De regreso a casa antes de lo previsto

Por Destiny Yarbro

La autora vive en Arizona, EE. UU.

Hay muchas maneras de seguir sirviendo al Señor y de hallar sentido a la vida tras regresar a casa anticipadamente de la misión.

Tanto mi padre como mi madre sirvieron una misión. Desde temprana edad, escuchaba sus anécdotas de la misión y soñaba con el día en que yo pudiera servir al Señor como misionera de tiempo completo.

La preparación para la misión fue uno de los momentos más preciados de mi vida; me hallaba más cerca del Señor de lo que jamás me había hallado. Recibí mi llamamiento misional a la Misión Hungría Budapest e ingresé al Centro de Capacitación Misional (CCM) de Provo con la determinación de darlo todo de mi parte a mi Padre Celestial.

Estar en el CCM fue una experiencia increíblemente espiritual para mí. Conforme me acercaba más al Señor, oraba con sinceridad para pedir que estuviera dispuesta a hacer cualquier cosa que Él me pidiese, y prometí que amaría a los húngaros con todo mi corazón.

Hacia el final de mi estadía en el CCM, enfermé. Después de una breve temporada en casa para recuperarme, se me dio la oportunidad de continuar mi misión en Hungría. Se me asignó estar con una magnífica entrenadora, la hermana Sunshine Nestor, quien me enseñó a reconocer las tiernas misericordias y los milagros diarios del Señor.

Tras unos pocos meses, enfermé de nuevo. Aunque la hermana Nestor y yo seguimos trabajando lo mejor que pudimos, tuve que regresar a casa otra vez.

A mi parecer, yo había decepcionado al Señor, porque no había servido una misión “completa”. Estaba convencida de que aún había húngaros a quienes “debería haber” enseñado si no hubiera enfermado. Me preguntaba si acaso no tenía la fe suficiente para ser sanada, ya que, a fin de cuentas, el Señor protege a Sus misioneros. Nunca había considerado la alternativa de que mi sacrificio al Señor no fuera dar un año y medio de mi vida, sino más bien sacrificar la clase de misión que yo había imaginado.

Mi búsqueda de sentido en casa

Conforme descendía del avión al regresar a casa, no pude evitar pensar que había dejado la labor más importante de mi vida allá, en el campo misional. Requirió tiempo, pero descubrí que había una obra en casa que también daría sentido a mi vida.

Independientemente de la razón por la que regreses de tu misión antes de lo previsto, toma la decisión hoy mismo de hacer de esa experiencia un paso hacia adelante en tu progreso, no un paso hacia atrás. Yo regresé a casa por razones de salud, pero hay otras personas que regresan por diversos motivos, incluso transgresiones. Por lo tanto, quizás algunas de las siguientes ideas no se apliquen a tu situación. Ora al Señor para hallar maneras de servirle desde casa. Por ejemplo, si has regresado a casa debido a una transgresión y aún no eres digno de asistir al templo, aun así puedes encontrar sentido a tu vida al recorrer los jardines del templo con regularidad y comprometerte a volver a Su Santa Casa algún día.

Además de leer las Escrituras, orar y asistir a la Iglesia, cada uno de los siguientes pasos de mi camino fue imprescindible para sanar.

1. Mantenerse en contacto

Mi primer paso para encontrar sentido en mi vida fue mantenerme en contacto con los santos y los misioneros de Hungría. Durante algún tiempo, viví esperando los días de preparación, en los que recibía mensajes de correo electrónico de la hermana Nestor y mis compañeras del CCM. No obstante, debo admitir que en ocasiones no era sencillo leer sobre la misión de mis compañeras ni hablar con los húngaros, a quienes extrañaba tanto. Sin embargo, en retrospectiva, ahora comprendo que fue fundamental para mi sanación conocer los milagros que sucedían allá.

2. Indexar en línea

Mi hermano menor, alentado amablemente por mi intuitiva madre, me convenció de que comenzara a indexar. Al principio, indexé lotes de nombres para contentarlo, pero cierto día apareció un registro con nombres de húngaros en mi pantalla. ¡El Espíritu me sobrecogió y me enseñó que aún podía ayudar a llevar almas húngaras a Cristo, solo que del otro lado del velo!

3. Establecer metas

Después de la misión, todas las metas que tenía antes para mi vida parecían imposibles de alcanzar debido a mi nueva situación médica No obstante, con el tiempo, me di cuenta de que había metas que podía lograr mientras me hallaba en cama. A las metas tales como leer Jesús el Cristo las denominé “las metas horizontales”, y me dediqué a ellas a diario.

4. Regresar a los estudios

Una de las metas de mi vida anteriores a la misión era graduarme de la universidad. Aunque asistir a clases hubiera resultado difícil por mi enfermedad y por las constantes citas médicas, mi papá me alentó a tomar clases en línea mediante el programa de Estudio independiente de la Universidad Brigham Young. No solo se trataba de una meta “horizontal” que podía lograr, sino que también entendí que quizás podría cumplir más de las metas previas a la misión de lo que antes había considerado posible.

5. Servir en una misión en línea

Cierto día, en la Iglesia, una hermana se acercó a mi mamá y le dijo: “¿Sabías que Destiny puede servir en una misión de indexación en línea?”. Aquella pregunta inesperada fue la respuesta a mis oraciones; podría servir al Señor durante nueve meses como misionera de servicio a la Iglesia en el área de soporte de indexación. ¡Esta era una meta que yo podíacumplir!*

6. Enseñar el curso de preparación misional

A medida que aprendía a controlar mi problema de salud, empecé a estudiar en un colegio universitario mientras servía mi misión en línea. Se me pidió que enseñara el curso de preparación misional en un Instituto cercano. Enseñar me ayudó a comprender que mi entusiasmo por la obra misional no había disminuido y que incluso mi breve misión me había proporcionado muchas experiencias que podían resultar valiosas para mis alumnos.

7. Servir como voluntaria en el CCM

Tras asistir con éxito un semestre al colegio universitario cercano a casa, me mudé a Utah, EE. UU., para asistir a BYU. Al principio, apenas podía caminar cerca del CCM de Provo sin sentir una oleada de emociones contradictorias. No obstante, empecé a trabajar semanalmente como voluntaria en el CCM y descubrí los efectos sanadores de conocer a los maravillosos misioneros que iban a mi querida Hungría.

8. Efectuar la obra del templo

Una hermana húngara, Edit, que ha preparado casi 150 000 nombres para el templo, me pidió que llevara algunos de sus nombres al templo. ¡Fue un gozo efectuar las ordenanzas salvadoras a favor de aquellas personas húngaras!

La sanación gradual a través de Su obra

Servir en una misión era el sueño más importante de mi vida y, como es comprensible, me sentí derrotada al volver a casa antes de lo previsto. Durante un tiempo, tenía dificultad al hablar de mi misión; tuve que lidiar con sentimientos de fracaso. Tuve que aprender a juzgar el valor de mi misión por mi deseo de servir en vez de juzgarlo por su duración. A pesar de que no lo entendía en aquel momento, cada uno de esos pasos para hallar sentido en mi vida también trajo la sanación.

Durante años, me preocupaba que regresar a Hungría me resultase difícil en el aspecto emocional. Cuando, con el tiempo, viajé allá, recién al segundo día pude percatarme de que no solo no sentía pesar alguno, sino que además sentía un gozo incontenible por estar de regreso. Entonces supe que el Padre Celestial me había dado la oportunidad de experimentar el poder sanador de la expiación del Salvador. Ahora sé que, por medio de la expiación de Jesucristo, todas las cosas se rectificarán al final.

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¿No somos todos mendigos?

Por el élder Jeffrey R. Holland

Del Quórum de los Doce Apóstoles

Ricos o pobres, debemos “hacer lo que podamos” cuando los demás tienen necesidad.

Qué nuevo aspecto tan maravilloso se ha introducido a nuestra conferencia general. Bien hecho Eduardo.

Durante el que sería el momento más asombroso de Su ministerio terrenal, Jesús se puso de pie en Su sinagoga de Nazaret y leyó las siguientes palabras que profetizó Isaías y que se registraron en el Evangelio de Lucas: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos y… a poner en libertad a los quebrantados”1.

Así fue como el Salvador hizo el primer anuncio público de Su ministerio mesiánico. Aunque en este versículo también dejó claro que, en el recorrido hacia Su máximo sacrificio expiatorio y Resurrección, Su primer y más importante deber mesiánico sería bendecir a los pobres, incluso a los pobres de espíritu.

Desde el comienzo de Su ministerio, Jesús amó a los pobres y a los desfavorecidos de manera extraordinaria. Nació dentro del hogar de dos de ellos y creció entre muchos más de ellos. Desconocemos los detalles de Su vida temporal, pero una vez dijo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves… nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza”2. Aparentemente, el Creador de los cielos y la Tierra, y de “todo cuanto en ellos hay”3, era, al menos de adulto, una persona sin hogar.

A lo largo de la historia, la pobreza ha sido uno de los mayores y más extendidos problemas de la humanidad. Su costo más evidente suele ser físico, pero el daño espiritual y emocional que genera podría ser aún más debilitador. En todo caso, el llamado más persistente que jamás haya hecho el gran Redentor es el de sumarnos a Él para levantar esa carga de las personas. Siendo Jehová, dijo que juzgaría duramente a la casa de Israel porque “el despojo del [necesitado] está en vuestras casas”.

“¿Qué intentáis”, clamó, “vosotros que trituráis a mi pueblo y moléis la cara de los pobres?”4.

El autor de Proverbios aclaró este punto con más agudeza: “El que oprime al pobre afrenta a su Hacedor”, y “el que cierra su oído al clamor del pobre también clamará y no será oído”5.

En nuestra época, la Iglesia restaurada de Jesucristo aún no había cumplido un año cuando el Señor mandó a los miembros a “[atender] a los pobres y a los necesitados, y [suministrarles] auxilio a fin de que no sufran”6. Presten atención al tono imperativo del final: “que no sufran”. Ése es el tono de Dios cuando habla seriamente.

Dada la monumental labor de abordar la desigualdad en el mundo, ¿qué puede hacer un hombre o una mujer? El Maestro mismo ofreció una respuesta. Cuando antes de ser traicionado y crucificado, María ungió la cabeza de Jesús con un ungüento muy caro para ungir difuntos, Judas Iscariote se quejó de esta extravagancia y “[murmuró] contra ella”7.

Jesús dijo:

“¿por qué la molestáis? Buena obra me ha hecho…

“Ella ha hecho lo que podía”8.

¡Ella ha hecho lo que podía! ¡Qué fórmula más sucinta! En cierta ocasión un periodista le preguntó a la Madre Teresa de Calcuta sobre su imposible tarea de rescatar a los destituidos de aquella ciudad; le dijo que, estadísticamente hablando, ella no estaba logrando nada. Aquella mujer pequeña y extraordinaria le contestó que su obra era una obra de amor, no de estadísticas. A pesar de la gran cantidad de personas que estaban lejos de su alcance, dijo que ella podía observar el mandamiento de amar a Dios y a su prójimo al servir a los que estaban a su alcance con cualquier recurso que tuviera. “Lo que hacemos es tan solo una gota en el océano”, dijo en otra ocasión. “Pero si no lo hiciéramos, el océano tendría una gota menos”9. De manera sensata, el periodista concluyó que el cristianismo no era, obviamente, una labor estadística. Razonó que si había más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve que no necesitan del arrepentimiento, entonces era evidente que Dios no estaba sumamente preocupado por los porcentajes10.

De modo que, ¿cómo es posible “hacer lo que podamos”?.

Por un lado podemos, como enseñó el rey Benjamín, dejar de retener nuestros medios por creer que los pobres han traído su miseria sobre sí. Puede que algunos sean los causantes de sus propias dificultades, pero ¿acaso no sucede exactamente lo mismo con el resto de nosotros? ¿No es por eso por lo que este rey caritativo pregunta: “No somos todos mendigos?”11. ¿No clamamos todos por ayuda, esperanza y respuestas a nuestras oraciones? ¿No pedimos perdón por los errores que hemos cometido y los problemas que causamos? ¿Acaso no imploramos todos que la gracia compense nuestras debilidades y la misericordia triunfe sobre la justicia, al menos en nuestro caso? No nos extrañe que el rey Benjamín diga que obtenemos una remisión de nuestros pecados al suplicar a Dios, quien responde de manera compasiva, mas retenemos la remisión de nuestros pecados cuando respondemos, también de manera compasiva, al pobre que nos suplica a nosotros12.

Además de obrar de manera misericordiosa hacia ellos, también deberíamos orar por los necesitados. Un grupo de zoramitas, a quienes sus congéneres consideraban como la “hez” y la “escoria”, esas son palabras de las Escrituras, fueron expulsados de sus casas de oración “a causa de la pobreza de sus ropas”. Mormón dice que eran “pobres en cuanto a [las] cosas del mundo, y también eran pobres de corazón”13, dos condiciones que casi siempre van juntas. Los misioneros Alma y Amulek contrarrestan ese rechazo reprensible de los mal vestidos diciéndoles que cualquiera que sea el privilegio que se les niegue, ellos siempre podrán orar: en sus campos, en sus casas, en sus familias y en el corazón14.

Pero entonces Amulek le dice a este grupo que habían sido rechazados: “Si después de haber [orado], volvéis la espalda al indigente y al desnudo, y no visitáis al enfermo y afligido, y si no dais de vuestros bienes, si los tenéis, a los necesitados, os digo que… vuestra oración es en vano y no os vale nada, y sois como los hipócritas que niegan la fe”15. Qué recordatorio tan deslumbrante de que, ricos opobres, debemos “hacer lo que podamos” cuando los demás tienen necesidad.

Antes de que se me acuse de proponer programas sociales globales quijotescos, o de respaldar el mendigar como una industria en auge, les aseguro que mi reverencia hacia los principios del trabajo, el ahorro, la autosuficiencia y la ambición es tan sólida como la de cualquier hombre o mujer. Siempre se espera de nosotros que nos ayudemos a nosotros mismos antes de procurar la ayuda de los demás. Es más, no sé exactamente cómo cada uno de ustedes deben cumplir con su obligación hacia aquellos que no siempre pueden o no saben cómo ayudarse a sí mismos; pero sí sé que Dios lo sabe y que Él los ayudará y guiará hacia actos caritativos de discipulado si, de manera diligente, desean, oran y buscan la manera de cumplir con un mandamiento que Él nos ha dado una y otra vez.

Observen que estoy hablando de necesidades sociales complejas que van más allá de a los miembros de la Iglesia. Afortunadamente, la manera que tiene el Señor de ayudar a los nuestros es más sencilla: todo el que tenga capacidad física debe observar la ley del ayuno. Isaías escribió:

“¿No es más bien el ayuno que yo escogí?…

“¿Que compartas tu pan con el hambriento y a los pobres errantes alojes en tu casa?… ¿Que cuando veas al desnudo, lo cubras?… ¿Soltar las cargas de opresión, y dejar libres a los quebrantados?”16.

Testifico de los milagros, tanto espirituales como temporales, que reciben quienes viven la ley del ayuno. Testifico de los milagros que he recibido yo. Verdaderamente, como escribió Isaías, he clamado en mi ayuno más de una vez y realmente Dios me ha respondido: “Heme aquí”17. Aprecien ese sagrado privilegio, al menos mensualmente, y sean tan generosos como sus circunstancias lo permitan con las ofrendas de ayuno y con otras donaciones humanitarias, educativas y misionales. Les prometo que Dios será generoso con ustedes, y las personas que reciban alivio de sus manos les llamarán bienaventurados para siempre. El año pasado más de 750.000 miembros de la Iglesia recibieron ayuda a través de las ofrendas de ayuno administradas por fieles obispos y presidentas de la Sociedad de Socorro. Eso significa una gran cantidad de Santos de los Últimos Días agradecidos.

Hermanos y hermanas, un sermón así exige que reconozca abiertamente las bendiciones interminables e inmerecidas de mi vida, tanto temporales como espirituales. Al igual que ustedes, de vez en cuando he tenido que velar por mis finanzas, pero nunca he sido pobre, ni sé cómo se siente un pobre. Es más, desconozco las razones de por qué las circunstancias del nacimiento, la salud o las oportunidades educativas y económicas varían tanto en esta vida. Pero cuando veo tanta necesidad en muchas personas, sé que “por la gracia de Dios he sido preservado”18. También sé que aun cuando tal vez no sea el guarda de mi hermano, soy el hermano de mi hermano, y “por eso quiero dar también, según tu voz”19.

En este sentido rindo un tributo personal al presidente Thomas Spencer Monson. Hace 47 años que he tenido la bendición de conocer a este hombre, y la imagen de él que atesoraré hasta que muera es él volando de regreso a casa en pantuflas procedente, en ese entonces, de una devastada Alemania Oriental porque no sólo había regalado su segundo traje y sus otras camisas, sino también los zapatos que llevaba puestos. “¡Cuán hermosos son sobre los montes [y que se arrastran por una terminal de aeropuerto] los pies del que trae buenas nuevas, del que publica la paz”20. Más que ningún otro hombre que yo conozca, el presidente Monson “ha hecho lo que ha podido” por la viuda y el huérfano de padre, por los pobres y los oprimidos.

En 1831, el profeta José Smith recibió una revelación en la que el Señor le dijo que un día los pobres verían el reino de Dios viniendo a liberarlos en “poder y gran gloria”21. Ruego que podamos ayudar a cumplir con esa profecía y bajo el poder y la gloria de nuestra membresía en la Iglesia verdadera de Jesucristo hacer lo posible por liberar a quienes podamos de la pobreza que los tiene cautivos y destruye muchos de sus sueños, lo ruego en el misericordioso nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Lucas 4:18.

  2. Mateo 8:20.

  3. 2 Nefi 2:14; 3 Nefi 9:15.

  4. Isaías 3:14–15.

  5. Proverbios 14:31; 21:13.

  6. Doctrina y Convenios 38:35.

  7. Véase Marcos 14:3–5; véase también Mateo 26:6–9; Juan 12:3–5.

  8. Marcos 14:6, 8; cursiva agregada.

  9. Mother Teresa of Calcutta, My Life for the Poor, ed. José Luis González-Balado and Janet N. Playfoot, 1985, pág. 20.

  10. Véase Malcolm Muggeridge, Something Beautiful for God, 1986, págs. 28–29, 118–119; véase también Lucas 15:7.

  11. Mosíah 4:19.

  12. Véase Mosíah 4:11-12, 20, 26.

  13. Alma 32:2–3.

  14. Véase Alma 34:17–27.

  15. Alma 34:28; cursiva agregada.

  16. Isaías 58:6–7.

  17. Isaías 58:9.

  18. Atribuido a John Bradford, véase The Writings of John Bradford, ed. Aubrey Townsed, xliii.

  19. “Tú me has dado muchas bendiciones, Dios”, Himnos, Nº 137 © Harper San Francisco.

  20. Isaías 52:7.

  21. Doctrina y Convenios 56:18–19; véase también versículo 19.