Un televisor y un espíritu elevados.

Por Kaci Cronin

La autora vive en Misisipi, EE. UU

Mi esposo es completamente sordo, pero está profundamente dedicado al Evangelio; sin embargo, muchos años de luchar por entender lo que se decía en las reuniones semanales de la Iglesia lo hicieron renuente a asistir a otras reuniones y transmisiones del sacerdocio. Aunque los miembros del barrio eran cordiales y le daban ánimo, su falta de conocimiento en cuanto a la ayuda técnica que él necesitaba a fin de participar en las reuniones muchas veces hacía que mi marido se sintiera solo y frustrado.

Éramos nuevos en el barrio cuando llegó la época de la conferencia general. Mi esposo, de mala gana, se preparó para ir a la reunión general del sacerdocio, preguntándose con qué problemas se enfrentaría al tratar de ver la transmisión. Cuando llegó, no encontró a nadie que supiera cómo instalar los subtítulos en el proyector de techo, de modo que llevaron un televisor sobre un carrito de ruedas y lo colocaron en un rincón del salón. Pero había un leve problema: sin querer, habían conectado al proyector el cable que se necesitaba para el televisor, por lo que no se podía utilizar el televisor. Mi esposo, que está acostumbrado a ese tipo de situaciones, fue a la biblioteca y empezó a buscar el cable del proyector; después de buscar en varias cajas y en los gabinetes, lo encontró.

Debido a que la transmisión estaba a punto de empezar, nadie quería ni desconectar ni modificar nada. El cable que mi marido encontró era demasiado corto para llegar al televisor que estaba encima del carrito de ruedas, así que había que ponerlo en una mesa más baja. Él sacó el carro del salón sacramental y lo puso en uno de los salones cercanos y empezó a desconectar los cables del televisor pensando si alguien se ofrecería a ayudarlo a levantar el aparato. En ese momento, escuchó que alguien entraba en el cuarto; era el obispo. Mi esposo se sintió mejor cuando entre los dos colocaron el televisor sobre la mesa, y prendió el televisor mientras el obispo agarraba una silla y la colocaba frente a la pantalla.

Mi esposo le agradeció la ayuda y le tendió la mano; entonces el obispo se dirigió hacia la puerta. Para sorpresa de mi esposo, el obispo siguió de largo y se dirigió hacia donde estaban las sillas apoyadas contra la pared; agarró una y fue a sentarse junto a mi esposo. Los dos permanecieron sentados lado a lado durante toda la sesión.

Hoy en día mi esposo asiste con entusiasmo a las reuniones. El acto sencillo de bondad del obispo elevó el espíritu de mi esposo y permitió que su corazón se llenara de gratitud. Aunque aún surgen algunos problemas, ya no se siente solo ni fuera de lugar. Su perspectiva ha cambiado para siempre debido a las acciones inspiradas de uno de los pastores de Cristo.

Comprender mejor el Evangelio mediante la maternidad

Por Katy McGee

La maternidad nos brinda oportunidades singulares de aprender la doctrina del Señor por medio del Espíritu.

Toda madre sabe que el modo de administrar el tiempo cambia drásticamente después de que llegan los hijos a la familia. Mientras volvía a aprender la forma de administrar mi tiempo con cuatro pequeños, pasé por momentos desalentadores, especialmente en lo que respecta al estudio del Evangelio. Es un tanto difícil programar el estudio de las Escrituras y asegurarse de que sea significativo; pero algunas experiencias me han enseñado que si soy obediente y oro con fervor, el Señor me enseñará de otras maneras.

Nuestro Padre Celestial

Un día en el que estaba planchando, mi hijita de un año empezó a llorar en la cuna. Era la hora de la siesta y yo sabía que si me apresuraba a darle el chupete [chupón], se volvería a dormir. Lucy, la pequeña de tres años, estaba jugando en el cuarto donde yo estaba planchando; vacilé por un momento, pero luego decidí dejar la plancha encendida, pues sabía que me ausentaría tan solo unos momentos. “Lucy, ¿ves la plancha sobre mi tabla alta?”, le pregunté. “Está MUY caliente. Tengo que ir a darle el chupete a Claire; por favor no toques la plancha mientras yo no esté, o te harás daño”.

Estaba segura de que Lucy me había entendido, así que, apresurándome, salí de la habitación. Regresé un momento después y oí un gemido detrás del sillón.

“¿Lucy?”, le pregunté. “¿Dónde estás?”.

No contestó.

“¿Estás bien?; ¿dónde te has escondido?”.

Me dirigí hacia detrás del sillón y me senté en el suelo. Ella escondía su rostro entre las manos. Después de negarse varias veces a decirme lo que había pasado, por fin dijo: “Mami, toqué la plancha”.

Al principio me sentí confusa de que no hubiese prestado atención a mi advertencia; pero después me sentí afligida de que se escondiera de mí por cometer un pequeño error, temerosa de que hubiese perdido mi amor y mi confianza. Yo sabía que ella no podía hacer nada para aliviar el dolor, y que solo yo podía hacer algo para curarle el dedo quemado. Consolé a Lucy, y mientras la llevaba de prisa al lavabo del baño para calmarle el dolor, el Espíritu le susurró a mi corazón: “Así es como se siente el Padre Celestial cuando Sus hijos no prestan atención a Sus advertencias y no le permiten aliviarles el dolor cuando más lo necesitan”. En ese momento sentí regocijo por ese conocimiento y sentí confianza en el deseo del Señor de enseñarme.

La verdadera caridad

Unos años más tarde se me llamó como consejera de la presidencia de la Sociedad de Socorro del barrio. Me sentía inepta para desempeñar tal llamamiento, de modo que empecé a estudiar el principio de la caridad. Oré para desarrollar una caridad más semejante a la de Cristo por las hermanas a quienes prestaba servicio, pero no estaba segura de cómo se manifestaría ese don espiritual o de cómo se sentiría tenerlo.

Un día, mientras preparaba el almuerzo, estaba preocupada pensando en ello. Mi tercera hija, Annie, se encontraba sentada en el descanso de las escaleras, absorta en la imaginación de una niña de dos años. La vi inclinarse hacia adelante para alcanzar un juguete, perder el equilibrio y caer cuatro o cinco escalones. Corrí hacia ella y traté de calmarla mientras lloraba. La tranquilicé lo suficiente para permitirme oír un pequeño sollozo que provenía de la mesa de la cocina; miré hacia allá y vi a Claire, de cinco años, que lloraba.

“Ven aquí”, le dije. “¿Qué te pasa?”.

Corrió hacia Annie y hacia mí para darnos un abrazo. Sus palabras fueron una respuesta directa a la pregunta que había suplicado en mi oración en cuanto a la caridad.

“Vi a Annie cuando se cayó, y luego vi lo triste que estaba”, dijo. “Hubiera preferido caerme yo de las escaleras en lugar de Annie y no tener que verla caer”.

De inmediato, me vino un pensamiento a la mente por medio del Espíritu: “Eso es caridad”.

Aumentar la fe

Hace poco, mi esposo enseñó a nuestros hijos la historia de Moisés. Yo comenté: “¡Creo que la fe de la madre de Moisés es extraordinaria! Ella lo puso en el río y oró al Padre Celestial para que lo protegiera. ¿Se imaginan la gran fe que tuvo que tener para confiarle su bebé al Padre Celestial?”.

Lucy preguntó: “Mami, ¿tu fe es así de grande?”.

Fue una pregunta profunda. Pensé en ella por un momento y después compartí algunas experiencias que he tenido en las que, con fe, confié plenamente en el Señor. La conversación en torno a esa pregunta fue edificante para toda la familia. Todo el tiempo pienso en la pregunta que ella hizo; es alentador saber que puedo tener fe como la madre de Moisés.

Al andar por medio de la fe, suplicar en oración, y estudiar obedientemente, el Señor utiliza mis experiencias como madre para enseñarme Su doctrina por medio del Espíritu; y me enseña con frecuencia, a pesar de las restricciones de tiempo que impone el ser padres.