El abrazo de un padre

Por Luiz Fernando Maykot

Perdí a mi padre cuando yo tenía siete años. Las dudas que eso me ocasionó casi me impidieron confiar en mi Padre Celestial.

Mi familia se disponía a salir de aquella fiesta, pero yo todavía quería ir a patinar sobre ruedas. Mi padre me abrazó y me preguntó si quería quedarme para que él me llevara a patinar.

“¡No!”, le dije enojado.

“Puedes confiar en mí”, me dijo.

Había otros que querían marcharse, así que nos subimos al vehículo. Diez minutos después, sufrimos un accidente. Milagrosamente, yo sobreviví, pero mi padre murió. Aquel “¡no!” fue lo último que le dije, y él fue la última persona a la que abrazaría durante muchos años.

Durante los once años siguientes, mi vida se empezó a ir abajo; perdí la confianza en mí mismo y comencé a desconfiar de todos. Mi vida era tan desdichada que un día, cuando tenía dieciocho años, me encontré debatiéndome ante una inmensa desesperación, implorándole a Dios que me mostrara el camino hacia una vida feliz.

Una semana más tarde, dos misioneros se me acercaron; me enseñaron un libro y me dijeron que debía orar para recibir un testimonio de su veracidad. Lo que pidieron parecía algo insignificante, pero las heridas que me dejó la muerte de mi padre eran profundas, y consideré que mi encuentro con los misioneros fue una mera coincidencia más bien que una respuesta de un Dios que me amaba.

Aun así, leí el Libro de Mormón y oré para recibir una respuesta, pero no con muchos deseos. Después de todo, aquello significaría que tendría que confiar en Dios y aceptarlo a Él y Su respuesta. Era más fácil aceptar las críticas sobre la Iglesia, tan fáciles de encontrar. También había descubierto que muchos de los grandes personajes históricos sobre los que se me enseñó en la escuela tenían grandes defectos. ¿Y si José Smith fuera como ellos?

No obstante, al final fui bautizado y confirmado; sabía que necesitaba una guía en mi vida y me gustaba la Iglesia y sus miembros. Sin embargo, ahora me doy cuenta de que me uní a la Iglesia sin tener un verdadero testimonio, de los que hacen arder el corazón. La creencia que sí tenía resultó cuando me di cuenta de que los argumentos de los detractores de la Iglesia eran superficiales; pero dado que seguía desconfiando, llegué al punto en el que se me hacía insoportable mantener esa creencia. Había conocido la Iglesia por motivo de mi falta de confianza y mi desdicha, y estaba decayendo hacia ese mismo estado una vez más.

De modo que tomé una decisión crucial: Voy a orar, pero esta vez lo haré exactamente como Moroni nos exhortó que lo hiciéramos, con “fe en Cristo”, con “verdadera intención” y con un “corazón sincero” (Moroni 10:4). El día que había escogido, ayuné y oré para pedir ayuda, y dediqué el día a meditar en todo lo que había sucedido.

Aquella noche me arrodillé al pie de la cama; inclinando la cabeza, le pregunté al Padre Celestial acerca de la veracidad del Libro de Mormón. Mi mente comenzó a recordar todas mis dudas; cerré los ojos, apreté con fuerza las manos y pregunté una vez más: con sinceridad, con verdadera intención, con fe en nuestro Salvador.

El mundo pareció detenerse. Tuve un sentimiento de calidez y de estar rodeado de luz. Durante once largos años había anhelado ese momento, y al final me abrazaba otra vez un padre: un Padre Celestial. Por fin había encontrado a alguien en quien confiar. “Sí”, dije con lágrimas en el rostro, “confío en Ti”.

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La historia de Nefi, mi historia

Nombre omitido

La llamada de Jake me dejó destrozada, pero hallé esperanza en el ejemplo de un profeta de la antigüedad.

Unos años después de terminar mi carrera universitaria, me encontraba en una noche de hogar con otros jóvenes adultos solteros del barrio. Se nos había invitado a la casa de un consejero de la presidencia de nuestra estaca, y su esposa iba a enseñar la lección.

Estábamos leyendo el relato de cuando Nefi y sus hermanos fueron por las planchas de bronce que tenía Labán (véase 1 Nefi 3–5). Nuestra maestra habló del valor y de la tenacidad que demostró Nefi; entonces ella miró a nuestro pequeño grupo con una mirada penetrante.

“A Nefi y a sus hermanos se les había dado una tarea difícil”, indicó. “Tuvieron que hacer varios intentos, ninguno de los cuales fue fácil; no obstante, merecía un esfuerzo tenaz. Como resultado de haber conseguido las Escrituras, Nefi impediría que su familia ‘degener[ara] y pere[ciera] en la incredulidad’ (1 Nefi 4:13).

“Habrá ‘planchas’ en sus propias vidas”, prosiguió. “Quizá tendrán que demostrar perseverancia para lograr su formación académica; quizá se les llamará a demostrar valor al salir con personas del sexo opuesto. Sean cuales sean los sacrificios, los obstáculos, los reveses y las congojas, y cueste lo que cueste preservar su futura familia y evitar que degenere en la incredulidad, regresen y consigan las planchas”.

Me pareció una buena analogía y la asimilé en mi memoria para recordarla más adelante. En aquel momento no sentía que hubiera muchos obstáculos en mi vida. Había terminado mis estudios, disfrutaba de mi trabajo y salía desde hacía cuatro meses con un joven estupendo, un viejo amigo con quien la relación iba tomando un tono más serio. No podía sentirme más feliz por la manera en que iban las cosas.

Varios meses más tarde, mi relación con Jake (nombre alterado) había avanzado considerablemente, pero sus padres se habían divorciado años antes y su separación seguía afectándole profundamente. Tenía miedo de que, si nos casábamos, las cosas terminaran para nosotros de la misma manera que para sus padres.

Le dije que estaba dispuesta a darle tiempo, mucho tiempo si lo necesitaba, para aclarar las cosas en su mente y su corazón. Hablamos sobre tomar decisiones basadas en la fe más bien que en el miedo. Conversamos acerca del papel del albedrío y del hecho de que no tenía que dar por sentado que el curso de acción de sus padres automáticamente se convertiría también en el destino de él. Hablamos también acerca de la expiación de Jesucristo y de la capacidad que Él tiene de sanarnos el corazón.

Nuestras conversaciones parecieron aliviarle un poco su ansiedad, y nuestra relación siguió como antes. De modo que cuando me llamó un sábado por la tarde para dar fin a nuestra relación, me quedé más que sorprendida. Me dijo que no podía verse a sí mismo casado conmigo ni con nadie; simplemente ya no creía en el matrimonio.

Durante la siguiente hora, volvimos a hablar del asunto, pero no pude persuadirlo. Me susurró “lo siento” y colgó el teléfono. Me senté en silencio en mi cama, con las lágrimas que me rodaban por las mejillas, completamente atónita.

Al poco rato, mi compañera de habitación llamó a la puerta. “¿Vienes a la conferencia de estaca?”, preguntó. No tenía muchas ganas de ir a ninguna parte ni de hacer nada, pero me puse un vestido y entré en su vehículo.

Cuando llegamos, la primera persona a la que vi fue a la hermana que había enseñado la lección de aquella noche de hogar hacía unos meses. Ninguna de las dos dijimos nada, pero cruzamos una mirada y en mi mente escuché una voz que me llamó por mi nombre y me dijo: “Vuelve y consigue las planchas”.

De alguna manera supe todo lo que aquella invitación implicaba; no se trataba solamente de un antiguo profeta que regresaba para obtener un registro sagrado. También se trataba de mí. Significaba que aunque Jake no creía en el matrimonio, yo podía seguir creyendo; podía creer, orar y esforzarme por lograrlo; no de una manera soñadora y melancólica, sino de una manera confiada, activa, y resuelta a prepararme cada día porque éste es el plan de Dios para Sus hijos. No significaba que tenía que volver con Jake y estar con él hasta que “lo convenciera” sobre la idea del matrimonio, y tampoco quería decir que tenía que empezar a salir con otra persona inmediatamente. Estaba bien que tuviera un tiempo para superar el dolor y sanar.

Pero durante ese tiempo sí podía evitar caer en la autocompasión; podía resistir la tentación de despreciar a Jake o a los hombres en general; podía buscar amistades que creyeran en el matrimonio y lo desearan y, al igual que Nefi, podía confiar en un Padre Celestial lleno de amor que no da ningún mandamiento, ya se trate de obtener antiguos registros de las Escrituras o casarse y fundar una familia, sin preparar el camino para que lo cumplamos.

Todavía me encuentro en la etapa de “estar cumpliendo”, más bien que en la de “haber cumplido”. Todavía no estoy casada, pero me siento agradecida por las buenas experiencias que he tenido al salir con otras personas, experiencias que han resultado ser más beneficiosas por haber logrado una mayor comprensión de la función que tiene la perseverancia en el logro de metas justas.

También siento consuelo y confianza al saber lo que el élder Richard G. Scott, del Quórum de los Doce Apóstoles, enseñó acerca del modelo de perseverancia de Nefi. Dijo lo siguiente:

“Después de dos intentos fracasados, Nefi seguía confiando en el Señor. Entró sigilosamente en la ciudad y se dirigió hacia la casa de Labán sin tener todas las respuestas, y dijo: ‘…iba guiado por el Espíritu, sin saber de antemano lo que tendría que hacer’. Después agregó algo significativo: ‘No obstante, seguí adelante’ (1 Nefi 4:6–7; cursiva agregada).

“Nefi estaba dispuesto a intentarlo una y otra vez, con todo su esfuerzo; expresó fe en que recibiría la ayuda y rehusó desanimarse; pero recibió la guía porque se puso en acción, tuvo confianza en el Señor, fue obediente y empleó bien su albedrío. Así fue inspirado, paso a paso, hasta el éxito y, según las palabras de su madre, se le dio ‘poder para llevar a cabo lo que el Señor [había] mandado’ (1 Nefi 5:8; cursiva agregada)”1.

Por supuesto, este principio de la perseverancia no se limita al aspecto de salir con personas del sexo opuesto; también se aplica a aquellos que tienen una enfermedad crónica y que no están seguros de que puedan soportar con optimismo otro día lleno de dolor; a la pareja que procura superar las dificultades que existen en su matrimonio; a padres que llevan años orando por un hijo que se ha descarriado; a la joven que es recibida con antipatía en la escuela debido a sus creencias; o a misioneros que han trabajado durante días sin lograr enseñar una sola lección. En cierto modo, a todos se nos ha mandado regresar y obtener las planchas.

Y al igual que Nefi, nosotros también podemos. Con valor, perseverancia y fe podemos cumplir todo lo que el Señor nos ha mandado.

Nunca nos demos por vencidos

La perseverancia es una característica positiva y activa. No es esperar inútil y pasivamente que suceda algo bueno. Nos da esperanza al ayudarnos a entender que los justos fracasan sólo cuando se rinden y dejan de esforzarse”.

Élder Joseph B. Wirthlin (1917–2008), del Quórum de los Doce Apóstoles, “Nunca os deis por vencidos”, Liahona, enero de 1988, pág. 7.

Referencias

  1. Véase Richard G. Scott, “Cómo reconocer las respuestas a las oraciones”, Liahona, enero de 1990, pág. 32.