Preciosas y grandísimas promesas

Por el élder David A. Bednar

El gran plan de felicidad de nuestro Padre Celestial incluye la doctrina, las ordenanzas, los convenios y las preciosas y grandísimas promesas mediante las que podemos llegar a ser partícipes de la naturaleza divina.

Uno de los grandes retos que cada uno de nosotros afronta cada día es no dejar que los afanes de este mundo dominen tanto nuestro tiempo y energía que descuidemos las cosas eternas que más importan1. Podemos ser distraídos, con demasiada facilidad, alrecordar y centrarnos en las prioridades espirituales esenciales debido a nuestras muchas responsabilidades y ajetreadas agendas. A veces, tratamos de correr tan rápido que podemos olvidar hacia dónde vamos y por qué corremos.

El apóstol Pedro nos recuerda que, a los discípulos de Jesucristo, “todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, por el conocimiento de Aquel que nos ha llamado por medio de Su gloria y virtud,

“por conducto de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas lleguéis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia”2.

Mi mensaje pone énfasis en la importancia de las preciosas y grandísimas promesas que Pedro describe como verdaderos recordatorios de hacia dónde vamos en nuestra travesía terrenal y por qué. Además, trataré las respectivas funciones que cumplen el día de reposo, el Santo Templo y nuestro hogar para ayudarnos a recordar esas importantes promesas espirituales.

Ruego fervientemente que el Espíritu Santo nos instruya a cada uno de nosotros al considerar juntos estas importantes verdades.

Nuestra identidad divina

El gran plan de felicidad de nuestro Padre Celestial incluye la doctrina, las ordenanzas, los convenios y las preciosas y grandísimas promesas mediante las que podemos llegar a ser partícipes de la naturaleza divina. Su plan define nuestra identidad eterna y la senda que debemos seguir para aprender, cambiar, crecer y al final morar con Él para siempre.

Como se explica en “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”:

“Todos los seres humanos, hombres y mujeres, son creados a la imagen de Dios. Cada uno es un amado hijo o hija procreado en espíritu por Padres Celestiales y, también como tal, cada uno tiene una naturaleza y un destino divinos…

“En el mundo premortal, hijos e hijas, procreados como espíritus, conocieron a Dios y lo adoraron como su Padre Eterno, y aceptaron Su plan por medio del cual Sus hijos podrían obtener un cuerpo físico y ganar experiencia terrenal para progresar hacia la perfección y finalmente lograr su destino divino como herederos de la vida eterna”3.

Dios promete a Sus hijos que, si siguen los preceptos de Su plan y el ejemplo de Su Hijo Amado, guardan los mandamientos y perseveran con fe hasta el fin, entonces, en virtud de la redención del Salvador, “[tendrán] la vida eterna, que es el mayor de todos los dones de Dios”4. La vida eterna es la preciosa y grandísima promesa suprema.

Renacimiento espiritual

Comprendemos más plenamente las preciosas y grandísimas promesas, y empezamos a ser partícipes de la naturaleza divina al responder de modo afirmativo al llamado del Señor a la gloria y a la virtud. Tal como Pedro lo describió, dicho llamado se cumple al esforzarse por huir de la corrupción que hay en el mundo.

Conforme seguimos adelante sumisamente y con fe en el Salvador, entonces, gracias a Su expiación y mediante el poder del Espíritu Santo, “un potente cambio [tiene lugar] en nosotros, o sea, en nuestros corazones, por lo que ya no tenemos más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente”5. Nacemos “otra vez; sí, [nacemos] de Dios, [somos] cambiados de [nuestro] estado carnal y caído, a un estado de rectitud, siendo redimidos por Dios”6; “[de] modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”7.

Por lo general, un cambio tan exhaustivo en nuestra naturaleza no ocurre de forma rápida ni todo de una vez. Al igual que el Salvador, nosotros tampoco recibimos “de la plenitud al principio, mas [recibimos] gracia sobre gracia”8. “Pues he aquí, así dice el Señor Dios: Daré a los hijos de los hombres línea por línea, precepto por precepto, un poco aquí y un poco allí; y benditos son aquellos que escuchan mis preceptos y prestan atención a mis consejos, porque aprenderán sabiduría”9.

Las ordenanzas del sacerdocio y los convenios sagrados son esenciales en ese proceso continuo de renacimiento espiritual; también son los medios que Dios ha dispuesto mediante los cuales recibimos Sus preciosas y grandísimas promesas. Las ordenanzas que se reciben de manera digna, y se recuerdan de forma continua, abren los canales celestiales a través de los cuales el poder de la divinidad puede fluir a nuestra vida. Los convenios que se honran con firmeza y se recuerdan siempre brindan un propósito y la certeza de las bendiciones, tanto en la vida terrenal como para la eternidad.

Por ejemplo, Dios nos promete, de acuerdo con nuestra fidelidad, la compañía constante del tercer miembro de la Trinidad, sí, el Espíritu Santo10; que mediante la expiación de Jesucristo podemos recibir y retener siempre la remisión de nuestros pecados11; que podemos recibir la paz en este mundo12; que el Salvador ha quebrantado las ligaduras de la muerte y logró la victoria sobre el sepulcro13; y que las familias pueden estar juntas por toda la eternidad.

Como es comprensible, todas las preciosas y grandísimas promesas que el Padre Celestial ofrece a Sus hijos no pueden calcularse ni describirse por completo. Sin embargo, incluso la lista parcial de las bendiciones prometidas que acabo de exponer debería “darnos asombro”14 y hacernos “[postrar] y [adorar] al Padre”15 en el nombre de Jesucristo.

Recordar las promesas

El presidente Lorenzo Snow advirtió: “… somos demasiado propensos a olvidar el gran objetivo de la vida, el motivo por el que nuestro Padre Celestial nos envía aquí a vestirnos de mortalidad, así como el santo llamamiento al cual hemos sido llamados; y por consiguiente, en lugar de elevarnos por encima de las cosas pequeñas y transitorias… a menudo nos permitimos descender al nivel del mundo sin obtener provecho de la ayuda divina que Dios ha instituido, la cual es la única que puede facultarnos para [vencer] [esas cosas transitorias]”16.

El día de reposo y el Santo Templo son dos fuentes específicas de la ayuda divina que Dios ha instituido para ayudar a elevarnos por encima del nivel y la corrupción del mundo. Inicialmente, podríamos pensar que los propósitos principales de santificar el día de reposo y de asistir al templo están relacionados, pero son diferentes; no obstante, yo creo que esos dos propósitos son precisamente los mismos, y actúan juntos para fortalecernos espiritualmente como personas y en nuestro hogar.

El día de reposo

Tras crear todas las cosas, Dios reposó el séptimo día y mandó que un día de cada semana fuese un momento de descanso para ayudar a las personas a recordarlo a Él17. El día de reposo es tiempo de Dios, un tiempo sagrado específicamente apartado para adorarlo, y para recibir y recordar Sus preciosas y grandísimas promesas.

En esta dispensación, el Señor ha mandado:

“Y para que más íntegramente te conserves sin mancha del mundo, irás a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santo;

“porque, en verdad, este es un día que se te ha señalado para descansar de tus obras y rendir tus devociones al Altísimo”18.

En el día de reposo, por tanto, adoramos al Padre en el nombre del Hijo al participar de las ordenanzas y al aprender sobre los convenios, recibirlos, recordarlos y renovarlos. En Su día santo, nuestros pensamientos, acciones y conducta son señales que damos a Dios e indicadores de nuestro amor por Él19.

Otro propósito más del día de reposo es elevar nuestra visión: de las cosas del mundo a las bendiciones de la eternidad. Durante ese tiempo sagrado, apartados de muchas de las rutinas cotidianas de nuestra ajetreada vida, podemos recibir y recordar las preciosas y grandísimas promesas mediante las que llegamos a ser partícipes de la naturaleza divina a fin de “acudir a Dios para que [vivamos]”20.

El Santo Templo

El Señor siempre ha mandado a Su pueblo que edifique templos, lugares santos en los cuales los miembros dignos efectúan sagradas ceremonias y ordenanzas del Evangelio, por ellos mismos y a favor de personas fallecidas. De todos los lugares de adoración, los templos son los más santos. Un templo es literalmente la Casa de Jehová, un espacio sagrado que se ha apartado de forma específica para adorar a Dios, y para recibir y recordar Sus preciosas y grandísimas promesas.

El Señor ha mandado en esta dispensación: “Organizaos; preparad todo lo que fuere necesario; y estableced una casa, sí, una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de instrucción, una casa de gloria, una casa de orden, una casa de Dios”21. El objetivo principal de la adoración en el templo es participar de las ordenanzas, y aprender sobre los convenios, recibirlos, recordarlos y renovarlos. En el templo pensamos, actuamos y nos vestimos de manera diferente que en otros lugares que tal vez frecuentemos.

Uno de los propósitos principales del templo es elevar nuestra visión: de las cosas del mundo a las bendiciones de la eternidad. Apartados durante un breve tiempo de los ambientes del mundo con los que estamos familiarizados, podemos recibir y recordar las preciosas y grandísimas promesas mediante las que llegamos a ser partícipes de la naturaleza divina a fin de “acudir a Dios para que [vivamos]”22.

Tengan en cuenta que el día de reposo y el templo son un tiempo sagrado y un espacio sagrado, respectivamente, que se han apartado de forma específica para adorar a Dios, y a fin de recibir y recordar las preciosas y grandísimas promesas de Él a Sus hijos. Según lo ha instituido Dios, los propósitos principales de esas dos divinas fuentes de ayuda son exactamente las mismas: centrar potente y repetidamente nuestra atención en nuestro Padre Celestial, en Su Hijo Unigénito, en el Espíritu Santo y en las promesas relacionadas con las ordenanzas y los convenios del evangelio restaurado del Salvador.

Nuestro hogar

Es importante agregar que un hogar debe ser la máxima combinación de tiempo y espacio en los que las personas y las familias recuerden las preciosas y grandísimas promesas de Dios del modo más eficaz. Salir del hogar los domingos para pasar tiempo en las reuniones dominicales y entrar en el sagrado recinto de un templo es crucial, pero insuficiente. Solo cuando llevamos con nosotros el espíritu y la fortaleza procedentes de esas actividades santas a nuestro hogar podemos mantener nuestra atención centrada en los grandes propósitos de la vida terrenal y vencer la corrupción que hay en el mundo. Las experiencias que tengamos en el día de reposo y en el templo deben ser catalizadores espirituales que llenen a las personas, a las familias y al hogar con recordatorios continuos de las lecciones clave aprendidas, la presencia y el poder del Espíritu Santo, una conversión constante y creciente al Señor Jesucristo y “un fulgor perfecto de esperanza”23 en las promesas eternas de Dios.

El día de reposo y el templo pueden ayudarnos a establecer en nuestro hogar “un camino más excelente”24 al “reunir todas las cosas en Cristo… tanto las que están en los cielos, como las que están en la tierra”25. Lo que hacemos en nuestros hogares con Su tiempo sagradoy con lo que aprendemos en Su espacio sagrado es fundamental para llegar a ser partícipes de la naturaleza divina.

Promesa y testimonio

La rutina y los asuntos cotidianos de la vida terrenal pueden saturarnos con facilidad. Dormir, comer, vestirnos, trabajar, jugar, hacer ejercicio y muchas otras actividades habituales son necesarias e importantes. No obstante, en definitiva, lo que llegamos a ser es el resultado de nuestro conocimiento del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y de nuestra disposición a aprender de Ellos; no es simplemente la suma total de nuestras actividades diarias durante el curso de una vida.

El Evangelio es mucho más que una rutinaria lista de verificación de diferentes tareas a efectuar; más bien, es un magnífico tapiz de verdades “bien coordinado”26 y entrelazado, diseñado para ayudarnos a llegar a ser como nuestro Padre Celestial y el Señor Jesucristo, incluso participantes de la naturaleza divina. Ciertamente, quedamos cegados “por traspasar lo señalado”27 cuando las preocupaciones, inquietudes y descuidos del mundo eclipsan esa suprema realidad espiritual.

Conforme seamos prudentes e invitemos al Santo Espíritu a ser nuestro guía28, les prometo que Él nos enseñará lo que es verdadero; Él “[testifica] de Jesús y [nos] [guía] en santidad”29 a medida que nos esforzamos por cumplir con nuestro destino eterno y llegar a ser participantes de la naturaleza divina.

Les doy mi testimonio de que las preciosas y grandísimas promesas pertinentes a nuestras ordenanzas y nuestros convenios son infalibles. El Señor declaró:

“… os doy instrucciones en cuanto a la manera de conduciros delante de mí, a fin de que se torne para vuestra salvación.

“Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis”30.

Testifico que nuestro Padre Celestial vive y que es el autor del Plan de Salvación. Jesucristo es Su Hijo Unigénito, nuestro Salvador y Redentor; Él vive; y testifico que el plan y las promesas del Padre, la expiación del Salvador y la compañía del Espíritu Santo hacen posible la “paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero”31. De ello testifico, en el sagrado nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Véase Doctrina y Convenios 25:10.

  2. 2 Pedro 1:3–4; cursiva agregada.

  3. La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.

  4. Véase Doctrina y Convenios 14:7.

  5. Mosíah 5:2.

  6. Mosíah 27:25.

  7. 2 Corintios 5:17.

  8. Doctrina y Convenios 93:12.

  9. 2 Nefi 28:30.

  10. Véase Moroni 2:2; Guía para el Estudio de las Escrituras, “Espíritu Santo”, scriptures.lds.org.

  11. Véase Mosíah 4:10–12.

  12. Véase Doctrina y Convenios 59:23.

  13. Véase Mosíah 16:7–8.

  14. Véase “Asombro me da”, Himnos, nro. 118.

  15. Doctrina y Convenios 18:40.

  16. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Lorenzo Snow, 2012, pág. 108.

  17. Véase Éxodo 20:8–11.

  18. Doctrina y Convenios 59:9–10.

  19. Véase Russell M. Nelson, “El día de reposo es una delicia”, Liahona, mayo de 2015, pág. 130.

  20. Alma 37:47; véase también Alma 37:46.

  21. Doctrina y Convenios 88:119.

  22. Alma 37:47.

  23. 2 Nefi 31:20.

  24. 1 Corintios 12:31; Éter 12:11.

  25. Efesios 1:10.

  26. Efesios 2:21.

  27. Jacob 4:14.

  28. Véase Doctrina y Convenios 45:57.

  29. “Deja que el Espíritu te enseñe”, Himnos, nro. 77

  30. Doctrina y Convenios 82:9–10.

  31. Doctrina y Convenios 59:23.

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El servicio de adoración dominical

W. Mack Lawrence

Conferencia General – Abril 1991

“Asistid con la actitud de adorar al Señor … cantad loor a Dios con entusiasmo … recordad al Salvador al tomar la Santa Cena”.

Nunca en la vida me imagine que un día. estaría aquí dando un discurso. Pensé en ponerme una almohada entre las rodillas para que no pensarais que había un pájaro carpintero haciendo hoyos en el púlpito. Me siento muy humilde de estar ante vosotros y ruego que el Espíritu del Señor nos acompañe a todos.

Hoy quisiera hablaros de la reunión sacramental. El obispo organiza y supervisa la reunión para asegurarse de que se lleve a cabo con espíritu de reverencia, agradecimiento y adoración, y que se dirija con dignidad, calidez y el Espíritu del Señor. Espero que todas las personas que asistan sean bienvenidas en la puerta y sientan el gran amor y la preocupación que el obispo siente por ellas. Ese afecto simboliza el amor incondicional que el Señor tiene por nosotros. Debemos sentirnos amados, valorados y aceptados en esas reuniones; nadie debe sentirse ahí como un extraño.

La reunión sacramental es la reunión mas importante de la semana y a la que el Señor nos ha mandado asistir. Esta dedicada a la adoración del Señor. ¿Que quiere decir “adorar”? Quiere decir demostrar amor y lealtad reverentemente, pensar en El, honrarlo, recordar el sacrificio que ha hecho por cada uno de nosotros y expresarle gratitud.

En la reunión sacramental hacemos esto por medio de la música, de la oración, de los discursos, de las Escrituras y los testimonios. Su Espíritu debe estar presente. Tomamos la Santa Cena como recuerdo de Su cuerpo y de Su sangre que simbolizan la resurrección y la Expiación. Debemos pensar en Su vida y sacrificio mientras se reparte la Santa Cena. Parafraseando a Nefi, la reunión sacramental se debe dedicar para hablar de Cristo, para regocijarnos en Cristo, para predicar de Cristo y para profetizar de Cristo (véase 2 Nefi 25:26). Es también allí donde aprendemos acerca de la doctrina de la Iglesia, donde sentimos el Espíritu y recibimos inspiración espiritual.

La reunión sacramental es tan importante que el Señor reveló instrucciones especificas sobre ella a José Smith. Esa revelación se registra en la sección cincuenta y nueve de Doctrina y Convenios:

“Y para que mas íntegramente puedas conservarte sin mancha del mundo, iras a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santo;

“porque, en verdad, este es un día que se te ha señalado para descansar de tus obras y rendir tus devociones al Altísimo;

“sin embargo, tus votos se ofrecerán en justicia todos los días y a todo tiempo;

“pero recuerda que en este, el día del Señor, ofrecerás tus ofrendas y tus sacramentos al Altísimo, confesando tus pecados a tus hermanos, y ante el Señor.

“Y en este día no harás ninguna otra cosa sino preparar tus alimentos con sencillez de corazón, a fin de que tus ayunos sean perfectos, o en otras palabras, que tu gozo sea cabal” (D. y C. 59:9-13).

Que nuestro gozo sea cabal, y que en la reunión sacramental experimentemos ese gozo de que hablan las Escrituras.

Hay muchas formas de hallar gozo en la reunión sacramental, y a continuación voy a mencionar algunas de ellas:

Primero, asistid con la actitud de adorar al Señor. Algunas personas que no entienden piensan que este servicio de adoración es otra de las tantas reuniones dominicales, parte de las tres horas de “rutina”, pero no lo es. Deben ser momentos de verdadera adoración hacia nuestro Salvador, en los que debemos desear estar cerca de El, de expresarle nuestro amor y de sentir Su Espíritu. Nuestra actitud determina que significado tendrá la reunión para nosotros.

Segundo, enseñad a vuestros hijos el significado del servicio de adoración. Queremos que nuestros hijos asistan a el. También queremos que aprendan a ser reverentes, lo que es una forma de amar a nuestro Salvador. (Si los bebes hacen ruido, sacadlos hasta que se calmen.) Queremos que nuestros hijos entiendan que esa reunión es para adorar a Jesús, y que allí le demostramos que lo amamos. Os sorprenderá ver cuanto entienden los niños de estas cosas. En el Libro de Mormón, Alma nos dice que “… muchas veces les son dadas palabras a los niños que confunden al sabio y al erudito” (Alma 32:23). Los niños pueden ser muy sensibles al Espíritu, y nosotros les amamos.

Tercero, cantad loor a Dios con entusiasmo. Si cantamos de todo corazón, reafirmando nuestro amor por el Salvador, sentiremos el Espíritu. Debo admitir que canto pésimamente. En la enseñanza secundaria, la maestra de música me dijo: “Mack, hazme el favor de mover sólo los labios al cantar”. Pero yo igual me esfuerzo, y siento el Espíritu cuando canto. Es una bendición que todos tenemos.

Cuarto, cuando habléis a la congregación, mencionad a nuestro Salvador, citad las Escrituras y dad vuestro testimonio. Mencionad a nuestro Salvador. Me he enterado de que a veces ni siquiera se ha mencionado al Señor en la reunión sacramental. Espero que eso nunca suceda. El es el centro de nuestras reuniones sacramentales y todo lo que se diga debe acercarnos mas a El.

Las Escrituras son los tratados básicos sobre nuestro Salvador y Sus doctrinas. Utilizadlas en los discursos. En ellas descubrimos nuevos tesoros y son esenciales para nuestra comprensión del evangelio.

No temáis expresar vuestros sentimientos acerca del Salvador, Su evangelio y sobre los momentos en los que hayáis sentido el Espíritu. Nuestro testimonio se fortalece al oír el de los demás. Algunos tienen testimonios mas firmes que otros, lo cual es lógico, porque todos estamos progresando en el evangelio. No debemos sentirnos presionados a decir cosas que no hayamos sentido en realidad. Tampoco debemos sentirnos cohibidos de expresar lo que sabemos; sea cual fuere el grado de nuestro testimonio, siempre debemos expresarlo.

Y por ultimo, recordad al Salvador al tomar la Santa Cena. Algunas personas me han dicho que han oído las oraciones sacramentales tantas veces que ya ni siquiera las escuchan cuando se bendice la Santa Cena. Tal vez suceda eso porque no entienden lo que en ellas se dice. Os sugiero, por lo tanto, que abráis las Escrituras y las estudiéis ya que encierran información profunda e importante en cuanto a las promesas que hacemos al Señor y las que El hace con nosotros.

¿Sabéis dónde encontrar las oraciones sacramentales? Están en D. y C. 20:77, 79 en el Libro de Mormón, en Moroni, capítulos 4 y 5. En estas oraciones para bendecir el pan y el agua, símbolos del cuerpo y de la sangre del Salvador, prometemos ciertas cosas.

Cuando tomamos la Santa Cena, testificamos que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo, el Hijo. Significa que estamos dispuestos a bautizarnos, a proclamar las verdades del evangelio en Su nombre y a representarlo al hacer Su obra aquí en la tierra. También testificamos que siempre lo recordaremos y guardaremos Sus mandamientos. Esas son promesas verdaderamente serias y sagradas. A cambio de ello, si cumplimos con lo que prometemos, se nos bendice para que siempre tengamos Su Espíritu con nosotros.

Leemos en 2 Nefi 25:29 “… la senda verdadera es creer en Cristo y no negarlo; y Cristo es el Santo de Israel; por tanto, debéis inclinaros ante el y adorarlo con todo vuestro poder, mente y fuerza, y con toda vuestra alma …”

Ruego que podamos sentir en la reunión sacramental momentos de gozo adorando a nuestro Salvador.

Creo con toda mi alma en Jesucristo, nuestro hermano mayor. Ruego que comprendamos Sus enseñanzas y lo sigamos por medio de reuniones sacramentales espirituales, la oración y la lectura de las Escrituras. Esta es Su Iglesia divina. Por medio del profeta José Smith, el Señor introdujo la plenitud del evangelio en esta ultima dispensación. El presidente Ezra Taft Benson es nuestro verdadero Profeta. En el nombre de Jesucristo. Amen.