Verdaderos pastores

Presidente Thomas S. Monson.

La orientación familiar contesta muchas oraciones y nos permite ver la transformación que puede ocurrir en la vida de las personas.

Esta tarde se encuentran reunidos en el Centro de Conferencias de Salt Lake City y en lugares lejanos y cercanos aquellos que poseen el sacerdocio de Dios. Ustedes son en verdad “real sacerdocio”, incluso “linaje escogido”, tal como lo declaró el apóstol Pedro1. Es un honor tener el privilegio de dirigirme a ustedes.

Cuando era joven, todos los veranos nuestra familia solía ir al cañón de Provo, a unos 72 km al sur y un poco al este de Salt Lake City, donde pasábamos varias semanas en la cabaña. Nosotros, los muchachos, siempre estábamos ansiosos por llegar para ir a pescar al río o ir a nadar, y siempre queríamos apresurar el automóvil un poco más. En aquellos días, el coche que papá tenía era un Oldsmobile del año 1928; si él excedía los 56 km por hora, mamá decía: “¡Despacio! ¡Despacio!”. Yo decía: “¡Acelera, papá! ¡Acelera!”.

Papá manejaba más o menos a 55 km por hora todo el camino hasta el cañón de Provo, o hasta que llegábamos a una curva por la que atravesara una manada de ovejas. Observábamos a medida que cientos de ovejas pasaban a nuestro lado, aparentemente sin un pastor, y algunos perros que ladraban detrás de ellas. En la distancia, divisábamos al pastor montado en su caballo, que no llevaba brida, sino un cabestro. De vez en cuando, el hombre se encorvaba adormilado en la montura, ya que el caballo sabía por dónde ir, y los perros que ladraban hacían el trabajo.

Comparen eso a la escena que presencié en Munich, Alemania, hace muchos años. Era un domingo por la mañana, y nos encontrábamos en camino a una conferencia misional. Mientras miraba por la ventana del automóvil del presidente de misión, vi a un pastor que llevaba su bastón en la mano dirigiendo las ovejas, quienes lo seguían a dondequiera que iba. Si se dirigía hacia la izquierda, lo seguían a la izquierda; si se iba a la derecha, lo seguían en esa dirección. Hice la comparación entre el verdadero pastor que dirigía sus ovejas y el pastor que cabalgaba casualmente detrás de ellas.

Jesús dijo: “Yo soy el buen pastor y conozco mis ovejas”2. Él nos proporciona el ejemplo perfecto de lo que debe ser un verdadero pastor.

Hermanos, como sacerdocio de Dios, tenemos la responsabilidad de ser pastores. La sabiduría del Señor ha proporcionado pautas mediante las cuales podemos ser pastores para las familias de la Iglesia, donde podemos prestarles servicio, enseñarles y testificarles. A eso se le llama orientación familiar, y es en cuanto a ello que deseo hablarles esta tarde.

El obispo de cada barrio de la Iglesia supervisa la asignación de los poseedores del sacerdocio como maestros orientadores con objeto de visitar cada mes las casas de los miembros. Van en parejas; donde es posible, un joven que sea presbítero o maestro en el Sacerdocio Aarónico acompaña a un adulto que posea el Sacerdocio de Melquisedec. Al ir a las casas de las personas por las que son responsables, el poseedor del Sacerdocio Aarónico debe tomar parte en la enseñanza que se lleve a cabo. Ese tipo de asignación ayudará a preparar a esos jóvenes para ir en misiones, al igual que para una vida de servicio en el sacerdocio.

El programa de orientación familiar viene como resultado de la revelación moderna, y comisiona a los que son ordenados al sacerdocio a “enseñar, exponer, exhortar, bautizar… y visitar la casa de todos los miembros, y exhortarlos a orar vocalmente, así como en secreto, y a cumplir con todos los deberes familiares… velar siempre por los miembros de la iglesia, y estar con ellos y fortalecerlos; y cuidar de que no haya iniquidad en la iglesia, ni aspereza entre uno y otro, ni mentiras, ni difamaciones, ni calumnias”3.

El presidente David O. McKay amonestó: “La orientación familiar es una de las oportunidades más urgentes y compensadoras que tenemos para criar, inspirar, aconsejar y dirigir a los hijos de nuestro Padre… Es un servicio divino, un llamamiento divino. Es nuestro deber como maestros orientadores, llevar el… Espíritu a todo hogar y corazón. El amor por la obra y el esfuerzo por llevarla a cabo le brindará paz, gozo y satisfacción ilimitados al [maestro noble] y dedicado de los hijos de Dios”4.

En el Libro de Mormón leemos que Alma “consagraba a todos los sacerdotes y a todos los maestros de ellos; y nadie era consagrado a menos que fuera hombre justo.

“Por tanto, velaban por su pueblo, y lo sustentaban con cosas pertenecientes a la rectitud”5.

Al llevar a cabo nuestras responsabilidades de orientación familiar, seremos sabios si aprendemos y comprendemos los desafíos de los miembros de cada familia, a fin de ser eficaces al enseñar y proporcionar la ayuda necesaria.

Una visita de orientación familiar tendrá más probabilidad de éxito si se realiza una cita de antemano. A fin de ilustrar este punto, permítanme compartir una experiencia que tuve hace algunos años. En aquel tiempo, el Comité Ejecutivo Misional estaba constituido por Spencer W. Kimball, Gordon B. Hinckley y Thomas S. Monson. Una noche, el hermano Hinckley y su esposa auspiciaron una cena en su casa para los miembros del comité y sus respectivas esposas. Apenas habíamos terminado una deliciosa cena cuando alguien llamó a la puerta. El presidente Hinckley la abrió y encontró allí a uno de sus maestros orientadores, quien expresó: “Sé que no hice cita para venir, y mi compañero no está conmigo, pero pensé que debía venir a verlos esta noche. No sabía que tendría invitados”.

El presidente Hinckley amablemente invitó al maestro orientador a pasar y sentarse e instruir a tres apóstoles y a sus esposas con respecto a nuestros deberes como miembros. Con un poco de temor, el maestro orientador hizo lo mejor que pudo. El presidente Hinckley le agradeció el haber venido, después de lo cual el maestro orientador, con mucha rapidez, se retiró.

Mencionaré un ejemplo más de la manera incorrecta de llevar a cabo la orientación familiar. El presidente Marion G. Romney, que hace algunos años era consejero de la Primera Presidencia, solía contar en cuanto a su maestro orientador que una vez fue a su casa en una fría noche de invierno. Con el sombrero todavía en la mano, y meciéndose un tanto nervioso, cuando lo invitaron a tomar asiento y a dar el mensaje, respondió: “Verá usted, hermano Romney, afuera hace frío y dejé el motor en marcha para que no se detenga; sólo vine para poder decirle al obispo que hice mis visitas”6.

El presidente Ezra Taft Benson, luego de relatar la experiencia del presidente Romney en una reunión de poseedores del sacerdocio, dijo: “¡Podemos hacerlo mejor que eso, hermanos, mucho mejor que eso!”7. Yo estoy de acuerdo.

La orientación familiar es más que una visita mecánica una vez al mes. Tenemos la responsabilidad de enseñar, inspirar, motivar y, si visitamos a personas que no son activas, traer a la actividad y a la exaltación final a los hijos y las hijas de Dios.

Con el fin de ayudar en nuestros esfuerzos, comparto este sabio consejo, el cual sin duda se aplica a los maestros orientadores. Proviene de Abraham Lincoln, quien dijo: “Si deseas que un hombre esté a tu favor, primero convéncelo de que eres su amigo sincero”8. El presidente Ezra Taft Benson exhortó: “Más que todo, sean un verdadero amigo de esas personas o familias a quienes visitan… Un amigo hace más que una visita por compromiso cada mes; un amigo se preocupa más acerca de la gente que de recibir méritos; un amigo demuestra interés, un amigo ama, un amigo escucha y un amigo hace lo posible por ayudar”9.

La orientación familiar contesta muchas oraciones, y nos permite ver la transformación que puede ocurrir en la vida de las personas.

Un ejemplo de ello sería Dick Hammer, quien vino a Utah con el Cuerpo Civil de Conservación durante la Gran Depresión. Mientras estuvo aquí, conoció a una joven Santo de los Últimos Días y se casó con ella; abrió el café Dick en Saint George, Utah, que se convirtió en un popular lugar de reuniones.

El maestro orientador que se asignó a la familia Hammer fue Willard Milne, un amigo mío. Como yo también conocía a Dick Hammer, ya que había impreso sus menús, cuando visitaba Saint George le preguntaba a mi amigo Milne: “¿Cómo va progresando nuestro amigo Dick Hammer?”.

Por lo general la respuesta era: “Está progresando, pero lentamente”.

Cuando Willard Milne y su compañero visitaban la casa de los Hammer cada mes, siempre hacían lo posible por presentar un mensaje del Evangelio y compartir su testimonio con Dick y la familia.

Pasaron los años, y entonces un día, Willard me llamó por teléfono para darme la buena noticia. “Hermano Monson”, empezó, “Dick Hammer se convirtió y se va a bautizar. Tiene 90 años, y hemos sido amigos toda nuestra vida adulta. Su decisión me hace sentir tan bien; he sido su maestro orientador por muchos años”. La voz de Willard denotaba emoción al transmitir el mensaje que me dio mucho gusto recibir.

El hermano Hammer se bautizó y un año más tarde entró en el bello Templo de Saint George para recibir las bendiciones de la investidura y del sellamiento.

Le pregunté a Willard: “¿Alguna vez se desalentó por haber sido su maestro orientador por tanto tiempo?”.

Él dijo: “No, el esfuerzo valió la pena. Al ver el gozo que han recibido los miembros de la familia Hammer, el corazón se me llena de gratitud por las bendiciones que les ha traído el Evangelio y por el privilegio que he tenido de contribuir de alguna manera. Me siento feliz”.

Hermanos, a través de los años tendremos el privilegio de visitar y enseñar a muchas personas, a los que son menos activos así como aquellos que son totalmente dedicados. Si nos esmeramos en nuestro llamamiento, tendremos muchas oportunidades de bendecir a los demás. Las visitas que hagamos a los que se hayan alejado de la actividad en la Iglesia pueden ser la llave que, con el tiempo, abrirá las puertas de su regreso.

Con esto en mente, lleguemos hasta aquellos de los que somos responsables y traigámoslos a la mesa del Señor para deleitarse en Su palabra así como para gozar de la compañía de Su Espíritu, y así no ser “extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos con los santos, y miembros de la familia de Dios”10.

Si cualquiera de ustedes ha adoptado una actitud despreocupada en lo que respecta a las visitas de orientación familiar, quisiera decir que no hay mejor momento que el presente para volver a dedicarse a llevar a cabo sus deberes de orientación familiar. Decidan ahora hacer el esfuerzo que sea necesario para llegar a aquellos por quienes se les ha dado la responsabilidad de velar. Habrá ocasiones en que también se necesite un poco más de empuje a fin de que su compañero de orientación familiar se dé tiempo para acompañarlos, pero si perseveran, triunfarán.

Hermanos, nuestros esfuerzos en la orientación familiar son constantes. La obra nunca se terminará hasta que nuestro Señor y Maestro diga: “Es suficiente”. Hay vidas que iluminar; corazones que tocar; almas que salvar. Nosotros tenemos el sagrado privilegio de iluminar, de conmover y de salvar esas valiosas almas que se nos han confiado. Debemos hacerlo con fidelidad y con corazones llenos de alegría.

Para concluir, cito un ejemplo a fin de describir qué tipo de maestros orientadores debemos ser. Hay un Maestro, cuya vida sobrepasa a todas las demás. Él enseñó sobre la vida y la muerte, sobre el deber y el destino; vivió para servir y no para ser servido; no para recibir, sino para dar; no para salvar Su vida, sino para sacrificarla por los demás. Describió un amor más hermoso que la lujuria, una pobreza más rica que el tesoro. Se dijo de este Maestro que Él enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas11. Sus leyes no se inscribieron sobre la roca, sino en el corazón de los hombres.

Hablo del Maestro de maestros, sí, Jesucristo, el Hijo de Dios, el Salvador y Redentor de toda la humanidad. El relato bíblico dice de Él: “…anduvo haciendo bienes”12. Con Él como nuestro Guía y Ejemplo infalible, estaremos capacitados para recibir Su ayuda divina en nuestra orientación familiar. Se bendecirán vidas; se consolarán corazones; se salvarán almas. Llegaremos a ser verdaderos pastores. Que así sea; lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

1.1 Pedro 2:9
2.Juan 10:14
3.Doctrina y Convenios 20:42, 47, 53–54
4. David O. McKay, Priesthood Home Teaching Handbook, edición revisada, 1967, págs. ii–iii.
5. Mosíah 23:17–18
6. Véase Thomas S. Monson, “La orientación familiar: un servicio divino”,Liahona, enero de 1998, pág. 55.
7. Ezra Taft Benson, “Para los maestros orientadores de la Iglesia”, Liahona, julio de 1987, pág. 50.
8. Abraham Lincoln, en David Decamp Thompson,Abraham Lincoln, the First American, 1895, pág. 226.
9. Thomas S. Monson, Liahona, julio de 2001, pág. 57.
10. Efesios 2:19
11. Mateo 7:28–29
12. Hechos 10:38

Si Cristo tuviera mis oportunidades.

ÉLDER PAUL K. SYBROWSKY

De los Setenta

Nuestro Salvador Jesucristo nos enseña la importancia de ir en busca del que se encuentra perdido.

Hace mucho tiempo, cuando nuestros hijos mayores tenían seis, cuatro y dos años de edad, mi esposa y yo les hicimos un cuestionario de sorpresa. A diario, leíamos como familia el Libro de Mormón.

“¿Quién era el hombre”, preguntó mi esposa, “que fue al bosque a cazar pero que en vez de hacerlo oró todo el día hasta entrada la noche?”

Después de un momento de silencio, ella les dio una pista… “Su nombre empieza con E… e… e… e”.

Desde un rincón del cuarto, nuestro hijo de dos años exclamó: “¡nós!”

Ese niño era el que jugaba en un rincón, el que pensábamos que era demasiado pequeño para entender. ¡Enós! Era Enós el que había ido a cazar al bosque, pero cuya alma padecía hambre. Aunque su registro no indica que él se hallaba perdido en el bosque, el relato de Enós nos enseña que él salió del bosque con un mejor entendimiento, y que después sintió una mayor preocupación por el bienestar de sus hermanos.

En el Nuevo Testamento, nuestro Salvador Jesucristo nos enseña la importancia de ir en busca del que se encuentra perdido:

“¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?

“Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso” (Lucas 15:4–5).

Desde la caída de Adán, todo el género humano se encuentra en un estado caído y perdido. Como la mayoría de ustedes, la trayectoria de mi “encuentro” comenzó con dos misioneros fieles. En el año de 1913, en Copenhague, Dinamarca, los élderes C. Earl Anhder y Robert H. Sorenson enseñaron a mis abuelos el Evangelio de Jesucristo y los bautizaron. Mis padres me enseñaron la importancia del trabajo arduo, de la honradez y de la integridad; sin embargo, en sólo una corta generación caímos en la inactividad de ir a la Iglesia y en la falta de conocimiento del Evangelio. Ahora, al contemplar el pasado, recuerdo que de niño mis compañeros de juego me invitaban a la Primaria. Mis primeras vivencias en la Iglesia las pasé con amigos de la Primaria.

Siendo apenas un jovencito, algunos meses antes de cumplir 12 años, un sábado por la tarde oí que llamaban a la puerta. Varios de mis amigos, que eran diáconos, con camisa blanca y corbata fueron a buscarme para ir a mi primera reunión del sacerdocio. Nuestro líder caminó a mi lado al bajar la colina rumbo al Tabernáculo de la Manzana del Templo. Esa reunión fue la sesión del sacerdocio de la conferencia general de abril.

Lloyd Bennett era mi líder del grupo de escultismo. Los sábados por la tarde solía pasar por mí para ir a la oficina de escultismo a comprar las insignias y los materiales que necesitábamos. Mientras él conducía, charlábamos. Él llegó a ser un amigo de confianza. Lloyd Bennett, como muchos otros, dio de su tiempo por una persona perdida.

Esos maravillosos amigos y líderes entendían el reciente consejo del élderM. Russell Ballard de “Encontrar a uno más” (“Uno más”, Liahona, mayo de 2005, pág. 69), y ellos sabían lo que eso requería. A veces, se trata de la persona que está en el rincón, la que no hemos tomado en cuenta.

A los 18 años, tuve una experiencia similar a la de Enós al arrodillarme en la barraca del cuartel del Fuerte Ord, en California. Después de que apagaron las luces y de haberme arrodillado en el piso, al igual que Enós, obtuve entendimiento. Debía servir una misión de tiempo completo. Mi corazón reboza de gratitud por tanta gente que me ha ayudado a descubrir mi identidad y a conocer a Cristo y Su Evangelio. Llegué a comprender que el camino al hogar celestial es por medio de nuestro Salvador Jesucristo.

“Y vendrá al mundo para redimir a su pueblo; y tomará sobre sí las transgresiones de aquellos que crean en su nombre; y éstos son los que tendrán vida eterna, y a nadie más viene la salvación” (Alma 11:40).

Isaías, el profeta del Antiguo Testamento, al ver nuestra época en la que el Evangelio sería restaurado en su plenitud, declaró:

“Así dijo Jehová el Señor: He aquí, yo tenderé mi mano a las naciones, y a los pueblos levantaré mi bandera; y traerán en brazos a tus hijos, y tus hijas serán traídas en hombros” (Isaías 49:22).

Hermanos y hermanas, al cuidar de esa persona perdida, vemos el cumplimiento de la profecía. ¿Pueden ver cómo ustedes también han sido traídos en brazos y en hombros y fueron conducidos a la protección?

¿Qué haría nuestro Salvador con las oportunidades que nosotros tenemos de ayudar a una persona perdida? Al emplear ese principio, “Si Cristo tuviera mis oportunidades, ¿qué haría Él?”, nuestras decisiones en la vida estarán centradas en Cristo.

Personalmente, yo sé que en nuestros días, nuestro querido élder Neal A. Maxwell se esforzó siempre por encontrar a esa persona. Como Nefi, él trabajó “diligentemente para escribir, a fin de persuadir [a todos nosotros] a creer en Cristo y a reconciliarse con Dios” (2 Nefi 25:23). Sé que el élder Maxwell hizo más de un llamado a aquellos, e incluso a la persona perdida, que él procuraba traer a Cristo.

Ya sea que seamos un maestro de la Primaria, un líder de los Hombres Jóvenes o de las Mujeres Jóvenes, un maestro Scout, un maestro orientador, una maestra visitante o un amigo, el Señor nos guiará, si lo escuchamos, a buscar y a encontrar a esa persona.

Estoy tan agradecido por la decisión de servir una misión de tiempo completo, la cual llegó a ser un momento decisivo en mi vida. Jóvenes, ustedes tienen el privilegio de servir, sí, de trabajar con diligencia. Manténganse dignos, prepárense para predicar el Evangelio; no demoren, ¡vayan y presten servicio! Jovencitas, ustedes pueden aportar tanto para edificar el reino. Hermanos de la tercera edad, ¡les necesitamos!

Mi familia tuvo el privilegio de servir en Canadá con élderes, hermanas y misioneros mayores dedicados y maravillosos. De corazón a corazón y de espíritu a espíritu, y con la fortaleza del Señor, ellos buscaban a las personas perdidas y las encontraban, así como lo hacen los misioneros dedicados por el mundo.

“Y así fueron instrumentos en las manos de Dios para llevar a muchos al conocimiento de la verdad, sí, al conocimiento de su Redentor” (Mosíah 27:36).

Cada uno de nosotros puede lograr un cambio en la vida de alguien, aún en la vida eterna de esa persona, pero debemos poner manos a la obra; debemos actuar; debemos trabajar diligentemente. Quizá hayan recibido la impresión de invitar a alguien a regresar a la Iglesia, o a escuchar el mensaje del Evangelio restaurado por primera vez. Adelante, háganle caso a ese sentimiento. ¿Por qué no invitamos todos a alguien a venir mañana y escuchar la voz del Profeta? ¿Lo harían? ¿Invitarán a alguien hoy? Con fe y con un corazón dispuesto, y aún con anhelo, debemos confiar en que el Espíritu nos dará “en la hora, sí, en el momento preciso, lo que [debemos] de decir (D. y C. 100:6). Yo sé que eso es así.

Cuán agradecido estoy por este llamamiento de servir, una vez más, esta vez en Australia. Expreso mi amor y agradecimiento eternos a mi esposa y a nuestros nueve hijos, con una mentalidad misionera, por su amor y su apoyo. Doy solemne testimonio de que la plenitud del Evangelio ha sido restaurada sobre la tierra, de que José Smith es un profeta de Dios, y de que el Libro de Mormón es la palabra de Dios. Hoy en día somos guiados por un profeta viviente, sí, el presidente Gordon B. Hinckley. Y sé que Dios vive y sé que Jesús es el Cristo, nuestro Salvador y Redentor. En los amorosos brazos y en los hombros del Pastor, Él nos lleva a casa. Al igual que Enós, permítanme decirles con humildad: “[debo] predicar… a este pueblo y declarar la palabra según la verdad que está en Cristo… y en ello me he regocijado más que en lo del mundo (Enós 1:26). De estas verdades doy testimonio, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Conferencia General,  Octubre 2005