El ojo de la fe

Por el élder Neil L. Andersen

Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Si seleccionamos y elegimos lo que aceptaremos de la proclamación, nublamos nuestra visión eterna, dando demasiada importancia a nuestra vida aquí y ahora.

Poco antes de Su crucifixión, Jesús fue llevado ante Pilato en el pretorio. “¿Eres tú el Rey de los judíos?”, preguntó Pilato de manera condescendiente. Jesús respondió: “Mi reino no es de este mundo… he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad oye mi voz”.

Pilato le preguntó cínicamente: “¿Qué es la verdad?”.

Hoy en día en el mundo, la pregunta “¿qué es la verdad?” puede ser dolorosamente compleja para las mentes seculares.

Una búsqueda en Google de “¿qué es la verdad?” resulta en más de un millón de respuestas. Disponemos de más información en nuestros teléfonos móviles de la que hay en todos los libros de una biblioteca. Vivimos con una sobrecarga de información y opiniones. Voces tentadoras y seductoras nos acechan por doquier.

Atrapados en la confusión actual, no es de sorprender que muchos se identifiquen con las palabras que Protágoras le dijo al joven Sócrates hace 2500 años: “Lo que es verdad para ti”, dijo él, “es verdad para ti; y lo que es verdad para mí, es verdad para mí”.

La verdad mediante el evangelio restaurado de Jesucristo

Al ser bendecidos con el evangelio restaurado de Jesucristo, nosotros declaramos con humildad que existen ciertas cosas que son total y absolutamente verdaderas. Esas verdades eternas son las mismas para cada hijo e hija de Dios.

Las Escrituras enseñan: “La verdad es el conocimiento de las cosas como son, como eran y como han de ser”. La verdad mira hacia el pasado y hacia el futuro, y expande la perspectiva de nuestro breve presente.

Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida”. La verdad nos muestra el camino a la vida eterna, y viene solo mediante nuestro Salvador, Jesucristo. No hay otra manera.

Jesucristo nos enseña cómo debemos vivir y, mediante Su expiación y resurrección, Él nos ofrece el perdón de nuestros pecados y la inmortalidad más allá del velo. Eso es absolutamente verdadero.

Él nos enseña que no es importante si somos ricos o pobres, prominentes o desconocidos, sofisticados o sencillos. En vez de ello, nuestra meta en la mortalidad es buscar fortalecer nuestra fe en el Señor Jesucristo, elegir el bien sobre el mal y guardar Sus mandamientos. Aunque celebramos las innovaciones de la ciencia y la medicina, las verdades de Dios trascienden mucho más allá de esos descubrimientos.

En oposición a las verdades de la eternidad, siempre han existido falsificaciones para apartar a los hijos de Dios de la verdad. Los argumentos del adversario siempre son los mismos. Escuchen esto que se dijo hace 2000 años:

“…no [pueden] saber de las cosas que no ve[n]… No [es] ningún crimen el que un hombre [haga] cosa cualquiera”.

”[Dios no nos bendice, sino que cada persona prospera] según su genio”.

“No es razonable que… tal ser como… Cristo… [sea] el Hijo de Dios”.

“[Lo que ustedes creen es una loca tradición] y un trastorno mental”. ¿Suena como hoy en día, verdad?

Con la restauración del Evangelio, Dios nos ha dado la manera de aprender y conocer verdades espirituales esenciales: las aprendemos por medio de las sagradas Escrituras, de nuestras oraciones personales, de nuestras propias experiencias, del consejo de los profetas y apóstoles vivientes y de la guía del Espíritu Santo, quien nos ayuda a “conocer la verdad de todas las cosas”.

La verdad se ha de discernir espiritualmente

Podemos conocer las cosas de Dios si las buscamos espiritualmente. Pablo dijo: “Nadie conoció las cosas de Dios, a no ser que haya tenido el Espíritu de Dios… porque se han de discernir espiritualmente”.

Contemplen ahora esta obra artística de Michael Murphy. Desde esta perspectiva, difícilmente creerán que se trate de una representación artística del ojo humano. Sin embargo, si observan los puntos desde una perspectiva diferente, apreciarán la belleza de la creación del artista.

De igual modo, nosotros vemos las verdades espirituales de Dios desde la perspectiva del ojo de la fe. Pablo dijo: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”.

Las Escrituras, nuestras oraciones, nuestras propias experiencias, los profetas de nuestros días y el don del Espíritu Santo nos brindan la perspectiva espiritual de la verdad necesaria para nuestra trayectoria terrenal.

La proclamación a través del ojo de la fe

Veamos la proclamación sobre la familia a través del ojo de la fe.

El presidente Gordon B. Hinckley presentó “La Familia: Una Proclamación para el Mundo” con las siguientes palabras: “Con tanta sofistería que se hace pasar como verdad, con tanto engaño en cuanto a las normas y los valores, con tanta tentación de seguir los consejos del mundo, hemos sentido la necesidad de amonestar y advertir sobre todo ello”.

La proclamación comienza: “Todos los seres humanos, hombres y mujeres, son creados a la imagen de Dios. Cada uno es un amado hijo o hija procreado como espíritu por padres celestiales y, como tal, cada uno tiene una naturaleza y un destino divinos”.

Estas son verdades eternas. Ni ustedes ni yo somos un accidente de la naturaleza.

Me encantan estas palabras: “En el mundo premortal, hijos e hijas, procreados como espíritus, conocieron a Dios y lo adoraron como su Padre Eterno, y aceptaron Su plan”.

Nosotros vivíamos antes de nuestro nacimiento. Nuestra identidad individual está grabada en nosotros para siempre. De maneras que no comprendemos plenamente, nuestro crecimiento espiritual allí, en la vida preterrenal, influye en lo que somos aquí. Nosotros aceptamos el plan de Dios. Sabíamos que en la tierra experimentaríamos dificultades, dolor y pesar. También sabíamos que el Salvador vendría y que, en tanto demostráramos ser dignos, nos levantaríamos en la resurrección, con “aumentada gloria sobre [nuestra] cabeza para siempre jamás”.

La proclamación es clara: “Declaramos que los medios por los cuales se crea la vida mortal son divinamente establecidos. Afirmamos la santidad de la vida y su importancia en el plan eterno de Dios”.

El plan de nuestro Padre anima a un esposo y su esposa a traer hijos al mundo y nos obliga a hablar en defensa del que no ha nacido.

Los principios de la proclamación están maravillosamente conectados

Si seleccionamos y elegimos lo que aceptaremos de la proclamación, nublamos nuestra visión eterna, dando demasiada importancia a nuestra vida aquí y ahora. Al reflexionar con espíritu de oración sobre la proclamación, mediante el ojo de la fe, comprendemos mejor cómo los principios están hermosamente interconectados, se apoyan el uno al otro y revelan el plan de nuestro Padre para Sus hijos.

¿Debemos realmente sorprendernos cuando los profetas del Señor declaran Su voluntad y algunas personas aún tienen dudas? Por supuesto, algunos rechazan la voz de los profetas de inmediato, pero otras personas meditan con espíritu de oración sus preguntas sinceras, preguntas que se resolverán con paciencia y con el ojo de la fe. Si la proclamación se hubiera revelado en un siglo diferente, seguiría habiendo preguntas, pero serían distintas a las de hoy en día. Uno de los propósitos de los profetas es ayudarnos a resolver preguntas sinceras.

Antes de ser el Presidente de la Iglesia, el presidente Russell M. Nelson dijo: “Los profetas ven con anticipación, ven los dolorosos peligros que el adversario ha colocado o colocará en nuestro camino. Los profetas también prevén las magníficas oportunidades y privilegios que aguardan a quienes escuchan con la intención de obedecer”.

Testifico de la verdad y del poder espiritual de la voz unánime de la Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce.

El mundo se está apartando

En el transcurso de mi vida, he presenciado un cambio dramático en las creencias del mundo en cuanto a muchos de los principios que se enseñan en la proclamación. Durante mi adolescencia y en los primeros años de casado, muchas personas en el mundo se apartaron de la norma del Señor que llamamos la ley de castidad, que señala que las relaciones sexuales solo deben ocurrir entre un hombre y una mujer legítimamente casados. Cuando tenía entre veinte y treinta y tantos años, muchos abandonaron el principio de brindar protección sagrada al que no ha nacido, y el aborto se volvió más aceptable. En años recientes, muchos se han apartado de la ley de Dios que estipula que el matrimonio es la unión sagrada entre un hombre y una mujer.

Ver como muchos se alejan de los límites que el Señor ha fijado nos recuerda ese día en Capernaúm, cuando el Salvador declaró Su divinidad y, tristemente, “muchos de sus discípulos… ya no andaban con él”.

Entonces el Salvador se volvió a los Doce: “¿También vosotros queréis iros?”.

Pedro respondió:

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

“Y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.

No todas las situaciones se ajustan a las descritas en la proclamación

Hay muchos jóvenes y personas mayores que son leales y fieles al evangelio de Jesucristo, aun cuando su situación actual no sea precisamente la que se describe en la proclamación sobre la familia: niños cuyas vidas han sido sacudidas por el divorcio; jóvenes cuyos amigos se burlan de la ley de castidad; mujeres y hombres divorciados que han sido heridos profundamente por la infidelidad de su cónyuge; esposos y esposas que no pueden tener hijos; mujeres y hombres cuyo cónyuge no comparte sus creencias en el Evangelio restaurado; mujeres y hombres solteros que por diversos motivos no han podido casarse.

Un amigo mío de hace más de 20 años, a quien admiro mucho, no se ha casado debido a que siente atracción hacia personas de su mismo sexo. Él ha sido fiel a sus convenios del templo, ha desarrollado sus talentos creativos y profesionales, y ha servido noblemente tanto en la Iglesia como a la comunidad. Hace poco él me dijo: “Puedo entender a los que se hallan en mi situación y deciden no guardar la ley de castidad en el mundo en el que vivimos. Sin embargo, ¿no nos pidió Cristo que no seamos ‘del mundo’? Es evidente que las normas de Dios son diferentes a las del mundo”.

Las leyes de los hombres a menudo van más allá de los límites establecidos por las leyes de Dios. Para aquellos que desean agradar a Dios, seguramente necesiten fe, paciencia y diligencia.

Mi esposa, Kathy, y yo conocemos a una hermana soltera que tiene unos cuarenta años; ella es muy talentosa en su vida profesional y sirve valientemente en su barrio. Ella también ha guardado las leyes de Dios. Ella escribió:

“Sueño con el día en el que seré bendecida con un esposo e hijos. Aún lo estoy esperando. A veces, mi situación hace que me sienta olvidada y sola, pero intento no fijarme en lo que no tengo y más bien centrarme en lo que sí tengo y en cómo puedo ayudar a los demás.

“Prestar servicio a mis familiares, en mi barrio y en el templo me ha ayudado. No estoy olvidada ni estoy sola porque formo parte de una familia muy grande, como es el caso de todos nosotros”.

Hay Uno que entiende

Algunos podrán decir: “Usted no entiende mi situación”. Puede que no, pero testifico que hay Uno que sí entiende. Hay Uno que conoce sus cargas por causa de Su sacrificio en el jardín y en la cruz. A medida que lo busquen y guarden Sus mandamientos, les prometo que Él los bendecirá y aligerará las cargas que sean demasiado pesadas para una sola persona. Él les dará amigos eternos y oportunidades de servicio; y lo que es más importante, Él los llenará con el poderoso espíritu del Espíritu Santo y hará descender sobre ustedes su fulgor de aprobación divina. Ninguna elección ni alternativa que nos prive de la compañía del Espíritu Santo o de las bendiciones de la eternidad merece nuestra atención.

Sé que el Salvador vive. Testifico que Él es la fuente de toda verdad que realmente importa y que Él cumplirá todas las bendiciones que ha prometido a quienes guarden Sus mandamientos. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Ser 100 por ciento responsables – 2da Parte

Como les comente, este discurso es largo por lo tanto lo dividí en dos partes, aquí esta la segunda parte, espero les guste y si es posible comenten y compartan.

Saludos.

Lynn G. Robbins de la Presidencia de los Setenta: Semana de la Educación de BYU, 22 de agosto de 2017

 

  1. Anécdota 2: “Poner mi matrimonio por encima de mi orgullo”

Ahora citaré la experiencia de una esposa joven:

Como todas las parejas, mi esposo y yo hemos tenido desacuerdos en nuestro matrimonio. No obstante, hay un incidente que sobresale. No recuerdo cuál fue el motivo del conflicto, pero dejamos de dirigirnos la palabra por completo y recuerdo sentir que todo era culpa de mi esposo. Pensaba que yo no había hecho nada por lo que tuviera que disculparme.

A lo largo del día, esperé que mi esposo me pidiera disculpas. Sin duda él sabía lo equivocado que estaba. Tenía que ser obvio cuánto me había lastimado. Pensé que yo tenía que defenderme y que eso era lo que importaba.

Al terminar el día, me di cuenta de que mi espera era en vano, así que acudí al Señor en oración. Pedí que mi esposo se diera cuenta de lo que había hecho y de cómo eso lastimaba nuestro matrimonio. Pedí que recibiera inspiración para pedirme disculpas y que nuestro desacuerdo terminara.

  1. Mientras oraba, tuve la fuerte impresión de que yo debía ir a él y pedirle disculpas. Me sorprendí con esa impresión y de inmediato señalé en mi oración que yo no había hecho nada malo y que por lo tanto no tenía que disculparme. Una idea me acudió con fuerza a la mente:

“¿Quieres tener la razón o quieres estar casada?”.

Al pensar en esa pregunta, vi que podía aferrarme a mi orgullo y no ceder hasta que él se disculpara, pero,  ¿cuánto tiempo tomaría? ¿Días? Me sentía terrible mientras no nos dirigíamos la palabra. Comprendía que ese incidente aislado no acabaría con nuestro matrimonio, pero, si yo siempre era inflexible, a la larga, lo dañaría seriamente.

Así que decidí que era más importante tener un matrimonio feliz que mantener mi orgullo intacto sobre algo que después sería trivial.

Fui con mi esposo y le pedí disculpas por haberlo alterado. El también hizo lo propio y nuevamente fuimos dichosos y unidos en amor.

Desde entonces, en ocasiones he tenido que hacerme esa pregunta de nuevo: “¿Quieres tener la razón o quieres estar casada?”. Agradezco la gran lección que recibí la primera vez que afronté esa pregunta. Siempre me permite ajustar mi perspectiva y poner a mi esposo y mi matrimonio por encima de mi orgullo.

  1. Esta hermana aprendió que, aunque ella tuviera la razón y su esposo estuviera equivocado, el hecho de culparlo era contraproducente y le hacía perder el control para generar algo positivo. También aprendió que el decir “lo siento” tiene poder y control, si se expresa con amor genuino y con empatía, no simplemente para disculparnos.

En el matrimonio, el adoptar una actitud de dar el 50 por ciento parece lógica, pero solo una actitud del 100 por ciento de ambos cierra la puerta a la lista de antirresponsabilidad.

Otra lección que ella aprendió fue que no se puede controlar el albedrío de otras personas, solo el propio.

Una amorosa madre dio el siguiente sabio consejo a su hija, quien era desdichada en su matrimonio. Pidió a la hija que trazara una línea vertical en el medio de una hoja de papel, que a la izquierda escribiera todas las cosas que le molestaban de su esposo y que a la derecha pusiera la reacción que ella tenía ante cada una de esas cosas. Luego le pidió que cortara el papel a la mitad para separar las dos listas.

Le dijo: “Ahora tira a la basura el papel de los defectos de tu esposo. Si quieres ser dichosa y mejorar tu matrimonio, deja de fijarte en los defectos de él y mejor concéntrate en tu conducta. Fíjate en la forma en que  reaccionas ante lo que te molesta y trata de reaccionar de una manera distinta y más positiva”.

Esta madre entendía el poder y la sabiduría del ser 100 por ciento responsable. 

  1. EL MAYOR EJEMPLO DE TODOS

Con certeza el Salvador ha sido la persona más responsable en la historia del mundo. Él es el ejemplo supremo. Incluso en los momentos de dolor y angustia atroces, Él nunca mostró autocompasión, que es uno de los detalles disfuncionales de la lista.

Él siempre pensaba y se preocupaba por los demás con actitud desinteresada: le restauró la oreja a un soldado en Getsemaní y más adelante, en la cruz, oró por aquellos que lo habían maltratado, siguiendo Su propio mandamiento: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Mientras más seamos como Jesucristo, será menos probable que juzguemos de forma injusta, que perdamos la paciencia o que abandonemos una causa digna. Aunque a veces nos demos por vencidos, el Salvador nunca nos abandona, porque Su longanimidad es perfecta. “No obstante sus pecados, mis entrañas están llenas de compasión por ellos” (D. y C. 101:9).

  1. Jesucristo no vino a buscar defectos, a criticar ni a culpar. Vino a levantar, a edificar y a salvar (véase Lucas 9:56). No obstante, Su compasión no anula Su expectativa de que seamos totalmente responsables y de que no minimicemos ni justifiquemos el pecado. “Porque yo, el Señor, no puedo considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia” (D. y C. 1:31; véase también Alma 45:16). Si el Señor no considera el pecado con el más mínimo grado de tolerancia, ¿qué ley del Evangelio exige responsabilidad plena por el pecado?

Sería la ley de la justicia. “¿Qué, supones tú que la misericordia puede robar a la justicia? Te digo que no, ni un ápice. Si fuera así, Dios dejaría de ser Dios” (Alma 42:25; véase también el versículo 24). Ni “con el más mínimo grado” y “ni un ápice” son otras maneras de decir que Dios responsabiliza a Sus hijos el 100 por ciento por el uso de su albedrío.

El peligro de la lista de antirresponsabilidad radica en que ciega a sus víctimas de la necesidad de arrepentirse. Lamán y Lemuel, por ejemplo, no veían la necesidad de arrepentirse porque todo era culpa de Nefi. “Si no es culpa mía, ¿por qué tengo que arrepentirme?”. El que es ciego, ni siquiera puede dar el primer paso del proceso de arrepentimiento, que es reconocer la necesidad de arrepentirse.

Alma entendía muy bien que las excusas impiden que nos arrepintamos como vemos en su consejo a su hijo Coriantón:

“¿Qué, supones tú que la misericordia puede robar a la justicia? Te digo que no, ni un ápice. Si fuera así, Dios dejaría de ser Dios…

  1. ¡Oh hijo mío, quisiera que no negaras más la justicia de Dios! No trates de excusarte en lo más mínimo a causa de tus pecados, negando la justicia de Dios. Deja, más bien, que la justicia de Dios, y su misericordia y su longanimidad dominen por completo tu corazón; y permite que esto te humille hasta el polvo [Alma 42:25, 30].

Como aprendemos aquí, aquellos que ponen excusas “niegan la justicia”, el principio de Nehor, y creen que la ley de la justicia no les aplica. Alma aconsejó a su hijo que no acudiera a la lista. “No trates de excusarte en lo más mínimo”. Le enseñó a ser responsable en un 100 por ciento.

Negar la justicia de Dios, o decir que no somos responsables del pecado, también es negar Su justificación en el perdón de ese pecado: “El Señor de cierto vendría para redimir a su pueblo; pero… no vendría para redimirlos en sus pecados, sino para redimirlos de sus pecados” (Helamán 5:10, énfasis añadido).

  1. DOS MANERAS DE NEGAR LA JUSTICIA DEL SEÑOR

Satanás divide con éxito los principios complementarios de la misericordia y la justicia cada vez que alguien sucumbe ante la tentación de negar la justicia del Señor. Negar Su justicia se presenta en al menos dos formas: La primera, la cual ya mencioné, es negar la justicia respecto a nuestros pecados, algo que defendían Korihor y Nehor. La segunda e igualmente dañina negación es no confiar en la justicia del Señor ni en Su sabiduría para lidiar con las injusticias que otros cometen contra nosotros.

En la película basada en la magistralmente escrita obra El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas, Edmond Dantès, el protagonista, es un hombre honrado y amoroso que se llena de amargura y sed de venganza  después de que tres ambiciosos hombres levantan falso testimonio en su contra y le tienden una trampa.

Un corrupto fiscal se hace cómplice y Dantés es arrestado justo el día en que se va a casar con su hermosa prometida Mercedes. A los diecinueve años es sentenciado a cadena perpetua en la infame cárcel del Castillo de If por un crimen que no cometió.

  1. Después de años de encierro en la soledad, conoce a otro preso, el anciano abate Faria, quien en su afán de escapar se equivoca al cavar un túnel y llega a la celda de Edmond en lugar de salir a la libertad. Con un túnel que comunica sus celdas y todo el tiempo del mundo, Faria comienza a enseñar a Dantés historia, ciencias, filosofía e idiomas, y lo convierte en un hombre culto. También le informa de un tesoro enorme que está oculto en la isla de Montecristo y le dice cómo encontrarlo si algún día logra escapar.

Sabiendo que la venganza podría consumir y destruir a Dantés, Faria le enseña una última lección antes de morir. La lección es no negar la justicia de Dios. Faria le dice: “No cometas el delito por el cual ahora estás encerrado. Dios dice: ‘la venganza es mía’”.

A lo que Dantés responde: “No creo en Dios”. El abate Faria afirma: “No importa. Él cree en ti”. 

  1. Dantés se mantiene escéptico. Tras la muerte de Faria, elabora un ingenioso plan, se mete en el sudario del anciano y por fin logra escapar de sus catorce años de tormento en el Castillo. Tras obtener el tesoro, se convierte en un hombre sumamente rico y adopta su nueva identidad del conde de Montecristo.

Luego traza un plan para los hombres que conspiraron en su contra, el cual es de venganza y de castigo doloroso y prolongado, algo justo por los catorce años que apenas sobrevivió en el calabozo al que fue enviado injustamente.

Dantés lleva a cabo su plan con precisión y sus enemigos sufren el castigo que él pensó detenidamente para cada uno de ellos.

Al leer el libro o ver la película El Conde de Montecristo, algo en nuestro interior desea ver que se haga justicia contra esos hombres crueles y conspiradores que causaron tanto dolor a alguien inocente. Tenemos un sentido de justicia y el deseo de que el bien venza al mal, de que las cosas perdidas se deben restaurar y de que los corazones lastimados se deben recuperar. Hasta que eso sucede, hay un hueco de injusticia que cuesta conciliar en la mente y más aún en el corazón, lo cual nos deja atribulados y nos dificulta seguir adelante.

  1. Las personas tratan de conciliar ese hueco de injusticia de muchas formas: buscando venganza, justificando su ira y su amargura, o procurando reparación legal y consecuencias impuestas. En última instancia vemos que la manera del Señor es la única que logra una verdadera y completa conciliación.

El error de Dantés no fue en sí procurar reparación y justicia según la ley ni sacar a luz trampas con castigos adecuados para los culpables, sino dejar que su deseo de justicia se convirtiera en odio, ira, autocompasión, autojustificación y otras conductas dañinas de la lista de antirresponsabilidad. Él prácticamente desciende al nivel de impiedad por sus enemigos y se vale del engaño, la mentira y el fraude para hacerlos caer, todo fuera de lo lícito, tal como habían hecho con él y como Faria había profetizado.

Al recurrir a la ley de Moisés, ojo por ojo y diente por diente, en lugar de a la ley del Evangelio, incluso perdonar a los enemigos y orar por ellos, Dantés se impuso a sí mismo una cadena perpetua de miseria y amargura. Al negar la justicia del Señor para los demás, sin darse cuenta se niega a él mismo la misericordia del Señor y opta por cumplir la sentencia que Cristo ya había cumplido en su favor. El deseo de venganza le arrebata una vida de dicha que pudo haber sido suya.

  1. Tener fe en Jesucristo es confiar en que gracias a Su sacrificio expiatorio Él corregirá todas las injusticias, restaurará todo lo perdido y reparará todo lo que se rompa, incluso el corazón. El pondrá todo en orden, sin pasar por alto ningún detalle. Por lo tanto, “debéis decir en vuestros corazones: Juzgue Dios entre tú y yo, y te premie de acuerdo con tus hechos” (D. y C. 64:11).

Al igual que Edmond Dantés, muchas víctimas han sido lastimadas cruelmente, como en casos de abuso, sin que se vea justicia en el futuro, y ellas sienten que el Señor requiere lo imposible al pedirles que perdonen.

Por difícil que sea perdonar en tales situaciones, no perdonar cuesta aún más a la larga, ya que pone a la persona en la lista de antirresponsabilidad.

No perdonar es sinónimo de culpar, de ira, de autojustificación y de autocompasión, todas las cosas de la lista. En cuanto

Satanás recurre a esas emociones negativas, comienza a ejercer control sobre la persona.

  1. Uno de los casos más difíciles de perdonar es el abuso del cónyuge, con el correspondiente dolor de la traición, la angustia y la crueldad. Hay un patrón interesante y común en esos casos: el que abusa casi siempre culpa a la víctima, así como Lamán y Lemuel culparon a Nefi por el maltrato que le dieron. El Señor advirtió a Nefi que separara a su familia de sus hermanos y de sus malas intenciones a fin de protegerse (véase 2 Nefi 5:1-7).

Supongamos que una mujer que ha sido maltratada cruelmente recibe una revelación similar y se separa de su abusivo esposo.

Si bien la maltratada mujer ahora está libre del entorno, se da cuenta de que le cuesta perdonar a su esposo por la constante e intensa crueldad. Parecería injusto pedirle que perdone su brutalidad cuando él aparentemente no quiere arrepentirse. No parece justo que ella, la inocente, sufra mientras el culpable parece quedar impune. ¿Puede hallarse paz sin justicia?

Así como Edmond Dantés, hasta que la maltratada esposa aprenda a perdonar, ella también niega o no confía en la justicia de Dios ni en su capacidad de juzgar con prudencia.

  1. La justicia es una ley eterna que requiere de castigo cada vez que se quebranta una ley de Dios (Alma 42:13– 24). El pecador debe pagar la pena si no se arrepiente (Mosíah 2:38–39; D. y C. 19:17). Si se arrepiente, el Salvador la paga por medio de la Expiación, al invocar la misericordia (Alma 34:16)7.

Si el ex esposo no se arrepiente, tendrá que pagar la pena: “cuán dolorosos no lo sabes; cuán intensos no lo sabes; sí, cuán difíciles de aguantar no lo sabes” (D. y C. 19:15). La esposa sabrá si él se ha arrepentido, ya que su restitución incluirá el hecho de pedirle perdón con humildad y sinceridad, y su afán por corregir las cosas.

Si bien la esposa entiende la ley de la justicia, lo que siente en ese momento es la necesidad de justicia. El élder Neal A. Maxwell enseñó que “la fe en Dios incluye tener fe en Sus propósitos y en Su tiempo. No podemos aceptarlo a Él y al mismo tiempo rechazar su calendario”8. El élder Maxwell también dijo: “El Evangelio garantiza justicia en última instancia, no de inmediato”9. “He aquí, mis ojos ven y conocen todas sus obras, y tengo reservado en su sazón un juicio repentino para todos ellos” (D. y C. 121:24).

La ley de la justicia y el confiar en el tiempo del Señor permite que la esposa no se preocupe más por la justicia y pone el juicio en las manos de Dios: “He aquí lo que dicen las Escrituras: El hombre no herirá ni tampoco juzgará; porque el juicio es mío, dice el Señor, y la venganza es mía también, y yo pagaré” (Mormón 8:20).

  1. El élder Jeffrey R. Holland compartió este útil punto de vista: • El perdonar a su esposo no excusa ni justifica la crueldad de él.
  • Perdonar no significa olvidar su brutalidad, ya que no se puede olvidar ni borrar un recuerdo tan traumatizante.
  • Perdonar no significa que la justicia se niega, ya
  • Perdonar no borra la herida que se ha causado, pero puede comenzar a sanarla y aliviar el dolor.
  • Perdonar no significa volver a confiar en él y darle otra oportunidad de que la maltrate a ella
  • Perdonar no significa que sus pecados le son perdonados. Solo el Señor puede hacerlo tras un arrepentimiento sincero.

Por favor no pregunten si es justo… Si se trata de nuestros pecados, no pedimos justicia. Lo que rogamos es misericordia, y debemos estar dispuestos a mostrarla.

¿Podemos ver la trágica ironía de no otorgar a los demás lo que tanto necesitamos nosotros?10

Para aquellos que sufren daños permanentes, sufrimiento prolongado o una pérdida a raíz de una ofensa, es más perdonar y dejarle la justicia al Señor. Esperamos que hallen consuelo en algo que enseñó el profeta José Smith: “¿Qué pueden hacer [estas desgracias]? Nada. Todas sus pérdidas les serán restituidas en la resurrección, siempre y cuando se mantengan fieles”.

Hasta que la maltratada mujer deje la justicia en manos del Señor, probablemente seguirá sintiendo ira, lo cual es una forma de devoción negativa hacia el culpable, y esto la atrapa en una pesadilla recurrente. El presidente George Albert Smith se refirió a esto como” valorar una influencia no adecuada”12. Si el esposo la ha lastimado tanto, ¿por qué le permite la esposa que la siga victimizando al rondarle en sus pensamientos? ¿Acaso no ha sufrido suficiente? Al no perdonar al esposo, permite que él la atormente mentalmente una y otra vez. Perdonarlo no lo libera a él, la libera a ella.

  1. Para entender el perdón se debe comprender lo que no es: que la misericordia no puede robar a la justicia y a los niños. Si bien perdonar es un mandamiento, la confianza se tiene que ganar y demostrar con el tiempo con buena conducta, lo cual él claramente no ha hecho.
  2. Eso es lo que no significa el perdón.

Lo que el perdón sí significa es perdonar la insensatez del esposo, incluso su estupidez, de sucumbir ante los impulsos del hombre natural y al mismo tiempo esperar que pueda “[someterse] al influjo del Santo Espíritu” (Mosíah 3:19). El perdón no significa darle otra oportunidad de maltratar, pero sí darle otra oportunidad en el Plan de Salvación.

También ayudaría si la esposa entiende “que somos castigados por nuestros pecados y no por ellos”. Entonces ella comprende que el que la ha maltratado se ha hecho más daño eterno a él mismo que el daño temporal que le ha causado a ella. Incluso en el presente, la verdadera felicidad de él disminuye en proporción inversa al aumento de su maldad, ya que “la maldad nunca fue felicidad” (Alma 41:10). Es digno de lástima por la lamentable y precaria situación en la que se encuentra.

Al saber que él se hunde en arenas espirituales, en ella podría comenzar a cambiar el deseo que tiene de justicia, lo cual ya ocurre, a la esperanza de que él se arrepienta antes de que sea tarde. Con ese entendimiento, ella incluso podría comenzar a orar por el que tanto la ha maltratado.

  1. Ese cambio de corazón semejante al de Cristo le ayuda a perdonar y hace posible la sanación que ella anhela y merece. El Salvador sabe exactamente cómo sanarla porque conoce su dolor, ya que lo vivió de forma vicaria.

En el caso de la esposa maltratada, hay dos partes: el esposo abusivo y la esposa víctima, y ambos necesitan ayuda divina. Alma enseña que el Salvador sufrió por ambos: por los pecados del hombre, y por la angustia, el pesar y el dolor de la mujer (véase Alma 7:11–12; Lucas 4:18).

Para tener acceso a la gracia y al poder sanador de Su expiación, el Salvador requiere algo de ambos.

La clave para que el esposo acceda a la gracia del Señor es el arrepentimiento. Si él no se arrepiente, el Señor no lo puede perdonar (véase D. y C. 19:15-17).

La clave para que la esposa acceda a la gracia del Señor y permita que Él la sane es el perdón. Hasta que la esposa logre perdonar, ella estará escogiendo sufrir la angustia y el dolor que Él ya sufrió por ella. Al no perdonar, sin darse cuenta niega Su misericordia y sanación. En cierta forma, hace que se cumpla este pasaje:

Yo, Dios, he padecido estas cosas… para que no padezcan…

Mas si no se arrepienten [ni perdonan] tendrán que padecer, así como yo [D. y C. 19:16–17].

34.CONCLUSIÓN

En resumen, ser 100 por ciento responsable es aceptar que uno tiene el control de su vida. Si otras personas tienen la culpa y tienen que cambiar antes de seguir progresando, quedamos a merced de ellos y ellos tienen control de los resultados positivos o que se esperan en la vida. El albedrío y la responsabilidad son inseparables.

No se puede eludir la responsabilidad sin minimizar el albedrío. La misericordia y la justicia también son inseparables. No se puede negar la justicia del Señor sin impedir Su misericordia. ¡Cómo le encanta a Satanás dividir principios complementarios y reírse de los estragos que ocasionan!

Invito a cada uno de ustedes a eliminar la lista de antirresponsabilidad o de antife de su vida, ¡aunque tengan la razón! Es una lista de antifelicidad y antiéxito incluso si tienen la razón. No es una lista para los valientes hijos e hijas de Dios que procuran llegar a ser más como Él. Es una de las principales herramientas de Satanás para controlar y destruir vidas. El día en que una persona elimina la lista de su vida, ese día recupera el control sobre los resultados positivos a partir de ese momento y comienza a avanzar en la luz a un ritmo acelerado (véase D. y C. 50:24).

Testifico del nombre de Jesucristo y del poder y de la felicidad que nos brinda la plenitud de Su evangelio. Él es la Vida y la Luz del mundo. Estos principios de los que he hablado son de Él. De ello testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.