Pequeñas decisiones, grandes consecuencias

Por el élder Massimo De Feo

De los Setenta

¿Cómo responderemos cuando el mundo nos pregunte si también queremos irnos?

Desde mi infancia, siempre me ha gustado mucho el Nuevo Testamento. Me encanta leer cómo enseñaba el Salvador a Sus discípulos principios eternos que les cambiaron la vida para siempre.

También me resulta fascinante ver cómo esos mismos principios han cambiado mi vida en tantos aspectos. Una y otra vez, he visto que cuando aplicamos las enseñanzas del Maestro, nuestras decisiones personales, por pequeñas que sean, suelen dar lugar a grandes consecuencias.

Mi “pequeña” decisión

Hace muchos años, como nuevo directivo, viajé a Sudamérica para asistir a un importante seminario de trabajo organizado por altos funcionarios de la agencia gubernamental para la cual trabajaba.

La primera noche, al final de la conferencia, el “jefe más alto” de la agencia anunció una actividad especial para esa misma noche. Convencido de que todos apreciarían su propuesta, aquel hombre declaró con orgullo: “Para demostrarles lo mucho que los apreciamos, esta noche los invitamos a una salida especial, a visitar los bares de la ciudad, que son famosos por un cóctel especial. Todos probaremos las distintas versiones de esa bebida y votaremos para decidir qué bar elabora la mejor versión. Habrá un concurso y un ganador; y no se preocupen, yo pago todo, es un regalo especial que les hago”.

Mientras todos aplaudían su plan, añadió una pregunta retórica: “¿Hay alguien que no vaya a venir? ¡Que hable ahora o calle para siempre!”.

Mientras todos aplaudían de nuevo, yo pensaba lo vergonzoso que sería decir algo delante de todas esas personas y contradecir la idea del jefe de que se trataba de un ofrecimiento increíble.

Sin embargo, en solo unos segundos tomé una decisión. Levanté la mano y fui el único que lo hizo. Él, con un tono intimidatorio, me preguntó qué quería decir. ¡Nunca en mi vida había escuchado un silencio tan profundo!

Le dije: “Señor, le agradezco su generoso ofrecimiento, pero no voy a unirme a ustedes esta noche”.

Tras otro silencio, aun más intenso de lo que yo creía posible, él me preguntó: “¿Por qué?”. En ese momento, podría haber encontrado varias buenas excusas, por ejemplo, que estaba enfermo o que tenía que hacer una llamada telefónica importante al otro lado del mundo, o cualquier otra razón que me hubiera ahorrado un evidente bochorno. Pero dije simplemente la verdad: que como miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, no bebo alcohol.

“Nos divertiremos sin usted”

Tras sopesarlo un momento, finalmente dijo: “Entonces nos divertiremos sin usted”. Y a los demás, les dijo: “Síganme. ¡Vamos a divertirnos! Dejémoslo solo”.

Todavía recuerdo el eco de sus risas cuando salían de la sala de conferencias y yo me quedé allí solo. Me di cuenta de que, muchas veces, escoger al Señor, tal como enseñó el presidente Thomas S. Monson (1927–2018), consiste en escoger “el difícil bien en lugar del fácil mal”1, aunque uno corra el riesgo de quedarse solo.

Al ir hacia mi habitación, recuerdo que escuché una nítida voz en mi mente: “¿También tú quieres ir?”. Me quedé desconcertado un momento, pero luego, de repente, recordé las palabras que Simón Pedro le dijo al Salvador. A una pregunta, Pedro respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68).

Al experimentar una nueva paz, sentí como si estuviera rodeado de ángeles que me sostenían. Aunque estaba solo, no me sentía solo. Al escoger al Señor y defender mis principios, vi que cuando escogemos al Señor quizás nos quedemos solos en el mundo, pero el Salvador nunca nos abandonará.

Pequeñas, pero grandes

Las decisiones que tomamos cada día tal vez parezcan pequeñas, pero siempre conllevan implicaciones reales y grandes consecuencias, para bien o para mal.

De hecho, unos años después de aquel memorable día, ese mismo jefe visitó nuestra oficina en Roma. Seguía siendo el mismo hombre, repleto de poder y autoridad. Una vez más, a todos nos pareció una persona intimidatoria.

En esa ocasión, después de las reuniones, se acercó a mí con una actitud distinta. Fue sorprendentemente amable y me dijo que todavía recordaba el día en que yo defendí mis creencias. Luego, para mi sorpresa, me preguntó si quería convertirme en el director de la agencia para toda Europa, algo que constituía una enorme oportunidad para mi carrera profesional. Mientras intentaba convencerme de que el nuevo puesto de trabajo resultaba atractivo en términos de sueldo, viajes y ventajas, lo que realmente marcó la diferencia fue algo que me dijo: “No solo nos fijamos en las buenas aptitudes; necesitamos personas íntegras, que defiendan sus principios. Necesitamos personas como usted”.

Me sorprendió oír esas palabras y ver que mi pequeña decisión de defender mis creencias, tomada años antes, había producido una gran impresión en él. Con el tiempo, mi pequeña decisión dio lugar a una gran bendición para mí, tanto en lo temporal como en lo espiritual. Irónicamente, como parte de mi nueva asignación, me convertí también en el supervisor de la mayor parte de los directivos que años antes se habían reído de mí.

La decisión correcta

El presidente Monson afirmó: “Al contemplar las decisiones que tomamos en nuestra vida cada día —elegir entre una cosa o la otra—, si escogemos a Cristo, habremos tomado la decisión correcta”2.

El apóstol Pablo también enseñó que escoger al Señor siempre es la mejor opción posible, a pesar de lo difícil que pueda resultar esa opción: “Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas obrarán juntamente para su bien” (Romanos 8:28).

En efecto, las decisiones que tomemos cada día determinarán aquello en lo que nos convertiremos. Si escogemos al Señor, tal como dijo el presidente Monson, “habremos tomado la decisión correcta”, porque, como declaró Pablo, “para los que aman a Dios, todas las cosas obrarán juntamente para su bien”.

En muchas ocasiones dudamos en tomar las decisiones correctas porque intentamos complacer al Señor sin ofender a Satanás; pero no podemos complacer a Dios sin molestar a Satanás. Sencillamente, no podemos servir a dos señores. En definitiva, nuestra decisión siempre será si deseamos vivir los dos primeros mandamientos con la prioridad correcta: servir primero a Dios y después a nuestro prójimo, o poner el segundo mandamiento antes que el primero, intentando complacer a los demás antes que a Dios (véase Mateo 22:37–39).

Ser testigos

El convenio más universal que hacemos al bautizarnos es “ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que [estemos]” (Mosíah 18:9; cursiva agregada). Ese convenio es una decisión que tomamos una sola vez y para siempre: defender nuestras creencias como testigos de Dios en todo momento de nuestra vida. La bendición que se nos promete es que el Espíritu se derramará más abundantemente sobre nosotros (véase Mosíah 18:10).

El mundo, nuestros colegas y las personas que no comparten nuestros valores siempre ejercerán algún tipo de presión sobre nosotros; presión que llega cuando nos esforzamos por vivir una ley celestial en un mundo telestial. Sin duda, no resulta fácil vivir con rectitud en un mundo inicuo. A veces puede parecernos enormemente difícil; otras veces puede parecernos un conflicto diario; pero tenemos la promesa de que recibiremos el Espíritu más abundantemente al ser testigos verdaderos de Cristo. Cuando oramos al Padre Celestial, Él nos bendice con el poder del Espíritu Santo, el cual nos proporciona esa ayuda extra tan vital que necesitamos. La gracia divina cubrirá la inevitable distancia espiritual que todos experimentamos como seres imperfectos que intentan alcanzar un lugar más alto y más santo.

Consecuencias eternas

Las decisiones que pueden parecer pequeñas en su momento podrían, de hecho, tener consecuencias eternas. Pero, como hemos hecho un convenio, tenemos una promesa. Cuando escogemos al Señor —cuando somos testigos en todo tiempo, en todas las cosas y en todo lugar—, todas las cosas obran conjuntamente para el bien de quienes aman al Señor. Al escoger al Señor, aunque es posible que a veces tengamos que quedarnos solos, nos rodearán ángeles que nos sostendrán, y ya no nos sentiremos solos (véase Doctrina y Convenios 84:88).

Testifico solemnemente que en esos sagrados momentos de las decisiones pequeñas, pero con grandes consecuencias, únicamente podremos hallar paz y reposo por medio del Padre Celestial y de Su Hijo, Jesucristo. En muchas ocasiones se nos pedirá escoger entre ir con el mundo o defender nuestros principios. ¿Cómo responderemos cuando se nos pregunte si también queremos irnos? ¿Nos iremos con el mundo o permaneceremos con el Señor? ¿Nos quedaremos callados y se actuará sobre nosotros, o defenderemos nuestras creencias y actuaremos por nosotros mismos?

Escojamos siempre al Señor y respondamos de buena gana: “¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. Entonces disfrutaremos de las bendiciones de nuestras decisiones justas, temporal y espiritualmente, en esta vida y por toda la eternidad.

Cómo encontré a Cristo en Capernaum

Por Jason Jones.

Después de años de planear y de prepararnos, por fin me encontré en camino hacia la Tierra Santa con familiares y amigos cercanos. Al llegar cerca del Mar de Galilea, estábamos deseando ver Capernaum.

En el libro de Mateo, se nos dice que después de que la gente rechazó a Cristo en Nazaret, Su pueblo natal, el Salvador hizo de Capernaum “su ciudad” (Mateo 9:1). Fue allí y en las orillas del Mar de Galilea que Él llamó a Pedro, a Santiago, a Juan, a Andrés y después a Mateo para ser Sus discípulos (véase Mateo 4:18–22; 9:9).

El nombre Capernaum significa “villa de Nahum”, o villa de consuelo. Ciertamente Cristo tuvo compasión de la gente de aquella ciudad y los confortó y consoló echando fuera demonios, sanando “a todos los enfermos” e incluso levantando a los muertos (véase Mateo 8:16; Marcos 5:35–42). Aunque después reprendió a los habitantes de Capernaum por haberlo rechazado, Cristo probablemente haya efectuado allí más milagros que en cualquier otra parte.

En Capernaum exploramos ruinas y anduvimos por los viejos caminos de la ciudad, maravillados de pensar en los acontecimientos de los que aquel pueblecito fue testigo (véase Mateo 11:23). Más tarde, me detuve y me senté bajo un árbol, reflexionando mientras contemplaba el Mar de Galilea; pero mis grandes expectativas de sentir que los sucesos que se relatan en las Escrituras cobraran vida todavía no se habían visto satisfechas. A pesar de la forma en que me había preparado para el viaje, de mi sinceridad en buscar a Cristo y de la determinación que por fin nos había llevado allí, sentía un vacío que me pesaba en el corazón.

Aquel lugar en donde Cristo había bendecido a tanta gente, ¿por qué no podía ser una bendición también para nosotros? Mientras luchaba con mis sentimientos, sentí gran deseo de leer las Escrituras. Pregunté a todos los que formaban parte del grupo, y lamentablemente ninguno había llevado una Biblia; pero afortunadamente, uno de ellos tenía una pequeña computadora de mano que contenía una versión electrónica de las Escrituras, así que en seguida nos reunimos a escuchar mientras alguien leía pasajes de los capítulos 4 de Mateo y 5 de Marcos, en los que se habla del Salvador en Capernaum.

Tan pronto como nos concentramos en las Escrituras, el vacío que había sentido fue reemplazado por un testimonio reconfortante del amor del Salvador y de la realidad de los acontecimientos sobre los cuales las Escrituras atestiguan. Habíamos ido a Capernaum en busca de Cristo, pero no lo encontramos sino hasta que escudriñamos las Escrituras; no fue el entorno físico lo que nos testificó, sino el Espíritu Santo.

El estudio de las Escrituras se puede complementar con historia, libros de comentarios, explicaciones idiomáticas y, de vez en cuando, con un viaje a lugares históricos, pero nada substituye el aprender directamente del Espíritu a medida que nos enfrascamos en ellas. Los hijos de Mosíah, que “habían escudriñado diligentemente las Escrituras para conocer la palabra de Dios” (Alma 17:2), son un ejemplo de ese principio.

Que el estudio diario de las Escrituras sea el centro de nuestra búsqueda de Cristo, porque ése es verdaderamente el mejor lugar donde encontrarlo.