¿Qué debemos hacer cuando no sabemos qué hacer?

Lo que el Señor espera de nosotros es que averigüemos, estudiemos y entremos en acción aun cuando nos falte un conocimiento perfecto.

Nefi, después de que él y sus hermanos habían fracasado varias veces en su intento por conseguir las planchas de bronce que tenía Labán, se puso en camino para intentarlo por última vez “sin saber de antemano lo que tendría que hacer” (1 Nefi 4:6).

A través de las épocas, muchos profetas han enfrentado un desafío similar al tener que actuar por la fe. Adán recibió el mandamiento de ofrecer sacrificios sin saber por qué (véase Moisés 5:5–6). Abraham partió de su tierra natal hacia una nueva tierra de herencia sin saber dónde estaba ubicada (véase Hebreos 11:8; Abraham 2:3, 6). Pablo viajó hasta Jerusalén sin saber qué le pasaría cuando llegara (véase Hechos 20:22). José Smith se arrodilló en una arboleda sin saber a qué Iglesia debía afiliarse (véase José Smith—History 1:19).

También nosotros podemos encontrarnos en situaciones que nos exijan entrar en acción sin saber qué debemos hacer. Felizmente, las experiencias mencionadas nos enseñan diferentes maneras de seguir adelante a pesar de la incertidumbre.

Nefi exhortó a sus hermanos a que fueran fieles en guardar los mandamientos del Señor (véase 1 Nefi 4:1); luego actuó guiado por esa fe: entró “furtivamente en la ciudad” y se dirigió “a la casa de Labán”, “e iba guiado por el Espíritu” (1 Nefi 4:5–17). Y el Espíritu le dijo no sólo lo que tenía que hacer, sino también por qué era importante que lo hiciera (véase 1 Nefi 4:12–14).

Adán respondió siendo “obediente a los mandamientos del Señor” (Moisés 5:5). Abraham actuó movido por la fe y, como resultado llegó a “la tierra prometida” (Hebreos 11:9). Pablo decidió no temer a las “prisiones y tribulaciones”, sino llegar al fin del “ministerio que recibi[ó] del Señor Jesús” (Hechos 20:23–24). José Smith meditó sobre las Escrituras y tomó la determinación de seguir la exhortación de “pedir a Dios” (José Smith—Historia 1:13).

Tenemos la responsabilidad de entrar en acción

En las Escrituras se nos advierte que el no saber qué hacer no es excusa para no hacer nada. Nefi, que deseaba “conocer las cosas que [su] padre había visto”, reflexionó sobre ellas y fue “arrebatado en el Espíritu del Señor” (1 Nefi 11:1). Entretanto, Lamán y Lemuel pasaron el tiempo “disputando entre sí concerniente a las cosas que [Lehi] les había hablado” (1 Nefi 15:2).

Lo que el Señor espera de nosotros es que averigüemos, estudiemos y entremos en acción, aun cuando haya algunas cosas que tal vez nunca lleguemos a saber en esta vida. Una de ellas es el momento de Su Segunda Venida, de lo cual Él dijo: “Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor” (Mateo 24:42). Al referirse a esa incertidumbre, el presidente Wilford Woodruff (1807–1898) aconsejó a los miembros de la Iglesia a prepararse, pero afirmó que él todavía iba a continuar plantando cerezos1.

“Cuando vives dignamente y lo que has elegido está de acuerdo con las enseñanzas del Salvador y necesitas actuar, sigue adelante con confianza”, dijo el élder Richard G. Scott, del Quórum de los Doce Apóstoles. Si somos sensibles a la inspiración del Espíritu, agregó, “recibirás el estupor de pensamiento que te indicará que lo que has escogido no es correcto, o sentirás paz o que tu pecho arde confirmándote que tu elección ha sido correcta [véase D. y C. 9:8–9]. Cuando tú vives con rectitud y actúas con confianza, Dios no permitirá que sigas adelante por mucho tiempo sin hacerte sentir la impresión de que has hecho una mala decisión”2.

Probemos al Señor

Dos experiencias que tuve, en casos en que no estaba seguro de lo que debía hacer, ilustran la importancia de obedecer los mandamientos y de seguir a los profetas vivientes. Cuando estaba en el colegio universitario, me quedé sin fondos, así que busqué un trabajo de tiempo parcial. Al recibir el primer cheque, no sabía si el dinero me iba a alcanzar hasta el próximo pago; pero recordé la promesa del Señor con respecto al diezmo: “…probadme ahora en esto… si no os abriré las ventanas de los cielos y derramaré sobre vosotros bendición…” (Malaquías 3:10).

Decidí probar al Señor; pagué primero el diezmo y Él me bendijo con lo necesario; y en el proceso aprendí a confiar en Sus promesas.

Años después, cuando mi esposa y yo teníamos niños pequeños y yo estaba comenzando en una carrera nueva, mi empleador cambió el plan de seguro médico; el que teníamos terminaba el 1º de junio y el nuevo no empezaba hasta el 1º de julio, lo cual nos dejaba un mes entero sin seguro. No sabíamos qué hacer, pero entonces recordé un discurso que había dado el presidente N. Eldon Tanner (1898–1982) en el cual aconsejaba a los miembros de la Iglesia que siempre tuvieran un seguro de salud3.

Hablé con la compañía y negocié un contrato para seguir con el seguro durante todo junio. El 28 de ese mes Matt, nuestro hijo mayor, se cayó del trampolín en la piscina de nuestro vecindario y se golpeó la cabeza contra el cemento, lo que le produjo una fractura de cráneo y conmoción cerebral. De inmediato lo llevaron en helicóptero al hospital donde los especialistas lo trataron; el costo fue astronómico y nos habría arruinado económicamente, pero felizmente el seguro de salud pagó la mayor parte del tratamiento.

¿Qué debemos hacer?

Así que, ¿qué debemos hacer cuando no sabemos qué hacer? Para recibir una respuesta, no tenemos por qué buscar más allá de los profetas, de las Escrituras y del Salvador. Esas invalorables fuentes nos enseñan a:

  1. Buscar las respuestas por medio del estudio y de la oración.

  2. Obedecer los mandamientos.

  3. Confiar en el Señor y en Sus promesas.

  4. Seguir al Profeta.

  5. Seguir adelante con fe, no con temor.

  6. Llevar a cabo nuestra misión.

Y en cada uno de esos pasos, sigamos el consejo del presidente Boyd K. Packer, Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles: “Siempre, siempre sigan la inspiración del Espíritu”4.

Ese libro me despertó la curiosidad

Me quedé mirando el Libro de Mormón y medité acerca del mensaje que me habían enseñado los misioneros.

Un día, mis amigos y yo nos juntamos para festejar; estábamos en la casa de mi amigo, charlando, bebiendo y fumando; sin embargo, uno de ellos, Patrick, no se unió a nosotros. Entonces me di cuenta de que Patrick nunca hacía nada de lo que hacíamos el resto de nosotros, y recordé que era mormón.

Cuando se hizo tarde, cada uno se fue por su lado, menos Patrick y yo. Nos fuimos juntos en un yipni (medio popular de transporte público de Filipinas). Yo todavía me seguía preguntando por qué Patrick no se unía a nosotros y vino a mi recuerdo un día, cuatro años atrás, cuando teníamos dieciséis años; íbamos caminando por una calle cerca de nuestra escuela y le conté que algún día quería ser sacerdote.

“En nuestra Iglesia ya tendrías el sacerdocio”, respondió Patrick. “Sólo tendrían que ordenarte. Después, cuando cumplas diecinueve, puedes predicar el Evangelio como misionero”.

“Eso es absurdo”, dije, pensando en que él no sabía mucho acerca del Evangelio. “¿Cómo podría un joven de diecinueve años predicar a la gente? Se requieren muchos estudios a fin de poder predicar”.

Patrick insistió en que los jóvenes de diecinueve años de su Iglesia podían predicar. Me contó también que su Iglesia tenía otro libro de Escrituras y me dio un ejemplar; en casa lo hojeé y sentí que había algo misterioso en ese libro; pero, a pesar de eso, no me interesaba realmente, así que lo puse en una caja y allí estuvo guardado durante los siguientes cuatro años.

Y bien, mientras viajábamos en el yipni después de la fiesta, le pregunté a Patrick a dónde iba. “Me voy a encontrar con unos amigos que son élderes, o sea, misioneros”. Recordaba haberlos visto y le pregunté a Patrick si podría llevarme hasta donde estuvieran ellos y así podría hacerles algunas preguntas acerca de su Iglesia.

Nos encontramos con los misioneros en una tienda cerca de su área y nos saludaron con un apretón de manos; fue algo muy formal. Así que después de que se presentaron, me di cuenta de que parecían ser como cualquier otro joven. Querían fijar una cita para responder a mis preguntas.

“Está bien, sólo denme su número y, si estoy disponible, les enviaré un mensaje de texto”, contesté; pero, en realidad, no tenía planes de mandarles ningún mensaje.

Cuando llegué a casa, tomé el libro que Patrick me había dado hacía cuatro años; había algo en él que me despertaba curiosidad. A la mañana siguiente les envié un mensaje a los misioneros para que me enseñaran. Empezaron con la restauración del Evangelio; ¡parecía tan diferente!, y me dije: “¿Por qué la gente quiere restaurar cosas si saben que las generaciones del pasado son diferentes de la generación de hoy?”.

Después de dos charlas, decidí que no quería seguir recibiéndolas. Cuando me preguntaron el porqué, les contesté: “Sencillamente ya no estoy interesado”. Pasó una semana. Estaba sentado mirando el Libro de Mormón, meditando en el mensaje que me habían enseñado. Comencé a leer lo que los misioneros me habían dicho que leyera en 3 Nefi 11. Leí que Jesús había ido a otra nación para mostrar que Él era el Salvador y el Mesías. En 3 Nefi 15, reconocí un pasaje que había leído antes en Juan 10:16; era algo que los misioneros ni siquiera me habían enseñado aún.

Se me salieron las lágrimas y me encontré llorando en mi habitación. Me di cuenta del amor que Jesucristo siente por nosotros; Él nos ama tanto que dio Su propia vida para salvarnos de nuestros pecados. No dudé en orar y pedí saber si el Libro de Mormón que tenía entre mis manos era verdadero. Mientras oraba en mi habitación, completamente solo, de pronto sentí que había alguien allí que me estaba escuchando.

Se me ablandó el corazón a causa de las impresiones que había recibido. Me puse de pie y dije: “Ésta es la Iglesia verdadera. Sé que ésta es la Iglesia que Jesucristo restauró”.

Jesucristo expió nuestros pecados y ésa es la razón por la que me convertí. Sé que Él fue el único que tiene el poder y la autoridad para volver a edificar Su Iglesia en nuestra dispensación. Actualmente me encuentro sirviendo como misionero en la Misión Filipinas Cagayan de Oro y estoy esforzándome por ayudar a las personas a sentir la gran felicidad que tengo ahora.