Palabras para cambiar nuestro mundo

Por Norman C. Hill

Presidente de la Misión Ghana Accra Oeste

Un consejo de distrito de Ghana demuestra la manera en que el deliberar en consejo y emplear los recursos locales puede generar oportunidades de superación personal y para prestar servicio a los demás.

La hermana Vida Osei, de Ghana, tenía el deseo de aprender a leer y escribir inglés. Había asistido varias veces a programas comunitarios, pero al cabo de unas semanas se desanimaba y dejaba de ir. Entonces, un domingo, al asistir a las reuniones de la Rama 2, se enteró de que el Distrito Asamankese ofrecería un programa de alfabetización en inglés. Decidió aprovechar la oportunidad y se inscribió.

Pronto se dio cuenta de que ese programa era distinto; podía asistir junto con amigos de la Iglesia. Como materiales de estudio, se utilizaban las Escrituras, por lo que podría aprender inglés y el Evangelio al mismo tiempo.

Dos meses después de comenzar el curso, Vida ofreció una oración en una clase por primera vez en su vida. A los tres meses, dio su primer discurso en una reunión sacramental, parte en twi, un dialecto africano, y parte en inglés. Cuatro meses después del inicio de las clases, comenzó a anotar en un cuaderno muy gastado los pedidos, los costos y los precios de su trabajo de costurera que realizaba por cuenta propia. Así cometía menos errores con sus clientes, obtenía mejores precios de parte de sus proveedores y ganaba más dinero que antes.

“Era demasiado tímida para ir a clases de alfabetización con cualquier persona”, mencionó. “Pero como la clase se ofrecía en el centro de reuniones con miembros que yo conocía, me dio valor para volver a intentarlo. Ahora puedo leer las Escrituras y mejorar mi negocio debido a que leo y escribo inglés”.

En la parte del continente africano al sur del desierto de Sahara, mucha gente, en particular las mujeres, no sabe leer ni escribir. El analfabetismo está tan extendido que hay un antiguo proverbio africano que dice: “Si deseas ocultar algo, escríbelo en un cuaderno”. No obstante, en el caso de las mujeres Santos de los Últimos Días, la alfabetización va en aumento.

Retos que superar

Las limitaciones en materia de infraestructura y en la educación pública que existen en la mayoría de los países subsaharianos se traducen en oportunidades mínimas, sobre todo para las niñas. Debido al alto costo de los estudios y al estatus restringido de las niñas en la sociedad, para muchas personas el aprender a leer parece ser inalcanzable. Por ejemplo, a pesar de que el inglés es el idioma oficial de Ghana, se estima que menos de la mitad de las mujeres adultas lo hablan. En las zonas rurales del país, dos tercios de las mujeres adultas son analfabetas.

“La mayoría de las mujeres adultas de nuestros pueblos y aldeas no habla inglés”, señala Seth Oppong, presidente del Distrito Abomosu, de la Misión Ghana Accra Oeste. “El twi, nuestro dialecto local, ha sido un idioma verbal durante siglos. No fue hasta hace poco que se creó un alfabeto para el twi, así que poca gente lo podía leer”.

“Las hermanas dependen de los demás —mayormente de su esposo, si son casadas, o de lo que les dicen sus amistades, si no son casadas— para comprender los principios de Evangelio y las normas de la Iglesia”, explica Georgina Amoaka, presidenta de la Sociedad de Socorro de distrito. “Muchas de ellas tienen el deseo de servir, pero no pueden leer los manuales ni las revistas, así que las oportunidades que tienen de participar en la Iglesia son limitadas”.

Recomendación del consejo

Debido a que las mujeres no hablan inglés en su hogar ni en el mercado, el participar en la Iglesia es su principal motivación para aprender el idioma. Sin embargo, tanto los miembros de muchos años como los nuevos conversos encuentran resistencia de parte de la familia en cuanto a los programas de alfabetización. El consejo de distrito analizó esa situación y el presidente Oppong habló con los líderes del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares de cada rama sobre un programa de alfabetización a nivel de distrito. El programa estaría abierto a todas las mujeres de la comunidad, pero se enfocaría en las mujeres de la Iglesia. En lugar de invitar a las personas por separado, se les invitaría a asistir en grupos; por ejemplo: las presidencias de la Sociedad de Socorro y de la Primaria asistirían juntas a fin de apoyarse unas a otras.

Tras conversaciones que tuvieron con las ramas, los líderes de distrito decidieron ofrecer clases de alfabetización en cada rama los domingos y dos veces durante la semana. Después de un empeño intenso de seis meses, se otorgarían certificados a aquellos que asistieran con regularidad y terminaran ciertas tareas obligatorias.

Recursos adaptados a las necesidades

“Uno de los retos era encontrar la manera de enseñar a leer y escribir a personas que solamente hablaban su idioma”, explicó el élder Jim Dalton, misionero mayor que presta servicio en el distrito. “El twi tiene larga tradición como idioma hablado pero no escrito; la mayoría de la gente que lo habla no lo sabe escribir, así que había que empezar por que aprendieran a escribir”.

Ransford Darkwah, del sumo consejo del Distrito Abomosu, se puso a trabajar con dos ex misioneros, Francis Ansah y Cecelia Amankwah, para utilizar un manual elaborado a nivel local. A los participantes se les mostraban imágenes y se les pedía que escribieran algo al respecto. Eso sirvió para que desarrollaran la habilidad básica de la escritura mientras aprendían a pensar en inglés. Una vez que manejaban las destrezas básicas, se podían usar recursos de aprendizaje más avanzados.

Preparación e innovación

Antes de que comenzara el programa, los especialistas en alfabetización capacitaron a instructores no solo en cuanto a métodos de aprendizaje, sino también sobre la forma de enseñar higiene práctica y habilidades prácticas de la vida familiar. Sin embargo, incluso con la mejor capacitación, no se podrían haber previsto algunos de los obstáculos que se presentaron en cuanto comenzaron las clases: los frecuentes apagones en la zona dificultaban que impartieran las clases; los rumores de que unos rebeldes mineros de oro andaban en las calles por la noche causaban ansiedad y, de vez en cuando, las personas que tenían llaves no podían llegar a tiempo para abrir el centro de reuniones.

Así que, una vez más, el consejo de distrito analizó lo que se podía hacer. En respuesta a su recomendación, los participantes comenzaron a ir a las clases en grupo; se les repartieron linternas para que caminaran seguros por los senderos; los líderes locales autorizaron el uso de generadores para que los edificios de la Iglesia tuvieran luz por la noche; y se les dieron llaves a miembros de confianza que vivían cerca de los centros de reuniones para que abrieran los edificios a tiempo.

Presentaciones en la graduación

Un total de sesenta y un miembros e investigadores empezaron el programa, de los cuales cuarenta y tres terminaron todas las sesiones y tareas. El día de la graduación se les invitó a que dieran breves presentaciones.

“Antes de comenzar el programa de alfabetización, no sabía leer en lo absoluto”, afirmó Sandra Obeng Amoh, de la Rama Sankubenase. “Cuando mi esposo viajaba por motivos de trabajo, nunca hacíamos la noche de hogar. Hace unas semanas, mientras mi esposo estaba ausente, mi hijo mayor me ayudó a leer el manual y di a mis hijos una lección en inglés. Desde entonces lo he hecho cada vez que mi esposo no está en casa”.

Prosper Gyekete, quien a pesar de sus limitados conocimientos de inglés ha seguido siendo fiel miembro de la Rama Abomosu 2, leyó un testimonio de tres enunciados que él mismo escribió. Dijo que antes de la clase no sabía leer ni escribir, pero que ahora ayuda a sus hijos pequeños con sus tareas. “Gracias a lo que he aprendido”, aseguró, “puedo ser un mejor padre”.

“Ahora puedo leer las Escrituras solo”, indicó Kwaku Sasu, de la Rama Kwabeng. “Antes, sabía de la veracidad del Libro de Mormón, a pesar de que no lo podía leer. Ahora sé que es verdadero conforme lo leo. Mi testimonio crece y crece”.

Las hermanas de la presidencia de la Sociedad de Socorro de la Rama Asunafo dijeron que dedicaban cada jueves a hablar exclusivamente en inglés entre ellas. “Ese día las conversaciones eran lentas y se hacían más largas, ya que no podíamos hallar las palabras adecuadas para comunicarnos”, mencionó Evelyn Agyeiwaa, presidenta de la organización. “Pronto comenzamos a interpretar unas para las otras buscando las palabras correctas. Debido a que aprendíamos juntas, ninguna sentía vergüenza ni temor de equivocarse. Simplemente nos ayudábamos la una a la otra”.

Los beneficios abundan

Las mujeres que terminaron el programa de alfabetización del Distrito Abomosu dijeron que se sentían mejor con ellas mismas, y sus probabilidades de participar en la Iglesia aumentaron. Estuvieron más dispuestas a aceptar llamamientos, a leer las Escrituras y a enseñar tanto en la Iglesia como en el hogar. Algunos hombres también terminaron el programa. En su mayoría eran agricultores de subsistencia y explicaron que ahora pueden calcular mejor los gastos y las ventas de sus productos, ayudar a sus hijos con sus tareas y leer las Escrituras individualmente y con su familia.

Entusiasmado por el éxito obtenido en Abomosu, el aledaño Distrito de Asamankese lanzó su propio programa de alfabetización.

“El hecho de poder leer y escribir está cambiando nuestra vida y la de nuestros hijos”, afirmó Gladis Aseidu, de la Rama Sankubenase. “Las palabras están cambiando nuestro mundo y damos gracias al Padre Celestial”.

Autosuficiencia inspirada

“No hay una respuesta única que se aplique a todos en el bienestar de la Iglesia. Es un programa de autoayuda en el que las personas son responsables de su autosuficiencia. Nuestros recursos incluyen la oración personal, las habilidades y talentos que Dios nos ha dado, los recursos que están disponibles para nosotros por medio de nuestra propia familia, los diferentes recursos de la comunidad y, desde luego, el amoroso apoyo de los cuórums del sacerdocio y de la Sociedad de Socorro…

“Al final, deben hacer en su área lo que los discípulos de Cristo han hecho en toda dispensación: sentarse en consejo, usar todos los recursos disponibles, buscar la inspiración del Espíritu Santo, pedir la confirmación del Señor y ponerse a trabajar”.

Véase del presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, “El proveer conforme a la manera del Señor”, Liahona, noviembre de 2011, págs. 53–56.

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El consejo que no quería escuchar

Nombre omitido

Porto Alegre, Brasil

Cuando mi esposo y yo tomamos la decisión de comenzar nuestro propio negocio, los primeros tres años fueron muy difíciles. No estábamos obteniendo ganancias y nos estábamos endeudando cada vez más. Trabajábamos arduamente, pero problemas inimaginables hicieron esos años los más difíciles de nuestra vida.

Todo empeoró cuando mi suegra falleció un día después de Navidad, y justo una semana después, yo me enfermé gravemente. En ese momento estábamos en la quiebra, habíamos perdido nuestro auto y aún peor, habíamos perdido nuestro seguro de salud.

Después de un tiempo, se me diagnosticó con un tipo de cáncer agresivo que se había estado desarrollando por lo menos durante cinco años. Era serio y requería una cirugía inmediata. Se me estaba acortando el tiempo, y no teníamos dinero para cubrir los costosos gastos médicos que precisaba.

Mi esposo y yo nos reunimos con nuestro obispo y pedimos ayuda. Le explicamos que se trataba literalmente de un asunto de vida o muerte. El obispo se preocupó, pero nos dijo que se sentía inspirado a esperar un poco más antes de darnos ayuda para ver si se abría otra manera. Nos aseguró que si nuestra fe era suficiente, el Señor proveería una manera para que yo recibiera la ayuda que necesitaba.

Al principio la respuesta del obispo me enfadó y me resentí. Sentía que tanto él como el Señor me habían abandonado. Pero yo tenía un testimonio del Evangelio, y creía que nuestro obispo había sido llamado de Dios. A pesar de mi tristeza, oré al Padre Celestial pidiéndole que me ayudara a continuar queriendo, respetando y sosteniendo a mi obispo. Cuando pedí esas cosas, sentí consuelo y que el Señor me ayudaría de alguna manera.

Mi esposo y yo seguimos adelante con fe, recibimos las pruebas médicas y programamos la cirugía a pesar de nuestra falta de fondos. El día antes de mi cirugía vendimos nuestro negocio por un buen precio, lo cual nos permitió pagar todas nuestras cuentas médicas.

En ese momento fue claro el por qué el obispo había dudado en ayudar. Él había actuado con inspiración para que yo tuviera una experiencia espiritual valiosa. Esa experiencia me enseñó a confiar en el Salvador, aún cuando el camino parece frustrante e intimidante. Estoy agradecida por el consejo que no quería escuchar de mi obispo. Yo sé que Dios es un Dios de milagros y que nunca nos abandona.