Mi hijo también vive

Por Brenda Hunt

Una mujer de mi barrio me enseñó una lección de valor incalculable sobre la dulce paz que procede de la fe firme en Jesucristo y en Su expiación.

En la bendición patriarcal de esa mujer, se le prometía el gozo de ser madre, pero los años pasaban mientras ella y su esposo oraban y aguardaban a tener hijos. Finalmente, las oraciones de la pareja tuvieron respuesta y durante nueve meses sus vidas rebosaron de preparativos dichosos. Pintaron una habitación especial; compraron muebles, ropa y otros artículos para el bebé, y ofrecieron muchas oraciones. Los médicos les dijeron que no podrían tener más hijos después de este bebé, así que todos sus sueños giraban en torno a ese hijo.

Y llegó el día en que esta hermana dio a luz y oyó el lloro de su bebé.

“Es un niño precioso”, dijo la enfermera.

La madre cerró los ojos y ofreció una oración de gratitud. Cuatro minutos después, el bebé falleció.

La vi en la reunión sacramental dos semanas más tarde. Era la directora de música, por lo que caminó hasta el frente de la capilla y tomó asiento al lado del órgano. Bajo su dirección cantamos “Yo sé que vive mi Señor” (Himnos, Nº 73). Dirigió el himno bien erguida, con el rostro brillante, radiante de testimonio. A veces las palabras se le atoraban. Tragaba y apretaba los labios y luego dejaba de cantar, pero su brazo seguía moviéndose, dirigiéndonos mientras cantábamos.

Más adelante, con lágrimas bañándole las mejillas, esta hermana compartió su testimonio con estas sencillas palabras: “Sé que mi Redentor vive. Sé que Él es justo y nos ama. Y como Él vive, mi hijo también vive”.

Vi en su fe la certeza de la realidad de nuestro Redentor, cuya expiación por nosotros nos permite disfrutar de la inmortalidad y de la vida eterna. Su hijo le había sido apartado de su lado, pero sabía que algún día le sería restaurado.

Anuncios

Fe, servicio y una barra de pan.

Por Nissanka (Nissh) Muthu Mudalige

El autor vive en Armenia.

Mientras caminaba de regreso a casa, no me sentía cansado; lo único en lo que podía pensar era en la sonrisa de aquella anciana.

Me trasladé de Sri Lanka a Armenia en 2007 para asistir a la universidad; allí conocí a los misioneros y me bauticé al año siguiente. Después del bautismo deseé servir en una misión de tiempo completo, pero no pude porque tenía más de 25 años; no obstante, el presidente de misión me llamó a servir en una mini misión. Mis responsabilidades incluían trabajar con los demás élderes y predicar el Evangelio; me encantaba.

Una prueba de valor

En esa época andaba escaso de dinero. Para ese entonces mi padre perdió su negocio y no pudo seguir mandándome dinero; me quedaba solo lo suficiente para comer unos días. La universidad estaba cerca de donde vivía, pero la oficina de la misión estaba a 30 minutos en autobús y el boleto de ida y vuelta costaba doscientos drams (unos 50 centavos estadounidenses).

Aun así, deseaba magnificar mi servicio como misionero. Cuando me llamó un élder para ir con él a visitar a unos miembros y me pidió que nos reuniéramos en el edificio de la Rama Central —a más de cuarenta minutos de distancia en autobús—, le dije que sí, aunque sólo tenía dinero para comprar una barra de pan. Caminé hasta el edificio de la Rama Central; era un caluroso día de verano, así que tuve que detenerme para beber agua por el camino. Tardé dos horas en llegar. Durante las dos horas que me llevó regresar a casa, gasté mi última moneda en comprar pan.

Una prueba mayor

Tan pronto como llegué a casa, aquel mismo élder me llamó por teléfono y me dijo: “Nissh, siento llamarte otra vez, pero uno de los miembros está enfermo. ¿Podrías venir y ser mi compañero mientras le doy una bendición?”. Quería decirle que estaba muy cansado después de caminar cuatro horas bajo el sol, pero mi corazón me lo impidió. Mi fe me dio fuerza y valor, y le dije que iría.

En ese momento llegó mi compañero de cuarto y le pregunté si podría prestarme dinero para llegar hasta la oficina de la misión. Me respondió que solo tenía dinero para comprar comida hasta fin de mes, y que no podía prestarme nada.

De repente deposité los ojos en el pan fresco que acababa de comprar y que estaba sobre la mesa: el único alimento que tenía. Lo tomé y le dije: “Acabo de comprar este pan. ¿Lo aceptarías a cambio de cien drams?”. Me sonrió y dijo que sí. Tomé el dinero y fui en autobús hasta la oficina de la misión.

Visitamos al miembro de la Iglesia, una anciana que estaba postrada en la cama. Apenas podía abrir los ojos para vernos, pero me sonrió. Se dirigió a mí específicamente, mientras rememoraba antiguos recuerdos de su vida; estaba muy contenta porque habíamos ido a su casa. El élder y yo le dimos una bendición; ella nos sonrió otra vez y pude ver la luz en su rostro. Su hija mencionó que nuestra visita había sido la primera vez en muchos meses que la había visto sonreír.

Nuevamente caminé durante dos horas para volver a casa, pero esta vez no me sentía cansado. Lo único en lo que podía pensar era en la sonrisa de aquella anciana y en nuestra conversación. Sentí que el Padre Celestial había querido que la visitase; tal vez eso era lo que ella necesitaba para tener mayor felicidad durante sus últimos días. Me sentía muy agradecido por la oportunidad de participar en la visita y le pedí al Padre Celestial que bendijera a aquella mujer. También le pedí que me bendijera con alimento cada día durante mis momentos de dificultades económicas.

Bendiciones de lo alto

Dios no me abandonó. Ese mes mi amigo compartió su comida conmigo. Nunca me fui a dormir con hambre, y eso que no tenía ni un centavo en el bolsillo. Caminé hasta la casa de la misión a diario y nunca me sentí cansado. El sacrificio me hizo feliz.

Aquel mes recibí muchas invitaciones para almorzar y cenar. Cierto día, ni mi compañero de cuarto ni yo teníamos dinero y apenas nos quedaba una barra pequeña de pan para desayunar. Aquella noche estábamos hambrientos. Caminamos por la calle para tratar de pedirle dinero a un amigo cuando se detuvo un auto en el que iban dos armenios que nos preguntaron de dónde éramos. Después de decirles que éramos de Sri Lanka, nos invitaron a comer en su casa. Les encantó lo que les contamos de nuestro país y tuvimos una cena magnífica.

Amo a mi Padre Celestial y todas las bendiciones que me da continuamente. Siempre está dispuesto a ayudarme y cada día siento Su amoroso cuidado por mí.