Lo más difícil del mundo: ser buenos padres

Presidente James E. Faust

Queridos hermanos y hermanas, apelo a vuestra fe y oraciones esta tarde al sentirme inspirado a hablar sobre un tema que considero lo más difícil del mundo. Se trata del privilegio y la responsabilidad de ser buenos padres. En ese aspecto, hay tantas opiniones como padres. No obstante, son pocos los que afirman saberlo todo y, por cierto, yo no soy uno de ellos.

Creo que entre nosotros hay ahora mas jóvenes excelentes que en cualquier otra época de mi vida. Esto implica que la mayoría de ellos provienen de buenos hogares y tienen padres dedicados y abnegados. Sin embargo, aun los padres más responsables sienten que alguna vez también ellos han cometido errores. Recuerdo una ocasión en la que cometí una imprudencia y mi madre exclamó: “¿En que habré fallado?”

El Señor dijo: “… os he mandado criar a vuestros hijos en la luz y la verdad” (D. y C. 93:40). Para mí, ese es el esfuerzo humano más importante.

Ser padre o madre no sólo es una gran responsabilidad, sino que es un llamamiento divino; es un esfuerzo que requiere consagración.

El presidente David 0. McKay dijo que la paternidad es “la responsabilidad más grande que se le ha confiado al ser humano” (The Responsibility of Parents to Their Children, pág. 1).

Si bien hay pocos desafíos que sean mayores que el de la paternidad, pocas son las cosas que ofrecen un grado mayor de gozo. Sin duda no hay trabajo más importante en este mundo que el de preparar a nuestros hijos para aprender el temor a Dios, ser felices, honrados y productivos. No hay felicidad mayor para los padres que lograr que sus hijos los honren a ellos y a sus enseñanzas. Esa es en realidad la gloria de la paternidad. Juan testificó: “No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad. (3 Juan 4.) En mi opinión, el enseñar, criar y capacitar a los hijos requiere mas inteligencia, comprensión intuitiva, humildad, fortaleza, sabiduría, espiritualidad, perseverancia y mucho más trabajo que cualquier otra tarea que tengamos en la vida, en especial cuando las normas morales de honor y decencia decaen a nuestro alrededor Para tener éxito en el hogar, se deben enseñar valores e imponerse reglas y normas constantes. Hay comunidades que no apoyan mucho a los padres en lo que respecta a enseñar y honrar normas morales. Hay culturas que las han perdido por completo y muchos de sus jóvenes tienen una actitud sarcástica ante lo que es moral.

Ante el deterioro de la sociedad y la ruptura de la familia, lo mejor es prestar mas atención y hacer un mayor esfuerzo para enseñar a la futura generación: nuestros hijos. Para ello, primero debemos fortalecer a sus maestros.

Los educadores más importantes son los padres y demás miembros de la familia, y el hogar es la mejor escuela. De alguna manera debemos hacer un esfuerzo mayor para que el hogar sea como un santuario en contra de la dañina decadencia moral. La armonía, la felicidad, la paz y el amor da a los hijos la fortaleza interior necesaria para lidiar con los problemas de la vida. Hace unos meses, Barbara Bush, esposa del presidente de los Estados Unidos, dijo a los graduados de una universidad en Massachussetts:

“Sea la época que sea, hay algo que no cambia. Padres y madres: los hijos están primero. Deben leerles a sus hijos, deben abrazarlos y deben amarlos. El éxito que logren como familia, así como el de la sociedad, no depende de lo que suceda en la Casa Blanca, sino de lo que suceda en nuestras casas.” (Washington Post, 2 de junio de 1990.)

Para ser buenos padres hay que renunciar a sí mismo en favor de los hijos. Como consecuencia de ese sacrificio, los padres adquieren nobleza de carácter y aprenden a llevar a la práctica las verdades que enseñó el Salvador.

Respeto muchísimo a los padres que crían solos, sin su cónyuge, a sus hijos, esforzándose y sacrificándose, luchando contra grandes problemas para mantenerlos unidos. Estas personas merecen respeto y ayuda por ese esfuerzo heroico. La labor de un padre o una madre se hace más fácil cuando ambos están en el hogar.

Con frecuencia los hijos ponen a prueba la fortaleza y la sabiduría de sus padres.

Hace unos años, el presidente Kimball entrevisto al obispo Stanley Smoot y le pregunto:

-¿Cuán a menudo tienen la oración familiar?

Y. la respuesta fue:

-Tratamos de orar dos veces al día, pero en general lo hacemos una vez.

El presidente Kimball entonces replicó:

-Antes era suficiente que la familia orara junta una vez al día, pero no lo será en el futuro si deseamos salvarla.

Me pregunto si en lo futuro tener la noche de hogar de vez en cuando será suficiente para fortalecer moralmente a nuestros hijos. Tampoco será suficiente en el futuro el estudio esporádico de las Escrituras para que los hijos se defiendan de la decadencia moral que los rodea. Donde van los hijos a aprender sobre castidad, integridad, honestidad y decencia si no es en el hogar’ Por supuesto que la Iglesia reforzara estos valores, pero la enseñanza de los padres es más constante.

Cuando los padres enseñan a sus hijos a evitar el peligro, no es apropiado decirles: “Tenemos mas experiencia y conocimiento que ustedes sobre las cosas del mundo; nosotros podemos arriesgarnos”. La hipocresía de los padres puede hacer que los hijos sean sarcásticos y duden de lo que estos les enseñen.

Por ejemplo, cuando los padres van a ver películas que prohiben a sus hijos, estos luego dudan de las enseñanzas de sus progenitores. Si se espera que los hijos sean honrados, los padres también deben serlo. Si se espera que los hijos sean virtuosos, los padres también deben serlo. Si se espera que los hijos sean honorables, los padres deben serlo.

Entre los otros valores que se deben enseñar a los hijos esta el respetar a los demás, comenzando con sus padres y familiares; respetar las creencias religiosas y el patriotismo de otros; respetar la ley y el orden; respetar la propiedad ajena y respetar la autoridad. Timoteo nos recuerda que los hijos primero deben aprender “a ser piadosos para con su propia familia” (1 Timoteo 5:4).

Una de las cosas más difíciles que deben hacer los padres es disciplinar debidamente a los hijos, porque cada uno es diferente. Muchas veces cuando un método resulta con uno, falla con otro. Y no hay nadie mejor que los padres para determinar con precisión cual es el método disciplinario demasiado severo o demasiado indulgente para los hijos. Todo es cuestión de discernimiento y oración de parte de los padres. Por cierto que el principio que se aplica en todos los casos es que la disciplina debe ser motivada por el amor y no por el castigo. Brigham Young aconsejó: “Nunca castigues a una persona mas allá de tu capacidad para amarla y ayudarla” (Journal of Discourses, 9:124).

No obstante, la guía y la disciplina son fundamentales en la crianza de los hijos. Si los padres no los disciplinan, la gente lo hará tal vez de un modo que no gustara a los padres. Sin disciplina, los hijos no respetaran las reglas del hogar ni las de la sociedad.

Uno de los propósitos principales de la disciplina es enseñar obediencia. El presidente David 0. McKay dijo: “Si los padres no enseñan obediencia a sus hijos, la sociedad la exigirá y la obtendrá. Por lo tanto, es mejor que, con bondad y comprensión, la enseñanza se imparta en el hogar y no se deje librada a la brutal e indiferente disciplina que la sociedad les impondrá, al no haber los padres cumplido con esa obligación” (“The Responsibility of Parents to Their Children”, pág. 3).

Una parte esencial al enseñarles a ser disciplinados y responsables es enseñarles a trabajar. A medida que maduramos, muchos somos como el hombre que dijo: “Me gusta el trabajo; me encanta. Puedo sentarme horas a contemplar a los que trabajan”. Repito, los mejores maestros que pueden enseñar el principio del trabajo son los padres. En mi caso, el comenzar a trabajar junto a mi padre y abuelo, tíos y hermanos, me brindó una gran satisfacción. Estoy seguro de que más de una vez fui mas un estorbo que una ayuda, pero los recuerdos que guardo de esa época son hermosos y las lecciones que aprendí fueron realmente valiosas. Es imperante que los hijos aprendan responsabilidad e independencia.

¿Dedican tiempo los padres para demostrar y enseñar a sus hijos a fin de que estos puedan, como lo enseñó Lehi, “obrar por si mismos, y no para que obren sobre ellos”? (2 Nefi 2:26).

Luther Burbank, uno de los mejores horticultores del mundo, dijo: “Si prestáramos a las plantas la misma atención que damos a nuestros hijos, el mundo estaría cubierto por una selva de hierbas” (Elbert Hubbard’s Scrapbook, pág. 227).

Los hijos también se benefician del albedrío moral que nos brinda la oportunidad de progresar y desarrollarnos. Ese albedrío moral les da también a estos la oportunidad de escoger lo opuesto al egoísmo, el derroche y la autodestrucción. Con frecuencia, los hijos manifiestan su albedrío moral desde muy pequeños.

Aquellos que han sido padres conscientes, amorosos y dedicados, y que han vivido de acuerdo con principios justos lo mejor que han podido, deben conformarse sabiendo que ellos son buenos padres, a pesar del mal comportamiento de alguno de sus hijos. Estos a su vez tienen la responsabilidad de escuchar, obedecer y, si se les enseñó debidamente, aprender. Los padre no siempre son responsables de todo el mal comportamiento de los hijos, porque tampoco pueden asegurar su buen comportamiento. Hay hijos que pondrían a prueba la sabiduría de Salomón y la paciencia de Job.

Con frecuencia los padres que se encuentran en una buena situación económica o los que son demasiado indulgentes tienen ciertos problemas especiales. En cierto sentido, esos chicos utilizan a sus padres como rehenes al negarse a cumplir con sus normas a menos que estos accedan a sus exigencias. El élder Neal A. Maxwell dijo que “aquellos que hacen demasiado por sus hijos pronto ven que no pueden hacer nada con ellos. Cuando se les da demasiado, a la larga se les perjudica” (“The man of Christ”, Ensign, mayo 1975, pág. 101). Parecería que, por naturaleza, el ser humano no valora las cosas materiales que no ha ganado por sí mismo.

Irónicamente, hay padres que desean que sus hijos tengan amigos y sean populares entre ellos pero, al mismo tiempo, temen que cometan los mismos errores que sus compañeros.

En general, los jóvenes que han tomado la determinación de abstenerse de las drogas, el alcohol y el sexo fuera del matrimonio son los que han adoptado y aceptado en su totalidad los altos valores aprendidos en el hogar paterno. En momentos difíciles, es mucho más probable que sigan las enseñanzas de sus padres y no el mal ejemplo de sus compañeros o de la sutil influencia que ejercen los medios de comunicación que glorifican el consumo del alcohol, el adulterio, la infidelidad, la deshonestidad y otros vicios. Son como los dos mil guerreros de Helamán, cuyas “madres les habían enseñado que si no dudaban, Dios los libraría” de la muerte. “Y … repitieron las palabras de sus madres, diciendo: No dudamos que nuestras madres lo sabían” (Alma 56:47-48).

No hay duda de que lo que solidifica las enseñanzas de los padres en la vida de los hijos es una firme creencia en la Deidad. Cuando esa creencia pasa a ser parte de sus vidas, les fortalece interiormente. Entonces, de todas las cosas importantes que es necesario enseñar, ¿qué deben enseñar los padres? Las Escrituras nos dicen que los padres deben enseñar a sus hijos sobre la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, el bautismo, y el don del Espíritu Santo y la “doctrina del arrepentimiento” (véase D. y C. 68:25). Estos principios deben enseñarse en el hogar y no en las escuelas públicas, ya que no son responsabilidad del gobierno ni de la sociedad. Por supuesto que los programas de la Iglesia sirven de ayuda, pero la enseñanza más eficaz es la del hogar.

La enseñanza de los padres no tiene que ser complicada ni dramática, ni intensa. El Gran Maestro nos ha enseñado ese gran principio. Charles H. Parkhurst, un eminente ministro presbiteriano, dijo: “Si estudian la historia del ministerio de Cristo, desde su bautismo hasta su ascensión, descubrirán que su vida esta llena de pequeños detalles tales como hermosas oraciones, actos piadosos, palabras de aliento y muestras de compasión. El Evangelio esta lleno de oportunidades para ayudar y sanar al hombre en cuerpo, mente y alma. La belleza de la vida de Cristo estriba en aquellos sencillos actos de bondad que, para muchos, pasaron desapercibidos.

“Por ejemplo, hablar con la mujer en el pozo, enseñar al joven rico que su ambición no le permitirla entrar en el reino celestial … o enseñar a un pequeño grupo de sus seguidores la forma en que debían orar; encender una hoguera para cocinar pescado a fin de que sus discípulos tuviesen que comer, o esperarlos cuando aquellos llegasen después de una noche de pesca infructuosa, con frío, cansancio y desanimo. Todas esas cosas nos ayudan a comprender que el amor de Cristo se reduce a sencillos actos de caridad hacia nuestros semejantes.” (Cursos de estudio de la Sociedad de Socorro 1982, págs. 138-39.)

Lo mismo sucede con la paternidad. Las pequeñas son las grandes cosas que fortalecen a la familia al entretejerse entre sí los miles pero pequeños actos de amor, fe, disciplina, sacrificio, paciencia y trabajo.

Hay grandes promesas espirituales que pueden ayudar a los padres fieles en la Iglesia. Los hijos sellados eternamente a los padres pueden recibir las grandes bendiciones que se prometieron a sus valientes antepasados, que cumplieron noblemente con sus convenios. Si los padres guardan los convenios que hicieron con Dios, El también los respetara. De esa forma los hijos se convierten en beneficiarios y herederos de esos grandes convenios y promesas. Y todo por ser los hijos del convenio. (Véase Orson F. Whitney, Conference Report, Abril de 1929, págs. 110-111.)

Que el Señor bendiga a los sacrificados y abnegados padres y madres de este mundo; en especial que honre los convenios que guarden los padres fieles, miembros de la Iglesia, y que vele por esos hijos del convenio. Lo ruego en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

 

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Si Cristo tuviera mis oportunidades.

Paul K. Sybrowsky

Nuestro Salvador Jesucristo nos enseña la importancia de ir en busca del que se encuentra perdido.

Hace mucho tiempo, cuando nuestros hijos mayores tenían seis, cuatro y dos años de edad, mi esposa y yo les hicimos un cuestionario de sorpresa. A diario, leíamos como familia el Libro de Mormón.

“¿Quién era el hombre”, preguntó mi esposa, “que fue al bosque a cazar pero que en vez de hacerlo oró todo el día hasta entrada la noche?”

Después de un momento de silencio, ella les dio una pista… “Su nombre empieza con E… e… e… e”.

Desde un rincón del cuarto, nuestro hijo de dos años exclamó: “¡nós!”

Ese niño era el que jugaba en un rincón, el que pensábamos que era demasiado pequeño para entender. ¡Enós! Era Enós el que había ido a cazar al bosque, pero cuya alma padecía hambre. Aunque su registro no indica que él se hallaba perdido en el bosque, el relato de Enós nos enseña que él salió del bosque con un mejor entendimiento, y que después sintió una mayor preocupación por el bienestar de sus hermanos.

En el Nuevo Testamento, nuestro Salvador Jesucristo nos enseña la importancia de ir en busca del que se encuentra perdido:

“¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?

“Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso” (Lucas 15:4–5).

Desde la caída de Adán, todo el género humano se encuentra en un estado caído y perdido. Como la mayoría de ustedes, la trayectoria de mi “encuentro” comenzó con dos misioneros fieles. En el año de 1913, en Copenhague, Dinamarca, los élderes C. Earl Anhder y Robert H. Sorenson enseñaron a mis abuelos el Evangelio de Jesucristo y los bautizaron. Mis padres me enseñaron la importancia del trabajo arduo, de la honradez y de la integridad; sin embargo, en sólo una corta generación caímos en la inactividad de ir a la Iglesia y en la falta de conocimiento del Evangelio. Ahora, al contemplar el pasado, recuerdo que de niño mis compañeros de juego me invitaban a la Primaria. Mis primeras vivencias en la Iglesia las pasé con amigos de la Primaria.

Siendo apenas un jovencito, algunos meses antes de cumplir 12 años, un sábado por la tarde oí que llamaban a la puerta. Varios de mis amigos, que eran diáconos, con camisa blanca y corbata fueron a buscarme para ir a mi primera reunión del sacerdocio. Nuestro líder caminó a mi lado al bajar la colina rumbo al Tabernáculo de la Manzana del Templo. Esa reunión fue la sesión del sacerdocio de la conferencia general de abril.

Lloyd Bennett era mi líder del grupo de escultismo. Los sábados por la tarde solía pasar por mí para ir a la oficina de escultismo a comprar las insignias y los materiales que necesitábamos. Mientras él conducía, charlábamos. Él llegó a ser un amigo de confianza. Lloyd Bennett, como muchos otros, dio de su tiempo por una persona perdida.

Esos maravillosos amigos y líderes entendían el reciente consejo del élder M. Russell Ballard de “Encontrar a uno más” (“Uno más”, Liahona, mayo de 2005, pág. 69), y ellos sabían lo que eso requería. A veces, se trata de la persona que está en el rincón, la que no hemos tomado en cuenta.

A los 18 años, tuve una experiencia similar a la de Enós al arrodillarme en la barraca del cuartel del Fuerte Ord, en California. Después de que apagaron las luces y de haberme arrodillado en el piso, al igual que Enós, obtuve entendimiento. Debía servir una misión de tiempo completo. Mi corazón reboza de gratitud por tanta gente que me ha ayudado a descubrir mi identidad y a conocer a Cristo y Su Evangelio. Llegué a comprender que el camino al hogar celestial es por medio de nuestro Salvador Jesucristo.

“Y vendrá al mundo para redimir a su pueblo; y tomará sobre sí las transgresiones de aquellos que crean en su nombre; y éstos son los que tendrán vida eterna, y a nadie más viene la salvación” (Alma 11:40).

Isaías, el profeta del Antiguo Testamento, al ver nuestra época en la que el Evangelio sería restaurado en su plenitud, declaró:

“Así dijo Jehová el Señor: He aquí, yo tenderé mi mano a las naciones, y a los pueblos levantaré mi bandera; y traerán en brazos a tus hijos, y tus hijas serán traídas en hombros” (Isaías 49:22).

Hermanos y hermanas, al cuidar de esa persona perdida, vemos el cumplimiento de la profecía. ¿Pueden ver cómo ustedes también han sido traídos en brazos y en hombros y fueron conducidos a la protección?

¿Qué haría nuestro Salvador con las oportunidades que nosotros tenemos de ayudar a una persona perdida? Al emplear ese principio,“Si Cristo tuviera mis oportunidades, ¿qué haría Él?”, nuestras decisiones en la vida estarán centradas en Cristo.

Personalmente, yo sé que en nuestros días, nuestro querido élder Neal A. Maxwell se esforzó siempre por encontrar a esa persona. Como Nefi, él trabajó “diligentemente para escribir, a fin de persuadir [a todos nosotros] a creer en Cristo y a reconciliarse con Dios” (2 Nefi 25:23). Sé que el élder Maxwell hizo más de un llamado a aquellos, e incluso a la persona perdida, que él procuraba traer a Cristo.

Ya sea que seamos un maestro de la Primaria, un líder de los Hombres Jóvenes o de las Mujeres Jóvenes, un maestro Scout, un maestro orientador, una maestra visitante o un amigo, el Señor nos guiará, si lo escuchamos, a buscar y a encontrar a esa persona.

Estoy tan agradecido por la decisión de servir una misión de tiempo completo, la cual llegó a ser un momento decisivo en mi vida. Jóvenes, ustedes tienen el privilegio de servir, sí, de trabajar con diligencia. Manténganse dignos, prepárense para predicar el Evangelio; no demoren, ¡vayan y presten servicio! Jovencitas, ustedes pueden aportar tanto para edificar el reino. Hermanos de la tercera edad, ¡les necesitamos!

Mi familia tuvo el privilegio de servir en Canadá con élderes, hermanas y misioneros mayores dedicados y maravillosos. De corazón a corazón y de espíritu a espíritu, y con la fortaleza del Señor, ellos buscaban a las personas perdidas y las encontraban, así como lo hacen los misioneros dedicados por el mundo.

“Y así fueron instrumentos en las manos de Dios para llevar a muchos al conocimiento de la verdad, sí, al conocimiento de su Redentor” (Mosíah 27:36).

Cada uno de nosotros puede lograr un cambio en la vida de alguien, aún en la vida eterna de esa persona, pero debemos poner manos a la obra; debemos actuar; debemos trabajar diligentemente. Quizá hayan recibido la impresión de invitar a alguien a regresar a la Iglesia, o a escuchar el mensaje del Evangelio restaurado por primera vez. Adelante, háganle caso a ese sentimiento. ¿Por qué no invitamos todos a alguien a venir mañana y escuchar la voz del Profeta? ¿Lo harían? ¿Invitarán a alguien hoy? Con fe y con un corazón dispuesto, y aún con anhelo, debemos confiar en que el Espíritu nos dará “en la hora, sí, en el momento preciso, lo que [debemos] de decir (D. y C. 100:6). Yo sé que eso es así.

Cuán agradecido estoy por este llamamiento de servir, una vez más, esta vez en Australia. Expreso mi amor y agradecimiento eternos a mi esposa y a nuestros nueve hijos, con una mentalidad misionera, por su amor y su apoyo. Doy solemne testimonio de que la plenitud del Evangelio ha sido restaurada sobre la tierra, de que José Smith es un profeta de Dios, y de que el Libro de Mormón es la palabra de Dios. Hoy en día somos guiados por un profeta viviente, sí, el presidente Gordon B. Hinckley. Y sé que Dios vive y sé que Jesús es el Cristo, nuestro Salvador y Redentor. En los amorosos brazos y en los hombros del Pastor, Él nos lleva a casa. Al igual que Enós, permítanme decirles con humildad: “[debo] predicar… a este pueblo y declarar la palabra según la verdad que está en Cristo… y en ello me he regocijado más que en lo del mundo (Enós 1:26). De estas verdades doy testimonio, en el nombre de Jesucristo. Amén.