Dar a nuestros espíritus el control sobre nuestros cuerpos.

Una de las cosas más importantes que podemos aprender en esta vida es cómo hacer resaltar nuestra naturaleza espiritual eterna y cómo controlar nuestros malos deseos.

Mis queridos hermanos y hermanas, al acercarse la Conferencia General de octubre del año pasado, preparé mi discurso de conferencia con el fin de destacar el centenario de la visión del mundo de los espíritus dada al presidente Joseph F. Smith el 3 de octubre de 1918.

Unos días después de haber entregado mi discurso para que fuera traducido, mi amada compañera eterna, Barbara, finalizó su probación terrenal y pasó al mundo de los espíritus.

A medida que los días se han convertido en semanas, y ahora que ha pasado un año desde el fallecimiento de Barbara, he descubierto que aprecio más plenamente este pasaje de las Escrituras: “Viviréis juntos en amor, al grado de que lloraréis por los que mueran”. Barbara y yo tuvimos la bendición de “[v]ivi[r] juntos en amor” durante sesenta y siete años, pero me he dado cuenta, de una forma muy real, lo que significa llorar por los que amamos. Oh, ¡cuánto la amo y la extraño!

Supongo que la mayoría de nosotros no apreciamos completamente lo que los demás hacen por nosotros hasta que se han ido. Sabía que Barbara siempre estaba ocupada, pero no entendía completamente las exigencias constantes de tiempo que le imponían la familia, la Iglesia y la comunidad. Hubo esfuerzos consagrados a diario que se repitieron miles de veces a lo largo de los años y que mantuvieron funcionando a nuestra familia, y durante todo ese tiempo, nadie de nuestra familia la escuchó nunca levantar la voz o decir una palabra cruel.

En este último año me han venido a la mente muchísimos recuerdos. He pensado en la decisión que ella tomó de ser la madre de siete hijos, lo cual requiere mucho esfuerzo físico. Ser ama de casa fue la única carrera que ella deseó, y en todo aspecto fue una profesional consumada.

A menudo me he preguntado cómo se mantenía al tanto de nuestros hijos y de mí. Simplemente la preparación de las comidas era una tarea abrumadora, sin mencionar actividades tales como lavar las montañas de ropa que nuestra familia ensuciaba cada semana, y calzar y vestir a los hijos con zapatos y ropa de la talla adecuada. Todos acudíamos a ella para un sinnúmero de otros asuntos que eran importantes para nosotros y, como eran importantes para nosotros, también lo eran para ella. En una palabra, ella era magnífica como esposa, madre, amiga, vecina, y como hija de Dios.

Ahora que está en el más allá, me alegra que decidí sentarme junto a ella cuando llegaba a casa de la oficina en los últimos meses de su vida, tomándole la mano mientras ella veía el final de algunas de sus películas musicales favoritas, una y otra vez, porque el Alzheimer no le permitía recordar que las había visto justo la tarde anterior. Los recuerdos de esos momentos especiales en los que la tomé de la mano son ahora muy, pero muy preciados para mí.

Hermanos y hermanas, les ruego que no pierdan la oportunidad de mirar a los ojos de sus familiares con amor. Padres e hijos, acérquense los unos a los otros y exprésense el amor y el aprecio que se tienen. Al igual que yo, algunos de ustedes podrían despertar un día y descubrir que el tiempo de esa comunicación importante ha pasado. Vivan cada día juntos con los corazones llenos de gratitud, buenos recuerdos, servicio y mucho amor.

Durante el último año, he meditado con más atención que nunca antes sobre el plan de nuestro Padre Celestial al que Alma se refirió como “el gran plan de felicidad” cuando enseñó a su hijo Coriantón”.

La palabra que sigue acudiendo a mi mente ahora que considero el plan es “reunión”. Es un plan, diseñado por nuestro amoroso Padre Celestial, cuyo elemento central son las grandiosas y gloriosas posibilidades de reunirnos en familia: de reunir eternamente a esposos y esposas, padres e hijos, generación tras generación en la familia de Dios.

Ese pensamiento me brinda consuelo y la seguridad de que estaré con Barbara nuevamente. Aun cuando ella sufrió físicamente hacia el final de su vida, su espíritu se mantuvo fuerte, noble y puro. Se había preparado en todas las cosas para que, cuando llegue el día, pueda estar ante “el placentero tribunal de Dios” llena de confianza y apacible certeza. Pero yo, que en dos días cumplo noventa y un años, estoy aquí y todavía me pregunto: “¿Estoy listo? ¿Estoy haciendo todo lo que preciso hacer para poder tomarla de la mano nuevamente?”.

La certeza más sencilla y básica de la vida es esta: Todos vamos a morir. Ya sea que muramos ancianos o jóvenes, que nuestra muerte sea fácil o difícil, siendo ricos o indigentes, amados o solitarios, nadie escapa de la muerte.

Hace unos años, el presidente Gordon B. Hinckley dijo algo que es particularmente significativo en cuanto a esto: “Cuán dulce es la seguridad, cuán reconfortante la paz que proviene del conocimiento de que si nos casamos en la forma correcta y vivimos una vida recta, nuestra relación familiar perdurará, no obstante la certeza de la muerte y del paso del tiempo”.

Yo, definitivamente, me casé con la persona correcta; de eso no cabe duda. Pero eso no es suficiente, según lo que dijo el presidente Hinckley. También tengo que vivir una vida recta.

En la actualidad, “vivir una vida recta” puede ser un concepto un tanto confuso, especialmente si uno pasa mucho tiempo en las redes sociales, donde cualquier voz puede declarar verdades reales o conceptos falsos sobre Dios y Su plan para Sus hijos. Afortunadamente, los miembros de la Iglesia tienen principios del Evangelio eternamente verdaderos para saber cómo vivir a fin de que podamos estar mejor preparados cuando debamos morir.

Solo unos meses antes de que yo naciera, mi abuelo, el élder Melvin J. Ballard, que era Apóstol, dio un discurso que, para algunas personas, encierra la esencia de lo que significa vivir una vida recta. Titulado “La lucha por el alma”, su discurso se centró en la lucha continua entre nuestro cuerpo físico y nuestro espíritu eterno.

Él dijo: “El mayor conflicto que cada hombre o mujer jamás llegue a enfrentar […] será la batalla que tenga consigo mismo”, explicando que Satanás “el enemigo de nuestra alma” nos ataca mediante “la lujuria, los apetitos y las ambiciones de la carne”. De modo que la batalla principal se libra entre nuestra naturaleza divina y espiritual, y el hombre carnal y natural. Hermanos y hermanas, recuerden que podemos recibir ayuda espiritual mediante la influencia del Espíritu Santo, quien les puede “enseña[r] todas las cosas”. Además, la ayuda puede venir a través del poder y las bendiciones del sacerdocio.

Ahora pregunto: ¿cómo les va a cada uno de ustedes en esa lucha?

El presidente David O. McKay dijo: “La experiencia terrenal del hombre no es más que una prueba para ver si concentra sus esfuerzos, su mente y su alma en las cosas que contribuyan a la comodidad y la satisfacción de su naturaleza física, o si dedica [el fin de] su vida a la adquisición de cualidades espirituales”.

La lucha entre nuestra naturaleza carnal y espiritual no es algo nuevo. En el último sermón que pronunció ante su pueblo, el rey Benjamín enseñó que “el hombre natural es enemigo de Dios, y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu, y se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor”.

El apóstol Pablo enseñó que “los que viven conforme a la carne, en las cosas que son de la carne se ocupan; pero los que viven conforme al espíritu, en las cosas del espíritu.

“Porque el ánimo carnal es muerte, pero el ánimo espiritual es vida y paz”.

A mi parecer está claro que una de las cosas más importantes que podemos aprender en esta vida es cómo hacer resaltar nuestra naturaleza espiritual eterna y cómo controlar nuestros malos deseos. Esto no debe resultar tan difícil. Después de todo, nuestro espíritu, que ha existido mucho más tiempo que nuestro cuerpo físico, ya ha triunfado en el mundo preterrenal al elegir la rectitud sobre la maldad. Antes de que se formara esta tierra, vivimos en el mundo de los espíritus como hijos e hijas de nuestros Padres Celestiales, quienes nos amaban y continúan amándonos.

Y sí, en esa esfera preterrenal, efectivamente tuvimos que tomar decisiones que cambian la vida. Toda persona que ha vivido o que vivirá en este planeta tomó la decisión esencial de aceptar el plan del Padre Celestial para nuestra salvación, de modo que todos vinimos a la tierra con un historial comprobado de éxito en lo espiritual y un destino eterno.

Piensen en eso un momento. Eso es quienes realmente son ustedes y yo, y quienes siempre han sido: un hijo o una hija de Dios, con raíces espirituales en la eternidad y un futuro rebosante de infinitas posibilidades. Ustedes son —en primer lugar, ante todo y siempre— un ser espiritual; por tanto, cuando elegimos anteponer nuestra naturaleza carnal a la espiritual, estamos eligiendo algo que va en contra de nuestro verdadero, real y auténtico ser espiritual.

Sin embargo, no cabe duda de que la carne y los impulsos terrenales complican la toma de decisiones. Al haberse colocado el velo del olvido entre el mundo preterrenal de los espíritus y este mundo terrenal, podemos perder de vista nuestra relación con Dios y nuestra naturaleza espiritual, y nuestra naturaleza carnal puede dar prioridad a lo que deseamos en ese instante. El aprender a escoger las cosas del Espíritu por encima de las de la carne es una de las razones principales por las que esta experiencia terrenal forma parte del plan del Padre Celestial. También es la razón por la que el plan está edificado sobre el fundamento sólido y seguro de la expiación del Señor y Salvador Jesucristo, a fin de que nuestros pecados, incluso los errores que cometemos cuando cedemos ante la carne, puedan superarse mediante el arrepentimiento constante y podamos vivir centrados en lo espiritual. Ahora es el momento de controlar nuestros apetitos corporales a fin de cumplir con la doctrina espiritual de Cristo. Es por eso que no debemos postergar el día de nuestro arrepentimiento.

El arrepentimiento, por tanto, se convierte en un arma indispensable en nuestra lucha contra nosotros mismos. Justo la conferencia general pasada, el presidente Russell M. Nelson hizo referencia a esa lucha y nos recordó que “[a]l escoger arrepentirnos, ¡escogemos cambiar! Permitimos que el Salvador nos transforme en la mejor versión de nosotros. Escogemos crecer espiritualmente y recibir gozo; el gozo de la redención en Él. Al escoger arrepentirnos, escogemos llegar a ser más semejantes a Jesucristo”.

Cada noche, al repasar mi día durante la oración a mi Padre Celestial, pido perdón si hice algo malo y prometo tratar de ser mejor mañana. Considero que ese arrepentimiento diario y regular ayuda a mi espíritu a recordarle a mi cuerpo quién está a cargo de mí.

Otro recurso es la oportunidad semanal que todos tenemos de renovarnos espiritualmente al participar de la Santa Cena en memoria de la Expiación y del amor perfecto que nuestro Señor y Salvador Jesucristo siente por nosotros.

Hermanos y hermanas, los insto a que se detengan un poco y piensen en dónde se encuentran actualmente en cuanto a subyugar su naturaleza carnal y a fortalecer su naturaleza espiritual, de modo que, cuando llegue el momento, puedan pasar al mundo de los espíritus a un reunión llena de júbilo con sus seres queridos; por lo cual testifico y ruego con humildad, en el sagrado nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Verdades esenciales, nuestra necesidad de actuar.

La Primera Visión y el profeta José Smith sacaron a la luz conocimiento y verdades adicionales que son esenciales para nuestra felicidad en esta vida y nuestra exaltación.

Cuando tenía unos siete años, pregunté a mi madre: “Cuando tú y yo muramos y vayamos al cielo, ¿seguirás siendo mi madre?”. Ella no esperaba tal pregunta, pero respondiendo lo mejor que pudo, dijo: “No, en el cielo vamos a ser hermanos y hermanas; no seré tu madre”. Esa no era la respuesta que yo esperaba.

Poco tiempo después de esa breve conversación, dos jóvenes llegaron a nuestra puerta. Por algún milagro, mi padre los dejó pasar. Dijeron que eran misioneros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Esos élderes, como aprendimos a llamarlos, comenzaron a enseñar a nuestra familia. Recuerdo vívidamente nuestros sentimientos de felicidad y emoción cada vez que venían a casa. Nos dijeron que un jovencito había ido a una arboleda a preguntar a Dios qué iglesia era la verdadera y que vio a Dios y a Jesucristo1. Los élderes nos mostraron una lámina de esa visión y cuando la vi, supe que José Smith ciertamente había visto a Dios el Padre y a Jesucristo. Los misioneros dijeron que debido a esa visión, la verdadera Iglesia de Jesucristo estaba otra vez en la tierra2.

Los misioneros también nos enseñaron el plan de felicidad de Dios y respondieron las preguntas de nuestra familia sobre religión. Nos enseñaron que las familias verdaderamente pueden estar juntas después de esta vida, como padre, madre, hijos e hijas.

Nuestra familia fue bautizada. El camino para cambiar antiguos hábitos, abandonar tradiciones y llegar a ser miembros activos de la Iglesia fue en ocasiones accidentado. Sin embargo, debido a la misericordia y al amor de Dios, y con la ayuda de muchos líderes y miembros superamos los primeros años que constituyeron un reto.

Los millones que ya se han unido a la Iglesia, así como los muchos que se están convirtiendo y bautizando cada semana, han obtenido un testimonio de la Primera Visión. A menudo, el Espíritu Santo puede repetir ese testimonio a cada uno de nosotros cuando nos esforzamos por vivir las sencillas verdades del evangelio de Jesucristo.

La Primera Visión y el profeta José Smith sacaron a la luz conocimiento y verdades adicionales que son esenciales para nuestra felicidad en esta vida y nuestra exaltación en la presencia de Dios. Mencionaré tres de las verdades que obtuvimos y sobre las cuales debemos proceder, gracias a que un jovencito se arrodilló en oración sincera.

Dios llama a profetas para dirigirnos y guiarnos

Una verdad esencial que aprendemos de la Primera Visión y del profeta José Smith es que Dios llama a profetas3, videntes y reveladores para instruirnos, guiarnos, advertirnos y dirigirnos4. Esos hombres son los portavoces de Dios en la tierra5, con la autoridad para hablar y actuar en el nombre del Señor6. Al seguir estrictamente su consejo, estaremos protegidos y recibiremos bendiciones selectas en nuestra jornada en esta tierra.

Mientras estudiaba en la Universidad Brigham Young siendo un exmisionero joven y soltero, asistí a una sesión del sacerdocio de la conferencia general, en el Tabernáculo de la Manzana del Templo. El presidente Ezra Taft Benson, en ese entonces Presidente de la Iglesia, instó a cada exmisionero a que tomara el matrimonio en serio y que lo hiciera una prioridad en su vida7. Después de la sesión, supe que se me había llamado al arrepentimiento y que necesitaba seguir el consejo del profeta.

Por consiguiente, decidí ir a mi país natal, Brasil, a encontrar una esposa. Antes de partir para Brasil a una pasantía de dos meses, llamé por teléfono a mi mamá y a algunos amigos y elaboré una lista de unas diez jóvenes, cada una de ellas una posible esposa.

Mientras estaba en Brasil, después de mucha reflexión y oración, conocí, salí, me comprometí y fijé una fecha para casarme con una de las jóvenes de la lista. Para los alumnos de Provo, Utah, no se batió el récord de tiempo en salir y comprometerse, pero fue rápido según los estándares de Brasil.

Unos pocos meses después, me casé con Elaine, que es el amor de mi vida y una bendición selecta.

No estoy sugiriendo que cada uno deba hacer una lista similar, sino que estoy sugiriendo —quizás más que sugiriendo— que siempre actuemos cuando nuestros profetas vivientes hablan

Hoy en día, el profeta de Dios es el presidente Thomas S. Monson y seremos bendecidos al seguir su consejo con exactitud.

El conocimiento de la verdadera naturaleza de Dios

Otra verdad que aprendemos, gracias a la Primera Visión y al profeta José Smith, es la verdadera naturaleza de Dios. Imagínense cuán bendecidos somos de saber que Dios es un ser con un cuerpo de carne y huesos tangible como el nuestro8, que podemos adorar a un Dios que es real, a quien podemos entender, quien se ha mostrado y revelado a Sí mismo, y a Su Hijo, a Sus profetas, tanto a los de la antigüedad como a los de estos últimos días9. Él es un Dios que escucha y contesta nuestras oraciones10; un Dios que nos observa desde las alturas11 y que está constantemente preocupado por nuestro bienestar espiritual y temporal; un Dios que nos dio el albedrío para decidir por nosotros mismos seguirlo y obedecer Sus mandamientos sin coacción12; un Dios que nos da bendiciones y nos permite enfrentar pruebas para que podamos crecer y llegar a ser como Él.

Él es un Dios amoroso que proveyó un plan mediante el cual podamos disfrutar de felicidad en esta vida y en la eternidad.

Jesucristo es nuestro Salvador

De la Primera Visión y del profeta José Smith, recibimos conocimiento de la realidad y sagrada misión del Señor Jesucristo, quien es la piedra angular de nuestra religión.

Debido a que la muerta fue introducida en el mundo, tan cierto como ahora vivimos, todos también moriremos un día. Uno de los efectos de la muerte sería la pérdida permanente de nuestro cuerpo físico; no podríamos hacer nada para recuperarlo. Además, porque todos pecamos durante nuestro camino aquí en la tierra, nunca podríamos regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial.

¿Pueden imaginarse las consecuencias de estar privados de la presencia de Dios y nunca más tener un cuerpo?

Se necesitaba un Salvador y Redentor para librarnos de la muerte y del pecado. Bajo la dirección del Padre Celestial, Jesucristo vino a la tierra, sufrió, murió en la cruz y resucitó para que nosotros también podamos ser resucitados y, con sincero arrepentimiento al hacer y guardar convenios sagrados, estemos una vez más en la presencia de Dios.

Jacob explicó: “¡Oh cuán grande es la bondad de nuestro Dios, que prepara un medio para que escapemos de las garras de este terrible monstruo; sí, ese monstruo, muerte e infierno, que llamo la muerte del cuerpo, y también la muerte del espíritu!”13.

Jesús es el Mesías prometido, el Legislador, el Santo de Israel, nuestro Señor, nuestro Salvador, nuestro Redentor, nuestro Rey, nuestro Todo.

Ruego que todos continuemos actuando en consecuencia de estas verdades y conocimiento esenciales, ofreciendo nuestra obediencia a Dios y a Su Hijo Amado. En el nombre de Jesucristo. Amén.