El ser genuinos.

Por el presidente Dieter F. Uchtdorf

A finales del siglo XVIII, Catalina la Grande, de Rusia, anunció que visitaría la parte sur de su imperio acompañada de varios embajadores extranjeros. El gobernador de esa región, Gregorio Potemkin, quería desesperadamente impresionar a los visitantes, por lo que puso un gran empeño en resaltar los logros del país.

Durante parte del viaje, Catalina descendió por el río Dniéper en barco, señalando con orgullo a los embajadores la prosperidad de las aldeas que había en las riberas, repletas de habitantes felices e industriosos. Sólo había un problema: no era más que apariencia. Se dice que Potemkin mandó ensamblar fachadas de cartón de tiendas y de casas, e incluso mandó colocar a campesinos de apariencia ajetreada para dar la impresión de una economía próspera. Cuando los visitantes desaparecían por un recodo del río, los hombres de Potemkin desmontaban la aldea ficticia y se apresuraban río abajo a fin de armar otra para cuando Catalina pasara.

Si bien los historiadores modernos han cuestionado la veracidad de esta historia, el término “pueblo Potemkin” ya forma parte del vocabulario universal, y con él se alude a cualquier intento de hacer que los demás crean que estamos mejor de lo que estamos en realidad.

¿Está nuestro corazón en el lugar correcto?

Querer causar una buena impresión forma parte de la naturaleza humana. Es la razón por la que muchos trabajamos tan arduamente en la parte exterior de nuestras casas y por la que los hermanos del Sacerdocio Aarónico se aseguran de lucir bien en caso de que se encuentren con alguna jovencita en especial. No hay nada de malo en lustrar nuestros zapatos, oler bien o incluso ocultar los platos sucios antes de que lleguen los maestros orientadores. Sin embargo, cuando esto se lleva al extremo, ese deseo de impresionar puede pasar de ser útil a ser engañoso.

Los profetas siempre han elevado la voz de amonestación contra quienes se acercan al Señor “[honrándole] con su boca y con sus labios… pero [han] alejado su corazón de [Él]”1.

El Salvador era comprensivo y caritativo con los pecadores de corazón humilde y sincero; pero se enojaba justificadamente con los hipócritas como los escribas, los fariseos y los saduceos, pues intentaban dar la apariencia de ser justos para obtener alabanza, influencia y riquezas del mundo a la vez que oprimían a las personas a las que debían haber bendecido. El Salvador los comparó a “sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia”2.

En nuestra época, el Señor ha expresado palabras igualmente fuertes para los poseedores del sacerdocio que intentan “encubrir [sus] pecados, o satisfacer [su] orgullo, [o su] vana ambición”. Según Él, cuando actúan así “los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, se acabó el sacerdocio o autoridad de tal hombre”3.

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué en ocasiones tratamos de parecer activos, prósperos y dedicados en lo externo cuando internamente, como dijo el Revelador de los efesios, hemos “dejado [nuestro] primer amor”?4.

En algunos casos, tal vez simplemente hayamos dejado de centrarnos en la esencia del Evangelio, confundiendo la “apariencia de piedad” con su “eficacia”5. Esto es especialmente peligroso cuando con nuestras manifestaciones externas de discipulado intentamos impresionar a los demás o conseguir logros o influencia. Es entonces que corremos el riesgo de entrar en territorio fariseo y también es el momento de examinar el corazón para corregir nuestro curso de inmediato.

Programas Potemkin

Esta tentación de aparentar más de lo que se es no sólo está presente en nuestra vida personal, sino que también puede aparecer en las asignaciones de la Iglesia.

Por ejemplo, sé de una estaca cuyos líderes se fijaron metas anuales exigentes. Si bien todas ellas parecían merecer la pena, se centraban en declaraciones ostentosas e impresionantes, o en los números y los porcentajes.

Después de analizar y aceptar las metas, algo empezó a preocupar al presidente de estaca, quien pensó en los miembros de su estaca: la joven madre con hijos pequeños que acaba de enviudar; los miembros que luchaban con las dudas, la soledad o con graves problemas de salud cuando no tenían seguro médico. Pensó en los miembros que tenían que lidiar con matrimonios deshechos, adicciones, desempleo y enfermedades mentales. Cuanto más pensaba en ellos, más se hacía una humilde pregunta: ¿Marcarán una diferencia en la vida de estos miembros las nuevas metas que establecimos?

Empezó a preguntarse cuán diferentes habrían sido las metas de la estaca si primero se hubieran preguntado: “¿Cuál es nuestro ministerio?”.

Así que, este presidente de estaca se reunió nuevamente con sus consejos y juntos cambiaron el enfoque; decidieron que no permitirían que “el hambriento, y el necesitado, y el desnudo, y el enfermo, y el afligido [pasaran a su] lado, sin hacerles caso”6.

Fijaron metas nuevas, reconociendo que el éxito de esas nuevas metas no siempre serían medibles, al menos no por el hombre, pues ¿cómo se puede medir el testimonio personal, el amor de Dios o la caridad hacia los demás?

Pero también sabían que “muchas cosas contables, no cuentan; y [que] muchas cosas incontables, sí cuentan”7.

Me pregunto si nuestras metas personales y como organización son a veces el equivalente moderno de una aldea Potemkin. ¿Parecen impresionantes desde lejos pero no tratan las necesidades reales de nuestro amado prójimo?

Mis queridos amigos y compañeros poseedores del sacerdocio, si Jesucristo fuera a sentarse con nosotros y a pedirnos un informe de nuestra mayordomía, no creo que Él se centraría mucho en los programas ni en las estadísticas. Lo que el Salvador desearía saber es el estado de nuestro corazón; Él querría saber cómo amamos y ministramos a quienes están a nuestro cuidado, cómo mostramos amor a nuestro cónyuge y a nuestra familia; y cómo aliviamos su carga diaria. El Salvador desearía saber cómo ustedes y yo nos acercamos a Él y a nuestro Padre Celestial.

¿Por qué estamos aquí?

Podría resultar beneficioso escudriñar nuestro corazón. Por ejemplo, podríamos preguntarnos: ¿Por qué prestamos servicio en la Iglesia de Jesucristo?

Incluso podríamos preguntarnos: ¿Por qué estamos hoy aquí, en esta reunión?

Supongo que si yo fuera a responder esa pregunta de manera superficial, diría que estoy aquí porque el presidente Monson me asignó un discurso.

Así que, en realidad, no tenía otra opción.

Además, mi esposa, a quién amo mucho, espera que yo esté aquí. ¿Cómo decirle que no?

Pero todos sabemos que hay mejores motivos para asistir a nuestras reuniones y llevar una vida como discípulos comprometidos de Jesucristo.

Estoy aquí porque deseo de todo corazón seguir a mi Maestro, Jesucristo. Anhelo hacer todo lo que Él requiere de mí en esta gran causa. Ansío ser edificado por el Espíritu Santo y oír la voz de Dios hablar por medio de Sus siervos ordenados. Estoy aquí para llegar a ser un hombre mejor, para ser edificado por los ejemplos inspiradores de mis hermanos y hermanas en Cristo y aprender cómo ministrar al necesitado con mayor eficiencia.

En resumen, estoy aquí porque amo a mi Padre Celestial y a Su Hijo, Jesucristo.

Estoy seguro de que ése es el motivo de ustedes también. Es por eso que estamos dispuestos a hacer sacrificios y no sólo declaraciones para seguir al Salvador. Es por eso que portamos Su santo sacerdocio con honor.

De una chispa a una fogata

Ya sea que su testimonio sea próspero y saludable o su actividad en la Iglesia se parezca más a una aldea Potemkin, las buenas nuevas son que pueden edificar sobre la fortaleza que tengan. Aquí en la Iglesia de Jesucristo uno puede madurar espiritualmente y acercarse más al Salvador al aplicar los principios del Evangelio día a día.

Con paciencia y persistencia, hasta el más pequeño acto de discipulado o la chispa más pequeña de creencia puede tornarse en una ardiente fogata de una vida consagrada. De hecho, así es como empiezan la mayoría de las fogatas: con una simple chispa.

De modo que, si se sienten pequeños y débiles, simplemente, vengan a Cristo, pues Él hace que las cosas débiles sean fuertes8. Los más débiles de entre nosotros pueden llegar a ser espiritualmente fuertes por la gracia de Dios, ya que Dios “no hace acepción de personas”9. Él es nuestro “Dios fiel, que guarda el convenio y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos”10.

Estoy convencido de que si Dios puede extender la mano y sostener a un pobre refugiado alemán de una familia modesta, en un país desolado por la guerra a medio mundo de distancia de las Oficinas Generales de la Iglesia, entonces puede ayudarlos a ustedes.

Mis amados hermanos en Cristo, el Dios de la Creación, que dio vida al universo, ciertamente tiene el poder de infundir vida en ustedes. Ciertamente, Él puede hacer de ustedes el ser espiritual genuino de luz y de verdad que desean ser.

Las promesas de Dios son seguras y ciertas. Podemos ser perdonados de nuestros pecados y limpios de toda maldad11. Si seguimos abrazando y viviendo los principios verdaderos en nuestras circunstancias personales y nuestra familia, al final llegaremos al punto en que “ya no [tendremos] hambre ni sed… porque el Cordero que está en medio del trono [nos] pastoreará y… [nos] guiará a fuentes de aguas vivas; y Dios enjugará toda lágrima de [nuestros] ojos”12.

La Iglesia es un lugar para sanar, no para ocultarse

Sin embargo, esto no puede suceder si nos ocultamos tras fachadas personales, dogmáticas u organizativas. Ese tipo de discipulado artificial no sólo nos impide vernos como somos en realidad, también nos impide cambiar realmente por medio del milagro de la expiación del Salvador.

La Iglesia no es una sala de exposición de automóviles, es decir, un lugar donde nos exhibimos para que los demás admiren nuestra espiritualidad, capacidad o prosperidad. Se parece más a un taller de servicios donde los vehículos que necesitan reparación van a recibir mantenimiento y reajuste.

¿Acaso no todos tenemos la necesidad de reparación, mantenimiento y reajuste?

No vamos a la Iglesia a esconder nuestros problemas sino a sanarlos.

Nosotros, los poseedores del sacerdocio, tenemos la responsabilidad adicional de “[apacentar] la grey de Dios… no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia [personal], sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los rebaños del Señor, sino siendo ejemplos de la grey”13.

Recuerden, hermanos, que “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes”14.

El hombre más grande, más capaz y más consumado que jamás haya caminado sobre la Tierra fue también el más humilde. Parte de Su servicio más impresionante lo brindó en momentos privados, con unos pocos testigos, a quienes pidió que “a nadie dijesen” lo que había hecho15. Cuando alguien le llamaba “bueno”, rápidamente desviaba el cumplido insistiendo en que sólo Dios es verdaderamente bueno16. Es obvio que la alabanza del mundo no significaba nada para Él; Su único propósito era servir a Su Padre y “[hacer] siempre lo que a él le agrada”17. Haríamos bien en seguir el ejemplo de nuestro Maestro.

Amemos como Él amó

Hermanos, ése es nuestro elevado y santo llamamiento: ser agentes de Jesucristo, amar como Él amó, servir como Él sirvió, “[socorrer] a los débiles, [levantar] las manos caídas y [fortalecer] las rodillas debilitadas”18, “[atender] a los pobres y a los necesitados”19 y cuidar de las viudas y los huérfanos20.

Ruego, hermanos, que al prestar servicio en nuestra familia, quórumes, barrios, estacas, comunidades y naciones, resistamos la tentación de atraer la atención sobre nosotros mismos y, en su lugar, nos esforcemos por un honor mucho mayor: llegar a ser discípulos humildes y genuinos de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Al hacerlo, recorreremos el sendero que conduce a nuestro mejor, más genuino y más noble yo. De ello testifico en el nombre de nuestro Maestro, Jesucristo. Amén.

 Referencias
  1. Isaías 29:13.

  2. Mateo 23:27.

  3. Doctrina y Convenios 121:37.

  4. Apocalipsis 2:4.

  5. Véase José Smith—Historia 1:19; véase también Doctrina y Convenios 84:20.

  6. Mormón 8:39.

  7. Atribuido a Albert Einstein.

  8. Véase Éter 12:27.

  9. Hechos 10:34.

  10. Deuteronomio 7:9.

  11. Véase 1 Juan 1:9.

  12. Apocalipsis 7:16–17.

  13. 1 Pedro 5:2–3.

  14. Santiago 4:6.

  15. Véase Lucas 8:56.

  16. Véase Marcos 10:17–18.

  17. Juan 8:29.

  18. Doctrina y Convenios 81:5.

  19. Doctrina y Convenios 38:35.

  20. Véase Doctrina y Convenios 83:6.

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La lengua puede ser una espada aguda.

Elder. Marvin J. Ashton

“Sed de los que nutren y edifican. Sed de los que tienen un corazón comprensible y perdonan, de los que buscan lo mejor en los demás.”

En el Salmo 57, cuando el rey David rogaba misericordia, exclamaba: “Mi vida esta entre leones; estoy echado entre hijos de hombres que vomitan llamas; sus dientes son lanzas y saetas, y su lengua espada aguda” (Salmos 57:4).

En el mundo de hoy, somos víctimas de muchos que utilizan la lengua como una espada aguda. A medida que los medios de información y las personas en general se dedican mas a este pasatiempo, el mal uso de la lengua parece agregar intrigas y destrucción. En el idioma corriente esta actividad destructiva se conoce como critica negativa con la intención de hacer daño.

Mucha gente practica este comportamiento, que se ha hecho popular, criticando a sus vecinos, a los miembros de su familia, a los servidores públicos, a la comunidad, al país, a la Iglesia. Es alarmante también observar cuan a menudo los hijos critican a sus padres y los padres critican a sus hijos.

Los miembros de la Iglesia debemos recordar que las palabras “No hablemos con enojo” no son sólo una frase en la estrofa de un himno (Himnos de Sión, 169), sino que nos indican una forma de vivir. Ahora mas que nunca debemos recordar que “Si hay algo virtuoso, o bello, o de buena reputación o digno de alabanza, a esto aspiramos” (Artículos de Fe 1:13). Si seguimos esa admonición, no habrá tiempo para la cobarde costumbre de criticar destructivamente en vez de edificar.

Algunos creen que la única forma de desquitarse, de obtener atención, de llevar ventaja o de ganar es la de criticar negativamente a los demás. Este tipo de comportamiento no es nunca apropiado. Muchas veces el carácter y la reputación, y casi siempre la autoestima, se destruyen bajo los golpes de esta practica maligna.

“Si no tienes nada bueno que decir de una persona o cosa, no digas nada.” ¡Cuanto nos hemos alejado de esa simple enseñanza! Tanto, que a menudo nos encontramos metidos en la costumbre de criticar.

Aun cuando los informes y rumores correspondientes a la deshonestidad y al mal comportamiento de otros siempre están disponibles y aquellos que desean herir, criticar o dañar los pueden utilizar como munición, el Salvador nos recuerda que “el que de vosotros este sin pecado sea el primero en arrojar la piedra” (Juan 8:7). Los informes y las conversaciones desagradables están siempre al alcance de la mano para los que deseen promover lo sórdido y lo sensacional. Entre nosotros todavía no hay nadie que sea perfecto; todos tenemos fallas que no son muy difíciles de detectar, especialmente si ese es el propósito. Por medio de una inspección minuciosa, se podría encontrar en la vida de casi todas las personas algunos incidentes o rasgos que serían destructivos si se agrandaran.

En el seno familiar, debemos volver al principio básico de reconocer lo bueno y lo digno de alabanza en los que nos rodean. Se debe poner de relieve la importancia de la noche de hogar y utilizarla como un instrumento o una base para la comunicación y la enseñanza sanas, pero jamas como una oportunidad para criticar a otros miembros de la familia, a los vecinos, los maestros ni los lideres de la Iglesia. La lealtad familiar aumentará si reforzamos lo bueno y lo positivo y refrenamos nuestros pensamientos negativos tratando de encontrar en los demás todo lo que sea digno de alabanza.

Siempre habrá personas que en el futuro se inclinen a criticarnos o criticar a otros, pero no podemos permitir que una critica maligna logre destruirnos ni deteriorar nuestro desarrollo personal ni nuestro progreso en la Iglesia.

Se le preguntó una vez a Bernard Baruch, que fue asesor de seis presidentes de los Estados Unidos, si alguna vez se había molestado por los ataques de sus enemigos. Dijo: “Ningún hombre puede humillarme ni molestarme; no se lo permito”.

Se nos recuerda que Jesucristo, la única persona perfecta que ha pasado por la tierra, nos enseñó por medio de Su sereno ejemplo a no decir nada o a guardar silencio en los momentos difíciles de nuestra vida, en vez de malgastar tiempo y energías en criticar, cualesquiera fueran los propósitos.

De manera que, ¿cuál es el antídoto para esta critica negativa que hiere sentimientos, humilla a las personas, destruye amistades y menoscaba la propia estima? Esa critica debe reemplazarse con caridad. Moroni lo describe de esta forma:

“Por tanto, amados hermanos míos, si no tenéis caridad, no sois nada, porque la caridad nunca deja de ser. Allegaos, pues, a la caridad, que es mayor que todo …

“… la caridad es el amor puro de Cristo, y permanece para siempre …” (Moroni 7:46–41).

La caridad quizás sea, en muchos sentidos, una palabra que se interpreta mal. A menudo, equiparamos el concepto de la caridad con visitar a un enfermo, llevarle comida a algún necesitado, o compartir lo que nos sobra con aquellos que son menos afortunados. Sin embargo, la verdadera caridad es mucho, mucho mas.

La caridad verdadera no es algo que se da; es algo que se adquiere y que llega a formar parte de nuestro ser; y cuando la virtud de la caridad se graba en nuestro corazón, nunca mas volvemos a ser los mismos. Esto hace que el sólo pensar en la critica sea repulsivo.

Quizás adquiramos la mayor caridad al ser amables los unos con los otros, al no juzgar ni adjudicar categorías a los demás, al limitar nuestras malas opiniones de otras personas o permanecer en silencio. La caridad es aceptar las diferencias, debilidades y faltas de los demás; es tener paciencia con alguien que nos haya fallado; es resistir el impulso de sentirnos ofendidos cuando alguien no hace las cosas de la manera en que nos hubiera gustado. La caridad es rehusar aprovecharnos de las debilidades de otros y estar dispuestos a perdonar a alguien que nos haya herido. La caridad es esperar lo mejor de los demás.

Ninguno de nosotros necesita que nadie nos critique ni nos señale los errores que hayamos cometido ni las imperfecciones que tengamos. Por lo general, casi todos estamos ya al tanto de nuestras debilidades. Lo que necesitamos todos es una familia, amigos, empleadores y hermanos que nos apoyen, que tengan la paciencia de enseñarnos, que tengan confianza en nosotros y que crean que estamos tratando de hacer lo mejor que podemos, a pesar de nuestras debilidades. ¿Qué ha pasado con la costumbre de acallar nuestra opinión desfavorable de otras personas? ¿Por que no hemos de esperar que los demás tengan éxito y progresen? ¿Por que no hemos de alentarnos los unos a los otros?

No es de extrañar en absoluto que una de las tácticas del adversario en los últimos días sea fomentar el odio entre los hijos de los hombres. A el le complace ver que nos critiquemos unos a otros, que nos burlemos o nos aprovechemos de las faltas que vemos en nuestros conocidos y que en general nos molestemos mutuamente. El Libro de Mormón indica claramente el origen del cual proceden siempre el enojo, la malicia, la codicia y el odio.

Nefi profetizó que en los últimos días el diablo “… enfurecerá los corazones de los hijos de los hombres, y los agitara a la ira contra lo que es bueno” (2 Nefi 28:20). Basándonos en lo que constantemente vemos reflejarse en los medios de comunicación, no hay duda de que Satanás esta desempeñando a conciencia su tarea. Con la excusa de informar al publico de las noticias, seguido se nos somete a escenas crudas que muestran -casi siempre a todo color- la codicia, la extorsión, los crímenes de violencia sexual y los insultos entre hombres de negocios y entre los adversarios deportivos y políticos.

En el texto de todas las Escrituras se ve emerger un tema bastante común. Consideremos primero el Sermón del Monte, que, de acuerdo con nuestro conocimiento, fue el primer sermón que enseñó Jesucristo a sus discípulos recién llamados. El tema mas importante del sermón del Salvador, que en muchos sentidos es el mejor manual con que contamos para venir a Cristo, se concentra en las virtudes del amor, la compasión, el perdón y la paciencia; en otras palabras, aquellas cualidades que nos capacitan para tratar con nuestros semejantes en una forma mas compasiva. Consideremos en forma mas especifica el mensaje del Salvador a los Doce. El los amonestó (y a nosotros también), diciendo “Reconcíliate primero con tu hermano” (Mateo 5:24); “Ponte de acuerdo con tu adversario pronto” (5:25); “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (5:44). Y además nos dice: “… a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra” (5:39).

Resulta interesante ver que los primeros principios que enseñó el Señor a los Apóstoles que acababa de llamar se concentraban en la forma en que nos tratamos los unos a los otros. Y después, ¿que recalcó mas durante el breve período en que estuvo con los nefitas en este continente? En general, fue el mismo mensaje. ¿Podría deberse esto al hecho de que el tratamiento que nos demos los unos a los otros sea el fundamento del Evangelio de Jesucristo?

Durante una charla fogonera informal con un grupo de Santos de los Últimos Días, el líder que dirigía el foro hizo la siguiente pregunta con el objeto de motivar a los concurrentes a participar: “¿Cómo se puede saber si alguien esta convertido a Jesucristo?” Durante cuarenta y cinco minutos los asistentes hicieron numerosas sugerencias, y el discursante escribió cuidadosamente todas las respuestas en una pizarra. Todos los comentarios eran importantes y apropiados, pero al cabo de un rato, aquel gran maestro borró todo lo que había escrito. Después de reconocer que todo lo que se había dicho era importante y que apreciaba la participación del publico, enseñó un principio vital: “Lo que nos indica mejor y mas claramente si estamos progresando espiritualmente y acercándonos a Cristo es la forma en que nos. tratemos los unos a los otros”.

Considerad esta idea un momento: la forma en que tratemos diariamente a los miembros de la familia, los amigos y los compañeros de trabajo es tan importante como algunos de los mas notables principios del evangelio a los que nos gusta dar énfasis.

El mes pasado la Sociedad de Socorro celebró su aniversario numero 150. Su lema, “La caridad nunca deja de ser”, ha sido una forma de vida para sus miembros y otras personas de todo el mundo.

Imaginemos que sucedería en el mundo de hoy -en nuestros propios barrios, familias, quórumes del sacerdocio y organizaciones auxiliares- si cada uno de nosotros hiciera votos de amarse, cuidarse y consolarse el uno al otro. ¡Imaginad las posibilidades!

Una joven mujer que era presidenta de la Sociedad de Socorro de una estaca y al mismo tiempo trabajaba con la presión de un proyecto extremadamente difícil perdió los estribos una mañana durante una reunión de la presidencia. La causa de su descontento tenía poco que ver con el asunto tratado y se relacionaba mas con el hecho de que sufría una gran tensión en su hogar mientras al mismo tiempo llevaba a cabo una tarea de mayores proporciones, por lo que se encontraba frustrada y emocionalmente cansada. Mas tarde se sintió avergonzada por su mal comportamiento y de inmediato llamó a las que habían estado presentes para disculparse. Sus amigas de la presidencia fueron muy generosas y le dijeron que no pensara mas en el asunto. No obstante, le quedaron dudas sobre lo que pensarían de ella después de haber visto un aspecto tan débil de su personalidad. Pero esa tarde sonó el timbre poco antes de la hora de comer, y al abrir vio a las otras hermanas miembros de la presidencia con fuentes de comida para la cena. “Esta mañana, cuando perdiste la paciencia, nos dimos cuenta de que tienes que estar exhausta, así que pensamos que el tener la cena pronta no te vendría mal. Deseamos que sepas cuanto te queremos”. La joven quedó estupefacta. A pesar de su arranque de esa mañana, allí estaban sus amigas para ofrecerle su apoyo en vez de criticarla. En lugar de aprovechar la oportunidad para hacerle reproches, se dejaron llenar con el espíritu de la caridad.

Sed de los que nutren y edifican. Sed de los que tienen un corazón comprensible y perdonan, de los que buscan lo mejor en los demás. Dejad a las personas mejor de lo que las encontrasteis. Sed justos con vuestros competidores, ya sea en negocios, deportes o en cualquier otro aspecto. No os dejéis atraer por las charlatanerías de la actualidad tratando de “ganar” por medio de la intimidación o del menoscabo de la reputación de otra persona. Extended la mano a los que están afligidos, solitarios o cargados.

Si pudiéramos mirar dentro del corazón de los demás y entender los problemas que cada uno de nosotros tiene que enfrentar, creo que nos trataríamos mucho mejor los unos a los otros, con mas amor, paciencia, tolerancia e interés.

Si el adversario puede influir en nosotros para que nos ataquemos mutuamente, para que nos busquemos las faltas, nos critiquemos y nos menoscabemos, para que nos juzguemos, nos humillemos y nos hagamos el uno al otro víctima del sarcasmo, habrá ganado la mitad de la batalla. ¿Por que? Porque aun cuando esta clase de conducta quizás no se equipare con la de caer en pecados graves, en cambio sirve para anularnos espiritualmente. El Espíritu del Señor no puede morar donde haya disputa, juicios, contención ni ninguna clase de critica maligna.

Desde los tiempos bíblicos, Santiago advirtió sobre la necesidad de refrenar la lengua:

“Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuan grande bosque enciende un pequeño fuego!

“Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua esta puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno” (Santiago 3:5–6).

Una vez mas quisiera hacer hincapié en el principio de que cuando en verdad nos convertimos a Jesucristo, cuando nos comprometemos con El, sucede algo interesante: nuestra atención se torna hacia el bienestar de nuestros semejantes, y nuestro trato con los demás se va llenando cada vez mas de paciencia, bondad, amable aceptación y un deseo de tener sobre ellos una influencia positiva. Ese es el principio de la verdadera conversión.

Abrámonos los brazos unos a otros, aceptémonos por ser quienes somos, demos por sentado que cada uno esta haciendo todo lo que puede, y busquemos las maneras de dejar serenos mensajes de afecto y aliento, en vez de ser destructores con la critica.

Pensemos en lo que Santiago nos recuerda: “Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz” (Santiago 3:18).

Que Dios nos ayude, en forma individual y colectiva, a saber y a enseñar que la critica debe ser reemplazada con la caridad hoy y siempre, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

Conferencia General, Abril, 1992