a fin de que estos puedan, como lo enseñó Lehi, “obrar por si mismos, y no para que obren sobre ellos”? (2 Nefi 2:26).

Luther Burbank, uno de los mejores horticultores del mundo, dijo: “Si prestáramos a las plantas la misma atención que damos a nuestros hijos, el mundo estaría cubierto por una selva de hierbas” (Elbert Hubbard’s Scrapbook, pág. 227).

Los hijos también se benefician del albedrío moral que nos brinda la oportunidad de progresar y desarrollarnos. Ese albedrío moral les da también a estos la oportunidad de escoger lo opuesto al egoísmo, el derroche y la autodestrucción. Con frecuencia, los hijos manifiestan su albedrío moral desde muy pequeños.

Aquellos que han sido padres conscientes, amorosos y dedicados, y que han vivido de acuerdo con principios justos lo mejor que han podido, deben conformarse sabiendo que ellos son buenos padres, a pesar del mal comportamiento de alguno de sus hijos. Estos a su vez tienen la responsabilidad de escuchar, obedecer y, si se les enseñó debidamente, aprender. Los padre no siempre son responsables de todo el mal comportamiento de los hijos, porque tampoco pueden asegurar su buen comportamiento. Hay hijos que pondrían a prueba la sabiduría de Salomón y la paciencia de Job.

Con frecuencia los padres que se encuentran en una buena situación económica o los que son demasiado indulgentes tienen ciertos problemas especiales. En cierto sentido, esos chicos utilizan a sus padres como rehenes al negarse a cumplir con sus normas a menos que estos accedan a sus exigencias. El élder Neal A. Maxwell dijo que “aquellos que hacen demasiado por sus hijos pronto ven que no pueden hacer nada con ellos. Cuando se les da demasiado, a la larga se les perjudica” (“The man of Christ”, Ensign, mayo 1975, pág. 101). Parecería que, por naturaleza, el ser humano no valora las cosas materiales que no ha ganado por sí mismo.

Irónicamente, hay padres que desean que sus hijos tengan amigos y sean populares entre ellos pero, al mismo tiempo, temen que cometan los mismos errores que sus compañeros.

En general, los jóvenes que han tomado la determinación de abstenerse de las drogas, el alcohol y el sexo fuera del matrimonio son los que han adoptado y aceptado en su totalidad los altos valores aprendidos en el hogar paterno. En momentos difíciles, es mucho más probable que sigan las enseñanzas de sus padres y no el mal ejemplo de sus compañeros o de la sutil influencia que ejercen los medios de comunicación que glorifican el consumo del alcohol, el adulterio, la infidelidad, la deshonestidad y otros vicios. Son como los dos mil guerreros de Helamán, cuyas “madres les habían enseñado que si no dudaban, Dios los libraría” de la muerte. “Y … repitieron las palabras de sus madres, diciendo: No dudamos que nuestras madres lo sabían” (Alma 56:47-48).

No hay duda de que lo que solidifica las enseñanzas de los padres en la vida de los hijos es una firme creencia en la Deidad. Cuando esa creencia pasa a ser parte de sus vidas, les fortalece interiormente. Entonces, de todas las cosas importantes que es necesario enseñar, ¿qué deben enseñar los padres? Las Escrituras nos dicen que los padres deben enseñar a sus hijos sobre la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, el bautismo, y el don del Espíritu Santo y la “doctrina del arrepentimiento” (véase D. y C. 68:25). Estos principios deben enseñarse en el hogar y no en las escuelas públicas, ya que no son responsabilidad del gobierno ni de la sociedad. Por supuesto que los programas de la Iglesia sirven de ayuda, pero la enseñanza más eficaz es la del hogar.

La enseñanza de los padres no tiene que ser complicada ni dramática, ni intensa. El Gran Maestro nos ha enseñado ese gran principio. Charles H. Parkhurst, un eminente ministro presbiteriano, dijo: “Si estudian la historia del ministerio de Cristo, desde su bautismo hasta su ascensión, descubrirán que su vida esta llena de pequeños detalles tales como hermosas oraciones, actos piadosos, palabras de aliento y muestras de compasión. El Evangelio esta lleno de oportunidades para ayudar y sanar al hombre en cuerpo, mente y alma. La belleza de la vida de Cristo estriba en aquellos sencillos actos de bondad que, para muchos, pasaron desapercibidos.

“Por ejemplo, hablar con la mujer en el pozo, enseñar al joven rico que su ambición no le permitirla entrar en el reino celestial … o enseñar a un pequeño grupo de sus seguidores la forma en que debían orar; encender una hoguera para cocinar pescado a fin de que sus discípulos tuviesen que comer, o esperarlos cuando aquellos llegasen después de una noche de pesca infructuosa, con frío, cansancio y desanimo. Todas esas cosas nos ayudan a comprender que el amor de Cristo se reduce a sencillos actos de caridad hacia nuestros semejantes.” (Cursos de estudio de la Sociedad de Socorro 1982, págs. 138-39.)

Lo mismo sucede con la paternidad. Las pequeñas son las grandes cosas que fortalecen a la familia al entretejerse entre sí los miles pero pequeños actos de amor, fe, disciplina, sacrificio, paciencia y trabajo.

Hay grandes promesas espirituales que pueden ayudar a los padres fieles en la Iglesia. Los hijos sellados eternamente a los padres pueden recibir las grandes bendiciones que se prometieron a sus valientes antepasados, que cumplieron noblemente con sus convenios. Si los padres guardan los convenios que hicieron con Dios, El también los respetara. De esa forma los hijos se convierten en beneficiarios y herederos de esos grandes convenios y promesas. Y todo por ser los hijos del convenio. (Véase Orson F. Whitney, Conference Report, Abril de 1929, págs. 110-111.)

Que el Señor bendiga a los sacrificados y abnegados padres y madres de este mundo; en especial que honre los convenios que guarden los padres fieles, miembros de la Iglesia, y que vele por esos hijos del convenio. Lo ruego en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

 

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Los misericordiosos alcanzan misericordia.

Elder Dieter F. Uchtdorf

Cuando tenemos el corazón lleno del amor de Dios, nos volvemos “benignos los unos con los otros, misericordiosos, [perdonándonos] los unos a los otros”.

Mis queridos hermanos y hermanas, no hace mucho tiempo recibí una carta de una madre preocupada que rogaba que se hablara en una conferencia general sobre un tema que beneficiaría específicamente a sus dos hijos. Había surgido entre ellos una discordia y habían dejado de hablarse. La madre estaba desconsolada y en la carta me aseguraba que un mensaje de la conferencia general sobre ese tema haría que sus hijos se reconciliaran, y todo volvería a la normalidad.

El ruego profundo y sincero de esa buena hermana fue sólo una de las impresiones que he recibido en estos últimos meses de que debo decir hoy unas palabras sobre un tema que es cada vez de mayor preocupación, no sólo para una madre preocupada sino para muchas personas de la Iglesia y, ciertamente, del mundo.

Me ha impresionado la fe que esa madre amorosa tiene en el hecho de que un discurso de la conferencia general podría contribuir a mejorar la relación entre sus hijos. Estoy seguro de que su confianza no se basaba tanto en la habilidad de los discursantes como en “la virtud de la palabra de Dios” que tiene “un efecto más potente en la mente del pueblo que… cualquier otra cosa”1. Querida hermana, ruego que el Espíritu toque el corazón de sus hijos.

Cuando las relaciones se deterioran

Las relaciones tensas y rotas son tan antiguas como la humanidad misma. Caín de antaño fue el primero en dejar que el cáncer de la amargura y la malicia le corrompiera el corazón; cultivó el terreno de su alma con envidia y odio, y permitió que esos sentimientos maduraran en él hasta hacer lo inconcebible: asesinar a su propio hermano y convertirse, en el proceso, en el padre de las mentiras de Satanás2.

Desde aquellos primeros días, el espíritu de envidia y odio ha desencadenado algunos de los más trágicos sucesos de la historia: puso a Saúl en contra de David, a los hijos de Jacob en contra de su hermano José, a Lamán y Lemuel en contra de Nefi y a Amalickíah en contra de Moroni.

Imagino que toda persona sobre la tierra ha sido afectada de algún modo por el espíritu destructivo de la contención, el resentimiento y la venganza. Quizás haya ocasiones en las que reconozcamos ese espíritu en nosotros mismos. Cuando nos sentimos heridos, enojados o llenos de envidia, es muy fácil juzgar a otras personas y a menudo achacarles a sus acciones motivaciones tenebrosas a fin de justificar nuestros propios sentimientos de rencor.

La doctrina

Por supuesto, sabemos que eso está mal. La doctrina es clara: todos dependemos del Salvador; ninguno de nosotros puede salvarse sin Él. La expiación de Cristo es infinita y eterna. El perdón de nuestrospecados tiene condiciones: debemos arrepentirnos y estar dispuestos a perdonar a los demás. Jesús enseñó: “…debéis perdonaros los unos a los otros; pues el que no perdona… queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado”3, y “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”4.

Naturalmente, esas palabras parecen perfectamente lógicas… cuando se aplican a otra persona. Cuando los demás juzgan y guardan rencor, vemos muy clara y fácilmente los resultados dañinos que eso produce; y por cierto, no nos gusta que la gente nos juzgue a nosotros.

Pero cuando se trata de nuestros propios prejuicios y agravios, demasiadas veces justificamos nuestro enojo como justo y nuestro juicio como fidedigno y apropiado. Aunque no podemos ver el corazón de los demás, suponemos que podemos reconocer una motivación maliciosa o incluso a una mala persona en cuanto los vemos. Cuando se trata de nuestra propia amargura, hacemos excepciones porque pensamos que, en nuestro caso, tenemos toda la información necesaria para considerar a alguien con desdén.

En su epístola a los romanos, el apóstol Pablo dijo que quienes juzgan a los demás “no [tienen] excusa”; y explicó que en el momento en que juzgamos a otro nos condenamos a nosotros mismos, puesto que nadie está sin pecado5. El negarnos a perdonar es un grave pecado, uno del cual el Salvador nos advirtió. Los propios discípulos de Jesús “buscaron motivo el uno contra el otro, y no se perdonaron unos a otros en su corazón; y por esta maldad fueron afligidos y disciplinados con severidad”6.

Nuestro Salvador ha hablado tan claramente sobre este tema que no da lugar a la interpretación personal: “Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar”, pero después dijo: “…a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres”7.

Permítanme hacer una aclaración: cuando el Señor nos requiere perdonar a todos los hombres, eso incluye perdonarnos a nosotros mismos. A veces, la persona más difícil de perdonar entre toda la gente del mundo, y quizás la que más necesite nuestro perdón, es la persona que se refleja en el espejo.

En resumidas cuentas

Este tema de juzgar a los demás en realidad podría enseñarse con un sermón de tres palabras. Cuando se trate de odiar, chismear, ignorar, ridiculizar, sentir rencor o el deseo de infligir daño, por favor apliquen lo siguiente:

¡Dejen de hacerlo!

Es así de sencillo. Simplemente debemos dejar de juzgar a otros y remplazar los pensamientos y sentimientos de crítica con un corazón lleno de amor por Dios y por Sus hijos. Dios es nuestro Padre, nosotros somos Sus hijos, todos somos hermanos y hermanas. No sé exactamente cómo expresar este asunto de no juzgar a los demás con la suficiente elocuencia, pasión y persuasión para que se grabe en ustedes. Podría citarles pasajes de las Escrituras, podría tratar de explicar a fondo la doctrina e incluso citar una calcomanía que vi hace poco que estaba pegada en la parte de atrás de un auto cuyo conductor parecía un tanto rústico, pero las palabras de la calcomanía me enseñaron una gran lección; decía: “No me juzgues por pecar de manera distinta a la tuya”.

Debemos reconocer que todos somos imperfectos, que somos mendigos ante Dios. ¿No nos hemos todos acercado sumisamente al trono de misericordia, en un momento u otro, para suplicar gracia? ¿No hemos anhelado con toda la energía de nuestra alma recibir misericordia y ser perdonados por los errores y pecados que hemos cometido?

Ya que todos dependemos de la misericordia de Dios, ¿cómo podemos negar a los demás toda porción de esa gracia que tan desesperadamente deseamos para nosotros? Mis queridos hermanos y hermanas, ¿no deberíamos perdonar así como deseamos que se nos perdone?

El amor de Dios

¿Es eso difícil de hacer?

Sí, claro que lo es.

El perdonar, ya sea a nosotros mismos o a los demás, no es fácil. De hecho, para la mayoría de nosotros implica tener un importante cambio de actitud y en la manera de pensar, incluso un cambio de corazón. Pero hay buenas nuevas al respecto: ese “potente cambio”8de corazón es exactamente lo que el Evangelio de Jesucristo tiene como objeto producir en nuestra vida.

¿Cómo se logra? Mediante el amor de Dios.

Cuando tenemos el corazón lleno del amor de Dios, nos ocurre algo bueno y puro. Guardamos “sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos. Porque todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo”9.

Cuanto más permitamos que el amor de Dios gobierne nuestra mente y nuestras emociones, cuanto más dejemos que el amor por nuestro Padre Celestial nos llene el corazón, más fácil nos resultará amar a los demás con el amor puro de Cristo. Al abrir nuestro corazón al resplandeciente amanecer del amor de Dios, la oscuridad y el frío del resentimiento y la envidia con el tiempo se disiparán.

Como siempre, Cristo es nuestro ejemplo. En Sus enseñanzas y en Su vida, Él nos mostró el camino. Él perdonó al inicuo, al insolente y a los que procuraron lastimarlo y hacerle daño.

Jesús dijo que es fácil amar a los que nos aman; incluso los malos pueden hacerlo. Pero Jesucristo enseñó una ley superior. Sus palabras hacen eco a través de los siglos y se dirigen a nosotros hoy; son para todos los que deseen ser Sus discípulos, son para ustedes y para mí: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen”10.

Cuando tenemos el corazón lleno del amor de Dios, nos volvemos “benignos los unos con los otros, misericordiosos, [perdonándonos] los unos a los otros, como también Dios [nos] perdonó a [nosotros] en Cristo”11.

El amor puro de Cristo elimina las escamas del resentimiento y la ira de nuestros ojos, dejándonos ver a los demás en la forma en que nuestro Padre Celestial nos ve: como seres mortales imperfectos y con fallas, que tienen potencial y valía más allá de lo que nos es posible imaginar. En virtud de que Dios nos ama tanto, nosotros también debemos amarnos y perdonarnos los unos a los otros.

Las características del discípulo

Mis queridos hermanos y hermanas, consideren las siguientes preguntas como una prueba introspectiva:

¿Le guardan rencor a alguien?

¿Cuentan chismes aunque lo que digan pueda ser verdad?

¿Excluyen a otras personas, se apartan de ellas o las castigan por algo que ellas han hecho?

¿Envidian en secreto a otra persona?

¿Sienten deseos de hacerle daño a alguien?

Si contestaron afirmativamente a cualquiera de esas preguntas, tal vez deberían aplicar el sermón de tres palabras que mencioné antes: ¡Dejen de hacerlo!

En un mundo lleno de acusaciones y enemistad es fácil juntar y arrojar piedras; pero antes de hacerlo, recordemos las palabras del que es nuestro Maestro y modelo: “El que de entre vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra”12.

Hermanos y hermanas, deshagámonos de nuestras piedras.

Seamos bondadosos.

Perdonemos.

Hablemos pacíficamente el uno con el otro.

Dejemos que el amor de Dios nos llene el corazón.

“Hagamos bien a todos”13.

El Salvador prometió esto: “Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosante… porque con la misma medida [que uséis], se os volverá a medir”14.

¿No debería ser esta promesa suficiente para que siempre concentremos nuestros esfuerzos en la bondad, el perdón y la caridad en lugar de en un comportamiento negativo?

Como discípulos de Jesucristo, devolvamos bien por mal15. No busquemos venganza ni permitamos que la ira nos domine.

“…escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.

“Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber…

“No seas vencido por el mal, sino vence el mal con el bien”16.

Recuerden: al final son los misericordiosos quienes alcanzan misericordia17.

Por ser miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, dondequiera que estemos, que se nos conozca como una gente que tiene “amor los unos por los otros”18.

Ámense unos a otros

Hermanos y hermanas, en esta vida hay bastante aflicción y dolor sin que agreguemos más con nuestra terquedad, amargura y resentimiento.

No somos perfectos.

La gente que nos rodea no es perfecta19. Las personas hacen cosas que molestan, decepcionan y enojan; en esta vida mortal siempre será así.

No obstante, debemos librarnos de nuestros resentimientos. Parte del propósito de la vida terrenal es aprender a liberarnos de esas cosas. Ésa es la manera del Señor.

Recuerden que el cielo está lleno de aquellos que tienen esto en común: Han sido perdonados y perdonan.

Pongan su carga a los pies del Salvador; dejen de juzgar. Permitan que la expiación de Cristo los cambie y les sane el corazón. Ámense el uno al otro; perdónense el uno al otro.

Los misericordiosos alcanzarán misericordia.

De ello testifico, en el nombre de Aquél que amó de forma tan íntegra y tan completa que dio Su vida por nosotros, Sus amigos, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Alma 31:5.

  2. Véase Moisés 5:16–32.

  3. Doctrina y Convenios 64:9.

  4. Mateo 5:7.

  5. Véase Romanos 2:1.

  6. Doctrina y Convenios 64:8.

  7. Doctrina Convenios 64:10; cursiva agregada.

  8. Mosíah 5:2.

  9. 1 Juan 5:3–4.

  10. Mateo 5:44; véanse también los versículos 45–47.

  11. Efesios 4:32.

  12. Juan 8:7.

  13. Gálatas 6:10.

  14. Lucas 6:38.

  15. Véase Mateo 5:39–41.

  16. Romanos 12:19–21.

  17. Véase Mateo 5:7.

  18. Juan 13:35.

  19. Véase Romanos 3:23.