Cómo encontré a Cristo en Capernaum

Por Jason Jones.

Después de años de planear y de prepararnos, por fin me encontré en camino hacia la Tierra Santa con familiares y amigos cercanos. Al llegar cerca del Mar de Galilea, estábamos deseando ver Capernaum.

En el libro de Mateo, se nos dice que después de que la gente rechazó a Cristo en Nazaret, Su pueblo natal, el Salvador hizo de Capernaum “su ciudad” (Mateo 9:1). Fue allí y en las orillas del Mar de Galilea que Él llamó a Pedro, a Santiago, a Juan, a Andrés y después a Mateo para ser Sus discípulos (véase Mateo 4:18–22; 9:9).

El nombre Capernaum significa “villa de Nahum”, o villa de consuelo. Ciertamente Cristo tuvo compasión de la gente de aquella ciudad y los confortó y consoló echando fuera demonios, sanando “a todos los enfermos” e incluso levantando a los muertos (véase Mateo 8:16; Marcos 5:35–42). Aunque después reprendió a los habitantes de Capernaum por haberlo rechazado, Cristo probablemente haya efectuado allí más milagros que en cualquier otra parte.

En Capernaum exploramos ruinas y anduvimos por los viejos caminos de la ciudad, maravillados de pensar en los acontecimientos de los que aquel pueblecito fue testigo (véase Mateo 11:23). Más tarde, me detuve y me senté bajo un árbol, reflexionando mientras contemplaba el Mar de Galilea; pero mis grandes expectativas de sentir que los sucesos que se relatan en las Escrituras cobraran vida todavía no se habían visto satisfechas. A pesar de la forma en que me había preparado para el viaje, de mi sinceridad en buscar a Cristo y de la determinación que por fin nos había llevado allí, sentía un vacío que me pesaba en el corazón.

Aquel lugar en donde Cristo había bendecido a tanta gente, ¿por qué no podía ser una bendición también para nosotros? Mientras luchaba con mis sentimientos, sentí gran deseo de leer las Escrituras. Pregunté a todos los que formaban parte del grupo, y lamentablemente ninguno había llevado una Biblia; pero afortunadamente, uno de ellos tenía una pequeña computadora de mano que contenía una versión electrónica de las Escrituras, así que en seguida nos reunimos a escuchar mientras alguien leía pasajes de los capítulos 4 de Mateo y 5 de Marcos, en los que se habla del Salvador en Capernaum.

Tan pronto como nos concentramos en las Escrituras, el vacío que había sentido fue reemplazado por un testimonio reconfortante del amor del Salvador y de la realidad de los acontecimientos sobre los cuales las Escrituras atestiguan. Habíamos ido a Capernaum en busca de Cristo, pero no lo encontramos sino hasta que escudriñamos las Escrituras; no fue el entorno físico lo que nos testificó, sino el Espíritu Santo.

El estudio de las Escrituras se puede complementar con historia, libros de comentarios, explicaciones idiomáticas y, de vez en cuando, con un viaje a lugares históricos, pero nada substituye el aprender directamente del Espíritu a medida que nos enfrascamos en ellas. Los hijos de Mosíah, que “habían escudriñado diligentemente las Escrituras para conocer la palabra de Dios” (Alma 17:2), son un ejemplo de ese principio.

Que el estudio diario de las Escrituras sea el centro de nuestra búsqueda de Cristo, porque ése es verdaderamente el mejor lugar donde encontrarlo.

El rescate del colibrí

Por William Hoggan

El autor vive en California, EE. UU.

Al rescatar un colibrí, aprendimos cómo ayudar a las personas espiritualmente débiles.

Durante el campamento de Mujeres Jóvenes en las montañas de California, jóvenes y líderes esperábamos la cena en el refugio. Mientras aguardábamos, algunas jóvenes vieron algo debajo de una mesa. De algún modo, un colibrí había entrado en la cabaña, no pudo encontrar la salida y finalmente cayó al suelo. Me pidieron que las ayudara.

El pájaro parecía estar a punto de morir; tenía el pico cubierto de telarañas y las plumas torcidas. Lo coloqué suavemente en una taza y lo llevé afuera. Esperaba que se recuperara por sí mismo pero, siendo realista, supuse que pronto moriría. Sin embargo, cuando incliné la taza para depositar con suavidad el colibrí en la tierra, éste, al deslizarse, se sujetó al borde de la taza con sus diminutas garras. Enderecé la taza y el pájaro se posó en el borde, con los ojos cerrados. ¿Y ahora qué?

Al ver el pájaro, una líder mezcló una solución de azúcar y agua y me la llevó. Primero retiré las telarañas del afiladísimo pico; el pájaro ni se inmutó. Después metí un dedo en el agua dulce, tomé una gota y la acerqué a la punta del pico. La gota desapareció, aun cuando el pájaro no se movió. ¿Se habría escurrido la gota por el pico? Volví a mojar el dedo y lo acerqué al pico del pájaro. Esta vez, una diminuta lengua, más fina que un cabello, lamió la punta de mi dedo.

Durante diez o quince minutos, el colibrí bebió una gota tras otra. Para entonces, varios líderes se habían juntado a mi alrededor y dejé que lo alimentaran.

De pronto, el pájaro abrió los ojos y sus arrugadas plumas se acomodaron al instante. Tras beber unas cuantas gotas más, comenzó a batir las alas, las movió durante un segundo y voló derecho hacia arriba. Por un instante voló sobre nosotros, y luego salió disparado como una bala.

Nos quedamos ahí, estupefactos. Entonces, tan repentinamente como el pájaro había salido volando, percibimos las lecciones espirituales:

  • Con frecuencia, al tender una mano a los menos activos, nuestros empeños no parecen marcar una diferencia; pero el amor que ofrecemos se cuela por cada grieta, como el néctar por el inmóvil pico del colibrí, y proporciona nutrición espiritual que un día producirá resultados.

  • En ocasiones, no podemos avanzar por nosotros mismos; necesitamos una mano amable y bondadosa que nos ayude.

  • Algunas veces, las personas se ven enredadas en las telarañas del pecado o de la adicción, y necesitan el socorro de un amigo o líder del sacerdocio y la ayuda del Salvador para librarse.

  • A fin de perseverar, necesitamos nutrición espiritual constante; de otro modo nos quedamos sin fuerza espiritual y somos víctimas de las malas influencias.

  • El colibrí siguió aferrado; literalmente. El aferrarse fue lo que marcó toda la diferencia. A veces, simplemente tenemos que perseverar con fe a medida que nos enfrentamos a los dolorosos y en ocasiones trágicos desafíos de la vida.

En el Nuevo Testamento dice que el Señor está al tanto aun de la caída de un pajarillo (véase Mateo 10:29–31). Ahora sé que también está al tanto de la caída de un colibrí; y Él está al tanto de ti.