El consejo que no quería escuchar

Nombre omitido

Porto Alegre, Brasil

Cuando mi esposo y yo tomamos la decisión de comenzar nuestro propio negocio, los primeros tres años fueron muy difíciles. No estábamos obteniendo ganancias y nos estábamos endeudando cada vez más. Trabajábamos arduamente, pero problemas inimaginables hicieron esos años los más difíciles de nuestra vida.

Todo empeoró cuando mi suegra falleció un día después de Navidad, y justo una semana después, yo me enfermé gravemente. En ese momento estábamos en la quiebra, habíamos perdido nuestro auto y aún peor, habíamos perdido nuestro seguro de salud.

Después de un tiempo, se me diagnosticó con un tipo de cáncer agresivo que se había estado desarrollando por lo menos durante cinco años. Era serio y requería una cirugía inmediata. Se me estaba acortando el tiempo, y no teníamos dinero para cubrir los costosos gastos médicos que precisaba.

Mi esposo y yo nos reunimos con nuestro obispo y pedimos ayuda. Le explicamos que se trataba literalmente de un asunto de vida o muerte. El obispo se preocupó, pero nos dijo que se sentía inspirado a esperar un poco más antes de darnos ayuda para ver si se abría otra manera. Nos aseguró que si nuestra fe era suficiente, el Señor proveería una manera para que yo recibiera la ayuda que necesitaba.

Al principio la respuesta del obispo me enfadó y me resentí. Sentía que tanto él como el Señor me habían abandonado. Pero yo tenía un testimonio del Evangelio, y creía que nuestro obispo había sido llamado de Dios. A pesar de mi tristeza, oré al Padre Celestial pidiéndole que me ayudara a continuar queriendo, respetando y sosteniendo a mi obispo. Cuando pedí esas cosas, sentí consuelo y que el Señor me ayudaría de alguna manera.

Mi esposo y yo seguimos adelante con fe, recibimos las pruebas médicas y programamos la cirugía a pesar de nuestra falta de fondos. El día antes de mi cirugía vendimos nuestro negocio por un buen precio, lo cual nos permitió pagar todas nuestras cuentas médicas.

En ese momento fue claro el por qué el obispo había dudado en ayudar. Él había actuado con inspiración para que yo tuviera una experiencia espiritual valiosa. Esa experiencia me enseñó a confiar en el Salvador, aún cuando el camino parece frustrante e intimidante. Estoy agradecida por el consejo que no quería escuchar de mi obispo. Yo sé que Dios es un Dios de milagros y que nunca nos abandona.

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Mi hijo también vive

Por Brenda Hunt

Una mujer de mi barrio me enseñó una lección de valor incalculable sobre la dulce paz que procede de la fe firme en Jesucristo y en Su expiación.

En la bendición patriarcal de esa mujer, se le prometía el gozo de ser madre, pero los años pasaban mientras ella y su esposo oraban y aguardaban a tener hijos. Finalmente, las oraciones de la pareja tuvieron respuesta y durante nueve meses sus vidas rebosaron de preparativos dichosos. Pintaron una habitación especial; compraron muebles, ropa y otros artículos para el bebé, y ofrecieron muchas oraciones. Los médicos les dijeron que no podrían tener más hijos después de este bebé, así que todos sus sueños giraban en torno a ese hijo.

Y llegó el día en que esta hermana dio a luz y oyó el lloro de su bebé.

“Es un niño precioso”, dijo la enfermera.

La madre cerró los ojos y ofreció una oración de gratitud. Cuatro minutos después, el bebé falleció.

La vi en la reunión sacramental dos semanas más tarde. Era la directora de música, por lo que caminó hasta el frente de la capilla y tomó asiento al lado del órgano. Bajo su dirección cantamos “Yo sé que vive mi Señor” (Himnos, Nº 73). Dirigió el himno bien erguida, con el rostro brillante, radiante de testimonio. A veces las palabras se le atoraban. Tragaba y apretaba los labios y luego dejaba de cantar, pero su brazo seguía moviéndose, dirigiéndonos mientras cantábamos.

Más adelante, con lágrimas bañándole las mejillas, esta hermana compartió su testimonio con estas sencillas palabras: “Sé que mi Redentor vive. Sé que Él es justo y nos ama. Y como Él vive, mi hijo también vive”.

Vi en su fe la certeza de la realidad de nuestro Redentor, cuya expiación por nosotros nos permite disfrutar de la inmortalidad y de la vida eterna. Su hijo le había sido apartado de su lado, pero sabía que algún día le sería restaurado.