Los Pastores Del Rebaño

Gordon B. Hinckley

“Siento un profundo aprecio por nuestros obispos. Me siento hondamente agradecido por la revelación del Todopoderoso por la cual este oficio se creó y funciona”.

Mis queridos hermanos, es un gran honor y una gran responsabilidad dirigirles la palabra. Ruego que el Señor me bendiga.

¡Qué excepcional hermandad es ésta, compuesta de cientos de miles de hombres y de muchachos que han sido ordenados al sacerdocio de Dios! ¡Qué imponente agrupación sería ésta si estuviésemos todos congregados en una sola y gran reunión! Asombraría al mundo. No hay nada que se le iguale que yo sepa.

Ustedes constituyen el eje de la Iglesia, mis hermanos. De entre ustedes vienen los obispos y los presidentes de rama, los presidentes de distrito y de estaca, los Setenta Autoridades de Area y todas las Autoridades Generales.

Ustedes, los hombres jóvenes, son lo esencial del gran programa misional cuya influencia se hace sentir en todo el mundo. En conjunto, ustedes son hombres y muchachos que se han vestido de toda la armadura de Dios para sacar adelante Su obra en la tierra.Cada vez que nos juntamos en una de estas reuniones, lamento que no podamos dar cabida a todos los que desean venir. Desde el momento en que se abrieron las puertas del Tabernáculo esta noche, entró una multitud de hombres jóvenes con sus padres. Es de esperar que el nuevo salón de asambleas se termine en un año a partir de ahora y entonces podremos dar cabida a todos los que deseen venir.

Y deseo decir a ustedes, hermanos, a los que llegamos por transmisión de radio y vía satélite, que nos sentimos unidos con ustedes.

Pienso, mis hermanos, que nuestro Padre Celestial está contento con nosotros. Creo que debe ser un gran consuelo para El contemplar a los cientos de miles de hombres y de muchachos que le aman, que llevan un testimonio de Él y de Su hijo Amado en el corazón, que brindan dirección a Su Iglesia, que están a la cabeza de sus familias en las que hay rectitud y donde se enseña y se ejemplifica la verdad.

Tenemos un numeroso grupo de hombres, jóvenes y mayores. No hay casi nada que no podamos realizar si trabajamos juntos y unidos con una sola voluntad, con un solo propósito y con un solo corazón.

Confío en que cada uno de nosotros sea consciente del prodigio que hemos recibido con la ordenación al sacerdocio. Ésta es la autoridad de Dios en la tierra. Viene de Él como un don divino. Comprende el poder y la autoridad para regular los asuntos de la Iglesia. Comprende el poder y la autoridad para bendecir en el nombre del Señor, para poner las manos sobre los enfermos e invocar los poderes del cielo. Es sagrado y santo. Participa de lo divino. Su autoridad se manifiesta en la vida terrenal y llega más allá del velo de la muerte.

Espero que seamos dignos del sacerdocio que poseemos. Ruego a cada uno de ustedes que lleve las riendas de su vida de tal manera que sea digno de él.

Tal como se nos ha recordado, ésta es una época de gran maldad en el mundo. No hace falta recordar eso a nadie. Estamos constantemente expuestos a la inmundicia y a la suciedad de la pornografía, al comportamiento lascivo y maligno, totalmente impropio del que posee el sacerdocio de Dios.

Es un desafío trabajar en el mundo y vivir por encima de su inmundicia.

La falta de honradez está muy extendida. Se manifiesta en el hacer trampa en las escuelas, en el manejo de hábiles confabulaciones, en negocios que roban y estafan. Las tentaciones están en todas partes a nuestro alrededor y, lamentablemente, algunos sucumben a ellas.

Hermanos, sean fuertes. Elévense por encima de la maldad del mundo. No es necesario que seamos mojigatos. No hace falta que adoptemos una actitud santurrona. Sólo es preciso que nuestra integridad personal, nuestro sentido del bien y del mal y la sencilla honradez gobiernen nuestros actos.

Vivamos el Evangelio en nuestro hogar. Que haya allí una sincera manifestación de amor entre marido y mujer, entre los hijos y sus padres. Dominen la voz del enojo. Sean absolutamente leales el uno con el otro.

Simplemente “hagan lo justo y dejen que sobrevengan las consecuencias” (Hymns, N° 237). Vivan de tal manera que todas las mañanas puedan arrodillarse para orar y buscar la orientación y la guía del Espíritu Santo, así como Su poder protector, al emprender su trabajo del día. Vivan de tal manera que cada noche, antes de acostarse, puedan ir ante el Señor en oración sin turbación ni vergüenza y sin la necesidad de suplicar el perdón. No dudo en decir que Dios los bendecirá si lo hacen. Un día llegarán a viejos y mirarán hacia atrás en el camino de su vida. Podrán decir: “He vivido con integridad. No he engañado a nadie, ni siquiera a mí mismo. Me he deleitado en compañía de mi esposa que es la madre de mis hijos. Estoy orgulloso de mis hijos. Estoy agradecido a Dios por Sus evidentes bendiciones”.

Si ése puede ser el resultado final de su vida, les prometo que cuando las señales de la vejez se manifiesten en ustedes, lágrimas de gratitud les inundarán los ojos y experimentarán la profunda emoción del agradecimiento.

Hace años, más de diez años, hablé desde este púlpito con respecto a los obispos de la Iglesia. Deseo volver brevemente a ese tema en esta ocasión.

Siento un profundo aprecio por nuestros obispos. Me siento hondamente agradecido por la revelación del Todopoderoso por la cual este oficio se creó y funciona.

Como todos ustedes saben, el otoño pasado una tempestad desastrosa azotó Centroamérica. Durante seis días y sus noches, el Huracán Mitch fustigó esa zona y, particularmente, Honduras. El viento soplaba con violencia y la lluvia caía a torrentes sin cesar. Crecieron los ríos y se llevaron las casas que se hallaban en sus riberas. Más de doscientos puentes fueron arrastrados por las aguas en Honduras, cortando así el paso para desplazarse. Las tierras altas se deslizaron hacia el mar en aluviones de lodo. Las casas quedaron sepultadas casi hasta la parte superior de las ventanas, y los patios y las calles estaban inundadas. Las personas huyeron horrorizadas abandonándolo todo.

Uno de nuestros obispos consiguió un camión grande en el que fue recogiendo a los de su barrio para llevarlos a un terreno más alto. Cuando el camión ya no podía pasar, se consiguió una embarcación. Allí estuvo él cuidando su rebaño.

Yo fui allí a ver lo que había pasado y a dar consuelo donde fuese posible, y presencié un milagro: vi en funcionamiento la sencilla y prodigiosamente eficaz organización de esta Iglesia.

Todo miembro de esta Iglesia tiene un obispo o un presidente de rama. Elogio con creces la ayuda que se envió de todo el mundo, pero siento una admiración infinita por la forma magnífica en la que la Iglesia se movilizó. Los obispos recurrieron a sus presidentes de estaca, quienes recurrieron a la Presidencia de Área y ésta recurrió a las Oficinas Generales de la Iglesia en Salt Lake City. A las pocas horas, grandes cantidades de alimentos, medicamentos y ropa salían de nuestros almacenes.

Se alquiló una bodega en San Pedro Sula en la región más damnificada. Fueron los obispos los que movilizaron a su gente para trabajar por turnos en la bodega llenando bolsas de plástico con alimentos suficientes para sustentar a una familia durante una semana, con ropa para cubrirlos y medicamentos para protegerlos de las enfermedades. Cada obispo conocía a su propia gente. Él, con su presidenta de la Sociedad de Socorro, conocían las necesidades de ellos. Éstas no eran personas extrañas que trabajaban como empleados públicos: eran amigos, cada uno era miembro de la familia de un barrio lo suficientemente pequeña para que conociesen sus mutuas necesidades. No hubo discordias ni codicia por hacerse de alimentos y de ropa. El trabajo fue ordenado, sistemático y amistoso; fue motivado por el amor y el interés por los demás, y se realizó con rapidez para satisfacer una necesidad inmediata. Fue el Evangelio en acción de un modo silencioso y magnífico.

Las aguas finalmente disminuyeron, pero quedó el lodo que lo cubría todo. Nada resultó más valioso que las palas y las carretillas. Y todos juntos, otra vez bajo la dirección de los obispos, sacaron el lodo de las casas.

Visitamos un centro de reuniones un sábado. Allí había mucha gente, con un obispo, un amoroso padre de su rebaño, que dirigía el trabajo. Sacaron los bancos, que habían estado flotando en el agua, y los limpiaron meticulosamente. Rasparon el lodo para sacarlo de las paredes y del suelo. Luego los miembros utilizaron trapeadores y trapos, y antes de que cayera la noche, aquel sábado al atardecer, el edificio estaba listo para los servicios de adoración del día de reposo.

Siento una humilde gratitud, respeto y admiración por los obispos de esta Iglesia. Los observé, en medio de las más desesperadas circunstancias, en La Lima, Honduras. Hablé con ellos, les estreché la mano, con profundo afecto. Cuán agradecido estoy por estos hombres que, olvidándose de su propia comodidad, dan de su tiempo, de su sabiduría, de su inspiración al presidir nuestros barrios en todo el mundo. Ellos no reciben más compensación que el amor de su gente. No hay descanso para ellos en el día de reposo, ni tampoco mucho descanso en las demás ocasiones. Son los que están más cerca de las personas y los que mejor conocen las necesidades y las circunstancias de ellas.

Los requisitos del oficio de ellos son hoy día los mismos de la época de Pablo, que escribió a Timoteo:

“Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar;

“no dado al vino, no pendenciero [o sea, una persona que no es violenta]… sino … apacible, no avaro …” (1 Timoteo 3:23).

En su epístola a Tito, Pablo añade que “es necesario que el obispo sea irreprensible, como administrador de Dios …

“retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen” (Tito 1:7, 9).

Durante todos los años de mi niñez y de mi juventud, incluso hasta la época en la que fui ordenado élder y regresé de la misión, tuve sólo un obispo. Era él un hombre notable. Fue obispo durante veinticinco años. Nosotros lo conocíamos y él nos conocía a nosotros. Siempre le llamábamos “Obispo Duncan”, y él siempre nos llamaba por nuestro nombre de pila. Sentíamos un gran respeto por él, un respeto casi reverente; pero no le teníamos miedo, pues sabíamos que era nuestro amigo. Su barrio era muy grande, y cuán eficazmente sirvió a su gente.

Hablé en su funeral. Después de mi propio padre, probablemente fue él quien ejerció la mayor influencia en mi joven vida. ¡Qué agradecido estoy por él!

Desde entonces, he tenido varios obispos. Sin excepción, cada uno de ellos ha sido un dedicado e inspirado líder.

Ahora quisiera decir unas pocas palabras directamente a los obispos que se encuentran con nosotros esta noche. Y gran parte de lo que les diga a ustedes puede aplicarse también a los presidentes de estaca y a otros hermanos que tienen llamamientos semejantes. Espero que sepan que llevo en el corazón un gran sentimiento de amor por ustedes. Sé que su gente los ama. La confianza que se ha depositado en ustedes es formidable. Al llamarlos, hemos puesto en ustedes nuestra confianza absoluta. Esperamos que sean el sumo sacerdote presidente del barrio, consejero de la gente, defendedor y auxiliador de los que tengan problemas, consolador de los que tengan pesares, abastecedor de los necesitados. Esperamos que sean el guardián y el protector de la doctrina que se enseñe en su barrio, de la calidad de la enseñanza que se imparta, de que se llenen los diversos oficios que sean necesarios.

Su conducta personal debe ser impecable. Deben ustedes ser hombres de integridad, irreprochables en todo sentido. El ejemplo de ustedes servirá de guía a su gente. Ustedes deben ser intrépidos al denunciar el mal, estar dispuestos a defender el bien, ser inflexibles al defender la verdad. Si bien todo eso requiere firmeza, debe hacerse con bondad y con amor.

Ustedes son el padre del barrio y el guarda de los miembros de él. Deben tenderles la mano en los momentos de pesar, de enfermedad y de angustia. Ustedes son el presidente del Sacerdocio Aarónico y, con sus consejeros, deben dar dirección a los diáconos, a los maestros y a los presbíteros para asegurarse de que estén progresando en “disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:4).

Ustedes son marido de su esposa, su amada compañera, su protector y su proveedor. Ustedes son el padre de sus hijos y deben criarlos con amor y enseñarles con aprecio.

Pueden esperar que el adversario se ocupe de ustedes. Ustedes, de todos los hombres, deben ejercer la autodisciplina, mantenerse muy lejos del pecado y de la maldad de cualquier tipo en su propia vida. Deben rehuir la pornografía, apagar el televisor cuando transmita espectáculos obscenos, ser puros de pensamiento y de hechos.

No pueden ustedes valerse de su oficio para promover sus negocios entre su gente, no sea que alguien los acuse de aprovecharse de su calidad de obispo.

Ustedes son un juez común en Israel. Ésta es una responsabilidad casi aterradora. En algunos casos, ustedes deben determinar la idoneidad de su gente para ser miembros de la Iglesia; deben determinar la dignidad de ellos para recibir el bautismo, su dignidad para ser ordenados al Sacerdocio Aarónico, su idoneidad para ir a la misión y, sobre todo, su idoneidad para entrar en la casa del Señor y participar de las bendiciones que allí se dan. Ustedes deben encargarse de que nadie pase hambre, de que nadie carezca de ropa o de techo. Deben estar al tanto de las circunstancias de todas las personas a las que presiden.

Deben ser un consuelo y una guía para su gente. Su puerta debe estar siempre abierta para ayudar a los que pidan auxilio. Deben ser fuertes para ayudar a las personas a llevar sus cargas. Deben mostrar amor aun a los que hagan mal.

Mis hermanos, suplico que las bendiciones del Todopoderoso estén con ustedes en la gran responsabilidad que tienen. Que Dios los bendiga con salud y con fortaleza. Que El les agilice la mente con sabiduría y con entendimiento, con aprecio y con amor. Que los intereses de su gente sean la preocupación preponderante de su vida, sin sacrificar las exigencias de su empleo ni la debida atención que deben dar a su familia.

Doy gracias al Señor por cada uno de ustedes. Los amo por lo que hacen. Ruego por ustedes, por cada uno de ustedes, dondequiera que estén. Les suplico que se protejan de los dardos del adversario. Les aconsejo que se vistan de toda la armadura de Dios.

Que las bendiciones del cielo desciendan sobre sus esposas y sus hijos. Algún día serán relevados de su cargo y ése será un día de tristeza. Los recuerdos de su gente pervivirán a lo largo de toda su vida y santificarán sus días, y les brindarán paz, reposo y alegría. Dios los bendiga mis amados hermanos, ruego humildemente, en el nombre de Jesucristo. Amén.

El Obispo Y Sus Consejeros

Boyd K. Packer

“La Iglesia no es más grande que un barrio … Todo lo necesario para nuestra redención, con excepción del templo, se encuentra en el barrio. Y ahora estamos teniendo templos cada vez más cercanos”.

 

Anoche en la sesión del sacerdocio, el presidente Hinckley rindió tributo a nuestros obispos, los aconsejó y les dio una bendición. Según la regla de los dos testigos que nos explicó el élder Oaks ayer, yo soy un segundo testigo.

Hace algunos años serví con Emery Wight en un sumo consejo de estaca. Durante 10 años, Emery había servido como obispo del Barrio Harper, en una zona rural. Lucille, su esposa, fue nuestra presidenta de la Sociedad de Socorro de estaca.

Lucille me contó que una mañana de primavera fue a su casa un vecino que quería hablar con Emery. Ella le dijo que su esposo se encontraba arando. El vecino entonces le confió su preocupación. Más temprano esa mañana, al pasar por el campo notó que, en un surco a medio terminar, la yunta de caballos de Emery estaba inmóvil y con las riendas recogidas sobre el arado. Pero Emery no se encontraba allí. El vecino no pensó que ocurriera nada malo hasta que, más tarde, cuando volvió a pasar por el campo, vio que la yunta no se había movido de allí. Él saltó la cerca y cruzó el campo hasta donde se hallaban los caballos, pero Emery no estaba por ningún lado; entonces corrió de inmediato a hablar con Lucille.

Con mucha calma, Lucille le respondió: “Ah, no se preocupe; sin duda alguien ha tenido algún problema y vino a buscar al obispo”.

La sola imagen de aquella yunta de caballos parada en medio del campo durante horas simboliza la devoción de los obispos de la Iglesia y de los consejeros que les ayudan. Bien podría decirse, en sentido figurado, que todo obispo y todo consejero deja su yunta en un surco a medio terminar cuando alguien necesita su ayuda.

A través de los años, he pasado muchas veces por ese campo. Es un recordatorio del sacrificio y del servicio de aquellos que son llamados a servir en los obispados de barrio, y también de sus esposas y familiares sin cuyo sostén no podrían servir.

Recientemente, un domingo de mañana muy temprano, estuve en aquel mismo campo. Miré hacia el hogar en el que Emery y Lucille criaron a sus hijos y hacia las colinas al fondo del mismo. Cuando era muchacho, salí de la casa del obispo Wight con otros Scouts; caminábamos hasta las montañas y Emery iba enseñándonos a cada paso de la jornada.

Pablo escribió: “Es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar”.

Esas palabras, apto para enseñar, tienen un significado especial. Apto quiere decir “hábil, bien dispuesto, preparado”1.

No hay nada en todo el mundo que pueda compararse al oficio de obispo en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Con excepción de los padres, el obispo tiene la mejor oportunidad para enseñar y disponer que se enseñen las cosas de mayor significado. El obispo tiene la extraordinaria oportunidad de enseñar a los padres en cuanto a sus responsabilidades; y entonces debe facilitarles el tiempo necesario para que ellos enseñen a sus hijos.

El obispo es responsable de los hombres jóvenes del Sacerdocio Aarónico y también de las mujeres jóvenes. Es él quien recibe y da cuenta de los diezmos y de las ofrendas. El es responsable de los asuntos temporales de la Iglesia, de visitar a los pobres, y tiene muchos otros deberes.

El obispo ha de “juzgar a su pueblo por el testimonio de los justos, y con la ayuda de sus consejeros, conforme a las leyes del reino dadas por los profetas de Dios”2. Debe juzgarlo en base a la dignidad de cada uno para recibir las ordenanzas y servir en llamamientos.

El obispo debe aconsejar y corregir, y predicar el Evangelio a su rebaño, individual y colectivamente. En todo esto, debe enseñarles el Evangelio de Jesucristo, la Crucifixión, la Expiación, la Resurrección y la Restauración.

He oído que suele describirse esto como un servicio voluntario porque ni el obispo ni sus consejeros reciben remuneración alguna por lo que hacen. También ellos pagan

diezmo y ofrendas y dedican horas interminables a sus llamamientos. Se les paga sólo con bendiciones, tal como a todos los que con ellos prestan servicio.

Pero nadie se ofrece voluntariamente ni aspira a ser obispo. Es llamado a ser obispo, “llamado por Dios, por profecía”. Y entonces es ordenado y apartado mediante “la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas”.3

Un hombre es ordenado obispo, un oficio en el sacerdocio; entonces es apartado y se le otorgan las llaves para presidir un barrio. Él y sus dos consejeros forman un obispado, que es un tipo de presidencia.

Una vez ordenado, ese hombre es obispo por el resto de su vida. Cuando se le releva de presidir un barrio, su ordenación permanece en estado latente. Si fuere llamado nuevamente a presidir un barrio, su previa ordenación es reactivada; cuando se le releve, vuelve a quedar en estado latente.

Como parte inherente de la ordenación para ser obispo se otorga el derecho y la obligación de ser dirigido por inspiración. El obispo tiene el poder para discernir mediante el Espíritu en cuanto a sus deberes.

La revelación es una credencial que todos los obispo tienen en común. Los obispos provienen de diferentes culturas y ocupaciones. Varían en experiencia, personalidad y edad, pero no difieren en relación con su derecho de ser guiados espiritualmente.

Años atrás, uno de mis amigos fue a una importante universidad a estudiar bajo la tutela de una destacada autoridad en materia de consejo y asesoramiento. Su profesor se interesó sin demora en este amable e inteligente joven Santo de los Últimos Días, quien se destacaba al realizar las tareas requeridas del curso para recibir su doctorado.

Había decidido emplear al obispo de la Iglesia como tema central de su disertación. Todo anduvo bien hasta que describió la ordenación de obispo, el poder de discernimiento y el derecho de todo obispo a recibir guía espiritual.

El comité del doctorado estimó que tales referencias no pertenecían en una disertación escolástica e insistió en que las suprimiera. Pensó entonces que podría al menos mencionar que los Santos de los Últimos Días creen que el obispo posee discernimiento espiritual, pero el comité le negó también esto porque les perturbaba que un ingrediente espiritual como ése formara parte de una disertación pedagógica.

Se le dijo que si estaba dispuesto a hacer algunas concesiones-específicamente, si dejaba de lado toda referencia acerca de la revelación- podrían publicarle su disertación y afianzar su reputación.

Mi amigo hizo todo lo que pudo hacer. Su disertación no contenía lo suficiente acerca del Espíritu como para satisfacerlo y demasiado para que sus mundanales profesores lo aceptaran completamente. Pero al fin recibió su doctorado.

Le pregunté a mi amigo qué fue lo más importante que aprendió en su estudio acerca de los obispos, y me contestó: “Aprendí que el manto de su autoridad es mucho mayor que el intelecto, que el sacerdocio es el poder que guía”.

No duden que un alma simple que sea llamada de entre los miembros de la Iglesia a servir como obispo pueda ofrecerles consejos y corrección inspirados. Desafortunadamente, algunas personas a las que se les podría ayudar mucho vacilan en procurar el consejo de su obispo, mientras que otras parecen necesitar su consejo y consuelo y se sienten abandonadas cuando no se las atiende constantemente.

¡Los obispos son inspirados! Cada uno de nosotros tiene el albedrío para aceptar o rechazar el consejo de nuestros líderes, pero nunca hagan caso omiso del consejo de sus obispos, ya sea que lo impartan desde el púlpito o en persona, y nunca rechacen un llamamiento de sus obispos.

El mundo puede ser duro, la vida puede ser dura, y en cierto sentido aún más dura en la Iglesia. Eliza R. Snow escribió lo siguiente:

“Al congregarnos en Sión

no esperen que se habrán terminado los problemas;

que sólo consuelo y placeres nos esperan allí sin dilación:

No, pues allí tendremos pruebas; allí sufriremos probaciones.

Allí serán diferenciadas las malas espigas de las buenas.

“Al congregarnos en Sión

no esperen que los Santos no tendrán que laborar,

y que sólo tendrán que preocuparse por su propio regocijo y bienestar.

No, todo aquel que sea fiel y dedicado

tendrá que trabajar y contribuir al cabal recogimiento de Israel

y lograr con ello ser feliz”4.

Cuando necesitemos ayuda, allí estará el obispo; pero tengan cuidado de no exigir demasiado de su tiempo. Hay límites en lo que un obispo puede hacer. Los miembros de un obispado necesitan dedicar tiempo a ganarse la vida y a atender a sus respectivas familias.

Con frecuencia se nos pregunta cómo es que relativamente pocos Apóstoles de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce pueden administrar la Iglesia, ahora con más de 10 millones de miembros.

En realidad, la Iglesia no es más grande que un barrio. Cada obispo tiene consejeros. Lleva consigo un manto especial y se le ha designado como el sumo sacerdote presidente en el barrio. Hay otros sumos sacerdotes y una presidencia de élderes. Hay suficientes líderes y maestros de organizaciones auxiliares para todo lo necesario. Cuando servimos con obediencia y buena disposición, recibimos nuestra paga, como la del obispo, en forma de bendiciones.

No importa si la Iglesia aumenta hasta llegar a los cien millones (¡y por supuesto que aumentará!), todavía continuará siendo como un barrio. Todo lo necesario para nuestra redención, con excepción del templo, se encuentra en el barrio. Y ahora estamos teniendo templos cada vez más cercanos.

Un determinado número de barrios se agrupa bajo la protección de las estacas, y las ramas bajo los distritos. Hay una presidencia de estaca y un consejo diseñados para adiestrar a los obispados y a otros líderes para capacitar a quienes sirven con ellos.

Esta organización, existente en todo el mundo, es el producto de la restauración del Evangelio de Jesucristo. Este milagro del servicio voluntario es posible gracias a los testimonios individuales en cuanto al Redentor.

La revelación, evidente cuando se diseñó este sistema, no terminó allí porque su propósito es la protección de las familias. Las familias se agrupan a nivel de barrio o de rama.

El obispo tiene la responsabilidad de ver que cada familia se vincule mediante convenios sempiternos, y para la seguridad y felicidad de cada uno de sus integrantes. El sistema funciona mejor cuando el obispo reconoce la preeminente responsabilidad de los padres.

Aunque al obispo a veces se le llame “el padre del barrio”, debemos recordar que a él no se le ha llamado para criar a los niños del barrio.

Nuestros manuales declaran:

“Los padres tienen la responsabilidad primordial del bienestar de sus hijos.4 El obispado y otros líderes del barrio los apoyan pero no les substituyen en tal responsabilidad”5.

“Los quórumes, las organizaciones auxiliares, los programas y las actividades de la Iglesia deben fortalecer y apoyar a las familias. Deben fomentar las actividades familiares centradas en el Evangelio y no competir con ellas”6.

La Primera Presidencia escribió recientemente a los miembros de la Iglesia:

“El hogar es el fundamento de una vida justa y ningún otro medio puede ocupar su lugar ni cumplir sus funciones en el cumplimiento de las responsabilidades que Dios les ha dado …

“… Sin importar cuán dignas y apropiadas puedan ser otras exigencias, no se les debe permitir que desplacen los deberes divinamente asignados que sólo los padres y las familias pueden llevar a cabo en forma adecuada”7.

Las familias, al igual que los barrios, varían en número y tamaño. El tiempo sigue su marcha y una generación reemplaza a otra. Los niños nacen y maduran hasta llegar a ser padres y luego abuelos. Una familia se divide para formar otras. Los barrios crecen y se dividen. Donde antes existía uno solo, ahora hay otros.

No importa lo que suceda en el mundo, no importa el nivel de civilidad o de depravación que se manifieste en la sociedad, el plan permanece inalterable. La Iglesia progresará hasta cubrir toda la tierra. Y aún así continuará siendo no más amplia que un barrio.

La Iglesia proporciona actividades, asociaciones, ordenanzas, ordenaciones, convenios, contratos y correcciones, todo lo cual nos prepara para la exaltación. Se ajusta a un modelo preparado en los cielos, porque no existe mente humana que podría haberlo diseñado.

En la actualidad y para siempre jamás, hombres comunes dejarán sus yuntas en surcos sin terminar, con las riendas recogidas sobre el arado, cuando alguien necesite su ayuda. Las esposas y los hijos sirven con ellos y los mantienen unidos con las verdades tomadas de los libros de revelaciones, siendo el más precioso de todos ellos el Libro de Mormón, el cual testifica de Cristo, de la Expiación y de Su Resurrección. Y yo doy testimonio de Él. Protegidos en el barrio, dentro del plan que Él reveló, nosotros y nuestras familias estaremos a salvo. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. I Timoteo 3:2.

  2. D. y C. 58:18; cursiva agregada.

  3. Artículos de Fe 1:5.

  4. “Think not, When You Gather to Zion”, Himnos, 1948, pág. 21, estrofas 1, 3.

  5. Véase D. y C. 68:25-28.

  6. Manual de Instrucciones de la Iglesia, Libro 2: Líderes del sacerdocio y de las Organizaciones Auxiliares 1998, pág. 178.

  7. Manual de Instrucciones de la Iglesia, pág. 299.

  8. Carta de la Primera Presidencia, 11 de febrero de 1999.