El amor versus la lujuria

Por Joshua J. Perkey

Revistas de la Iglesia

Si podemos entender lo que en verdad es la lujuria, podemos aprender a evitarla y tomar decisiones que nos acerquen más al Espíritu Santo.

Lujuria

Sin duda, es una palabra desagradable. Muchos de nosotros no queremos pensar en ella, y mucho menos aprender más acerca de ella. El término invoca un sentimiento sórdido, algo oscuro; atrayente, pero malo.

Hay una buena razón para ello. Si “el amor al dinero es la raíz de todos los males” (1 Timoteo 6:10), definitivamente, la lujuria es su aliada secreta; es vil y degradante. La lujuria torna a la gente, a las cosas e incluso a las ideas en objetos que se poseen o adquieren para satisfacer un fuerte deseo. Si ya sabemos eso, ¿por qué necesitamos saber más sobre ella?

Porque si podemos entender mejor lo que en verdad significa la lujuria, podemos aprender a moldear los pensamientos, los sentimientos y las acciones a fin de evitar y superar sus manifestaciones. Eso nos conducirá a tener una relación más estrecha con el Espíritu Santo, lo cual purifica los pensamientos y las intenciones, y nos fortalece; a su vez, eso nos conducirá a una vida más feliz, tranquila y dichosa.

Cómo definir la lujuria

Mayormente, tendemos a pensar en la lujuria como los sentimientos intensos e inapropiados de atracción física hacia otra persona; pero es posible desear o codiciar casi cualquier cosa: dinero, propiedades, objetos y, por supuesto, a otras personas (véase la Guía para el Estudio de las Escrituras, “Codiciar”).

La lujuria induce a una persona a procurar algo que es contrario a la voluntad de Dios; abarca cualquier sentimiento o deseo que haga que una persona se centre en las posesiones mundanas o en prácticas egoístas —intereses, deseos, pasiones y apetitos personales— en vez de guardar los mandamientos de Dios.

En otras palabras, desear cosas que van en contra de la voluntad de Dios o desear poseer cosas en una manera que sea contraria a Su voluntad es lujuria, y esta conduce a la desdicha.

El peligro de la lujuria sexual

Aunque se nos ha advertido sobre la lujuria como una forma de codicia en general, en su contexto sexual es particularmente peligrosa. El Salvador advirtió: “… cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón” (Mateo 5:28).

Los apóstoles de la antigüedad advirtieron en forma extensa contra la lujuria en ese sentido. Solo un ejemplo de ello es lo que dijo el apóstol Juan: “Porque todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1 Juan 2:16; véanse también versículo 17; Romanos 13:14; 1 Pedro 2:11).

Las advertencias continúan hoy en día. El élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles, explica: “¿Por qué la lujuria es un pecado capital? Y bien, además del impacto espiritual destructor total que ejerce sobre nuestras almas, pienso que es un pecado porque profana la más elevada y la más santa relación que Dios nos da en la vida mortal: el amor que un hombre y una mujer se tienen el uno por el otro y el deseo que esa pareja tiene de traer hijos a una familia con la mira de ser eterna”.

Permitir que germine el deseo lujurioso ha sido la raíz de muchos hechos pecaminosos. Lo que empieza con lo que parece una mirada inocente puede convertirse en una sórdida infidelidad con todas sus consecuencias desastrosas. Eso es debido a que la lujuria hace que el Espíritu Santo se aleje y nos deja vulnerables a otras tentaciones, vicios y artimañas del adversario.

Las decisiones trágicas del rey David son un triste ejemplo de lo poderosa y mortal que esa emoción puede ser. Por casualidad, David vio a Betsabé, que se estaba bañando, y la deseó. La lujuria trajo como resultado la acción; él hizo que la trajeran ante él y se acostó con ella. Entonces, en un esfuerzo insensato por esconder su pecado, David ordenó al esposo de Betsabé que fuera a la batalla, donde estaba seguro que lo matarían (véase 2 Samuel 11). Como resultado de ello, David perdió su exaltación (véase D. y C. 132:38–39).

La situación de David quizás parezca extrema, pero sin duda demuestra la verdad: la lujuria es una tentación poderosa. Rendirse a ella puede hacer que participemos en cosas que nadie, en su sano juicio, haría. El hecho de que sea tan insidiosa, que se despierte tan fácilmente y que sea tan eficaz para tentarnos a apartarnos del Espíritu Santo y ceder nuestra voluntad a algo prohibido la hace mucho más peligrosa. El ver pornografía, escuchar la letra de canciones explícitas o participar de intimidad inapropiada pueden provocarla. Al mismo tiempo, los sentimientos lujuriosos pueden inducir a una persona a que procure ver pornografía. Esa relación cíclica es extremadamente poderosa y peligrosa.

La lujuria de naturaleza sexual degrada y debilita todas las relaciones, siendo una de las más importantes la relación personal con Dios. “Y de cierto os digo, como ya he dicho, el que mira a una mujer para codiciarla, o si alguien comete adulterio en su corazón, no tendrá el Espíritu, sino que negará la fe y temerá” (D. y C. 63:16).

Como enseñó el élder Richard G. Scott (1928–2015), del Cuórum de los Doce Apóstoles: “La inmoralidad sexual crea una barrera que aleja la influencia del Espíritu Santo con toda su capacidad de elevar, iluminar y fortalecer. Además, produce un poderoso estímulo físico y emocional; con el tiempo, esto crea un apetito insaciable que arrastra al transgresor a pecados más serios”.

Lo que no es lujuria

Habiendo considerado lo que es la lujuria, también es importante comprender lo que no es, y tener cuidado de no catalogar los sentimientos y deseos apropiados como lujuria. La lujuria es un tipo de deseo, pero hay también deseos justos. Por ejemplo, podemos desear cosas buenas y adecuadas que nos ayudarán a llevar a cabo la obra del Señor.

Piensen en:

El deseo de tener dinero. En sí mismo, el desear dinero no es malo. Pablo no dijo que el dinero fuera la raíz de todos los males. Él dijo: “… el amor al dinero es la raíz de todos los males” (1 Timoteo 6:10; cursiva agregada). Las enseñanzas de Jacob añaden una aclaración adicional: “Pero antes de buscar riquezas, buscad el reino de Dios. Y después de haber logrado una esperanza en Cristo obtendréis riquezas, si las buscáis; y las buscaréis con el fin de hacer bien: para vestir al desnudo, alimentar al hambriento, libertar al cautivo y suministrar auxilio al enfermo y al afligido” (Jacob 2:18–19).

Tener sentimientos sexuales apropiados hacia el cónyuge. Esos sentimientos que Dios nos ha dado ayudan a fortalecer, reforzar y unir al matrimonio; sin embargo, es posible tener sentimientos inapropiados hacia un cónyuge. Si buscamos satisfacción solo para nuestro bien, o solo para gratificar nuestros propios y fuertes deseos, podríamos estar cediendo a los deseos lujuriosos, y eso puede dañar la relación matrimonial. La clave para procurar y mantener la intimidad física apropiada en el matrimonio es una intención pura y afectuosa.

El principio importante es procurar las cosas con el propósito correcto: edificar el Reino de Dios y aumentar la bondad en el mundo. En cambio, la lujuria nos insta a salir de los límites apropiados, donde los deseos pueden degradar a Dios, hacer que tratemos a las personas como objetos, y convertir a los objetos, la riqueza e incluso el poder en monstruosidades que anulan nuestra sensibilidad y dañan nuestras relaciones.

Por qué con frecuencia cedemos a la lujuria

Dado lo dañina y peligrosa que es la lujuria, ¿por qué es tan tentadora y frecuente? ¿Por qué permitimos que nos domine con frecuencia? En apariencia, puede parecer que el egoísmo o la falta de control sean la causa central de la lujuria; esos son factores contribuyentes, pero la raíz profunda de la lujuria a menudo es el vacío. Es posible que las personas sucumban a la lujuria en un vano intento por llenar un vacío en la vida. La lujuria es una emoción falsa, un burdo sustituto para el amor genuino, la verdadera valía y el discipulado duradero

En cierto sentido, el control emocional adecuado es una condición del corazón: “… porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él” (Proverbios 23:7). Dondequiera que centremos nuestra atención mental y espiritual, con el tiempo llegará a ser la fuerza impulsora detrás de nuestros pensamientos, sentimientos y acciones. Siempre que nos sintamos tentados a codiciar algo, debemos reemplazar esa tentación con algo más apropiado.

La ociosidad también puede provocar pensamientos lujuriosos. Cuando no estamos muy ocupados en la vida, tendemos a ser más susceptibles a las influencias del mal. Conforme procuremos en forma activa estar anhelosamente consagrados a causas buenas (véase D. y C. 58:27) y nos esforcemos por usar nuestro tiempo de manera productiva, estaremos menos propensos a tener sentimientos lujuriosos o a otras influencias negativas.

Como el élder Dallin H. Oaks, del Cuórum de los Doce Apóstoles, explica, que los deseos a los que elegimos adherirnos no solo afectan nuestras acciones, sino también quiénes llegaremos a ser con el tiempo: “Los deseos dictan nuestras prioridades, las prioridades afectan nuestras decisiones y las decisiones determinan nuestras acciones. Los deseos sobre los que actuamos determinan las cosas que cambiamos, lo que logramos y lo que llegamos a ser”.

En otras palabras, debemos controlar no solo las emociones que nos permitimos sentir, sino también los pensamientos que esos sentimientos precipitan o causan. Como enseñó Alma, si nuestros sentimientos son impuros, “nuestros pensamientos también nos condenarán” (Alma 12:14).

El antídoto: un amor semejante al de Cristo

La lujuria no es inevitable. Debido a que el Padre Celestial nos da el albedrío, tenemos el control sobre nuestros pensamientos, sentimientos y acciones. No tenemos que proseguir con los pensamientos y sentimientos lujuriosos; si las tentaciones se presentan, podemos elegir no seguir esos caminos.

¿Cómo superamos la tentación de codiciar algo? Para comenzar, establecemos una relación adecuada con nuestro Padre Celestial y elegimos servir a los demás; participamos en prácticas religiosas diarias, incluso la oración y el estudio de las Escrituras, que invitan la influencia del Espíritu Santo en nuestra vida. En definitiva, el ingrediente secreto es un amor semejante al de Cristo: un amor puro, sincero, honesto y con un deseo de edificar el Reino de Dios y de mantener la mira puesta únicamente en Su gloria. Ese amor solo es posible si tenemos la compañía del Espíritu Santo.

Eliminar la lujuria requiere de la oración sincera en la que pidamos a Dios que elimine esos sentimientos y otorgue, en su lugar, un amor benévolo (véase Moroni 7:48). Eso es posible, al igual que el arrepentimiento, mediante la gracia de la expiación de Jesucristo. Gracias a Él, podemos aprender a amar de la manera en la que Él y nuestro Padre Celestial nos aman.

Cuando nos centramos constantemente en nuestro Padre Celestial, vivimos de acuerdo con los dos primeros grandes mandamientos —amar a Dios y a nuestros semejantes como a nosotros mismos (véase Mateo 22:36–39)— y hacemos todo lo que podamos por vivir como Él nos ha enseñado, las intenciones puras y honestas influyen en nuestra vida con cada vez mayor intensidad. Al unificar nuestra voluntad con la voluntad del Padre, las tentaciones y los efectos de la lujuria disminuyen, y el amor puro de Cristo los sustituye; entonces somos llenos de un amor divino que reemplaza los deseos inmorales de este mundo con la belleza de edificar el Reino de Dios.

Cómo definir el amor y la lujuria

El amor ennoblece, la lujuria degenera. El amor abraza la verdad, la lujuria abraza las mentiras. El amor edifica y fortalece, la lujuria destruye y debilita. El amor es armonioso, la lujuria es discordante. El amor trae paz, la lujuria trae conflicto. El amor inspira, la lujuria entorpece. El amor sana, la lujuria debilita. El amor vigoriza, la lujuria destruye. El amor ilumina, la lujuria ensombrece. El amor llena y sustenta, la lujuria no puede ser satisfecha. El amor está íntimamente relacionado con la promesa, la lujuria encuentra su lugar en el orgullo.

Cinco sugerencias para una vida pura

El élder Jeffrey R. Holland da cinco sugerencia de cómo mantener una vida pura:

Sepárense de las personas, los materiales y las circunstancias que los dañarán.

Busquen ayuda.

Desarrollen y ejerciten el autocontrol para eliminar las malas influencias.

Remplacen los pensamientos lascivos con imágenes de esperanza y recuerdos de gozo.

Cultiven el Espíritu del Señor y estén donde Él esté.

De Jeffrey R. Holland, “No hay lugar para el enemigo de mi alma”, Liahona, mayo de 2010, págs. 44–46.

Después del amor, entonces ¿qué?

Dieter F. Uchtdorf

Nuestro querido Profeta, el presidente Thomas S. Monson, ha enseñado que “el amor es la esencia misma del Evangelio”1.

El amor es tan importante que Jesús lo llamó “el primero y grande mandamiento”, y dijo que toda porción de la ley y de las palabras de los profetas dependen de él2.

El amor es el motivo primordial de todo lo que hacemos en la Iglesia. Todo programa, toda reunión, toda acción en la que tomamos parte como discípulos de Cristo debería derivarse de ese atributo, porque sin caridad, “el amor puro de Cristo”, no somos nada3.

Una vez que entendemos eso con la mente y el corazón, una vez que declaramos nuestro amor por Dios y por nuestros semejantes, ¿entonces qué?

¿Es suficiente sentir compasión y amor por los demás? El declarar nuestro amor por Dios y por nuestro prójimo, ¿satisface nuestra obligación para con Dios?

La parábola de los dos hijos

En el templo de Jerusalén, los principales sacerdotes y los ancianos de los judíos se acercaron a Jesús con la intención de hacerlo caer en una trampa mediante Sus propias palabras. No obstante, el Salvador invirtió la situación al relatarles una historia.

“Un hombre tenía dos hijos”, comenzó. El padre fue al primero y le pidió que fuera a trabajar en la viña; pero el hijo rehusó hacerlo. Más tarde, ese hijo, “arrepentido, fue”.

Entonces el padre fue a su segundo hijo y le pidió que fuera a trabajar en la viña. El segundo hijo le aseguró que iría, pero nunca lo hizo.

Después, el Salvador se volvió a los sacerdotes y ancianos, y preguntó: “¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?”.

Ellos tuvieron que admitir que fue el primer hijo, el que dijo que no iría, pero más tarde se arrepintió y fue a trabajar en la viña4.

El Salvador utilizó esa historia para hacer hincapié en un importante principio: aquellos que obedecen los mandamientos son los que verdaderamente aman a Dios.

Tal vez por eso Jesús pidió a los del pueblo que escucharan y siguieran las palabras de los fariseos y los escribas, pero que no siguieran su ejemplo5. Esos maestros religiosos no hacían lo que enseñaban; les encantaba hablar de religión, pero tristemente ignoraban la esencia de la misma.

Las acciones y nuestra salvación

En una de las últimas lecciones del Salvador a Sus discípulos, les habló del juicio final. Los inicuos y los justos serían separados; los justos heredarían la vida eterna y los inicuos serían entregados a un castigo eterno.

¿Cuál era la diferencia entre los dos grupos?

Aquellos que demostraron su amor mediante sus acciones fueron salvos; aquellos que no lo hicieron, fueron condenados6. La verdadera conversión al evangelio de Jesucristo y a sus valores y principios se manifestará en las acciones de nuestra vida cotidiana.

Al final, una mera declaración de amor a Dios y a nuestros semejantes no nos hará merecedores de la exaltación. Porque, como Jesús enseñó: “[no] todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”7.

¿Qué viene después del amor?

La respuesta a la pregunta: “Después del amor, entonces ¿qué?”, puede ser sencilla y directa. Si en verdad amamos al Salvador, inclinamos nuestro corazón hacia Él y luego caminamos por el sendero del discipulado. Si amamos a Dios, nos esforzaremos por cumplir Sus mandamientos8.

Si verdaderamente amamos a nuestros semejantes, nos esforzamos por ayudar “a los pobres y a los necesitados, a los enfermos y a los afligidos”9, porque aquellos que realizan esos actos desinteresados de compasión y servicio10, tales son discípulos de Jesucristo.

Eso es lo que viene después del amor.

Esa es la esencia del evangelio de Jesucristo.

Referencias

  1. Thomas S. Monson, “El amor: La esencia del Evangelio”, Liahona,mayo de 2014, pág. 91.
  2. Véase Mateo 22:36–40.
  3. Véase Moroni 7:46–47.
  4. Véase Mateo 21:28–32.
  5. Véase Mateo 23:3.
  6. Véase Mateo 25:31–46.
  7. Mateo 7:21.
  8. Véase Juan 14:15.
  9. Doctrina y Convenios 52:40.
  10. Véase Mosíah 18:8–9.