¿Qué se siente ser un nuevo converso?

Por Joshua J. Perkey

Revistas de la Iglesia

Puedes ayudar a los miembros nuevos si tratas de comprender por lo que están pasando.

Si creces en la Iglesia, todo lo que se relaciona con ella llega a ser normal para ti; te acostumbras a la regularidad de las reuniones, al edificio al que asistes y al tipo de ropa que las personas visten cuando van a la Iglesia. Cosas como dar discursos en la reunión sacramental, pagar diezmos y ofrendas de ayuno, y ayunar una vez al mes son simplemente parte de la vida. Vivir la Palabra de Sabiduría, aceptar llamamientos para prestar servicio y vivir la ley de castidad son todos parte de lo que se aprende a hacer.

Sin embargo, para los conversos, puede ser un ajuste difícil tratar de asimilarlo todo. Indudablemente, obtener un testimonio de las verdades del Evangelio es el primer paso para ser miembro de la Iglesia de Cristo, pero tener un testimonio no significa que la transición a vivir como miembro de la Iglesia sea fácil.

La Iglesia puede parecer muy diferente

Mi caso es un ejemplo. Tuve amigos SUD desde que tenía trece años, y finalmente me uní a la Iglesia a los diecinueve años; pero a pesar de haber aprendido bastante sobre la cultura de la Iglesia en el transcurso de esos años, la transición me resultó difícil. Para mí, la cultura y las prácticas de la Iglesia eran tan diferentes que parecían ser un poco extrañas.

Crecí en una religión que en muchos aspectos es muy diferente de la que tú conoces o de la que estás aprendiendo. En esa iglesia, los ministros y el coro vestían túnicas similares a las que se utilizan en las graduaciones. Durante el servicio de adoración —que viene a ser el equivalente de la reunión sacramental— los ministros daban los sermones y eran los únicos que dirigían la palabra. Cada domingo repetíamos el Padre Nuestro al unísono y siempre cantábamos el himno “A Dios el Padre y a Jesús”. Para bautizar a los bebés se les rociaba agua en la cabeza, y la confirmación se llevaba a cabo más o menos a la edad de 14 años.

Tomábamos jugo de uva en vez de agua para el sacramento, y los jóvenes en edad de escuela secundaria asistían a la Escuela Dominical junto con los adultos a una clase que trataba temas actuales de la sociedad.

Incluso el edificio era diferente a los edificios SUD que había visitado. Teníamos una capilla al estilo de las iglesias cristianas de Europa, con techo alto de dos vertientes y vitrales altos. En el balcón del coro había una cruz y al frente del edificio había un hermoso campanario alto. Me encantaba hacer sonar la campana después de los servicios de la iglesia; era tan pesada que podía levantar a un niño pequeño del suelo cuando la cuerda subía y bajaba.

Nuestras costumbres y creencias sociales también eran diferentes. Se nos enseñaba que estaba bien tomar alcohol y fumar; y tener novio en la adolescencia era aceptable. De hecho, se nos enseñaba que se podían tener relaciones sexuales antes del matrimonio siempre y cuando uno sintiera que estaba enamorado. Nunca hablábamos de tener un testimonio. La primera vez que vi una reunión de ayuno y testimonio, quedé muy asombrado; me pareció sumamente extraña. En mi iglesia, nadie se ponía de pie para compartir sus creencias de esa manera.

El unirme a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no se trataba solamente de aprender nuevas doctrinas, tales como la vida preterrenal y el bautismo por los muertos; fue un cambio de cultura, de estilo de vida y de expectativas. Resolver esas diferencias fue un camino difícil de recorrer.

Los primeros seis meses después de mi bautismo fueron muy difíciles; casi no lo logro. Todo era tan diferente, especialmente porque asistía a la Iglesia sin mi familia. Todavía luchaba con ciertos puntos de la doctrina y me sentía apartado de mi pasado.

Afortunadamente, mis amigos de la Iglesia fueron pacientes, amables y constantes. Me llevaron a actividades, me invitaron a su casa para comer y para la noche de hogar, y oraron conmigo. Eso marcó una gran diferencia, no sólo para que me uniera a la Iglesia, sino también para que me mantuviera activo y encontrara fortaleza cuando mi testimonio flaqueaba. Les debo mucho por ayudarme a entender las cosas.

En las siguientes historias, dos miembros jóvenes comparten sus propias experiencias de cuando se unieron a la Iglesia y de la forma en que encontraron la fortaleza para mantenerse activos. Al leer sus experiencias, piensa en lo que podrías hacer para ayudar a un nuevo converso o a alguien que esté reactivándose para encontrar la fuerza de adaptarse social y culturalmente, y para progresar espiritualmente.

Años de espera para el bautismo

Cuando cursaba la secundaria, después de conocer a los misioneros en las clases de inglés y de haber estudiado con ellos, decidí unirme a la Iglesia. Mis padres no reaccionaron nada bien cuando les dije que deseaba bautizarme. No sabían mucho en cuanto a la Iglesia y temían que me viera envuelto en algo peligroso; pensaban que la Iglesia interferiría con mis estudios y que todas las reglas evitarían que yo disfrutara de la vida. No dejaron que me bautizara por dos años y medio.

Fui probado desde el principio. En los años anteriores a mi bautismo, oraba una y otra vez pidiendo la fortaleza y la fe necesarias para seguir creyendo. No podía asistir a la Iglesia ni relacionarme con los miembros ni con los misioneros. Tuve que fortalecer mi fe y mi testimonio yo solo, mediante la oración, la lectura de las Escrituras y las palabras de los profetas modernos. Me perdí muchos programas interesantes y actividades divertidas.

Cuando me mudé a Roma para asistir a la universidad, mi obispo se convirtió en un verdadero amigo que me apoyó cuando mis padres estaban muy molestos. Me enseñó que era esencial que amara a mis padres independientemente de lo que sucediera.

Cuando finalmente me bauticé, muchos miembros del barrio asistieron y me apoyaron. Me integré al coro y allí forjé muchas amistades; la amistad y amabilidad que me demostraron me hicieron sentir como en casa.

Cuando somos fieles a las enseñanzas de Jesucristo y seguimos Su ejemplo de amar a los demás e interesarnos por ellos, los conversos recientes y los investigadores se darán cuenta de que no solamente decimos las cosas, sino que también las ponemos en práctica.

Ottavio Caruso es de Italia y actualmente presta servicio como misionero de tiempo completo.

No me sentía parte del grupo

Me uní a la Iglesia cuando tenía trece años. Tenía un testimonio del Evangelio, pero tenía un sentimiento persistente de que no formaba parte del grupo. Todos los demás sabían las canciones y los relatos de las Escrituras, pero yo no. Todos los demás tenían recuerdos de actividades de la Primaria o de lecciones de la noche de hogar; yo nunca había hecho ninguna de esas cosas.

Aparte de eso, todos parecían tener los mismos intereses y opiniones —a veces opiniones muy firmes que se oponían a las mías— sobre toda clase de temas, desde las películas y la política hasta la interpretación de ciertos pasajes de las Escrituras. Observaba a mi alrededor a todos los que asentían con la cabeza y pensaba: “Ustedes son buenas personas, y yo también, pero simple y sencillamente somos muy diferentes; no encajo aquí”.

Luché con esos sentimientos por varios años, y luego recordé y volví a leer la historia sobre Zaqueo en Lucas 19. Como era publicano, no era popular y se lo consideraba pecador; pero cuando Jesús pasó por su ciudad, Zaqueo trepó a un árbol para poder ver por encima de la muchedumbre. No le importó lo que los demás pensaran de él. Fue ese hecho, el de trepar al árbol —separarse de la muchedumbre— lo que le permitió tener una hermosa experiencia personal con el Salvador. A medida que leía, me di cuenta de que los sentimientos que tenía de ser una extraña no provenían de Cristo. Jesús incluía a todos y perdonaba; buscaba activamente a quienes se juzgaba y se rechazaba: los que parecían ser diferentes.

No puedo decir que nunca más me sentí fuera de lugar, porque sí lo he sentido; pero he aprendido que lo que me hace diferente —mi aspecto, la forma en la que los demás me ven, las cosas que me apasionan, lo que pienso en cuanto al mundo— no son razones para apartarme. Ésas son las razones por las que la Iglesia nos necesita a todos, con nuestros diversos talentos, fortalezas y perspectivas.

Elaine Vickers vive en Utah, EE. UU.

Lo que los conversos afrontan

Éstas son algunas de las dificultades que los nuevos conversos afrontan. ¿De qué manera podría tu amistad ayudarles a hacer frente a sus desafíos?

  1. Luchar por entender una doctrina nueva.
  2. Escoger diferentes medios de entretenimiento, música, películas y libros.
  3. Entender el idioma de las Escrituras.
  4. Sobrellevar la falta de aceptación de los familiares y amigos que no son miembros de la Iglesia.
  5. Vestir ropa diferente.
  6. Dedicar tiempo a asistir a la Iglesia y a seminario.
  7. Aprender nuevas prácticas y costumbres en los servicios de adoración.
  8. Tener que cambiar los hábitos, la forma de hablar y de pensar.
  9. Adaptarse a la cultura social SUD.
  10. Aprender términos característicos de la Iglesia, tales como Evangelio, apostasía y restauración.

Participa en la conversación

Cosas para considerar

  • ¿Qué tipo de cambios hacen que sea difícil para las personas unirse a la Iglesia?
  • ¿De qué manera podría tu amistad ayudar a alguien a volver a la Iglesia o a mantenerse firme en ella?

Lo que podrías hacer

  • Escribir una lista de los desafíos que los conversos a menudo tienen que sobrellevar y fijarte metas para ayudarlos.
  • Invitar a un converso nuevo o a un amigo menos activo a que te ayude a llevar a cabo una actividad para tu clase o quórum.
  • Compartir tus experiencias en la Iglesia, en casa o en línea.
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El pasaje de Escrituras correcto en el momento indicado

Allen Hunsaker, Arizona, EE. UU.

Cuando me desempeñaba como capellán auxiliar en el sistema de cárceles del condado de Maricopa, Arizona, EE. UU., visitaba a los detenidos que solicitaban un capellán Santo de los Últimos Días y compartía con ellos un pasaje de las Escrituras y una oración. En una ocasión, una jovencita pidió que se la visitara.

Fui a la sección de la cárcel donde se encontraba y que estaba detrás de varias puertas cerradas con llave. El área de recepción tenía dos mesas estilo cafetería con un banco de cada lado y un escritorio donde había un guardia. Le di al guardia la solicitud, me senté en uno de los bancos y esperé a la joven.

Cuando ella entró al área de recepción, me levanté, la saludé y le sugerí que nos sentáramos a la mesa. Se veía triste y desarreglada, y estaba al borde de las lágrimas. Mientras me hablaba de su situación, consideré qué pasaje de las Escrituras compartir con ella. Escuché atentamente sus inquietudes y, tras revelar las dificultades que había tenido a raíz de varias conductas compulsivas y malas decisiones, me vino a la mente el pasaje de las Escrituras perfecto para ayudarla: Mosíah 3:19.

Abrí el Libro de Mormón en Mosíah 3:19, se lo puse enfrente y le pedí que leyera. Al principio parecía estar un poco contrariada, y empezó a leer con una voz rápida y monótona que parecía expresar molestia por habérsele pedido que leyera un pasaje. Cuando terminó la primera frase, “Porque el hombre natural es enemigo de Dios”, la interrumpí para explicarle el significado de “el hombre natural”. Cuando entendió a lo que se refería, continuó leyendo. Su voz empezó a cambiar de tono gradualmente y leía más despacio a medida que las palabras empezaban a cobrar sentido para ella.

Al comenzar a leer la lista de atributos de un “santo” que son característicos de un niño, bajó aún más la velocidad, y me pude dar cuenta de que estaba absorbiendo el significado de cada atributo detallado en el versículo. Cuando leyó “sumiso, manso, humilde, paciente”, empecé a sentir la influencia del Espíritu a nuestro alrededor. Cuando leyó las palabras “lleno de amor y dispuesto a someterse”, fui testigo de un cambio en ella. Su rostro se iluminó, y su actitud, tono de voz y porte en general parecían haber sido afectados por el Espíritu. Pude ver esperanza conforme el Espíritu le enseñaba lo que esas palabras significaban para ella y la forma en que debía hacer los cambios descritos en el pasaje.

Hice una oración y luego estreché la mano de la jovencita afectuosamente. Salí de la cárcel con un elevado nivel espiritual. Nunca antes había visto un efecto tan inmediato, poderoso y magnífico como resultado de las Escrituras. Conocía el versículo en Mosíah 3:19 porque lo había visto con frecuencia durante mi lectura de las Escrituras, pero nunca antes había entendido la profundidad del impacto que podía llegar a tener en alguien.