Un televisor y un espíritu elevados.

Por Kaci Cronin

La autora vive en Misisipi, EE. UU

Mi esposo es completamente sordo, pero está profundamente dedicado al Evangelio; sin embargo, muchos años de luchar por entender lo que se decía en las reuniones semanales de la Iglesia lo hicieron renuente a asistir a otras reuniones y transmisiones del sacerdocio. Aunque los miembros del barrio eran cordiales y le daban ánimo, su falta de conocimiento en cuanto a la ayuda técnica que él necesitaba a fin de participar en las reuniones muchas veces hacía que mi marido se sintiera solo y frustrado.

Éramos nuevos en el barrio cuando llegó la época de la conferencia general. Mi esposo, de mala gana, se preparó para ir a la reunión general del sacerdocio, preguntándose con qué problemas se enfrentaría al tratar de ver la transmisión. Cuando llegó, no encontró a nadie que supiera cómo instalar los subtítulos en el proyector de techo, de modo que llevaron un televisor sobre un carrito de ruedas y lo colocaron en un rincón del salón. Pero había un leve problema: sin querer, habían conectado al proyector el cable que se necesitaba para el televisor, por lo que no se podía utilizar el televisor. Mi esposo, que está acostumbrado a ese tipo de situaciones, fue a la biblioteca y empezó a buscar el cable del proyector; después de buscar en varias cajas y en los gabinetes, lo encontró.

Debido a que la transmisión estaba a punto de empezar, nadie quería ni desconectar ni modificar nada. El cable que mi marido encontró era demasiado corto para llegar al televisor que estaba encima del carrito de ruedas, así que había que ponerlo en una mesa más baja. Él sacó el carro del salón sacramental y lo puso en uno de los salones cercanos y empezó a desconectar los cables del televisor pensando si alguien se ofrecería a ayudarlo a levantar el aparato. En ese momento, escuchó que alguien entraba en el cuarto; era el obispo. Mi esposo se sintió mejor cuando entre los dos colocaron el televisor sobre la mesa, y prendió el televisor mientras el obispo agarraba una silla y la colocaba frente a la pantalla.

Mi esposo le agradeció la ayuda y le tendió la mano; entonces el obispo se dirigió hacia la puerta. Para sorpresa de mi esposo, el obispo siguió de largo y se dirigió hacia donde estaban las sillas apoyadas contra la pared; agarró una y fue a sentarse junto a mi esposo. Los dos permanecieron sentados lado a lado durante toda la sesión.

Hoy en día mi esposo asiste con entusiasmo a las reuniones. El acto sencillo de bondad del obispo elevó el espíritu de mi esposo y permitió que su corazón se llenara de gratitud. Aunque aún surgen algunos problemas, ya no se siente solo ni fuera de lugar. Su perspectiva ha cambiado para siempre debido a las acciones inspiradas de uno de los pastores de Cristo.

Comprender el suicidio: Señales de advertencia y prevención.

Por Kenichi Shimokawa, Dr.

Servicios para la familia SUD, oficina de Japón

Cuando Kevin tenía dieciséis años, sus padres se divorciaron. Más o menos al mismo tiempo, dejó de tomar su medicamento para la epilepsia, el cual lo ayudaba a estabilizar su humor. Sin saber que sufría de trastorno bipolar, comenzó a sentir paranoia, una manía debilitante y una depresión severa. Los medicamentos no parecían ayudar. Llegó un punto en el que estaba tan cansado de todo que decidió acabar con su vida sin decirle a los demás cuáles eran sus intenciones.

Kevin cuenta sobre el día en que trató de quitarse la vida: “Estaba llorando; estaba tan cansado, tan agotado emocionalmente. Miraba a la gente y deseaba que alguien, cualquier persona, me preguntara: ‘¿Estás bien?’. A pesar de lo mucho que deseaba eso, escuchaba voces [en la mente] que me decían: ‘Tienes que morir’… Todo el tiempo me rogaba a mí mismo no hacerlo, pero las voces eran demasiado fuertes, no podía luchar contra ellas”1.

Trágicamente, nadie notó su aflicción. Convencido de que a nadie le importaba, hizo el intento, pero, milagrosamente, sobrevivió.

¿Podemos sentir al menos un poco de su abrumadora angustia y el grito de socorro desesperado y silencioso?

El suicidio es una de las pruebas más difíciles de la vida terrenal, tanto para quienes padecen pensamientos suicidas como para los integrantes de la familia de quien comete suicidio. El élder M. Russell Ballard, del Cuórum de los Doce Apóstoles, dijo: “A mi juicio, no hay momentos más difíciles para una familia que cuando un ser querido se quita la vida. El suicidio es un experiencia familiar devastadora”2. Considerando la grave naturaleza de esta prueba, analicemos (1) lo que sabemos acerca del suicidio, incluso las señales de advertencia y las cosas que podemos hacer para prevenirlo; (2) lo que los integrantes de la familia de quien comete suicidio y las comunidades pueden hacer; y (3) lo que todos debemos hacer para fortalecer nuestra esperanza y nuestra fe en Cristo a fin de no desesperar.

Comprender el suicidio

En el mundo, más de 800 000 personas terminan su vida en suicidio cada año3. Eso significa que alguien en el mundo se quita la vida cada cuarenta segundos. Es muy probable que la cantidad real sea mayor, ya que el suicidio es un tema delicado e ilegal en algunos países, por lo cual no todos se denuncian. El suicidio es la segunda causa principal de muerte en personas comprendidas entre los quince y veintinueve años. En la mayoría de los países, el índice de suicidios es más alto entre las personas mayores de setenta años. Directa o indirectamente, el suicidio afecta a una gran porción de nuestra sociedad.

Señales de advertencia

Cuando sentimos que los retos de la vida van más allá de nuestra capacidad para sobrellevarlos, podemos llegar a sentir un estrés muy intenso. Cuando la aflicción emocional es intolerable, los pensamientos de las personas pueden volverse confusos y llevarlas a sentir que la muerte es la única alternativa. Quizás sientan que nadie puede ayudar, lo cual podría conducir al aislamiento social y a aumentar aún más la aflicción, el sentimiento de desesperanza y de que todo está perdido, lo cual, al final, las conduce a pensar que el suicidio es la única opción.

Cuando alguien muestre cualquiera de las siguientes graves señales de advertencia4, debemos buscar, de inmediato, la ayuda de un profesional de la salud mental o de los servicios de emergencia, como la policía.

  • Amenaza con lastimarse o quitarse la vida

  • Busca maneras o medios para quitarse la vida

  • Habla de la muerte, de morir o del suicidio

Las señales a continuación pueden presentar una situación menos urgente, pero no debemos dejar de tender la mano o buscar ayuda para la persona que muestre cualquiera de ellas:

  • Expresa desesperanza o que ya no vale la pena vivir

  • Demuestra furia o ira, o busca venganza

  • Se comporta imprudentemente

  • Se siente atrapada

  • Aumenta su consumo de alcohol o de drogas

  • Se aparta de los amigos, de su familia y de la sociedad

  • Siente ansiedad, agitación o tiene cambios drásticos de humor

  • Tiene dificultad para dormir o duerme todo el tiempo

  • Siente que es una carga para los demás

No todo aquel que intenta suicidarse les dice cuáles son sus intenciones a otras personas, pero la mayoría muestra señales tales como las mencionadas. De modo que, ¡tomen estas señales seriamente!

Aun cuando no haya ayuda disponible de inmediato, el poder que tienen los amigos y miembros de la familia que se interesan de verdad es inestimable.

Prevención

Cuando una persona tiene tendencias suicidas, los integrantes de la familia y los amigos juegan un papel fundamental. Como enseñó Alma, debemos “llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras… llorar con los que lloran; sí, y… consolar a los que necesitan de consuelo” (Mosíah 18:8, 9).

A continuación se indican algunas cosas útiles que los miembros de la familia o los amigos pueden hacer:

Tender la mano y escuchar con amor. Como lo aconsejó el élder Ballard: “No hay nada más poderoso que el brazo de amor con el que se rodea a los que están en dificultad”5. “Debemos verlos… a través de los ojos del Padre Celestial”, enseñó el élder Dale G. Renlund, del Cuórum de los Doce Apóstoles, “… solo entonces podemos darnos cuenta de la preocupación del Salvador por ellos… Esta perspectiva ampliada abrirá nuestro corazón a los temores, desilusiones y penas de los demás”6.

Ayudar con cosas concretas. Si la persona está pasando por una crisis que afecta su seguridad y sus necesidades básicas, ofrezcan ayuda tangible, pero permitan que la persona decida si va a aceptarla o no. Por ejemplo, si alguien adquiere tendencias suicidas debido a que perdió su trabajo, ayudarlo a encontrar oportunidades de empleo le da opciones de dónde elegir y lo ayuda a no sentirse atascado.

Preguntar si está considerando el suicidio. Cuando estén preocupados porque alguien está angustiado y muestra señales de advertencia de suicidio, pregúntenle si lo está considerando. Puede que ustedes se sientan incómodos de hacerlo, pero para averiguar si están considerando el suicidio, es mejor preguntarles directamente. Eso podría abrir la puerta para que la persona hable de sus problemas y sus preocupaciones.

Ejemplos de ese tipo de preguntas podrían ser: “Eso suena como algo muy difícil de sobrellevar para cualquier persona, ¿en algún momento has tenido pensamientos suicidas?” o “Con todo el sufrimiento por el que estás pasando, ¿no estarás considerando el suicidio, verdad?”. Si no tienen pensamientos suicidas, seguramente se lo dirán.

Si sienten que ellos no son francos con ustedes sobre los pensamientos suicidas, manténganse atentos a los susurros del Espíritu para saber qué hacer. Quizás reciban la impresión de quedarse con ellos hasta que se abran y les hablen francamente.

Permanecer con la persona y buscar ayuda. Si alguien les dice que tiene pensamientos suicidas, quédense con la persona y procuren que les hable de lo que le preocupa. Si habla de formas y momentos específicos para suicidarse, ayuden a la persona a llamar a un teléfono directo para crisis o al departamento local de emergencias psiquiátricas.

Reacciones ante el suicidio

Ya sea que hayan mostrado señales o no, algunas personas se quitan la vida. Ante la devastadora experiencia del suicidio de un ser querido, los miembros de la familia y los amigos que lo sobreviven con frecuencia sienten un dolor profundo, intenso y complejo. Entre algunas de las reacciones están:

  • Vergüenza y la sensación de estigma

  • Shock e incredulidad

  • Enojo, alivio o remordimiento

  • Ocultar la causa de muerte

  • Aislamiento social y ruptura en las relaciones familiares

  • Participación activa e incluso obsesiva en los empeños de prevención del suicidio

  • Un deseo incontenible de comprender el porqué

  • Sentimientos de abandono y rechazo

  • Culpar a la persona fallecida, a uno mismo, a los demás y a Dios

  • Pensamientos suicidas o sentimientos autodestructivos

  • Mayor estrés durante los días festivos y el aniversario de la muerte7

Lo que las familias de quien se suicida y las comunidades pueden hacer

No juzgar. Si bien el suicidio es algo serio, el élder Ballard también nos recuerda que: “Es obvio que no conocemos todas las circunstancias que hay detrás de todo suicidio; únicamente el Señor las sabe y Él es quien juzgará todas nuestras acciones aquí en la tierra. Cuando [el Señor nos juzgue], yo pienso que tendrá todas las cosas en cuenta: nuestra composición química y genética, nuestro estado mental, nuestra capacidad intelectual, las enseñanzas que hayamos recibido, las costumbres de nuestros padres, nuestra salud, etcétera”8.

Permitir y respetar el proceso de duelo particular de cada persona.El duelo se manifiesta de diferentes maneras, ya que la relación con la persona fallecida es diferente para cada uno; de manera que consideremos válida y honremos la forma en que cada persona manifiesta su dolor.

Cuando un ser querido fallece, nos embargan emociones fuertes e incluso abrumadoras; no obstante, el sentir dolor no significa falta de fe. El Salvador dijo: “Viviréis juntos en amor, al grado de que lloraréis por los que mueran” (D. y C. 42:45). El dolor es una muestra del amor que sentimos por nuestros seres queridos fallecidos y de lo que nuestra relación con ellos significó para nosotros.

Pedir ayuda. Durante el período de duelo, las cosas pueden ser abrumadoras. Procurar ayuda puede proporcionar oportunidades sagradas para que las demás personas le presten servicio y lo amen. Permitir que lo ayuden puede sanar y fortalecerlo no solo a usted, sino también a ellos.

Seguir asociándose con otras personas. Algunas personas sufren en privado y a veces se aíslan, de modo que manténgase en contacto con sus familiares y amigos. Tienda la mano en forma periódica a los miembros de su familia, parientes y amigos que estén llorando la muerte del ser querido y ofrézcales ayuda, porque tal vez ellos no se acerquen a usted.

Depender del Salvador. Por último, el Salvador es la fuente de sanación y paz. “Su expiación… nos brinda la oportunidad de acudir a Él, quien ha sufrido todas las dolencias de la vida terrenal, para darnos la fuerza a fin de sobrellevar las cargas de esta vida. Él conoce nuestra angustia y desea ayudarnos. Así como el buen samaritano, cada vez que nos encuentre lastimados a la orilla del camino, Él vendará nuestras heridas y nos cuidará (véase Lucas 10:34)”9.

Reconozcamos que todos tenemos que depender por completo del Señor Jesucristo y de Su expiación a medida que procuramos hacer nuestra parte. Al reconocerlo humildemente, tratemos de comprender a nuestros familiares y vecinos que sufren, tendámosles la mano con amor y cultivemos juntos una fe y una confianza mayores en el Salvador, quien volverá y “enjugará… toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor” (Apocalipsis 21:4).