El corazón de la viuda.

Elder O. Vincent Haleck

Hagamos lo que sea necesario para tener el corazón de la viuda, regocijándonos verdaderamente en las bendiciones que satisfarán la “pobreza” que resulte.

He tenido la gran bendición de servir entre los santos del Pacífico la mayor parte de mi vida adulta. La fe, el amor y los sacrificios increíbles de esos santos devotos me llenan de inspiración, gratitud y gozo. Sus relatos son como los de ustedes.

Me ha pasado por la mente que esos santos tienen mucho en común con la viuda a la que el Salvador observaba mientras Él “sentado… miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho.

“Y vino una viuda pobre y echó dos blancas…

“Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado al arca,

“porque… han echado de lo que les sobra; pero esta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento”1.

Aunque sus dos blancas eran una pequeña contribución, para el Salvador su dádiva era de valor supremo, porque ella lo dio todo. En ese momento, el Salvador conoció por completo a la viuda porque la dádiva de ella le mostró a Él su corazón. La calidad y la profundidad de su amor y su fe fueron tales que ella dio sabiendo que su “pobreza” sería provista.

He visto el mismo sentimiento en los santos del Pacífico. En una pequeña aldea de una de esas islas, un hombre mayor y su esposa aceptaron la invitación de los misioneros de preguntar sinceramente al Señor si las lecciones que se les enseñaban eran verdaderas. Durante ese proceso, ellos también consideraron las consecuencias de los compromisos que tendrían que hacer si la respuesta que recibieran los llevara a aceptar el Evangelio restaurado. Ayunaron y oraron para conocer la veracidad de la Iglesia y la autenticidad del Libro de Mormón. La respuesta a sus oraciones llegó como una afirmación dulce y clara: “¡Sí! ¡Es verdad!”.

Habiendo recibido ese testimonio, escogieron ser bautizados. Esa no fue una elección sin consecuencias; su decisión y su bautismo tuvieron un alto precio. Perdieron su empleo, sacrificaron su posición social, se disolvieron amistades importantes y la familia les retiró su apoyo, amor y respeto. Ahora ellos caminaban a la Iglesia cada domingo, intercambiando miradas incómodas con sus amigos y vecinos que iban en la dirección opuesta.

Durante esas circunstancias difíciles, a ese buen hermano se le preguntó cómo se sentía sobre la decisión que tomaron de unirse a la Iglesia. Su respuesta sencilla y firme fue: “Es verdadera, ¿no es así? Nuestra elección fue clara”.

Esos dos santos recién convertidos en verdad tenían el corazón de la viuda. Ellos, al igual que la viuda, “echaron todo” lo que podían dar, sabiendo que daban de su “pobreza”. Como resultado de su corazón creyente y su fe inquebrantable durante esos momentos difíciles, sus cargas fueron aliviadas. Recibieron ayuda y los rodearon miembros de la Iglesia que los apoyaron y ministraron, y fueron fortalecidos personalmente por su servicio en sus llamamientos de la Iglesia.

Después de dar su “todo”, el día más grandioso llegó cuando fueron sellados en el templo como una familia eterna. Al igual que Él hizo con los conversos bajo el liderazgo de Alma, “el Señor los fortaleció de modo que pudieron soportar sus cargas con facilidad, y se sometieron alegre y pacientemente a toda la voluntad del Señor”2. Tal es el corazón de la viuda que se manifiesta en esta pareja maravillosa.

Deseo hablar sobre otra experiencia en la que el corazón de la viuda quedó claramente a la vista. En Samoa, trabajamos con los consejos de las aldeas para obtener acceso para que los misioneros prediquen el Evangelio. Hace algunos años, tuve una conversación con el jefe de una aldea donde se habían prohibido los misioneros durante muchos, muchos años. Mi conversación ocurrió no mucho tiempo después de que el jefe principal hubo abierto la aldea a la Iglesia, permitiendo que nuestros misioneros enseñaran a aquellos interesados en aprender sobre el Evangelio y sus doctrinas.

Después de tantos años de tener ese cambio milagroso, sentí curiosidad de saber lo que había sucedido para que el jefe principal tomara esa acción. Pregunté sobre eso y el jefe con quien estaba conversando respondió: “Un hombre puede vivir en la oscuridad por un tiempo, pero llegará un momento en el que deseará ver la luz”.

El jefe principal, al abrir la aldea, demostró el corazón de la viuda; un corazón que se suaviza cuando la calidez y la luz de la verdad se revelan. Ese líder estaba dispuesto a ir en contra de años de tradición, enfrentar mucha oposición y permanecer firme para que otras personas pudieran ser bendecidas. Era un líder cuyo corazón estaba centrado en el bienestar y la felicidad de su pueblo, antes que en inquietudes sobre tradición, cultura y poder personal. Descartó esas preocupaciones a favor de lo que el presidente Thomas S. Monson nos ha enseñado: “Al seguir el ejemplo del Salvador, tendremos la oportunidad de ser una luz en la vida de otras personas”3.

Finalmente, permítanme compartir con ustedes una experiencia más entre los santos del Pacífico que permanece profunda y espiritualmente arraigada en mi alma. Hace varios años, fui un joven consejero de un obispo en un barrio nuevo en Samoa Americana. Teníamos 99 miembros que eran pequeños granjeros, trabajadores de plantas de envasado, empleados gubernamentales y sus familias. Cuando la Primera Presidencia anunció en 1977 que se iba a construir un templo en Samoa, todos nosotros expresamos gozo y agradecimiento. Ir al templo desde Samoa Americana en ese momento requería viajar a Hawái o a Nueva Zelanda. Era un viaje costoso que muchos miembros fieles de la Iglesia no podían costear.

Durante ese período de tiempo se animó a los miembros a que donaran a un fondo para ayudar en la construcción de templos. Con eso en mente, nuestro obispado pidió a los miembros del barrio que consideraran en oración qué podrían dar. Se fijó una fecha para que las familias se reunieran para ofrecer sus donativos. Luego, cuando esos donativos se abrieron en privado, nuestro obispado se sintió humilde y conmovido por la fe y la generosidad de los maravillosos miembros del barrio.

Conociendo a cada familia y sus circunstancias, experimenté un sentimiento profundo y duradero de admiración, respeto y humildad. Esas eran, en todos los sentidos, las blancas de la viuda de hoy dadas libremente de la “pobreza” de ellos, con gozo en la construcción prometida de un santo templo del Señor en Samoa. Esas familias habían consagrado todo lo que podían al Señor, con la fe de que no se les dejaría sin sustento. Esa dádiva manifestó el corazón de la viuda en ellos. Todos los que dieron tan diligente y gozosamente debido al corazón de la viuda en ellos pudieron ver con el ojo de la fe las más grandes bendiciones que estaban disponibles para sus familias, y para todas las personas de Samoa y Samoa Americana, para las generaciones venideras. Sé que sus ofrendas consagradas, sus blancas de la viuda, fueron conocidas y aceptadas por el Señor.

El corazón de la viuda que dio dos blancas es un corazón que dará todo al hacer sacrificios; al soportar dificultades, persecución y rechazo; y al llevar cargas de muchos tipos. El corazón de la viuda es un corazón que experimenta, siente y conoce la luz de la verdad y que da todo para aceptar esa verdad. También ayuda a otras personas a ver la misma luz y a llegar a la misma medida de felicidad y gozo eternos. Finalmente, el corazón de la viuda se define por una disposición de dar todo para la edificación del reino de Dios en la tierra.

Unámonos como santos en todo el mundo para hacer lo que sea necesario para tener el corazón de la viuda, regocijándonos verdaderamente en las bendiciones que satisfarán la “pobreza” que resulte. Mi ruego por cada uno de nosotros es una súplica para que tengamos el corazón para llevar nuestras cargas, hacer los sacrificios necesarios y tener la voluntad de dar y hacer. Prometo que el Señor no los dejará sin sustento. El corazón de la viuda está lleno de agradecimiento de que el Salvador fue “varón de dolores y experimentado en quebranto”4 para que no tuviéramos que probar la “amarga copa”5. A pesar de nuestras debilidades y fallas, y debido a estas, Él sigue ofreciendo Sus manos, que fueron traspasadas para nuestro beneficio. Él nos elevará si estamos dispuestos a entrar en la luz de Su Evangelio, aceptarlo a Él y permitirle saciar nuestra “pobreza”.

Doy testimonio del gran amor que podemos compartir como discípulos y seguidores del Señor Jesucristo. Amo y sostengo al presidente Thomas S. Monson como el profeta de Dios en la tierra. El Libro de Mormón es otro testimonio de Jesucristo al mundo, e invito a todos que lo lean y descubran su mensaje para ustedes. Todos los que acepten la invitación del Señor de venir a Él hallarán paz, amor y luz. Jesucristo es nuestro gran Ejemplo y Redentor. Solo por medio de Jesucristo y del milagro de Su expiación infinita es que podemos recibir la vida eterna. De esto testifico, en Su santo nombre, sí, Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Marcos 12:41–44.

  2. Mosíah 24:15.

  3. Thomas S. Monson, “Sean un ejemplo y una luz”, noviembre de 2015, pág. 88.

  4. Isaías 53:3.

  5. 3 Nefi 11:11.

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El guarda de mi hermano.

Presidente Thomas. S. Monson.

“Los esfuerzos humanitarios que realizan los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días han llegado a todos los rincones del mundo.”

Mis queridos hermanos, sin duda ustedes, al igual que yo, habrán visto los informativos en la televisión y los habrán escuchado en la radio; habrán leído artículos publicados en revistas semanales y mensuales, y habrán reparado en los titulares consternadores de los periódicos. Todos ellos describen las luchas en Bosnia, los conflictos entre las tribus africanas y las extensas inundaciones en los estados de Georgia y Florida, en los Estados Unidos. Este desfile de devastación , de perdida de casas, de grandes daños en las granjas, de negocios arruinados y, sobre todo, del tremendo sufrimiento humano y de muerte continua casi sin interrupción.

Luego de expresar nuestro pesar, indicar nuestra total incredulidad ante estos trágicos eventos, y aun retorcernos las manos en señal de frustración, surge la siguiente pregunta: ¿Cuando van a hacer ellos algo para aliviar este terrible sufrimiento?”

Hace ya muchos años, se originó una pregunta similar, la cual se preservó en las sagradas Escrituras, la Biblia:

“Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo. Y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató.

“Y Jehová dijo a Caín: ¿Dónde esta Abel tu hermano? Y el respondió: No se. ¿soy yo acaso guarda de mi hermano?” (Génesis 4:8–9).

Esta tarde quiero darles la contestación a esa pregunta, la cual representa la respuesta colectiva de los miembros de la Iglesia de todas partes y de la Iglesia misma. Pero antes, algunos breves antecedentes.

En marzo de 1967, durante los primeros años de mi llamamiento como miembro del Consejo de los Doce, asistí a una conferencia de la Estaca Monument Park West, en Salt Lake City. Mi compañero para la conferencia era miembro del Comite General de los Servicios de Bienestar de la Iglesia, el hermano Paul C. Child. El presidente Child era un estudioso de las Escrituras. El había sido mi presidente de estaca durante mis años de poseedor del Sacerdocio Aarónico; y ahora, nos encontrábamos juntos como visitantes de una conferencia.

Cuando le llegó el turno de hablar, el presidente Child tomó el libro de Doctrina y Convenios, dejó el estrado y se puso de pie entre la congregación de poseedores del sacerdocio para los cuales estaba dirigido su mensaje. Luego de abrir el libro en la sección 18, comenzó a leer:

“Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios …

“Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo y me traéis aun cuando fuere una sola alma, ¡cuan grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!” (DyC. 18:10, 15).

El presidente Child alzó entonces la vista de las Escrituras y preguntó a los hermanos: “¿Cual es el valor del alma humana?” No quiso pedir a un obispo ni al presidente de estaca ni a un miembro del Sumo Consejo que contestara la pregunta, sino que eligió al presidente de un quórum de élderes, un hermano que había estado medio dormido y que no había logrado captar la importancia de la pregunta.

El sobresaltado hermano respondió: “Hermano Child, ¿me podría repetir la pregunta por favor?”

Y volvió a repetir la pregunta: “¿Cual es el valor del alma humana?”

Yo conocía el estilo del presidente Child y ore fervientemente por el presidente de ese quórum, que permaneció callado por lo que pareció una eternidad para luego decir: “Hermano Child, el valor del alma humana radica en su capacidad de llegar a ser como Dios”.

Todos los presentes meditaron sobre la respuesta. El hermano Child regresó al estrado, se inclinó y me dijo: “¡Una respuesta profunda; realmente profunda!” Luego continuó con su mensaje, pero yo seguí reflexionando sobre aquella inspirada respuesta.

Otro pionero en el programa de bienestar de la Iglesia, el hermano Walter Stover, que falleció hace algunos meses a la misma edad que el presidente Ezra Taft Benson, comprendía también el valor del alma humana. Durante el servicio funerario del hermano Stover, se le brindó el siguiente tributo:

“El tenía la capacidad de ver a Cristo en todas las personas que conocía y actuar conforme a ello. Es legendario el servicio caritativo que prestó a los demás, al igual que su habilidad para elevar espiritualmente a quienes le rodeaban. La luz que lo guiaba era la voz del Maestro diciendo: ‘De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos … mas pequeños, a mi lo hicisteis”‘ (Mateo 25:40).

La publicación, Times and Seasons, en su numero de marzo de 1842, proclamó lo siguiente:

“En cuanto a la respuesta a la pregunta de cuanto un hombre … debe dar … no tenemos instrucciones especiales … sólo que debe alimentar al hambriento, vestir al desnudo, encargarse de la viuda, secar las lágrimas del huérfano, consolar al afligido, ya sea que pertenezcan a esta Iglesia, a cualquier otra o que no pertenezcan a ninguna iglesia, dondequiera que les encuentre” (Times and Seasons, 15 de marzo de 1842, pág. 732).

Desde los dos días especiales de ayuno que solicitó la Primera Presidencia en el año 1985, los esfuerzos humanitarios de los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días han llegado a todos los rincones del mundo . Millones de necesitados sobre la tierra se han visto bendecidos debido a que miembros de la Iglesia se han sacrificado dando sus fondos y de su tiempo con el fin de proporcionar alimentos de primera necesidad y ropa, establecer programas de vacunación y de alimentación de niños, enseñar a leer y escribir, cavar pozos de agua potable, fomentar el establecimiento de instituciones bancarias en los pueblos, crear nuevos trabajos, mantener hospitales y orfanatos, enseñar los principios elementales de la autosuficiencia y colaborar de muchas otras maneras con el fin de ayudar a los hijos de nuestro Padre Celestial a mejorar su vida tanto en forma espiritual como temporal.

Toda la ayuda humanitaria que se ha dado es grandiosa:

  • Total de donativos en dinero: $23.750.000
  • Valor total de las ayudas prestadas: 72.480.000.
  • Países que se han ayudado: 109.
  • Cantidad de víveres que se han distribuido: 3.615 toneladas.
  • Equipo médico distribuido: 243 toneladas.

Todo lo que acabo de mencionar es aparte del programa básico de bienestar de la Iglesia, el cual recibe sus fondos principales de las ofrendas de ayuno.

Los relatos que escuchamos de la gente que ha trabajado para brindar ayuda humanitaria en los lugares donde se necesitara y el testimonio de las victimas mismas son inspiradores y conmovedores.

Después de su período colonial, una serie de conflictos entre las tribus diezmó la población de Ruanda, en Africa. Durante la primavera pasada, la guerra comenzó nuevamente ocasionando la muerte a mas de medio millón de personas. Los refugiados se amontonan en los sucios y malsanos campos de las fronteras de los países vecinos de Zaire, Uganda, Tanzania y Burundi.

Uniendo sus esfuerzos a los de otras agencias internacionales de ayuda comunitarias, la Iglesia ha donado $1.2 millones de dólares en productos de primera necesidad y en dinero en efectivo para ayudar a los refugiados. La mayoría de la asistencia prometida ya se ha recibido o esta en camino por medio de cuatro agencias de ayuda: Agencias de ayuda católicas, el Comite Internacional de la Cruz Roja, C.A.R.E. y la Comisión de las Naciones Unidas para refugiados, y se planea seguir ayudando para disminuir el dolor de esos hijos de nuestro Padre Celestial.

En Yugoslavia, después de la caída del gobierno anterior, el país se dividió en grupos étnicos. Ese conflicto civil ha dado como resultado la perdida de miles de vidas y ha causado penurias, aflicciones y sufrimientos a millones de personas.

La Iglesia, al trabajar con siete diferentes agencias de ayuda humanitaria ha proporcionado, desde 1991, alimentos, ropa, frazadas, artículos de tocador y suministros médicos evaluados en $850.000. Esta cantidad es suplementaria a las contribuciones individuales que han hecho los miembros de la Iglesia de los países europeos.

En mayo de 1993, Danijela Curcic de Zagreb, de Croacia, escribió esta carta dirigida a las Oficinas Generales de la Iglesia, en la cual expresa su gratitud por los víveres donados por los santos.

“Estimadas personas caritativas :

“Quisiera agradecerles todas las cosas buenas que han hecho por la gente de mi país. Esta terrible guerra civil es un crimen que no perdona a nada ni a nadie. Un sinnúmero de refugiados y miles de niños muertos nos rodean por doquier. Queridos amigos, siento un gran respeto por ustedes porque han demostrado que se preocupan por nosotros. La situación es mas fácil de sobrellevar y no se hace tan dolorosa cuando se sabe que hay personas buenas dispuestas a ayudar”.

Mas cerca de aquí, pero asistidos esta vez por el sistema regular de programas de bienestar de la Iglesia, se encuentran las victimas de la devastadora inundación del sur del estado de Georgia, en los Estados Unidos, de 1994. Treinta y cinco mil familias tuvieron que ser evacuadas, cinco mil personas buscaron refugio temporario en dos de nuestras capillas y la Iglesia proporcionó nueve enormes camiones de carga llenos de víveres y artículos de primera necesidad, principalmente para personas que no eran miembros de la Iglesia.

Un grupo de trabajadores de la Iglesia para casos de emergencia llegó al lugar del desastre con víveres, provisiones de emergencia y todo lo que se había solicitado sólo cinco horas después que el Presidente de Area diera el alerta.

Durante el primer fin de semana de la inundación, quinientos miembros voluntarios ayudaron en la limpieza de mil quinientas sesenta y nueve casas. Al siguiente fin de semana, mas de cinco mil quinientos voluntarios de unidades de la Iglesia de los alrededores de la zona afectada, y aun de mucho mas lejos, llegaron para ayudar.

Poseedores del sacerdocio provenientes de la Estaca Jacksonville Florida Oeste trabajaron como voluntarios todo el fin de semana para limpiar una casa que había estado casi completamente cubierta por la inundación. El dueño de la casa, un Señor jubilado de apellido Davis, que no es miembro de la Iglesia, se sintió gratamente impresionado y conmovido por la ayuda que se le proporcionó. Cuando todo quedó en orden, los hermanos le preguntaron si podían bendecir su casa. Se reunieron todos y el obispo pronunció una bendición, no sólo sobre la casa, sino sobre la familia también, mientras las lágrimas corrían por las mejillas del Señor Davis; la presencia del Espíritu se sintió muy fuertemente. Uno por uno, los voluntarios lo abrazaron y le expresaron lo contentos que se sentían de haber podido ayudarlo. El Señor, a su vez, les dijo que le habían ayudado mucho mas de lo que ellos se imaginaban y que no sabia cómo darles las gracias.

La reacción de los miembros de la Iglesia, y en particular la de los poseedores del sacerdocio en esos casos, llega al corazón y los resultados son verdadera mente maravillosos. Y siempre ha sido así.

En tiempos pasados, después de terminada la terrible matanza de la Segunda Guerra Mundial, el élder Ezra Taft Benson dirigió la ayuda que la Iglesia proporciono en víveres, medicinas y ropa, la cual alcanzó un total de dos millones de dólares, de los años cuarenta, y que para transportarla hasta los miembros europeos que en aquellos días sufrían gran hambre y frío, fue necesario utilizar 133 grandes vagones de ferrocarril. Esa ayuda que se necesitaba tan desesperadamente no sólo salvo vidas, rescató a los desalentados y llevo una nueva esperanza, sino que inspiró animadas oraciones de acción de gracias y expresiones de profunda gratitud de todos ellos. “El amor nunca deja de ser” (1 Corintios 13:8).

Durante una campana que se realizó para juntar ropa abrigada con el fin de enviarla a los sufridos santos, los élderes Harold B. Lee y Marion G. Rommey llevaron al presidente George Albert Smith al edificio de los Servicios de Bienestar de la Iglesia en Salt Lake City. Ellos estaban impresionados por la generosa reacción de los miembros de la Iglesia a la campana de juntar ropa y en prepararla para mandarla al exterior. Los elderes miraron al presidente Smith mientras el observaba a los trabajadores empaquetar esa enorme cantidad de ropa y zapatos donados y vieron que las lágrimas le corrían por la cara. Luego de unos momentos, el presidente Smith se quitó un sobretodo nuevo que llevaba y, entregándolo, dijo: “Por favor, envíen esto también”.

El élder Lee y el élder Romney le dijeron:

“No, presidente, no. No debe dar su sobretodo; hace mucho frío y usted lo necesita”.

Pero el presidente Smith se mantuvo firme.

No hay duda de que la admonición del apóstol Pablo se cumplió ese día:

“… se ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Timoteo 4: 12) .

Hace dos semanas, el élder Dallin H. Oaks, el elder Robert K. Dellenbach y yo asistimos a una conferencia regional en Holanda. Al reunirnos con los miembros de la Iglesia del lugar, recordé el milagro de las papas (patatas) que tuvo lugar en ese país en noviembre de 1947.

La primera semana de noviembre del año 1947, diez enormes camiones cruzaron Holanda y se dirigieron hacia el este llevando una costosa carga: setenta y cinco toneladas de papas, un regalo de los miembros de la Iglesia holandeses a los santos de Alemania.

Varios meses antes, durante la primavera de 1947 [comienza en marzo en el hemisferio norte], se pidió a los miembros de la Misión de los Países Bajos, después de la gran ayuda que habían recibido de los miembros de la Iglesia de los Estados Unidos, que comenzaran ellos también un proyecto de bien estar propio. La idea fue recibida con gran entusiasmo. El sacerdocio se puso en acción y en poco tiempo todos los quórumes habían encontrado un pedazo de tierra adecuado para llevar a cabo el proyecto. Se recomendó que se plantaran papas. En las diferentes ramas de la Iglesia se cantaba, se hablaba y se oraba y finalmente la semilla de papas quedó plantada. Poco tiempo después se escuchaban las buenas nuevas de que habría una buena cosecha y con gran cautela se hacían cálculos sobre cuan grande seria.

Mientras las plantas de papas crecían, el hermano Walter Stover, presidente de la Misión de Alemania Oriental, visitó la Misión de los Países Bajos en Holanda. Durante la visita, con lágrimas en los ojos, habló del hambre que estaban pasando los miembros de la Iglesia en Alemania, quienes se encontraban en condiciones mucho mas deficientes que los santos de los Países Bajos debido a que la ayuda de víveres no había llegado todavía a los miembros de Alemania con la rapidez con que había alcanzado a los santos en Holanda.

Al enterarse el presidente de la Misión de los Países Bajos, el hermano Cornelius Zappey, de la condición en que se encontraban los santos alemanes y de cuanto estaban sufriendo, no pudo menos que sentir una gran compasión por ellos y decidió hacer algo:

‘‘Donemos nuestras papas a los miembros de la Iglesia en Alemania”.

Estoy seguro de que también sentía una gran preocupación, ya que el ejército alemán y el holandés habían estado en contienda y los holandeses habían pasado mucha hambre. ¿Aceptarían hacerlo? Cuando una hermana holandesa viuda que había recibido una bolsa de papas oyó que la mayoría de las papas se darían a los miembros de Alemania, se adelantó y dijo: “Entonces mis papas también tienen que ir con el resto”, y de esa forma, esta necesitada viuda devolvió su bolsa de papas.

¿Cuales son las palabras del Salvador acerca de un hecho similar?

“… De cierto os digo que esta viuda pobre echó mas que todos los que han echado en el arca …

“… echó todo lo que tenía, todo su sustento” (Marcos 12:4344) .

El presidente J. Reuben Clark, hijo, dijo en el año 1936:

“El verdadero objetivo del Plan de Bienestar es la edificación de carácter en los miembros de la Iglesia, tanto en los que dan como en los que reciben, destacando todo aquello que sea de valor en lo mas profundo de su ser. y sacando a florecer y dar fruto la riqueza latente del espíritu, lo cual después de todo es la misión, el propósito y la razón de pertenecer a esta Iglesia” (citado por el presidente Spencer W. Kimball; en “Los Servicios de Bienestar: El evangelio en acción”, Liahona, febrero de 1978, pág. 110) .

“¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?” Esta pregunta eterna ¡se ha contestado! En los salmos de David encontramos la maravillosa promesa:

“Bienaventurado el que piensa en el pobre;

En el día malo lo librara Jehová.

“Jehová lo guardara, y le dará vida;

Será bienaventurado en la tierra,

Y no lo entregaras a la voluntad de sus enemigos.

“Jehová lo sustentara …”

(Salmos 41:13).

Hermanos, que el Señor nos fortalezca a cada uno de los que poseemos el sacerdocio, a fin de que aprendamos nuestro deber como guarda de nuestro hermano y nos encontremos al servicio del Señor, es mi humilde oración en el nombre de Jesucristo. Amen.

Conferencia General, Octubre 1994.