No siempre tienes que esperar una respuesta

Por Leah Barton

A menudo nos cuesta tomar decisiones sin obtener la confirmación de Dios; pero, al avanzar con fe, Él nos ayudará a saber que estamos en el camino correcto.

Al volver a la universidad después de la misión, estaba considerando quién podría ser mi compañera de cuarto. Mi padre me sugirió que me pusiera en contacto con una misionera que hacía poco había servido en mi barrio y que acababa de terminar su misión. Me explicó que Holly iba a transferir sus estudios a mi facultad y que tal vez no conociera a muchas personas.

Aunque conocía un poco a Holly por el tiempo que estuvo en nuestro barrio, tenía dudas en cuanto a invitarla a vivir conmigo. Temía que pensara que era raro, ya que no nos conocíamos bien, y también porque no sabía si íbamos a conectar la una con la otra.

A pesar de mis temores, sentí que sería bueno seguir el consejo de mi padre. Había estado orando para hacer nuevas amistades al retomar los estudios, así que pensé que hallaría la mano de mi Padre Celestial en la sugerencia de mi padre, y decidí hacerlo. Holly aceptó mi invitación y durante el año que vivimos juntas llegó a ser una de mis mejores amigas. Me dio consejos y amor en momentos críticos de mi vida, y yo también fui un apoyo para ella.

La vida está llena de decisiones que pueden variar en importancia; pero, a veces, las más pequeñas tienen el mayor impacto en el futuro. Si bien al principio nuestro Padre Celestial quizás no nos revele qué opción es la mejor en cada situación, sí nos ha dado el albedrío para actuar de acuerdo con los principios del Evangelio y seguir adelante con fe. Jamás pensé que elegir a una compañera de cuarto en la universidad tendría una influencia tan duradera en mi vida, pero así fue. Solo después de preguntarle a Holly me di cuenta de que el Señor me permitió tomar mi propia decisión, y fui bendecida por ello. Debido a que seguí el camino que consideré que era el correcto, mi Padre Celestial pudo poner a una persona increíble en mi vida.

Me pregunto qué habría pasado si hubiese abordado otras decisiones pequeñas con una actitud más semejante a la de Cristo: si hubiera apagado la computadora portátil cuando una joven se sentó a mi lado para almorzar en el campus, o si hubiese sido más franca en cuanto a mis creencias cuando una amiga me dijo que se sentía insegura en cuanto a la religión. Quizás en esos momentos no haya sentido una fuerte impresión espiritual, pero sabía que eran cosas buenas que debía hacer, y estoy segura de que Dios las habría convertido en una bendición para todas las personas involucradas. Como elegí no hacer nada, nunca sabré lo que podría haber sucedido.

A menudo tenemos dificultad para tomar decisiones cuando no se nos dan indicaciones o respuestas directas. En esos momentos, en lugar de esperar una luz verde de Dios, podemos usar el don del albedrío para elegir lo bueno por nosotros mismos. Mormón enseñó: “… porque toda cosa que invita a hacer lo bueno, y persuade a creer en Cristo, es enviada por el poder y el don de Cristo, por lo que sabréis, con un conocimiento perfecto, que es de Dios” (Moroni 7:16).

La próxima vez que tengan que tomar una decisión, piensen: “¿Es bueno?”, porque todo lo bueno proviene de Dios. Así como el Salvador nunca dudó en hacer el bien, podemos confiar en nosotros mismos para elegir hacer el bien cada día, de maneras grandes o pequeñas; y Dios convertirá esas buenas decisiones en cosas grandes.

Como encontrar a Dios.

Cuando tenía casi dieciocho años, viajé en avión hasta un pueblo pequeño llamado Soldotna, en el estado de Alaska, para trabajar durante el verano. Nunca antes había vivido lejos de mi hogar; ésa fue mi primera experiencia. Mis padres habían coordinado con sus buenos amigos, los Wright, para que yo viviera y trabajara con ellos en la tienda de comestibles de la que eran dueños. Yo tenía la esperanza de ganar suficiente dinero para pagar mis estudios universitarios; también esperaba regresar a mi casa con una respuesta a la pregunta que tantas veces se me había cruzado por la mente: ¿Existe realmente un Dios?

Yo misma debía obtener la respuesta; por eso, decidí orar todas las noches y preguntarle a Dios si Él era real. Por alguna razón, sentía que, si Dios existía, Él contestaría mi oración; si nunca recibía una respuesta, entonces sabría que Dios no existía. Sencillo, pensé.

En la casa de los Wright, compartía la habitación con Lisa, su hija. Ella estudiaba en la Universidad Brigham Young, pero había ido a pasar el verano a su casa y trabajaba conmigo en la tienda de comestibles. La admiré desde el primer momento. Era linda, inteligente, segura de sí misma y enfrentaba la vida con una actitud positiva. Aquel verano pasamos prácticamente cada hora de cada día juntas.

Me encantaba escuchar a Lisa mientras me contaba de la vida universitaria; su vida parecía divertida y muy independiente. Lisa tenía una vida organizada y bien equilibrada; había establecido las prioridades correctas y se aferraba a ellas con firmeza.

La admiración que sentía hacia Lisa crecía al verla cumplir con su lectura diaria de las Escrituras y al ver que oraba cada mañana y cada noche. Quería preguntarle cómo había logrado la fe que tenía en Dios, pero me daba vergüenza mi propia falta de fe. Recuerdo estar acostada en la cama preguntándome sobre qué hablaría Lisa con Dios en sus oraciones.

Todas las noches me arrodillaba y hacía una oración corta en la que le preguntaba a Dios si estaba allí, pero no sentía nada especial ni espiritual; no escuchaba ninguna voz. Cuando terminaba mis oraciones, me sentía igual que antes de hacerlas. Seguí cada noche con la misma rutina durante dos meses. Estaba desanimada y me di cuenta de que mis dudas acerca de Dios estaban aumentando.

Una noche en que extrañaba muchísimo a mi familia, se me llenaron los ojos de lágrimas. Deseaba mucho estar cerca de mi familia, de mis amigos y de los lugares que me resultaban familiares. Con dolor porque necesitaba hablar con alguien que me conociera y me amara, me arrodillé a orar. “Dios, realmente te necesito en este momento”, fueron mis primeras palabras. Durante los minutos que siguieron, le expresé mis verdaderos sentimientos a mi Padre Celestial; le conté todo lo que tenía dentro de mí; hablé con Él como si creyera que Él estaba allí.

Me envolvió una sensación de calidez. Empecé a sentir como si el Padre Celestial hubiera descendido y me hubiera tomado entre Sus brazos. Ya no estaba sola. Fui llena de amor y de paz y supe que Dios existía.

Me preguntaba por qué me había llevado más de dos meses recibir una respuesta a mi oración. En Jeremías 29:13 encontré la respuesta: “Y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón”.

Finalmente, tras haber expresado los verdaderos sentimientos que albergaba en el corazón, recibí la respuesta a mi oración. Puse mi fe en la existencia de Dios; con mis palabras y lágrimas, busqué la respuesta en los cielos.

Mi vida ha cambiado gracias a lo que ocurrió aquella noche: serví en una misión y me casé en el templo. Mi fe en que Dios existe sigue creciendo.

A menudo pienso en aquel verano en Alaska. Si no hubiera tenido el ejemplo de Lisa, quizás no habría perseverado durante aquellos meses de oración; quizás habría dejado de esforzarme y nunca hubiera descubierto el amor de mi Padre Celestial. Siempre estaré agradecida por Lisa y por su ejemplo; ella me ayudó a llegar a conocer a Dios y a sentir el amor que Él tiene por mí.