Cómo ayudar a los que se debaten con la atracción hacia las personas de su mismo sexo.

Por Élder Jeffrey R. Holland

Del Quórum de los Doce Apóstoles

Un agradable joven de poco más de veinte años se hallaba sentado frente a mí. Tenía una sonrisa simpática, aunque no sonrió mucho durante nuestra conversación. Lo que más me llamó la atención fue el dolor que se reflejaba en sus ojos.

“No sé si debo seguir siendo miembro de la Iglesia”, me dijo. “No creo ser digno”.

“¿Por qué no habrías de ser digno”, le pregunté.

“Porque soy homosexual”.

Supongo que pensó que sus palabras me iban a sorprender. Pero no fue así. “¿Y qué…?”, le pregunté.

Una expresión de alivio le cruzó la cara al percibir la compasión en mí. “No me atraen las mujeres, sino los hombres. He tratado de dejar de lado esos sentimientos o de cambiarlos, pero…”

Dejó escapar un suspiro. “¿Por qué soy así? Los sentimientos que tengo son algo muy real”.

Permanecí en silencio un momento y luego le dije: “Necesito saber un poco más antes de aconsejarte. Mira, la atracción hacia los del mismo sexo no es un pecado, pero las acciones provocadas por esos sentimientos sí lo son, exactamente igual que con sentimientos heterosexuales. ¿Violas la ley de castidad?”

Él sacudió la cabeza y dijo: “No, no la violo”.

Esto me tranquilizó. “Te agradezco que tengas el deseo de resolver este asunto”, le dije. “Hace falta tener valor para hablar del tema y te admiro por mantenerte limpio”.

“En cuanto al porqué de tus sentimientos, no puedo responder a esa pregunta. Puede haber una serie de factores que influyan y pueden ser tan diferentes como las personas son diferentes entre sí. Algunos, incluso los que causan tus sentimientos, quizás no los sepamos nunca en esta vida. Pero el saber por qué te sientes así no es tan importante como saber que no has transgredido. Si tu vida está en armonía con los mandamientos, entonces eres digno de prestar servicio en la Iglesia, de disfrutar de plena hermandad con los miembros, de asistir al templo y de recibir todas las bendiciones de la expiación del Salvador”.

Fue evidente que mis palabras le hicieron sentir mejor. Continué: “Te tratas injustamente al considerar tu persona sólo por tu inclinación sexual. Ésa no es tu única característica; por lo tanto, no debes prestarle más atención de la que merece. Primero y fundamentalmente eres un hijo de Dios, y Él te ama.

“Más aún, yo te amo y mis hermanos de las Autoridades Generales te aman. Recuerdo un comentario que hizo el presidente Boyd K. Packer al dirigirse a las personas que se sienten atraídas hacia las personas de su mismo sexo: ‘No los rechazamos…’, dijo. ‘No podemos rechazarlos, pues ustedes son hijos e hijas de Dios. No los rechazaremos, porque los amamos’”1.

Hablamos durante unos treinta minutos, más o menos. Sabiendo que no podía ser su consejero personal, lo referí a los líderes locales del sacerdocio que le correspondían. Después nos despedimos. Creo haber visto en sus ojos una expresión de esperanza que no tenía antes. Aun cuando le quedaban por delante dificultades para vencer —o simplemente soportar—, tuve la impresión de que las enfrentaría bien.

Dios ama a Sus hijos

Cuando un ángel hizo a Nefi una pregunta sobre Dios, él respondió: “…Sé que ama a sus hijos; sin embargo, no sé el significado de todas las cosas” (1 Nefi 11:17). Yo también afirmo que Dios ama a todos Sus hijos y reconozco que muchas preguntas que aquí tenemos, incluso algunas relacionadas con la atracción hacia los del mismo sexo, deben esperar una respuesta futura, tal vez en la otra vida.

Lamentablemente, hay personas que creen tener la respuesta para todo ahora y proclaman sus opiniones por todas partes. Afortunadamente, esas personas no representan a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Aunque creo que los miembros están deseosos de ser compasivos hacia aquellos que son diferentes a ellos, nuestra tendencia a apartarnos cuando enfrentamos una situación que no comprendemos es parte de la naturaleza humana. Eso es verdad particularmente cuando nos encontramos con casos de atracción hacia el mismo sexo. Tenemos tan escasa información fiable al respecto que los que quieren ayudar se sienten un tanto inseguros. Admito mi propia incompetencia en el asunto pero, como deseo ayudar, permítanme ofrecer algunas sugerencias para apoyar a los que tengan seres queridos o amigos que sientan atracción hacia las personas de su mismo sexo.

El plan de felicidad de nuestro Padre

Primero, dejemos completamente en claro lo que Dios quiere para cada uno de nosotros: quiere que tengamos todas las bendiciones de la vida eterna; quiere que lleguemos a ser como Él. Para ayudarnos a lograrlo, nos ha dado un plan, el cual está basado en verdades eternas y que no se altera de acuerdo con las tendencias sociales de la época.

Una de las partes fundamentales de ese plan consiste en tener hijos, que es una de las razones esenciales por las que Adán y Eva salieron del Jardín de Edén (véase 2 Nefi 2:19–25; Moisés 5:10–12). Se les mandó fructificar y multiplicarse (véase Moisés 2:28), y ellos decidieron obedecer ese mandamiento. Nosotros debemos seguir su ejemplo casándonos y proporcionando los cuerpos físicos para los hijos espirituales del Padre Celestial. Obviamente, una relación con alguien del mismo sexo es contraria a ese plan.

Por razones variadas, el matrimonio y los hijos no están a inmediata disposición de todas las personas. Tal vez no se reciba una propuesta matrimonial; tal vez aun después de haberse casado, no exista la posibilidad de tener hijos; o quizás en el presente no se sienta atracción hacia el sexo opuesto. Sea cual sea la razón, las más ricas bendiciones de Dios estarán finalmente a disposición de todos Sus hijos si son limpios y fieles.

Por medio del ejercicio de la fe, del esfuerzo personal y de la confianza en el poder de la Expiación, algunos pueden resolver en la tierra el problema de la atracción hacia su mismo sexo y casarse; otros, sin embargo, tal vez nunca se libren de ella en esta vida.

Como hermanos de la Iglesia, familiares y amigos, debemos reconocer que los que se sienten atraídos hacia personas de su mismo sexo enfrentan algunas restricciones exclusivas con respecto a la manifestación de sus sentimientos. Aunque la atracción hacia el mismo sexo es algo real, no debe existir una expresión física del sentimiento. El deseo de obtener satisfacción física no autoriza la inmoralidad en nadie. Esos sentimientos pueden ser muy fuertes, pero nunca lo serán tanto como para privar a ninguna persona de la libertad de optar por una conducta digna.

Al decir esto, permítanme aclarar que las atracciones en sí, por muy penosas que sean, no hacen indigna a la persona. La Primera Presidencia ha dicho lo siguiente: “Existe una diferencia entre pensamientos y sentimientos inmorales y el participar en comportamientos tanto heterosexuales como homosexuales”2. Si no se ha llevado a la práctica el objeto de la tentación, no se ha transgredido.

El no comprender esa distinción conduce a veces a la desesperanza. Siento compasión por aquellos que no entienden que toda bendición que Dios ofrece está a disposición de cualquiera que obedezca las leyes sobre las cuales se base esa bendición (véase D. y C. 130:20–21). Ninguna persona que viva de acuerdo con el Evangelio debe desesperarse. La esperanza y la paz provienen del Consolador, y la solución para la desesperación es invitar al Espíritu Santo a formar parte de nuestra vida.

Las formas de ayudar

Supongamos que usted es familiar o amigo de una persona que se siente atraída hacia los de su propio sexo y se le acerca en busca de ayuda. ¿Qué debe decirle? ¿Qué debe hacer?

Yo empezaría por reconocer el valor que llevó a su hijo, hija, hermano o amigo a hablar con usted; reconocería también la confianza que esa persona le demuestra. El hablar del problema con alguien de confianza es un primer paso saludable para enfrentar sentimientos confusos, y es imperativo que en esos primeros pasos la persona encuentre compasión.

Luego, si usted es el padre o la madre del que se siente atraído hacia personas de su mismo sexo, no suponga que la razón de esos sentimientos radica en usted. Nadie, y tampoco el que lucha con el problema, debe echarse la culpa. No se debe tampoco culpar a nadie más, menos aún a Dios. Anden por la fe y ayuden a su ser querido a enfrentar la dificultad lo mejor que pueda.

Al hacer eso, reconozcan que el matrimonio no es una solución para todo problema de esta índole. Las atracciones hacia los del mismo sexo son muy profundas y el entrar en una relación heterosexual por la fuerza con toda probabilidad no las cambiará. Todos nos quedamos muy contentos cuando alguien que ha luchado con esos sentimientos puede casarse, tener hijos y lograr la felicidad familiar. Pero otros intentos han dado como resultado corazones heridos y hogares deshechos.

Sobre todo, mantengan abiertas las líneas de la comunicación. La comunicación sincera entre padres e hijos es una clara expresión de amor; y el amor puro, expresado generosamente, puede transformar los lazos familiares. No obstante, el amor por un miembro de la familia no significa que se apruebe la conducta indecente. Por supuesto, sus hijos son bien recibidos en su hogar, pero como padres tienen todo el derecho de impedir que haya en él ninguna conducta que ofenda al Espíritu del Señor.

El principio de la jardinería

Consideremos ahora un principio que se aprende en jardinería. Alguien ha dicho que si plantamos buena semilla, no habrá mucha necesidad de la azada. Del mismo modo, si llenamos nuestra vida con alimento espiritual, será más fácil dominar ciertas inclinaciones. Eso significa que debemos crear en nuestro hogar un ambiente positivo en el cual se pueda sentir el Espíritu en abundancia. Un ambiente positivo incluye, de manera constante, la devoción privada y pública, la oración, el ayuno, la lectura de las Escrituras, el servicio a los demás, y el fomento de conversaciones, música, literatura y otros medios ennoblecedores.

Ese mismo entorno se extiende a las experiencias dentro de la Iglesia. Algunos de los que sienten atracción por las personas de su mismo sexo tienen temores que no se han resuelto, y se sienten ofendidos en la Iglesia cuando no ha habido intención de ofenderlos. Por otra parte, algunos miembros excluyen de su círculo de hermandad a los que son diferentes. Cuando nuestras acciones o palabras desaniman a alguien de aprovechar al máximo su condición de miembro de la Iglesia, eso significa que hemos fallado a la persona y al Señor. La Iglesia se fortalece cuando incluimos a todos los miembros y cuando nos fortalecemos unos a otros en el servicio y el amor (véase D. y C. 84:110).

Quizás sienta la inspiración de alentar a la persona a quien esté tratando de ayudar a que hable con un líder de sacerdocio que posea las llaves para dar consejos inspirados. Si es así, hágalo, sabiendo que la Primera Presidencia ha pedido a los líderes de la Iglesia que hablen de esos problemas confidencialmente y con un espíritu de amor como el de Cristo3.

En las manos del Señor

No hace mucho tiempo recibí una carta de un hombre de poco más de treinta años que lucha con la atracción hacia las personas de su mismo sexo. Su lucha no ha sido fácil y no se ha casado todavía. Pero me escribió: “El Señor me ha ayudado a enfrentar mis circunstancias presentes, y me contento con hacer lo mejor que puedo y dejar mi vida en Sus manos”.

La fe y el valor de ese hombre que vive enfrentando una dificultad que yo nunca he tenido que enfrentar me arrancan lágrimas de admiración y de respeto. Lo amo y amo a los miles de personas como él, hombres o mujeres, que “pelea[n] la buena batalla” (1 Timoteo 6:12). Recomiendo su manera de actuar a todos los que luchen con la atracción hacia las personas de su mismo sexo o a los que estén tratando de ayudarles.

Ayuda adicional

Algunas de las ideas y palabras de este artículo provienen de un folleto preparado por la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles para los que se sientan atraídos hacia las personas de su mismo sexo. Se titula God Loveth His Children (Dios ama a Sus hijos) (04824) Si el folleto se ha traducido a su idioma, podrá obtenerlo en el centro de distribución del lugar donde resida o puede bajarlo de http://www.lds.org/same-gender -attraction.

Referencias

  1. “Sois templo de Dios”, Liahona, enero de 2001, pág. 87.
  2. Carta de la Primera Presidencia, 14 de noviembre de 1991.
  3. Carta de la Primera Presidencia, 14 de noviembre de 1991.
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Cómo enfrentar los desafíos del mundo actual.

 Elder Robert D. Hales

Las decisiones que tomen con respecto a la misión, la educación, el matrimonio, la carrera y el servicio en la Iglesia moldearán su destino eterno.

Se ha escrito y se ha dicho mucho sobre la generación presente de jóvenes adultos solteros. Los estudios indican que muchos se resisten a la religión organizada y muchos están endeudados y sin trabajo. A la mayoría le gusta la idea del matrimonio, pero muchos tienen temor de dar ese paso. Cada vez más son los que no quieren tener hijos. Sin el Evangelio y la guía inspirada, muchos se desvían por senderos extraños y se pierden.

Felizmente, entre los jóvenes adultos miembros de la Iglesia esas tendencias inquietantes son mucho menores, en parte porque son bendecidos con el plan del Evangelio. Ese plan eterno incluye el asirse firmemente a la barra de hierro; adherirse a la palabra de Dios y a la de Sus profetas. Tenemos que asirnos con más firmeza a la barra que nos conducirá de regreso a Él. Ahora es el “día para escoger”1 para todos nosotros.

Cuando era niño y estaba a punto de tomar una decisión no muy bien pensada, mi padre a veces me decía: “Robert, ¡corrige el curso y vuela derecho!”. Ya saben cómo es. Con el mismo espíritu de claridad, quiero hablarles específicamente a los jóvenes, los nobles jóvenes y nobles jóvenes adultos, porque “mi alma se deleita en la claridad… a fin de que [aprendamos]”2.

Ustedes viven en un período crítico de la vida. Las decisiones que tomen con respecto a la misión, la educación, el matrimonio, la carrera y el servicio en la Iglesia moldearán su destino eterno; eso significa que siempre mirarán hacia adelante, hacia el futuro.

Cuando era piloto de la Fuerza Aérea, aprendí el principio de nunca volar deliberadamente hacia el medio de una tormenta eléctrica (no les diré cómo lo descubrí), sino, en cambio, bordearla, cambiar de ruta o esperar que la tormenta pasara antes de aterrizar.

Queridos jóvenes adultos, hermanos y hermanas, quiero ayudarles a “volar derecho” en las tormentas de los últimos días. Ustedes son el piloto. Tienen la responsabilidad de considerar las consecuencias de cada una de sus decisiones. Pregúntense: “Si tomo esa decisión, ¿qué es lo peor que puede suceder?”. Sus decisiones rectas les evitarán desviarse del curso.

Piénsenlo: Si deciden no tomar una bebida alcohólica, ¡nunca serán alcohólicos! Si deciden no endeudarse, ¡evitarán la posibilidad de una bancarrota!

Uno de los propósitos de las Escrituras es mostrarnos cómo reaccionan las personas de rectitud ante la tentación y la maldad: ¡las evitan! José huyó de la esposa de Potifar3; Lehi se fue de Jerusalén con su familia4; María y José huyeron a Egipto para escapar de la malvada trama de Herodes5. En cada una de esas ocasiones, el Padre Celestial advirtió a estos creyentes; de la misma manera, Él nos ayudará a saber cuándo debemos pelear, huir o aceptar nuestras circunstancias cambiantes. Nos hablará por medio de la oración, y cuando oremos, tendremos el Espíritu Santo, quien nos guiará. Tenemos las Escrituras; las enseñanzas de los profetas vivientes; la bendición patriarcal; el consejo de padres, líderes de las organizaciones auxiliares y del sacerdocio inspirados; y, sobre todo, la voz apacible y suave del Espíritu.

El Señor siempre cumplirá Su promesa: “… yo os guiaré”6. La cuestión es, ¿nos dejaremos guiar? ¿Escucharemos Su voz y la de Sus siervos?

Les testifico que si ustedes están a disposición del Señor, Él estará allí para ustedes7. Si lo aman y guardan Sus mandamientos, tendrán Su Espíritu para acompañarlos y guiarlos. “Pon tu confianza en ese Espíritu que induce a hacer lo bueno… por este medio sabrás, todas las cosas… que corresponden a la rectitud”8.

Con esos principios como base, permítanme darles algunos consejos prácticos.

Muchos de su generación tienen deudas aplastantes. Cuando yo era joven, el presidente de mi estaca era banquero de inversiones en Wall Street y me enseñó lo siguiente: “Si puedes vivir feliz con lo que tienes, eres rico”. ¿Cómo se hace eso? ¡Paguen el diezmo y luego ahorren! Cuando ganen más, ahorren más. No compitan con otros para tener cosas caras que no necesiten; no compren lo que no pueden pagar.

En el mundo, muchos jóvenes adultos se endeudan para obtener una carrera sólo para encontrar que el costo es mucho más de lo que podrán pagar. Busquen becas y otras subvenciones, consigan trabajo de medio tiempo, si es posible, para ayudar a pagar sus estudios. Eso requerirá sacrificio, pero les ayudará a tener éxito.

La educación los prepara para mejores oportunidades de empleo; los pone en una posición mejor para servir y para bendecir a quienes los rodeen; los colocará en un sendero de aprendizaje continuo y los fortalecerá para que luchen contra la ignorancia y el error. Como enseñó José Smith: “El conocimiento disipa las tinieblas, la incertidumbre y la duda, porque estas no pueden existir donde hay conocimiento… En el conocimiento hay poder”9. “Pero bueno es ser instruido, si hacen caso de los consejos de Dios”10. La educación los preparará para el porvenir, incluso para el matrimonio.

Una vez más, les hablaré francamente. El recorrido que lleva al matrimonio incluye el salir en citas; eso les da la oportunidad de tener largas conversaciones. Mientras sean novios, traten de saber todo lo que puedan el uno del otro, y cuando sea posible, de conocer a la familia de ambos. ¿Tienen metas compatibles? ¿Piensan y sienten lo mismo sobre los mandamientos, el Salvador, el sacerdocio, el templo, la crianza de los hijos, los llamamientos de la Iglesia y el servicio a los demás? ¿Se han observado mutuamente en situaciones de tensión, al reaccionar frente al éxito o al fracaso, al resistir el enojo y al enfrentar contratiempos? La persona con quien están saliendo, ¿menoscaba a los demás o los edifica? Su actitud, lenguaje y conducta, ¿es algo con lo que querrían convivir a diario?

A pesar de lo dicho, nadie se casa con la perfección, nos casamos con el potencial. En el matrimonio correcto no se trata solo de lo que yo quiera, sino también de lo que ella quiere y necesita que yo sea.

Hablando claro, no pasen todos sus veinte años saliendo con jóvenes solo para “pasarlo bien”, postergando el matrimonio a favor de otros intereses y actividades. ¿Por qué? Porque el noviazgo y el matrimonio no son el destino final; son la puerta para llegar a donde finalmente quieren ir. “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se allegará a su mujer”11.

La responsabilidad que tienen ahora es ser dignos de la persona con la que quieran casarse. Si quieren casarse con una persona digna, atractiva, honrada, feliz, trabajadora y espiritual, sean esa clase de persona; si son así y todavía no se han casado, sean pacientes. Esperen en el Señor. Testifico que el Señor conoce sus deseos y los ama por la fiel devoción que le demuestran; Él tiene un plan para ustedes, aquí o en la próxima vida. Escuchen a Su Espíritu. “… no procuréis aconsejar al Señor, antes bien aceptad el consejo de su mano”12. En esta vida o en la venidera, Sus promesas se cumplirán. “… si estáis preparados, no temeréis”13.

Si no tienen muchos recursos económicos, no se preocupen. Un excelente miembro de la Iglesia me dijo hace poco: “Yo no crie a mis hijos con dinero, los crie con fe”. Hay mucha verdad en ello. Empiecen a ejercer la fe en todo aspecto de su vida; si no lo hacen, sufrirán de lo que yo llamo la “atrofia de la fe”; y la fortaleza necesaria para ejercer su fe, disminuirá. Ejerciten la fe todos los días y serán “más y más fuertes… y más y más firmes en la fe de Cristo”14.

A fin de prepararse para el matrimonio, cerciórense de ser dignos de tomar la Santa Cena y de tener la recomendación para el templo. Asistan al templo con regularidad; presten servicio en la Iglesia; y, además de servir en los llamamientos de la Iglesia, sigan el ejemplo del Salvador, que sencillamente “anduvo haciendo bienes”15.

Tal vez les preocupe seriamente la incertidumbre de las decisiones que tendrán que tomar en el futuro. En mis días de joven adulto, busqué el consejo de mis padres y de asesores fieles y de confianza. Uno era un líder del sacerdocio; otro, un maestro que creía en mí. Ambos me dijeron: “Si quieres mi consejo, prepárate para aceptarlo”. Entendí lo que eso significaba. Oren para elegir consejeros que se interesen sinceramente en su bienestar espiritual; tengan cuidado de buscar consejos de sus amigos; si quieren más de lo que tienen ahora, búsquenlo en alguien que esté en un nivel superior, ¡no a su misma altura!16.

Recuerden, nadie puede elevarlos; solamente su fe y oraciones harán que se eleven y tengan un potente cambio en el corazón; sólo sudeterminación de ser obedientes puede cambiar su vida. Gracias al sacrificio expiatorio del Salvador por ustedes, el poder está en ustedes17. Ustedes tienen el albedrío; si son obedientes, tienen un fuerte testimonio y pueden seguir al Espíritu que los guía.

Hace poco, un joven cineasta comentó que se siente parte de una “generación de hijos pródigos”, una generación que “anda tras la esperanza y el gozo y los logros, pero los busca en lugares erróneos y de maneras erróneas”18.

En la parábola del Salvador del Hijo Pródigo, este tenía muchas bendiciones esperándolo; pero antes de poder reclamarlas tenía que analizar su vida, sus decisiones y sus circunstancias. El milagro que sucedió a continuación se describe en las Escrituras con una frase sencilla: “[volvió] en sí”19. Permítanme exhortarlos a volver en sí. En la Iglesia, cuando hay que tomar decisiones importantes, a menudo nos reunimos en consejo. Los consejos familiares tienen un propósito similar. Quizás quieran llevar a cabo lo que yo llamo “un consejo personal”; después de orar, pasen un tiempo solos; piensen en lo que tienen por delante; pregúntense: “¿qué aspectos de mi vida quiero fortalecer para poder fortalecer a otras personas?, ¿dónde quiero encontrarme dentro de un año?, ¿dentro de dos años?, ¿qué decisiones debo tomar para llegar allí?”. Recuerden, ustedes son el piloto, y están a cargo. Les testifico que, al volver en sí, su Padre Celestial se acercará a ustedes y, con la mano reconfortante de Su Santo Espíritu, los guiará a lo largo del camino.

Testifico que Dios vive. Doy mi testimonio especial de que el Salvador los ama. “… ¿no hemos de seguir adelante en [Su] causa tan grande? Avanzad, en vez de retroceder”20. A medida que lo sigan, Él los fortalecerá y los sostendrá. Él los traerá al hogar celestial. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Doctrina y Convenios 105:35.

  2. 2 Nefi 25:4.

  3. Véase Génesis 39.

  4. Véase 1 Nefi 2.

  5. Véase Mateo 2.

  6. Doctrina y Convenios 78:18.

  7. Véase Doctrina y Convenios 88:63.

  8. Doctrina y Convenios 11:12, 14.

  9. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 280.

  10. 2 Nefi 9:29.

  11. Génesis 2:24.

  12. Jacob 4:10.

  13. Doctrina y Convenios 38:30.

  14. Helamán 3:35.

  15. Hechos 10:38.

  16. Véase de Boyd K. Packer, Teach Ye Diligently, 1975, pág. 145.

  17. Véase Doctrina y Convenios 58:28.

  18. Nathan Clarkson, citado por Emma Koonse, en “‘Confessions of a Prodigal Son’ Writer Says ‘We Are All Prodigals,’ Modern Retelling of Story Aimed at Millennials”, Christian Post, 26 de enero de 2015; http://www.christianpost.com.

  19. Lucas 15:17.

  20. Doctrina y Convenios 128:22.