El séptimo mandamiento: un escudo

Neal A. Maxwell

Del Quorum de los Doce Apostoles

“El guardar el séptimo mandamiento es un escudo de tanta importancia! Al bajar o perder ese escudo, se pierden las bendiciones del cielo que tanto se necesitan”.

Al igual que ustedes, mis hermanos y hermanas, he sentido un renovado aprecio por el ministerio profético del presidente Hinckley. Testifico que él fue preordenado desde hace mucho, mucho tiempo, por lo cual nos sentimos complacidos.

Comparto la renuencia que expresó Jacob al escribir en cuanto a los problemas de castidad e infidelidad, la violación de lo que algunos clasifican como el séptimo mandamiento. Preocupado porque su audiencia tenía sentimientos”sumamente tiernos, castos y delicados”, Jacob no deseaba “agravar las heridas de los que ya [estaban] heridos, en lugar de consolarlos y sanar sus heridas” (Jacob 2:7, 9); sin embargo, las palabras de Jacob sobre las duras consecuencias de la inmoralidad son determinantes, así como poéticas: “han perecido muchos corazones, traspasados de profundas heridas” (Jacob 2:35). Hoy día, andamos entre muchos de los que caminan heridos, y la lista de víctimas continúa creciendo.

Por ende, se podría hacer hincapié en los consoladores principios del Evangelio, como, por ejemplo, que las personas que se arrepientan verdaderamente, aunque sus “pecados fueren como la grana”, llegarán a ser blancos, “como la nieve” (Isaías 1:18). Pero los rigores y las ricas recompensas del arrepentimiento no son los objetivos de este discurso. Tampoco se da el merecido elogio a los muchos jóvenes y adultos valientes que practican la castidad y la fidelidad, incluso cuando sólo una pequeña minoría de la sociedad estadounidense hoy cree que sea incorrecto tener relaciones prematrimoniales. Por eso, se felicita a los que tienen fe para ser obedientes con respecto a los mandamientos, y enhorabuena a los que tienen “fe para arrepentimiento”cuando se violan los mandamientos (Alma 34:15; cursiva agregada).

Obviamente, la falta de castidad y la infidelidad conllevan serias consecuencias, tales como los efectos inquietantes y la reacción en cadena que resultan de la ilegitimidad y de la orfandad, junto con la enfermedad y la destrucción de la familia. Hay tantos matrimonios que penden de un hilo o que ya han fracasado. Esta crisis callada pero profunda coexiste con otras crisis desconcertantes de nuestra época, incluso la guerra. Jesús dijo que en los últimos días habría “angustias de las gentes, confundidas” y de cómo todo estaría en conmoción (Lucas 21:25; véase también D. y C. 88:91; 45:26).

Por consiguiente, ¡el guardar el séptimo mandamiento es un escudo de tanta importancia! Al bajar o perder ese escudo, se pierden las bendiciones del cielo que tanto se necesitan. Ninguna persona o nación puede prosperar por mucho tiempo sin esas bendiciones.

Es extraño que en una época tan obsesionada por el reclamo de derechos, haya tan poca preocupación por reclamar los derechos a las bendiciones del cielo. Por el contrario, el hecho de que algunos crean menos en la inmortalidad lejana, sólo ha intensificado la inmoralidad cercana, “desviando [a] muchos…, diciéndoles que cuando moría el hombre, allí terminaba todo” (Alma 30:18). Un pensador japonés, al contemplar nuestra sociedad occidental centrada en el placer, dijo casi en tono de confrontación:

“Si no hay nada más allá de la muerte, ¿qué tiene de malo entonces el darse del todo al placer en el poco tiempo que nos quede de vida? La pérdida de la fe en el ‘otro mundo’ ha impuesto en la sociedad occidental moderna un problema fatal de moralidad” (Takeshi Umehara, “The Civilization of the Forest: Ancient Japan Shows Postmodernism the Way”, enAt Century’s End,ed. por Nathan P. Gardels, 1995, pág. 190)

Por lo tanto, el ser buenos ciudadanos significa ser bueno, como el saber diferenciar claramente entre ¡codiciar al prójimo y amar al prójimo! Matthew Arnold dijo sabiamente que mientras “…a la Naturaleza no le preocupa la castidad, a la naturaleza humana le tiene que preocupar mucho” (Philistinism in England and America,tomo 10, The Complete Prose Works of Matthew Arnold, ed. R. H. Super, 1974, pág. 160). ¡A la naturaleza divina le preocupa infinitamente más!

Las tendencias influyentes del hombre natural no son compatibles hacia el séptimo mandamiento, encontrándose el ser “carnal, sensual y diabólic[o]” (Mosíah 16:3; véase también Mosíah 3:19; Moisés 5:13). Si esas tres palabras suenan demasiado duras, piensen, hermanos y hermanas, en la meta horrible que persigue el adversario: “que todos los hombres sean miserables como él” (2 Ne. 2:27). ¡Es cierto que a la miseria le gusta tener compañía!

Una de las mejores maneras de “despojar[se] del hombre natural” es reducirlo a la nada (véase Mosíah 3:19). En su debilidad, es más fácil desalojarlo; de otra manera, insistirá en seguir la placentera marcha del tren de la tentación. Tristemente, las palabras rectificadoras no ayudan por lo general al hombre natural debido a que las codicias… ahogan la palabra (véase Marcos 4:19).

Por desgracia, el quebrantar el séptimo mandamiento es más fácil cuando los falsos filósofos persuaden a algunos que “no es ningún crimen que un hombre haga cualquier cosa” (Alma 30:17). Algunos tienen oídos ansiosos, y en verdad se mueren por oír algo que no sea la verdad, para así seguir a los que tratan de suavizar los mandamientos incómodos y punzantes (véase 2 Timoteo 4:3). No obstante, el Proverbio sigue siendo verdadero: “…el que comete adulterio es falto de entendimiento” (Prov. 6:32). Otros hacen caso omiso de los mandamientos y se concentran en otros aspectos. Uno de los personajes de Dostoevsky dice: “Pasarán las eras y la humanidad proclamará por boca de sus sabios que no hay crimen y, por lo tanto, que no hay pecado, sólo hambre” (Fyodor Mikhailovich Dostoevsky,The Brothers Karamazov, transcripción de Constance Garnett, 1952, págs. 130 –131).

Además, el adversario ha puesto más importancia en el concepto de la privacidad, ¡y ha ocasionado un desliz en la responsabilidad individual! Después de todo, unos cuantos clics del ratón de la computadora pueden llevarlo a uno, de manera privada y rápida, a territorio enemigo sin tener que presentar pasaporte, siendo el último punto de control una conciencia entorpecida.

¡Dios no tiene dos juegos de Diez Mandamientos, uno para interiores y otro para exteriores! Ni tampoco existen dos caminos aprobados para el arrepentimiento. Es verdad que un fin de semana de remordimiento tal vez produzca cierto “pesar de los condenados”, pero no el “poderoso cambio” que sólo produce “la tristeza según Dios” (Mormón 2:13; Mosíah 5:2; Alma 5:13 –14; véase;2 Corintios 7:10).

Sí, los mortales aún somos libres de elegir. Sí, incluso se lidió una guerra en los cielos para preservar nuestro albedrío moral. Pero aquí, ¡muchas veces el gran don del albedrío se cede sin siquiera el más leve quejido!

Hay tantas formas de conservar firmemente en su lugar el séptimo mandamiento protector. A modo de instrucción, por ejemplo, la caída de David, por lo menos en parte, se debió a que no se encontraba donde el deber llamaba: “…y aconteció al año siguiente en el que salen los reyes a la guerra que… David se quedó en Jerusalén” (2 Samuel 11:1). Luego, como sabrán, se produjo la vista lujuriosa desde el terrado y toda la tristeza subsiguiente. En la instrucción “…permaneced en lugares santos”, se halla implícito el evitar permanecer en el desenfreno (D. y C. 87:8; véase también Mateo 24:15).

Aquellos que viven “de una manera feliz” (2 Nefi 5:27) desarrollan prudentemente maneras espirituales de protección, lo que se refleja en el vestir, el lenguaje, el sentido del humor y la música apropiados, enviando, de ese modo, una señal resuelta de discipulado (véase Proverbios 23:7).

Es más, en cuanto al evitar problemas más tarde se incluye el no llevar al matrimonio pecados de los que no se haya arrepentido, lo que puede causar que el cónyuge comience con “yugo desigual” (2 Corintios 6:14). De similar forma, los esposos y las esposas pueden evitar deliberadamente ir a la deriva al rehusar relajar su lealtad y al no verse atrapados en las fuertes corrientes que no llevan a buen puerto. De igual modo, se deben evitar las aguas pantanosas de la autocompasión. Es ahí donde las personas pueden justificar fácilmente cualquier vestigio de responsabilidad y dejar de lado las restricciones, tanto de la conciencia como de los convenios, procurando “[justificarse] delante de los hombres” por aquello que “delante de Dios es abominación” (Lucas 16:15).

El ver a través de la maraña engañosa de la sensualidad es otro preventivo vital. Por ejemplo, algunos de los que desobedecen abiertamente el séptimo mandamiento mediante estilos de vida inmorales son como Caín al declarar “estoy libre” (Moisés 5:33), después de quebrantar el sexto mandamiento matando a Abel. Esa manera errónea de pensar sobre la libertad evoca las palabras de amonestación de Pedro: “el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que venció” (2 Pedro 2:19; 2 Nefi 2:26 –32). Las verdaderas almas estridentes pueden fingir carcajadas en medio de la esclavitud y el pecado, pero otro Proverbio se aplica: “Aun en la risa tendrá dolor el corazón; y el término de la alegría es congoja” (Proverbios 14:13).

En una época en la que justificadamente nos preocupa que se presente la verdad en la publicidad, cuán intelectualmente insultantes son ciertos rótulos engañosos:éxtasis debería decir Miseria. “Rave”,es en realidad el  mascullo lastimero de la sensualidad desenfrenada. Por ejemplo, algunos participantes neciamente creen que el bailar en forma lujuriosa es inofensivo. Esas personas “no [pecan] en la ignorancia” (3 Nefi 6:18). ¡Al imitar y subestimar al enemigo, terminan comprometiéndose a sí mismos, al mismo tiempo que confunden y decepcionan a sus amigos!

¿Se han preguntado alguna vez por qué en el ámbito sensual muy a menudo se presentan luces destellantes pero opacas? O, ¿por qué todo el exceso de material deslumbrante? O, ¿por qué todo el estruendo disfrazado de música? ¡Porque, temerosa del amanecer, la maldad no puede soportar el escrutinio constante de la brillante verdad, ni puede soportar las quietas reflexiones del alma introspectiva!

Así, el son del tambor de la insensibilidad entorpece el sentir del alma al responder ilegítimamente a la necesidad legítima de pertenecer y de amar, a medida que los predadores y las víctimas lamentablemente “deja[n] de sentir” (1 Nefi 17:45; Efesios 4:19; Moroni 9:20).

Henry Fairlie escribió que “la persona lujuriosa normalmente lleva un terrible vacío en el centro de su vida” (Henry Fairlie,The Seven Deadly Sins Today,1978, pág. 187.) Aún así, algunos jóvenes ingenuos hablan de “llenar sus cantimploras”, las cuales estarán vacías excepto por la arena y la grava residual de tóxicas memorias. Fairlie también escribió: “A la lujuria no le interesa quien sea su pareja, sino sólo la satisfacción de sus propios antojos… la lujuria muere al amanecer, y al retornar por la noche, a buscar por doquier, su pasado ha dejado de existir” (The Seven Deadly Sins Today,1978, pág. 175.)

Sin importar el vestuario ni el maquillaje, la lujuria no es el sustituto del amor; en realidad, hermanos y hermanas, sofoca el desarrollo del verdadero amor y hace que se enfríe el amor (véase Mateo 24:12).

No es de sorprender que se nos diga que “[refrenemos] todas [nuestras] pasiones para que [estemos] llenos de amor” (Alma 38:12). De otro modo, las pasiones desbordantes llenarán el espacio disponible del alma, lugar en el que no puede haber dos inquilinos.

Previamente, la sociedad a menudo ha tenido mecanismos equilibrantes y restrictivos útiles, aunque sutiles, incluso familias, iglesias y escuelas con objeto de controlar la conducta personal excesiva, pero con frecuencia, algunos de esos mecanismos se pierden, no funcionan bien o se equivocan.

Además, el ritmo de las tendencias actuales se va acelerando debido a la idea moderna de que no se debe ser sentencioso, lo cual justifica cualquier cosa mala que hagan las personas, en tanto hagan cualquier cosa que sea elogiable. Después de todo, ¿acaso Mussolini no se encargaba de que los trenes salieran a tiempo? Los que violan el séptimo mandamiento incluso pueden hacer útiles contribuciones, pero pagan un precio personal escondido y caro (véase Alma 28:13.) Sobre el rey Moriantón, leemos: “Y obró rectamente con el pueblo, mas no consigo mismo, por motivo de sus muchas fornicaciones” (éter 10:11). Aparentemente un líder justo que no hacía acepción de personas, ¡Moriantón no se respetaba a sí mismo! Las heridas que se causaba a sí mismo, pasaban disimuladas por la ornamentación exterior de las riquezas y los edificios (véase éter 10:12).

Es de tanta importancia todo lo mencionado, que es necesario decir lo siguiente, y no vacilo en hacerlo: las revelaciones nos dicen que en la misma medida de sus pecados, los pecadores que no se arrepientan, tendrán que padecer así como Jesús lo hizo por los nuestros, y cuando un día sientan personalmente toda la justicia de Dios (véase D. y C. 19:16 –18). Además, sin embargo, los que en varias formas fomenten e intensifiquen de manera persistente este drama de inmoralidad, a menudo saturado de drogas, ya sea como promotores, promulgadores, facilitadores o acaparadores, ¡tendrán entonces que enfrentar y sentir todo el sufrimiento que le hayan causado a innumerables personas!

Finalmente, hermanos y hermanas, en ciertos tiempos y circunstancias, ¡el discipulado requiere que estemos dispuestos a estar solos! Nuestra voluntad de hacerlo, aquí y ahora, va de acuerdo con el momento en que Cristo se arrodilló solo, allí y en ese momento, en Getsemaní. En el proceso expiatorio final, “nadie estuvo con [él]” (D. y C. 133:50; véase Mateo 26:38 –45).

Al tomar nuestra decisión, los fieles nunca estarán solos, al menos no tan solos. Por necesidad, el ángel que estuvo junto a Cristo en Getsemaní para fortalecerle, le dejó (véase Lucas 22:43). Si mantenemos en alto el escudo de la fe en Dios y fe en Sus mandamientos, Sus ángeles estarán “alrededor de [nosotros] para sostener[nos]” y nos “guarda[rán]” (D. y C. 84:88; 109:22). De esta promesa doy testimonio. Y ahora, por consiguiente, en lo que respecta al clima de nuestras almas, hermanos y hermanas, testifico que somos nosotros los que fijamos el control de la temperatura. Nosotros establecemos el grado de nuestra felicidad en este mundo y en el venidero. Igualmente testifico que nuestra adherencia a los mandamientos de Dios, incluso el séptimo, se presta a que Dios coloque Su mano en la nuestra mientras fijamos el control de la temperatura; es la mano de Aquel que desea darnos todo lo que tiene (véase D. y C. 84:38). En el nombre de Jesucristo. Amén.

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Nuestras solemnes responsabilidades

Presidente Gordon B. Hinckley

“El esposo que domine a su esposa, que la humille … no sólo la hiere a ella sino que el también se empequeñece.”

Mis hermanos, hemos tenido una reunión maravillosa y se ha hablado de muchas cosas dignas de recordar y de aplicar en nuestra vida. Apruebo y os recomiendo lo que las Autoridades Generales han dicho. Espero que todo hombre y todo joven, dondequiera que estéis, salgáis de esta reunión esta noche con mayor deseo de vivir mas dignamente del divino sacerdocio que poseemos.

Ahora quisiera hablar tomando un tono algo personal, no con el objeto de vanagloriarme sino como una forma de expresar mi testimonio y de demostrar gratitud.

Esta conferencia marca dos aniversarios personales. Primero, hace 30 años en la conferencia de octubre, fui sostenido como miembro del Consejo de los Doce Apóstoles, y segundo, hace diez años se me sostuvo como consejero de la Primera Presidencia. Hermanos, agradezco tanto a vosotros como a vuestras familias el apoyo constante y vuestras oraciones. Os confieso que nunca me he sentido muy capaz para desempeñar estos grandes llamamientos. Supongo que todo hombre y toda mujer en esta Iglesia se siente así en cualquier oficio o llamamiento en el que se le pida servir.

El otro día recibí una carta de uno de mis nietos que sirve en una misión en Polonia. El esta en un lugar en el que recientemente se introdujo la predicación del evangelio y es bastante difícil. Esto fue lo que me dijo: “Soy el presidente de una rama de cuatro miembros y me siento tan incapaz”.

No tengo que recordaros a ninguno de vosotros, incluso a los diáconos, cuan sublime es el poseer el sacerdocio y tener la responsabilidad, ya sea grande o pequeña, de ayudar a Dios, nuestro Padre Eterno, a llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna de Sus hijos e hijas de todas las generaciones. Ninguno de nosotros puede comprender la magnitud y el significado de esa gran responsabilidad. Mas con nuestro conocimiento limitado, sabemos que tenemos que ser fieles y diligentes en el cumplimiento de nuestro deber.

Algo milagroso e impresionante ocurre cuando lo hacemos. Quisiera recordaros cuán maravillosos son, con el correr de los años, los frutos de vuestras labores. Vacilo en emplear estadísticas, mas ellas representan los resultados de vuestro servicio y las grandes bendiciones del Señor.

Durante los 30 años desde que fui ordenado al apostolado, el numero de miembros de la Iglesia ha aumentado de 1.800.000 a la cantidad aproximada de 8.040.000, o sea, un incremento del 441%.

El numero de estacas ha ascendido de 345 a 1.817,1O cual representa un aumento del 527%. Reconozco que estamos creando estacas mas pequeñas y en mayor numero, en un esfuerzo por mejorar la eficacia de la administración. Sin embargo, durante el tiempo en que muchos de nosotros hemos servido, hemos presenciado un milagro.

Durante el periodo de mi apostolado, he visto grupos de misioneros regulares aumentar de 10.000 a 45.000, o sea, un aumento del 425%, y he contemplado el crecimiento de las misiones de 67 a 267, o sea, un aumento del 398%.

Tal vez estas estadísticas no sean tan impresionantes en papel, mas son de una importancia sin igual en las vidas de millones de hijos e hijas de Dios, nuestro Padre Eterno, que viven en 135 naciones y territorios diseminados por toda la tierra donde la Iglesia se ha establecido.

Al pensar en todo esto, es tanto mi regocijo que siento como si quisiera gritar aleluya. Pero es mas apropiado arrodillarme y con toda humildad agradecer a Dios y a Su amado Hijo, nuestro Redentor, el crecimiento de Su obra, y agradecer también a mis hermanos y hermanas, jóvenes y ancianos, quienes os habéis mantenido fieles y cumplido vuestros deberes con diligencia, haciendo realidad este milagro. Ha sido un privilegio observar este acontecimiento.

Mas durante estos diez años que he servido en la Presidencia, también he experimentado mucho pesar, por lo que es mi deseo hablar unos minutos mas sobre esta experiencia. Durante toda una década he participado en la tarea de juzgar la dignidad de los que imploran volver a la Iglesia después de haber sido excomulgados. En cada caso ha habido una violación seria de las normas de conducta de la Iglesia. En la mayoría de los casos se había cometido adulterio y por lo general habían sido los esposos los ofensores, haciendo necesario llevar a cabo una acción disciplinaria contra ellos. Con el paso del tiempo, anhelaban nuevamente tener lo que antes habían tenido y en su corazón había surgido el espíritu de arrepentimiento.

Como uno de estos hombres me dijo: “Nunca comprendí ni aprecie el don del Espíritu Santo hasta que me fue quitado”.

Durante los últimos diez años, he hablado unas tres o cuatro veces a las mujeres de la Iglesia y como respuesta a estos discursos he recibido una gran cantidad de cartas. Algunas de ellas las he colocado en un archivo titulado “Mujeres infelices”.

Estas cartas provienen de todas partes, pero el tono con que han sido escritas es el mismo. Quisiera leeros, con el permiso otorgado por su remitente, parte de una que recibí la semana pasada. No divulgare los nombres verdaderos de estas personas.

“Conocí a mi esposo mientras cursaba el primer año de universidad. Provenía de una familia muy activa que por muchos años se había dedicado al servicio de la Iglesia. La idea de servir una misión le entusiasmaba muchísimo. Pense que el evangelio era para los dos lo mas importante en esta vida. A ambos nos encantaba la música y la naturaleza y obtener conocimiento era lo mas importante. Tuvimos un noviazgo de pocos meses, nos enamoramos y mantuvimos correspondencia mientras el servia dignamente una misión Cuando regreso, el volvió a la universidad y poco después contrajimos matrimonio en el Templo de Salt Lake y, siguiendo el consejo de los líderes de la Iglesia, empezamos a tener hijos. Yo asistía a la universidad, pues había recibido una beca para estudiantes destacados; mas cuando quede embarazada, deje los estudios y dedique todo mi tiempo y energía a mi esposo y a mi hijito.

“Durante los 18 años siguientes, estuve al lado de mi esposo, dándole todo el apoyo que el necesitaba para terminar los estudios, obtener experiencia y empezar su propio negocio. Ambos desempeñamos puestos de liderazgo en la Iglesia y la comunidad. Durante estos años de matrimonio tuvimos cinco hermosos hijos. En el hogar les enseñe a mis hijos el evangelio, a trabajar, a servir, a comunicarse con los demás y a tocar el piano. Yo hacia el pan, envasaba frutas y legumbres, cosía y bordaba, limpiaba la casa y cultivaba mi jardín y el huerto. Parecía que éramos la familia ideal. Nuestra relación fue en ocasiones la de una pareja feliz y en otras fue algo difícil. Todo no era perfecto porque yo no soy una mujer perfecta y el no es un hombre perfecto, pero muchas cosas eran buenas. Aunque no esperaba la perfección, continué tratando de hacer todo de la mejor manera posible.

“Entonces vino el gran golpe. Hace como un año, el me dijo que nunca me había amado y que nuestro matrimonio había sido un error desde el comienzo. Estaba convencido de que no había nada en nuestra relación que a el le interesara. Pidió el divorcio y se fue de la casa. ‘Espera’, le decía yo. ‘Por favor, no lo hagas. ¿Por que te vas? ¿Que pasa? ¡Háblame, te lo suplico! ¡Mira a los niños! Y ¿donde quedan nuestros sueños? ¡Recuerda nuestros convenios! No, el divorcio no es la solución’. Mas fue inútil. El no quiso escucharme y yo pense que me moriría.

“Ahora estoy criando sola a mis hijos. ¡Cuanto dolor, angustia y soledad se refleja en esta declaración! Me doy cuenta del porque del trauma y el enojo que mis hijos adolescentes tienen y de las lagrimas de mis pequeñas hijas. Es obvio ver el porque de tantas noches sin dormir, las demandas familiares y todas las necesidades que todos tenemos. ¿Por que me encuentro en estos apuros? ¿Que hice mal? ¿Como haré para sobrevivir en la escuela? ¿Y para sobrevivir esta semana? ¿Donde esta mi esposo? ¿Dónde esta el padre de mis hijos? Ahora formo parte del ejercito de cansadas mujeres que han sido abandonadas por sus esposos. No tengo dinero, ni educación, ni trabajo. Tengo hijos que cuidar, recibos que pagar y no mucha esperanza”.

No se si su ex esposo este presente en alguna parte de este recinto. Si el me esta escuchando, tal vez me envíe una carta justificándose por lo que ha hecho. Yo se que en el conflicto de dos personas, cada una tiene su propia historia. De todas maneras, no puedo entender como un hombre que posee el santo sacerdocio y que ha entrado y tomado sobre si convenios sagrados, pueda justificarse y abandonar las responsabilidades que contrajo ante el Señor, dejando a una esposa después de dieciocho años de matrimonio y a cinco hijos que son parte de su propia carne y sangre.

Sin embargo, este problema no es nuevo. Supongo que es tan viejo como la raza humana y ciertamente existió entre los nefitas. Jacob, hijo de Nefi, habló como profeta a su pueblo y declaro:

“Porque yo, el Señor, he visto el dolor y he oído el lamento de las hijas de mi pueblo en la tierra de Jerusalén; si, y en todas las tierras de mi pueblo, a causa de las iniquidades y abominaciones de sus maridos.

“Habéis quebrantado los corazones de vuestras tiernas esposas y perdido la confianza de vuestros hijos por causa de los malos ejemplos que les habéis dado; y los sollozos de sus corazones ascienden a Dios contra vosotros” (Jacob 2:31, 35).

Permitidme leeros otra carta anónima que llego hace tiempo. Quien escribió la carta dice: “Mi esposo es un buen hombre con muchas cualidades y rasgos de carácter sobresalientes, pero a pesar de esto, su carácter es muy dominante. Además pierde el temperamento fácilmente y, cuando esto sucede, me recuerda de todo lo terrible que puede hacer.

“Presidente Hinckley, … le suplico que recuerde a los hermanos que el abuso físico y verbal hacia las mujeres es IMPERDONABLE E INACEPTABLE Y ES UNA FORMA COBARDE DE SOLUCIONAR LOS PROBLEMAS, especialmente es abominable cuando el abusador es un poseedor del sacerdocio”.

Creo que la mayoría de los matrimonios en la Iglesia son felices, que ambos cónyuges en esas uniones experimentan un sentido de seguridad y amor y de dependencia mutua y que comparten las cargas igualmente. Confío en que los niños en esos hogares, por lo menos en la mayoría de ellos, crecen con un sentido de paz y seguridad, sabiendo qué ambos padres les aprecian y aman y dándose cuenta de que sus padres se aman mutuamente. Espero que haya suficiente amor y felicidad para contrarrestar el mal del que estoy hablando.

¿Quien puede calcular las heridas, su profundidad y el dolor, causados por palabras expresadas con ira? Que triste es ver a un hombre, fuerte en muchos aspectos, perder control de si mismo, cuando deja que algo insignificante destruya su autocontrol. En todo matrimonio, por supuesto, existen diferencias. Pero no encuentro justificación para el temperamento que explota en circunstancias insignificantes.

En el Antiguo Testamento, en el libro de Proverbios dice: “Cruel es la ira e impetuoso el furor” (Proverbios 27:4).

El carácter violento es una cosa terrible y corrosiva, y lo trágico de ello es que no produce nada bueno. Solo alimenta el mal resentimiento, la rebelión y el dolor. A todo hombre y joven que me escucha, que tiene problemas para controlar la lengua, os sugiero que imploréis al Señor para que os de fuerza y venzáis su debilidad, para que pidáis disculpas a vuestra esposa y a vuestros hijos y tengáis el poder de disciplinar la lengua.

A los jovencitos que estáis aquí hoy, os sugiero que controléis vuestro temperamento, en estos años formativos de vuestra vida, en estos tiempos de preparación como los llama el hermano Haight. Esta es la estación para desarrollar el poder y la capacidad de disciplinarse. Quizá penséis que es de “machos” el enojarse, decir brutalidades y profanar el nombre del Señor. Eso no es ser macho. Es una indicación de debilidad y estupidez. El enojo no es una expresión de fortaleza, sino que es una indicación de la incapacidad de controlar vuestros pensamientos, palabras y emociones. Por supuesto, es fácil enojarse. Cuando la debilidad del enojo nos controla, la fuerza de la razón nos abandona. Cultivad el maravilloso poder de la autodisciplina.

Ahora os hablaré de otro elemento que corrompe y aflige a muchos matrimonios. Para mí es interesante notar que dos de los Diez Mandamientos tienen que ver con este tema: “No cometerás adulterio” y “No codiciaras”. Ted Koppel, locutor de una cadena de televisión en los Estados Unidos, dijo a un grupo de estudiantes de la Universidad Duke, con respecto a “slogans” que tenían el objeto de disminuir el uso de las drogas y la inmoralidad: “Hemos llegado a convencernos a nosotros mismos de que los dichos nos salvaran … mas la respuesta es ¡NO! No porque no sea algo de estilo o este de moda o porque tal vez termine en la cárcel o con el SIDA, sino porque es incorrecto, porque hemos pasado 5.000 años como miembros de una raza de seres humanos inteligentes, tratando de salir de un estado inferior buscando la verdad y las normas morales absolutas. En su forma mas pura, la verdad no es un golpecito en el hombro sino un fuerte reproche. Lo que Moisés trajo del Monte Sinaí no fueron ‘Las Diez Sugerencias”’.

Pensad en ello un momento. Lo que Moisés trajo fueron Diez Mandamientos, escritos por el dedo de Jehová en tablas de piedra para la salvación y la seguridad y para la felicidad de los hijos de Israel y para todas las generaciones que vendrían de ellos.

Son muchos los hombres que, cada mañana, salen del hogar donde se quedan sus esposas, y van al trabajo donde encuentran señoritas atractivamente vestidas, y se consideran ellos mismos atractivos o como si fueran algo irresistible. Se quejan de que sus esposas no se ven tan lindas como hace veinte años cuando se casaron. A lo que yo añadiría: ¿quien podría verse linda después de vivir con vosotros durante veinte años?

La tragedia de todo esto es que a algunos hombres los ciega su propia necedad y sus propias debilidades y tiran al viento los convenios mas sagrados y solemnes que tomaron sobre si en la Casa del Señor, habiendo sido sellados por la autoridad del santo sacerdocio. Abandonan a sus esposas que han sido fieles, que los han querido y cuidado, que han luchado con ellos en tiempos de pobreza, para dejarlas a un lado en tiempos de riqueza. Dejan a sus hijos huérfanos y evitan, con toda clase de artimañas, pagar lo que el tribunal les ha impuesto para el sostenimiento de sus hijos.

¿Estoy enojado y negativo? Sí, así me he sentido después de haber visto caso tras caso durante un periodo considerable de tiempo. Pablo escribió: “porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo” (1 Timoteo 5:8). En la misma epístola le dijo a Timoteo: “… Consérvate puro” (versículo 22).

Me doy cuenta de que hay algunos casos donde las condiciones del matrimonio son intolerables. Pero estos casos son una minoría y aun bajo estas circunstancias, cuando se ha contraído matrimonio y hay hijos de por medio, hay una responsabilidad, un compromiso y somos responsables ante Dios de proveer por aquellos por quienes el padre es responsable.

La excusa de un esposo, después de dieciocho años de matrimonio y cinco niños, de que ya no quiere a su esposa, a mi parecer es una excusa débil para la violación de convenios hechos ante Dios y la evasión de responsabilidades que son la fuerza de la sociedad de la cual somos parte. El encontrar faltas solo para divorciarse es por lo general

precedido por un largo periodo en el cual pequeños errores se anuncian con enojo, donde insignificantes granitos de arena se convierten en grandes montañas de conflicto. Estoy convencido de que cuanto mas se maltrate a la esposa, tanto menos atractiva llega a ser. pues pierde la confianza en si misma, llega a sentir que no vale nada y, por supuesto, todo eso se hace obvio.

El esposo que domine a su esposa, que la humille y haga demandas injustas no sólo la hiere a ella sino que el también se empequeñece. En muchos casos siembra la semilla para un comportamiento semejante de sus hijos en el futuro.

Mis hermanos, a quienes se os ha conferido el sacerdocio de Dios, vosotros sabéis, como yo lo se, que no hay felicidad que perdure, que no existe paz en el corazón, ni tranquilidad en el hogar sin el compañerismo de una buena mujer. ‘ Nuestras esposas no son inferiores.

Algunos hombres que evidentemente no son capaces de ganarse el respeto por medio de la bondad, usan como justificación de sus hechos la declaración de que a Eva le fue dicho que Adán la iba a gobernar. Cuanta tristeza, cuanta tragedia y cuantos corazones se han quebrantado a través de los tiempos debido a hombres débiles que se han valido de esa declaración para justificar su terrible comportamiento. No reconocen que en ese mismo relato Eva le fue dada a Adán como su compañera. El hecho es de que los dos se pararon uno al lado del otro en el jardín, fueron expulsados juntos del jardín, trabajaron juntos, uno al lado del otro y se ganaron el pan de cada día con el sudor de su frente.

Ahora, mis hermanos, yo se que he hablado de una minoría. Pero lo grande de esa tragedia que aflige a esa minoría y especialmente a las víctimas de esa minoría me ha impulsado a decir lo que he dicho. Hay un viejo adagio que dice “Al que le quede el saco, que se lo ponga”.

Lo que he declarado lo he hecho con el deseo de que sirva de ayuda, y en algunos casos, con el espíritu de reprensión, seguido de una demostración de amor cuantioso hacia aquellos que he reprendido.

Que hermosa es la ceremonia matrimonial del joven y la señorita que empiezan sus vidas juntos, arrodillados ante el altar en la Casa del Señor, prometiéndose amor y lealtad el uno para con el otro durante esta vida y por toda la eternidad. Cuando los niños llegan a tal hogar, se les nutre, cuida, ama y bendice con la certeza de que su padre ama a su madre. En ese ambiente encuentran paz, fortaleza y seguridad. Al ver a su padre, desarrollan respeto hacia la mujer. Se les enseña autocontrol y autodisciplina, que trae la fortaleza para evitar una tragedia en el futuro.

Los años pasan, los hijos dejan el hogar, uno a uno, y los padres se quedan solos otra vez. Pero están juntos para hablar, dependen el uno del otro, se quieren, se apoyan el uno al otro. Después, llega el otoño de la vida y ven el pasado con satisfacción y felicidad. Durante todo este tiempo ha reinado la lealtad y se han tratado con consideración, con ternura, lo cual deriva de esa relación santa. Comprenden que la muerte puede llegar en cualquier momento, por lo general, primero para uno y después, tras una breve o larga separación, para el otro. Pero también saben que debido a que fueron sellados bajo la autoridad del eterno sacerdocio, sin lugar a dudas habrá una reunión muy dulce.

Hermanos, esto es lo que nuestro Padre Celestial desea. Es la manera del Señor; así lo ha indicado, y Sus profetas lo han reiterado.

Se requiere esfuerzo, autodominio y asimismo; requiere la verdadera esencia de lo que es el amor, lo cual es una preocupación constante por el bienestar y la felicidad del cónyuge. No podría desear nada mejor que esto para cada uno de vosotros y ruego que esta sea vuestra bendición individual, en el nombre de Jesucristo. Amén.