El Libro de Mormón y Doctrina y Convenios.

Cual es su pensamiento en su corazón

Dallin H. Oaks

Del Quórum de los Doce Apóstoles

Mis estimados consiervos, mi interés en la enseñanza de nuestros jóvenes viene de hace mucho tiempo. En 1967 —antes de que muchos de ustedes nacieran— nuestra hija mayor empezó seminario matutino en Chicago. Durante la mayor parte de los últimos 45 años he tenido hijos, nietos y ahora una bisnieta en seminario, instituto o una universidad del Sistema Educativo de la Iglesia. Como maestros, empleados y administradores, como misioneros del SEI y como compañeros de estos siervos del Señor, sus responsabilidades son vitales a fin de preparar a la nueva generación para sus responsabilidades en la Iglesia y en el reino de Dios.

I.

Nuestros jóvenes son asombrosos por su fe y su devoción a lo bueno y a lo recto. No importa el criterio de rectitud con que se los mida, son superiores. Por ejemplo, un estudio reciente muestra que el porcentaje de jóvenes mormones que permanecen fieles a su religión y asisten regularmente a las reuniones de la Iglesia es el más alto de todos los grupos religiosos de EE. UU.2. Creo que nuestros jóvenes y jóvenes adultos son mejores que los de toda generación anterior; pero aún necesitan nuestra ayuda para fortalecerlos contra las distracciones y los males que los rodean, que son intensos y persuasivos. En un discurso para un grupo igual a éste del SEI hace casi diez años, el presidente Boyd K. Packer dijo que “el mundo va girando cuesta abajo a pasos acelerados”3; y al rededicar el Templo de Boise, Idaho, el pasado noviembre, el presidente Thomas S. Monson declaró que nuestros miembros jóvenes “caminan en un mundo saturado con las sofisterías de Satanás”4.

Las dificultades que enfrentan los maestros del Evangelio —los padres, los que tienen llamamientos o puestos de trabajo— son mayores debido a la tecnología moderna a la que los jóvenes tienen acceso inmediato. Como explicó hace unos años la hermana Julie B. Beck, ex Presidenta General de la Sociedad de Socorro: “En todo medio de comunicación hay mensajes contra la familia, y los jóvenes están muy conectados a los medios… Cada vez ven menos motivos para formar una familia o casarse a pesar de todo lo que ustedes les enseñan. Se los insensibiliza cada vez más a la necesidad de formar familias eternas”5.

Hablaré sobre algunos de esos mensajes contra la familia y sugeriré algunas cosas que podemos enseñar para contrarrestarlos. En el contexto de la enseñanza secuencial de las Escrituras, ustedes son responsables de enseñar la doctrina básica del matrimonio y la familia. Mi mensaje tiene la intención de ayudarlos en ello. Pretendo complementar el reciente lanzamiento de extraordinarios recursos inspirados para fortalecer a nuestros miembros jóvenes en su función de apresurar la obra del Señor en estos últimos días6.

II.

A veces, lo más importante que podemos enseñar, lo que más necesitan nuestros alumnos, son cosas que los maestros tendemos a pasar por alto. No enseñamos verdades sencillas y básicas porque suponemos que todos las entienden. Por ejemplo, consideren la importancia fundamental de esta verdad de la Biblia que enseña el profeta Isaías:

“Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dice Jehová.

“Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8–9).

En 2 Nefi capítulo 9 hay una enseñanza similar acerca de la insensatez de los hombres instruidos que desechan el consejo de Dios (véase 2 Nefi 9:28). Y en libro de Lucas, leemos la respuesta de Jesús a los fariseos que se “burlaban” de Él por Sus enseñanzas: “Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; pero Dios conoce vuestros corazones, pues lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación” (Lucas 16:15).

De estos pasajes concluyo que los seguidores de Cristo piensan diferente que los demás. Se me presentó esa idea por primera vez de joven, cuando estudiaba derecho en la Universidad de Chicago. Dado que crecí entre mormones y tuve poco contacto con personas de otras creencias, quedé intrigado al enterarme que un empleado de la biblioteca de derecho estaba haciendo un Doctorado en Teología para ser ministro religioso. Imaginen mi sorpresa al descubrir en nuestras conversaciones que, aunque él creía que Jesucristo era “un gran maestro”, no creía que fuera el Hijo divino de Dios.

“¿A qué iglesia pertenece?”, le pregunté ingenuamente.

“Oh, eso no importa”, contestó. “Aceptaré cualquier puesto que sea bueno: para enseñar, dar sermones o como consejero”.

Ese hombre deseaba hacer lo que consideraba bueno, pero le faltaba la creencia fundamental y básica en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo que yo suponía que todo cristiano tenía. En cuanto al propósito y la práctica de la religión, obviamente no pensaba lo mismo que yo.

Ése es mi tema; describiré la realidad y la importancia de que, en muchas cuestiones importantes referentes a la religión, los Santos de los Últimos Días piensan distinto de muchas otras personas.

III.

Al decir que los Santos de los Últimos Días “piensan distinto”, no me refiero a que razonamos de modo diferente en cuanto a cómo pensamos; me refiero a que, en muchas cuestiones importantes, nuestras teorías —nuestros puntos de partida o premisas más importantes— difieren de las de muchos de nuestros amigos y colegas. También difieren de muchas suposiciones que hoy en día se usan en los medios y en otros discursos comunes. Por ejemplo, puesto que los Santos de los Últimos Días conocemos el plan del Padre Celestial para Sus hijos, sabemos que esta vida no es una obra de un solo acto en medio de un pasado misterioso y un futuro incierto. Esta vida es el segundo acto de una obra de tres actos; su propósito lo define aquello que se ha revelado sobre nuestra existencia espiritual en el primer acto, y sobre nuestro destino eterno en el tercero. Debido a que conocemos este plan y otras verdades que Dios ha revelado, comenzamos con suposiciones diferentes de quienes no comparten nuestro conocimiento. Como resultado, llegamos a conclusiones diferentes en muchos asuntos importantes que otras personas sólo juzgan en base a sus opiniones acerca de la vida terrenal.

En cierto modo, nuestra experiencia es como la del apóstol Pedro, registrada en el capítulo 16 de Mateo. Jesús enseñó a Sus apóstoles que pronto iría a Jerusalén y padecería mucho a manos de los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, y que finalmente lo matarían.

“Y Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reprenderle, diciendo: Señor, ten compasión de ti mismo. ¡En ninguna manera esto te acontezca!

“Entonces él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás! Me eres tropiezo, porque no entiendes lo que es de Dios, sino lo que es de los hombres” (Mateo 16:22–23).

Pedro no consideró “lo que [era] de Dios, sino lo que [era] de los hombres” cuando dijo que Jesús no sería muerto en Jerusalén. Al razonar con la sabiduría del hombre, llegó a la conclusión equivocada. Si en esa ocasión Pedro hubiese razonado según “lo que es de Dios” —el plan que exigía que el Salvador muriese— no hubiera sido reprendido; hubiera tenido lo que las Escrituras describen como “la mente del Señor” o la “mente de Cristo” (Romanos 11:34; 1 Corintios 2:16; D. y C. 102:23; véase también 2 Nefi 9:39), que incluye la capacidad de entender y de pensar con claridad en cuanto a la aplicación de las enseñanzas y verdades eternas del Evangelio a las diferentes circunstancias que enfrentamos en la vida terrenal.

Vivimos en un mundo donde muchos sostienen y practican cosas que son contrarias a “lo que es de Dios”: Su plan de salvación. Esto crea muchos de los malentendidos y la oposición que nuestros jóvenes encuentran entre sus amigos y compañeros. Por ejemplo: estamos rodeados de colegas y de una cultura que sostienen que no está mal tener relaciones sexuales sin estar casados. Una encuesta reciente indica que el 53 por ciento de la gente en EE. UU. cree esto7. También en mi discurso de la conferencia de octubre pasado mencioné que, durante un período reciente, el 41 por ciento de los nacimientos en Estados Unidos fueron de mujeres que no estaban casadas8. La mayoría de esos nacimientos llegaron a parejas en concubinato, que viven juntos sin casarse. El que las parejas tengan hijos y los críen sin estar casados es algo común y aceptado por muchos.

¿Cómo deben responder nuestros jóvenes cuando sus compañeros y hasta sus maestros concluyen que el matrimonio ya no es importante y que los niños no sufren desventaja alguna si sus padres no están casados? Y ¿cómo deben reaccionar a las conocidas propuestas para redefinir la familia?

Quizá sea preferible que nuestros jóvenes se abstengan de discutir con compañeros sobre esos temas o propuestas. Por lo general, será mejor que determinen cuáles son las ideas o suposiciones mundanas de las aseveraciones que les presentan y luego mencionar las diferentes creencias o premisas que guían la manera de pensar de los Santos de los Últimos Días. Esto no llevará a que quienes no comparten nuestra religión estén de acuerdo, pero puede evitar discutir sobre conclusiones y determinar cuál es el verdadero motivo del desacuerdo.

Otro ejemplo. Una poderosa e influyente corriente moderna es el “relativismo moral”: la idea de que no existe el bien y el mal absolutos. Detrás de esa idea está la suposición de que no hay Dios o que, si hay un Dios, Él no ha dado mandamientos que se apliquen a nosotros hoy. Esa idea ubica a sus partidarios en la misma posición del desafortunado pueblo que el profeta Mormón describió como “sin Cristo y sin Dios en el mundo… echados de un lado para otro como paja que se lleva el viento” (Mormón 5:16).

Los Santos de los Últimos Días obviamente empezamos con una premisa diferente: hay un Dios que es la fuente de leyes eternas y ha dado mandamientos que establecen lo bueno y lo malo de muchas opciones. Además, en el tercer acto de Su plan eterno, se nos hará responsables de hasta qué punto nuestros hechos y deseos terrenales han estado en armonía con esos mandamientos. Nos oponemos al relativismo moral y debemos ayudar a nuestros jóvenes a evitar ser engañados y persuadidos por razonamientos y conclusiones que se basan en sus falsas premisas.

IV.

¿Dónde encontramos las premisas para comenzar nuestro razonamiento en cuanto a la verdad o aceptabilidad de varias propuestas? Nos basamos en la palabra de Dios, que se halla en las Escrituras y en las enseñanzas de profetas modernos. A menos que nos aferremos a esas verdades como nuestras premisas y supuestos principales, no podemos estar seguros de que nuestras conclusiones sean verdaderas. Aferrarnos a la verdad eterna no nos protegerá de la tribulación y la persecución predicha por Jesús (véase Mateo 13:21), pero nos dará la paz que viene de la fe en Jesucristo y del conocimiento de que estamos en el camino hacia la vida eterna. Recuerden a sus alumnos las siguientes enseñanzas, que son los puntos de partida de nuestra manera de pensar respecto a muchas tendencias e ideas populares modernas.

En cuestiones de familia, pensamos diferente a muchas personas del mundo debido a lo que sabemos acerca del propósito y la naturaleza eternos de nuestras relaciones familiares. Nuestra proclamación sobre la familia dice que “el matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios y que la familia es fundamental en el plan del Creador para el destino eterno de Sus hijos”9. Dado que el matrimonio entre el hombre y la mujer es esencial para el plan eterno de Dios, los Santos de los Últimos Días persisten en el principio religioso honrado por siglos de que el matrimonio es principalmente una institución para procrear y criar hijos. También concordamos con la experiencia comprobada de que el matrimonio es la mejor institución para el bienestar económico, político y moral de la familia humana. Como dijo el presidente Spencer W. Kimball hace muchos años: “Sabemos que, cuando la familia se desmorona, toda otra institución de la sociedad comienza a andar mal”10.

Rechazamos la idea moderna de que el matrimonio es una relación que existe primordialmente para la satisfacción de las personas que lo conforman y que cualquiera de ellos puede darle fin cuando desee. Nos centramos en el bienestar de los hijos, no sólo en el nuestro.

El manual de la Iglesia explica: “Por designio divino, tanto el hombre como la mujer son esenciales para traer hijos a la vida mortal y proporcionar el mejor ambiente para criarlos y educarlos”11.

La proclamación sobre la familia declara: “Los hijos merecen nacer dentro de los lazos del matrimonio y ser criados por un padre y una madre que honran sus votos matrimoniales con completa fidelidad”12.

Nuestra creencia de que se nos manda “[honrar los] votos matrimoniales con completa fidelidad” da lugar a la siguiente premisa básica expresada en la proclamación sobre la familia: “Dios ha mandado que los sagrados poderes de la procreación han de emplearse sólo entre el hombre y la mujer legítimamente casados como esposo y esposa”13.

Esa declaración no es políticamente correcta, pero es verdadera, y tenemos la responsabilidad de enseñar y practicar esa verdad. Esto, claramente, nos contrapone a muchos supuestos y prácticas del mundo actual; el nacimiento de millones de niños inocentes a madres solteras es sólo un ejemplo.

La siguiente verdad fundamental que cito de la proclamación es un principio cuyas implicaciones van mucho más allá de lo que muchos jóvenes se dan cuenta. Requiere mucha atención y enseñanza inspirada: “Él ser hombre o el ser mujer es una característica esencial de la identidad y del propósito premortales, mortales y eternos de la persona”14.

La característica eterna de ser hombre o mujer tiene muchas consecuencias. Una de ellas se explica en el Manual 2: “La naturaleza masculina o femenina de los espíritus es tal que se completan el uno al otro. Se ha dispuesto que el hombre y la mujer progresen juntos hacia la exaltación”15.

Los espíritus de los hombres y las mujeres “se completan el uno al otro” porque son diferentes, y “[progresan] juntos hacia la exaltación” al honrar, entre otras cosas, esas diferencias eternas de su creación; por tanto, la proclamación sobre la familia dice: “Por designio divino, el padre debe presidir la familia con amor y rectitud y es responsable de proveer las cosas necesarias de la vida para su familia y de proporcionarle protección. La madre es principalmente responsable del cuidado de sus hijos. En estas sagradas responsabilidades, el padre y la madre, como compañeros iguales, están obligados a ayudarse el uno al otro”16.

Nos regocijamos en las distintas funciones del hombre y la mujer en el plan de Dios, que se apoyan mutuamente. El hombre y la mujer son diferentes, pero están inseparablemente unidos en una relación de apoyo mutuo para cumplir el plan de Dios. El mes pasado la hermana Elaine S. Dalton, Presidenta General de las Mujeres Jóvenes, dio este importante consejo a los estudiantes de BYU:

“Jovencitas, ustedes serán las que darán el ejemplo de femineidad y maternidad virtuosas… Además, serán el ejemplo de vida familiar en una época en que la familia está siendo atacada, redefinida y se está desintegrando. Ustedes entenderán sus funciones y responsabilidades…

“Varones, ustedes serán los que sabrán que el poder del sacerdocio, el poder para actuar en nombre de Dios sobre la tierra, sólo puede alcanzarse mediante la pureza; y usarán ese poder del sacerdocio para bendecir a generaciones.

“En el caso de cada uno de ustedes, la pureza y la virtud de sus vidas atraerá la mirada de todo el mundo en estos últimos días”17.

Todos nosotros —hombres y mujeres por igual— hallamos felicidad verdadera y duradera al entender y regocijarnos en nuestros roles particulares en el gran plan de salvación de Dios.

Por supuesto, vemos la necesidad de corregir algunas deficiencias de larga data en las protecciones legales y en las oportunidades para las mujeres. Pero en nuestro comportamiento privado, como enseñó el presidente Gordon B. Hinckley hace muchos años en cuanto al sector público, creemos que todo esfuerzo por “crear un género neutral de lo que Dios creó varón o mujer resultará en más problemas que beneficios”18.

La proclamación sobre la familia termina con la súplica de “fortalecer a la familia y… mantenerla como la unidad fundamental de la sociedad”, e insta “a los ciudadanos responsables y a los funcionarios de gobierno de todas partes [a fomentar] aquellas medidas designadas” a hacerlo19.

Cuando empezamos comparando prácticas y propuestas modernas con lo que sabemos del plan de Dios, con las premisas dadas en la palabra de Dios y con las enseñanzas de Sus profetas vivientes, debemos saber que nuestras conclusiones diferirán de aquéllas de las personas que no piensan de ese modo. Pero somos firmes en esto, porque sabemos que ello nos dará seguridad eterna. Muchas personas no estarán de acuerdo, pero, si explicamos por qué pensamos de este modo, las otras personas entenderán mejor nuestra posición.

V.

En un discurso de conferencia general hace unos tres años, di más ejemplos de maneras en que otras personas piensan diferente a los fieles Santos de los Últimos Días20. Los ejemplos, que tenían que ver con la posible confusión entre las exigencias conflictivas del amor y la ley, tienen suficiente importancia para volver a mencionarlos porque ocurren en relaciones afectivas, incluso dentro de las familias SUD.

En el primer ejemplo, un joven adulto que cohabita con su pareja les dice a sus acongojados padres: “Si de verdad me amaran, nos aceptarían a mí y a mi pareja tal como aceptan a los hijos casados”. La persona afirma que el amor paternal debe invalidar los mandamientos de Dios. Los padres que entienden el propósito y las consecuencias de los mandamientos de Dios y su propia responsabilidad, obviamente piensan diferente. Aunque no aprueben la conducta que viola los mandamientos de Dios, no excluyen a un hijo o una hija de su amor ni del círculo familiar.

Otros dos ejemplos tratan del efecto del amor de Dios. En uno, una persona rechaza la doctrina de que una pareja debe estar casada por la eternidad a fin de gozar de relaciones familiares en la próxima vida. La persona dice: “Si Dios en verdad nos amara, no puedo creer que Él separaría a los maridos y mujeres de esa manera”. En el otro ejemplo, una persona dice que su fe ha sido destruida a causa del sufrimiento que Dios permite que sobrevenga a una persona o raza, y llega a esta conclusión: “Si hubiera un Dios que nos amara, no permitiría que esto sucediera”.

Quienes piensan así creen erróneamente que el amor de Dios es tan inmenso e incondicional que los excusará misericordiosamente de obedecer Sus leyes o de las condiciones de Su plan. Razonan al revés: comienzan con la conclusión deseada y asumen que los principios básicos de la ley eterna de Dios deben acomodarse a sus conceptos. Esta manera de pensar es equivocada. El amor de Dios no invalida Sus mandamientos ni Su plan.

Quienes entienden la relación entre el amor de Dios y Su ley saben que: “Hay una ley, irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendiciones se basan;

“y cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa” (D. y C. 130:20–21).

La misericordia no puede robar a la justicia (véase Alma 42:25). Quienes obtienen la misericordia disponible gracias al gran amor de Dios por Sus hijos son “aquellos que han guardado el convenio y observado el mandamiento” (D. y C. 54:6).

Este principio básico nos ayuda a entender el porqué de muchas cosas, como que la justicia y la misericordia se equilibren mediante la Expiación. Explica además por qué Dios no impide que Sus hijos ejerzan el albedrío. Éste, nuestro poder para escoger, es esencial en el plan que nos trajo a la tierra. Por lo general, Dios no interviene para prevenir las consecuencias de las decisiones de algunas personas a fin de proteger el bienestar de otras —incluso cuando se matan, lastiman u oprimen unos a otros— pues eso destruiría Su plan para nuestro progreso eterno (véase Alma 42:8). Aunque Dios no impida esas decisiones (véase Mosíah 24:14–15), Él nos bendecirá para soportar las consecuencias de las decisiones de los demás. Y a aquellos cuyas oportunidades en la tierra se vean limitadas o destruidas por decisiones de otros, con el tiempo se les concederá toda bendición y oportunidad mediante la misericordia y la expiación de Jesucristo.

Las consecuencias eternas y la justicia de Dios al respetar las decisiones de Sus hijos —su albedrío— culmina en lo que llamamos el tercer acto: nuestro destino eterno en el plan de nuestro Padre Celestial. El juicio final que ocurre allí explica muchas cosas acerca del propósito y de los efectos de nuestra difícil jornada mortal. En una revelación moderna leemos: “A todos los reinos se ha dado una ley” (D. y C. 88:36). Por ejemplo:

“El que no es capaz de obedecer la ley de un reino celestial, no puede soportar una gloria celestial.

“Y el que no puede obedecer la ley de un reino terrestre, no puede soportar una gloria terrestre.

“Y el que no puede obedecer la ley de un reino telestial, no puede soportar una gloria telestial” (D. y C. 88:22–24).

En otras palabras, el reino de gloria al que se nos asigne en el juicio final no está determinado por amor, sino por la ley que Dios nos ha dado —debido a Su amor— para llegar a ser dignos de la vida eterna: “el mayor de todos los dones de Dios” (D. y C. 14:7). Quienes conocen esa verdad seguramente pensarán distinto con respecto a muchas cosas de aquellos que no la conocen.

VI.

El mundo en que vivimos es como el campo que describió el Salvador en el evangelio de Mateo. Hasta el momento de la siega, el trigo bueno y deseable crece juntamente con la cizaña sembrada por el enemigo, que es el diablo (véase Mateo 13:28–30,  39). En la parábola del sembrador, Jesús describió el resultado: si la palabra del sembrador cae en pedregal, donde el que escucha “no tiene raíz en sí”, éste se ofenderá cuando “[venga] la aflicción o la persecución por la palabra” (véase Mateo 13:20–21). Otras semillas caen “entre espinos” y, como explica Marcos, “los afanes del mundo, y el engaño de las riquezas, y las codicias de otras cosas entran y ahogan la palabra, y ésta se hace infructuosa” (Marcos 4:19). Esta parábola describe la reacción de cualquiera de nosotros que se ofende al sufrir aflicción o persecución o que se vuelve infructuoso por “los afanes del mundo” o las “codicias de otras cosas”.

Debemos aplicar la advertencia que Jesús dio a Sus discípulos: “[guardaos] de la… doctrina de los fariseos” (Mateo 16:12). No podemos eludir las conclusiones, las enseñanzas y los argumentos de los fariseos; tenemos que vivir en el mundo; pero la enseñanza de que no seamos “del mundo” (Juan 15:19; 17:14,  16) requiere que reconozcamos el error y lo quitemos de nuestros pensamientos, nuestros deseos y nuestras acciones. De ese modo, mediante la fe y la confianza en Jesucristo y nuestro conocimiento del plan del Padre Celestial, podemos avanzar con confianza en estas épocas turbulentas.

Tenemos que ayudar a nuestros jóvenes a pensar con claridad en las verdades del Evangelio y la manera de aplicarlas a los desafíos que enfrentan. Quienes lo hagan estarán fundados sobre “la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios” y serán dignos de la promesa profética de que la impetuosa oposición del diablo no tendrá poder para arrastrarlos al abismo de miseria, porque están establecidos sobre el “fundamento seguro” y “no caerán” (Helamán 5:12).

Testifico de la veracidad de ese fundamento seguro. Testifico de Jesucristo, que es el Autor y Consumador de nuestra fe. Y doy testimonio de que seremos bendecidos si nos aferramos a la palabra del Señor y a las enseñanzas de Sus profetas. De esto doy testimonio en el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1.   Proverbios 23:7
  2.  Robert D. Putnam y David E. Campbell, American Grace: How Religion Divides and Unites Us, 2010,  pág. 138.
  3.  Boyd K. Packer, “La única defensa pura”, (mensaje a los educadores religiosos del SEI, 6 de febrero de 2004, pág. 4, si.lds.org.
  4.  Thomas S. Monson, “Boise Idaho Temple: ‘Again hallowed’”, Church News, 25 de noviembre de 2012, pág. 5.
  5.  Julie B. Beck, “Enseñar las doctrinas de la familia” (transmisión vía satélite para los Seminarios e Institutos de Religión, 4 de agosto de 2009, pág. 4).
  6.  Véase Sarah Jane Weaver, “Roundtable: Hastening the Work”, Church News, 30 de diciembre de 2012, págs. 4–5.
  7.  Véase Tom W. Smith y otros, General Social Surveys, 1972–2010: Cumulative Codebook, marzo de 2011, pág. 410.
  8.  Véase Joyce A. Martin y otros, “Births: Final Data for 2010”, National Vital Statistics Reports, vol. 61, Nº 1, agosto de 2012, págs. 8–9.
  9.  “La familia: Una proclamación para el mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.
  10.  Véase Spencer W. Kimball, “La familia puede ser eterna”, Liahona, febrero de 1981, pág. 4.
  11.   Manual  2: Administración de la Iglesia, 2010, 1.3.2.
  12.  “La Familia”, pág. 129.
  13.  “La Familia”, pág. 129.
  14.  “La Familia”, pág. 129.
  15.   Manual  2,  1.3.1.
  16.  “La Familia”, pág. 129.
  17.  Elaine S. Dalton, “Prophetic Priorities and Dedicated Disciples” (devocional de BYU, 15 de enero de 2013, pág.7), speeches.byu.edu.
  18.  Gordon B. Hinckley, “Vivid conforme a vuestra herencia”, Liahona, enero de 1984,  pág. 144.
  19.  “La Familia”, pág. 129.
  20.  Véase Dallin H. Oaks, “El amor y la ley”, Liahona, noviembre de 2009, págs. 26–29.