El ministerio de la reconciliación

Por el élder Jeffrey R. Holland

Testifico de la tranquilidad que les brindará al alma la reconciliación con Dios y con los demás si somos lo suficientemente mansos y valientes para procurarla.

En abril pasado, cuando el presidente Russell M. Nelson presentó el concepto de la ministración, recalcó que era un modo de guardar los grandes mandamientos de amar a Dios y de amarnos el uno al otro1. Nosotros, como oficiales de la Iglesia, abiertamente les aplaudimos y los felicitamos a ustedes por la tremenda respuesta que han empezado a dar al respecto. Les damos las gracias por seguir a nuestro amado profeta en esta maravillosa labor y les sugerimos que no esperen recibir muchas más instrucciones. Simplemente zambúllanse y naden. Acudan a los necesitados. No se paralicen dudando si deben nadar de espalda o estilo perrito. Si seguimos los principios básicos que se han enseñado, nos mantenemos en armonía con las llaves del sacerdocio y procuramos que el Espíritu Santo nos guíe, no podemos fallar.

Esta mañana deseo hablarles de un aspecto más personal de la ministración que no se asigna, no implica entrevistas programadas, ni hay autoridad a quien rendir cuentas, excepto a los cielos. Permítanme compartir tan solo un sencillo ejemplo de esa clase de ministración.

Grant Morrell Bowen era un esposo y padre trabajador y abnegado que, como muchos otros que se ganaban la vida labrando la tierra, sufrió un revés financiero cuando la cosecha local de papas [patatas] resultó escasa. Él y su esposa Norma se dedicaron a otros empleos; con el tiempo se mudaron a otra ciudad y comenzaron a regresar a la estabilidad económica. Sin embargo, en un incidente terriblemente desafortunado, el hermano Bowen quedó muy dolido cuando, en la entrevista para la recomendación para el templo, el obispo estaba un poco escéptico con respecto a la declaración de Morrell de que pagaba un diezmo íntegro.

No sé cuál de aquellos hombres tenía la información más correcta ese día, pero sí sé que la hermana Bowen salió de la entrevista con la recomendación para el templo renovada, mientras que el hermano Bowen salió con una ira que lo apartaría de la Iglesia durante quince años.

Más allá de quién tenía razón sobre los diezmos, es evidente que Morrell y el obispo olvidaron el mandato del Salvador: “Reconcíliate pronto con tu adversario”2, y el consejo de Pablo: “No se ponga el sol sobre vuestro enojo”3. El hecho es que no se reconciliaron y que el sol  se puso sobre el enojo del hermano Bowen durante días, luego semanas, luego años; comprobando la afirmación de uno de los más sabios romanos de antaño, que dijo: “La ira, si no se controla, es frecuentemente más [destructiva] que el agravio que la provoca”4. No obstante, el milagro de la reconciliación siempre está a nuestro alcance, y por amor a su familia y a la Iglesia que sabía que era verdadera, Morrell Bowen volvió a estar plenamente activo en ella. Permítanme relatarles brevemente cómo sucedió.

Brad, hijo del hermano Bowen, es un buen amigo nuestro y un dedicado Setenta de Área que presta servicio en el sur de Idaho. Brad tenía once años en el momento de aquel incidente, y durante quince años vio declinar la devoción religiosa de su padre, prueba de la terrible siega que se cosecha allí donde se han sembrado ira y malentendidos. Había que hacer algo. Así que, al acercarse la temporada del Día de Acción de Gracias de 1977, Brad, que entonces tenía 26 años y estudiaba en la Universidad Brigham Young, su esposa Valerie y su nuevo bebé Mic, cargaron su automóvil versión estudiantil y, a pesar del mal clima, viajaron hasta Billings, Montana. Ni siquiera la colisión contra un banco de nieve cerca de West Yellowstone impediría que los tres realizaran la visita de ministración al hermano Bowen, padre.

Al llegar, Brad y su hermana Pam pidieron un momento en privado con su padre. “Has sido un padre maravilloso”, comenzó Brad con cierta emoción, “y siempre hemos sabido cuánto nos has amado. Sin embargo, algo está mal, y así ha sido durante mucho tiempo. Debido a que te hirieron una vez, toda la familia ha estado dolida durante años. Estamos mal, y tú eres el único que puede arreglarlo. Por favor, por favor, después de todo el tiempo que ha pasado, ¿puedes escudriñar tu corazón para dejar de lado aquel desafortunado incidente con aquel obispo y volver a dirigir esta familia con el Evangelio, como lo hiciste antes?”.

Hubo un silencio de muerte. Luego, el hermano Bowen miró a los dos, a sus hijos, que eran hueso de sus huesos y carne de su carne5, y dijo muy calmadamente: “Sí. Sí, lo haré”.

Entusiasmados, aunque asombrados por la inesperada respuesta, Brad Bowen y su familia vieron a su padre y esposo acudir al obispo actual con ánimo de reconciliación para poner las cosas en orden en su vida. Como respuesta perfecta a aquella valiente pero totalmente inesperada visita, el obispo, que había extendido al hermano Bowen repetidas invitaciones a volver, le dio a Morrell un largo, largo, largo abrazo.

En cuestión de solo unas semanas —no hace falta mucho— el hermano Bowen estaba totalmente activo en la Iglesia, y había logrado la dignidad necesaria para volver al templo. Pronto aceptó el llamamiento de presidir una pequeña rama de solo veinticinco miembros, y la hizo progresar hasta lograr una próspera congregación de más de cien. Todo eso ocurrió hace casi medio siglo, pero las consecuencias del ruego ministrante de un hijo y una hija a su padre, y de la disposición de ese padre a perdonar y dejar todo atrás a pesar de las imperfecciones de los demás, han traído bendiciones que aún se reciben —y que se recibirán para siempre— en la familia Bowen.

Hermanos y hermanas, Jesús ha pedido que “vi[vamos] juntos en amor”6 sin “disputas entre [n]osotros”7. Él advirtió a los nefitas: “Aquel que tiene el espíritu de contención no es mío”8. Ciertamente, nuestra relación con Cristo la determinará en gran medida —o al menos influirá en ella— la relación que tengamos el uno con el otro.

Él dijo: “Si… deseas venir a mí, y te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,

“ve luego a tu hermano, y reconcíliate primero con él, y luego ven a mí con íntegro propósito de corazón, y yo te recibiré9.

Sin duda, todos nosotros podríamos citar una diversidad sin fin de cicatrices y pesares antiguos y de recuerdos dolorosos que en este mismo momento aún corroen la paz en el corazón, en la familia o en el vecindario de alguien. Ya sea que hayamos causado ese dolor o que se nos haya infligido el dolor a nosotros, las heridas deben sanar para que la vida sea lo gratificante que Dios proyectó que fuera. Como la comida de su refrigerador que sus nietos revisan minuciosamente, hace mucho que aquellos viejos agravios han pasado su fecha de caducidad; por favor, no les den más el preciado espacio de su alma. Como dijo Próspero al arrepentido Alonso en La tempestad: “No carguemos en el recuerdo un pesar que ya no existe”10.

“Perdonad, y seréis perdonados”11, enseñó Cristo en tiempos del Nuevo Testamento; y, en nuestros días: “Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres”12. No obstante, es importante que cualquiera de ustedes que viva con verdadera angustia tenga en cuenta lo que no dijo. Él no dijo: “No se les permite sentir dolor verdadero ni pesar real por las devastadoras experiencias que hayan tenido por culpa de otra persona”. Ni tampoco dijo: “A fin de perdonar totalmente tienes que volver a una relación tóxica, o volver a circunstancias destructivas y de maltrato”. No obstante, a pesar de las ofensas más terribles que nos puedan sobrevenir, solo podemos elevarnos por encima de nuestro dolor al poner los pies en la senda de la sanación real. Tal senda es la senda del perdón que anduvo Jesús de Nazaret, quien nos invita a cada uno de nosotros: “Ven, sígueme”13.

En dicha invitación a ser Su discípulo y tratar de hacer cual Él hizo, Jesús nos pide que seamos instrumentos de Su gracia; que seamos “embajadores en nombre de Cristo” en “el ministerio de la reconciliación”, como Pablo lo describió a los corintios14. El Sanador de toda herida, Aquel que rectifica todo agravio, nos pide que trabajemos con Él en la impresionante labor de pacificar en un mundo que no hallará la paz de ninguna otra forma.

Así que, como escribió Phillips Brooks: “Ustedes, que permiten que los desdichados malentendidos continúen de año en año con la intención de aclararlos algún día; ustedes, que mantienen vivas miserables disputas porque no terminan de decidir que ahora es el momento de sacrificar el orgullo y zanjarlas; ustedes, que pasan frente a hombres por la calle hurañamente, sin hablarles, debido a algún ridículo rencor… ; ustedes, que dejan… el corazón [de alguien] anhelando la palabra de encomio o empatía que piensan decir… algún día, … vayan al instante y hagan aquello que quizás jamás volverán a tener la oportunidad de hacer”15.

Mis queridos hermanos y hermanas, testifico que perdonar y abandonar las ofensas, viejas o nuevas, es esencial para la grandeza de la expiación de Jesucristo. Testifico que, en última instancia, tal sanación espiritual solo puede llegar de nuestro divino Redentor, Aquel que se apresura a auxiliarnos con “sanidad” “en sus alas”16. Le agradecemos a Él, y a nuestro Padre Celestial que lo envió, que la renovación y el renacimiento, y un futuro libre de viejos pesares y de errores pasados, no solo sean posibles, sino que ya se hayan pagado a un costo muy doloroso, simbolizado mediante la sangre del Cordero que la derramó.

Con la autoridad apostólica que me ha otorgado el Salvador del mundo, testifico de la tranquilidad que les brindará al alma la reconciliación con Dios y con los demás si somos lo suficientemente mansos y valientes para procurarla. “Cesad de contender unos con otros”, imploró el Señor17. Si conocen alguna vieja herida, cúrenla. Cuídense el uno al otro con amor.

Mis queridos amigos, en el ministerio de la reconciliación que compartimos, pido a todos nosotros que seamos pacificadores; que amemos la paz, que busquemos la paz, que creemos paz, que atesoremos la paz. Hago tal ruego en el nombre del Príncipe de paz, que conoce todo sobre ser “herido en casa de [Sus] amigos”18, pero que incluso así halló la fuerza para perdonar y olvidar, y sanar; y ser feliz. Por ello ruego, para ustedes y para mí, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Véanse Mateo 22:36-40; Lucas 10:25-28

  2. Mateo 5:25.

  3. Efesios 4:26.

  4. Séneca, en Tryon Edwards, A Dictionary of Thoughts, 1891, pág. 21.

  5. Véase Génesis 2:23.

  6. Véase Doctrina y Convenios 42:45.

  7. 3 Nefi 11:22; véase también 3 Nefi 11:28.

  8. 3 Nefi 11:29.

  9. 3 Nefi 12:23–24; cursiva agregada.

  10. William Shakespeare, La tempestad, acto 5, escena 1, líneas 199-200.

  11. Lucas 6:37.

  12. Doctrina y Convenios 64:10.

  13. Lucas 18:22.

  14. Véase 2 Corintios 5:18–20.

  15. Phillips Brooks, The Purpose and Use of Comfort, 1906, pág. 329.

  16. Malaquías 4:2; véanse también 2 Nefi 25:13; 3 Nefi 25:2.

  17. Doctrina y Convenios 136:23.

  18. Zacarías 13:6; véase también Doctrina y Convenios 45:52.

Ser 100 por ciento responsables – 2da Parte

Como les comente, este discurso es largo por lo tanto lo dividí en dos partes, aquí esta la segunda parte, espero les guste y si es posible comenten y compartan.

Saludos.

Lynn G. Robbins de la Presidencia de los Setenta: Semana de la Educación de BYU, 22 de agosto de 2017

 

  1. Anécdota 2: “Poner mi matrimonio por encima de mi orgullo”

Ahora citaré la experiencia de una esposa joven:

Como todas las parejas, mi esposo y yo hemos tenido desacuerdos en nuestro matrimonio. No obstante, hay un incidente que sobresale. No recuerdo cuál fue el motivo del conflicto, pero dejamos de dirigirnos la palabra por completo y recuerdo sentir que todo era culpa de mi esposo. Pensaba que yo no había hecho nada por lo que tuviera que disculparme.

A lo largo del día, esperé que mi esposo me pidiera disculpas. Sin duda él sabía lo equivocado que estaba. Tenía que ser obvio cuánto me había lastimado. Pensé que yo tenía que defenderme y que eso era lo que importaba.

Al terminar el día, me di cuenta de que mi espera era en vano, así que acudí al Señor en oración. Pedí que mi esposo se diera cuenta de lo que había hecho y de cómo eso lastimaba nuestro matrimonio. Pedí que recibiera inspiración para pedirme disculpas y que nuestro desacuerdo terminara.

  1. Mientras oraba, tuve la fuerte impresión de que yo debía ir a él y pedirle disculpas. Me sorprendí con esa impresión y de inmediato señalé en mi oración que yo no había hecho nada malo y que por lo tanto no tenía que disculparme. Una idea me acudió con fuerza a la mente:

“¿Quieres tener la razón o quieres estar casada?”.

Al pensar en esa pregunta, vi que podía aferrarme a mi orgullo y no ceder hasta que él se disculpara, pero,  ¿cuánto tiempo tomaría? ¿Días? Me sentía terrible mientras no nos dirigíamos la palabra. Comprendía que ese incidente aislado no acabaría con nuestro matrimonio, pero, si yo siempre era inflexible, a la larga, lo dañaría seriamente.

Así que decidí que era más importante tener un matrimonio feliz que mantener mi orgullo intacto sobre algo que después sería trivial.

Fui con mi esposo y le pedí disculpas por haberlo alterado. El también hizo lo propio y nuevamente fuimos dichosos y unidos en amor.

Desde entonces, en ocasiones he tenido que hacerme esa pregunta de nuevo: “¿Quieres tener la razón o quieres estar casada?”. Agradezco la gran lección que recibí la primera vez que afronté esa pregunta. Siempre me permite ajustar mi perspectiva y poner a mi esposo y mi matrimonio por encima de mi orgullo.

  1. Esta hermana aprendió que, aunque ella tuviera la razón y su esposo estuviera equivocado, el hecho de culparlo era contraproducente y le hacía perder el control para generar algo positivo. También aprendió que el decir “lo siento” tiene poder y control, si se expresa con amor genuino y con empatía, no simplemente para disculparnos.

En el matrimonio, el adoptar una actitud de dar el 50 por ciento parece lógica, pero solo una actitud del 100 por ciento de ambos cierra la puerta a la lista de antirresponsabilidad.

Otra lección que ella aprendió fue que no se puede controlar el albedrío de otras personas, solo el propio.

Una amorosa madre dio el siguiente sabio consejo a su hija, quien era desdichada en su matrimonio. Pidió a la hija que trazara una línea vertical en el medio de una hoja de papel, que a la izquierda escribiera todas las cosas que le molestaban de su esposo y que a la derecha pusiera la reacción que ella tenía ante cada una de esas cosas. Luego le pidió que cortara el papel a la mitad para separar las dos listas.

Le dijo: “Ahora tira a la basura el papel de los defectos de tu esposo. Si quieres ser dichosa y mejorar tu matrimonio, deja de fijarte en los defectos de él y mejor concéntrate en tu conducta. Fíjate en la forma en que  reaccionas ante lo que te molesta y trata de reaccionar de una manera distinta y más positiva”.

Esta madre entendía el poder y la sabiduría del ser 100 por ciento responsable. 

  1. EL MAYOR EJEMPLO DE TODOS

Con certeza el Salvador ha sido la persona más responsable en la historia del mundo. Él es el ejemplo supremo. Incluso en los momentos de dolor y angustia atroces, Él nunca mostró autocompasión, que es uno de los detalles disfuncionales de la lista.

Él siempre pensaba y se preocupaba por los demás con actitud desinteresada: le restauró la oreja a un soldado en Getsemaní y más adelante, en la cruz, oró por aquellos que lo habían maltratado, siguiendo Su propio mandamiento: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Mientras más seamos como Jesucristo, será menos probable que juzguemos de forma injusta, que perdamos la paciencia o que abandonemos una causa digna. Aunque a veces nos demos por vencidos, el Salvador nunca nos abandona, porque Su longanimidad es perfecta. “No obstante sus pecados, mis entrañas están llenas de compasión por ellos” (D. y C. 101:9).

  1. Jesucristo no vino a buscar defectos, a criticar ni a culpar. Vino a levantar, a edificar y a salvar (véase Lucas 9:56). No obstante, Su compasión no anula Su expectativa de que seamos totalmente responsables y de que no minimicemos ni justifiquemos el pecado. “Porque yo, el Señor, no puedo considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia” (D. y C. 1:31; véase también Alma 45:16). Si el Señor no considera el pecado con el más mínimo grado de tolerancia, ¿qué ley del Evangelio exige responsabilidad plena por el pecado?

Sería la ley de la justicia. “¿Qué, supones tú que la misericordia puede robar a la justicia? Te digo que no, ni un ápice. Si fuera así, Dios dejaría de ser Dios” (Alma 42:25; véase también el versículo 24). Ni “con el más mínimo grado” y “ni un ápice” son otras maneras de decir que Dios responsabiliza a Sus hijos el 100 por ciento por el uso de su albedrío.

El peligro de la lista de antirresponsabilidad radica en que ciega a sus víctimas de la necesidad de arrepentirse. Lamán y Lemuel, por ejemplo, no veían la necesidad de arrepentirse porque todo era culpa de Nefi. “Si no es culpa mía, ¿por qué tengo que arrepentirme?”. El que es ciego, ni siquiera puede dar el primer paso del proceso de arrepentimiento, que es reconocer la necesidad de arrepentirse.

Alma entendía muy bien que las excusas impiden que nos arrepintamos como vemos en su consejo a su hijo Coriantón:

“¿Qué, supones tú que la misericordia puede robar a la justicia? Te digo que no, ni un ápice. Si fuera así, Dios dejaría de ser Dios…

  1. ¡Oh hijo mío, quisiera que no negaras más la justicia de Dios! No trates de excusarte en lo más mínimo a causa de tus pecados, negando la justicia de Dios. Deja, más bien, que la justicia de Dios, y su misericordia y su longanimidad dominen por completo tu corazón; y permite que esto te humille hasta el polvo [Alma 42:25, 30].

Como aprendemos aquí, aquellos que ponen excusas “niegan la justicia”, el principio de Nehor, y creen que la ley de la justicia no les aplica. Alma aconsejó a su hijo que no acudiera a la lista. “No trates de excusarte en lo más mínimo”. Le enseñó a ser responsable en un 100 por ciento.

Negar la justicia de Dios, o decir que no somos responsables del pecado, también es negar Su justificación en el perdón de ese pecado: “El Señor de cierto vendría para redimir a su pueblo; pero… no vendría para redimirlos en sus pecados, sino para redimirlos de sus pecados” (Helamán 5:10, énfasis añadido).

  1. DOS MANERAS DE NEGAR LA JUSTICIA DEL SEÑOR

Satanás divide con éxito los principios complementarios de la misericordia y la justicia cada vez que alguien sucumbe ante la tentación de negar la justicia del Señor. Negar Su justicia se presenta en al menos dos formas: La primera, la cual ya mencioné, es negar la justicia respecto a nuestros pecados, algo que defendían Korihor y Nehor. La segunda e igualmente dañina negación es no confiar en la justicia del Señor ni en Su sabiduría para lidiar con las injusticias que otros cometen contra nosotros.

En la película basada en la magistralmente escrita obra El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas, Edmond Dantès, el protagonista, es un hombre honrado y amoroso que se llena de amargura y sed de venganza  después de que tres ambiciosos hombres levantan falso testimonio en su contra y le tienden una trampa.

Un corrupto fiscal se hace cómplice y Dantés es arrestado justo el día en que se va a casar con su hermosa prometida Mercedes. A los diecinueve años es sentenciado a cadena perpetua en la infame cárcel del Castillo de If por un crimen que no cometió.

  1. Después de años de encierro en la soledad, conoce a otro preso, el anciano abate Faria, quien en su afán de escapar se equivoca al cavar un túnel y llega a la celda de Edmond en lugar de salir a la libertad. Con un túnel que comunica sus celdas y todo el tiempo del mundo, Faria comienza a enseñar a Dantés historia, ciencias, filosofía e idiomas, y lo convierte en un hombre culto. También le informa de un tesoro enorme que está oculto en la isla de Montecristo y le dice cómo encontrarlo si algún día logra escapar.

Sabiendo que la venganza podría consumir y destruir a Dantés, Faria le enseña una última lección antes de morir. La lección es no negar la justicia de Dios. Faria le dice: “No cometas el delito por el cual ahora estás encerrado. Dios dice: ‘la venganza es mía’”.

A lo que Dantés responde: “No creo en Dios”. El abate Faria afirma: “No importa. Él cree en ti”. 

  1. Dantés se mantiene escéptico. Tras la muerte de Faria, elabora un ingenioso plan, se mete en el sudario del anciano y por fin logra escapar de sus catorce años de tormento en el Castillo. Tras obtener el tesoro, se convierte en un hombre sumamente rico y adopta su nueva identidad del conde de Montecristo.

Luego traza un plan para los hombres que conspiraron en su contra, el cual es de venganza y de castigo doloroso y prolongado, algo justo por los catorce años que apenas sobrevivió en el calabozo al que fue enviado injustamente.

Dantés lleva a cabo su plan con precisión y sus enemigos sufren el castigo que él pensó detenidamente para cada uno de ellos.

Al leer el libro o ver la película El Conde de Montecristo, algo en nuestro interior desea ver que se haga justicia contra esos hombres crueles y conspiradores que causaron tanto dolor a alguien inocente. Tenemos un sentido de justicia y el deseo de que el bien venza al mal, de que las cosas perdidas se deben restaurar y de que los corazones lastimados se deben recuperar. Hasta que eso sucede, hay un hueco de injusticia que cuesta conciliar en la mente y más aún en el corazón, lo cual nos deja atribulados y nos dificulta seguir adelante.

  1. Las personas tratan de conciliar ese hueco de injusticia de muchas formas: buscando venganza, justificando su ira y su amargura, o procurando reparación legal y consecuencias impuestas. En última instancia vemos que la manera del Señor es la única que logra una verdadera y completa conciliación.

El error de Dantés no fue en sí procurar reparación y justicia según la ley ni sacar a luz trampas con castigos adecuados para los culpables, sino dejar que su deseo de justicia se convirtiera en odio, ira, autocompasión, autojustificación y otras conductas dañinas de la lista de antirresponsabilidad. Él prácticamente desciende al nivel de impiedad por sus enemigos y se vale del engaño, la mentira y el fraude para hacerlos caer, todo fuera de lo lícito, tal como habían hecho con él y como Faria había profetizado.

Al recurrir a la ley de Moisés, ojo por ojo y diente por diente, en lugar de a la ley del Evangelio, incluso perdonar a los enemigos y orar por ellos, Dantés se impuso a sí mismo una cadena perpetua de miseria y amargura. Al negar la justicia del Señor para los demás, sin darse cuenta se niega a él mismo la misericordia del Señor y opta por cumplir la sentencia que Cristo ya había cumplido en su favor. El deseo de venganza le arrebata una vida de dicha que pudo haber sido suya.

  1. Tener fe en Jesucristo es confiar en que gracias a Su sacrificio expiatorio Él corregirá todas las injusticias, restaurará todo lo perdido y reparará todo lo que se rompa, incluso el corazón. El pondrá todo en orden, sin pasar por alto ningún detalle. Por lo tanto, “debéis decir en vuestros corazones: Juzgue Dios entre tú y yo, y te premie de acuerdo con tus hechos” (D. y C. 64:11).

Al igual que Edmond Dantés, muchas víctimas han sido lastimadas cruelmente, como en casos de abuso, sin que se vea justicia en el futuro, y ellas sienten que el Señor requiere lo imposible al pedirles que perdonen.

Por difícil que sea perdonar en tales situaciones, no perdonar cuesta aún más a la larga, ya que pone a la persona en la lista de antirresponsabilidad.

No perdonar es sinónimo de culpar, de ira, de autojustificación y de autocompasión, todas las cosas de la lista. En cuanto

Satanás recurre a esas emociones negativas, comienza a ejercer control sobre la persona.

  1. Uno de los casos más difíciles de perdonar es el abuso del cónyuge, con el correspondiente dolor de la traición, la angustia y la crueldad. Hay un patrón interesante y común en esos casos: el que abusa casi siempre culpa a la víctima, así como Lamán y Lemuel culparon a Nefi por el maltrato que le dieron. El Señor advirtió a Nefi que separara a su familia de sus hermanos y de sus malas intenciones a fin de protegerse (véase 2 Nefi 5:1-7).

Supongamos que una mujer que ha sido maltratada cruelmente recibe una revelación similar y se separa de su abusivo esposo.

Si bien la maltratada mujer ahora está libre del entorno, se da cuenta de que le cuesta perdonar a su esposo por la constante e intensa crueldad. Parecería injusto pedirle que perdone su brutalidad cuando él aparentemente no quiere arrepentirse. No parece justo que ella, la inocente, sufra mientras el culpable parece quedar impune. ¿Puede hallarse paz sin justicia?

Así como Edmond Dantés, hasta que la maltratada esposa aprenda a perdonar, ella también niega o no confía en la justicia de Dios ni en su capacidad de juzgar con prudencia.

  1. La justicia es una ley eterna que requiere de castigo cada vez que se quebranta una ley de Dios (Alma 42:13– 24). El pecador debe pagar la pena si no se arrepiente (Mosíah 2:38–39; D. y C. 19:17). Si se arrepiente, el Salvador la paga por medio de la Expiación, al invocar la misericordia (Alma 34:16)7.

Si el ex esposo no se arrepiente, tendrá que pagar la pena: “cuán dolorosos no lo sabes; cuán intensos no lo sabes; sí, cuán difíciles de aguantar no lo sabes” (D. y C. 19:15). La esposa sabrá si él se ha arrepentido, ya que su restitución incluirá el hecho de pedirle perdón con humildad y sinceridad, y su afán por corregir las cosas.

Si bien la esposa entiende la ley de la justicia, lo que siente en ese momento es la necesidad de justicia. El élder Neal A. Maxwell enseñó que “la fe en Dios incluye tener fe en Sus propósitos y en Su tiempo. No podemos aceptarlo a Él y al mismo tiempo rechazar su calendario”8. El élder Maxwell también dijo: “El Evangelio garantiza justicia en última instancia, no de inmediato”9. “He aquí, mis ojos ven y conocen todas sus obras, y tengo reservado en su sazón un juicio repentino para todos ellos” (D. y C. 121:24).

La ley de la justicia y el confiar en el tiempo del Señor permite que la esposa no se preocupe más por la justicia y pone el juicio en las manos de Dios: “He aquí lo que dicen las Escrituras: El hombre no herirá ni tampoco juzgará; porque el juicio es mío, dice el Señor, y la venganza es mía también, y yo pagaré” (Mormón 8:20).

  1. El élder Jeffrey R. Holland compartió este útil punto de vista: • El perdonar a su esposo no excusa ni justifica la crueldad de él.
  • Perdonar no significa olvidar su brutalidad, ya que no se puede olvidar ni borrar un recuerdo tan traumatizante.
  • Perdonar no significa que la justicia se niega, ya
  • Perdonar no borra la herida que se ha causado, pero puede comenzar a sanarla y aliviar el dolor.
  • Perdonar no significa volver a confiar en él y darle otra oportunidad de que la maltrate a ella
  • Perdonar no significa que sus pecados le son perdonados. Solo el Señor puede hacerlo tras un arrepentimiento sincero.

Por favor no pregunten si es justo… Si se trata de nuestros pecados, no pedimos justicia. Lo que rogamos es misericordia, y debemos estar dispuestos a mostrarla.

¿Podemos ver la trágica ironía de no otorgar a los demás lo que tanto necesitamos nosotros?10

Para aquellos que sufren daños permanentes, sufrimiento prolongado o una pérdida a raíz de una ofensa, es más perdonar y dejarle la justicia al Señor. Esperamos que hallen consuelo en algo que enseñó el profeta José Smith: “¿Qué pueden hacer [estas desgracias]? Nada. Todas sus pérdidas les serán restituidas en la resurrección, siempre y cuando se mantengan fieles”.

Hasta que la maltratada mujer deje la justicia en manos del Señor, probablemente seguirá sintiendo ira, lo cual es una forma de devoción negativa hacia el culpable, y esto la atrapa en una pesadilla recurrente. El presidente George Albert Smith se refirió a esto como” valorar una influencia no adecuada”12. Si el esposo la ha lastimado tanto, ¿por qué le permite la esposa que la siga victimizando al rondarle en sus pensamientos? ¿Acaso no ha sufrido suficiente? Al no perdonar al esposo, permite que él la atormente mentalmente una y otra vez. Perdonarlo no lo libera a él, la libera a ella.

  1. Para entender el perdón se debe comprender lo que no es: que la misericordia no puede robar a la justicia y a los niños. Si bien perdonar es un mandamiento, la confianza se tiene que ganar y demostrar con el tiempo con buena conducta, lo cual él claramente no ha hecho.
  2. Eso es lo que no significa el perdón.

Lo que el perdón sí significa es perdonar la insensatez del esposo, incluso su estupidez, de sucumbir ante los impulsos del hombre natural y al mismo tiempo esperar que pueda “[someterse] al influjo del Santo Espíritu” (Mosíah 3:19). El perdón no significa darle otra oportunidad de maltratar, pero sí darle otra oportunidad en el Plan de Salvación.

También ayudaría si la esposa entiende “que somos castigados por nuestros pecados y no por ellos”. Entonces ella comprende que el que la ha maltratado se ha hecho más daño eterno a él mismo que el daño temporal que le ha causado a ella. Incluso en el presente, la verdadera felicidad de él disminuye en proporción inversa al aumento de su maldad, ya que “la maldad nunca fue felicidad” (Alma 41:10). Es digno de lástima por la lamentable y precaria situación en la que se encuentra.

Al saber que él se hunde en arenas espirituales, en ella podría comenzar a cambiar el deseo que tiene de justicia, lo cual ya ocurre, a la esperanza de que él se arrepienta antes de que sea tarde. Con ese entendimiento, ella incluso podría comenzar a orar por el que tanto la ha maltratado.

  1. Ese cambio de corazón semejante al de Cristo le ayuda a perdonar y hace posible la sanación que ella anhela y merece. El Salvador sabe exactamente cómo sanarla porque conoce su dolor, ya que lo vivió de forma vicaria.

En el caso de la esposa maltratada, hay dos partes: el esposo abusivo y la esposa víctima, y ambos necesitan ayuda divina. Alma enseña que el Salvador sufrió por ambos: por los pecados del hombre, y por la angustia, el pesar y el dolor de la mujer (véase Alma 7:11–12; Lucas 4:18).

Para tener acceso a la gracia y al poder sanador de Su expiación, el Salvador requiere algo de ambos.

La clave para que el esposo acceda a la gracia del Señor es el arrepentimiento. Si él no se arrepiente, el Señor no lo puede perdonar (véase D. y C. 19:15-17).

La clave para que la esposa acceda a la gracia del Señor y permita que Él la sane es el perdón. Hasta que la esposa logre perdonar, ella estará escogiendo sufrir la angustia y el dolor que Él ya sufrió por ella. Al no perdonar, sin darse cuenta niega Su misericordia y sanación. En cierta forma, hace que se cumpla este pasaje:

Yo, Dios, he padecido estas cosas… para que no padezcan…

Mas si no se arrepienten [ni perdonan] tendrán que padecer, así como yo [D. y C. 19:16–17].

34.CONCLUSIÓN

En resumen, ser 100 por ciento responsable es aceptar que uno tiene el control de su vida. Si otras personas tienen la culpa y tienen que cambiar antes de seguir progresando, quedamos a merced de ellos y ellos tienen control de los resultados positivos o que se esperan en la vida. El albedrío y la responsabilidad son inseparables.

No se puede eludir la responsabilidad sin minimizar el albedrío. La misericordia y la justicia también son inseparables. No se puede negar la justicia del Señor sin impedir Su misericordia. ¡Cómo le encanta a Satanás dividir principios complementarios y reírse de los estragos que ocasionan!

Invito a cada uno de ustedes a eliminar la lista de antirresponsabilidad o de antife de su vida, ¡aunque tengan la razón! Es una lista de antifelicidad y antiéxito incluso si tienen la razón. No es una lista para los valientes hijos e hijas de Dios que procuran llegar a ser más como Él. Es una de las principales herramientas de Satanás para controlar y destruir vidas. El día en que una persona elimina la lista de su vida, ese día recupera el control sobre los resultados positivos a partir de ese momento y comienza a avanzar en la luz a un ritmo acelerado (véase D. y C. 50:24).

Testifico del nombre de Jesucristo y del poder y de la felicidad que nos brinda la plenitud de Su evangelio. Él es la Vida y la Luz del mundo. Estos principios de los que he hablado son de Él. De ello testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.