Cómo redescubrir el espíritu de la Navidad

 Presidente Thomas S. Monson

Hace años, cuando era un joven élder, se me llamó a mí y a otros a ir a un hospital de Salt Lake City para dar bendiciones a niños enfermos. Al entrar, vimos un árbol de Navidad adornado con luces brillantes y atractivas, y paquetes esmeradamente envueltos debajo de las ramas extendidas. Después recorrimos unos pasillos en los cuales niños y niñas —algunos con el brazo o la pierna enyesados, otros con enfermedades que tal vez no se pudieran curar muy rápido— nos recibieron con rostros sonrientes.

Un niñito, que estaba gravemente enfermo, me djio: “¿Cómo se llama?”.

Le dije mi nombre y él preguntó: “¿Me podría dar una bendición?”.

Le dimos una bendición y, cuando nos dimos la vuelta para irnos de su lado, nos dijo: “Muchas gracias”.

Dimos unos pasos y le oí decir: “Ah, hermano Monson, tenga una feliz Navidad”. Entonces se le dibujó una gran sonrisa en el rostro.

Ese niño tenía el espíritu de la Navidad. Ese espíritu navideño es algo que espero que todos nosotros tengamos en el corazón y en la vida; no sólo en esta época particular, sino también a lo largo de todo el año.

Cuando tenemos el espíritu de la Navidad, recordamos a Aquél cuyo nacimiento conmemoramos en esta época del año: “…que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:11).

En nuestros días, el espíritu de dar regalos ocupa un lugar importante en la conmemoración de la Navidad. Me pregunto si no será de provecho que nos preguntemos: ¿qué regalos querría el Señor que yo le diera a Él o a otras personas en esta preciada época del año?

Permítanme sugerir que a nuestro Padre Celestial le gustaría que cada uno de nosotros le entregase a Él y a Su Hijo la dádiva de la obediencia. También creo que nos pediría que diésemos de nosotros mismos y que no fuésemos egoístas, ni avaros, ni buscapleitos, tal como Su amado Hijo lo menciona en el Libro de Mormón:

“Porque en verdad, en verdad os digo que aquel que tiene el espíritu de contención no es mío, sino es del diablo, que… irrita los corazones de los hombres para que contiendan con ira unos con otros.

“He aquí, ésta no es mi doctrina, agitar con ira el corazón de los hombres, el uno contra el otro; antes bien mi doctrina es ésta, que se acaben tales cosas” (3 Nefi 11:29–30).

En esta maravillosa dispensación del cumplimiento de los tiempos, nuestras oportunidades de amar y dar de nosotros mismos son en verdad ilimitadas, pero también son perecederas. En estos días hay corazones que alegrar, palabras amables que decir, obras que realizar y almas que salvar.

Alguien que tuvo una cabal perspectiva del espíritu navideño escribió:

Soy el Espíritu de la Navidad…

Entro en el hogar de la pobreza, y hago que los niños empalidecidos abran grande los ojos, en encantada maravilla.

Hago que el puño cerrado del avaro se relaje, para así pintar de resplandor un rincón de su alma.

Hago que el anciano renueve su juventud y ría a la gozosa usanza de antaño.

Mantengo viva la fantasía en el corazón de la niñez, e ilumino el descanso con sueños tejidos de magia.

Hago que pies ansiosos asciendan escaleras oscuras con canastas rebosantes, dejando atrás corazones asombrados ante la bondad del mundo.

Hago que el pródigo detenga un momento su andar desenfrenado y de derroche, para enviar a un preocupado ser querido un detalle que desate lágrimas de alegría, lágrimas que hacen desaparecer las duras líneas del pesar.

Entro en lúgubres celdas de prisiones, recordando a hombres vapuleados lo que pudo haber sido, y señalándoles hacia adelante los días buenos aún por venir.

Entro sigilosamente en el hogar callado y pálido del dolor, y los labios débiles que ya no consiguen hablar, simplemente tiemblan en gratitud silenciosa y elocuente.

De mil maneras, hago que el mundo agotado eleve la mirada hacia la faz de Dios y que, por un momento, olvide las cosas insignificantes y desdichadas.

Soy el espíritu de la Navidad1.

Ruego que cada uno de nosotros descubra otra vez el espíritu de la Navidad, sí, el Espíritu de Cristo.

La realidad de la Navidad

Elder Gary E. Stevenson

Sin el nacimiento y la expiación del Salvador, no tendríamos Intercesor, ni Abogado ante el Padre, ni Mediador que hiciese posible que volviésemos a la presencia de nuestro amado Padre Celestial y viviésemos juntos como familias eternas.

Cuando mi padre era niño, vivía en un pueblito del centro del estado de Utah (Estados Unidos), cerca del Lago Utah. En los días previos a los pioneros, los indígenas cazaban y pescaban en esa región, y ciertos lugares alrededor del lago se hicieron famosos a causa de los que buscaban puntas de flechas.

Cuando mi padre tenía cinco años, los padres de su barrio, junto con sus hijos, fueron a una actividad al Lago Utah en busca de puntas de flechas. Después de que el grupo hubo pasado el día buscando, mi abuelo le preguntó a mi padre si había encontrado alguna punta.

“No, no encontré ninguna”, respondió mi padre. Entonces se metió la mano en el bolsillo y dijo: “Pero sí encontré esta bonita piedra que tiene forma de árbol de Navidad”.

Después de todo, mi padre había encontrado la punta de una flecha, pero no lo sabía; tenía en la mano una punta auténtica, pero no la reconoció.

Reconocer al Redentor

Para muchas personas hoy en día, la visión que tienen de lo que es real y más importante: Jesucristo, el Salvador del mundo, está nublada por cosas que no son reales.

Hace poco vi un programa de televisión sobre Jesucristo que cuestionaba si en realidad había nacido de la virgen María; incluso profesores eminentes de reconocidas instituciones de aprendizaje especulaban en cuanto a si eso sería cierto.

Respondiendo a esos escépticos, el presidente Ezra Taft Benson (1899–1994) dijo: “Los que se consideran eruditos tratan de convencernos de que el nacimiento divino de Cristo, tal como se proclama en el Nuevo Testamento, no fue para nada divino y que María no era virgen en el momento en que concibió a Jesús. Nos quieren hacer creer que José, el padre adoptivo de Jesús, era Su padre biológico y que, por lo tanto, Jesús era humano en todo atributo y característica. Aparentan ser generosos al alabarlo cuando dicen que fue un gran filósofo moral, tal vez el más grande de todos, pero el propósito fundamental de sus esfuerzos es repudiar el atributo divino de Jesús como hijo, ya que en esa doctrina se basan todas las demás afirmaciones del cristianismo”1.

He esquiado en nieve artificial, y he decorado árboles de Navidad artificiales con adornos artificiales en forma de tiritas de hielo. A veces puede resultar difícil discernir lo que es real, especialmente en una época en que abunda la realidad virtual. Entonces, ¿cómo sabemos qué es real? ¿Cómo obtenemos un testimonio de la realidad de Jesucristo?

Obtenemos un testimonio de lo que es real cuando leemos la palabra de Dios en las Escrituras, tanto antiguas como modernas. Aprendemos en cuando a la realidad del Salvador al escuchar a los profetas y apóstoles vivientes y al leer sus testimonios. Encontramos la verdad al orar “con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo” (Moroni 10:4). Descubrimos “la senda verdadera” al “creer en Cristo y no negarlo” y al “[inclinarnos] ante él y adorarlo con todo [nuestro] poder, mente y fuerza, y con toda [nuestra] alma” (véase 2 Nefi 25:29).

Profecías del nacimiento de Cristo

Abundan las Escrituras que profetizan el nacimiento de Cristo: la primera Navidad. Cuando leemos esas profecías de las Escrituras, quizás olvidemos que en verdad eran profecías. Nos proporcionan muchos detalles en cuanto a lo que iba a ocurrir pero que aún no había sucedido.

Ochocientos años antes del nacimiento de Cristo, Isaías dijo: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado estará sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6).

Seiscientos años antes del nacimiento del Salvador, Nefi describió una visión que tuvo de la madre del Hijo de Dios:

“…miré, y vi la… ciudad de Nazaret, y en ella vi a una virgen, y era sumamente hermosa y blanca…

“Y [el ángel] me dijo: “He aquí, la virgen que tú ves es la madre del Hijo de Dios…

“Y miré, y vi de nuevo a la virgen llevando a un niño en sus brazos.

“Y el ángel me dijo: ¡He aquí, el Cordero de Dios!” (1 Nefi 11:13, 18, 20–21).

Ciento veinticuatro años antes del nacimiento del Salvador, el rey Benjamín dijo:

“Porque he aquí que viene el tiempo, y no está muy distante, en que con poder, el Señor Omnipotente… descenderá del cielo entre los hijos de los hombres; y morará en un tabernáculo de barro, e irá entre los hombres efectuando grandes milagros…

“Y se llamará Jesucristo, el Hijo de Dios, el Padre del cielo y de la tierra, el Creador de todas las cosas desde el principio; y su madre se llamará María” (Mosíah 3:5, 8).

Ochenta y tres años antes del nacimiento de Cristo, Alma dijo: “Y he aquí, [el Hijo de Dios] nacerá de María, en Jerusalén, que es la tierra de nuestros antepasados… siendo ella virgen, un vaso precioso y escogido” (Alma 7:10).

Y sólo seis años antes de la primera Navidad, Samuel el Lamanita declaró:

“Y he aquí, esto os daré por señal al tiempo de su venida: porque he aquí, habrá grandes luces en el cielo, de modo que no habrá obscuridad en la noche anterior a su venida…

“Y he aquí, aparecerá una estrella nueva, tal como nunca habéis visto; y esto también os será por señal” (Helamán 14:3, 5).

Los judíos esperaban con anhelo ese grandioso acontecimiento; sabían que el Mesías vendría, y esperaban que viniera en gloria, que los librara temporalmente, que estableciera un reino terrenal y gobernara como Su rey.

¿Quiénes serían los primeros en enterarse del nacimiento del Mesías? ¿No serían los del Sanedrín u otros que ocuparan puestos de poder e influencia?

En la Biblia nos dice que fueron los humildes pastores que dormían en el suelo a quienes un ángel declaró las “nuevas de gran gozo” (Lucas 2:10) y que fueron los magos de tierras lejanas los que vieron “su estrella en el oriente y [fueron] a adorarle” (Mateo 2:2). Los poderosos y los influyentes, cuya visión estaba empañada por las filosofías de este mundo, no se encontraban con el Salvador en el momento de Su nacimiento ni durante Su ministerio. Habían tenido frente a ellos lo que era real, pero no lo reconocieron ni lo aceptaron.

Llegar a ser más semejantes a Cristo

El presidente Benson dijo que una de las cosas más maravillosas acerca de la Navidad es el hecho de que aumenta nuestra sensibilidad hacia las cosas de Dios:

“Nos hace meditar en la relación que tenemos con nuestro Padre y en el grado de devoción que tenemos por Dios; nos motiva a ser más tolerantes y dadivosos, más conscientes de los demás, más generosos y sinceros, más llenos de esperanza, caridad y amor; todos los cuales son atributos divinos. Es por eso que el espíritu de la Navidad llega al corazón de la gente de todo el mundo… Al menos por un tiempo, se presta mayor atención y devoción a nuestro Señor y Salvador Jesucristo”2.

Esta Navidad, a medida que el espíritu de la época envuelva nuestro corazón, hagamos algo que exprese nuestros sentimientos de manera externa, manifestando de ese modo que comprendemos que el niño que nació en Belén es el verdadero Redentor. El presidente Howard W. Hunter (1907–1995) dio unos consejos prácticos que nos sirven para lograr ese propósito:

“Esta Navidad, resuelvan una discrepancia. Busquen a un amigo olvidado; desechen una sospecha y remplácenla con la confianza; escriban una carta; den una respuesta amable; alienten a la juventud; manifiesten su lealtad de palabra y obra. Guarden una promesa; olviden una ofensa; perdonen a un enemigo; pidan disculpas; traten de comprender; examinen lo que exigen de los demás; piensen primero en alguien más. Sean bondadosos, amables; rían un poco más; expresen gratitud; den la bienvenida a un desconocido. Hagan feliz a un niño; regocíjense en la belleza y en la maravilla de la tierra. Expresen su amor con palabras y vuelvan a hacerlo”3.

Sin Cristo, no habría Navidad; sin Cristo, no habría plenitud de gozo; sin Su nacimiento y Su expiación, no tendríamos Intercesor, ni Abogado ante el Padre, ni Mediador que hiciese posible que volviésemos a la presencia de nuestro amado Padre Celestial y viviésemos juntos como familias eternas.

Al igual que ustedes, celebro la bella y milagrosa realidad del nacimiento y de la misión del Hijo de Dios, y doy testimonio de que Jesucristo es nuestro Salvador y Redentor: el Mesías prometido.

Encontrar al Salvador

A veces tenemos frente a nosotros las cosas más valiosas y sagradas, a plena vista, pero no podemos o no deseamos verlas…

“Les prometo que si despejamos un poco nuestra vida, y si con sinceridad y humildad buscamos al Cristo puro y tierno de todo corazón, lo veremos y lo encontraremos… en esta Navidad y durante todo el año”.

Presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, “How to See the Christ in Christmas”, New Era,diciembre de 2013, pág. 48.