Las bendiciones del ministrar.

Los miembros de la Iglesia bendicen vidas y fortalecen testimonios al emular el ejemplo del Salvador de ministrar a los demás.

Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días conocen muy bien el ministerio ejemplar del presidente Thomas S. Monson. Durante más de seis décadas, ha tendido una mano de ayuda a los necesitados, brindando consuelo y paz a innumerables personas, y ministrando personalmente a los enfermos y a los afligidos 1 .

“Hoy día, hay corazones que alegrar, buenas obras que llevar a cabo y valiosas almas que salvar”, ha declarado el presidente Monson. “El enfermo, el cansado, el hambriento, el que tiene frío, el lastimado, el solitario, el viejo, el perdido, todos claman pidiéndonos ayuda” 2 .

En su ministerio personal, el presidente Monson ha demostrado la diferencia que existe entre administrar y ministrar. Los miembros de la Iglesia administran los programas y las ordenanzas; en cambio, ministrana las personas al amarlas y darles auxilio. Al tender una mano de ayuda a los demás, el presidente Monson ha emulado al Salvador, quien no “vino para ser servido, sino para servir” (Marcos 10:45).

Como lo ilustran los siguientes cuatro relatos, los Santos de los Últimos Días que van y hacen lo mismo (véase Lucas 10:37) bendicen a los demás, a la Iglesia y a sí mismos.

La samaritana de la masa de panqueques

Mi recuperación después de una leve intervención quirúrgica no fue tan sencilla como se me había dado a entender. No obstante, en calidad de presidenta de la Sociedad de Socorro, consideraba que debía prestar ayuda a los demás más bien que pedirla. El lunes por la mañana, tres días después de mi operación, tuve que levantar a mis siete hijos y prepararlos para ir a la escuela. Me preguntaba si me vería obligada a hacer que mi hija mayor se quedara en casa para ayudarme con el bebé.

Mientras pensaba en esas cosas, llamaron a la puerta. Vickie Woodard, mi primera consejera y buena amiga, había venido para ayudarnos. Nos informó que había venido para hacer panqueques. Traía un recipiente de masa en los brazos y nos preguntó dónde podía encontrar una sartén. Los niños estaban encantados.

Después del desayuno, Vickie envió a los niños a la escuela, hizo los quehaceres de limpieza y se llevó el bebé a su casa hasta la hora de la siesta del mediodía. Más tarde, cuando le pregunté quién estaba cuidando a sus propios hijos, me dijo que su esposo había tomado un par de horas libres del trabajo para que ella pudiera ayudarme.

El servicio de Vickie y de su esposo aquel día me permitió recobrar fuerzas, y me ayudó a recuperarme.

Beverly Ashcroft, Arizona, EE. UU.

Al más pequeño de éstos

Un día, cuando estaba sola en casa con mi hijo más pequeño, resbalé en un peldaño y me caí. El dolor que esto me produjo en el abdomen continuó varios días, así que fui a ver al médico.

Estaba embarazada, y las pruebas indicaban que se me había desprendido la placenta; ese estado hacía necesario que guardara reposo completo, ya que de otro modo podría perder el bebé.

Esto me preocupaba, ya que teníamos tres niños pequeños y no podíamos pagar para que alguien nos ayudara. Sin embargo, las hermanas de mi rama se enteraron de mi situación y, sin que nadie se lo pidiera, vinieron a ayudarme. Se organizaron en tres grupos para ayudarme por la mañana, por la tarde y por la noche.

Vinieron a lavar, planchar, cocinar, limpiar y ayudar a mis hijos con las tareas escolares. Una hermana que se llamaba Rute, que se bautizó en la Iglesia mientras yo estaba en reposo, llegó a ser alguien importante para nuestra familia; Rute, que era enfermera, nos ayudaba por la noche y administraba las inyecciones necesarias.

Yo no tenía que pedir nada; esas hermanas estaban al tanto de mis necesidades y se encargaban de todo. Cuando tenían más ayuda de la que necesitaban, una de las hermanas se sentaba y conversaba conmigo. Hicieron eso durante tres meses.

Esas hermanas me brindaron fortaleza, amor y dedicación; dieron de su tiempo y talentos; hicieron sacrificios para estar allí; nunca pidieron nada a cambio; nos amaron y nos prestaron servicio, siguiendo el ejemplo del Señor, que nos enseñó: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de éstos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40).

Enilze do Rocio Ferreira da Silva, Paraná, Brasil

Sólo tráeme su ropa

Mientras mi esposo, Brandon, se encontraba en viaje de negocios en Orlando, Florida, se levantó una noche con mucha fiebre y dificultad para respirar. Llamó a una ambulancia para que lo transportaran al hospital, donde se enteró que sufría de un grave caso de pulmonía.

Ya que Brandon y yo tenemos niños pequeños, no me era posible viajar de inmediato desde nuestro hogar en Pensilvania hasta Florida; todos los días llamaba a mi esposo, con la esperanza de que se recuperara para que pudiera volver con nosotros.

No obstante, el estado de Brandon empeoró. Cuando una enfermera del hospital me instó a que fuera al hospital lo más pronto posible, comencé a pensar quién podría cuidar a nuestros hijos.

Mi madre accedió a tomar unos días libres del trabajo y dijo que vendría lo antes posible, pero el vuelo que yo debía tomar partía antes de que ella llegara. Llamé a varias amigas para preguntarles si podrían cuidar a los niños hasta que llegara mi madre; una amiga de la Sociedad de Socorro, Jackie Olds, dijo que le encantaría cuidarlos.

“Sólo tráeme su ropa y sus pañales”, dijo, “y los cuidaré durante todos los días que estés fuera”.

Al principió me negué a ello, ya que esta hermana, con tres hijos propios, estaba muy ocupada, pero ella insistió. Cuando le llevé a los niños al poco rato, me alentó y me dijo: “No te preocupes por ellos; preocúpate de que Brandon se recupere y de traerlo a casa. Ya he cuidado niños pequeños antes”.

En ese momento sentí que los niños estarían a salvo, contentos y bien cuidados, y así fue. Tuve la oportunidad de estar con mi esposo, que se encontraba gravemente enfermo cuando llegué al hospital; no obstante, unos días más tarde, se encontraba lo suficientemente recuperado como para volver a casa.

Me siento agradecida por esta buena amiga que respondió, mucho más de lo que yo le hubiera pedido, y nos prestó servicio en un momento de necesidad.

Kelly Parks, Pensilvania, EE. UU.

Servicio al pie de la cama

El hermano Anderson, de treinta y cinco años de edad, el dinámico presidente de los Hombres Jóvenes del barrio, era el tipo de líder de jóvenes a quien todo el mundo admiraba: ex misionero, padre de cinco hijos, empresario y joven de espíritu; pero ahora tenía leucemia. Después de recibir esa noticia del obispo, Ryan Hill, el primer ayudante del quórum de presbíteros, se puso manos a la obra y llamó a todos los miembros activos y menos activos de su quórum.

“Vamos a ir al hospital a ver al hermano Anderson; los necesitamos a todos. ¿Puedes venir?”, repitió en cada llamada.

“No creo que pueda”, dijo uno de los presbíteros. “Es posible que tenga que trabajar”.

“Entonces esperaremos a que salgas del trabajo”, le respondió Ryan. “Esto es algo que debemos hacer juntos”.

“Muy bien”, dijo el miembro del quórum. “Intentaré cambiar mi turno con otra persona”.

Todos los once presbíteros acudieron al hospital; se presentaron tanto los menos activos como los que nunca faltaban a una reunión dominical. Juntos rieron, lloraron, oraron e hicieron planes para el futuro. En los meses sucesivos, programaron visitas para darle masajes en los pies al hermano Anderson cuando tenía problemas de circulación, se turnaron para donar plaquetas sanguíneas durante sesiones de dos horas para que recibiera solamente la sangre de ellos, e incluso viajaron 32 km por carretera la noche del baile escolar, junto con sus compañeras de baile (entre ellas dos jovencitas que no eran miembros de la Iglesia) hasta el hospital, para que él pudiera participar en esas experiencias de la enseñanza secundaria.

En sus últimos días, el hermano Anderson les pidió que sirvieran en una misión, que se casaran en el templo y que se mantuvieran en contacto los unos con los otros. Más de doce años después, tras regresar de sus misiones, de casarse en el templo y de tener su propia familia, todavía recuerdan esas decisivas experiencias espirituales en las que juntos prestaron servicio a su amado líder.

Norman Hill, Texas, EE. UU.

Liahona Octubre 2009

Ellos oran y siguen adelante.

Presidente Thomas S. Monson

“Siendo el potente grupo del sacerdocio que somos, seamos hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores. Oremos, y después vayamos y hagamos”.

Mis hermanos, me siento honrado por el privilegio de hablarles esta noche. ¡Qué alegría ver este magnífico Centro de Conferencias lleno de hombres jóvenes y mayores que poseen el sacerdocio de Dios. El saber que grupos similares están congregados por todo el mundo me infunde un tremendo sentido de responsabilidad. Ruego que la inspiración del Señor guíe mis pensamientos e inspire mis palabras.

Hace muchos años, cuando cumplía una asignación en Tahití, conversé con el presidente de misión Raymond Baudin acerca del pueblo tahitiano, conocido como el pueblo más marinero del mundo. El hermano Baudin, que habla francés y tahitiano, pero poco inglés, trató de describirme el secreto del éxito de los capitanes de barco tahitianos. Me dijo: “Son asombrosos. Aunque el clima sea terrible, aunque las naves estén agujeradas y quizás no tengan ningún aparato de navegación aparte de sus sentimientos interiores y las estrellas, ellos oran y siguen adelante”. Repitió esa frase tres veces. Esa declaración contiene una lección: debemos orar y después actuar. Las dos acciones son importantes.

La promesa del libro de Proverbios nos infunde valor: “Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” 1 .

Sólo tenemos que leer el relato de Primer Reyes para apreciar de nuevo el principio de que al seguir el consejo del Señor, al orar y después actuar, el resultado beneficia a todos. Allí leemos que había una sequía severa en la tierra, seguida de hambruna. Elías el Profeta recibió del Señor lo que le debe haber parecido una instrucción asombrosa: “Vete a Sarepta… he aquí yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente”. Cuando hubo encontrado a la viuda, Elías declaró: “Te ruego que me traigas un poco de agua en un vaso, para que beba.

“Y yendo ella para traérsela, él la volvió a llamar, y le dijo: Te ruego que me traigas también un bocado de pan en tu mano”.

La respuesta de ella describió su lastimosa situación, ya que le explicó que estaba preparando una última mísera comida para ella y su hijo, y que después morirían.

Qué inverosímil debe haberle parecido la respuesta de Elías: “No tengas temor; vé, haz como has dicho; pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo.

“Porque Jehová Dios de Israel ha dicho así: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra.

“Entonces ella fue e hizo como le dijo Elías; y comió él, y ella, y su casa, muchos días.

“Y la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó” 2 .

Si yo les preguntara cuál es el pasaje del Libro de Mormón que más se lee, pienso que sería el relato de Primer Nefi acerca de Nefi, sus hermanos, su padre y el mandato de obtener de Labán las planchas de bronce. Quizás la razón sea que la mayoría de nosotros, de cuando en cuando, prometemos leer de nuevo el Libro de Mormón, y usualmente comenzamos con Primer Nefi. En realidad, esos pasajes ilustran en forma hermosa la necesidad de orar y después ir y hacer. Dijo Nefi: “Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que cumplan lo que les ha mandado” 3.

Recordamos el mandamiento; recordamos la respuesta de Nefi y recordamos el resultado.

En nuestra época, hay muchos ejemplos de las experiencias de los que oran y después van y hacen. Les contaré el relato conmovedor de una buena familia que vivía en la hermosa ciudad de Perth, Australia. En 1957, cuatro meses antes de la dedicación del Templo de Nueva Zelanda, Donald Cummings, el padre, era presidente del distrito de Perth. Aunque contaban con pocos recursos económicos, él, su esposa y su familia estaban decididos a asistir a la dedicación del templo. Comenzaron a orar, a trabajar y a ahorrar. Vendieron el único auto que tenían y juntaron todos sus peniques, pero una semana antes del viaje, todavía les faltaban 200 libras más. Recibieron dos regalos inesperados de 100 libras cada uno, y apenas alcanzaron juntar el monto requerido. Puesto que al hermano Cummings no le dieron permiso de faltar al trabajo, decidió renunciar.

Por tren cruzaron el amplio continente australiano y llegaron a Sydney, en donde se unieron a otros miembros que también viajaban a Nueva Zelanda. El hermano Cummings y su familia fueron de los primeros australianos que se bautizaron por los muertos en el Templo de Nueva Zelanda. También fueron de los primeros miembros del lejano Perth, Australia en recibir su investidura en ese templo. Oraron, se prepararon y después fueron.

Cuando la familia Cummings regresó a Perth, el hermano Cummings consiguió un nuevo y mejor empleo. Aún servía como presidente de distrito nueve años después cuando tuve el privilegio de llamarle a ser el primer presidente de la Estaca Perth Australia 4 . Creo importante mencionar que ahora es el primer presidente del Templo de Perth, Australia.

En la película Shenandoah hay una frase que inspira: “Si no lo intentamos, no lo haremos; y si no lo hacemos ¿para qué estamos aquí?”

Ahora contamos con más de 60.000 misioneros regulares que sirven al Señor en todo el mundo. Muchos de ellos están escuchando esta noche y viendo esta sesión del sacerdocio de la conferencia general. Ellos oran y después hacen, confiando en el Señor respecto al lugar al que se les envía y confiando en su presidente de misión respecto al lugar donde sirven dentro de la misión. Entre las muchas revelaciones referentes a su sagrado llamamiento hay dos pasajes que son mis favoritos. Ambos se encuentran en Doctrina y Convenios.

El primero está en la sección 100. Recordarán que José Smith y Sidney Rigdon habían estado lejos de sus familias por un tiempo y estaban preocupados por ellas. El Señor les reveló esta confirmación, la cual consuela a los misioneros en toda la Iglesia: “De cierto, así os dice el Señor a vosotros, mis amigos… vuestras familias están bien; están en mis manos y haré con ellas como me parezca bien, porque en mí se halla todo poder” 5 .

El segundo es la sección 84 de Doctrina y Convenios: “Y quienes os reciban, allí estaré yo también, porque iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros” 6 .

Es inspirador el servicio misional que dio Walter Krause, que vive en Prenzlau, Alemania. El hermano Krause, cuya dedicación al Señor es legendaria, tiene ahora 92 años de edad. Como patriarca, ha dado más de mil bendiciones patriarcales a miembros que viven en muchas partes de Europa.

Habiendo quedado sin hogar después de la Segunda Guerra Mundial, como fue el caso de muchos, el hermano Krause y su familia vivieron en un campamento de refugiados en Cottbus y comenzaron a asistir a la Iglesia en ese lugar. Inmediatamente fue llamado a dirigir la Rama Cottbus. Cuatro meses después, en noviembre de 1945, con el país aún en ruinas, Richard Ranglack, el presidente del distrito acudió al hermano Krause y le preguntó qué pensaba de ir a la misión. La respuesta del hermano Krause refleja su dedicación a la Iglesia. Él dijo: “No lo tengo que pensar. Si el Señor me necesita, iré”.

Salió el 1° de diciembre de 1945 con veinte marcos alemanes en el bolsillo y con un trozo de pan seco. Uno de los miembros de la rama le había dado el abrigo de su hijo que había fallecido en la guerra. Otro miembro que era zapatero le regaló un par de zapatos. Con ello y con dos camisas, dos pañuelos y dos pares de calcetines, salió a la misión.

Una vez, a mediados del invierno, caminó desde Prenzlau hasta Kammin, un pequeño pueblo de Mecklenberg, donde cuarenta y seis personas asistieron a las reuniones. Llegó esa noche después de caminar seis horas por caminos, por senderos y finalmente por campos arados. Poco antes de llegar al pueblo, llegó a un lugar muy grande, blanco y plano, por lo que pudo caminar más fácilmente, y al poco tiempo llegó a la casa de un miembro a pasar la noche.

A la mañana siguiente, el guardabosque tocó a la puerta del miembro y preguntó: “¿Tienen un invitado?”

“Sí”, fue la respuesta.

El guardabosque dijo: “Entonces vengan a ver sus huellas”. El campo grande y plano por el que había caminado el hermano Krause era en realidad un lago congelado, y poco antes el guardabosque había hecho un agujero grande en medio del lago para pescar. El viento había cubierto el agujero con nieve de tal forma que el hermano Krause no podía ver el peligro. Sus huellas indicaban que, sin que se hubiera dado cuenta, había pasado a la orilla del agujero y se había dirigido directamente a la casa del miembro. Con el peso de la mochila y de sus botas de hule, ciertamente se habría ahogado de haber dado un solo paso en dirección a ese agujero que no alcanzaba a ver. Después comentó que ese acontecimiento había causado una gran conmoción en el pueblo. 7

El hermano Krause ha dedicado su vida entera a orar y después a ir y hacer.

Si alguno de nosotros nos sentimos ineptos o dudamos de nuestra habilidad de responder al llamado de servir, recordemos esta verdad divina: “Para Dios todo es posible” 8 .

Hace poco me enteré del fallecimiento de James Womack, el patriarca de la Estaca Shreveport, Louisiana. Sirvió por largo tiempo y bendijo a muchas personas. Años atrás, el presidente Spencer W. Kimball nos relató al presidente Gordon B. Hinckley, al élder Bruce R. McConkie y a mí una experiencia que tuvo al nombrar a un patriarca para la Estaca Shreveport, Louisiana. El presidente Kimball describió cómo había entrevistado, buscado y orado para conocer la voluntad del Señor respecto a la selección. Por alguna razón, ninguna de las personas sugeridas era la indicada para la asignación.

Avanzó el día y comenzaron las reuniones vespertinas. De repente, el presidente Kimball se volvió hacia el presidente de estaca y le pidió que nombrara a cierto hermano sentado hacia el fondo de la capilla. El presidente de estaca respondió que era James Womack, y el presidente Kimball dijo: “El Señor lo ha elegido a él para ser el patriarca de la estaca. Por favor pídale que se reúna conmigo en la sala del sumo consejo después de esta reunión”.

El presidente de estaca Charles Cagle se sorprendió, porque la apariencia física de James Womack era inusual: había sufrido terribles lesiones de combate durante la Segunda Guerra Mundial, había perdido ambas manos y parte de un brazo, así como la mayor parte de la vista y el oído. Cuando regresó, nadie quiso admitirlo en la facultad de Derecho, aunque terminó en tercer lugar de su clase en la Universidad del Estado de Louisiana.

Esa noche, cuando el presidente Kimball se reunió con el hermano Womack y le informó que el Señor lo había designado para ser el patriarca, hubo un largo silencio en la sala, y después el hermano Womack dijo: “Hermano Kimball, entiendo que un patriarca tiene que colocar las manos sobre la cabeza de la persona a la que bendice. Como puede ver, no tengo manos para colocar en la cabeza de nadie”.

El hermano Kimball, con su bondad y paciencia, invitó al hermano Womack a ponerse de pie detrás de la silla donde estaba sentado el hermano Kimball y le dijo: “Ahora, hermano Womack, inclínese hacia adelante y vea si alcanza mi cabeza con los muñones”. Para deleite del hermano Womack, pudo tocar la cabeza del hermano Kimball, y exclamó: “¡Lo puedo alcanzar! ¡Lo puedo alcanzar!”

“Claro que me puede alcanzar”, respondió el hermano Kimball. “Y si me alcanza a mí, alcanzará a cualquier persona a la que bendiga. Probablemente sea yo la persona más baja que se siente delante de usted”.

El presidente Kimball nos informó que cuando se presentó el nombre de James Womack a la congregación, “las manos de los miembros se levantaron con ánimo con un voto de aprobación lleno de entusiasmo”.

Se recordaron las palabras del Señor al profeta Samuel cuando David fue señalado para ser el futuro rey de Israel: “…el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” 9 .

Hermanos, no importa qué llamamiento tengamos, no importa qué temores o ansiedades tengamos, oremos y después vayamos y hagamos, recordando las palabras del Maestro, a saber Jesucristo, que prometió: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” 10 .

En la Epístola de Santiago se nos aconseja: “…sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” 11 .

Siendo el potente grupo del sacerdocio que somos, seamos hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores. Oremos, y después vayamos y hagamos.

En el nombre de Jesucristo. Amén.

Conferencia General Abril 2002

Referencias

1. Proverbios 3:5, 6.
2. 1 Reyes 17:9–11, 13–16. Véase también el versículo 12.
3. 1 Nefi 3:7.
4. Véase Richard J. Marshall, “Saga of Sacrifice”, Ensign, agosto de 1974, págs. 66–67.
5. D. y C. 100:1.
6. D. y C. 84:88.
6. Véase Garold N. Davis y Norma S. Davis, “Behind the Iron Curtain: Recollections of Latter-day Saints in East Germany, 1945–1989”, Brigham Young Univeresity Studies, Tomo 35, Núm. 1–1995, págs. 54–55.
8. Mateo 19:26.
9. 1 Samuel 16:7.
10. Mateo 28:20.
11. Santiago 1:22.