Recuerdos espiritualmente decisivos

Por el élder Neil L. Andersen

Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Cuando las dificultades personales o las condiciones del mundo que están fuera de nuestro control oscurecen nuestra senda, los recuerdos espiritualmente decisivos de nuestro libro de la vida son como piedras brillantes que ayudan a iluminar el camino que tenemos por delante.

Dieciocho años después de la Primera Visión, el profeta José Smith escribió un extenso relato de su experiencia. Él había soportado oposición, persecución, acoso, amenazas y brutales ataques; sin embargo, continuó testificando con valentía de su Primera Visión: “Yo efectivamente había visto una luz, y en medio de la luz vi a dos Personajes, los cuales en realidad me hablaron; y aunque se me odiaba y perseguía por decir que había visto una visión, no obstante, era cierto […]; yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo”.

En los momentos difíciles, la memoria de José se remontaba cerca de dos décadas hasta la certeza del amor que Dios tenía por él y los acontecimientos que dieron paso a la Restauración por tanto tiempo predicha. Al reflexionar en su travesía espiritual, José dijo: “No culpo a nadie por no creer mi historia. De no haber pasado lo que experimenté, ni yo mismo lo hubiera creído”.

Pero las experiencias fueron reales, y él nunca las olvidó ni las negó, confirmando calladamente su testimonio mientras se trasladaba a Carthage. “Voy como cordero al matadero”, dijo, “pero me siento tan sereno como una mañana veraniega. Mi conciencia se halla libre de ofensas contra Dios y contra todos los hombres”.

Sus experiencias espiritualmente decisivas

Hay una lección para nosotros en el ejemplo del profeta José. Junto con la apacible guía que recibimos del Espíritu Santo, de vez en cuando, Dios nos confirma a cada uno, de manera poderosa y muy personal, que nos conoce y nos ama, y que nos está bendiciendo específica y abiertamente. Luego, en nuestros momentos de dificultad, el Salvador reaviva esas experiencias en nuestra mente.

Piensen en su propia vida. A lo largo de los años, he escuchado miles de experiencias profundamente espirituales de Santos de los Últimos Días de todo el mundo que me confirman, más allá de toda duda, que Dios nos conoce y nos ama a cada uno, y que Él desea revelarse a Sí mismo a nosotros. Esas experiencias pueden presentarse en los momentos cruciales de nuestra vida, o en lo que en principio podrían parecer acontecimientos triviales, pero siempre vienen acompañados por una confirmación espiritual excepcionalmente fuerte del amor de Dios.

El recordar esas experiencias espiritualmente decisivas nos lleva a ponernos de rodillas y declarar, tal como hizo el profeta José: “Lo que recibí vino del cielo. Lo sé, y sé que Dios sabe que yo lo sé”.

Cuatro ejemplos

Reflexionen en los recuerdos espiritualmente decisivos de su propia vida mientras comparto algunos ejemplos de otras personas.

Hace años, un anciano patriarca de estaca que tenía una insuficiencia en dos válvulas cardíacas le suplicó al entonces doctor Russell M. Nelson que lo interviniera, aunque en aquella época no había solución quirúrgica para la segunda válvula dañada. El doctor Nelson finalmente accedió a realizar la operación. Estas son las palabras del presidente Nelson:

“[D]espués de solucionar la obstrucción de la primera válvula, dejamos la otra al descubierto; encontramos que estaba intacta pero tan dilatada que ya no funcionaba como debía. Mientras la examinaba, recibí una clara impresión: Reduce la circunferencia del anillo, y le dije al asistente: ‘El tejido de la válvula funcionará bien si logramos reducir el anillo lo más posible a su tamaño normal’.

“Pero ¿cómo? […]. Una vívida imagen acudió a mi mente indicándome dónde colocar suturas, con un pliegue aquí y un ajuste allí […]. Aún recuerdo esa imagen en mi mente con líneas punteadas en el lugar donde debían ir las suturas. Llevamos a cabo la labor tal como se me había dibujado mentalmente. Probamos la válvula y vimos que la pérdida se había reducido considerablemente. El asistente comentó: ‘Es un milagro’”. El patriarca vivió muchos años.

El doctor Nelson había sido guiado, y sabía que Dios sabía que él sabía que había sido guiado.

Kathy y yo conocimos a Beatrice Magré en Francia hace treinta años. Recientemente Beatrice me habló de una experiencia que tuvo un impacto en su vida espiritual poco después de su bautismo, cuando era adolescente. Estas son sus palabras:

“Los jóvenes de nuestra rama habíamos viajado con nuestros líderes a la playa de Lacanau, a una hora y media de Burdeos.

“Antes de regresar a casa, uno de los líderes decidió ir a nadar por última vez y se zambulló en las olas con los lentes puestos. Cuando salió del agua, los lentes habían desaparecido […]. Se perdieron en el mar.

“Al perder los lentes no podría conducir su auto, y nosotros quedaríamos varados lejos de casa.

“Una hermana llena de fe sugirió que orásemos.

“Yo murmuré que orar no serviría absolutamente de nada, y me uní de mala gana al grupo para orar públicamente con el agua turbia llegándonos hasta la cintura.

“Cuando la oración acabó, estiré los brazos para salpicar a todos. Al batir la superficie del agua, los lentes llegaron a mis manos. Un poderoso sentimiento de que Dios realmente escucha y contesta nuestras oraciones penetró mi alma”.

Cuarenta y cinco años después, ella lo recordaba como si hubiera sucedido ayer. Beatrice había sido bendecida y sabía que Dios sabía que ella sabía que había sido bendecida.

Las experiencias del presidente Nelson y de la hermana Magré fueron muy diferentes, pero, para ambos, un recuerdo inolvidable y espiritualmente decisivo del amor de Dios les quedó grabado en el corazón.

Esos acontecimientos decisivos a menudo suceden cuando aprendemos acerca del Evangelio restaurado o compartimos el Evangelio con otras personas.

Esta imagen fue tomada en São Paulo, Brasil, en 2004. Floripes Luzia Damasio, de la Estaca Ipatinga, Brasil, tenía ciento catorce años. Al hablar de su conversión, la hermana Damasio me contó que los misioneros en su pueblo habían dado una bendición del sacerdocio a un bebé enfermo en estado crítico que se recuperó milagrosamente. Ella quiso saber más. Al orar acerca del mensaje de ellos, un testimonio innegable del Espíritu le confirmó que José Smith fue un profeta de Dios. A los ciento tres años se bautizó y a los ciento cuatro recibió su investidura. A partir de entonces, ella cada año hizo el viaje de catorce horas en autobús para pasar una semana en el templo. La hermana Damasio había recibido una confirmación celestial y ella sabía que Dios sabía que ella sabía que ese testimonio era real.

Este es un recuerdo espiritual de mi primera misión en Francia, hace cuarenta y ocho años.

Mientras golpeábamos puertas, mi compañero y yo le dejamos un Libro de Mormón a una mujer mayor.

Cuando regresamos al apartamento de la mujer, aproximadamente una semana después, ella abrió la puerta. Antes de pronunciar una sola palabra, sentí un palpable poder espiritual. Esos intensos sentimientos continuaron cuando la señora Alice Audubert nos invitó a pasar y nos contó que había leído el Libro de Mormón y que sabía que era verdadero. Al salir de su apartamento aquel día, oré: “Padre Celestial, por favor, ayúdame a no olvidar nunca lo que acabo de sentir”. Nunca lo he olvidado.

En un momento aparentemente común, ante una puerta muy parecida a otros cientos de puertas, yo había sentido el poder del cielo. Y sabía que Dios sabía que yo sabía que una ventana del cielo se había abierto.

Individualizada e innegable

Esas experiencias espiritualmente decisivas surgen en diferentes momentos y de diferentes maneras, a la medida de cada uno de nosotros.

Piensen en sus ejemplos favoritos de las Escrituras. Los que escucharon al apóstol Pedro “se compungieron de corazón”. Abish, la mujer lamanita, creyó en la “notable visión de su padre”. Una voz vino a la mente de Enós.

Mi amigo Clayton Christensen describió del siguiente modo una experiencia que tuvo durante la lectura del Libro de Mormón bajo un intenso espíritu de oración: “[U]n espíritu hermoso, cálido y de amor […] me envolvió y me inundó el alma, infundiéndome una sensación de amor que no me había imaginado que pudiera experimentar [y esos sentimientos continuaron noche tras noche]”.

Hay ocasiones en que los sentimientos espirituales penetran en nuestro corazón como fuego, iluminándonos el alma. José Smith explicó que algunas veces recibimos “una repentina corriente de ideas”, y de vez en cuando un flujo puro de inteligencia.

El presidente Dallin H. Oaks, al responder a un hombre sincero que afirmaba que nunca había tenido una experiencia así, aconsejó: “Quizás sus oraciones han recibido respuesta una y otra vez, pero usted esperaba una señal grandiosa o una voz tan fuerte que cree que no ha recibido una respuesta”. El Salvador mismo habló de un pueblo con una fe extraordinaria que “fueron [bendecidos] con fuego y con el Espíritu Santo […] y no lo supieron”.

¿Cómo lo escuchas?

Recientemente hemos oído al presidente Russell M. Nelson decir: “Te invito a que pienses profundamente y a menudo acerca de esta pregunta clave: ¿Cómo lo escuchas tú? También te invito a que puedas hacer lo necesario para escucharlo mejor y más a menudo”. Él repitió esa invitación esta mañana.

Lo escuchamos en nuestras oraciones, en nuestro hogar, en las Escrituras, en nuestros himnos, al participar dignamente de la Santa Cena, al declarar nuestra fe, al prestar servicio a los demás, y al asistir al templo con otros creyentes. Los momentos espiritualmente decisivos surgen cuando escuchamos la conferencia general con espíritu de oración y cuando guardamos mejor los mandamientos. Y, niños, esas experiencias son para ustedes también. Recuerden que Jesús “enseñó y ministró a los niños […] y [los niños] declararon cosas grandes y maravillosas”. El Señor dijo:

“[Este conocimiento os es] dad[o] por mi Espíritu […], y si no fuera por mi poder, no podríais tenerl[o].

“Por tanto, podéis testificar que habéis oído mi voz y que conocéis mis palabras”.

Podemos escucharlo gracias a la bendición de la incomparable expiación del Salvador.

Si bien no podemos elegir el momento en que recibiremos esas experiencias decisivas, el presidente Henry B. Eyring dio el siguiente consejo para prepararnos: “Esta noche y mañana por la noche, ruego que oren, mediten y pregunten: ‘¿Me envió Dios algún mensaje […] exclusivamente para mí?’. ¿Vi Su mano bendecir mi vida o la vida de mi[ familia]?” La fe, la obediencia, la humildad y la verdadera intención abren las ventanas de los cielos.

Una ilustración

Podrían pensar en sus recuerdos espirituales de ese modo. Con oración constante, la determinación de guardar nuestros convenios y el don del Espíritu Santo, vamos avanzando por la vida. Cuando las dificultades personales, la duda o el desaliento oscurecen nuestra senda, o cuando las condiciones del mundo que están fuera de nuestro control nos llevan a preguntarnos por el futuro, los recuerdos espiritualmente decisivos de nuestro libro de la vida son como piedras brillantes que ayudan a iluminar el camino que tenemos por delante, confirmándonos que Dios nos conoce, nos ama y ha enviado a Su Hijo, Jesucristo, para ayudarnos a regresar a casa. Y cuando alguien deja a un lado sus recuerdos decisivos y están perdidos o confusos, los volvemos hacia el Salvador al compartir nuestra fe y nuestros recuerdos con ellos, ayudándolos a redescubrir esos preciados momentos espirituales que una vez atesoraron.

Algunas experiencias son tan sagradas que las guardamos en nuestra memoria espiritual y no las compartimos.

“Los ángeles hablan por el poder del Espíritu Santo; por lo que declaran las palabras de Cristo”.

“[No] han cesado los ángeles de ministrar a los hijos de los hombres.

“Porque he aquí, se sujetan a [Cristo] para ejercer su ministerio de acuerdo con […] su mandato, manifestándose a los que tienen una fe fuerte y una mente firme en toda forma de santidad”.

Y “el Consolador, el Espíritu Santo […], os enseñará [y os recordará] todas las cosas”.

Atesoren sus recuerdos sagrados. Créanlos. Escríbanlos. Compártanlos con sus familiares. Confíen en que les han sido dados por su Padre Celestial y por Su Hijo Amado. Permitan que les den paciencia en sus dudas y entendimiento en sus dificultades. Les prometo que, a medida que reconozcan de buena gana y atesoren cuidadosamente los acontecimientos espiritualmente decisivos de su vida, recibirán más y más. ¡El Padre Celestial los conoce y los ama!

Jesús es el Cristo, Su evangelio ha sido restaurado y, si permanecemos fieles, testifico que seremos Suyos para siempre. En el nombre de Jesucristo. Amén.

A la espera del [hijo] pródigo

Por el élder Brent H. Nielson

Que ustedes y yo recibamos revelación para saber la mejor manera de ayudar a aquellos en nuestra vida que se han descarriado.

El Salvador Jesucristo pasó Su ministerio terrenal enseñando sobre Su poder de sanación y redención. En una ocasión, registrada en el capítulo 15 de Lucas, en el Nuevo Testamento, lo criticaron en verdad por comer y pasar tiempo con pecadores (véase Lucas 15:2). El Salvador usó esa crítica como una oportunidad para enseñarnos a todos la forma de responder ante quienes se han desviado del camino.

Para responder a Sus críticos, Él les hizo dos preguntas importantes:

“¿Qué hombre de vosotros, si tiene cien ovejas y se le pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la que se le perdió, hasta que la halla?” (Lucas 15:4).

“¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende una lámpara, y barre la casa y busca con diligencia hasta hallarla?” (Lucas 15:8).

Después, el Salvador enseña la parábola del Hijo Pródigo. Esta parábola no es sobre las cien ovejas ni las diez dracmas; es acerca de un preciado hijo que está perdido. Mediante la parábola, ¿qué nos enseña el Salvador sobre cómo actuar cuando un miembro de la familia se ha descarriado?

El hijo pródigo informa a su padre que quiere su herencia de inmediato. Quiere dejar la seguridad de su hogar y su familia, e ir en busca de los afanes del mundo (véase Lucas 15:12–13). Tengan en cuenta que en la parábola del Salvador, el padre responde con amor, dándole al hijo su herencia. Sin duda, el padre deber haber hecho todo lo posible para convencer al hijo de que se quedara. Sin embargo, una vez que el hijo adulto toma su decisión, el padre sabio lo deja ir. Después, el padre demuestra amor sincero, observa y espera (véase Lucas 15:20).

Mi familia tuvo una experiencia similar. Mis dos hermanos fieles, mi maravillosa hermana y yo fuimos criados por padres ejemplares. Se nos enseñó el Evangelio en nuestro hogar, llegamos con éxito a ser adultos y los cuatro nos sellamos en el templo a nuestros respectivos cónyuges. Sin embargo, en 1994, nuestra hermana, Susan, se decepcionó de la Iglesia y de algunas de sus enseñanzas. Fue persuadida por quienes se burlaban y criticaban a los líderes de la Iglesia de los primeros días y permitió que su fe en los profetas y apóstoles vivientes disminuyera. Con el tiempo, sus dudas superaron su fe y eligió dejar la Iglesia. Susan me ha dado permiso para compartir su historia, con la esperanza de que pueda ayudar a otras personas.

Mis hermanos, mi madre viuda y yo estábamos desolados. No podíamos imaginar qué pudo haberla llevado a abandonar su fe.

Mis hermanos y yo habíamos servido como obispos y presidentes de quórum, y habíamos tenido éxito con miembros del barrio y del quórum cuando dejamos las noventa y nueve y fuimos en busca de la persona descarriada. Sin embargo, con nuestra hermana, nuestros esfuerzos constantes por rescatarla e invitarla a volver sólo la alejaban más y más.

Al buscar guía divina sobre cómo podíamos responder ante esa situación, fue evidente que teníamos que seguir el ejemplo del padre en la parábola del Hijo Pródigo. Susan había tomado una decisión y, en sentido figurado, teníamos que dejarla ir; pero no sin que antes supiera y sintiera el amor sincero que teníamos por ella. Por lo tanto, con amor y bondad renovados, observamos y esperamos.

Mi madre nunca dejó de amar y preocuparse por Susan. Cada vez que asistía al templo, ponía el nombre de ella en la lista de oración y nunca perdió la esperanza. Mi hermano mayor y su esposa, quienes vivían más cerca de Susan, en California, la invitaban a todos los eventos familiares. Todos los años, el día del cumpleaños de Susan, la invitaban a su casa a cenar. Se aseguraron de estar siempre en contacto con ella y que supiera que verdaderamente la amaban.

Mi hermano menor y su esposa se mantuvieron en contacto con los hijos de Susan en Utah, se ocupaban de ellos y los amaban. Se aseguraron de que sus hijos siempre estuvieran invitados a las reuniones familiares y, cuando llegó el momento de bautizar a la nieta de Susan, mi hermano estuvo ahí para efectuar la ordenanza. Susan también tuvo maestros orientadores y maestras visitantes amorosos que nunca se dieron por vencidos.

Cuando nuestros hijos fueron a servir en misiones y se casaron, invitamos a Susan a esas celebraciones familiares y ella vino. Nos esmerábamos por crear eventos familiares en los que Susan y sus hijos pudieran estar con nosotros y supieran que los amábamos y que eran parte de nuestra familia. Cuando Susan recibió su diploma de una universidad de California, todos estuvimos allí para apoyarla en su graduación. Aunque no podíamos aceptar todas sus decisiones, ciertamente podíamos aceptarla a ella. La amamos, observamos y esperamos.

En 2006, después de 12 años de que Susan se alejara de la Iglesia, nuestra hija Katy se mudó con su esposo a California para que él pudiera estudiar abogacía. Vivían en la misma ciudad que Susan. La joven pareja buscaba la ayuda y el apoyo de su tía Susan, y la amaban. Susan ayudó a cuidar de nuestra nieta Lucy, que tenía dos años, y pronto comenzó a ayudar a Lucy con sus oraciones por la noche. Katy me llamó un día y me preguntó si pensaba que Susan alguna vez volvería a la Iglesia. Le aseguré que sentía que sí y que necesitábamos seguir siendo pacientes. A medida que pasaban otros tres años, con amor continuo, observamos y esperamos.

Hace seis años este fin de semana, mi esposa, Marcia, y yo estábamos sentados en la primera fila de este centro de conferencias. Me iban a sostener como Autoridad General ese día. Marcia, que siempre está atenta a la influencia del Espíritu, me había escrito una nota que decía: “Creo que es tiempo de que Susan vuelva”. Mi hija Katy sugirió que saliera y llamara a Susan para invitarla a ver la conferencia general ese día.

Inspirado por estas dos grandes mujeres, caminé hasta el vestíbulo y llamé a mi hermana. Respondió el contestador automático y simplemente dejé un mensaje invitándola a que mirara esa sesión de la conferencia general. Ella recibió el mensaje, y para nuestra alegría, se sintió impulsada a mirar todas las sesiones de la conferencia. Escuchó a profetas y apóstoles que había amado en años anteriores y descubrió nombres nuevos que no conocía, tales como el del presidente Uchtdorf y del élder Bednar, élder Cook, élder Christofferson y del élder Andersen. Durante ésa y otras experiencias enviadas del cielo, mi hermana —como el hijo pródigo— volvió en sí (véase Lucas 15:17). Las palabras de los profetas y apóstoles, y el amor de su familia la motivaron a volver e iniciar su camino de regreso a casa. Después de quince años, nuestra hija y hermana, quien se había perdido, había sido encontrada. El observar y esperar habían terminado.

Susan describe esa experiencia como Lehi la describió en el Libro de Mormón. Ella se soltó de la barra de hierro y se halló en el vapor de tinieblas (véase 1 Nefi 8:23). Dice que no sabía que estaba perdida hasta que la Luz de Cristo volvió a encender su fe, luz que magnificó brillantemente el marcado contraste entre lo que ella estaba experimentando en el mundo y lo que el Señor y su familia le ofrecían.

Ha ocurrido un milagro en los últimos seis años. Susan tiene un testimonio renovado del Libro de Mormón; ha recibido su recomendación para el templo; ha prestado servicio como obrera del templo y actualmente enseña la clase de Doctrina del Evangelio en su barrio. Las ventanas de los cielos se han abierto para sus hijos y sus nietos, y aunque hubo consecuencias difíciles, parece como si nunca se hubiera alejado.

Algunos de ustedes, como la familia Nielson, tienen familiares que se han desviado por un tiempo. La instrucción del Salvador a todos los que tienen cien ovejas es dejar a las noventa y nueve e ir y rescatar a la descarriada. Su instrucción a quienes tienen diez dracmas y pierden una es buscar hasta que la encuentren. Cuando la persona descarriada es su hijo o su hija, su hermano o su hermana, y él o ella ha elegido alejarse, en el caso de nuestra familia aprendimos que, después de hacer cuanto pudimos, amamos a esa persona con todo nuestro corazón y observamos, oramos y esperamos que se revele la mano del Señor.

Quizás la lección más importante que el Señor me enseñó a lo largo de este proceso fue al estudiar las Escrituras en familia, después de que mi hermana había dejado la Iglesia. Nuestro hijo David estaba leyendo mientras estudiábamos juntos Lucas 15. Ese día, cuando él leía la parábola del Hijo Pródigo, la escuché de forma diferente a como la había escuchado antes. Por alguna razón, siempre me había identificado con el hijo que se quedó en la casa. Cuando David leyó esa mañana, me di cuenta de que, de alguna forma, yo era el hijo pródigo. Todos nosotros estamos destituidos de la gloria del Padre (véase Romanos 3:23). Todos necesitamos de la expiación del Salvador para que nos sane. Todos estamos perdidos y necesitamos que se nos encuentre. Esa revelación ese día me ayudó a saber que tanto mi hermana como yo necesitábamos el amor del Salvador y Su expiación. De hecho, Susan y yo estábamos en el mismo camino de regreso a casa.

Las palabras del Salvador en la parábola cuando describe al padre que recibe a su hijo pródigo son poderosas, y creo que podrían ser la descripción de la experiencia que ustedes y yo tendremos con el Padre cuando regresemos a nuestro hogar celestial. Ellas nos enseñan de un padre que ama, espera y observa. Éstas son las palabras del Salvador: “Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello y le besó” (Lucas 15:20).

Que ustedes y yo recibamos revelación para conocer la mejor manera de ayudar a aquellos en nuestra vida que se han descarriado y, cuando sea necesario, tener la paciencia y el amor de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo Jesucristo, en tanto que amamos, observamos y esperamos al [hijo] pródigo. En el nombre de Jesucristo. Amén.