La norma divina de la honradez

Por el élder Neil L. Andersen
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Tomado del discurso “Honesty—The Heart of Spirituality”, pronunciado en un devocional de la Universidad Brigham Young, el 13 de septiembre de 2011. Para leer el discurso completo en inglés, vaya a speeches.byu.edu.

Para un discípulo de Cristo, la honradez es parte central de la espiritualidad.

Dios, nuestro Padre, y Su Hijo Jesucristo son seres de absoluta, perfecta y completa honradez y verdad. Somos hijos e hijas de Dios. Nuestro destino es llegar a ser como Él. Procuramos ser perfectamente honrados y verídicos como nuestro Padre y Su Hijo. La honradez describe el carácter de Dios (véase Isaías 65:16) y, por lo tanto, la honradez es un elemento clave de nuestro progreso espiritual y de los dones espirituales.

Jesús declaró: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida” (Juan 14:6; véanse también Juan 18:37; D. y C. 84:45; 93:36).

El Señor preguntó al hermano de Jared: “¿Creerás las palabras que hablaré?”.

El hermano de Jared respondió: “Sí, Señor, sé que hablas la verdad, porque eres un Dios de verdad, y no puedes mentir” (Éter 3:11, 12).

Estas son las propias palabras del Salvador: “Yo soy el Espíritu de verdad” (D. y C. 93:26; véase también el versículo 24). “… yo os digo la verdad” (Juan 16:7; véase también Juan 16:13).

Por otra parte, a Satanás se le describe como el padre de las mentiras: “… y llegó a ser Satanás, sí, el diablo, el padre de todas las mentiras, para engañar y cegar a los hombres y llevarlos cautivos según la voluntad de él, sí, a cuantos no quieran escuchar mi voz” (Moisés 4:4).

Jesús dijo: “… el diablo… no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de sí mismo habla, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Juan 8:44; véase también D. y C. 93:39).

El Salvador reprendía constantemente a quienes profesaban algo públicamente, pero en su corazón vivían de manera diferente (véase Mateo 23:27). Él alabó a quienes vivían sin engaño (véase D. y C. 124:15). ¿Se dan cuenta del contraste? Por un lado están las mentiras, los engaños, la hipocresía y la oscuridad; por el otro, están la verdad, la luz, la honradez y la integridad. El Señor hace una marcada distinción.

El presidente Thomas S. Monson ha dicho:

“Si bien antes las normas de la Iglesia eran casi todas compatibles con las de la sociedad, ahora nos divide un gran abismo que cada vez se agranda más…

“El Salvador de la humanidad se describió a Sí mismo diciendo que estaba en el mundo sin ser del mundo [véanse Juan 17:14; D. y C. 49:5]. Nosotros también podemos estar en el mundo sin ser del mundo al rechazar los conceptos falsos y las enseñanzas falsas, y ser fieles a lo que Dios nos ha mandado”1.

El mundo nos diría que es difícil definir la verdad y la honradez. Al mundo le causa gracia mentir de vez en cuando y no demora en excusar las supuestas mentiras “piadosas”. El contraste entre el bien y el mal se atenúa y las consecuencias de la falta de honradez se minimizan.

Para recibir constantemente el Espíritu de Verdad —el Espíritu Santo—, debemos llenar nuestra vida con lo verdadero y lo honrado. A medida que llegamos a ser completamente honrados, nuestros ojos espirituales se abren a un mayor grado de iluminación.

Ustedes pueden entender fácilmente la forma en que esa fuerza espiritual favorece el aprendizaje en el salón de clase; pero, ¿pueden ver también cómo ese principio se aplica a las decisiones importantes sobre la forma en la que utilizan su tiempo, con quién lo pasan y la manera en que moldean su vida?

Comprométanse a la honradez personal

El don espiritual de verdad que ustedes necesitan y desean no se puede separar del hecho de que sean una persona honrada y verídica. La verdad que procuran es parte de la persona que son. La luz, las respuestas espirituales y la dirección celestial están inalterablemente vinculadas a su propia honradez y veracidad. Gran parte de la satisfacción duradera que tengan en la vida la recibirán a medida que continuamente eleven su compromiso de honradez personal.

Roy D. Atkin relató lo siguiente:

“Después de que varios estudiantes abandonaron sus estudios al finalizar [mi] primer año en la universidad, mis clases en la facultad de odontología se hicieron aun más competitivas. Todos se esforzaban al máximo por estar entre los primeros de la clase. A medida que aumentaba la rivalidad, algunos estudiantes decidieron que la manera de salir adelante era hacer trampa, lo cual me preocupó mucho…

“Sabía que no debía hacer trampa; más que llegar a ser dentista, quería estar bien ante Dios.

“[Durante] mi tercer año, me ofrecieron una copia de un examen que íbamos a tener en una clase muy importante. Obviamente, eso significaba que algunos de mis compañeros de clase tendrían de antemano las preguntas del examen. Rechacé la oferta. Cuando se nos devolvieron los exámenes corregidos, el promedio del grupo era extremadamente alto, lo que hizo que mi puntuación fuese más baja en comparación. El profesor pidió hablar conmigo.

“‘Roy’, dijo, ‘por lo general sacas buenas calificaciones en las pruebas; ¿qué sucedió?’.

“‘Señor’, le dije a mi profesor, ‘en el próximo examen, si da una prueba que nunca haya dado antes, creo que descubrirá que me irá muy bien’. No respondió.

“Tuvimos otro examen en esa misma clase. Mientras se repartían los exámenes, se oían fuertes gemidos. Era una prueba que el maestro nunca había dado. Cuando nos devolvieron los exámenes corregidos, la calificación que obtuve fue una de las más altas de la clase. A partir de ese momento, todos los exámenes que nos daban eran nuevos”2.

Debido a que somos discípulos de Cristo, la norma divina de la honradez forma parte de nosotros. En el Libro de Mormón, la amonestación del rey Benjamín de “[despojarse] del hombre natural” (Mosíah 3:19) es, en parte, un llamado para adquirir un sentido más elevado de honradez y de verdad.

El apóstol Pablo aconsejó a los efesios: “… despojaos del viejo hombre, que está viciado… y renovaos en el espíritu de vuestra mente”. Y después dio un consejo específico en cuanto a llegar a ser un “nuevo hombre” o una “nueva mujer”: lo primero que les dijo que hicieran fue “[dejar] la mentira, [y hablar] verdad cada uno” (véase Efesios 4:22–25; véanse también Colosenses 3:9; 3 Nefi 30:2).

Me gusta esta definición de la honradez: “La honradez es ser completamente verídico, recto y justo”. Además, la integridad es “[tener] el valor moral de hacer que [tus] acciones sean compatibles con el conocimiento que [tienes] del bien y del mal”3.

El presidente James E. Faust (1920–2007), Segundo Consejero de la Primera Presidencia, relató lo que sucedió cuando se postuló como candidato para ingresar en la Escuela de Oficiales del Ejército de Estados Unidos. Dijo:

“… me llamaron a comparecer ante la comisión investigadora. Mis títulos eran pocos, pero había cursado dos años en la universidad y acababa de regresar de mi misión en Sudamérica.

“Las preguntas que me formularon los oficiales de la comisión tomaron un giro sorprendente; casi todas tenían que ver con mis creencias: ‘¿Fuma usted?’ ‘¿Bebe alcohol?’ ‘¿Qué piensa en cuanto a otras personas que fuman y beben?’ Yo no tuve problemas para contestar esas preguntas.

“‘¿Ora usted?’ ‘¿Cree usted que un oficial debe orar?’ El oficial que me hacía las preguntas era un aguerrido militar de carrera. No aparentaba ser uno que orara con frecuencia… Yo anhelaba ser oficial…

“Decidí no ser ambiguo. Les dije que sí oraba y que creía que un oficial podría procurar la ayuda divina tal como algunos generales notables lo habían hecho…

“Entonces me hicieron otras preguntas más interesantes: ‘En épocas de guerra, ¿no deberíamos disminuir un tanto el código de la moral? ¿No justificarían las exigencias de las batallas que los hombres hicieran cosas que no harían en su hogar ante circunstancias normales?’.

“… Me parecía que esas preguntas provenían de hombres que no vivían de conformidad con las normas que se me habían enseñado. Pensé por un instante que quizás podría decirles que yo tenía mis propias creencias, pero que no quería imponérselas a los demás. Sin embargo, en mi mente me pareció ver los rostros de las muchas personas a las que, como misionero, les había enseñado la ley de castidad; así que, al final, simplemente les contesté que no creía que hubiera más de una norma de moralidad’.

“Salí del interrogatorio pensando que aquellos toscos oficiales… me calificarían muy bajo. Pocos días después, cuando se publicaron los resultados, quedé gratamente sorprendido. Me encontraba en el primer grupo de candidatos para la Escuela de Oficiales”.

Entonces, el presidente Faust, al darse cuenta de cómo las decisiones pequeñas pueden traer grandes consecuencias, dijo: “Esa fue una de las encrucijadas de mi existencia”4.

La honradez, la integridad y la verdad son principios eternos que moldean de manera significativa nuestra experiencia mortal y ayudan a determinar nuestro destino eterno. Para un discípulo de Cristo, la honradez es parte central de la espiritualidad.

Sean fieles a su palabra

La honradez abarca todo aspecto de la vida diaria, pero permítanme mencionar algunos ejemplos específicos. En mi época de estudiante, recuerdo que el rector de aquel entonces de la Universidad Brigham Young, Dallin H. Oaks, ahora miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles, compartió esta cita de Karl G. Maeser: “Mis jóvenes amigos, se me ha preguntado lo que quiero decir con palabra de honor. Se lo diré. Si me colocan detrás de los muros de una prisión —muros de piedra bien altos y gruesos, con cimentos muy profundos— existe la posibilidad de que de una manera u otra pueda escapar; pero si me colocan allí en el suelo, dibujan un círculo a mi alrededor y me piden que dé mi palabra de honor de nunca cruzarlo, ¿podría salir de ese círculo? ¡No, jamás! ¡Antes moriría!”5.

Hay momentos en los que honramos los compromisos simplemente porque hemos acordado honrarlos. Habrá situaciones en la vida en que se verán tentados a ignorar un acuerdo que hayan hecho. Al principio concertarán el acuerdo debido a algo que desean recibir a cambio. Más tarde, debido a un cambio en las circunstancias, ya no querrán honrar los términos del acuerdo. Aprendan ahora que cuando dan su palabra, cuando hacen una promesa, cuando ponen su firma, su honradez y su integridad personales los obligan a cumplir su palabra, su compromiso, su acuerdo.

Estamos muy agradecidos de que “[creen] en ser honrados” (Artículos de Fe 1:13), que dicen la verdad, que no harían trampa en un examen, que no plagiarían un documento ni engañarían a otra persona. El Señor nos dice:

“… y la verdad es el conocimiento de las cosas como son, como eran y como han de ser;

“y lo que sea más o menos que esto es el espíritu de aquel inicuo que fue mentiroso desde el principio” (D. y C. 93:24–25).

Nuestros retos con frecuencia se presentan en lo “más o menos”, en las pequeñas tentaciones que están al borde del ser completamente honrado. Cuando cursaba el primer año de universidad, tenía sobre mi escritorio una declaración que con frecuencia citaba el entonces presidente David O. McKay (1873–1970). Dice: “Las batallas más grandes de la vida se libran dentro de las cámaras silenciosas del alma”6.

¿Cómo creen que se siente el Señor cuando tomamos decisiones difíciles en cuanto a la honradez? Hay un enorme poder espiritual al permanecer fieles y honrados cuando las consecuencias de su honradez podrían parecer una desventaja. Cada uno de ustedes enfrentará tales decisiones, y esos momentos decisivos pondrán a prueba su integridad. Al escoger la honradez y la verdad —ya sea que la situación se resuelva de la manera que ustedes esperan o no—, se darán cuenta de que esas importantes encrucijadas se convierten en pilares fundamentales de fortaleza en su crecimiento espiritual.

“Sean rectos en la oscuridad”

El presidente Brigham Young (1801–1877) una vez dijo: “Debemos aprender a ser rectos en la oscuridad”7. Una definición de esta frase es que debemos aprender a ser honrados cuando nadie sabe si estamos siendo deshonrados. Los exhorto a ser “rectos en la oscuridad”. Elijan el camino que el Salvador mismo elegiría.

El poeta Edgar A. Guest escribió:

No quiero mantener ocultos
todos mis muchos secretos;
ni engañarme de que en mi andar
ningún otro se habrá de enterar8.

Recordemos las bellas palabras del Profeta José Smith: “… yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo, ni osaría hacerlo; por lo menos, sabía que haciéndolo, ofendería a Dios y caería bajo condenación” (José Smith—Historia 1:25).

Existe la presión para sobresalir, para mantener altas calificaciones, para encontrar empleo, para encontrar amigos, para complacer a los que los rodean, para graduarse. No permitan que esas presiones afecten su honradez. Sean honrados cuando las consecuencias parezcan estar en su contra. Oren para tener mayor honradez; piensen en los aspectos en los que el Señor desearía que fuesen más honrados y tengan el valor de tomar las medidas necesarias para elevar su espíritu a un nivel más alto de determinación a ser completamente honrados.

El presidente Monson nos ha amonestado: “Seamos ejemplos de honradez y de integridad dondequiera que vayamos y en lo que sea que hagamos”9. Tal vez deberían pensar en poner el consejo que dio el profeta del Señor donde lo puedan ver a menudo.

El élder Oaks nos ha aconsejado: “… no debemos ser tolerantes con nosotros mismos; Debemos regirnos por las demandas de la verdad”10. Sean intransigentes con ustedes mismos. El Salvador dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame” (Mateo 16:24).

Termino donde empecé. Nuestro Padre Celestial y Su Hijo Jesucristo son seres de absoluta, perfecta y completa honradez. Testifico que nuestro Padre Celestial y Su amado Hijo viven. Ellos los conocen a ustedes personalmente y los aman. Su destino como hijo o hija de Dios es llegar a ser como Ellos. Somos discípulos del Señor Jesucristo. Tengamos el valor de seguirlo.

Referencias

  1. Thomas S. Monson, “El poder del sacerdocio”, Liahona,mayo de 2011, págs. 66, 67.
  2. Roy D. Atkin, “I Wouldn’t Cheat”, New Era, octubre de 2006, págs. 22–23.
  3. Progreso Personal para las Mujeres Jóvenes, librito, 2009, pág. 61.
  4. Véase de James E. Faust, “La honradez, una brújula de la moral”, Liahona, enero de 1997, págs. 45–48.
  5. En Alma P. Burton, Karl G. Maeser: Mormon Educator,1953, pág. 71; véase también de Dallin H. Oaks, “Be Honest in All Behavior” (Devocional de la Universidad Brigham Young, 30 de enero de 1973), pág. 4, speeches.byu.edu.
  6. Véase de James L. Gordon, The Young Man and His Problems, 1911, pág. 130.
  7. Diario de la oficina de Brigham Young, 28 de enero de 1857.
  8. Edgar A. Guest, “Myself”, en The Best Loved Poems of the American People, 1936, pág. 91; traducción libre.
  9. Thomas S. Monson, “Al partir”, Liahona, mayo de 2011, pág. 114.
  10. Dallin H. Oaks, “El equilibrio entre la verdad y la tolerancia”, Liahona, febrero de 2013, pág. 32.
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Cómo conversar con los jóvenes sobre la pornografía.

Por Dan Gray

Trabajador social clínico titulado

Si los padres y los líderes del sacerdocio hablan abiertamente con los jóvenes sobre cuestiones íntimas, sabrán ayudarles a comprender y a evitar los peligros espirituales, emocionales y físicos de la pornografía.

En la actualidad, los los jóvenes sufren un bombardeo de imágenes explícitas, en su mayoría carnales y lascivas, pero dada la naturaleza compleja y delicada de la temática sexual, muchos padres tienen grandes reservas o vergüenza de abordar este tema con sus hijos. En consecuencia, muchos jóvenes son instruidos por amigos con nociones equivocadas o por medios de comunicación y entretenimiento corruptos que suelen conducirles a desarrollar una perspectiva errónea de la sexualidad. A su vez, esas perspectivas pueden conducir a conductas inapropiadas.

Deseamos enseñar a nuestros hijos la ley de castidad y ayudarles a evitar el dolor de la inmoralidad. Entonces, ¿qué pueden hacer los padres y los líderes del sacerdocio? Es preciso hablar con los jóvenes de la naturaleza sagrada de las relaciones íntimas del ser humano y ayudarles a entender y a refrenar los sentimientos relacionados con éstas.

Si tan sólo hablamos del uso incorrecto de la sexualidad, los jóvenes pueden crecer inseguros e inestables, y puede que estemos transmitiéndoles el siguiente mensaje confuso: “Los pensamientos y sentimientos sexuales son malos, pecaminosos e incorrectos… excepto si los orientas hacia alguien a quien amas”. Los jóvenes que sólo reciben mensajes negativos sobre la sexualidad tal vez lleguen a la siguiente conclusión: “Si los sentimientos y los impulsos sexuales son malos, y yo los tengo intensamente, entonces es que también yo soy malo”. Esa forma de pensar puede derivar en sentimientos de baja autoestima, falta de dignidad y vergüenza, haciendo que el joven se sienta alejado del Espíritu.

El hablar abiertamente al respecto puede arrojar mucha luz sobre esta confusión. Al hablar con los jóvenes de la naturaleza sagrada de nuestro cuerpo y de la procreación, seremos capaces de ayudarles a comprender y a evitar los peligros espirituales, emocionales y físicos de la pornografía.

La naturaleza sagrada de nuestro cuerpo

Los medios de comunicación suelen ofrecer una imagen poco realista de la apariencia que debería tener nuestro cuerpo y lo que representa. Esa imagen lleva a la gente a considerar el cuerpo como un objeto más que como una parte del alma de la persona. Aceptar esa imagen puede llevar incluso a adorar el “cuerpo perfecto” o, cuando no se está a la altura de esas expectativas, al autodesprecio.

En vez de dejar que los medios de comunicación enseñen a nuestros jóvenes esta destructiva idea mundana, enseñémosles que el cuerpo, en todas sus variedades, es maravilloso, un don de Dios creado para brindarnos gozo y realización. En 1913, el élder James E. Talmage (1862–1933), del Quórum de los Doce Apóstoles, declaró: “Se nos ha mandado… considerar nuestro cuerpo como un don de Dios. Nosotros, los Santos de los Últimos Días, no creemos que el cuerpo sea algo que haya que condenar, algo que debamos aborrecer… Para nosotros [el cuerpo] es el símbolo de nuestra primogenitura real… Es inherente a la teología de los Santos de los Últimos Días que consideremos el cuerpo como una parte esencial del alma” 1 . Este entendimiento permite a los jóvenes tratar con gran respeto tanto sus cuerpos como el cuerpo de los demás.

El élder Jeffrey R. Holland, del Quórum de los Doce Apóstoles, aludió también a la naturaleza sagrada del cuerpo:

“Simplemente debemos entender la doctrina revelada y restaurada de los Santos de los Últimos Días respecto al alma, así como la importantísima y esencial función que el cuerpo tiene en esa doctrina.

“Una de las verdades ‘claras y preciosas’ restauradas en esta dispensación es la de que ‘el espíritu y el cuerpo son el alma del hombre’ [D. y C. 88:15; cursiva agregada]…

“…La explotación del cuerpo (por favor, incluyan también aquí la palabra alma) es, en última instancia, una explotación de Aquel que es la Luz y la Vida del mundo” 2 .

Nuestra sexualidad: Un don

Además de haber sido bendecidos con un cuerpo físico, tenemos también el sagrado poder de la procreación. Nuestro Padre Celestial ha autorizado el acto de la expresión sexual en el matrimonio y permite a las parejas casadas experimentar placer, amor y satisfacción en esa expresión. El presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) declaró: “Dentro de los lazos del matrimonio legal, la intimidad de las relaciones sexuales está bien y cuenta con la aprobación divina. No hay nada impuro ni degradante en la sexualidad de por sí, puesto que por ese medio el hombre y la mujer se unen en un proceso de creación y en una expresión de amor” 3 . Nuestros impulsos sexuales, cuando se expresan de manera apropiada, deben verse como dones maravillosos y sagrados.

El presidente Boyd K. Packer, Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles, habló de este tema con los jóvenes de la Iglesia. Su poderoso discernimiento al respecto permite a los padres enseñar a sus hijos sobre la naturaleza sagrada de esos poderes:

“Se había proporcionado a nuestro cuerpo —y esto es sagrado— un poder de creación, una luz, por así decirlo, que tiene el poder de encender otras luces. Ese don debía utilizarse solamente dentro de los sagrados lazos del matrimonio. Mediante el ejercicio de ese poder de creación, se puede concebir un cuerpo mortal, en el cual entra un espíritu, y así nace en esta vida un alma nueva.

Ese poder es bueno. Puede crear y sostener la vida familiar y es en ella donde encontramos las fuentes de la felicidad. Se da prácticamente a todo ser mortal que nace. Es un poder sagrado e importante; y repito, mis jóvenes amigos, que es un poder bueno

“Gran parte de la felicidad que pueden recibir en su vida dependerá del uso que hagan del sagrado poder de la creación”.

Los dañinos efectos de la pornografía

La pornografía es una de las cosas que pueden corromper ese sagrado poder. El presidente Gordon B. Hinckley ha dicho de su consumo: “La mente de los jóvenes se distorsiona con conceptos falsos. El ver [pornografía] de continuo lleva a una adicción de la que es casi imposible desprenderse” 5 .

Muchas personas, incluso algunos asesores profesionales, excusan y hasta aprueban el consumo de pornografía como una conducta exenta de perjuicios. La justifican diciendo que es “normal” y que no encierra peligro alguno cuando se realiza en una situación de aislamiento y en privado. Ese mismo raciocinio se emplea como excusa para la consiguiente práctica de la autoestimulación. ¿Qué respondemos entonces al joven que nos pregunta: “Qué hay de malo en la pornografía y la autoestimulación”? Los cuatro pensamientos que figuran a continuación pueden resultarnos útiles para abordar este punto.

La pornografía profana las almas por las que expió Jesucristo.El cuerpo forma parte del alma; de ahí que cuando contemplamos el cuerpo de otra persona para satisfacer nuestros deseos lascivos, estamos faltándole al respeto y profanando el alma misma de esa persona, así como la nuestra propia. El élder Holland nos advirtió de las consecuencias de justificar estas cosas o de tomarlas a la ligera: “Al restarle importancia al alma de otra persona (por favor, incluyan también aquí la palabra cuerpo), trivializamos la Expiación, sacrificio que salvó a esa alma y le garantiza una existencia eterna. Cuando se juega con el Hijo de Rectitud, Estrella de la Mañana, se juega con calor blanco y con una llama más caliente y brillante que el del sol al mediodía. No es posible obrar así sin quemarse” 6 . La pornografía profana y degrada tanto el cuerpo como el espíritu. Debemos respetar nuestra naturaleza sagrada y la de las demás personas.

La pornografía puede impedirnos alcanzar el máximo potencial de nuestra alma. Nuestro Padre Celestial es el creador de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu; Él sabe cómo funcionan mejor juntos; Él sabe qué cosas nos ayudarán a alcanzar nuestro potencial y cuáles detendrán nuestro progreso. Él sabe qué debemos darle al cuerpo y de qué debemos abstenernos. Los profetas nos han enseñado que el permitir que entren en a la mente imágenes pornográficas provoca daños al espíritu y que, al obrar así, ponemos en peligro nuestra capacidad para ser felices y tener gozo. Si, en cambio, obedecemos las instrucciones del Señor, tanto las que se hallan en las Escrituras como las que nos dan los profetas, podremos experimentar el máximo potencial de nuestra alma.

La pornografía llega a ser adictiva. El repetido consumo de pornografía, especialmente cuando va de la mano con la autoestimulación, puede convertirse en un hábito y llegar a ser adictivo. La adicción se materializa cuando la persona llega a depender del flujo de sustancias químicas que el cuerpo crea cuando se consume pornografía. El consumidor de pornografía aprende a depender de esa actividad a fin de huir de los problemas de la vida, o para hacerles frente y encarar los generadores de la tensión emocional como el dolor, la ira, el aburrimiento, la soledad o el cansancio. Esa dependencia llega a ser un vicio muy difícil de abandonar y en ocasiones culmina en relaciones sexuales fuera de los vínculos del matrimonio.

La pornografía crea expectativas dañinas para el matrimonio.Cuando una persona consume pornografía y se excita, el cuerpo experimenta el mismo tipo de excitación que el de un verdadero encuentro sexual. Si esa conducta se repite con frecuencia, el cuerpo y la mente quedan condicionados por determinadas imágenes y comportamientos, los que pueden derivar en expectativas dañinas e irreales de lo que debiera ser una relación sexual. Tales expectativas afectan también al matrimonio, creando dolor, desconfianza, conflictos, confusión y la traición de la confianza que debería existir entre los cónyuges.

Virtud incesante

El Señor ofrece enormes bendiciones a las personas que tienen pensamientos limpios y virtuosos acompañados de caridad: “Deja también que tus entrañas se llenen de caridad para con todos los hombres, y para con los de la familia de la fe, y deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios; y la doctrina del sacerdocio destilará sobre tu alma como rocío del cielo. El Espíritu Santo será tu compañero constante” (D. y C. 121:45–46).

¿Cómo es posible engalanar nuestros pensamientos “incesantemente”? Las personas que logran vencer los pensamientos y las conductas inapropiados son aquellas que aprenden a ocupar su tiempo en rutinas virtuosas y diarias, entre las cuales podrían incluirse:

  • Escuchar música edificante.

  • Disfrutar de las creaciones de Dios en la naturaleza.

  • Conservar el cuerpo limpio y sano.

  • Leer las Escrituras y buenos libros.

  • Divertirse con los familiares y los buenos amigos.

  • Participar en conversaciones que no sean denigrantes ni subidas de tono.

  • Dar gracias en oración y suplicar el poder para resistir la tentación.

  • Rodearnos de cosas virtuosas en nuestro hogar y en el centro de trabajo, como pueden ser fotos, láminas, regalos de nuestros seres queridos, cosas que nos hagan reír o que nos recuerden cosas memorables.

Todas estas cosas pueden convertirse en símbolos de virtud que ayudarán a nuestra mente a permanecer centrada y ser menos susceptible a los antojos del hombre natural. Si los jóvenes logran aprender estas cosas y a ponerlas en práctica en su diario vivir, comenzarán a experimentar las bendiciones increíbles de las que se habla en Doctrina y Convenios 121.

También es esencial que entiendan que todos tenemos debilidades que debemos superar. La debilidad no nos hace indignos del amor de Dios; de hecho, el superar la debilidad forma parte del plan de Dios para nosotros. Cuando el Señor nos señala nuestras debilidades y seguimos Su directiva de ser humildes y sumisos (en vez de desanimarnos y perder toda esperanza), comienzan a ocurrir cosas maravillosas. Entonces podremos entregar nuestro corazón al Señor con fe. Entonces, por medio de Su gracia y poder —y no únicamente mediante nuestra fuerza de voluntad— Él “[hará] que las cosas débiles sean fuertes” (Éter 12:27) para nosotros.

No se nos dice que Él vaya a quitarnos nuestras debilidades. Tal vez sigamos siendo tentados y atribulados por ellas, pero si somos humildes y nos mantenemos fieles, el Señor nos ayudará a resistir las tentaciones.

Si algún joven tiene problemas con la pornografía, debe saber que no está perdido, que nosotros y el Señor aún lo amamos y que hay una salida. El presidente Hinckley ha dicho: “[Suplique] al Señor desde lo más profundo de su alma que Él le quite la adicción que le ha esclavizado. Y ruego que tenga la valentía de buscar la amorosa guía de su obispo y, de ser preciso, la asesoría de humanitarios profesionales” 7 . Nuestros jóvenes no deben sentirse avergonzados por tener que buscar ayuda de los padres, del sacerdocio o profesional.

Los padres y los líderes debemos estar más presentes en la vida de nuestros jóvenes y esforzarnos por crear un entorno seguro para ellos. Debemos ser valientes al comunicarnos con ellos sobre estas importantes cuestiones, y alentarlos a aferrarse a los principios del Evangelio y a fortalecerse contra los poderes del adversario. Debemos ser conscientes de las actividades de los jóvenes y supervisarlas —entre las que debemos describir el uso que hagan de Internet— y hablar abiertamente con ellos sobre las bendiciones y los peligros de la sexualidad humana, escucharles y ofrecerles dirección y guía asentada en el Evangelio.

Por supuesto no compartimos relatos personales de nuestras experiencias íntimas; pero si nos valemos de los principios abordados en este artículo, podremos ayudar a los jóvenes a entender con claridad el poder y el potencial de los impulsos sexuales que tengan.

Aún más importante que todo ello es que seamos un ejemplo para nuestros jóvenes. Ellos observan cómo lidiamos con las influencias negativas y necesitan saber que nosotros sabemos que la influencia del adversario no es rival para el poder divino y la influencia del Señor, en quien depositamos nuestra confianza.

Ayuda para superar la pornografía

Deja que la virtud engalane tus pensamientos es un nuevo folleto diseñado para ayudar a las personas que tengan problemas con la pornografía. Habla sobre cómo:

  • Reconocer los medios de comunicación dañinos.

  • Resistir y evitar la tentación de la pornografía.

  • Abandonar las adicciones a la pornografía.

En Deja que la virtud engalane tus pensamientos (artículo 00460 002) hay una lista de pasajes de las Escrituras y de materiales de consulta de la Iglesia sobre el arrepentimiento, la santidad del cuerpo y cómo vencer las influencias mundanas. Los líderes de la Iglesia y los miembros de las familias pueden compartir este folleto con aquellos seres queridos que tengan problemas con la pornografía.

Referencias

  1. En Conference Report, octubre de 1913, pág. 117.
  2.  Of Souls, Symbols, and Sacraments, 2001, págs. 11, 13.
  3.  The Teachings of Spencer W. Kimball, edición de Edward L. Kimball, 1982, pág. 311.
  4.  “Why Stay Morally Clean,” Ensign, julio de 1972, pág. 111; cursiva agregada.
  5.  “Un mal trágico entre nosotros”, Liahona, noviembre de 2004, pág. 61.
  6.  Of Souls, Symbols and Sacraments, pág. 13.
  7.  Liahona, noviembre de 2004, pág. 62.