Un río de paz

Por Lanise Heaton

A pesar de mi dolor, seguí adelante, cabeza en alto, con fe y esperanza en el Padre Celestial y en Jesucristo.

El día que nuestro hijo mayor murió en un accidente, su pérdida abrió una herida desgarradora en mi alma; sin embargo, sabía que podía contar con el poder de la expiación del Salvador para ayudarme a llevar la pesada carga de pena y dolor. Mi esposo y yo les pedimos a nuestros maestros orientadores que nos dieran una bendición a cada uno, pues sabíamos que seríamos fortalecidos. Nuestro Salvador ha prometido que no nos dejará sin consuelo (véase Juan 14:18). Me he aferrado con fuerza a esa promesa y testifico que Él también se ha ceñido a ella.

Isaías enseña que el Salvador fue “un varón de dolores y experimentado en quebranto” (Isaías 53:3). Si alguien podía socorrernos, yo sabía de forma muy personal que sería Él; pero, también sabía que si nos quitaba el dolor de inmediato, no habría crecimiento ni despertaría nuestro entendimiento.

A pesar de la angustia, he experimentado un constante río de paz proveniente del Salvador (véase 1 Nefi 20:18). En momentos, días o aun en semanas difíciles, Su paz ha alejado la tristeza; sólo he tenido que pedirlo. El Padre Celestial no quiere que atravesemos solos esta vida terrenal.

Cuando pienso en el accidente en el que mi hijo perdió la vida, recuerdo un relato del Antiguo Testamento:

“…nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiente; y de tus manos, oh rey, él nos librará.

“Y si no, has de saber, oh rey, que no serviremos a tus dioses” (Daniel 3:17–18; cursiva agregada).

La parte importante es: “Y si no”. Debemos permanecer fieles, no importa lo que suceda. El Padre Celestial pudo haber enviado ángeles para que salvaran a mi hijo del peligro, pero no lo hizo. Él sabe lo que necesitamos para ser santificados a fin de estar preparados para regresar a nuestro hogar con Él. Todo saldrá bien; pero eso no significa que nunca más nos lamentaremos ni lloraremos. El sufrimiento es resultado del amor que sentimos, pero nuestro corazón no tiene que estar acongojado.

El mejor regalo que podemos dar a aquéllos que están a ambos lados del velo es seguir adelante, cabeza en alto, con fe y esperanza en el Padre Celestial y en Jesucristo, aun cuando demos cada paso con lágrimas en los ojos. Se nos ha prometido que “no hay victoria para el sepulcro, y el aguijón de la muerte es consumido en Cristo” (Mosíah 16:8). Un día “enjugará Jehová el Señor toda lágrima de todos los rostros” (Isaías 25:8).

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Cómo encontré a Cristo en Capernaum

Por Jason Jones.

Después de años de planear y de prepararnos, por fin me encontré en camino hacia la Tierra Santa con familiares y amigos cercanos. Al llegar cerca del Mar de Galilea, estábamos deseando ver Capernaum.

En el libro de Mateo, se nos dice que después de que la gente rechazó a Cristo en Nazaret, Su pueblo natal, el Salvador hizo de Capernaum “su ciudad” (Mateo 9:1). Fue allí y en las orillas del Mar de Galilea que Él llamó a Pedro, a Santiago, a Juan, a Andrés y después a Mateo para ser Sus discípulos (véase Mateo 4:18–22; 9:9).

El nombre Capernaum significa “villa de Nahum”, o villa de consuelo. Ciertamente Cristo tuvo compasión de la gente de aquella ciudad y los confortó y consoló echando fuera demonios, sanando “a todos los enfermos” e incluso levantando a los muertos (véase Mateo 8:16; Marcos 5:35–42). Aunque después reprendió a los habitantes de Capernaum por haberlo rechazado, Cristo probablemente haya efectuado allí más milagros que en cualquier otra parte.

En Capernaum exploramos ruinas y anduvimos por los viejos caminos de la ciudad, maravillados de pensar en los acontecimientos de los que aquel pueblecito fue testigo (véase Mateo 11:23). Más tarde, me detuve y me senté bajo un árbol, reflexionando mientras contemplaba el Mar de Galilea; pero mis grandes expectativas de sentir que los sucesos que se relatan en las Escrituras cobraran vida todavía no se habían visto satisfechas. A pesar de la forma en que me había preparado para el viaje, de mi sinceridad en buscar a Cristo y de la determinación que por fin nos había llevado allí, sentía un vacío que me pesaba en el corazón.

Aquel lugar en donde Cristo había bendecido a tanta gente, ¿por qué no podía ser una bendición también para nosotros? Mientras luchaba con mis sentimientos, sentí gran deseo de leer las Escrituras. Pregunté a todos los que formaban parte del grupo, y lamentablemente ninguno había llevado una Biblia; pero afortunadamente, uno de ellos tenía una pequeña computadora de mano que contenía una versión electrónica de las Escrituras, así que en seguida nos reunimos a escuchar mientras alguien leía pasajes de los capítulos 4 de Mateo y 5 de Marcos, en los que se habla del Salvador en Capernaum.

Tan pronto como nos concentramos en las Escrituras, el vacío que había sentido fue reemplazado por un testimonio reconfortante del amor del Salvador y de la realidad de los acontecimientos sobre los cuales las Escrituras atestiguan. Habíamos ido a Capernaum en busca de Cristo, pero no lo encontramos sino hasta que escudriñamos las Escrituras; no fue el entorno físico lo que nos testificó, sino el Espíritu Santo.

El estudio de las Escrituras se puede complementar con historia, libros de comentarios, explicaciones idiomáticas y, de vez en cuando, con un viaje a lugares históricos, pero nada substituye el aprender directamente del Espíritu a medida que nos enfrascamos en ellas. Los hijos de Mosíah, que “habían escudriñado diligentemente las Escrituras para conocer la palabra de Dios” (Alma 17:2), son un ejemplo de ese principio.

Que el estudio diario de las Escrituras sea el centro de nuestra búsqueda de Cristo, porque ése es verdaderamente el mejor lugar donde encontrarlo.