Cómo enfrentar los desafíos del mundo actual.

 Elder Robert D. Hales

Las decisiones que tomen con respecto a la misión, la educación, el matrimonio, la carrera y el servicio en la Iglesia moldearán su destino eterno.

Se ha escrito y se ha dicho mucho sobre la generación presente de jóvenes adultos solteros. Los estudios indican que muchos se resisten a la religión organizada y muchos están endeudados y sin trabajo. A la mayoría le gusta la idea del matrimonio, pero muchos tienen temor de dar ese paso. Cada vez más son los que no quieren tener hijos. Sin el Evangelio y la guía inspirada, muchos se desvían por senderos extraños y se pierden.

Felizmente, entre los jóvenes adultos miembros de la Iglesia esas tendencias inquietantes son mucho menores, en parte porque son bendecidos con el plan del Evangelio. Ese plan eterno incluye el asirse firmemente a la barra de hierro; adherirse a la palabra de Dios y a la de Sus profetas. Tenemos que asirnos con más firmeza a la barra que nos conducirá de regreso a Él. Ahora es el “día para escoger”1 para todos nosotros.

Cuando era niño y estaba a punto de tomar una decisión no muy bien pensada, mi padre a veces me decía: “Robert, ¡corrige el curso y vuela derecho!”. Ya saben cómo es. Con el mismo espíritu de claridad, quiero hablarles específicamente a los jóvenes, los nobles jóvenes y nobles jóvenes adultos, porque “mi alma se deleita en la claridad… a fin de que [aprendamos]”2.

Ustedes viven en un período crítico de la vida. Las decisiones que tomen con respecto a la misión, la educación, el matrimonio, la carrera y el servicio en la Iglesia moldearán su destino eterno; eso significa que siempre mirarán hacia adelante, hacia el futuro.

Cuando era piloto de la Fuerza Aérea, aprendí el principio de nunca volar deliberadamente hacia el medio de una tormenta eléctrica (no les diré cómo lo descubrí), sino, en cambio, bordearla, cambiar de ruta o esperar que la tormenta pasara antes de aterrizar.

Queridos jóvenes adultos, hermanos y hermanas, quiero ayudarles a “volar derecho” en las tormentas de los últimos días. Ustedes son el piloto. Tienen la responsabilidad de considerar las consecuencias de cada una de sus decisiones. Pregúntense: “Si tomo esa decisión, ¿qué es lo peor que puede suceder?”. Sus decisiones rectas les evitarán desviarse del curso.

Piénsenlo: Si deciden no tomar una bebida alcohólica, ¡nunca serán alcohólicos! Si deciden no endeudarse, ¡evitarán la posibilidad de una bancarrota!

Uno de los propósitos de las Escrituras es mostrarnos cómo reaccionan las personas de rectitud ante la tentación y la maldad: ¡las evitan! José huyó de la esposa de Potifar3; Lehi se fue de Jerusalén con su familia4; María y José huyeron a Egipto para escapar de la malvada trama de Herodes5. En cada una de esas ocasiones, el Padre Celestial advirtió a estos creyentes; de la misma manera, Él nos ayudará a saber cuándo debemos pelear, huir o aceptar nuestras circunstancias cambiantes. Nos hablará por medio de la oración, y cuando oremos, tendremos el Espíritu Santo, quien nos guiará. Tenemos las Escrituras; las enseñanzas de los profetas vivientes; la bendición patriarcal; el consejo de padres, líderes de las organizaciones auxiliares y del sacerdocio inspirados; y, sobre todo, la voz apacible y suave del Espíritu.

El Señor siempre cumplirá Su promesa: “… yo os guiaré”6. La cuestión es, ¿nos dejaremos guiar? ¿Escucharemos Su voz y la de Sus siervos?

Les testifico que si ustedes están a disposición del Señor, Él estará allí para ustedes7. Si lo aman y guardan Sus mandamientos, tendrán Su Espíritu para acompañarlos y guiarlos. “Pon tu confianza en ese Espíritu que induce a hacer lo bueno… por este medio sabrás, todas las cosas… que corresponden a la rectitud”8.

Con esos principios como base, permítanme darles algunos consejos prácticos.

Muchos de su generación tienen deudas aplastantes. Cuando yo era joven, el presidente de mi estaca era banquero de inversiones en Wall Street y me enseñó lo siguiente: “Si puedes vivir feliz con lo que tienes, eres rico”. ¿Cómo se hace eso? ¡Paguen el diezmo y luego ahorren! Cuando ganen más, ahorren más. No compitan con otros para tener cosas caras que no necesiten; no compren lo que no pueden pagar.

En el mundo, muchos jóvenes adultos se endeudan para obtener una carrera sólo para encontrar que el costo es mucho más de lo que podrán pagar. Busquen becas y otras subvenciones, consigan trabajo de medio tiempo, si es posible, para ayudar a pagar sus estudios. Eso requerirá sacrificio, pero les ayudará a tener éxito.

La educación los prepara para mejores oportunidades de empleo; los pone en una posición mejor para servir y para bendecir a quienes los rodeen; los colocará en un sendero de aprendizaje continuo y los fortalecerá para que luchen contra la ignorancia y el error. Como enseñó José Smith: “El conocimiento disipa las tinieblas, la incertidumbre y la duda, porque estas no pueden existir donde hay conocimiento… En el conocimiento hay poder”9. “Pero bueno es ser instruido, si hacen caso de los consejos de Dios”10. La educación los preparará para el porvenir, incluso para el matrimonio.

Una vez más, les hablaré francamente. El recorrido que lleva al matrimonio incluye el salir en citas; eso les da la oportunidad de tener largas conversaciones. Mientras sean novios, traten de saber todo lo que puedan el uno del otro, y cuando sea posible, de conocer a la familia de ambos. ¿Tienen metas compatibles? ¿Piensan y sienten lo mismo sobre los mandamientos, el Salvador, el sacerdocio, el templo, la crianza de los hijos, los llamamientos de la Iglesia y el servicio a los demás? ¿Se han observado mutuamente en situaciones de tensión, al reaccionar frente al éxito o al fracaso, al resistir el enojo y al enfrentar contratiempos? La persona con quien están saliendo, ¿menoscaba a los demás o los edifica? Su actitud, lenguaje y conducta, ¿es algo con lo que querrían convivir a diario?

A pesar de lo dicho, nadie se casa con la perfección, nos casamos con el potencial. En el matrimonio correcto no se trata solo de lo que yo quiera, sino también de lo que ella quiere y necesita que yo sea.

Hablando claro, no pasen todos sus veinte años saliendo con jóvenes solo para “pasarlo bien”, postergando el matrimonio a favor de otros intereses y actividades. ¿Por qué? Porque el noviazgo y el matrimonio no son el destino final; son la puerta para llegar a donde finalmente quieren ir. “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se allegará a su mujer”11.

La responsabilidad que tienen ahora es ser dignos de la persona con la que quieran casarse. Si quieren casarse con una persona digna, atractiva, honrada, feliz, trabajadora y espiritual, sean esa clase de persona; si son así y todavía no se han casado, sean pacientes. Esperen en el Señor. Testifico que el Señor conoce sus deseos y los ama por la fiel devoción que le demuestran; Él tiene un plan para ustedes, aquí o en la próxima vida. Escuchen a Su Espíritu. “… no procuréis aconsejar al Señor, antes bien aceptad el consejo de su mano”12. En esta vida o en la venidera, Sus promesas se cumplirán. “… si estáis preparados, no temeréis”13.

Si no tienen muchos recursos económicos, no se preocupen. Un excelente miembro de la Iglesia me dijo hace poco: “Yo no crie a mis hijos con dinero, los crie con fe”. Hay mucha verdad en ello. Empiecen a ejercer la fe en todo aspecto de su vida; si no lo hacen, sufrirán de lo que yo llamo la “atrofia de la fe”; y la fortaleza necesaria para ejercer su fe, disminuirá. Ejerciten la fe todos los días y serán “más y más fuertes… y más y más firmes en la fe de Cristo”14.

A fin de prepararse para el matrimonio, cerciórense de ser dignos de tomar la Santa Cena y de tener la recomendación para el templo. Asistan al templo con regularidad; presten servicio en la Iglesia; y, además de servir en los llamamientos de la Iglesia, sigan el ejemplo del Salvador, que sencillamente “anduvo haciendo bienes”15.

Tal vez les preocupe seriamente la incertidumbre de las decisiones que tendrán que tomar en el futuro. En mis días de joven adulto, busqué el consejo de mis padres y de asesores fieles y de confianza. Uno era un líder del sacerdocio; otro, un maestro que creía en mí. Ambos me dijeron: “Si quieres mi consejo, prepárate para aceptarlo”. Entendí lo que eso significaba. Oren para elegir consejeros que se interesen sinceramente en su bienestar espiritual; tengan cuidado de buscar consejos de sus amigos; si quieren más de lo que tienen ahora, búsquenlo en alguien que esté en un nivel superior, ¡no a su misma altura!16.

Recuerden, nadie puede elevarlos; solamente su fe y oraciones harán que se eleven y tengan un potente cambio en el corazón; sólo sudeterminación de ser obedientes puede cambiar su vida. Gracias al sacrificio expiatorio del Salvador por ustedes, el poder está en ustedes17. Ustedes tienen el albedrío; si son obedientes, tienen un fuerte testimonio y pueden seguir al Espíritu que los guía.

Hace poco, un joven cineasta comentó que se siente parte de una “generación de hijos pródigos”, una generación que “anda tras la esperanza y el gozo y los logros, pero los busca en lugares erróneos y de maneras erróneas”18.

En la parábola del Salvador del Hijo Pródigo, este tenía muchas bendiciones esperándolo; pero antes de poder reclamarlas tenía que analizar su vida, sus decisiones y sus circunstancias. El milagro que sucedió a continuación se describe en las Escrituras con una frase sencilla: “[volvió] en sí”19. Permítanme exhortarlos a volver en sí. En la Iglesia, cuando hay que tomar decisiones importantes, a menudo nos reunimos en consejo. Los consejos familiares tienen un propósito similar. Quizás quieran llevar a cabo lo que yo llamo “un consejo personal”; después de orar, pasen un tiempo solos; piensen en lo que tienen por delante; pregúntense: “¿qué aspectos de mi vida quiero fortalecer para poder fortalecer a otras personas?, ¿dónde quiero encontrarme dentro de un año?, ¿dentro de dos años?, ¿qué decisiones debo tomar para llegar allí?”. Recuerden, ustedes son el piloto, y están a cargo. Les testifico que, al volver en sí, su Padre Celestial se acercará a ustedes y, con la mano reconfortante de Su Santo Espíritu, los guiará a lo largo del camino.

Testifico que Dios vive. Doy mi testimonio especial de que el Salvador los ama. “… ¿no hemos de seguir adelante en [Su] causa tan grande? Avanzad, en vez de retroceder”20. A medida que lo sigan, Él los fortalecerá y los sostendrá. Él los traerá al hogar celestial. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Doctrina y Convenios 105:35.

  2. 2 Nefi 25:4.

  3. Véase Génesis 39.

  4. Véase 1 Nefi 2.

  5. Véase Mateo 2.

  6. Doctrina y Convenios 78:18.

  7. Véase Doctrina y Convenios 88:63.

  8. Doctrina y Convenios 11:12, 14.

  9. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 280.

  10. 2 Nefi 9:29.

  11. Génesis 2:24.

  12. Jacob 4:10.

  13. Doctrina y Convenios 38:30.

  14. Helamán 3:35.

  15. Hechos 10:38.

  16. Véase de Boyd K. Packer, Teach Ye Diligently, 1975, pág. 145.

  17. Véase Doctrina y Convenios 58:28.

  18. Nathan Clarkson, citado por Emma Koonse, en “‘Confessions of a Prodigal Son’ Writer Says ‘We Are All Prodigals,’ Modern Retelling of Story Aimed at Millennials”, Christian Post, 26 de enero de 2015; http://www.christianpost.com.

  19. Lucas 15:17.

  20. Doctrina y Convenios 128:22.

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¿Calabazas o melones?

Por Rachel Cox

La autora vive en Utah, EE. UU.

Mi padre se sorprendió bastante al descubrir que las semillas de calabaza que había plantado el año anterior habían decidido brotar este verano en medio del sembradío de melones. Los melones estaban creciendo bien; pero las calabazas también. De hecho, las calabazas estaban creciendo tan bien que mi padre estuvo tentado a dejar que siguieran creciendo; sin embargo, sabía que si lo hacía, las calabazas entorpecerían el crecimiento de los melones.

Así que tenía que tomar una decisión: podía arrancar las calabazas para que los melones tuvieran más posibilidades de florecer, o bien dejar crecer las plantas de calabaza y verlas desplazar a las plantas de melón, lo cual seguramente haría que ambas dieran menos fruto. ¿Calabazas o melones? Tenía que elegir entre dos buenas opciones.

Al sopesar las dos, mi padre decidió arrancar las prósperas plantas de calabaza. No solo porque habían germinado tarde, sino que además decidió que deseaba los melones que había planeado más de lo que deseaba las calabazas que habían aparecido por sorpresa.

Esa experiencia me llevó a pensar en las decisiones que tomamos, sobre todo en nuestras relaciones con los demás. Ya sea con nuestra familia, nuestros amigos, nuestro empleador, las personas con las que salimos, o aquella con quien nos casamos, cuando se trata de elegir entre dos buenas opciones en ocasiones es difícil reconocer la opción correcta o la mejor, especialmente cuando queremos evitar tomar malas decisiones. En ocasiones, el miedo a tomar la decisión equivocada nos paraliza, y ese temor nos puede impedir avanzar con fe. Pero la verdad es que, a veces, no hay una decisión equivocada; solo hay una decisión. En su caso, mi padre basó su decisión en lo que él valoraba más. No le agradaba ver morir a las calabazas, pero sabía que lamentaría el daño que causarían a los melones más adelante.

En la vida, algunas de las decisiones que tenemos que tomar a menudo no tienen importancia, por ejemplo: ¿Qué tomaré para desayunar? ¿De qué color me visto hoy? Cuando tengamos que tomar una decisión entre dos cosas buenas, podríamos hacer lo mismo que hizo mi padre y simplemente preguntarnos: “¿Qué es lo que yo valoro más?”, y después tomar la decisión y avanzar con fe, confiando en que el Señor nos corregirá si, de algún modo, estamos en error.

Sin embargo, algunas decisiones sí tienen mucha importancia. El presidente Thomas S. Monson dijo una vez: “Constantemente tenemos decisiones ante nosotros. A fin de tomarlas sabiamente, se necesita valor, el valor para decir no, y el valor para decir sí. Las decisiones  determinan nuestro destino” (“Los tres aspectos de las decisiones”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 68). Cuando afrontamos ese tipo de decisiones, una pregunta mejor que podemos hacernos es: “¿Qué es lo que el Señor valora más?”. Si sabemos la respuesta a esa pregunta, todo lo que tenemos que hacer es alinear nuestros valores con los Suyos y luego actuar de acuerdo con esa decisión; siempre será la correcta.