Desde el Principio

Elder Neal A. Maxwell

Del Quorum de los Doce Apostoles.

Muchos se alejaron del evangelio y sus verdades “claras y preciosas” (1 Nefi 13:40). Era demasiado sencillo. Prefirieron buscar lo que no podían entender (véase Jacob 4:14).

Aunque el enseñar acerca de las grandes apostasías de la historia ha sido desde hace largo tiempo un factor constante del evangelio restaurado, no siempre se le ha prestado mucha atención. Dado que comprendemos en toda su amplitud que algunas de nuestras creencias no las comparten otras personas y viceversa, mi objetivo es la instrucción interna y no la persuasión externa. Pero la buena voluntad puede seguir prevaleciendo; en realidad, junto con ustedes, hermanos, me regocijo por las buenas obras y las expresiones de fe de muchas personas de otras religiones. Por ejemplo, las recientes declaraciones del Papa sobre la castidad han sido apropiadas y valerosas y yo las aplaudo. Incontables personas honorables del mundo hacen mucho sin tener lo que nosotros, los miembros, llamamos la plenitud del evangelio, mientras que algunos de nosotros, lamentablemente, ¡hacemos tan poco, teniendo tanto!

Creemos que Adán y Eva fueron los primeros seres humanos de este planeta y los primeros cristianos.

“Y así se empezó a predicar el evangelio desde el principio, siendo declarado por santos ángeles enviados de la presencia de Dios, y por su propia voz, y por el don del Espíritu Santo.

“Y así se le confirmaron todas las cosas a Adán mediante una santa ordenanza …” (Moisés 5:58–59; cursiva agregada).

Y así, hermanos, quedó establecida la manera en que Dios se comunicaría con el hombre desde el comienzo, tal como en la posterior Restauración.

“… por tanto, envió [Dios] ángeles para conversar con ellos, los cuales causaron que los hombres contemplaran la gloria de Dios.

“Y de allí en adelante empezaron los hombres a invocar su nombre; por tanto Dios conversó con ellos y les hizo saber del plan de redención … (Alma 12:29–30; véase también Moisés 5:58–59).

No obstante, la primera plenitud de conocimiento no tardó en perderse. La resultante fragmentación, dilución y distorsión llevó a una amplia gama de religiones: cristianas y no cristianas.

El presidente Joseph F. Smith dijo que en medio de esa difusión algunas leyes y algunos ritos los “llevó la posteridad de Adán a todas las tierras, y los conservaron, mas o menos puros, hasta el Diluvio, y desde Noé… hasta los que le. sucedieron, esparciéndose por todas las naciones y los países … No es extraño, entonces, que hallemos vestigios del cristianismo entre … naciones que no conocen a Cristo y cuya historia comenzó después del Diluvio, independiente y separada de los anales de la Biblia” Joseph F. Smith, Journal of Discourses, tomo XV, pág. 325. Véase también Alma 29:8).

A la primitiva plenitud del conocimiento siguieron el hambre de “oír la palabra de Jehová periódicamente” (Amos 8:11). Las apostasías del antiguo Israel fueron citadas por Jehová, incluyendo el cambio de las ordenanzas, el haber quebrantado los convenios y su rebeldía. (Véase Isaías 24:5; Ezequiel 2:3.)

Una gran apostasía se produjo después de la muerte de los Apóstoles, “los sembradores de la semilla” (D. y C. 86:2, 3; véase también Judas 1 :17; Mosíah 26:1 ).

Las epístolas del Nuevo Testamento indican claramente que una grave y general apostasía-no solo una esporádica disensión– comenzó poco después. Santiago hablo de “las guerras y los pleitos” dentro de la Iglesia (véase Santiago 4:1). Pablo se lamento de las “divisiones” que había en la Iglesia y menciono a los “lobos rapaces, que no perdona[rían] al rebaño” (véase 1 Corintios 11:18; Hechos 20:29–31). El sabia que vendría la apostasía y les escribió a los tesalonicenses diciéndoles que la segunda venida de Cristo no ocurriría “sin que antes [viniera] la apostasía” y les advirtió además, “ya esta en acción el misterio de la iniquidad” (2 Tesalonicenses 2:3, 7).

Cerca del fin, Pablo, reconociendo lo extensa que era la apostasía, escribió: “me abandonaron todos los que están en Asia” (2 Timoteo 1:15).

A Pablo le acusaron injustamente de haber enseñado: “Hagamos males para que vengan bienes” (Romanos 3:8). La calumnia que le levantaron a Pablo quizá haya reflejado los desatinos nicolaítas, los que decían que puesto que Dios nos da la

manera de ser. salvos de nuestros pecados, debemos pecar a fin de permitirle efectuar ese gran bien. Con razón, el Señor, en el Apocalipsis, condenó las enseñanzas y los actos perniciosos de los nicolaítas (véase Apocalipsis 2:6, 15.)

La propagación de la fornicación y de la idolatría alarmó a los Apóstoles (véase 1 Corintios 5:9; Efesios 5:3; Judas 1 7). Juan y Pablo se lamentaron del surgimiento de falsos apóstoles (véase 2 Corintios 11:13; Apocalipsis 2:2). La Iglesia estaba evidentemente sitiada. Algunos no sólo se alejaron de ella sino que después abiertamente manifestaron su oposición. En cierto momento, nadie estuvo al lado de Pablo, y el se lamentó, diciendo: “todos me desampararon” (2 Timoteo 4:16). También se quejó de los que trastornaban casas enteras (véase Tito 1:10, 11).

Algunos lideres locales se rebelaron, como aquel al que le gustaba tener el primer lugar entre ellos y que no recibía a los Apóstoles (véase 3 Juan 1:9–10).

Por eso el presidente Brigham Young dijo:

“… Se dice que el Sacerdocio se quitó de la Iglesia; pero no fue así, lo que ocurrió fue que la Iglesia se apartó del Sacerdocio …” (lournal of Discourses, tomo XII, pág. 69).

Las inquietudes que expresaron Pedro, Juan, Pablo y Santiago por el abandono de lo verdadero no eran paranoia sino proféticas advertencias sobre la Apostasía.

Además, había otra influencia en juego: la helenización cultural del cristianismo. Escribió Will Durant en su obra Historia de la Civilización: “La lengua griega, dueña durante siglos del cetro de la filosofía, fue también el medio de expresión de la literatura y el ritual cristianos” (Will Durant, The Story of Civilization: Part 111, Caesar and Christ. New York: Simon and Schuster, 1944, pág. 595). Las sendas erróneas que se habían seguido hasta entonces para describir a Dios estaban allí y era muy fácil seguir transitándolas (véase Robert M. Grant, Gods and the One God, Philadelphia: The Westminster Press, págs. 71–85, 152, 158).

Otro erudito sacó en conclusión que:

“Era imposible para los griegos … cuyo conocimiento permeaba todo su ser. recibir o retener el cristianismo en su primitiva sencillez” (The Influence of Greek Ideas on Christianity [New York: Harper and Row, 1957], pág. 49).

Las experiencias de Pablo en Atenas ponen de manifiesto la mentalidad de los griegos (véase Hechos 17). Los intelectuales que lo escuchaban le preguntaron: “… que es esta nueva enseñanza … Pues traes a nuestros oídos cosas extrañas …” (Hechos 17:19–20). Luego, cuando Pablo les habló del Dios Viviente y de la Resurrección, “se burlaron” (Hechos 17:32) porque parecía ser “predicador de nuevos dioses” (Hechos 17:18; véase también el vers. 29).

Algunos creían que la materia era intrínsecamente mala, concepto que representaba tanto el pensamiento griego como el oriental (véase E. R. Dodds, Pagan and Christian in an Age of Anxiety. New York: W. W. Norton and Company, Inc., pág. 14). Y por eso razonaban que si el cuerpo constituía una “cárcel tenebrosa” de la que se debía procurar escapar, ¿para que desear la resurrección? (Dodds, pág. 30. nota 1). Esa opinión contrasta marcadamente con la revelación de los últimos días que dice que sólo cuando el cuerpo resucitado y el espíritu de la persona estén al fin inseparablemente unidos recibirán “una plenitud de gozo” (véase D. y C. 93:33; 88: 15–16; 138:17). Además, Dios usó la materia para crear esta tierra “para que fuese habitada”, después de lo cual, El “vio … todo lo que habla hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”… ¡y no malo! (Isaías 45:18; Génesis 1:31.)

Además, algunos tenían sus dudas con respecto a adorar a un Dios que sufría. Un erudito contemporáneo observó que “los sufrimientos humanos de Jesús … eran causa de bochorno para algunos cristianos porque daban lugar a las criticas de los paganos” (Dodds, pág. 119). Por eso, muchos griegos consideraban a Cristo y a lo que El representaba como una “locura” (1 Corintios 1:23).

Muchos se alejaron del evangelio y sus verdades “claras y preciosas” (1 Nefi 13:40). Era demasiado sencillo. Prefirieron buscar lo que no podían entender (véase Jacob 4:14).

El apóstol Juan condenó a los anticristos que enseñaban que Jesús no había “venido en carne” (1 Juan 4:3) dando a entender que la apariencia corporal de Jesús era una ilusión adaptada a la debilidad del ser humano (véase Juan 1:1–3, 14).

Otra forma griega de ir mas allá de la verdad era el interpretar los acontecimientos históricos con sentido alegórico. Esa insistencia de antaño de no creer que Jesús fuera parte de la historia humana se repite hoy en día.

La razón, la tradición filosófica griega, dominó y después suplantó la confianza en la revelación, un resultado que fue probablemente acelerado por bien intencionados cristianos que deseaban acomodar sus creencias al pensamiento de la época.

El historiador Will Durant también escribió: “El cristianismo no destruyó el paganismo, sino que lo adaptó, y, así, el pensamiento griego, que iba perdiendo vitalidad, cobró renovada vida” (Caesar and Christ, pág. 595).

Lamentablemente, demasiados miembros de la Iglesia, como lo dijo Pablo, se cansaron y se desanimaron (véase Hebreos 12:3).

Hacia mediados del siglo dos, las cosas cambiaron notablemente. Otro erudito escribió sobre la estructura teológica y la forma considerable en que esta se había cambiado, reflejando así la helenización del cristianismo (véase Stephen Robinson, Ensign, enero de 1988, pág. 39).

Pedro, que presenció lo que estaba ocurriendo, habló con esperanza de un día lejano, de los largamente esperados “tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo” (Hechos 3:21).

Pablo, también, escribió sobre “la dispensación del cumplimiento de los tiempos”, una época particular entre todas, (Romanos 11:25; Efesios 1:10), que reuniría “todas las cosas en Cristo … las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Efesios 1:10). Todo seria restaurado, incluso la plenitud que tuvo Adán en el principio. (D. y C. 128:21; Abraham 1:3.) Sin embargo, nunca mas habría otra apostasía universal, sino sólo individual (véase Daniel 2:44; D. y C. 65:2).

Entre las cosas gloriosas que se restauraron en el siglo diecinueve, se cuenta el llamamiento del profeta José Smith, que oyó la propia voz de Dios, recibió revelaciones angélicas y también el Santo Apostolado y las llaves del sacerdocio. También recibió Escrituras adicionales, que abrieron las puertas a las Escrituras que seguirían y que incluyó la restitución del conocimiento sobre la naturaleza de Dios, el Padre, y de Cristo, el Hijo, y de la Expiación. Nuestro Mismo Salvador declaró:

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:13).

Habiéndolo aprendido por revelación, José Smith enseñó: “Si los hombres no entienden el carácter de Dios no se entienden a si mismos” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág.343). Asimismo, hermanos y hermanas, si no comprendemos los propósitos de Dios, ¡no comprenderemos el propósito de la vida! En el plan de salvación de Dios, El no hace nada que no sea para el beneficio de Sus hijos en el mundo; el hombre es su objetivo central (véase Mosíah 8: 18; D. y C. 46:26; véase también Moisés 1:39).

Del mismo modo, se restauraron doctrinas, ordenanzas y convenios relacionados con los santos templos. Y así, la revelación reemplazó la larga y desmesurada dependencia en la razón. No obstante, con respecto a la razón, la invitación del Señor de la Restauración es: “Por tanto, escuchad y razonaré con vosotros” (D. y C. 45: 15). Ese escuchar realza y extiende cl intelecto, y da entrada a las iluminadas altiplanicies del entendimiento revelado. “Y ahora venid … razonemos juntos para que entendáis” es una invitación a la enseñanza divina, pero sólo los mansos tienen la sabiduría indispensable para aceptarla. (Isaías 1: 18; véase también 2 Nefi 32.7).

Y ha de venir aun mas conocimiento en palabras que “… revelan todas las cosas desde la

fundación del mundo hasta su fin” (2 Nefi 27:10; véase también D. y C. 121 28–32).

Las “gozosas nuevas” de la Restauración vinieron para que la fe “aumente en la tierra” (D. y C. 1:21), un remedio vivificante para lo que Matthew Arnold describió así:

La fe como el mar era,
como marea alta y plena …
Pero ahora solo oigo su melancólico rumor de retirada,
que las playas del mundo desnuda.

Mientras que es justificado nuestro regocijo por la Restauración, aprendamos también las lecciones del pasado y reconozcamos los métodos de revelación de Dios, incluso el don del Espíritu Santo por medio del cual se recibe apoyo y confirmación.

Honremos también a “los sembradores de la semilla” de la actualidad: los Apóstoles. Tengamos cuidado de no adaptar las doctrinas reveladas a las ideas personales. Alimentémonos espiritualmente tanto nosotros mismos como a nuestros familiares y a las congregaciones de la Iglesia, a fin de que nuestro “animo no se canse hasta desmayar” (Hebreos 12:3).

Hay quienes se separan ellos mismos de la Iglesia, y de eso el presidente George Q. Cannon dijo en 1875:

“Estoy agradecido de que Dios permita que los que no guardan los mandamientos que se aparten de la Iglesia, para que esta sea limpiada, y, en cuanto a eso, esta Iglesia es diferente de cualquier otra que exista sobre la tierra … El proceso de arrancar la mala hierba ha estado en vigencia desde el comienzo de esta Iglesia hasta el presente” (George Q. Cannon, Journal of Discourses, 18:84).

En los días que vienen, “todas las cosas estarán en conmoción” (D. y C. 88:91). Quizá hasta sintamos nostalgia por los tiempos en que la Iglesia no era muy conocida (véase D. y C. 1:30). En medio de los retumbante acontecimientos, las complejas y convergentes condiciones del mundo nos traerán tribulaciones, así como oportunidades. Sin embargo, los miembros fieles de la Iglesia sentirán el aumento gradual de todo ello, mientras son impulsados hacia adelante como en la cima de la ola de imponentes circunstancias.

Aquel, cuyo nombre lleva esta Iglesia, nos ha prometido que estará “en medio de [nosotros]” (D y C. 6:32), que nos guiara (véase D. y C. 78: 18), que ira delante de nosotros (véase D. y C. 44:27; 84:88) y que aun peleara nuestras batallas (véase D. y C. 98:37). El también nos ha dicho: “No temáis, pues, a vuestros enemigos, porque he decretado en mi corazón probaros en todas las cosas … para ver si permanecéis en mi convenio hasta la muerte, a fin de que seáis hallados dignos” (D. y C. 98:14). Por tanto, tengamos también paciencia y fe, como las tuvo Lehi, que vio a los que con burla señalaban a los que se aferraban a la barra de hierro, la misma a la que, paradójicamente, se habían aferrado una vez algunos de los que se burlaban (véase 1 Nefi 8:27, 33). Pero Lehi dijo: “no les hicimos caso”. ¡Lo mismo debe suceder con nosotros! Hermanos y hermanas, si seguimos la dirección correcta no tenerlos por que preocupamos de que se nos señale.

Nosotros, los Santos de los Últimos Días, a pesar de estar muy lejos de tener hambre doctrinal, todavía no percibimos el enorme alcance de la Restauración. Con nuestra limitada visión, nos concentramos en los pequeños baldosines y azulejos del evangelio, ¡y no vemos el magnifico mosaico de la Restauración! Por ejemplo, la verdad revelada nos habla de la extraordinaria vastedad de la obra de Dios con sus “incontables mundos” (Moisés 1:33; véase D.y C.76:24). Y. no obstante, también se da una gran importancia a cada persona en forma individual, como en las ordenanzas y las promesas de los sagrados templos.

Podemos expresar mejor nuestra gratitud por esta gloriosa plenitud de conocimiento si aumentamos nuestro amor hacia todo el género humano. ¿Y por que no?, ya que la Restauración nos ha indicado quien es en verdad nuestro prójimo. Expresemos del mismo modo nuestra gratitud esforzándonos por llegar a ser. cualidad tras cualidad, cada vez mas parecidos a Jesucristo (véase 3 Nefi 27:27). Si vivimos así, el nuestro no será entonces un mero agradecimiento por Jesús, ni una modesta admiración hacia El, sino que será nuestra adoración a Jesús expresada en nuestro esfuerzo por llegar a ser como El es.

Así lo testifico en el Santo nombre de Jesucristo. Amén.

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En el Cenit de los Tiempos.

Presidente Gordon B. Hinckley

“Que Dios nos bendiga con una perspectiva del lugar que ocupamos en la historia y.. con el deseo de mantenernos erguidos y de caminar con determinación de manera digna de los santos del Altísimo”.

¡Qué emocionante y maravillo es pasar por el umbral de los siglos!

Dentro de poco, todos tendremos esa experiencia. Pero aún más fascinante es la oportunidad que tenemos de dejar atrás el milenio que está por acabar y dar la bienvenida a mil años nuevos. Al contemplar este período, me acoge un grandioso y solemne sentimiento por las cosas de la historia.

Hace tan sólo dos mil años que el Salvador estuvo sobre la tierra. Un maravilloso reconocimiento del lugar que Él ocupa en la historia es el hecho de que el calendario que actualmente está en uso en casi todas partes del mundo ubica el nacimiento del Señor como el meridiano de los tiempos. Todo lo que ocurrió anterior a esa fecha se cuenta desde esa fecha hacia atrás; y todo lo que ha ocurrido desde entonces se mide a partir de ella hacia adelante.

Siempre que alguien usa una fecha, ya sea que se dé cuenta de ello o no, reconoce la venida a la tierra del Hijo de Dios. Su nacimiento, como se ha llegado comúnmente a determinar, marca el punto central de los tiempos, el meridiano de los tiempos reconocido a través de la tierra. Cuando utilizamos esas fechas no prestamos atención a ese hecho, pero si nos detenemos a pensar, debemos reconocer que Él es la figura sublime de toda la historia del mundo sobre la cual se basa nuestra medida del tiempo.

En los siglos antes de que Él viniera a la tierra, hubo profecías acerca de Su venida. Isaías declaró: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6).

El rey Benjamín declaró a su pueblo más de un siglo antes del nacimiento del Salvador:

“Porque he aquí que viene el tiempo, y no está muy distante, en que con poder, el Señor Omnipotente que reina, que era y que es de eternidad en eternidad, descenderá del cielo entre los hijos de los hombres; y morará en un tabernáculo de barro, e irá entre los hombres efectuando grandes milagros, tales como sanar a los enfermos, resucitar a los muertos, hacer que los cojos anden, y que los ciegos reciban su vista, y que los sordos oigan, y curar toda clase de enfermedades …

“Y se llamará Jesucristo, el Hijo de Dios, el Padre del cielo y de la tierra, el Creador de todas las cosas desde el principio; y su madre se llamará María” (Mosíah 3:5, 8).

No es de sorprender que ángeles hayan cantado al tiempo de Su nacimiento y que magos hayan viajado desde lejos para rendirle homenaje.

Fue el hombre perfecto que anduvo sobre la tierra; Él cumplió la ley de Moisés y trajo un nuevo precepto de amor al mundo.

Su madre era mortal, y de ella recibió los atributos de la carne; Su Padre era inmortal, el Gran Dios del Universo, de quien recibió Su naturaleza divina.

La sublime expresión de Su amor llegó con Su muerte, en que dio Su vida como sacrificio por todos los hombres. Esa Expiación, que se llevó a cabo en dolor inconcebible, se convirtió en el acontecimiento más grandioso de la historia, un acto de gracia para el cual el hombre no contribuyó nada, pero que trajo consigo la seguridad de la resurrección para todos aquellos que hayan vivido o que vivirán sobre la tierra.

Ningún otro acto de toda la historia humana se le compara; ningún otro suceso jamás ocurrido se le puede igualar. Totalmente libre de egoísmo y con amor incondicional para toda la humanidad, se convirtió en un acto de misericordia sin igual para toda la raza humana.

Luego, con la resurrección aquella primera mañana de Pascua vino la triunfal declaración de inmortalidad. Bien lo expresó Pablo: “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios l5:22). El Señor no sólo concedió las bendiciones de la resurrección a todos, sino que abrió el camino a la vida eterna para todos aquellos que observen Sus enseñanzas y mandamientos.

Él fue y es la grandiosa figura central de la historia humana, el cenit de los tiempos y las eras de todos los hombres.

Antes de Su muerte, Él había llamado y ordenado a Sus apóstoles; ellos llevaron adelante la obra por un tiempo; Su Iglesia estaba establecida.

Transcurrieron los siglos. Una nube de obscuridad se asentó sobre la tierra. Isaías lo describió de esta manera: “Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad las naciones” (Isaías 60:2).

Era una época de pillaje y sufrimiento, caracterizada por largos y sangrientos conflictos. Carlomagno fue coronado emperador de los romanos en el año 800.

Eran tiempos de desesperanza, una época de amos y de siervos.

Pasaron los primeros mil años y daba comienzo el segundo milenio. Sus primeros siglos eran una continuación de los anteriores; eran tiempos cargados de temor y sufrimiento. La terrible y mortífera peste se originó en Asia en el siglo catorce; se extendió hacia Europa y subió hacia Inglaterra. A dondequiera que iba causaba la muerte repentina. Boccaccio dijo de sus víctimas: “Al mediodía almorzaban con sus amigos y familiares y de noche cenaban con sus ancestros en el otro mundo” 1 . Llenaba de terror el corazón de la gente. En cinco años acabó con veinticinco millones de personas, un tercio de la población de Europa.

Periódicamente reaparecía para asestar un golpe con su mano oscura y macabra. Pero ésa fue también una época de mayor iluminación. A medida que los años continuaban su marcha inexorable, la luz del sol de un nuevo día empezaba a vislumbrarse sobre la tierra. Era el Renacimiento, un espléndido florecimiento del arte, de la arquitectura y la literatura.

Los reformadores se esforzaron para cambiar la iglesia, hombres destacados como Lutero, Melanchthon, Hus, Zwingli y Tyndale. Éstos fueron hombres de gran valor, algunos de los cuales padecieron muertes crueles por sus creencias. Nació el protestantismo con su petición de reforma. Cuando esa reforma no se logró, sus precursores organizaron iglesias propias, lo cual hicieron sin contar con la autoridad del sacerdocio. Lo único que ellos deseaban era encontrar una forma mediante la cual pudiesen adorar a Dios como ellos pensaban que se le debía adorar.

Mientras esa causa se intensificaba por el mundo cristiano, las fuerzas políticas también se empezaban a movilizar. Vino entonces la Revolución Americana, lo cual resultó en el nacimiento de una nación, cuya constitución declaraba que el gobierno no debía interferir en asuntos de religión. Era la alborada de un nuevo día, un día glorioso. Aquí ya no hubo más una iglesia del estado. No se favorecía a una secta más que a otra.

Después de siglos de tinieblas, dolor y luchas llegó el momento propicio para la restauración del Evangelio. Los antiguos profetas habían hablado de este día tan esperado.

Toda la historia del pasado señalaba hacia esta época. Los siglos, con todos sus sufrimientos y esperanzas, habían llegado y se habían ido. El Juez Todopoderoso de las naciones, el Dios viviente, determinó que habían llegado los tiempos de los cuales habían hablado los profetas. Daniel había previsto una piedra cortada, no con mano, y que fue hecha un gran monte que llenó toda la tierra.

“Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; [sino que] desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre” (Daniel 2:44).

Isaías y Miqueas habían hablado mucho antes cuando vieron nuestros días con visión profética:

“Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones.

“Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová” (Isaías 2:23; véase también Miqueas 4:2).

Pablo había escrito acerca de la procesión entera del tiempo, del desfile de los siglos, diciendo: “Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá [ese día] sin que antes venga la apostasía” (2 Tesalonicenses 2:3).

Además, había dicho en cuanto a estos días: “[Habría] de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Efesios 1:10).

Pedro previó todo el panorama grandioso de los siglos cuando declaró con visión profética:

“Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio,

“y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado;

“a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo” (Hechos 3:1921).

Éstas y otras visiones proféticas señalaban hacia esta gloriosa época, la época más maravillosa en todos los anales de la historia humana en que habría un día de restitución de la verdadera doctrina y verdadera práctica.

El albor de ese día glorioso fue en el año 1820 en que un jovencito, con sinceridad y fe, se dirigió hacia una arboleda y elevó su voz en oración, en busca de esa sabiduría que pensaba que tanto necesitaba.

Recibió como respuesta una gloriosa manifestación. Dios el Eterno Padre y el Señor Jesucristo resucitado se le aparecieron y hablaron con él. El velo que había estado cerrado la mayor parte de dos milenios se abrió para introducir la dispensación del cumplimiento de los tiempos. A ello siguió la restauración del santo sacerdocio, primero el Aarónico, y luego el de Melquisedec, bajo las manos de aquellos que lo habían poseído antiguamente. Otro testamento, que hablaba como una voz desde cl polvo, salió a luz como un segundo testigo de la realidad y la divinidad del Hijo de Dios, el gran Redentor del mundo.

Las llaves de la autoridad divina fueron restauradas, incluso aquellas llaves que eran necesarias para unir a las familias por esta vida y por la eternidad en un convenio que la muerte no podía destruir.

La piedra fue pequeña al principio; algo en que uno no repararía, pero ha ido creciendo y está rodando hasta llenar toda la tierra.

Hermanos y hermanas, ¿se dan cuenta de lo que poseemos? ¿Reconocen el lugar que ocupamos en el gran drama de la historia humana? Lo que ocurre ahora es el punto central de todo lo que ha ocurrido antes. Éste es el tiempo de restitución. Éstos son los días de restauración. Éste es el tiempo en el que los hombres de la tierra vienen a la montaña de la casa del Señor para buscar y aprender Sus vías y para andar en Sus senderos. Éste es el resumen de todos los siglos de tiempo desde el nacimiento de Cristo hasta este día actual y maravilloso.

Ya rompe el alba de la verdad
y en Sión se deja ver,
tras noche de obscuridad,
el día glorioso amanecer.

(“Ya rompe el alba”, Himnos, Nº 1).

Han pasado los siglos. La obra de los últimos días del Todopoderoso, de la que hablaron los antiguos, de la que profetizaron apóstoles y profetas, ha llegado. Está aquí. Por alguna razón que desconocemos, pero en la sabiduría de Dios, hemos tenido el privilegio de venir a la tierra en esta gloriosa época. Ha habido un gran florecimiento de la ciencia; se ha abierto una gran oportunidad para el aprendizaje; ésta es la época más sobresaliente del campo del empeño y del logro humano, y, más importante aún, es la época en que Dios ha hablado de nuevo, en que Su Amado Hijo se apareció, en que el sacerdocio divino ha sido restaurado, en que tenemos en nuestras manos otro testamento más del Hijo de Dios. ¡Qué época tan gloriosa y maravillosa!

Demos gracias a Dios por este generoso don. Le agradecemos este maravilloso Evangelio cuyo poder y autoridad se extienden incluso más allá del velo de la muerte.

Tomando en consideración lo que tenemos y lo que sabemos, debemos ser mejores personas de lo que somos; debemos ser más semejantes a Cristo, perdonar más, y ser de más ayuda y consideración para aquellos que nos rodean.

Nos encontramos en el cenit de los tiempos, sobrecogidos por un grandioso y solemne sentimiento del pasado. Esta es la dispensación final y última hacia la cual han señalado todas las anteriores. Doy testimonio de la realidad y la veracidad de estas cosas. Ruego que cada uno de nosotros sienta la formidable maravilla de todo ello al esperar en breve la desaparición de un siglo y la muerte de un milenio.

Dejemos que se acabe este año y que llegue el nuevo. Que pase otro siglo y uno nuevo lo reemplace. Digamos adiós a un milenio y demos la bienvenida al comienzo de mil años más.

Y así avanzaremos en el continuo camino de crecimiento y progreso y aumento, influyendo positivamente en la vida de la gente de todas partes mientras la tierra dure.

En algún momento de todo este avance, Jesucristo aparecerá para reinar con esplendor sobre la tierra. Nadie sabe cuándo acontecerá eso; ni siquiera los ángeles del cielo saben el tiempo de Su regreso. Pero será un día bienvenido.

Oh Rey de reyes, ven
en gloria a reinar,
con paz y salvación,
tu pueblo a libertar.
Ven tú al mundo a morar,
e Israel a congregar.

(“Oh Rey de reyes, ven”, Himnos, Nº 27).

Que Dios nos bendiga con una perspectiva del lugar que ocupamos en la historia y que después que la hayamos recibido, nos bendiga con el deseo de mantenernos erguidos y de caminar con determinación de manera digna de los santos del Altísimo, es mi humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencia

  1. The Decameron of Giovanni Boccaccio, traducción al inglés de Richard Aldington, 1930, pág. 7.