Devocional mundial para jóvenes adultos – Mayo de 2018

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Dios me llamaba de nuevo.

I. Alva Estrada
Ciudad de México, México

Después de terminar mis estudios universitarios, me convertí en investigador científico. Debido a mi formación en el método científico, aceptaba solamente lo que se podía sentir y probar. Viví sin la influencia de Dios en mi vida y era prácticamente ateo.

Entonces una mañana recibí una llamada de que mi hijo había estado en un grave accidente automovilístico. Yendo al hospital, sentí la impresión de decir el Padrenuestro, que había aprendido en la infancia. No podía recordarlo, pero sentí que necesitaba orar de todos modos.

Aunque Dios me había llamado, cuando la crisis pasó y mi hijo se recuperó, seguí viviendo sin Él.

Años más tarde comencé a salir con una mujer llamada Rubí; era miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, aunque no era activa en ella. Después de salir juntos por tres años, empezó a sentir el deseo de ir a la Iglesia; me pedía que la acompañara, pero siempre me negaba.

Un día los misioneros llegaron a nuestra puerta; me dieron un Libro de Mormón y me dejaron tareas de lectura. Leí lo que me pidieron que leyera, pero no sentí nada. También asistí a la Iglesia, pero siempre me mostraba escéptico. Aun así, sentí que necesitaba seguir leyendo el Libro de Mormón. Dios me estaba llamando de nuevo.

Al seguir leyendo, empecé a sentir que el libro era verdadero; mi fe se iba fortaleciendo. Cuando llegué a 3 Nefi 13:9–13 y leí el Padrenuestro, sentí que el Espíritu descendía sobre mí y empecé a sollozar. Dios me estaba llamando por tercera vez; esta vez escuché.

Mi fe en Dios creció y tenía el deseo de saber más. En poco tiempo, leí todos los libros canónicos; seguí asistiendo a la Iglesia, y después de que Rubí y yo nos casamos, me bauticé. Nunca olvidaré el gozo que sentí cuando fui confirmado miembro de la Iglesia.

Hoy día sigo siendo investigador científico, pero ahora veo la mano de Dios en todas las cosas. Estoy de acuerdo con Alma, quien dijo: “Todas las cosas indican que hay un Dios, sí, aun la tierra y todo cuanto hay sobre ella, sí, y su movimiento, sí, y también todos los planetas que se mueven en su orden regular testifican que hay un Creador Supremo” (Alma 30:44).