La raíz de la doctrina cristiana

Por Thomas B. Griffith

El presidente Gordon B. Hinckley ha enseñado que debemos esforzarnos más para que el Evangelio se afirme en nuestro corazón y en el corazón de las personas a las que amamos y servimos, y creo que una manera de cumplir con ese reto es centrarnos en la expiación de Jesucristo.

Hace años, el presidente Boyd K. Packer, Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles, habló de la misericordia que nos ofrece el Mediador Jesucristo: “Esa es la raíz misma de la doctrina cristiana. Mucho pueden saber del Evangelio al ramificarse desde allí, pero si sólo conocen las ramas y esas ramas no tocan la raíz, si han sido cortadas del árbol de esa verdad, no habrá vida, ni sustancia, ni redención de ellas”.

Ofrezco aquí tres sugerencias sobre cómo conectarnos a esa raíz y, en el transcurso de ello, hacer que el Evangelio se arraigue profundamente en nuestro corazón y en el de las personas a las que amamos y servimos.

Participen de los emblemas de Su sufrimiento

En la entrevista de la recomendación para entrar en el templo, se nos pregunta: “¿Tiene un testimonio de la expiación de Cristo y de Su función como Salvador y Redentor?”. En mi experiencia como obispo y presidente de estaca, puedo decir felizmente que todos me han contestado con un sí a esa pregunta. Sin embargo, desde hace tiempo me preocupa que no se tenga una comprensión plena de esta pregunta. Considero significativo que de las muchas funciones de Cristo, sólo se nos pregunte por las funciones de Salvador y Redentor. Algo debe de haber en ellas que sea particularmente importante para el templo, un lugar donde Él nos ciñe a Sí mismo mediante convenios.

Como presidente de estaca, me preocupaba por que los miembros de mi unidad tuvieran “un testimonio de la expiación de Cristo y de Su función como Salvador y Redentor”. Me daba la impresión de que la mayoría de ellos amaba a Cristo —que no es cosa insignificante— pero me inquietaba que no muchos lo conocieran como su Salvador (Alguien que los había salvado) ni como Su Redentor (Alguien que los había comprado). Cierto día, mientras meditaba al respecto, me hallaba leyendo 3 Nefi 11 y noté ciertas cosas que anteriormente había pasado por alto.

Las personas de las que leemos en ese capítulo son el remanente justo, aquellos que habían dado oído a las amonestaciones de los profetas y estaban preparados para comparecer ante el Señor. Cuando el Señor resucitado se apareció ante ellos, les “extendió la mano” para que pudieran ver Sus heridas, el símbolo y la evidencia de Su sacrificio. Entonces “habló al pueblo, diciendo:

He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo” (3 Nefi 11:9–10).

Lo siguiente que dijo fue: “Y he aquí, soy la luz y la vida del mundo; y he bebido de la amarga copa que el Padre me ha dado, y he glorificado al Padre, tomando sobre mí los pecados del mundo, con lo cual me he sometido a la voluntad del Padre en todas las cosas desde el principio” (3 Nefi 11:11).

Ése fue Su mensaje: Él es el Ungido, de quien los profetas habían testificado. Es el Creador. Él padeció por nosotros.

Fíjense en la reacción del pueblo: “…cuando Jesús hubo hablado estas palabras, toda la multitud cayó al suelo; pues recordaron que se había profetizado entre ellos que Cristo se les manifestaría” (3 Nefi 11:12).

Lo que sigue es para mí la parte más sagrada de esa experiencia. Jesús les manda que se acerquen de uno en uno y hagan algo difícil: “Levantaos y venid a mí, para que metáis vuestras manos en mi costado, y para que también palpéis las marcas de los clavos en mis manos y en mis pies, a fin de que sepáis que soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra, y que he sido muerto por los pecados del mundo” (3 Nefi 11:14).

Aquellas personas tuvieron un contacto físico con estos emblemas de Su padecimiento: “Y aconteció que los de la multitud se adelantaron y metieron las manos en su costado, y palparon las marcas de los clavos en sus manos y en sus pies; y esto hicieron, yendo uno por uno, hasta que todos hubieron llegado” (3 Nefi 11:15), unas 2.500 personas.

Vean lo que aconteció después:

“Y cuando todos hubieron ido y comprobado por sí mismos, exclamaron a una voz, diciendo:

“¡Hosanna! ¡Bendito sea el nombre del Más Alto Dios! Y cayeron a los pies de Jesús, y lo adoraron” (3 Nefi 11:16–17).

La segunda vez que aquellas personas cayeron a los pies de Jesús, “lo adoraron”. Puede que la primera vez cayeran al suelo por diferentes motivos: miedo, asombro, porque eso era lo que estaban haciendo los demás. Pero la segunda vez lo hicieron para adorarle. ¿A qué se debió esa reacción tan diferente? La segunda vez clamaron al unísono: “¡Hosanna!”, que significa: “¡Sálvanos ahora!”. ¿Por qué ahora aquellas personas le pedían a Cristo que las salvara?

Permítanme sugerir una posible respuesta. Aun cuando habían sido obedientes, puede que aún no hubieran llegado a conocerle como su Salvador porque tal vez aún no habían sentido la necesidad de ser salvos. Habían llevado una vida llena de buenas obras; reconocían a Jesús como Dios y Ejemplo, pero tal vez aún no lo conocían como Salvador. No oraban diciendo: “Te damos gracias por habernos salvado en el pasado y por recordárnoslo hoy con Tu presencia entre nosotros”. No, su oración era en realidad una súplica: “¡Hosanna!”, o sea, “¡Sálvanos ahora!”, lo cual me indica que estaban empezando a conocerle como Salvador.

¿Qué fue lo que les hizo pasar de ser personas buenas y obedientes a ser personas buenas y obedientes que ahora reconocían a Jesucristo como Salvador? ¿Qué hizo que cayeran a Sus pies para adorarle? Fue el contacto físico con los emblemas de Su padecimiento.

Eso era lo que necesitaban los miembros de mi estaca para que pudieran llegar a conocer a Cristo como su Salvador y Redentor: el contacto físico con los emblemas de Su padecimiento. Pero, ¿cómo podemos lograrlo? Entonces se me ocurrió: disfrutamos de esa experiencia cada domingo al participar de la Santa Cena. Comemos el pan que ha sido partido, en señal de Su cuerpo muerto, y bebemos el agua, que representa la sangre que derramó. Éstos son los sorprendentes símbolos que tienen por objeto evocar en nosotros un profundo sentimiento de gratitud y reverencia.

Creo que al participar en el sacramento de la Cena del Señor llegaremos a exclamar en nuestro corazón: “¡Sálvanos ahora!”, y sentiremos la necesidad de caer a tierra y adorarle.

Mediten en Su sacrificio

Para que el Evangelio se afirme en nuestro corazón y en el corazón de las personas a las que servimos, debemos, además, conocer en detalle y de corazón los acontecimientos que componen la expiación de Jesucristo. En Doctrina y Convenios 19, el Señor nos ofrece una relación detallada y en primera persona del padecimiento que soportó:

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten…

“padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar” (versículos 16, 18).

¿Qué clase de Dios es el que adoramos? Un Dios que desea que sepamos que Su amor por nosotros es infinito y eterno; un Dios que desea que sepamos que Su amor por nosotros le brindó la entereza para padecer por ustedes y por mí. Ese conocimiento debiera bastar para motivarnos a someternos a Él en señal de obediencia y gratitud.

Hace algún tiempo llegó a mis oídos una acalorada conversación entre dos personas sobre una obra de arte que contenía, impregnada de realismo, el sufrimiento de Cristo. Una de las personas desaprobaba la obra diciendo: “No quiero tener que pensar en lo mucho que Cristo ha sufrido”. Ese comentario me pareció un tanto fuera de lugar porque ninguno de nosotros tiene derecho a no pensar en lo que Él sufrió, aun cuando no entendamos plenamente cuánto padeció.

Antes de que Moroni concluyera su registro en el Libro de Mormón con la exhortación: “venid a Cristo” (Moroni 10:30, 32), compartió con nosotros una carta personal de su padre que debió haber ejercido una gran influencia en él y supongo que esperaba que produjera igual efecto en nosotros: “Hijo mío, sé fiel en Cristo; y que las cosas que he escrito no te aflijan, para apesadumbrarte hasta la muerte; sino Cristo te anime, y sus padecimientos y muerte, y la manifestación de su cuerpo a nuestros padres, y su misericordia y longanimidad, y la esperanza de su gloria y de la vida eterna, reposen en tu mente para siempre” (Moroni 9:25).

Entre las cosas que deben reposar en nuestra mente para siempre se encuentran los “padecimientos y [la] muerte” de Cristo, así que no debiéramos evitar pensar en el precio que pagó por nuestra alma. Hasta nuestros himnos nos recuerdan esta verdad:

Y tiemblo al ver que por mí Él Su vida dio;

por mí, tan indigno, Su sangre El derramó.

No me dejes olvidar que fue por mí, oh Salvador,

que sufriste en el Calvario, padeciendo mi dolor.

Este pan emblema es de Su cuerpo que Él dio.

Esta agua signo es de Su sangre que vertió.

Le debemos recordar,

pues nos dio la libertad.

En la cruz Su vida dio;

por nosotros padeció.

Hace poco, en una reunión sacramental, yo seguía la lectura a medida que el discursante leía un conocido pasaje de las Escrituras: “Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios” (D. y C. 18:10). Entonces mi mente se concentró en una idea del versículo siguiente en la que nunca había reparado. Para demostrar el gran valor de nuestras almas, el Señor nos dijo: “porque he aquí, el Señor vuestro Redentor padeció la muerte en la carne; por tanto, sufrió el dolor de todos los hombres, a fin de que todo hombre pudiese arrepentirse y venir a él” (D. y C. 18:11; cursiva agregada).

Sus padecimientos confirman Su amor, y algo más. Ése es el medio que emplea para motivarnos a “[arrepentirnos] y venir a Él”. Cuando finalmente comprendemos lo que Él ha hecho por nosotros —y en particular lo que ha padecido por nosotros— nuestra reacción natural como hijos de Dios es desear demostrar nuestra gratitud y amor al obedecerle. En mi opinión, este versículo es la descripción más breve y profunda —procedente del Señor mismo— de cómo hacer que el Evangelio se afirme en nuestro corazón.

La mejor manera de persuadir a la gente a arrepentirse y venir a Cristo es procurar que piensen en lo que Él ha hecho por nosotros y, más particularmente, en lo que ha padecido por nosotros. Ésa es la forma en que lo hace el Señor.

Recuérdenle

Hace ya varios años, oí al élder Gerald N. Lund, de los Setenta, describir un artículo de una revista sobre escalada (Montañismo) que hablaba del sistema de escalada con asegurador, o sea, una persona que vigila el ascenso del escalador y que está sujeta a él por la misma cuerda, un sistema que protege a los escaladores. Un escalador llega hasta una zona segura, amarra la cuerda para que quede fija y luego avisa a su compañero que ya está asegurado. El director de una escuela de escalada, Alan Czenkusch, describió su experiencia con este sistema al autor del artículo:

“La escalada con asegurador le ha brindado a Czenkusch los mejores y los peores momentos de su vida como montañista. Una vez Czenkusch cayó de un alto precipicio, arrancando tres anclajes mecánicos y empujando de un saliente a la persona que lo aseguraba. Dejó de caer, estando boca abajo y a tres metros del suelo, cuando su asegurador, que tenía los brazos y las piernas extendidos, logró atajarlo y amortiguar la caída con la fuerza de sus brazos extendidos.

“‘Don me salvó la vida’, dice Czenkusch. ‘¿Cómo tratas a alguien así? ¿Le regalas una cuerda usada para Navidad? No, te acuerdas de él; siempre te acuerdas de él’”.

El presidente Gordon B. Hinckley nos dijo:

“Ningún miembro de esta Iglesia debe olvidar jamás el terrible precio que pagó nuestro Redentor, quien dio Su vida para que el género humano pudiera vivir: la agonía de Getsemaní, la farsa amarga de Su juicio, la hiriente corona de espinas que desgarró Su carne, el grito de sangre del populacho delante de Pilato, el solitario sufrimiento de la torturante caminata a lo largo del camino al calvario, el espantoso dolor que padeció cuando los grandes clavos le perforaron las manos y los pies…

“No podemos olvidar ese hecho. No debemos olvidarlo jamás, ya que fue allí donde nuestro Salvador y Redentor, el Hijo de Dios, se entregó en sacrificio vicario por cada uno de nosotros”.

Ruego que siempre nos acordemos de Él y del precio que pagó para ganar nuestras almas.

Adaptado de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young el 14 de marzo de 2006.

Guardaos de los falsos profetas y de los falsos maestros

M. Russell Ballard

“Cuídense de los que hablan y escriben oponiéndose a los profetas verdaderos de Dios”.

Hacia el final del ministerio terrenal del Salvador, Sus discípulos acudieron a Él con varias preguntas referentes al futuro: “Dinos… ¿qué señal habrá de tu venida?”.

Jesús respondió: “Mirad que nadie os engañe.

“Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán. Y oiréis de guerras y rumores de guerras… y habrá pestes y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores” (Mateo 24:3–8).

El apóstol Pablo nos dijo de estos días: “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias.

“Y apartarán de la verdad el oído” (2 Timoteo 4:3–4).

Pablo enseñó también que el Señor “constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas… a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo.

“Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios…

“Para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error” (Efesios 4:11–14).

Hermanos y hermanas, nadie, excepto el Padre, conoce la hora exacta de la Segunda Venida (véase Mateo 24:36). Hay, sin embargo, ciertas señales que confirman las profecías de las Escrituras relativas a ese día de gran tumulto. Jesús advirtió en varias ocasiones que antes de Su Segunda Venida “muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos” (Mateo 24:11). Como apóstoles del Señor Jesucristo es nuestro deber ser atalayas en la torre, avisando a los miembros de la Iglesia que se cuiden de los falsos profetas y de los falsos maestros que aguardan en secreto para destruir la fe y el testimonio. Hoy les advertimos que están surgiendo falsos profetas y falsos maestros; y si no tenemos cuidado, incluso aquellos de entre los miembros fieles de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días caerán víctimas de ese engaño.

El presidente Joseph F. Smith nos dio consejos sabios y claros que se aplican en la actualidad:

“No podemos aceptar nada como autorizado sino lo que viene directamente por medio de la vía señalada, las organizaciones constituidas del sacerdocio, que es la vía que el Señor ha señalado para dar a conocer su disposición y voluntad al mundo… Y en el momento en que los individuos buscan otra fuente, en ese instante le abren la puerta a las influencias seductoras de Satanás y se exponen a convertirse en siervos del demonio; pierden de vista el orden verdadero mediante el cual pueden disfrutarse las bendiciones del sacerdocio; se salen de la protección del reino de Dios a terreno peligroso. Cuando veáis que un hombre se levanta y afirma haber recibido revelaciones directas del Señor para la Iglesia, independientemente del orden y vía del sacerdocio, podéis tacharlo de impostor” (Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, págs. 40–41).

Cuando pensamos en los falsos profetas y en los falsos maestros tendemos a pensar en aquellos que apoyan de manera clara una doctrina falsa o que presumen tener autoridad para enseñar el Evangelio verdadero de Jesucristo de acuerdo con la propia interpretación de ellos. Con frecuencia suponemos que tales individuos están relacionados con pequeños grupos radicales que viven al margen de la sociedad. Sin embargo, repito: Hay falsos profetas y falsos maestros que son, o al menos dicen ser, miembros de la Iglesia. Hay personas que, sin autoridad, mencionan el nombre de la Iglesia para respaldar sus productos y sus prácticas. Cuídense de los tales.

Los miembros de la Iglesia sostuvieron ayer a la Primera Presidencia y a los miembros del Quórum de los Doce Apóstoles como profetas, videntes y reveladores, con Gordon B. Hinckley siendo sostenido como Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Él y sólo él tiene y ejerce en su plenitud todas las llaves del reino de Dios en la tierra. Cuán agradecidos debemos estar todos por conocer y sostener al presidente Gordon B. Hinckley.

De manera sencilla y poderosa, el presidente Hinckley nos enseña el plan eterno de salvación, recrimina el pecado, llama a todas las personas a arrepentirse y a aceptar a Cristo y Su Evangelio. Las doctrinas de la salvación eterna no son confusas ni inciertas, sino que, por el contrario, son compatibles con la verdad revelada, tanto antigua como moderna.

El presidente Spencer W. Kimball nos recordó que los profetas “han estado denunciando constantemente aquello que es intolerable a la vista del Señor, [tal] como la contaminación mental, física y del medio ambiente; la vulgaridad, el robo, la mentira, el orgullo y la blasfemia; la fornicación, el adulterio, la homosexualidad, [y] todos los demás abusos cometidos contra el sagrado poder de la procreación; el asesinato y todo aquello que sea similar; [así como cualquier otro] tipo de profanación”. Y prosigue: “Que tales cosas puedan ser encontradas hasta cierto grado aun entre los santos, se hace difícil de creer… [Mas] con dolor aprendemos, no obstante, que el conocer el camino no significa necesariamente que caminemos por él” (Liahona, agosto de 1977, pág. 2).

Por tanto, cuidémonos de los falsos profetas y de los falsos maestros, tanto hombres como mujeres, quienes se eligen a sí mismos para declarar las doctrinas de la Iglesia, y que buscan esparcir su falso evangelio y atraerse seguidores patrocinando simposios, libros y publicaciones cuyos contenidos desafían las doctrinas fundamentales de la Iglesia. Cuídense de los que hablan y escriben oponiéndose a los profetas verdaderos de Dios, que son activos en la conversión de otras personas pero que desatienden de manera imprudente el bienestar eterno de aquellos a quienes seducen. Al igual que Nehor y Korihor, del Libro de Mormón, ellos confían en la sofistería para engañar y atraerse a otras personas a sus criterios. “Se [constituyen] a sí mismos como una luz al mundo, con el fin de obtener lucro y alabanza del mundo; pero no buscan el bien de Sión” (2 Nefi 26:29).

El presidente Joseph F. Smith nos advirtió de estas personas cuando habló de “los soberbios y los que se engrandecen a sí mismos, que leen a la luz de la lámpara de su propia vanidad, que interpretan según reglas por ellos mismos formuladas, que han llegado a ser una ley para sí mismos y se hacen pasar por únicos jueces de sus propios hechos” (Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, pág. 367).

Permítanme darles unos pocos ejemplos de las falsas enseñanzas de aquellos que “leen a la luz de la lámpara de su propia vanidad”, y que aunque “siempre están aprendiendo… nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad” (2 Timoteo 3:1–7).

Los falsos profetas y los falsos maestros son aquellos que declaran que el profeta José Smith era un impostor; son los que rebaten que la Primera Visión fuese una experiencia auténtica. Declaran que el Libro de Mormón, así como otros registros canónicos, no son Escrituras antiguas. Intentan también redefinir la naturaleza de la Trinidad, y niegan que Dios haya dado y continúe dando revelación en la actualidad a Sus profetas ordenados y sostenidos.

Los falsos profetas y los falsos maestros son aquellos que de manera arrogante intentan crear nuevas interpretaciones de las Escrituras para demostrar que estos textos sagrados no debieran ser leídos como las palabras de Dios a Sus hijos, sino como meras declaraciones de hombres sin inspiración, limitados por sus propios prejuicios y sus inclinaciones culturales. Argumentan, por tanto, que las Escrituras necesitan una nueva interpretación, y que ellos son los únicos calificados para ofrecerla.

Quizás lo más deplorable es que niegan la Resurrección y la Expiación de Cristo, argumentando que “ningún Dios puede salvarnos” y rechazando la necesidad de un Salvador. En resumen, estos detractores intentan reinterpretar las doctrinas de la Iglesia para que encajen en ellas sus ideas preconcebidas, y de paso niegan a Cristo y Su papel mesiánico.

Los falsos profetas y los falsos maestros son además los que intentan cambiar las doctrinas dadas por Dios y basadas en las Escrituras, las cuales protegen la santidad del matrimonio, la naturaleza divina de la familia y la doctrina esencial de la moralidad personal. Defienden una nueva definición de la moralidad para justificar la fornicación, el adulterio y las relaciones homosexuales, y algunos abogan abiertamente por la legalización de los llamados “matrimonios del mismo sexo”. Para justificar su rechazo a las leyes inmutables de Dios que protegen a la familia, estos falsos profetas y maestros llegan a atacar la inspirada proclamación sobre la familia presentada al mundo en 1995 por la Primera Presidencia y los Doce Apóstoles.

Sin importar qué falsas doctrinas enseñen en particular, los falsos profetas y los falsos maestros son parte inevitable de los últimos días. Según José Smith, “siempre se levantarán los falsos profetas para oponerse a los verdaderos” (Enseñanzas del Profeta José Smith, 1982, pág. 453).

Sin embargo, en la Iglesia del Señor no existe “oposición leal” alguna. Uno está a favor del reino de Dios y defiende a Sus profetas y apóstoles, o se opone a ellos. El consejo que Lehi dio a sus hijos sigue siendo válido para nosotros:

“Y el Mesías vendrá en la plenitud de los tiempos, a fin de redimir a los hijos de los hombres de la caída. Y porque son redimidos de la caída, han llegado a quedar libres para siempre, discerniendo el bien del mal, para actuar por sí mismos, y no para que se actúe sobre ellos, a menos que sea por el castigo de la ley en el grande y último día, según los mandamientos que Dios ha dado.

“Así pues, los hombres son libres según la carne; y les son dadas todas las cosas que para ellos son propias. Y son libres para escoger la libertad y la vida eterna, por medio del gran Mediador de todos los hombres, o escoger la cautividad y la muerte, según la cautividad y el poder del diablo; pues él busca que todos los hombres sean miserables como él.

“Y ahora bien, hijos míos, quisiera que confiaseis en el gran Mediador y que escuchaseis sus grandes mandamientos; y sed fieles a sus palabras y escoged la vida eterna, según la voluntad de su Santo Espíritu” (2 Nefi 2:26–28).

Hermanos y hermanas, estemos anhelosamente consagrados a causas buenas; amemos al Padre y a Su Hijo; apoyemos las revelaciones del Evangelio restaurado y vivamos de acuerdo con ellas; amemos a nuestros semejantes y llenemos nuestros corazones y nuestras almas con la luz del Evangelio de Jesucristo. Entonces cantaremos con Isaías:

“He aquí Dios es salvación mía; me aseguraré y no temeré…

“[sacaré] con gozo aguas de las fuentes de salvación” (Isaías 12:2–3).

También por medio de las inspiradas palabras de Pablo a los gálatas sabemos que “el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,

“mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley…

“Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu” (Gálatas 5: 22–23, 25).

Como miembros de la Iglesia, cada uno de nosotros debe ser un ejemplo de lo que en verdad significa ser un Santo de los Últimos Días en creencia y hechos. Nuestro ejemplo tendrá un efecto poderoso en las demás personas, haciendo que el Evangelio restaurado llegue a ser mucho más relevante, significativo, persuasivo y deseable para ellos. Irradie cada uno de nosotros el gozo, la confianza, el amor y la calidez de ser parte de la Iglesia verdadera de Cristo. Nuestro discipulado no es algo que tengamos que sobrellevar con caras largas y un corazón endurecido, ni se trata de algo que debamos tener celosamente escondido sin compartir con los demás. Al entender el amor que el Padre y el Hijo tienen por nosotros, nuestros espíritus se elevarán y “vendrán a Sión entonando canciones de gozo sempiterno” (D. y C. 45:71).

Extendamos una mano amiga de amistad y amor a nuestro prójimo, incluso a los que no son de nuestra fe, para ayudar en el establecimiento de mejores relaciones entre las familias y una mayor armonía en nuestros vecindarios. Recuerden que con demasiada frecuencia nuestro comportamiento es mayor impedimento para las demás personas de lo que es nuestra doctrina. Con un espíritu de amor por todos los hombres, mujeres y niños, ayudémosles a entender y a sentirse aceptados y apreciados.

Recordemos que es nuestro deber ser fieles a las verdades restauradas del Evangelio de Jesucristo. Se requiere fe, fe de verdad, total y sin reservas, para aceptar y luchar por vivir los consejos de los profetas. Lucifer, el adversario de la verdad, no quiere que sintamos ni que mostremos ese tipo de fe. Él nos invita a desobedecer, azuzando la contención en el corazón de los que no son fieles. Si llega a tener éxito, éstos se alejarán de la luz hacia la oscuridad del mundo. Nuestra seguridad y nuestra paz dependen de que trabajemos tan fuerte como podamos para vivir como el Padre y el Hijo desean que vivamos, y alejarnos de los falsos profetas y de los falsos maestros, y estar anhelosamente consagrados a causas buenas.

Sé que Dios vive; Jesús es el Cristo. El Evangelio restaurado es verdadero y hay una gran dicha en estar anhelosamente consagrados a esta obra sagrada y verdadera. De ello testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.