Llamados y escogidos

Presidente James E. Faust

Aquellos que han sido llamados, sostenidos y apartados tienen derecho a recibir nuestro apoyo sustentador.

Mis queridos hermanos del sacerdocio, acepten nuestro agradecimiento por todo lo que hacen para llevar adelante la obra del Señor en el mundo entero. Deseo hablar en cuanto a los oficios sagrados de aquellos líderes del sacerdocio que han sido “llamados y escogidos”1 para guiar la Iglesia en esta época. Éste es un año especial por lo menos por dos motivos: Primero, este próximo diciembre celebraremos el bicentenario del nacimiento del profeta José Smith y, segundo, en junio, el presidente Gordon B. Hinckley celebró 95 años de vida. Testifico que el profeta José Smith fue llamado y escogido como el primer profeta de esta dispensación y que el presidente Gordon B. Hinckley es el profeta, vidente y revelador de esta Iglesia en la actualidad.

Cuando Mike Wallace entrevistó al presidente Hinckley hace algunos años en el programa de televisión 60 Minutes, dijo: “[La gente dirá] que esta Iglesia la dirigen ancianos”. A esto, el presidente Hinckley respondió: “¿No es maravilloso tener a un hombre de madurez a la cabeza; a un hombre de criterio que no es llevado por doquiera de todo viento de doctrina?”2. De manera que si alguno de ustedes piensa que los líderes actuales son muy ancianos para dirigir la Iglesia, el presidente Hinckley quizás tenga que darles algunos otros consejos en cuanto a la sabiduría que se obtiene con la edad.

De los 102 apóstoles llamados a servir en esta dispensación, sólo trece de ellos han servido más tiempo que el presidente Hinckley. Él ha servido más tiempo como Apóstol que Brigham Young, que el presidente Hunter, que el presidente Lee, que el presidente Kimball y que muchos otros más. Es maravilloso tener su inspirada dirección. Discúlpenme al decir que a veces siento que estoy al borde de la muerte. A los 85 años, ocupo el tercer lugar entre las Autoridades Generales de mayor edad que aún viven. Yo no he buscado ese honor, simplemente he seguido con vida para ganármelo.

Pienso que nunca antes en la historia de la Iglesia ha habido más unidad que la que actualmente existe entre mis hermanos de la Primera Presidencia, del Quórum de los Doce y de las demás Autoridades Generales de la Iglesia que han sido llamados y escogidos, y que actualmente dirigen la Iglesia. Creo que hay gran evidencia de esto. Los líderes actuales del reino terrenal de Dios han disfrutado de la guía inspiradora del Salvador más tiempo que cualquier otro grupo. Somos el grupo de mayor antigüedad que haya dirigido la Iglesia.

El trato frecuente que he tenido con algunos de esos hombres durante casi medio siglo me faculta, a mi parecer, para declarar con confianza que mis hermanos de las Autoridades Generales, sin excepción, son hombres buenos, honorables y de confianza. Conozco sus corazones; son siervos del Señor. Su único deseo es trabajar en sus sublimes llamamientos y edificar el reino de Dios en la tierra. Nuestras Autoridades Generales que prestan servicio en la actualidad han sido probados, examinados y son fieles. Algunos no son tan fuertes físicamente como antes, pero sus corazones son tan puros, su experiencia es tan extensa, sus mentes tan perspicaces y su sabiduría espiritual tan profunda que es un consuelo el sólo estar en su presencia.

Me sentí humilde y sobrecogido cuando se me llamó a ser Ayudante de los Doce Apóstoles hace 33 años. Días después, el presidente Hugh B. Brown me aconsejó que la cosa más importante que debía hacer era estar siempre en armonía con mis hermanos de las Autoridades Generales. El presidente Brown no entró en detalles; sólo dijo: “Sigue a las Autoridades Generales”. Yo deduje que eso significaba que debía seguir el consejo y la dirección del Presidente de la Iglesia, de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce. Eso resonaba como algo que yo quería hacer con todo mi corazón.

Otros quizás no estén de acuerdo con ese consejo, pero es digno de consideración. He llegado a la conclusión de que la guía espiritual depende en gran parte del estar en armonía con el Presidente de la Iglesia, la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce, a todos los que se les sostiene, como lo fueron hoy, como profetas, videntes y reveladores. No sé cómo esperamos estar en plena armonía con el Espíritu del Señor si no estamos en armonía con el presidente de la Iglesia y con los demás profetas, videntes y reveladores.

Cuando era diácono, mi padre nos llevó a mi hermano mayor y a mí a la reunión general del sacerdocio en el Tabernáculo. Recuerdo lo emocionado que me sentía al estar por primera vez en presencia del Profeta de Dios, el presidente Heber J. Grant, y de los demás profetas y apóstoles. Escuché con atención sus mensajes y atesoré en el corazón las cosas que dijeron. A través de los años sus temas se han repetido muchas veces, y supongo que algunos de ellos se repetirán una vez más en esta conferencia. Esos temas son esenciales para nuestra salvación y necesitamos la repetición.

Desde el principio de la historia del mundo se han escrito muchos ejemplos de aquellos que no han estado en armonía con los profetas. En los primeros días de nuestra dispensación, algunos de los Doce, para pesar suyo, no fueron leales al profeta José Smith. Uno de ellos fue Lyman E. Johnson, un miembro del Quórum de los Doce original, quien fue excomulgado por conducta indigna. Más tarde él lamentó su caída espiritual y dijo: “Dejaría que me cortaran la mano derecha si pudiese volver a creer. En aquella época estaba lleno de alegría y gozo; mis sueños eran agradables. Al despertar por la mañana, mi espíritu era jovial; era feliz de día y de noche, estaba lleno de paz, gozo y agradecimiento; pero ahora es oscuridad, dolor, pesar y sufrimiento extremos. Desde entonces no he tenido un momento feliz”3. Murió en un accidente de trineo en 1856 a los 45 años de edad.

Luke S. Johnson también fue llamado al Quórum de los Doce original en 1835. Su determinación espiritual se debilitó a causa de una especulación financiera en 1837. Al mirar atrás, él dijo: “Mi mente se oscureció y quedé solo para seguir mi propio camino. Perdí el Espíritu de Dios y descuidé mi deber; la consecuencia de esto fue que en una conferencia que se llevó a cabo en Kirtland, el 3 de septiembre de 1837… se me dio de baja en la Iglesia”. Para diciembre de 1837, él se unió a los apóstatas para denigrar en público a la Iglesia, y fue excomulgado por apostasía en 1838. Durante ocho años ejerció la profesión médica en Kirtland. Más tarde, en 1846, él y su familia volvieron a la hermandad de los santos. Él dijo: “Me he detenido junto al camino y me he alejado de la obra del Señor; sin embargo, mi corazón está con este pueblo. Deseo ser parte de los santos; ir con ellos al desierto y continuar con ellos hasta el fin”. Fue rebautizado en marzo de 1846 y viajó al Oeste con la compañía original de pioneros en 1847. Murió en Salt Lake City en 1861 a los 54 años de edad, en la plena hermandad de la Iglesia4.

Mi consejo a los miembros de la Iglesia es que apoyemos al Presidente de la Iglesia, a la Primera Presidencia, al Quórum de los Doce y a las demás Autoridades Generales con todo nuestro corazón y alma. Si lo hacemos, estaremos en puerto seguro.

El presidente Brigham Young dijo que recordaba que en muchas ocasiones el profeta José Smith decía que “tenía que orar todo el tiempo, ejercer su fe, vivir su religión y magnificar su llamamiento a fin de obtener las manifestaciones del Señor y mantenerse firme en la fe”5. Todos podemos esperar que se ponga a prueba nuestra fe. Esos desafíos podrán presentarse de diversas maneras. Quizás no les guste el consejo que los líderes de la Iglesia les den. Ellos no buscan la popularidad, sino que desean ayudarnos a evitar las calamidades y las decepciones que se manifiestan al desobedecer las leyes de Dios.

Además, debemos sostener y apoyar a nuestros líderes locales, porque ellos también han sido “llamados y escogidos”. Todo miembro de esta Iglesia puede recibir consejo de un obispo o presidente de rama, de un presidente de estaca o misión, y del Presidente de la Iglesia y de sus colegas. Ninguno de esos hermanos solicitó su llamamiento; ninguno es perfecto; sin embargo, son los siervos del Señor, llamados por Él mediante los que tienen derecho a recibir inspiración. Aquellos que han sido llamados, sostenidos y apartados tienen derecho a recibir nuestro apoyo sustentador.

He admirado y respetado a cada obispo que he tenido. He tratado de no poner en tela de juicio su guía, y he sentido que al sostener y seguir sus consejos he sido protegido de la “estratagema de hombres… [y de] las artimañas del error”6. Eso fue porque cada uno de esos líderes llamados y escogidos tuvo derecho a la revelación divina que viene con el llamamiento. La falta de respeto a los líderes eclesiásticos ha causado que muchos padezcan un debilitamiento y una caída espirituales. Debemos ver más allá de las aparentes imperfecciones, fallas y deficiencias de los hombres que han sido llamados a presidirnos y apoyar el oficio que poseen.

Hace muchos años, solíamos llevar a cabo en nuestros barrios actividades para recaudar fondos para pagar los servicios públicos y otras actividades y gastos locales que hoy en día se pagan de los fondos generales de la Iglesia y del presupuesto de la unidad local. Solíamos tener bazares, ferias, cenas y otras actividades para recaudar fondos. En ese entonces, teníamos en el barrio un obispo maravilloso, responsable y devoto.

Un miembro de un barrio vecino descubrió que una máquina para zambullir a la gente era un medio excelente para recaudar fondos. Los participantes pagaban para lanzar pelotas de béisbol a un brazo mecánico. El acertar al blanco provocaba que un mecanismo hiciera que la persona que estuviera sentada en la silla de la máquina cayera en una pila llena de agua fría. Nuestro barrio optó por utilizar esa máquina y alguien sugirió que más gente pagaría para lanzar pelotas si el obispo estuviera dispuesto a sentarse en la silla para ser zambullido. Nuestro obispo era comprensivo, y debido a que era responsable de recaudar el dinero, consintió de buena gana en sentarse en la silla. Al poco rato, alguien empezó a comprar pelotas y a lanzarlas al blanco. Varios acertaron y el obispo quedó empapado. Después de media hora de esa actividad, él comenzó a tiritar.

Si bien la mayoría de las personas pensaron que había sido muy divertido, mi padre se sintió muy ofendido por motivo de que el oficio de obispo se hubiese degradado de esa forma, e incluso que se le hubiese expuesto al ridículo o aun al desprecio. Aunque el dinero que se recaudaba era para una buena causa, todavía recuerdo sentirme avergonzado porque algunos de nuestros miembros no demostraron más respeto tanto por el oficio como por el hombre que día y noche nos servía tan bien como nuestro buen pastor. Como poseedores del sacerdocio de Dios, debemos dar el ejemplo a nuestras familias, a nuestros amigos y a nuestros colegas de sostener a los líderes de la Iglesia.

Las Santas Escrituras, al igual que las Autoridades Generales y locales de la Iglesia, proporcionan una red protectora de consejo y de guía para las personas de la Iglesia. Por ejemplo, durante toda mi vida, las Autoridades Generales han instado a nuestros miembros, desde éste y de otros púlpitos, a vivir de acuerdo con nuestros ingresos, a abstenernos de las deudas y a ahorrar un poco para situaciones difíciles, puesto que siempre las habrá. He vivido tiempos de gran dificultad económica como lo fue la Gran Depresión de los Estados Unidos y la Segunda Guerra Mundial. Las experiencias que he tenido me hacen tener temor de no hacer lo que pueda para protegerme a mí y a mi familia de las consecuencias de dichas catástrofes. Agradezco a las Autoridades Generales ese sabio consejo.

El presidente de la Iglesia no llevará a los miembros de la Iglesia por mal camino. Nunca sucederá. Los consejeros del presidente Hinckley lo apoyan sin reserva alguna, al igual que el Quórum de los Doce, los Quórumes de los Setenta y el Obispado Presidente. Por consiguiente, como he dicho, existe un amor y una armonía especiales en los consejos presidentes de la Iglesia por nuestro presidente y entre nosotros.

El sacerdocio de Dios es un escudo; es un escudo contra las maldades del mundo. Ese escudo se debe conservar limpio, ya que, de lo contrario, la visión de nuestro objetivo y de los peligros que nos rodean será limitada. El agente purificador es la rectitud personal, pero no todos pagarán el precio para mantener su escudo limpio. El Señor dijo: “Porque muchos son llamados, y pocos escogidos”7. Somos llamados cuando se imponen manos sobre nuestra cabeza y se nos confiere el sacerdocio, pero no somos escogidos sino hasta que le demostremos a Dios nuestra rectitud, nuestra fidelidad y nuestra dedicación.

Hermanos, esta obra es verdadera. José Smith vio al Padre y al Hijo, y oyó y siguió Sus instrucciones. Ése fue el inicio de esta gran obra, la responsabilidad de la cual descansa ahora sobre nosotros. Doy solemne testimonio de su divinidad, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. D. y C. 55:1.

  2. Discourses of President Gordon B. Hinckley, 1995–1999 (2005), Tomo I,pág. 509.

  3. Citado en Brigham Young, Deseret News, 15 de agosto de 1877, pág. 484.

  4. Véase de Susan Easton Black, Who’s Who in the Doctrine & Covenants, págs. 188–189.

  5. Véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Brigham Young, págs. 364–365.

  6. Efesios 4:14.

  7. Mateo 22:14

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“En … [los] consejeros hay seguridad”

Presidente Gordon B. Hinckley

He escuchado con interés todo lo que se ha dicho en esta reunión. Se ha hablado mucho a los jóvenes, y yo apoyo todas esas palabras. Espero que los consejos que habéis oído se hayan grabado en vuestra memoria. Si los seguís, bendecirán vuestra vida ahora y en los años por venir.

Al finalizar esta reunión, deseo hablar sobre un tema en particular.

En una reunión general del sacerdocio anterior, me referí al deber del obispo, y hable de todas sus responsabilidades. Supongo que ninguno de vosotros se acuerda de eso; no obstante, yo recuerdo haberlo hecho.

Esta noche deseo hablaros sobre los consejeros. Hay el doble de consejeros que de obispos y presidentes, y son realmente importantes.

El Señor, en su infinita sabiduría, ha creado en esta Iglesia lo que llamamos “presidencias”. Básicamente, todos los quórumes y organizaciones son presididos por una presidencia, excepto el Consejo de los Doce Apóstoles, que tiene un presidente del quórum; y los Quórumes de los Setenta, que tienen siete presidentes. Entiendo el porque de que no haya presidencia de los Doce: Es que el Consejo consiste de doce hombres maduros, un numero relativamente pequeño en donde todos tienen responsabilidades comparables de liderazgo. Mas aun, sus miembros forman un grupo muy unido, en el que cada uno se expresa libremente sobre cualquier asunto que tenga que tratar el quórum. Evidentemente, no hay necesidad de que una presidencia de tres presida sobre los otros nueve hermanos restantes. A todos ellos los ha madurado una larga experiencia y son hombres que han recibido un llamamiento especial.

En el caso de los Setenta, la cantidad de quórumes que pueden organizarse varía. Cada uno de los presidentes, a quien se llama del Primer Quórum de los Setenta, es igual a los otros; y a uno de los siete se le denomina como “presidente mayor”.

En el quórum de presbíteros, el obispo es el presidente. Pero, ya sea en un obispado, en una presidencia de estaca, de quórum del Sacerdocio Aarónico o el de Melquisedec, de misión, de templo, de organización auxiliar, de Area o en la Primera Presidencia de la Iglesia, hay un presidente con sus consejeros.

Creo que sé por experiencia propia lo que es servir como consejero; pienso que sé algo con respecto a ese cargo y a los limites de su responsabilidad.

En el barrio numeroso donde crecí, había cinco quórumes de diáconos, cada uno con una presidencia compuesta por tres muchachos. Mi primera responsabilidad en la Iglesia, el primer cargo que tuve, fue el de consejero del que presidía el quórum de diáconos al cual yo pertenecía. Nuestro buen obispo me llamó y me habló sobre el llamamiento. Me quede muy impresionado y muy preocupado. Por naturaleza era un chico tímido, y creo que el llamamiento de consejero en el quórum de diáconos era de la misma forma motivo de preocupación entonces, de acuerdo con mi edad y experiencia, como lo es ahora la responsabilidad que tengo, de acuerdo con mi edad y experiencia.

Después, tuve cargos en las presidencias de otros quórumes del sacerdocio. Además, fui consejero en la superintendencia (así se llamaba entonces) de la Escuela Dominical de estaca antes de ser superintendente; fui consejero en una presidencia de estaca antes de ser presidente de la estaca; y, como ya sabéis, ahora he servido como consejero de dos Presidentes de la Iglesia, dos lideres extraordinarios, dedicados e inspiradores.

Hay varios principios importantes que se aplican a los consejeros. En primer lugar, el oficial que preside elige a sus consejeros; nadie le fuerza a aceptar consejeros elegidos por otro. Pero en la mayoría de los casos, es necesario que una autoridad que este por encima de él apruebe su elección; por ejemplo, en la organización de una estaca, que se hace bajo la dirección de una Autoridad General, con mucha meditación y oración se elige un presidente; luego se le pide que el nombre a los hombres que puedan ser sus consejeros, pero antes de entrevistarlos, esa elección debe contar con la aprobación de la Autoridad General pertinente.

Es indispensable que el presidente elija a sus consejeros, ya que es muy importante que haya entre ellos una buena relación; tiene que haber una absoluta confianza mutua; deben trabajar juntos con un espíritu de mutuo respeto. Los consejeros no son el presidente y, aunque en ciertas circunstancias pueden actuar en su nombre, eso se hace por delegación de autoridad. Ahora, deseo hablar de algunos deberes que tiene un consejero.

Es un ayudante del presidente. Sea cual sea la organización, la labor del presidente es pesada. Hasta el presidente del quórum de diáconos, si cumple con su deber, tiene una gran tarea, ya que él es responsable de la actividad y el bienestar de los chicos de su quórum.

Al ser un ayudante, el consejero no actúa como presidente, ni asume las responsabilidades ni toma las decisiones que le corresponden a este.

En las reuniones de presidencia, los consejeros tienen la libertad de expresar lo que piensen sobre todos los asuntos que se traten allí. Sin embargo, el presidente es quien tiene la prerrogativa de tomar la decisión y los consejeros tienen el deber de apoyarlo. Entonces, ellos hacen suya la decisión de él, fueren cuales fueren las ideas que hayan tenido.

Si el presidente es sabio, les asignara deberes particulares y les dará la libertad de llevarlos a cabo, haciéndolos responsables de lo que pase.

Un consejero es un socio. Una presidencia puede constituir una hermosa relación una amistad en la que tres hermanos, trabajando unidos, desarrollan un compañerismo estrecho y satisfactorio. Con la delegación de responsabilidades, se mueven independientemente hasta cierto punto. Unidos los tres tienen la responsabilidad de la obra del barrio, del quórum, de la estaca, de la organización, etc.

Esta asociación es como una válvula de seguridad. El prudente escritor de los Proverbios nos dice que “en … [los] consejeros hay seguridad” (Proverbios 11:14). Cuando surgen problemas, cuando enfrentamos decisiones difíciles, es maravilloso poder contar con alguien con quien podamos hablar con confianza.

Recuerdo cuando era muchacho y teníamos nuestras reuniones de presidencia. El presidente presentaba cualquier asunto que tuviéramos que tratar; hablábamos de él y, después de nuestra conversación, continuábamos adelante con lo necesario para obtener los resultados deseados.

No es probable que en ninguna organización de la Iglesia un presidente haga algo sin la seguridad de que sus consejeros están de acuerdo con el programa propuesto. Un hombre o una mujer, pensando solo, trabajando solo, llegando a sus propias conclusiones solo, puede hacer algo que este equivocado; pero cuando los tres se arrodillan para orar, analizan todos los aspectos del problema que tienen delante y, bajo la influencia del Espíritu, llegan a una conclusión unificada, entonces podemos tener la seguridad de que la decisión esta en armonía con la voluntad del Señor.

Puedo asegurar a todos los miembros de la Iglesia que en la Primera Presidencia también seguimos ese proceder. Aun el Presidente de la Iglesia, que es el Profeta, Vidente y Revelador, y que tiene el derecho y la responsabilidad de juzgar y dirigir a la Iglesia, invariablemente consulta con sus consejeros para saber lo que piensan. Si no hay unidad, no hay acción. Dos consejeros, trabajando con un presidente, preservan un buen sistema de decisiones equilibradas; llegan a ser una protección que raras veces da lugar al error y que ofrece un liderazgo realmente fuerte.

Un consejero es un amigo. Las presidencias deben hacer algo mas que reunirse en consejo; de vez en cuando, y sin excederse, ellos y sus cónyuges deben tener también una relación social; deben ser buenos amigos, amigos de confianza, en un sentido muy real. Los consejeros han de preocuparse por la salud y el bienestar de su presidente, y él tiene que sentirse a gusto hablándoles de sus problemas personales, si es que los tiene, con la absoluta seguridad de que mantendrán en la más estricta confidencia todo lo que se les diga.

Un consejero es un juez. Es un juez menor que el presidente, pero juez de todos modos.

Cuando hay que formar un consejo disciplinario, los tres hermanos del obispado, o de la presidencia de estaca, o de la Presidencia de la Iglesia, se sientan, analizan el asunto y oran juntos para poder tomar una decisión. Queridos hermanos, quiero aseguraros que nunca se pronuncia un juicio hasta después de haber orado sobre la decisión. La acción contra un miembro es un asunto demasiado delicado para dejarlo sólo en manos del hombre, y particularmente de un solo hombre; si ha de haber justicia, tiene que contarse con la guía del Espíritu, la cual se ha de pedir fervientemente y luego seguir.

En algunas circunstancias, un consejero puede actuar como representante de su presidente. El poder de representación debe darlo el presidente, y el consejero no debe nunca abusar de ese poder. La obra tiene que seguir adelante a pesar de las ausencias de un presidente, causadas por enfermedad, empleo u otros factores que el no pueda controlar. En esos casos, y en interés de la obra, el presidente debe dar a sus consejeros autoridad para actuar con absoluta confianza, puesto que él los ha capacitado al servir juntos como obispado o presidencia.

El ser consejero puede no resultar fácil. El presidente J. Reuben Clark, hijo, que, siendo consejero del presidente HeberGrant, tuvo a su cargo las responsabilidades de la Iglesia cuando este estuvo enfermo, me dijo en una oportunidad: “Es muy difícil tener responsabilidad sin tener autoridad”.

Lo que quiso decir es que tenía que seguir adelante cumpliendo los deberes que normalmente corresponden al Presidente, pero que al hacerlo, no contaba con la autoridad misma de Presidente.

Creedme que llegue a comprender muy claramente esa situación. Quisiera hablaros de algunos de mis sentimientos personales al respecto. Durante la época en que el presidente Kimball estuvo enfermo, la salud del presidente Tanner empezó a decaer y finalmente falleció; entonces se llamó al presidente Romney como Primer Consejero y a mi como Segundo Consejero del presidente Kimball. Luego, el presidente Romney enfermó, dejando así en mis manos una carga de responsabilidad que era casi abrumadora. Con frecuencia buscaba el consejo de mis hermanos de los Doce, y no puedo agradecerles lo bastante su comprensión y la sabiduría de sus decisiones. En asuntos en que la norma estaba ya bien establecida, seguíamos adelante. Pero nunca se anunció ni puso en practica una norma, ni se cambió una practica establecida, sin sentarnos primero con el presidente Kimball y recibir su pleno consentimiento y su completa aprobación.

En esas oportunidades en que iba a hablar con él, llevaba siempre conmigo a un secretario que anotaba en un registro la conversación detallada. Os puedo asegurar, mis queridos hermanos, que nunca me adelante a sabiendas al Profeta, que nunca tuve ningún deseo de ponerme delante del en lo que se refiere a normas ni en las instrucciones para la Iglesia. Yo sabia que él era el Profeta nombrado por el Señor en aquellos días; y aun cuando yo también, junto con los demás hermanos de los Doce, había sido sostenido como Profeta, Vidente y Revelador, sabia que ninguno de nosotros era el Presidente de la Iglesia. Sabía que el Señor le prolongaba la vida al presidente Kimball con propósitos que sólo Él conocía, y tenía fe de que esa prolongación se debía a una razón que estaba en la sabiduría de Aquel que es más sabio que cualquier ser humano.

En 1985 falleció el presidente Kimball, y el presidente Ezra Taft Benson, en ese entonces Presidente del Consejo de los Doce, fue sostenido por unanimidad como Presidente, Profeta, Vidente y Revelador de la Iglesia. Él eligió a sus consejeros, y puedo aseguraros que hemos trabajado en armonía, y que esta ha sido una experiencia maravillosa y compensadora.

El presidente Benson tiene ahora 91 años y le faltan la fortaleza y la vitalidad que antes poseía en abundancia. El hermano Monson y yo, siendo sus consejeros, seguimos haciendo lo que se hizo antes, o sea, seguir adelante con la obra de la Iglesia, pero teniendo mucho cuidado de no pasar por encima del Presidente ni iniciar ningún cambio en las normas establecidas sin que él lo sepa y sin contar con su completa aprobación.

Estoy agradecido por el presidente Monson. Nos hemos conocido por mucho tiempo y hemos trabajado juntos en muchas responsabilidades. Nos aconsejamos el uno al otro y oramos juntos; pero posponemos la decisión si no estamos completamente seguros de lo que vamos a hacer y no contamos con la bendición de nuestro Presidente y con la seguridad que se recibe del Espíritu del Señor.

Oramos por nuestro Presidente; lo hacemos a menudo y con gran fervor. Lo queremos mucho y sabemos cual es nuestra relación con el y nuestra responsabilidad hacia toda la Iglesia. Pedimos consejo a los Doce y somos participes de sus juicios, lo cual es un recurso mucho más grande de lo que podría describiros.

No temáis, hermanos; hay una Presidencia en esta Iglesia. Espero que no os suene jactancioso si os digo que ha sido establecida por el Señor. No estamos aquí por nuestros propios deseos. Os agradecemos vuestro apoyo sostenedor; sabemos que oráis por nosotros, y nosotros oramos por vosotros. Esperamos estar siguiendo la voluntad del Señor y creemos fervorosamente que así es; esperamos que vosotros penséis lo mismo. No tenemos otro deseo que el de hacer Su voluntad concerniente a Su reino y a Su pueblo.

Servimos en nuestros cargos por Su paciencia, sabiendo que en cualquier momento que Él lo decida, puede sacarnos fácilmente. Respondemos a Él en esta vida, y sabemos que seremos responsables ante Él cuando se nos llame para dar nuestro informe. Espero que no se nos halle en falta. Espero que cuando llegue el momento, tenga yo la oportunidad de estar ante mi amado Salvador para dar cuenta de mi mayordomía, y que pueda hacerlo sin tener que avergonzarme, disculparme ni buscar excusas. Sé que no soy perfecto y que tengo mis debilidades; pero puedo decir que he tratado de hacer lo que el Señor quería que hiciera siendo su siervo y el de todo miembro de esta Iglesia en todo el mundo; y, particularmente, siendo el siervo de mi querido Presidente, Profeta, Vidente y Revelador.

Sirvo en calidad de consejero, como muchos de los que estáis presentes aquí, vosotros en vuestra responsabilidad y yo en la mía. Ruego, mis queridos hermanos, que seamos fieles y verídicos en estos sagrados llamamientos, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.