La raíz de la doctrina cristiana

Por Thomas B. Griffith

El presidente Gordon B. Hinckley ha enseñado que debemos esforzarnos más para que el Evangelio se afirme en nuestro corazón y en el corazón de las personas a las que amamos y servimos, y creo que una manera de cumplir con ese reto es centrarnos en la expiación de Jesucristo.

Hace años, el presidente Boyd K. Packer, Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles, habló de la misericordia que nos ofrece el Mediador Jesucristo: “Esa es la raíz misma de la doctrina cristiana. Mucho pueden saber del Evangelio al ramificarse desde allí, pero si sólo conocen las ramas y esas ramas no tocan la raíz, si han sido cortadas del árbol de esa verdad, no habrá vida, ni sustancia, ni redención de ellas”.

Ofrezco aquí tres sugerencias sobre cómo conectarnos a esa raíz y, en el transcurso de ello, hacer que el Evangelio se arraigue profundamente en nuestro corazón y en el de las personas a las que amamos y servimos.

Participen de los emblemas de Su sufrimiento

En la entrevista de la recomendación para entrar en el templo, se nos pregunta: “¿Tiene un testimonio de la expiación de Cristo y de Su función como Salvador y Redentor?”. En mi experiencia como obispo y presidente de estaca, puedo decir felizmente que todos me han contestado con un sí a esa pregunta. Sin embargo, desde hace tiempo me preocupa que no se tenga una comprensión plena de esta pregunta. Considero significativo que de las muchas funciones de Cristo, sólo se nos pregunte por las funciones de Salvador y Redentor. Algo debe de haber en ellas que sea particularmente importante para el templo, un lugar donde Él nos ciñe a Sí mismo mediante convenios.

Como presidente de estaca, me preocupaba por que los miembros de mi unidad tuvieran “un testimonio de la expiación de Cristo y de Su función como Salvador y Redentor”. Me daba la impresión de que la mayoría de ellos amaba a Cristo —que no es cosa insignificante— pero me inquietaba que no muchos lo conocieran como su Salvador (Alguien que los había salvado) ni como Su Redentor (Alguien que los había comprado). Cierto día, mientras meditaba al respecto, me hallaba leyendo 3 Nefi 11 y noté ciertas cosas que anteriormente había pasado por alto.

Las personas de las que leemos en ese capítulo son el remanente justo, aquellos que habían dado oído a las amonestaciones de los profetas y estaban preparados para comparecer ante el Señor. Cuando el Señor resucitado se apareció ante ellos, les “extendió la mano” para que pudieran ver Sus heridas, el símbolo y la evidencia de Su sacrificio. Entonces “habló al pueblo, diciendo:

He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo” (3 Nefi 11:9–10).

Lo siguiente que dijo fue: “Y he aquí, soy la luz y la vida del mundo; y he bebido de la amarga copa que el Padre me ha dado, y he glorificado al Padre, tomando sobre mí los pecados del mundo, con lo cual me he sometido a la voluntad del Padre en todas las cosas desde el principio” (3 Nefi 11:11).

Ése fue Su mensaje: Él es el Ungido, de quien los profetas habían testificado. Es el Creador. Él padeció por nosotros.

Fíjense en la reacción del pueblo: “…cuando Jesús hubo hablado estas palabras, toda la multitud cayó al suelo; pues recordaron que se había profetizado entre ellos que Cristo se les manifestaría” (3 Nefi 11:12).

Lo que sigue es para mí la parte más sagrada de esa experiencia. Jesús les manda que se acerquen de uno en uno y hagan algo difícil: “Levantaos y venid a mí, para que metáis vuestras manos en mi costado, y para que también palpéis las marcas de los clavos en mis manos y en mis pies, a fin de que sepáis que soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra, y que he sido muerto por los pecados del mundo” (3 Nefi 11:14).

Aquellas personas tuvieron un contacto físico con estos emblemas de Su padecimiento: “Y aconteció que los de la multitud se adelantaron y metieron las manos en su costado, y palparon las marcas de los clavos en sus manos y en sus pies; y esto hicieron, yendo uno por uno, hasta que todos hubieron llegado” (3 Nefi 11:15), unas 2.500 personas.

Vean lo que aconteció después:

“Y cuando todos hubieron ido y comprobado por sí mismos, exclamaron a una voz, diciendo:

“¡Hosanna! ¡Bendito sea el nombre del Más Alto Dios! Y cayeron a los pies de Jesús, y lo adoraron” (3 Nefi 11:16–17).

La segunda vez que aquellas personas cayeron a los pies de Jesús, “lo adoraron”. Puede que la primera vez cayeran al suelo por diferentes motivos: miedo, asombro, porque eso era lo que estaban haciendo los demás. Pero la segunda vez lo hicieron para adorarle. ¿A qué se debió esa reacción tan diferente? La segunda vez clamaron al unísono: “¡Hosanna!”, que significa: “¡Sálvanos ahora!”. ¿Por qué ahora aquellas personas le pedían a Cristo que las salvara?

Permítanme sugerir una posible respuesta. Aun cuando habían sido obedientes, puede que aún no hubieran llegado a conocerle como su Salvador porque tal vez aún no habían sentido la necesidad de ser salvos. Habían llevado una vida llena de buenas obras; reconocían a Jesús como Dios y Ejemplo, pero tal vez aún no lo conocían como Salvador. No oraban diciendo: “Te damos gracias por habernos salvado en el pasado y por recordárnoslo hoy con Tu presencia entre nosotros”. No, su oración era en realidad una súplica: “¡Hosanna!”, o sea, “¡Sálvanos ahora!”, lo cual me indica que estaban empezando a conocerle como Salvador.

¿Qué fue lo que les hizo pasar de ser personas buenas y obedientes a ser personas buenas y obedientes que ahora reconocían a Jesucristo como Salvador? ¿Qué hizo que cayeran a Sus pies para adorarle? Fue el contacto físico con los emblemas de Su padecimiento.

Eso era lo que necesitaban los miembros de mi estaca para que pudieran llegar a conocer a Cristo como su Salvador y Redentor: el contacto físico con los emblemas de Su padecimiento. Pero, ¿cómo podemos lograrlo? Entonces se me ocurrió: disfrutamos de esa experiencia cada domingo al participar de la Santa Cena. Comemos el pan que ha sido partido, en señal de Su cuerpo muerto, y bebemos el agua, que representa la sangre que derramó. Éstos son los sorprendentes símbolos que tienen por objeto evocar en nosotros un profundo sentimiento de gratitud y reverencia.

Creo que al participar en el sacramento de la Cena del Señor llegaremos a exclamar en nuestro corazón: “¡Sálvanos ahora!”, y sentiremos la necesidad de caer a tierra y adorarle.

Mediten en Su sacrificio

Para que el Evangelio se afirme en nuestro corazón y en el corazón de las personas a las que servimos, debemos, además, conocer en detalle y de corazón los acontecimientos que componen la expiación de Jesucristo. En Doctrina y Convenios 19, el Señor nos ofrece una relación detallada y en primera persona del padecimiento que soportó:

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten…

“padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar” (versículos 16, 18).

¿Qué clase de Dios es el que adoramos? Un Dios que desea que sepamos que Su amor por nosotros es infinito y eterno; un Dios que desea que sepamos que Su amor por nosotros le brindó la entereza para padecer por ustedes y por mí. Ese conocimiento debiera bastar para motivarnos a someternos a Él en señal de obediencia y gratitud.

Hace algún tiempo llegó a mis oídos una acalorada conversación entre dos personas sobre una obra de arte que contenía, impregnada de realismo, el sufrimiento de Cristo. Una de las personas desaprobaba la obra diciendo: “No quiero tener que pensar en lo mucho que Cristo ha sufrido”. Ese comentario me pareció un tanto fuera de lugar porque ninguno de nosotros tiene derecho a no pensar en lo que Él sufrió, aun cuando no entendamos plenamente cuánto padeció.

Antes de que Moroni concluyera su registro en el Libro de Mormón con la exhortación: “venid a Cristo” (Moroni 10:30, 32), compartió con nosotros una carta personal de su padre que debió haber ejercido una gran influencia en él y supongo que esperaba que produjera igual efecto en nosotros: “Hijo mío, sé fiel en Cristo; y que las cosas que he escrito no te aflijan, para apesadumbrarte hasta la muerte; sino Cristo te anime, y sus padecimientos y muerte, y la manifestación de su cuerpo a nuestros padres, y su misericordia y longanimidad, y la esperanza de su gloria y de la vida eterna, reposen en tu mente para siempre” (Moroni 9:25).

Entre las cosas que deben reposar en nuestra mente para siempre se encuentran los “padecimientos y [la] muerte” de Cristo, así que no debiéramos evitar pensar en el precio que pagó por nuestra alma. Hasta nuestros himnos nos recuerdan esta verdad:

Y tiemblo al ver que por mí Él Su vida dio;

por mí, tan indigno, Su sangre El derramó.

No me dejes olvidar que fue por mí, oh Salvador,

que sufriste en el Calvario, padeciendo mi dolor.

Este pan emblema es de Su cuerpo que Él dio.

Esta agua signo es de Su sangre que vertió.

Le debemos recordar,

pues nos dio la libertad.

En la cruz Su vida dio;

por nosotros padeció.

Hace poco, en una reunión sacramental, yo seguía la lectura a medida que el discursante leía un conocido pasaje de las Escrituras: “Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios” (D. y C. 18:10). Entonces mi mente se concentró en una idea del versículo siguiente en la que nunca había reparado. Para demostrar el gran valor de nuestras almas, el Señor nos dijo: “porque he aquí, el Señor vuestro Redentor padeció la muerte en la carne; por tanto, sufrió el dolor de todos los hombres, a fin de que todo hombre pudiese arrepentirse y venir a él” (D. y C. 18:11; cursiva agregada).

Sus padecimientos confirman Su amor, y algo más. Ése es el medio que emplea para motivarnos a “[arrepentirnos] y venir a Él”. Cuando finalmente comprendemos lo que Él ha hecho por nosotros —y en particular lo que ha padecido por nosotros— nuestra reacción natural como hijos de Dios es desear demostrar nuestra gratitud y amor al obedecerle. En mi opinión, este versículo es la descripción más breve y profunda —procedente del Señor mismo— de cómo hacer que el Evangelio se afirme en nuestro corazón.

La mejor manera de persuadir a la gente a arrepentirse y venir a Cristo es procurar que piensen en lo que Él ha hecho por nosotros y, más particularmente, en lo que ha padecido por nosotros. Ésa es la forma en que lo hace el Señor.

Recuérdenle

Hace ya varios años, oí al élder Gerald N. Lund, de los Setenta, describir un artículo de una revista sobre escalada (Montañismo) que hablaba del sistema de escalada con asegurador, o sea, una persona que vigila el ascenso del escalador y que está sujeta a él por la misma cuerda, un sistema que protege a los escaladores. Un escalador llega hasta una zona segura, amarra la cuerda para que quede fija y luego avisa a su compañero que ya está asegurado. El director de una escuela de escalada, Alan Czenkusch, describió su experiencia con este sistema al autor del artículo:

“La escalada con asegurador le ha brindado a Czenkusch los mejores y los peores momentos de su vida como montañista. Una vez Czenkusch cayó de un alto precipicio, arrancando tres anclajes mecánicos y empujando de un saliente a la persona que lo aseguraba. Dejó de caer, estando boca abajo y a tres metros del suelo, cuando su asegurador, que tenía los brazos y las piernas extendidos, logró atajarlo y amortiguar la caída con la fuerza de sus brazos extendidos.

“‘Don me salvó la vida’, dice Czenkusch. ‘¿Cómo tratas a alguien así? ¿Le regalas una cuerda usada para Navidad? No, te acuerdas de él; siempre te acuerdas de él’”.

El presidente Gordon B. Hinckley nos dijo:

“Ningún miembro de esta Iglesia debe olvidar jamás el terrible precio que pagó nuestro Redentor, quien dio Su vida para que el género humano pudiera vivir: la agonía de Getsemaní, la farsa amarga de Su juicio, la hiriente corona de espinas que desgarró Su carne, el grito de sangre del populacho delante de Pilato, el solitario sufrimiento de la torturante caminata a lo largo del camino al calvario, el espantoso dolor que padeció cuando los grandes clavos le perforaron las manos y los pies…

“No podemos olvidar ese hecho. No debemos olvidarlo jamás, ya que fue allí donde nuestro Salvador y Redentor, el Hijo de Dios, se entregó en sacrificio vicario por cada uno de nosotros”.

Ruego que siempre nos acordemos de Él y del precio que pagó para ganar nuestras almas.

Adaptado de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young el 14 de marzo de 2006.

Un río de paz

Por Lanise Heaton

A pesar de mi dolor, seguí adelante, cabeza en alto, con fe y esperanza en el Padre Celestial y en Jesucristo.

El día que nuestro hijo mayor murió en un accidente, su pérdida abrió una herida desgarradora en mi alma; sin embargo, sabía que podía contar con el poder de la expiación del Salvador para ayudarme a llevar la pesada carga de pena y dolor. Mi esposo y yo les pedimos a nuestros maestros orientadores que nos dieran una bendición a cada uno, pues sabíamos que seríamos fortalecidos. Nuestro Salvador ha prometido que no nos dejará sin consuelo (véase Juan 14:18). Me he aferrado con fuerza a esa promesa y testifico que Él también se ha ceñido a ella.

Isaías enseña que el Salvador fue “un varón de dolores y experimentado en quebranto” (Isaías 53:3). Si alguien podía socorrernos, yo sabía de forma muy personal que sería Él; pero, también sabía que si nos quitaba el dolor de inmediato, no habría crecimiento ni despertaría nuestro entendimiento.

A pesar de la angustia, he experimentado un constante río de paz proveniente del Salvador (véase 1 Nefi 20:18). En momentos, días o aun en semanas difíciles, Su paz ha alejado la tristeza; sólo he tenido que pedirlo. El Padre Celestial no quiere que atravesemos solos esta vida terrenal.

Cuando pienso en el accidente en el que mi hijo perdió la vida, recuerdo un relato del Antiguo Testamento:

“…nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiente; y de tus manos, oh rey, él nos librará.

“Y si no, has de saber, oh rey, que no serviremos a tus dioses” (Daniel 3:17–18; cursiva agregada).

La parte importante es: “Y si no”. Debemos permanecer fieles, no importa lo que suceda. El Padre Celestial pudo haber enviado ángeles para que salvaran a mi hijo del peligro, pero no lo hizo. Él sabe lo que necesitamos para ser santificados a fin de estar preparados para regresar a nuestro hogar con Él. Todo saldrá bien; pero eso no significa que nunca más nos lamentaremos ni lloraremos. El sufrimiento es resultado del amor que sentimos, pero nuestro corazón no tiene que estar acongojado.

El mejor regalo que podemos dar a aquéllos que están a ambos lados del velo es seguir adelante, cabeza en alto, con fe y esperanza en el Padre Celestial y en Jesucristo, aun cuando demos cada paso con lágrimas en los ojos. Se nos ha prometido que “no hay victoria para el sepulcro, y el aguijón de la muerte es consumido en Cristo” (Mosíah 16:8). Un día “enjugará Jehová el Señor toda lágrima de todos los rostros” (Isaías 25:8).