Día de dedicación

Presidente Thomas S. Monson.

“Como expresión de nuestro amor por el Señor, ¿no podríamos rededicar nuestras vidas y hogares del mismo modo?”

Uno de mis himnos favoritos describe los tiernos sentimientos de mi corazón y de mi alma en este hermoso día de dedicación, y creo que la letra también describirá los de ustedes:

¡En este día de gozo y dicha,

Tu nombre alabamos, Señor;

En este lugar donde adoramos

Declaramos Tu gloria en alta voz!

¡Claro y limpio se eleva el son

Entre cánticos de alabanza

A nuestro Creador, Rey y Señor!1

El 7 de abril de 1863, Charles C. Rich habló en cuanto a la necesidad de edificar un tabernáculo donde reunirse, y declaró: “¿Qué diré sobre el tabernáculo? Es evidente que podemos disfrutar ya de la bendición de una construcción semejante, mas si lo posponemos, ¿cuándo lo haremos? Cuando se levante ese edificio, podremos disfrutar del beneficio y de las bendiciones que nos dará. Este mismo principio se aplica a todo lo que tenemos entre manos, ya sea construir un templo, edificar un tabernáculo, enviar carromatos a la frontera para recoger a los pobres, o… cualquier otra cosa que se requiera de nosotros. Y nada de esto se realizará a menos que trabajemos y hagamos algo nosotros mismos. No tenemos a nadie más de quien depender, así que tenemos la obligación de trabajar y hacerlo bien de nuestra parte”2.

¡Y pusieron manos a la obra!

Doy gracias a Dios por nuestro noble profeta, el presidente Gordon B. Hinckley, quien, con la visión de un vidente, reconoció la necesidad de este magnífico edificio y, con la ayuda de muchas otras personas, “puso manos a la obra”. El resultado está hoy ante nosotros y será dedicado esta mañana.

Como símbolo de nuestra gratitud, como expresión de nuestro amor por el Señor, ¿no podríamos rededicar nuestras vidas y hogares del mismo modo?

En su epístola a los corintios, el apóstol Pablo incluyó un matiz apostólico sobre el compromiso que tenemos de edificar cuando declaró: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?”3.

La necesidad de la dedicación personal y de la renovación del compromiso son esenciales en la sociedad actual. Echemos un rápido vistazo a varios artículos periodísticos que describen nuestra situación.

Lo siguiente procede de la agencia Associated Press: “En nombre de la libertad de expresión, la Corte Suprema abolió una ley federal que protegía a los niños de los canales de televisión por cable con contenidos sexuales”4.

El siguiente relato venía en el diario The San Jose Mercury News: “Puede que Alemania sea el motor económico de Europa, pero los domingos se apaga. Las fuerzas del mercado global están comenzando a alterar el tradicional día de descanso alemán. Con… el estilo americano [de poder comprar todos los días de la semana] y con Internet ofreciendo un acceso de 24 horas a los bienes del mundo, los rígidos horarios comerciales ‘son como un castillo de la Edad Media’. Para competir con otras ciudades del mundo, Berlín debe ser más agresiva. ‘Queremos hacer más dinero’ “5.

Al contemplar la desilusión que actualmente embarga a miles de personas, aprendemos por las malas lo que un antiguo profeta escribió para nosotros hace tres mil años: “El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener no sacará fruto”6.

El reverenciado Abraham Lincoln describió nuestra difícil situación con exactitud:

“Hemos sido los receptores de la más selecta abundancia de los cielos; hemos sido preservados todos estos años con paz y prosperidad; hemos crecido en número, en riqueza y en poder… pero hemos olvidado a Dios. Hemos olvidado la mano misericordiosa que nos preservó en paz, que nos multiplicó, enriqueció y fortaleció, y vanamente nos hemos imaginado, en el espíritu engañoso de nuestro corazón, que todas estas bendiciones eran fruto de una sabiduría y virtud humanas de carácter superior. Embriagados de un éxito continuo, hemos llegado a ser demasiado autosuficientes para sentir la necesidad de la gracia protectora y redentora, demasiado orgullosos para orar al Dios que nos creó”7.

Cuando la tormenta azota los mares de la vida, el marinero sabio busca un puerto de paz. La familia, como tradicionalmente la hemos conocido, es dicho refugio seguro. “El hogar es la base para una vida recta y no hay nada que pueda suplantarlo ni cumplir sus funciones esenciales”8. En realidad, el hogar es mucho más que una casa. La casa se construye de madera, ladrillo y piedra. El hogar consiste de amor, sacrificio y respeto. Una casa puede ser un hogar, y éste puede ser un refugio cuando alberga a una familia. Cuando los verdaderos valores y las virtudes básicas son el fundamento de las familias que constituyen la sociedad, la esperanza vencerá a la desesperación, y la fe triunfará sobre la duda.

Tales valores, al enseñarse y vivirse en nuestras familias, serán como la ansiada lluvia para la tierra seca; se engendrará el amor; se realzará la lealtad a uno mismo y se fomentarán virtudes como el carácter, la integridad y la bondad. La familia debe ocupar su lugar primordial en nuestro modo de vida, ya que es el único cimiento sobre el que una sociedad de seres humanos responsables puede edificar el futuro mientras mantiene los valores que tanto aprecia en el presente.

Hay diversos tipos de hogares felices. Algunos son familias con padre, madre, hermanos y hermanas que viven juntos en un espíritu de amor. Otras consisten en un padre soltero con uno o dos hijos, mientras que otros hogares no tienen más que un inquilino. Sin embargo, existen algunos elementos particulares de un hogar feliz, sin importar el número ni el tipo de integrantes de la familia. Estos elementos son los siguientes:

La costumbre de orar.

Una fuente de aprendizaje.

Un legado de amor.

Jacob, hermano de Nefi, declaró en el continente americano: “Confiad en Dios con mentes firmes, y orad a él con suma fe”9.

Se le preguntó a un eminente juez lo que nosotros, ciudadanos de los países del mundo, podíamos hacer para reducir el crimen y la desobediencia a la ley, y traer paz y felicidad a nuestra vida y países. Él respondió con seriedad: “Yo sugeriría que se volviera a la vieja práctica de la oración familiar”.

En cuanto al hacer de nuestra vida y de nuestro hogar una fuente de aprendizaje, el Señor aconsejó: “Buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe”10.

Los libros canónicos nos ofrecen esta fuente de aprendizaje a la que me refiero. Debemos tener cuidado de no subestimar la capacidad que tienen los niños para leer y entender la palabra de Dios.

Como padres, debemos recordar que nuestra vida puede ser el libro de la biblioteca familiar que más atesoren los hijos. ¿Es nuestro ejemplo digno de emular? ¿Vivimos de tal modo que un hijo o una hija pueda decir “Quiero seguir a mi padre” o “Quiero ser como mi madre”? A diferencia del libro del estante de la biblioteca, cuyas cubiertas protegen su contenido, nuestra vida no puede estar cerrada. Padres, en verdad somos un libro abierto en la fuente de aprendizaje de nuestro hogar.

¿Somos un ejemplo del legado del amor? ¿Lo son nuestros hogares? Bernadine Healy aconsejó lo siguiente durante un discurso pronunciado en una entrega de diplomas:

“Como doctora en medicina que ha tenido el gran privilegio de compartir los más profundos instantes de la vida de las personas, incluso sus últimos momentos, permítanme contarles un secreto. La gente que se enfrenta a la muerte no se pregunta qué títulos académicosha conseguido, qué puestos ha desempeñado o cuánta riqueza ha acumulado. Al final, lo que verdaderamente importa es quién te ha amado y a quién has amado. El círculo del amor lo es todo y constituye una excelente medida de nuestra vida pasada. Es el don de mayor valor”11.

El mensaje de nuestro Señor y Salvador era un mensaje de amor que puede ser como una luz en nuestro camino hacia la exaltación.

“Cerca del fin de sus días, un padre reflexionaba en cómo había empleado su tiempo. Siendo un aclamado y respetado autor de numerosas obras de erudición, dijo: ‘Desearía haber escrito un libro menos y haber llevado a mis hijos de pesca un poco más a menudo’.

“El tiempo pasa fugazmente. Mucho padres dicen que fue ayer cuando sus hijos nacieron. Ahora esos hijos han crecido; quizás tengan sus propios hijos. ‘¿A dónde se fueron los años?’ “, se preguntan. No podemos reclamar el tiempo pasado, no podemos detener el tiempo actual, y no podemos vivir el futuro en el presente. El tiempo es un don, un tesoro que no podemos hacer a un lado para el mañana, sino para usarlo sabiamente hoy.

¿Hemos cultivado un espíritu de amor en nuestros hogares? El presidente David O. McKay observó: “El verdadero hogar mormón es aquel en el que, si Cristo entrara, se sentiría complacido de quedarse y descansar”12.

¿Qué estamos haciendo para asegurarnos de que nuestros hogares reflejen esa descripción? ¿Somos nosotros mismos un reflejo de ella?

A lo largo del camino de la vida se producen bajas. Algunos se alejan de las señales que conducen a la vida eterna, sólo para descubrir que el desvío escogido no conduce sino a un callejón sin salida. La indiferencia, la despreocupación, el egoísmo y el pecado cobran un elevado pago de vidas humanas. Hay quienes, por motivos inexplicables, marchan al compás de otra melodía, para más tarde descubrir que han seguido al flautista del dolor y del sufrimiento.

Hoy se extiende desde este púlpito una invitación a toda la gente del mundo: vuelve de tu errante sendero, viajero cansado; vuelve al Evangelio de Jesucristo, a ese paraíso llamado hogar. Aquí descubrirás la verdad, aprenderás sobre la realidad de la Trinidad, el consuelo del plan de salvación, la santidad del convenio del matrimonio o el poder de la oración personal, vuelve a casa.

Muchos recordamos de nuestra juventud el relato de un muchacho que fue llevado de casa de sus padres a un pueblo lejano. El joven creció en esas condiciones, sin saber de sus verdaderos padres ni de su hogar.

¿Dónde podría hallarlo? ¿Dónde encontraría a sus padres? Oh, si tan sólo pudiera recordar sus nombres, su búsqueda sería menos descorazonadora. Buscó con denuedo recordar aunque sólo fuera un detalle de su infancia.

Como un relámpago de inspiración, recordó el sonido de una campana situada en lo alto de la iglesia del pueblo y que les daba la bienvenida en el día de reposo. El joven se fue de pueblo en pueblo, buscando el familiar sonido. Algunas campanas eran casi iguales y otras sonaban muy diferentes de las que recordaba.

Finalmente, un domingo de mañana, el cansado joven estaba ante la iglesia de un pueblo cualquiera y escuchó con atención el repique de la campana. No se parecía a ninguna de las otras campanas, con excepción de aquella que tañía en el recuerdo de sus días de la infancia. Sí, era la misma campana, el sonido era idéntico. Los ojos se le llenaron de lágrimas, el corazón le rebosaba de felicidad; tenía el alma llena de gratitud. El joven se arrodilló, miró hacia el campanario–hacia el cielo– y susurró en una oración de agradecimiento: “Gracias Dios, porque estoy en casa”.

Como el tañido de una familiar campana será la verdad del Evangelio de Jesucristo para el alma que lo busca diligentemente. Muchos de ustedes han realizado un largo viaje en busca de aquello que les suena familiar. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días les extiende una seria petición: abran sus puertas a los misioneros; abran sus mentes a la palabra de Dios; abran el corazón –aun el alma misma– al sonido de la voz suave y apacible que testifica de la verdad. Tal y como prometió el profeta Isaías: “Tus oídos oirán… palabra que diga: éste es el camino, andad por él”13. Entonces, al igual que el muchacho del que he hablado, también ustedes se arrodillarán para decirle a nuestro Dios: “Estoy en casa”.

Que ésa sea la bendición de todos, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Robertson, Leroy J., Hymns of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, Nº 64.

  2. Deseret News Weekly, 20 de mayo de 1863, pág. 369.

  3. 1 Corintios 3:16.

  4. Richard Carelli, “High Court Kills Limits on TV Sex,” The Salt Lake Tribune, pág. A1, 23 de mayo de 2000.

  5. Daniel Rubin, “Global Economy Erodes Ban on Sunday Shopping,” The Salt Lake Tribune, pág. A1, 23 de mayo de 2000.

  6. Eclesiastés 5:10.

  7. James D. Richardson, A Compilation of the Messages and Papers of the Presidents, 10 tomos, 1897, 5:3366.

  8. En Conference Report, octubre de 1962, pág. 72.

  9. Jacob 3:1.

  10. Doctrina y Convenios 88:118.

  11. “On Light and Worth: Lessons from Medicine”, discurso de apertura, Vassar College, 29 de mayo de 1994, pág. 10, colecciones especiales.

  12. Conference Report, octubre de 1947, pág. 120.

  13. Isaías 30:21.

Rebecca Swain Williams: “Constante e inmutable”

Por Janiece Lyn Johnson

A pesar de la hostilidad de su familia hacia la Iglesia, esta conversa de los primeros días permaneció fiel y dedicada a la obra.

En junio de 1834, una joven madre a quien su padre iba a desheredar, escribió una carta audaz y conmovedora en la que expresaba su convicción de la Restauración. Aunque debe de haber sabido que las probabilidades de lograr cambiar la opinión de su padre eran escasas, Rebecca Swain Williams igualmente permaneció firme a pesar de las consecuencias inminentes. Le declaró a su padre, Isaac, que el Libro de Mormón y la Iglesia eran verdaderos, exactamente como el profeta José Smith lo había dicho, y que ella había escuchado a los Tres Testigos “declarar en reuniones públicas que vieron un Santo Ángel descender del cielo y [traer] las planchas y [colocarlas] ante sus ojos” 1 .

El testimonio de Rebecca es conmovedor, no sólo por el poder que transmite sino también debido a su testimonio inquebrantable y su voluntad inflexible. A pesar del rechazo de su padre y del hecho de que su esposo, Frederick G. Williams, se alejó de la Iglesia por un tiempo, Rebecca nunca permitió que su fe flaqueara. Rebecca, infatigable e inmutable, es un ejemplo para nosotros hoy de cómo podemos permanecer firmes e inquebrantables ante los desafíos más grandes de la vida, incluso cuando aquellos más allegados a nosotros rechacen nuestra fe y nos menosprecien.

Conversión a la Iglesia

Rebecca Swain nació en Pensilvania, EE. UU. en 1798, y fue la menor de diez hijos 2 . Cuando tenía unos nueve años, su familia se mudó a Niágara, cerca de la frontera de los Estados Unidos con Canadá. Estaban tan cerca del Fuerte Niágara que oían los disparos cuando alguien atacaba el fuerte durante la Guerra de 1812. Aun de pequeña, Rebecca demostró su intrepidez. En una ocasión, mientras andaba sola por el bosque, se encontró cara a cara con un oso en el camino. Como tenía una sombrilla en la mano, la abrió y la cerró varias veces en la cara el oso, y el oso huyó 3 .

Cuando Rebecca tenía diecisiete años, cruzó el Lago Ontario para visitar a su hermana que vivía en Detroit. Durante la travesía conoció al piloto del barco, alto y de ojos oscuros, Frederick Granger Williams. Las charlas frecuentes transformaron rápidamente el afecto en amor y se casaron a fines del año 1815. Los Williams vivieron en varias partes de la gran reserva al oeste de Ohio, EE. UU., antes de establecerse en Kirtland alrededor del año 1828. Su esposo empezó a ejercer como médico y llegó a ser bastante conocido por sus habilidades; Rebecca aprendió a ayudarlo con los procedimientos. Juntos, tuvieron cuatro hijos.

Durante el otoño de 1830, los primeros misioneros mormones llegaron a Kirtland. Rebecca los escuchó con interés y asistió a todas las reuniones de los misioneros; incluso llevó a sus hijos. Frederick asistía tan a menudo como se lo permitía su práctica médica. Los dos estudiaban, analizaban y aprendían juntos, pero Frederick no estaba tan firme en su dedicación. Mientras tanto, Rebecca se convenció de la veracidad del Evangelio.

Un biógrafo de la familia luego describió a Rebecca como una especie de Eva en el Jardín de Edén: fue “la primera en entender que era necesario” pasar a formar parte activa del convenio del Evangelio 4 . Se bautizó en octubre de 1830.

Frederick todavía vacilaba. A veces quería dejar de asociarse con la Iglesia, pero al final no podía porque se sentía atraído nuevamente a ese nuevo y sagrado libro de Escritura: el Libro de Mormón. Al sentir la influencia del Espíritu, reconoció la veracidad del Evangelio, siguió el ejemplo de Rebecca y se bautizó.

Servicio dedicado

Cuando la Iglesia rápidamente pasó a ser el centro de la vida de Frederick y Rebecca, el impacto que ello tuvo en la familia fue inmediato. Frederick fue ordenado élder inmediatamente después de su bautismo y confirmación. Al día siguiente, aceptó con entusiasmo la asignación de partir unas pocas semanas después para servir en una misión con Oliver Cowdery. Habían previsto que la misión duraría tres semanas, pero en realidad se convirtió en un viaje de diez meses a Misuri. Esa larga ausencia de su hogar fue el primero de muchos períodos similares para Rebecca. Debido a su labor misional y a que fue llamado a la Primera Presidencia, Frederick a menudo no estaba en su casa. Rebecca, al igual que muchas de las primeras mujeres mormonas, pasaba largos meses atendiendo su hogar y criando a sus hijos sin la ayuda de su esposo.

A pesar del trabajo, Rebecca siguió fiel y sirvió de buen grado. Cuando primero se mudaron a Kirtland, el profeta José Smith y su familia se hospedaron durante un tiempo en la casa de los Williams. Rebecca fue fiel al Profeta y a su familia al cuidarlos durante épocas de pruebas. En una ocasión, llegó un populacho y rodeó la casa en busca de José. Rebecca disfrazó a José con el sombrero y la capa de ella y así José pudo abandonar la casa y pasar entre la multitud para ir a un lugar seguro.

En marzo de 1832, Rebecca nuevamente le brindó una ayuda invaluable al Profeta cuando un populacho irrumpió en la granja de John Johnson en Hiram, Ohio, y atacaron violentamente a José Smith y a Sidney Rigdon. Tras golpear a Sidney hasta dejarlo inconsciente e intentar hacer que José tragara veneno, el populacho cubrió de alquitrán y plumas al Profeta. Cuando Emma Smith vio a su esposo, confundió el alquitrán con sangre y se desmayó 5 . Rebecca y Frederick pasaron aquella noche quitando el alquitrán del sangriento y desgarrado cuerpo de José y cuidando a los hijos de los Smith. Su auxilio fue de gran ayuda, ya que José halló la fuerza para predicar a la mañana siguiente.

Compartir el Evangelio con convicción

Uno de los anhelos más persistentes de Rebecca era que su familia, su padre en particular, aceptara el Evangelio restaurado y recibiera las gozosas bendiciones de la fe. Ella, como Lehi, había probado el amor de Dios y deseaba compartirlo con las personas más cercanas (véase 1 Nefi 8:12). Con esto en mente, Rebecca escribió a su familia con entusiasmo acerca de su conversión y de su testimonio, y sobre el gran gozo que sentía como miembro de la Iglesia.

No obstante, la conversión de Rebecca enfureció a su padre. En su breve respuesta, le exigió que dejara la Iglesia. Pero eso no hizo que Rebecca cambiara de idea. Su respuesta, según la describe un historiador de la familia, fue que “estaba más segura que nunca de su convicción de la veracidad de las doctrinas mormonas”, e incluyó su poderoso testimonio 6 . Para su tristeza, la carta no produjo el efecto que ella esperaba. Su padre amenazó con repudiarla y prometió cortar toda comunicación con ella si no dejaba la Iglesia.

Aún así, Rebecca no cedió y continuó esforzándose por compartir el Evangelio. En 1834 escribió otra carta —la única que subsiste— a su padre, en la cual revelaba la profundidad de su fe y el dolor que sentía porque él se negaba a aceptar cualquier cosa de los mormones.

Su padre había leído los artículos de periódico que atacaban a la Iglesia, en particular con respecto al Libro de Mormón y el testimonio de los Tres Testigos, e intentó disuadir a Rebecca en cuanto esos temas.

“Me produce dolor enterarme de que te perturba tanto el Libro de Mormón”, escribió ella. Citando pasajes del Libro de Mormón y de las nuevas revelaciones de José Smith, Rebecca expresó su testimonio del Libro de Mormón. Además, explicó que el libro profetizaba que se escogería a tres testigos. Como prueba, citó al antiguo profeta Éter, quien dijo que “en boca de tres testigos se [establecería]” la veracidad del libro (Éter 5:4) 7 .

Rebecca luego explicó que había visto personalmente a los Tres Testigos —David Whitmer, Martin Harris y Oliver Cowdery— y los había escuchado testificar que habían visto un ángel y las planchas de oro. Después de defender su testimonio y defenderlos a ellos, instó a su padre a que investigara más sobre la obra. Le escribió a su padre: “si tú y mamá conocieran como nosotros las circunstancias relacionadas con esta obra, estoy convencida de que creerían en ella” 8 .

Haciendo eco de la promesa de Moroni que se encuentra al final del Libro de Mormón, Rebecca rogó a su familia que le pidieran a Dios que “iluminara su mente en pos de la verdad”. Luego hizo planes para enviar un misionero que fuera “capaz de enseñar el Evangelio según Jesús” a fin de que tuvieran más ayuda 9 . Al final, su padre no quiso saber nada de ello.

Aun las cartas que Rebecca le envió a su hermano John, con quien era muy unida, se las devolvieron sin abrir. En el reverso de una de las cartas que le enviaron de vuelta, John escribió: “Papá me prohíbe leer tu carta o escribirte. Adiós y que Dios te bendiga siempre. Tu hermano, John” 10 .

A pesar de eso, la labor misional de Rebecca tuvo éxito con su hermana mayor, Sarah Swain Clark; Sarah se unió a la Iglesia en Michigan, en 1832. Las hijas de Sarah también se unieron a la Iglesia y fueron fieles durante toda su vida.

Fiel hasta el fin

A pesar de la pena y el dolor que Rebecca sentía por las decisiones de su padre, aún lo amaba. Ella escribió: “Mi corazón llora por mis familiares en la carne… Ruego al Señor que te dé consuelo en tus últimos días con Su Santo Espíritu y que sean esos días los mejores… Espero que tu mente se serene con respecto a esta obra. Ten la seguridad de que nos encontramos firmes en la causa porque sabemos que el Señor está a la cabeza” 11 .

Rebecca no sólo tuvo que enfrentar la incredulidad de su padre, sino también problemas por la falta de dedicación de su esposo a la fe. Durante 1837 y 1838, su esposo, Frederick, que en ese entonces era miembro de la Primera Presidencia, en repetidas ocasiones estuvo en desacuerdo con otros líderes de la Iglesia; incluso dejó la Iglesia por un tiempo y fue excomulgado. Sin embargo, Frederick se humilló, volvió a unirse a la Iglesia y murió con todos los derechos de miembro. Aunque no tenemos registros de lo que sintió Rebecca durante esa época, ella no se arrepintió de su lealtad para con los santos y se mantuvo firme.

Cuando los rumores de la disconformidad de Frederick llegaron hasta el padre de Rebecca, que se encontraba en Nueva York, Isaac esperaba que Rebecca renunciara a su fe también. Sin embargo, Rebecca le envió una carta que demostraba su fidelidad constante. Tras leer su respuesta, Isaac movió la cabeza y dijo: “Ni una sola palabra de arrepentimiento” 12 .

Rebecca siguió defendiendo incondicionalmente a José Smith y a la Iglesia restaurada; y a pesar de los sacrificios que trajo el escoger la Iglesia en vez de a su padre, Rebecca siguió honrándolo. Ella valoraba lo que su padre le había enseñado y expresó su gratitud y amor por él. Terminó la carta que le escribió en 1834 diciendo: “Siempre recordaré las enseñanzas… que he recibido de mi amado padre” 13 .

En 1839, el padre de Rebecca falleció. Tan sólo tres años después perdió a su esposo. A pesar de las dificultades tan dolorosas, la fe y el valor de Rebecca no cesaron. Cuando los santos caminaron hacia el Oeste, en dirección a Utah, ella viajó con la familia de su hijo Ezra y condujo su propia yunta. Luego se hizo cargo de una granja en Mill Creek. Cuando terminó la construcción del Tabernáculo de Salt Lake y se les pidió a los santos que donaran lo que pudieran, ella entregó un juego de cucharas de plata para que hicieran bandejas para la mesa de la Santa Cena. Finalmente, en 1860, aunque estaba muy débil, cuando el presidente Brigham Young le pidió a su familia que se estableciera en el lejano Cache Valley, Utah, con gusto se trasladó una vez más y nuevamente condujo su propia yunta.

Rebecca murió en Smithfield, Utah, el 25 de septiembre de 1861. Se mantuvo fiel a sus creencias, a su conocimiento de la verdad y a las experiencias que había tenido. Permaneció “constante e inmutable” hasta el fin (Mosíah 5:15).

Referencias

1. De Rebecca Swain Williams a Isaac Fischer Swain, 4 de junio de 1834, Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City.
2. La información bibliográfica proviene de Nancy Clement Williams, Meet Dr. Frederick Granger Williams … and His Wife Rebecca Swain Williams: Read Their True Story in the First Introduction—after 100 Years, 1951; y Frederick G. Williams, “Frederick Granger Williams of the First Presidency of the Church”, BYU Studies, tomo XII, N° 3, 1972, págs. 243–261.
3. Williams, Meet Dr. Frederick Granger Williams, pág. 5.
4. Williams, Meet Dr. Frederick Granger Williams, pág. 55.
5. Historia de la Iglesia, tomo I, pág. 263.
6. Williams, Meet Dr. Frederick Granger Williams, pág. 63.
7. Véase también carta de Rebecca Williams del 4 de junio de 1834.
8. Carta de Rebecca Williams del 4 de junio de 1834.
9. Carta de Rebecca Williams del 4 de junio de 1834.
10. En Williams, Meet Dr. Frederick Granger Williams, pág. 63.
11. Carta de Rebecca Williams del 4 de junio de 1834.
12. Carta de George Swain, 17 de marzo de 1839, texto mecanografiado, Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City.
13. Carta de Rebecca Williams, 4 de junio de 1834.