Valor cristiano: El precio del discipulado

Élder Robert D. Hales

Del Quórum de los Doce Apóstoles

Cómo responder a la manera del Señor a quienes nos acusan.

Nos hemos reunido como si fuésemos uno, hemos tomado sobre nosotros el nombre de Jesucristo, y somos cristianos. Una pregunta que deseamos hacer es la siguiente: ¿Por qué, entonces, si tenemos ese amor del Salvador, desearía alguien ser un antagonista o atacarnos?

Recientemente, un grupo de fieles e inteligentes jóvenes Santos de los Últimos Días escribieron algunas de las preguntas más apremiantes que tenían. Una hermana preguntó: “¿Por qué la Iglesia no se defiende más activamente cuando se le hacen acusaciones?”.

En respuesta a su pregunta, diría que una de las grandes pruebas de la vida terrenal se presenta cuando nuestras creencias se ponen en tela de juicio o se critican. En esos momentos quizás queramos responder en forma agresiva y levantar los puños, pero esas son oportunidades importantes para detenernos, orar y seguir el ejemplo del Salvador. Recuerden que Jesucristo mismo fue despreciado y rechazado por el mundo; y en el sueño de Lehi, los que se dirigían hacia el Salvador sufrieron burlas y los “[señalaban] con el dedo” (1 Nefi 8:27). Jesús dijo: “…el mundo… aborreció [a mis discípulos], porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Juan 17:14). Al responder a nuestros acusadores como lo hizo el Salvador, no sólo somos más como Cristo, sino que invitamos a los demás a sentir Su amor y a seguirlo.

Para responder como Cristo lo haría no hay un texto fijo ni una fórmula. El Salvador respondió de manera diferente en cada situación. Cuando compareció ante el malvado rey Herodes, Él permaneció callado; al estar frente a Pilato, ofreció un sencillo y potente testimonio de Su divinidad y propósito; al enfrentarse a los cambistas que profanaban el templo, ejerció Su divina responsabilidad de preservar y proteger lo que era sagrado; al ser levantado en la cruz, pronunció la incomparable afirmación cristiana: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Algunas personas equivocadamente piensan que reacciones tales como el silencio, la mansedumbre, el perdón y el expresar humilde testimonio son respuestas pasivas o débiles, pero, el “[amar] a [nuestros] enemigos, [bendecir] a los que [nos] maldicen, [hacer] bien a los que [nos] aborrecen y [orar] por los que [nos] ultrajan y [nos] persiguen” (Mateo 5:44) requiere fe, fortaleza y, más que todo, valor cristiano.

El profeta José Smith demostró ese valor a lo largo de su vida. Aunque “[sufrió] continuamente severa persecución de toda clase de individuos, tanto religiosos como irreligiosos” (José Smith—Historia 1:27), él no tomó represalias ni cayó en el odio. Como todo verdadero discípulo de Cristo, siguió el ejemplo del Salvador al amar a los demás de manera tolerante y compasiva. Eso es valor cristiano.

Cuando no tomamos represalias, cuando ofrecemos la otra mejilla y dominamos los sentimientos de ira, nosotros también seguimos el ejemplo del Salvador; manifestamos Su amor, que es el único poder que puede someter al adversario y dar una respuesta a nuestros acusadores sin, a la vez, acusarlos a ellos. Eso no es debilidad; eso es valor cristiano.

A través de los años aprendemos que los desafíos a nuestra fe no son nada nuevo, y no es de esperar que desaparezcan pronto. Pero los verdaderos discípulos de Cristo ven la oportunidad en medio de la oposición.

En el Libro de Mormón el profeta Abinadí fue atado y llevado ante el malvado rey Noé. A pesar de que el rey se opuso vigorosamente a Abinadí y al final lo sentenció a muerte, Abinadí de todos modos enseñó el Evangelio con vigor y dio su testimonio. Debido a que Abinadí aprovechó esa oportunidad, un sacerdote llamado Alma se convirtió al Evangelio y trajo muchas almas a Cristo. El valor de Abinadí y de Alma era valor cristiano.

La experiencia demuestra que las épocas de publicidad negativa sobre la Iglesia pueden servir para llevar a cabo los propósitos del Señor. En 1983, la Primera Presidencia escribió a los líderes de la Iglesia: “…la oposición en sí puede ser una oportunidad. Entre los constantes desafíos que enfrentan nuestros misioneros se encuentra la falta de interés en los asuntos religiosos y en nuestro mensaje. Esas críticas crean… interés en la Iglesia… Eso da [a los miembros] la oportunidad de presentar la verdad a aquellas personas cuya atención está dirigida hacia nosotros”1.

Podemos aprovechar esas oportunidades de muchas maneras: una carta amable al editor de un diario, una conversación con un amigo, un comentario en un blog o una palabra tranquilizadora a alguien que haya hecho un comentario despectivo. Podemos responder con amor a aquellos en quienes ha influido la información errónea y el prejuicio, aquellos que “no llegan a la verdad sólo porque no saben dónde hallarla”(D. y C. 123:12). Les aseguro que el responder a nuestros acusadores de esa manera nunca es una debilidad; esel valor cristiano en acción.

Al responder a los demás, cada circunstancia será diferente. Afortunadamente, el Señor conoce el corazón de nuestros acusadores y cómo podemos responderles de la manera más eficaz. A medida que los verdaderos discípulos buscan la guía del Espíritu, reciben inspiración específica para cada situación; y en cada situación los verdaderos discípulos responden de un modo que invita al Espíritu del Señor. Pablo les recordó a los corintios que su predicación no “fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder” (1 Corintios 2:4). Ya que ese poder reside en el Espíritu del Señor, nunca debemos contender cuando hablamos de nuestra fe. Como se dan cuenta casi todos los misioneros, el discutir sobre doctrina valiéndose de la Biblia siempre aleja el Espíritu. El Salvador ha dicho: “…aquel que tiene el espíritu de contención no es mío” (3 Nefi 11:29). ¡Más lamentable que la acusación de que la Iglesia no es cristiana, es que los miembros reaccionen a esa acusación de manera no cristiana! Ruego que nuestras conversaciones con los demás siempre se caractericen por los frutos del Espíritu: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, [y] templanza” (Gálatas 5:22–23). El ser manso, según lo define el diccionario Webster es “manifestar paciencia y longanimidad, soportando agravios sin resentimiento”2. La mansedumbre no es debilidad; es un símbolo del valor cristiano.

Esto es de especial importancia al relacionarnos con miembros de otras denominaciones cristianas. Con toda seguridad nuestro Padre Celestial se entristece, y el diablo se ríe, cuando discutimos en forma contenciosa las diferencias doctrinales con nuestros vecinos cristianos.

Eso no quiere decir que debamos transigir en nuestros principios ni debilitar nuestras creencias. No podemos cambiar las doctrinas del Evangelio restaurado, aunque el enseñarlas y obedecerlas nos haga antipáticos a los ojos del mundo. Sin embargo, aún cuando sintamos que debemos enseñar la palabra de Dios con resolución, debemos orar para ser llenos del Espíritu Santo (véase Hechos 4:29, 31). No debemos confundir la resolución con la versión falsa que de ella usa Satanás: la altivez (véase Alma 38:12). Los verdaderos discípulos se expresan con confianza serena, no con orgullo jactancioso.

Como verdaderos discípulos, nuestra preocupación principal debe ser el bienestar de los demás, no la justificación personal. Las preguntas y las críticas nos dan la oportunidad de tender la mano a los demás y demostrarles que ellos son importantes para el Padre Celestial y para nosotros. Nuestro objetivo debe ser ayudarlos a comprender la verdad, no defender nuestro amor propio ni ganar puntos en un debate teológico. Nuestro testimonio sincero es la respuesta más poderosa que podamos dar a nuestros acusadores, y ese testimonio sólo puede nacer del amor y de la mansedumbre. Deberíamos ser como Edward Partridge, de quien el Señor dijo: “…su corazón es puro delante de mí, porque es semejante a Natanael de la antigüedad, en quien no hay engaño” (D. y C. 41:11). El no tener engaño significa tener la inocencia de un niño, ser lento en ofenderse y presto para perdonar.

Esas cualidades se aprenden primero en el hogar y en la familia, y se llevan a la práctica en todas nuestras relaciones. El no tener engaño es reconocer nuestra culpa primero. Cuando se nos acusa, debemos preguntar lo que los Apóstoles del Señor preguntaron: “¿Soy yo, Señor?” (Mateo 26:22). Si escuchamos la respuesta del Espíritu, podemos, cuando sea necesario, hacer correcciones, pedir disculpas, buscar el perdón y hacer las cosas mejor.

Sin engaño, los verdaderos discípulos evitan juzgar indebidamente el punto de vista de los demás. Muchos de nosotros hemos cultivado fuertes lazos de amistad con personas que no son miembros de la Iglesia: compañeros de escuela, de trabajo, amigos y vecinos de todo el mundo. Nosotros los necesitamos a ellos y ellos nos necesitan a nosotros. Como enseñó el presidente Thomas S. Monson: “Aprendamos a respetar a los demás… Ninguno de nosotros vive solo, ni en nuestra ciudad ni en nuestra nación ni en el mundo”3.

Como lo demostró el Salvador frente a Herodes, a veces los verdaderos discípulos deben mostrar valor cristiano al no decir nada. Una vez, cuando estaba jugando golf, apenas rocé un cacto cholla grande que parece lanzar púas como un puercoespín. Se me pegaron púas en toda la ropa, aun cuando apenas había rozado el cacto. Algunas situaciones son como esa planta: lo único que hacen es lastimarnos. En esos casos, es mejor mantener la distancia y simplemente alejarnos. Al hacerlo, algunos tratarán de provocarnos y comenzar una discusión. En el Libro de Mormón leemos que Lehonti y sus hombres acamparon en un monte. El traidor Amalickíah instó a Lehonti a “que bajara” y se reuniese con él en el valle. Pero cuando Lehonti bajó del lugar alto, fue envenenado “poco a poco” hasta que murió y su ejército quedó bajo el mando de Amalickíah (véase Alma 47). Con argumentos y acusaciones, algunas personas nos incitan a dejar el lugar alto, que es donde está la luz; es donde vemos la primera luz de la mañana y la última luz de la tarde; es el lugar alto; es verdadero y donde está el conocimiento. A veces otras personas quieren que bajemos del lugar alto y nos unamos a ellos en una riña teológica en el lodo. Esas cuantas personas contenciosas están resueltas a iniciar disputas religiosas, ya sea en línea o en persona. Siempre es mejor permanecer en el terreno alto del respeto y del amor mutuo.

Al hacerlo, seguimos el ejemplo del profeta Nehemías que construyó un muro alrededor de Jerusalén. Los enemigos de Nehemías le suplicaron que les hiciera frente en la llanura donde ellos “pensa[ban] hacer[le] mal”. Pero, a diferencia de Lehonti, Nehemías sabiamente rechazó la oferta con este mensaje: “Yo hago una gran obra, y no puedo ir; porque cesaría la obra, dejándola yo para ir a vosotros” (Nehemías 6:2–3). Nosotros también tenemos una gran obra que hacer, la cual no se llevará a cabo si nos detenemos a discutir. En vez de ello, debemos armarnos de valor cristiano y seguir adelante. Como leemos en Salmos: “No te impacientes a causa de los malignos” (Salmos 37:1).

La maldad siempre existirá en este mundo. Parte de la gran prueba de la vida terrenal es estar en el mundo sin llegar a ser como el mundo. En Su oración intercesora, el Salvador le pidió a nuestro Padre Celestial: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Juan 17:15). Pero al mismo tiempo que el Salvador nos advirtió que habría persecuciones, Él prometió paz: “La paz os dejo, mi paz os doy… No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27). Testifico que con el manto de Su paz sobre nosotros, se cumplirá la promesa de la Primera Presidencia: “La oposición que parezca difícil de sobrellevar será una bendición para el Reino de Dios sobre la tierra”4.

A la hermana que hizo la pregunta y a todos los que desean saber cómo responder a los acusadores, les digo: los amamos. Sin importar su raza, creencia, religión o inclinación política, si seguimos a Cristo y demostramos Su amor, debemos amarlos. No pensamos que somos mejores que ellos; más bien, deseamos mostrarles un camino mejor: el camino de Jesucristo. Su camino conduce a la puerta del bautismo, al sendero estrecho y angosto de una vida recta, y al templo de Dios. Él es “el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6). Sólo por medio de Él podemos nosotros y todos nuestros hermanos y hermanas heredar el don más grandioso que podamos recibir: la vida eterna y la felicidad eterna. Ayudar a los demás y ser un ejemplo para ellos no es una tarea para débiles; es para los fuertes. Es una tarea para ustedes y para mí, los Santos de los Últimos Días que pagan el precio del discipulado al responder a nuestros acusadores con valor cristiano.

Concluyo con el testimonio de Mormón, que también es el mío: “He aquí, soy discípulo de Jesucristo, el Hijo de Dios. He sido llamado por él para declarar su palabra entre los de su pueblo, a fin de que alcancen la vida eterna” (3 Nefi 5:13). Doy mi testimonio especial de Él: que nuestra vida puede ser eterna porque Su amor es eterno. Que compartamos Su amor eterno e incondicional con nuestros hermanos y hermanas de todas partes, es mi humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Carta de la Primera Presidencia del 1º de diciembre de 1983.
  2. Webster’s Third New International Dictionary, 1986.
  3. Thomas S. Monson, “In Quest of the Abundant Life”,Ensign, marzo de 1998, pág. 3.
  4. Carta de la Primera Presidencia del 1º de diciembre de 1983.
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Amar a los demás y vivir con las diferencias.

Elder Dallin H. Oaks

Del Quorum de los Doce Apostoles

Como seguidores de Cristo debemos vivir en paz con los demás que no compartan nuestros valores ni acepten las enseñanzas basadas en ellos.

I.

En los últimos días de Su ministerio terrenal, Jesús dio a Sus discípulos lo que Él llamó “un mandamiento nuevo” (Juan 13:34). Ese mandamiento, que repitió tres veces, era sencillo pero difícil: “Que os améis los unos a los otros, como yo os he amado” (Juan 15:12; véase también el versículo 17). La enseñanza de amarse los unos a los otros había sido una enseñanza esencial del ministerio del Salvador. El segundo grande mandamiento era “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39). Jesús incluso enseñó: “Amad a vuestros enemigos” (Mateo 5:44). Pero el mandamiento de amar a los demás tal como Él había amado a Su rebaño fue para Sus discípulos —y lo es para nosotros— un desafío singular. “De hecho”, el abril pasado el presidente Thomas S. Monson nos enseñó, “el amor es la esencia misma del Evangelio, y Jesucristo es nuestro ejemplo. Su vida fue un legado de amor”1.

¿Por qué es tan difícil sentir amor cristiano los unos por los otros? Es difícil porque debemos vivir entre aquellos que no comparten nuestras creencias, valores y obligaciones de los convenios. En Su gran oración intercesora, que hizo poco antes de Su crucifixión, Jesús oró por Sus seguidores: “Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Juan 17:14). Después, suplicó al Padre: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (versículo 15).

Debemos vivir en el mundo pero no ser del mundo. Debemos vivir en el mundo porque, como Jesús enseñó en una parábola, Su reino es “semejante a la levadura”, cuya función es leudar toda la masa con su influencia (véase Lucas 13:21; Mateo 13:33; véase también 1 Corintios 5:6–8). Sus seguidores no pueden hacer eso si se relacionan sólo con personas que compartan sus creencias y prácticas. No obstante, el Salvador también enseñó que si lo amamos, guardaremos Sus mandamientos (véase Juan 14:15).

II.

El Evangelio tiene muchas enseñanzas en cuanto a guardar los mandamientos mientras vivimos entre personas que tienen diferentes creencias y prácticas. Las enseñanzas relacionadas con la contención son fundamentales. Cuando el Cristo resucitado encontró a los nefitas que disputaban acerca de la manera de bautizar, Él dio instrucciones claras en cuanto a cómo se debía efectuar esa ordenanza. Después enseñó este gran principio:

“…no habrá disputas entre vosotros, como hasta ahora ha habido; ni habrá disputas entre vosotros concernientes a los puntos de mi doctrina, como hasta aquí las ha habido.

“Porque en verdad, en verdad os digo que aquel que tiene el espíritu de contención no es mío, sino es del diablo, que es el padre de la contención, y él irrita los corazones de los hombres, para que contiendan con ira unos con otros.

“He aquí… mi doctrina es ésta, que se acaben tales cosas” (3 Nefi 11:28–30; cursiva agregada).

El Salvador no limitó Su advertencia contra la contención a aquellos que no estaban guardando el mandamiento del bautismo. Él prohibió la contención por parte de cualquier persona. Incluso aquellos que guardan los mandamientos no deben irritar los corazones de los hombres para que contiendan con ira. El “padre de la contención” es el diablo; el Salvador es el Príncipe de Paz.

De igual manera, la Biblia nos enseña que “los sabios apartan la ira” (Proverbios 29:8). Los apóstoles de los primeros días enseñaron que debemos “[seguir] lo que conduce a la paz” (Romanos 14:19) y “[hablar] la verdad en amor” (Efesios 4:15), “porque la ira del hombre no produce la justicia de Dios” (Santiago 1:20). En la revelación moderna, el Señor mandó que las buenas nuevas del Evangelio restaurado se debían declarar “cada hombre a su vecino, con mansedumbre y humildad” (D. y C. 38:41), “con toda humildad… no denigrando a los que denigran” (D. y C. 19:30).

III.

Aun al procurar ser humildes y evitar la contención, no debemos abandonar ni debilitar nuestro compromiso con las verdades que comprendemos. No debemos ceder en nuestra postura ni en nuestros valores. El evangelio de Jesucristo y los convenios que hemos hecho inevitablemente nos colocan como combatientes en la eterna batalla entre la verdad y el error. En esa batalla no hay un punto medio.

El Salvador mostró el camino cuando Sus adversarios lo confrontaron con la mujer que había “sido sorprendida en el acto mismo de adulterio” (Juan 8:4). Al sentirse avergonzados por su propia hipocresía, los que la acusaban se alejaron y dejaron solo a Jesús con la mujer. Él la trató con bondad al negarse a condenarla en ese momento, pero a la vez le indicó firmemente “no peques más” (Juan 8:11). Es necesario tener bondad amorosa, pero un seguidor de Cristo —al igual que el Maestro— será firme en la verdad.

IV.

Al igual que el Salvador, Sus seguidores a veces se enfrentarán a una conducta pecaminosa, y hoy día cuando proclaman el bien y el mal, según ellos lo entienden, a veces se les tilda de “intolerantes” o “fanáticos”. Muchos de los valores y las prácticas mundanas presentan ese tipo de desafíos para los Santos de los Últimos Días. Entre ellos se destaca hoy día la fuerte tendencia que está legalizando el matrimonio entre personas del mismo sexo en muchos estados y provincias de Estados Unidos y Canadá, y muchos otros países del mundo. También vivimos entre personas que no creen en el matrimonio; algunos no creen en tener hijos; otros se oponen a cualquier restricción que se imponga a la pornografía o a las drogas peligrosas. Otro ejemplo, que reconocerán la mayoría de los creyentes, es el desafío de vivir con un cónyuge, familiar, o relacionarse con compañeros de trabajo, que no sean creyentes.

En lugares que han sido dedicados, como los templos, los centros de adoración y nuestros propios hogares, debemos enseñar la verdad y los mandamientos de manera sencilla y completa, según nuestro entendimiento de ellos en el Plan de Salvación que se ha revelado en el Evangelio restaurado. Nuestro deber de hacerlo está protegido por las garantías constitucionales de la libertad de expresión y la libertad religiosa, así como por las leyes de privacidad que se practican incluso en países que no tienen garantías constitucionales formales.

En público, lo que las personas religiosas digan y hagan implica otras consideraciones. El libre ejercicio de la religión protege la mayoría de los actos públicos, pero está sujeto a restricciones que son necesarias para dar cabida a las creencias y a las prácticas de los demás. Las leyes pueden prohibir la conducta que por lo general se reconoce como equivocada o inaceptable, como la explotación sexual, la violencia o conducta terrorista, incluso cuando la lleven a cabo extremistas en nombre de la religión. Las conductas menos graves, a pesar de que sean inadmisibles para algunos creyentes, tal vez simplemente se tengan que soportar si se legalizan de acuerdo con lo que un profeta del Libro de Mormón llamó “la voz del pueblo” (Mosíah 29:26).

Sobre el tema del diálogo público, todos debemos seguir las enseñanzas del Evangelio de amar a nuestro prójimo y evitar la contención. Los seguidores de Cristo deben ser ejemplos de civismo. Debemos amar a todas las personas, ser buenos oyentes, y demostrar interés por sus creencias sinceras. Aunque podamos estar en desacuerdo, no es apropiado ser desagradables. Nuestra postura y comunicaciones relacionadas con temas polémicos, no deben ser contenciosas. Debemos ser prudentes al explicar y poner en práctica nuestras posturas y al ejercer nuestra influencia. Al hacerlo, pedimos que los demás no se sientan ofendidos por nuestras sinceras creencias religiosas y el libre ejercicio de nuestra religión. Exhortamos a todos para que pongamos en práctica la regla de oro del Salvador: “…las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Mateo 7:12).

Cuando nuestras posturas no sean convincentes ante la oposición, debemos aceptar con gentileza los resultados desfavorables y poner en práctica la cortesía con nuestros adversarios. En cualquier caso, debemos ser personas de buena voluntad hacia todos, rechazando la persecución en cualquiera de sus formas, incluyendo la persecución basada en raza, origen étnico, creencia religiosa o incredulidad, y diferencias en la orientación sexual.

V.

He hablado sobre principios generales; ahora hablaré en cuanto a la forma en que esos principios se deben llevar a la práctica en una variedad de circunstancias comunes en las que las enseñanzas del Salvador se deben seguir con más fidelidad.

Empiezo con lo que nuestros niños pequeños aprenden en sus actividades de juego. Con mucha frecuencia, las personas de aquí de Utah que no son mormonas se han sentido ofendidas cuando algunos de nuestros miembros se han distanciado de ellas y no permiten que sus hijos se hagan amigos de niños de otras religiones. Seguramente podemos enseñar a nuestros hijos valores y normas de comportamiento sin que se alejen ni muestren falta de respeto hacia cualquier persona que sea diferente.

Muchos maestros de la Iglesia y de las escuelas se han lamentado por la manera en que algunos adolescentes, incluyendo jóvenes SUD, se tratan mutuamente. El mandamiento de amarse unos a otros ciertamente incluye el amor y el respeto entre diferentes religiones y también entre razas, niveles culturales y económicos. Instamos a todos los jóvenes a que eviten el acoso, los insultos o el lenguaje y las prácticas que de manera deliberada causen dolor a los demás. Todas esas cosas quebrantan el mandamiento del Salvador de amarse los unos a los otros.

El Salvador enseñó que la contención es una herramienta del diablo. Eso ciertamente nos enseña en cuanto al lenguaje y a la práctica de la política en la actualidad. El vivir con diferencias políticas es esencial para la política, pero las diferencias políticas no tienen que conllevar ataques personales que interfieran con el proceso del gobierno y castiguen a los participantes. Todos debemos deshacernos de las comunicaciones llenas de odio y practicar el civismo hacia las diferencias de opinión.

El entorno más importante donde evitar la contención y practicar el respeto por las diferencias es en nuestros hogares y en nuestras relaciones familiares. Las diferencias son inevitables —algunas leves y otras mayores. Con respecto a las mayores, supongamos que un familiar esté en una relación de cohabitación. Eso supone un conflicto entre dos importantes valores: nuestro amor por el familiar, y nuestro compromiso hacia los mandamientos. Al seguir el ejemplo del Salvador, podemos demostrar bondad y aún ser firmes en la verdad al abstenernos de acciones que faciliten o que parezcan aprobar lo que sabemos que está mal.

Finalizo con otro ejemplo de una relación familiar. En una conferencia de estaca del Medio Oeste de Estados Unidos, hace más o menos diez años, conocí a una hermana que me dijo que su esposo, que no era miembro, la había estado acompañando a la Iglesia durante doce años, pero que nunca se había unido a la Iglesia. ¿Qué debía hacer?, preguntó. Le aconsejé que siguiera haciendo todo lo correcto y fuera paciente y amable con su esposo.

Más o menos después de un mes me escribió lo siguiente: “Bueno, pensé que doce años eran suficiente muestra de paciencia, pero no sabía si yo estaba siendo muy amable. De modo que me esforcé mucho durante un mes, y se bautizó”.

La bondad es algo potente, en especial en un entorno familiar. En la carta, continuó: “Me estoy esforzando aún más para ser bondadosa porque nos estamos preparando para sellarnos en el templo este año”.

Seis años más tarde me escribió otra vez: “A mi esposo lo acaban de llamar y apartar como obispo de nuestro barrio”2.

VI.

En tantas relaciones y circunstancias de la vida, debemos vivir con diferencias. En los casos de vital importancia, no debemos negar ni abandonar nuestra opinión respecto a esas diferencias, pero como seguidores de Cristo debemos vivir en paz con los demás que no compartan nuestros valores ni acepten las enseñanzas basadas en ellos. El Plan de Salvación del Padre, el que conocemos por medio de la revelación profética, nos coloca en una situación terrenal en la que debemos guardar Sus mandamientos. Eso incluye amar a nuestro prójimo de diversas culturas y creencias, así como Él nos ha amado. Tal como enseñó un profeta del Libro de Mormón, debemos seguir adelante, teniendo “amor por Dios y por todos los hombres” (2 Nefi 31:20).

Por difícil que sea vivir en la agitación que nos rodea, el mandato del Salvador de amarnos los unos a los otros como Él nos ama, probablemente sea nuestro más grande desafío. Ruego que podamos comprender esto y procuremos vivirlo en todas nuestras relaciones y actividades. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Thomas S. Monson, “El amor: la esencia del Evangelio”,Liahona, mayo de 2014, pág. 91.
  2. Cartas a Dallin H. Oaks, 23 de enero de 2006, y 30 de octubre de 2012.