Nada de palabrotas

Por Keith Porter

En 1962, me alisté en la Guardia Nacional junto a once compañeros de la escuela secundaria en la que estudiaba en Preston, Idaho. El periodo de entrenamiento básico se me hizo como unas vacaciones hasta que llegamos a Fort Ord, California.

Nos necesitábamos los unos a los otros para soportar nuestro nuevo entorno militar y las agresiones de los otros reclutas, muchos de los cuales empleaban un lenguaje vergonzoso y parecían no tener principios. Siempre procuraba estar con mis amigos Santos de los Últimos Días y apoyarme en ellos ante el acoso de nuestros compañeros.

Una vez terminado el entrenamiento básico, dos de mis amigos de la escuela y yo nos quedamos en Fort Ord para continuar en una capacitación sobre comunicaciones terrestres. No pasó mucho tiempo hasta que dos rudos y corpulentos reclutas de nuestra clase se retaron para ver quién era capaz de decir las cosas más aborrecibles y soeces. Al levantarse cada mañana, exclamaban vulgaridades para que todos los que se hallaban en el barracón oyeran su lenguaje soez.

Una mañana me encontré enfrente de ellos y, ansiando un poco de paz, les exigí que se callaran. Por haberlos avergonzado públicamente, descargaron su conducta detestable en mí, insultándome repetidamente y diciéndome que más valía que no me encontraran a solas.

Un poco más tarde, mientras recogía la basura, me encontré solo entre dos barracones. De repente, vi a alguien que se acercaba a mí; era uno de los reclutas que me habían amenazado.

A medida que se acercaba, yo me preparaba para lo peor, pero empezó a decirme lo mucho que me respetaba y que deseaba tener el valor para ser como yo. Admitió que sus padres se decepcionarían si supieran cómo vivía; dijo que nunca más diría vulgaridades en mi presencia, se dio la vuelta y se marchó.

Al pasar al siguiente barracón, vi al otro recluta que se dirigía hacia mí. Se me acercó y me pidió disculpas por la forma en que se había comportado. También me dijo lo mucho que me respetaba, y añadió que esperaba que algún día pudiera vivir de acuerdo con lo que se le había enseñado.

Un fin de semana en que mis amigos Santos de los Últimos Días estaban de permiso, estos dos jóvenes me invitaron a ir al cine con ellos y su grupo de amigos. Mientras caminábamos juntos, uno de ellos dijo una palabrota. Los dos robustos reclutas le dijeron a todos los del grupo que se olvidaran de decir palabrotas mientras yo estuviera con ellos.

Después de la película, cuando el grupo decidió ir a un club a tomar unas copas, mis amigos se despidieron de los demás y les dijeron que iban a pasar la tarde conmigo. Cuando nos quedamos solos, me hicieron preguntas sobre mi familia y quisieron saber qué tipo de Iglesia era la mía, que tanto ayudaba a jóvenes como los de mi grupo de amigos Santos de los Últimos Días a seguir principios elevados. Les respondí y les hablé acerca de la Iglesia.

Aprendí que el cielo brinda valor y bendice a los que defienden lo correcto.

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¿Agobiados?

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