Lamentaciones de Jeremías: Cuidaos del cautiverio.

Elder Quentin L. Cook.

Del Quorum de los doce apóstoles.

Nuestro desafío es evitar el cautiverio en todas sus formas, ayudar al Señor a reunir a Sus escogidos y sacrificarnos por la nueva generación

Al comienzo de nuestro matrimonio, mi esposa Mary y yo decidimos que, en la medida de lo posible, escogeríamos actividades a las que pudiéramos asistir juntos; también queríamos ser prudentes con el dinero. A Mary le encanta la música y sin duda le preocupaba que yo le diera demasiada importancia a los eventos deportivos, así que negoció que de todos los eventos de pago que eligiéramos habría dos obras musicales, óperas o actividades culturales por cada partido.

Al principio, me resistía a incluir óperas, pero con el tiempo cambié de idea; en especial, llegué a disfrutar de las óperas de Giuseppe Verdi; esta semana será el bicentenario de su nacimiento.

En su juventud, Verdi estaba intrigado con el profeta Jeremías, y en 1842, a los veintiocho años, logró la fama con la ópera Nabucco, una forma italiana más corta del nombre Nabucodonosor, rey de Babilonia. Esta ópera contiene conceptos extraídos de los libros de Jeremías, Lamentaciones y Salmos, del Antiguo Testamento. La ópera incluye la conquista de Jerusalén y el cautiverio y la esclavitud de los judíos. El Salmo 137 es la inspiración para el inspirador y conmovedor “Coro de los esclavos hebreos” de Verdi. El encabezamiento de este Salmo en nuestras Escrituras es muy dramático: “Mientras estuvieron en cautiverio, los judíos lloraron junto a los ríos de Babilonia— A causa del dolor, no podían soportar cantar los cánticos de Sión”.

Mi propósito es analizar muchas formas de esclavitud y subyugación. Compararé algunas circunstancias de nuestra época con las de la época de Jeremías antes de la caída de Jerusalén. Al presentar esta voz de amonestación, me siento agradecido de que la mayoría de los miembros de la Iglesia estén evitando con rectitud la conducta que era tan ofensiva para el Señor en la época de Jeremías.

Las profecías y lamentaciones de Jeremías son importantes para los Santos de los Últimos Días. Jeremías y la Jerusalén de su época son el telón de fondo de los primeros capítulos del Libro de Mormón. Jeremías fue contemporáneo del profeta Lehi. El Señor le informó a Jeremías en forma dramática sobre su preordenación: “Antes que te formase en el vientre te conocí; y antes que nacieses, te santifiqué; te di por profeta a las naciones”.

Lehi recibió del Señor un llamamiento, una misión y una asignación diferentes. No fue llamado en su juventud, sino en su madurez. Al principio, su voz era una de amonestación, pero después de que declarara fielmente el mismo mensaje que Jeremías, el Señor mandó a Lehi llevar a su familia y huir al desierto. Al hacerlo, Lehi bendijo no sólo a su familia, sino también a todas las personas.

Durante los años antes de la destrucción de Jerusalén, los mensajes que el Señor le dio a Jeremías son inquietantes. Él dijo:

“…mi pueblo ha cambiado su gloria por lo que no aprovecha.

“…me abandonaron a mí, fuente de aguas vivas, y cavaron… cisternas rotas que no retienen el agua”.

Al hablar de las calamidades que sobrevendrían a los habitantes de Jerusalén, el Señor se lamentó: “Pasó la siega [para ellos], terminó el verano, y [ellos] no [han] sido salvos”.

Dios quiso que los hombres y las mujeres fueran libres para elegir entre el bien y el mal. Cuando las malas decisiones vienen a ser la característica dominante de una cultura o de un país, hay graves consecuencias, tanto en esta vida como en la venidera. Las personas pueden llegar a ser esclavas o a ponerse a sí mismas en cautiverio no sólo de sustancias perjudiciales y adictivas, sino también de las filosofías perjudiciales y adictivas que restan valor a una vida recta.

El apartarse de la adoración del Dios verdadero y viviente y adorar a dioses falsos, como la riqueza y la fama, y el participar en una conducta inmoral e injusta, ocasionan el cautiverio en todas sus manifestaciones insidiosas. Éstas consisten en el cautiverio espiritual, físico y mental, y a veces traen destrucción. Jeremías y Lehi también enseñaron que los que son justos deben ayudar al Señor a establecer Su iglesia y reino, y a reunir al Israel esparcido.

Estos mensajes se han repetido y reafirmado a través de los siglos en todas las dispensaciones. Son la esencia de la restauración del evangelio de Jesucristo en ésta, la dispensación final.

El cautiverio de los judíos y la dispersión de las tribus de Israel, que incluye las diez tribus, son factores doctrinales importantes en la restauración del Evangelio. Las diez tribus perdidas constituían el Reino del Norte de Israel; fueron llevadas cautivas a Asiria en el año 721 a.C. y fueron a los países del norte. Nuestro décimo artículo de fe declara: “Creemos en la congregación literal del pueblo de Israel y en la restauración de las Diez Tribus”. También creemos que como parte del convenio que el Señor hizo con Abraham, no sólo el linaje de Abraham sería bendecido sino que también serían bendecidas todas las personas de la tierra. Como el élder Russell M. Nelson ha dicho, el recogimiento “no es una cuestión de ubicación física; es un asunto de compromiso individual. Se puede traer a la gente al ‘conocimiento del Señor’ [3 Nefi 20:13] sin que dejen su tierra natal”.

Nuestra doctrina es clara: “El Señor esparció e hizo padecer a las doce tribus de Israel debido a su iniquidad y rebelión; no obstante, también se valió del esparcimiento de Su pueblo escogido entre las naciones del mundo para bendecir a esas naciones”.

Aprendemos valiosas lecciones de este trágico período. Debemos hacer todo lo posible para evitar el pecado y la rebelión que conducen a la servidumbre. Reconocemos también que la vida recta es un requisito previo para ayudar al Señor en el recogimiento de Sus escogidos y en la congregación literal de Israel.

El cautiverio, la subyugación, las adicciones y la servidumbre vienen de muchas formas. Pueden ser esclavitudes físicas, pero también puede ser la pérdida o el deterioro del albedrío moral lo que obstaculice nuestro progreso. Jeremías es claro en cuanto a que la falta de rectitud y la rebelión fueron las principales razones para la destrucción de Jerusalén y para el cautiverio en Babilonia.

Otros tipos de esclavitud son igualmente destructivos para el espíritu humano. Se puede abusar del albedrío moral de muchas maneras. Voy a mencionar cuatro que son particularmente perniciosas en la cultura de hoy.

En primer lugar, las adicciones que afectan el albedrío, contradicen las creencias morales y destruyen la buena salud ocasionan el cautiverio. El impacto de las drogas y el alcohol, la pornografía, los juegos de azar, la subyugación financiera y otras aflicciones, imponen en aquellas personas en cautiverio y en la sociedad una carga de tal magnitud que es casi imposible de cuantificar.

En segundo lugar, las adicciones o predilecciones que, aunque no sean intrínsecamente malas, pueden consumir el preciado tiempo que se nos ha brindado y que bien podría emplearse para lograr objetivos virtuosos. Éstas pueden incluir el uso excesivo de las redes sociales, los juegos de video y los digitales, los deportes, la recreación y muchas otras.

Cómo preservar tiempo para la familia es uno de los problemas más importantes que afrontamos en la mayoría de las culturas. En una época en la que yo era el único miembro de la Iglesia en nuestro bufete de abogados, una abogada me explicó que siempre se sentía como una malabarista tratando de mantener tres pelotas en el aire al mismo tiempo. Una pelota era el ejercicio de su profesión como abogada, otra era su matrimonio y la otra eran sus hijos. Casi había abandonado la idea de tener tiempo para sí misma. Estaba muy preocupada de que una de las pelotas siempre estaba en el piso. Sugerí que nos reuniéramos como grupo y analizáramos nuestras prioridades.

Establecimos que la razón principal por la que trabajábamos era para mantener a nuestras familias. Acordamos en que ganar más dinero no era tan importante como nuestras familias, pero reconocimos que servir a nuestros clientes de la mejor manera posible era esencial. Entonces la conversación se tornó a lo que hacíamos en el trabajo que era innecesario e inconsistente con el dedicar tiempo a la familia. ¿Existía la presión de pasar tiempo que no era esencial en el lugar de trabajo? Decidimos que nuestra meta sería un entorno propicio para la familia, tanto para hombres como para mujeres. Estemos a la vanguardia en lo que respecta a proteger el tiempo para la familia.

En tercer lugar, la mayor subyugación universal en nuestros días, como lo ha sido a través de la historia, son la ideología o las creencias políticas que son incompatibles con el evangelio de Jesucristo. Sustituir la verdad del Evangelio por las filosofías de los hombres puede alejarnos de la sencillez del mensaje del Salvador. Cuando el apóstol Pablo visitó Atenas, trató de enseñar sobre la resurrección de Jesucristo. En Hechos, leemos sobre este esfuerzo: “Porque todos los atenienses y los extranjeros residentes allí, de ninguna otra cosa se ocupaban, sino en decir o en oír algo nuevo”. Cuando la multitud se dio cuenta de la naturaleza religiosa y sencilla del mensaje de Pablo, que no era algo nuevo, lo rechazaron.

Esto es representativo de nuestros días, donde las verdades del Evangelio son a menudo rechazadas o distorsionadas para hacerlas intelectualmente más atractivas o compatibles con las tendencias culturales y las filosofías intelectuales del momento. Si no tenemos cuidado, estas tendencias pueden atraparnos y colocarnos en el cautiverio intelectual. Ahora mismo hay muchas voces diciéndole a las mujeres cómo vivir. Muchas veces se contradicen entre sí. De particular interés son las filosofías que critican o disminuyen el respeto por las mujeres que deciden hacer los sacrificios necesarios para ser madres, maestras, cuidadoras o amigas de los niños.

Hace unos meses, nuestras dos nietas menores nos visitaron, una cada semana. Yo estaba en casa y abrí la puerta. Mi esposa, Mary, estaba en otra habitación. En ambos casos, después de un abrazo, ellas dijeron casi lo mismo. Miraron a su alrededor y dijeron: “Me encanta estar en casa de la abuela. ¿Dónde está la abuela?” No se lo dije a ellas, pero pensé: “¿No es ésta la casa del abuelo también?”. Sin embargo, me di cuenta de que cuando yo era niño, nuestra familia iba a la casa de la abuela. Me vino a la mente la letra de una canción conocida: “Cruzando el río y atravesando el bosque vamos a casa de la abuela”.

Ahora bien, permítanme decir, sin lugar a dudas, que estoy encantado con la educación y otras oportunidades que están disponibles para las mujeres. Valoro el hecho de que el trabajo agotador y las labores domésticas que se exigían a las mujeres se hayan reducido en gran parte del mundo gracias a las conveniencias modernas, y que las mujeres estén haciendo estas magníficas contribuciones en cada campo de acción. Pero, si permitimos que nuestra cultura disminuya la relación especial que tienen los niños con las madres, las abuelas y otras personas que los crían, lo lamentaremos.

En cuarto lugar, las fuerzas que quebranten los principios religiosos sinceros pueden ocasionar el cautiverio. Una de las formas más ingratas es cuando las personas justas que se sienten responsables ante Dios por su conducta, son forzadas a realizar actividades que perturban su conciencia. Por ejemplo: los profesionales de la salud a quienes se les obliga a elegir entre ayudar con los abortos, contra su conciencia, o perder su empleo.

Los miembros de Iglesia son relativamente una pequeña minoría, aun cuando están vinculados con personas que piensen en forma similar a nosotros. Será difícil cambiar la sociedad en general, pero debemos trabajar para mejorar la cultura moral que nos rodea. Los Santos de los Últimos Días en todos los países deben ser buenos ciudadanos, participar en asuntos cívicos, informarse sobre asuntos políticos y legales, y votar.

Sin embargo, nuestro énfasis primordial siempre debe ser hacer cualquier sacrificio necesario para proteger a nuestra propia familia y a la nueva generación. La gran mayoría de ellos todavía no son esclavos de las adicciones graves o de las falsas ideologías. Debemos ayudar a fortalecerlos contra un mundo que se parece mucho a la Jerusalén en la que Lehi y Jeremías vivieron. Además, debemos prepararlos para hacer y guardar convenios sagrados y para ser los emisarios principales, a fin de ayudar a Jehová a establecer Su iglesia, a recoger al Israel esparcido y a los escogidos del Señor en toda partes. Como dice en Doctrina y Convenios de manera hermosa: “Y acontecerá que los justos serán recogidos de entre todas las naciones, y vendrán a Sión entonando canciones de gozo sempiterno”.

Nuestro desafío es evitar el cautiverio en todas sus formas, ayudar al Señor a reunir a Sus escogidos y sacrificarnos por la nueva generación. Siempre debemos recordar que no nos salvamos a nosotros mismos. Somos liberados mediante el amor, la gracia y el sacrificio expiatorio del Salvador. Cuando la familia de Lehi huyó, la luz del Señor los guió. Si somos fieles a Su luz, seguimos Sus mandamientos y confiamos en los méritos de Él, evitaremos el cautiverio espiritual, físico e intelectual, así como el lamento de andar errantes en nuestro propio desierto, porque Él es poderoso para salvar.

Evitemos la desesperación y el pesar de los que caen en el cautiverio y ya no pueden soportar cantar los cánticos de Sión. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Desde el Principio

Elder Neal A. Maxwell

Del Quorum de los Doce Apostoles.

Muchos se alejaron del evangelio y sus verdades “claras y preciosas” (1 Nefi 13:40). Era demasiado sencillo. Prefirieron buscar lo que no podían entender (véase Jacob 4:14).

Aunque el enseñar acerca de las grandes apostasías de la historia ha sido desde hace largo tiempo un factor constante del evangelio restaurado, no siempre se le ha prestado mucha atención. Dado que comprendemos en toda su amplitud que algunas de nuestras creencias no las comparten otras personas y viceversa, mi objetivo es la instrucción interna y no la persuasión externa. Pero la buena voluntad puede seguir prevaleciendo; en realidad, junto con ustedes, hermanos, me regocijo por las buenas obras y las expresiones de fe de muchas personas de otras religiones. Por ejemplo, las recientes declaraciones del Papa sobre la castidad han sido apropiadas y valerosas y yo las aplaudo. Incontables personas honorables del mundo hacen mucho sin tener lo que nosotros, los miembros, llamamos la plenitud del evangelio, mientras que algunos de nosotros, lamentablemente, ¡hacemos tan poco, teniendo tanto!

Creemos que Adán y Eva fueron los primeros seres humanos de este planeta y los primeros cristianos.

“Y así se empezó a predicar el evangelio desde el principio, siendo declarado por santos ángeles enviados de la presencia de Dios, y por su propia voz, y por el don del Espíritu Santo.

“Y así se le confirmaron todas las cosas a Adán mediante una santa ordenanza …” (Moisés 5:58–59; cursiva agregada).

Y así, hermanos, quedó establecida la manera en que Dios se comunicaría con el hombre desde el comienzo, tal como en la posterior Restauración.

“… por tanto, envió [Dios] ángeles para conversar con ellos, los cuales causaron que los hombres contemplaran la gloria de Dios.

“Y de allí en adelante empezaron los hombres a invocar su nombre; por tanto Dios conversó con ellos y les hizo saber del plan de redención … (Alma 12:29–30; véase también Moisés 5:58–59).

No obstante, la primera plenitud de conocimiento no tardó en perderse. La resultante fragmentación, dilución y distorsión llevó a una amplia gama de religiones: cristianas y no cristianas.

El presidente Joseph F. Smith dijo que en medio de esa difusión algunas leyes y algunos ritos los “llevó la posteridad de Adán a todas las tierras, y los conservaron, mas o menos puros, hasta el Diluvio, y desde Noé… hasta los que le. sucedieron, esparciéndose por todas las naciones y los países … No es extraño, entonces, que hallemos vestigios del cristianismo entre … naciones que no conocen a Cristo y cuya historia comenzó después del Diluvio, independiente y separada de los anales de la Biblia” Joseph F. Smith, Journal of Discourses, tomo XV, pág. 325. Véase también Alma 29:8).

A la primitiva plenitud del conocimiento siguieron el hambre de “oír la palabra de Jehová periódicamente” (Amos 8:11). Las apostasías del antiguo Israel fueron citadas por Jehová, incluyendo el cambio de las ordenanzas, el haber quebrantado los convenios y su rebeldía. (Véase Isaías 24:5; Ezequiel 2:3.)

Una gran apostasía se produjo después de la muerte de los Apóstoles, “los sembradores de la semilla” (D. y C. 86:2, 3; véase también Judas 1 :17; Mosíah 26:1 ).

Las epístolas del Nuevo Testamento indican claramente que una grave y general apostasía-no solo una esporádica disensión– comenzó poco después. Santiago hablo de “las guerras y los pleitos” dentro de la Iglesia (véase Santiago 4:1). Pablo se lamento de las “divisiones” que había en la Iglesia y menciono a los “lobos rapaces, que no perdona[rían] al rebaño” (véase 1 Corintios 11:18; Hechos 20:29–31). El sabia que vendría la apostasía y les escribió a los tesalonicenses diciéndoles que la segunda venida de Cristo no ocurriría “sin que antes [viniera] la apostasía” y les advirtió además, “ya esta en acción el misterio de la iniquidad” (2 Tesalonicenses 2:3, 7).

Cerca del fin, Pablo, reconociendo lo extensa que era la apostasía, escribió: “me abandonaron todos los que están en Asia” (2 Timoteo 1:15).

A Pablo le acusaron injustamente de haber enseñado: “Hagamos males para que vengan bienes” (Romanos 3:8). La calumnia que le levantaron a Pablo quizá haya reflejado los desatinos nicolaítas, los que decían que puesto que Dios nos da la

manera de ser. salvos de nuestros pecados, debemos pecar a fin de permitirle efectuar ese gran bien. Con razón, el Señor, en el Apocalipsis, condenó las enseñanzas y los actos perniciosos de los nicolaítas (véase Apocalipsis 2:6, 15.)

La propagación de la fornicación y de la idolatría alarmó a los Apóstoles (véase 1 Corintios 5:9; Efesios 5:3; Judas 1 7). Juan y Pablo se lamentaron del surgimiento de falsos apóstoles (véase 2 Corintios 11:13; Apocalipsis 2:2). La Iglesia estaba evidentemente sitiada. Algunos no sólo se alejaron de ella sino que después abiertamente manifestaron su oposición. En cierto momento, nadie estuvo al lado de Pablo, y el se lamentó, diciendo: “todos me desampararon” (2 Timoteo 4:16). También se quejó de los que trastornaban casas enteras (véase Tito 1:10, 11).

Algunos lideres locales se rebelaron, como aquel al que le gustaba tener el primer lugar entre ellos y que no recibía a los Apóstoles (véase 3 Juan 1:9–10).

Por eso el presidente Brigham Young dijo:

“… Se dice que el Sacerdocio se quitó de la Iglesia; pero no fue así, lo que ocurrió fue que la Iglesia se apartó del Sacerdocio …” (lournal of Discourses, tomo XII, pág. 69).

Las inquietudes que expresaron Pedro, Juan, Pablo y Santiago por el abandono de lo verdadero no eran paranoia sino proféticas advertencias sobre la Apostasía.

Además, había otra influencia en juego: la helenización cultural del cristianismo. Escribió Will Durant en su obra Historia de la Civilización: “La lengua griega, dueña durante siglos del cetro de la filosofía, fue también el medio de expresión de la literatura y el ritual cristianos” (Will Durant, The Story of Civilization: Part 111, Caesar and Christ. New York: Simon and Schuster, 1944, pág. 595). Las sendas erróneas que se habían seguido hasta entonces para describir a Dios estaban allí y era muy fácil seguir transitándolas (véase Robert M. Grant, Gods and the One God, Philadelphia: The Westminster Press, págs. 71–85, 152, 158).

Otro erudito sacó en conclusión que:

“Era imposible para los griegos … cuyo conocimiento permeaba todo su ser. recibir o retener el cristianismo en su primitiva sencillez” (The Influence of Greek Ideas on Christianity [New York: Harper and Row, 1957], pág. 49).

Las experiencias de Pablo en Atenas ponen de manifiesto la mentalidad de los griegos (véase Hechos 17). Los intelectuales que lo escuchaban le preguntaron: “… que es esta nueva enseñanza … Pues traes a nuestros oídos cosas extrañas …” (Hechos 17:19–20). Luego, cuando Pablo les habló del Dios Viviente y de la Resurrección, “se burlaron” (Hechos 17:32) porque parecía ser “predicador de nuevos dioses” (Hechos 17:18; véase también el vers. 29).

Algunos creían que la materia era intrínsecamente mala, concepto que representaba tanto el pensamiento griego como el oriental (véase E. R. Dodds, Pagan and Christian in an Age of Anxiety. New York: W. W. Norton and Company, Inc., pág. 14). Y por eso razonaban que si el cuerpo constituía una “cárcel tenebrosa” de la que se debía procurar escapar, ¿para que desear la resurrección? (Dodds, pág. 30. nota 1). Esa opinión contrasta marcadamente con la revelación de los últimos días que dice que sólo cuando el cuerpo resucitado y el espíritu de la persona estén al fin inseparablemente unidos recibirán “una plenitud de gozo” (véase D. y C. 93:33; 88: 15–16; 138:17). Además, Dios usó la materia para crear esta tierra “para que fuese habitada”, después de lo cual, El “vio … todo lo que habla hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”… ¡y no malo! (Isaías 45:18; Génesis 1:31.)

Además, algunos tenían sus dudas con respecto a adorar a un Dios que sufría. Un erudito contemporáneo observó que “los sufrimientos humanos de Jesús … eran causa de bochorno para algunos cristianos porque daban lugar a las criticas de los paganos” (Dodds, pág. 119). Por eso, muchos griegos consideraban a Cristo y a lo que El representaba como una “locura” (1 Corintios 1:23).

Muchos se alejaron del evangelio y sus verdades “claras y preciosas” (1 Nefi 13:40). Era demasiado sencillo. Prefirieron buscar lo que no podían entender (véase Jacob 4:14).

El apóstol Juan condenó a los anticristos que enseñaban que Jesús no había “venido en carne” (1 Juan 4:3) dando a entender que la apariencia corporal de Jesús era una ilusión adaptada a la debilidad del ser humano (véase Juan 1:1–3, 14).

Otra forma griega de ir mas allá de la verdad era el interpretar los acontecimientos históricos con sentido alegórico. Esa insistencia de antaño de no creer que Jesús fuera parte de la historia humana se repite hoy en día.

La razón, la tradición filosófica griega, dominó y después suplantó la confianza en la revelación, un resultado que fue probablemente acelerado por bien intencionados cristianos que deseaban acomodar sus creencias al pensamiento de la época.

El historiador Will Durant también escribió: “El cristianismo no destruyó el paganismo, sino que lo adaptó, y, así, el pensamiento griego, que iba perdiendo vitalidad, cobró renovada vida” (Caesar and Christ, pág. 595).

Lamentablemente, demasiados miembros de la Iglesia, como lo dijo Pablo, se cansaron y se desanimaron (véase Hebreos 12:3).

Hacia mediados del siglo dos, las cosas cambiaron notablemente. Otro erudito escribió sobre la estructura teológica y la forma considerable en que esta se había cambiado, reflejando así la helenización del cristianismo (véase Stephen Robinson, Ensign, enero de 1988, pág. 39).

Pedro, que presenció lo que estaba ocurriendo, habló con esperanza de un día lejano, de los largamente esperados “tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo” (Hechos 3:21).

Pablo, también, escribió sobre “la dispensación del cumplimiento de los tiempos”, una época particular entre todas, (Romanos 11:25; Efesios 1:10), que reuniría “todas las cosas en Cristo … las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Efesios 1:10). Todo seria restaurado, incluso la plenitud que tuvo Adán en el principio. (D. y C. 128:21; Abraham 1:3.) Sin embargo, nunca mas habría otra apostasía universal, sino sólo individual (véase Daniel 2:44; D. y C. 65:2).

Entre las cosas gloriosas que se restauraron en el siglo diecinueve, se cuenta el llamamiento del profeta José Smith, que oyó la propia voz de Dios, recibió revelaciones angélicas y también el Santo Apostolado y las llaves del sacerdocio. También recibió Escrituras adicionales, que abrieron las puertas a las Escrituras que seguirían y que incluyó la restitución del conocimiento sobre la naturaleza de Dios, el Padre, y de Cristo, el Hijo, y de la Expiación. Nuestro Mismo Salvador declaró:

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:13).

Habiéndolo aprendido por revelación, José Smith enseñó: “Si los hombres no entienden el carácter de Dios no se entienden a si mismos” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág.343). Asimismo, hermanos y hermanas, si no comprendemos los propósitos de Dios, ¡no comprenderemos el propósito de la vida! En el plan de salvación de Dios, El no hace nada que no sea para el beneficio de Sus hijos en el mundo; el hombre es su objetivo central (véase Mosíah 8: 18; D. y C. 46:26; véase también Moisés 1:39).

Del mismo modo, se restauraron doctrinas, ordenanzas y convenios relacionados con los santos templos. Y así, la revelación reemplazó la larga y desmesurada dependencia en la razón. No obstante, con respecto a la razón, la invitación del Señor de la Restauración es: “Por tanto, escuchad y razonaré con vosotros” (D. y C. 45: 15). Ese escuchar realza y extiende cl intelecto, y da entrada a las iluminadas altiplanicies del entendimiento revelado. “Y ahora venid … razonemos juntos para que entendáis” es una invitación a la enseñanza divina, pero sólo los mansos tienen la sabiduría indispensable para aceptarla. (Isaías 1: 18; véase también 2 Nefi 32.7).

Y ha de venir aun mas conocimiento en palabras que “… revelan todas las cosas desde la

fundación del mundo hasta su fin” (2 Nefi 27:10; véase también D. y C. 121 28–32).

Las “gozosas nuevas” de la Restauración vinieron para que la fe “aumente en la tierra” (D. y C. 1:21), un remedio vivificante para lo que Matthew Arnold describió así:

La fe como el mar era,
como marea alta y plena …
Pero ahora solo oigo su melancólico rumor de retirada,
que las playas del mundo desnuda.

Mientras que es justificado nuestro regocijo por la Restauración, aprendamos también las lecciones del pasado y reconozcamos los métodos de revelación de Dios, incluso el don del Espíritu Santo por medio del cual se recibe apoyo y confirmación.

Honremos también a “los sembradores de la semilla” de la actualidad: los Apóstoles. Tengamos cuidado de no adaptar las doctrinas reveladas a las ideas personales. Alimentémonos espiritualmente tanto nosotros mismos como a nuestros familiares y a las congregaciones de la Iglesia, a fin de que nuestro “animo no se canse hasta desmayar” (Hebreos 12:3).

Hay quienes se separan ellos mismos de la Iglesia, y de eso el presidente George Q. Cannon dijo en 1875:

“Estoy agradecido de que Dios permita que los que no guardan los mandamientos que se aparten de la Iglesia, para que esta sea limpiada, y, en cuanto a eso, esta Iglesia es diferente de cualquier otra que exista sobre la tierra … El proceso de arrancar la mala hierba ha estado en vigencia desde el comienzo de esta Iglesia hasta el presente” (George Q. Cannon, Journal of Discourses, 18:84).

En los días que vienen, “todas las cosas estarán en conmoción” (D. y C. 88:91). Quizá hasta sintamos nostalgia por los tiempos en que la Iglesia no era muy conocida (véase D. y C. 1:30). En medio de los retumbante acontecimientos, las complejas y convergentes condiciones del mundo nos traerán tribulaciones, así como oportunidades. Sin embargo, los miembros fieles de la Iglesia sentirán el aumento gradual de todo ello, mientras son impulsados hacia adelante como en la cima de la ola de imponentes circunstancias.

Aquel, cuyo nombre lleva esta Iglesia, nos ha prometido que estará “en medio de [nosotros]” (D y C. 6:32), que nos guiara (véase D. y C. 78: 18), que ira delante de nosotros (véase D. y C. 44:27; 84:88) y que aun peleara nuestras batallas (véase D. y C. 98:37). El también nos ha dicho: “No temáis, pues, a vuestros enemigos, porque he decretado en mi corazón probaros en todas las cosas … para ver si permanecéis en mi convenio hasta la muerte, a fin de que seáis hallados dignos” (D. y C. 98:14). Por tanto, tengamos también paciencia y fe, como las tuvo Lehi, que vio a los que con burla señalaban a los que se aferraban a la barra de hierro, la misma a la que, paradójicamente, se habían aferrado una vez algunos de los que se burlaban (véase 1 Nefi 8:27, 33). Pero Lehi dijo: “no les hicimos caso”. ¡Lo mismo debe suceder con nosotros! Hermanos y hermanas, si seguimos la dirección correcta no tenerlos por que preocupamos de que se nos señale.

Nosotros, los Santos de los Últimos Días, a pesar de estar muy lejos de tener hambre doctrinal, todavía no percibimos el enorme alcance de la Restauración. Con nuestra limitada visión, nos concentramos en los pequeños baldosines y azulejos del evangelio, ¡y no vemos el magnifico mosaico de la Restauración! Por ejemplo, la verdad revelada nos habla de la extraordinaria vastedad de la obra de Dios con sus “incontables mundos” (Moisés 1:33; véase D.y C.76:24). Y. no obstante, también se da una gran importancia a cada persona en forma individual, como en las ordenanzas y las promesas de los sagrados templos.

Podemos expresar mejor nuestra gratitud por esta gloriosa plenitud de conocimiento si aumentamos nuestro amor hacia todo el género humano. ¿Y por que no?, ya que la Restauración nos ha indicado quien es en verdad nuestro prójimo. Expresemos del mismo modo nuestra gratitud esforzándonos por llegar a ser. cualidad tras cualidad, cada vez mas parecidos a Jesucristo (véase 3 Nefi 27:27). Si vivimos así, el nuestro no será entonces un mero agradecimiento por Jesús, ni una modesta admiración hacia El, sino que será nuestra adoración a Jesús expresada en nuestro esfuerzo por llegar a ser como El es.

Así lo testifico en el Santo nombre de Jesucristo. Amén.