No es un pecado ser débil

Por Wendy Ulrich

La autora vive en Utah, EE. UU.

Las limitaciones y las ineptitudes no son pecados y no nos impiden ser limpios y dignos del Espíritu.

“¿Soy verdaderamente digna de entrar en la casa de Dios? ¿Cómo puedo serlo si no soy perfecta?”

“¿Puede Dios en verdad convertir mi debilidad en un punto fuerte? He ayunado y orado durante varios días para verme libre de este problema, pero nada parece cambiar”.

“En el campo misional viví el Evangelio de forma más constante que en cualquier otro periodo de mi vida, pero nunca he sido más consciente de mis faltas. ¿Por qué, a pesar de que vivía tan bien, a veces me sentía tan mal?”

Al meditar sobre esas preguntas, es muy importante que comprendamos que aunque el pecado inevitablemente nos aleja de Dios, la debilidad, irónicamente, nos puede conducir hacia Él.

Distinguir entre el pecado y la debilidad

Con frecuencia consideramos el pecado y la debilidad simplemente como dos marcas negras de diferentes tamaños en la fibra de nuestra alma, transgresiones de distintos grados de severidad. No obstante, las Escrituras sugieren que el pecado y la debilidad son esencialmente diferentes, requieren soluciones diferentes y tienen el potencial de producir distintos resultados.

La mayoría de nosotros estamos más familiarizados con el pecado de lo que quisiéramos admitirlo, pero hagamos un análisis: El pecado es la decisión de desobedecer los mandamientos de Dios o de rebelarse contra la Luz de Cristo en nuestro interior. El pecado es la decisión de confiar más en Satanás que en Dios, lo que nos coloca en enemistad con nuestro Padre. A diferencia de nosotros, Jesucristo era completamente sin pecado y pudo expiar nuestros pecados. Cuando nos arrepentimos con sinceridad —lo que incluye cambiar nuestra mente, corazón y conducta; ofrecer las debidas disculpas o confesiones; hacer restitución cuando sea posible y no repetir ese pecado en el futuro— podemos tener acceso a la expiación de Jesucristo, ser perdonados por Dios y ser limpios nuevamente.

El ser limpios es esencial, porque ninguna cosa inmunda puede morar en la presencia de Dios; pero si nuestra única meta fuese ser tan inocentes como lo éramos cuando salimos de la presencia de Dios, sería mejor que permaneciéramos acostados cómodamente en nuestra cuna de bebé durante el resto de nuestra vida. En vez de ello, venimos a la Tierra a aprender por propia experiencia a distinguir el bien del mal, a aumentar nuestra sabiduría y aptitud, a vivir los valores que consideramos importantes y a adquirir características divinas; progreso que no podríamos lograr si permaneciésemos a salvo en un moisés.

La debilidad humana cumple una función importante en esos propósitos esenciales de la mortalidad. Cuando Moroni se preocupó de que su debilidad para escribir pudiera causar que los gentiles se burlaran de las cosas sagradas, el Señor lo consoló con estas palabras:

“Y si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad. Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos” (Éter 12:27; véanse también 1 Corintios 15:42–44; 2 Corintios 12:7–10; 2 Nefi 3:21; y Jacob 4:7).

Las implicaciones de este conocido pasaje de las Escrituras son profundas y nos invitan a distinguir el pecado (que Satanás fomenta) de la debilidad (que aquí se describe como una condición que Dios nos “da”).

Podríamos definir debilidad como la limitación de nuestra sabiduría, poder y santidad que resultan del hecho de ser humanos. Como seres mortales, nacemos indefensos y dependientes, con varias fallas y predisposiciones físicas. Nos crían y nos rodean otros seres mortales débiles, y sus enseñanzas, ejemplos y el trato que nos dan son imperfectos y a veces perjudiciales. En nuestro débil estado mortal padecemos afecciones físicas y emocionales, hambre y fatiga; experimentamos emociones humanas como la ira, la angustia y el temor; carecemos de sabiduría, aptitud, vigor y resistencia; y estamos sujetos a toda clase de tentaciones.

A pesar de que Él estaba libre de pecado, Jesucristo asumió plenamente, junto con nosotros, la condición de la debilidad humana (véase 2 Corintios 13:4). Nació como niño indefenso en un cuerpo mortal y fue criado por personas imperfectas; tuvo que aprender a caminar, hablar, trabajar y llevarse bien con los demás; sintió hambre, cansancio y las emociones humanas; y podía enfermar, sufrir, sangrar y morir. Fue “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”, sometiéndose a la mortalidad a fin de que pudiese “compadecerse de nuestras flaquezas” y socorrernos en nuestras enfermedades o debilidades (Hebreos 4:15; véase también Alma 7:11–12).

No podemos simplemente arrepentirnos por ser débiles, ni tampoco nos hace impuros la debilidad por sí misma. No podemos progresar espiritualmente a menos que rechacemos el pecado; pero tampoco crecemos espiritualmente a menos que aceptemos nuestro estado de debilidad humana, reaccionemos ante ella con humildad y fe, y aprendamos a confiar en Dios por medio de ella. Cuando Moroni se preocupó por su debilidad para escribir, Dios no le dijo que se arrepintiera; en vez de ello, el Señor le enseñó a ser humilde y a tener fe en Cristo. Si somos mansos y fieles, Dios nos proporciona la gracia —no el perdón— como el remedio para la debilidad. En la Guía para el Estudio de las Escrituras se define la gracia como el poder habilitador de Dios para hacer lo que no podemos hacer por nosotros mismos (véase: Guía para el Estudio de las Escrituras, “Gracia”), el remedio divino apropiado mediante el cual Él puede hacer “que las cosas débiles sean fuertes”.

Ejercer humildad y fe

Desde un principio, como miembros de la Iglesia, se nos enseñan los elementos esenciales del arrepentimiento, pero, ¿cuál es la manera precisa para fomentar la humildad y la fe? Tengan en cuenta lo siguiente:

  • Meditar y orar. Ya que somos débiles, tal vez no reconozcamos si estamos lidiando con un pecado (que requiere un cambio inmediato y total de mente, corazón y conducta), o con una debilidad (que requiere un empeño humilde y constante, aprendizaje y mejora). La forma en que consideremos estas cosas puede depender del modo en que se nos crió y de nuestra madurez. Tal vez en un solo comportamiento haya incluso elementos tanto de pecado como de debilidad. El afirmar que un pecado es en realidad una debilidad conduce a la justificación en vez de al arrepentimiento. El decir que una debilidad es un pecado puede resultar en vergüenza, culpa, desesperanza y en perder la fe en las promesas de Dios. La meditación y la oración nos ayudan a hacer esas distinciones.

  • Establecer prioridades. A causa de que somos débiles, no podemos realizar todos los cambios necesarios a la vez. A medida que, con humildad y fe, afrontemos nuestra debilidad humana tratando de superar unos pocos aspectos a la vez, podemos disminuir de forma gradual la ignorancia, hacer de los buenos hábitos una costumbre, aumentar nuestra salud y vigor físico y emocional, y fortalecer nuestra confianza en el Señor. Dios nos puede ayudar a saber por dónde empezar.

  • Planificar. Debido a que somos débiles, el fortalecernos requerirá más que un deseo justo, y mucha autodisciplina. También es necesario que planifiquemos, que aprendamos de nuestros errores, desarrollemos estrategias más eficaces, revisemos nuestros planes y lo intentemos una vez más. Necesitamos la ayuda de las Escrituras, de libros que sean pertinentes y de otras personas. Comenzamos con algo pequeño, nos regocijamos en las mejoras y tomamos riesgos (a pesar de que esos riesgos nos hagan sentir vulnerables y débiles). Necesitamos apoyo para ayudarnos a tomar buenas decisiones, incluso cuando estemos cansados o desanimados, y también para hacer planes para seguir adelante cuando cometamos un error.

  • Ejercitar la paciencia. Debido a que somos débiles, tal vez se necesite tiempo para cambiar. No dejamos de lado nuestra debilidad de la forma en que abandonamos el pecado. Los discípulos humildes hacen de buen grado lo que sea necesario, aprenden a ser fuertes, se siguen esforzando y no se dan por vencidos. La humildad nos ayuda a tener paciencia con nosotros mismos y con otras personas que también son débiles. La paciencia es una manifestación de nuestra fe en el Señor, de gratitud por la confianza que Él deposita en nosotros y de que confiamos en Sus promesas.

Incluso cuando nos arrepentimos sinceramente de nuestros pecados, obtenemos el perdón y volvemos a ser limpios, seguimos siendo débiles; aún estamos sujetos a las enfermedades, emociones, ignorancia, predisposiciones, fatiga y tentaciones. Sin embargo, las limitaciones y las ineptitudes no son pecados y no nos impiden ser limpios y dignos del Espíritu.

De la debilidad a la fortaleza

Mientras que Satanás está ansioso por utilizar nuestra debilidad para tentarnos a pecar, Dios puede utilizar nuestra debilidad para enseñarnos, fortalecernos y bendecirnos. No obstante, contrariamente a lo que podríamos anticipar o esperar, Dios no siempre elimina nuestra debilidad a fin de hacer “que las cosas débiles sean fuertes” para nosotros. Cuando el apóstol Pablo oró en repetidas ocasiones para que Dios le quitara el “aguijón en [su] carne” del que se valía Satanás para abofetearlo, Dios le dijo a Pablo: “Te basta mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:7, 9).

El Señor hace “que las cosas débiles sean fuertes” de muchas maneras. Aunque tal vez el Señor elimine la debilidad por medio de la curación espectacular que esperamos, según mi experiencia, eso ocurre rara vez. Por ejemplo, tras el famoso versículo que se encuentra en Éter 12, no veo ninguna evidencia de que Dios haya eliminado la debilidad que Moroni tenía para escribir. Es posible que Dios también haga que las cosas débiles sean fuertes al ayudarnos a seguir adelante pese a nuestras debilidades, a obtener el debido sentido del humor y la debida perspectiva con respecto a ellas, y poco a poco, ir mejorando. Además, los puntos fuertes y los puntos débiles muchas veces se relacionan entre sí (como la fuerza de la perseverancia y la debilidad de la obstinación), y podemos aprender a valorar el punto fuerte y a moderar la debilidad que lo acompaña.

Existe otra manera incluso más poderosa por medio de la cual Dios hace que las cosas débiles sean fuertes para nosotros. En Éter 12:37, el Señor le dice a Moroni: “Y porque has visto tu debilidad, serás fortalecido, aun hasta sentarte en el lugar que he preparado en las mansiones de mi Padre”.

Aquí Dios no propone cambiar la debilidad de Moroni, sino cambiarlo a él. Al hacer frente al desafío de la debilidad humana, Moroni, y nosotros, podemos aprender caridad, compasión, mansedumbre, paciencia, valor, longanimidad, sabiduría, resistencia, perdón, resiliencia, gratitud, creatividad, y un sinfín de virtudes que nos hacen ser más como nuestro Padre Celestial. Ésas son las cualidades mismas que vinimos a perfeccionar en la Tierra, los atributos semejantes a los de Cristo que nos preparan para las mansiones de los cielos.

En ninguna otra parte se manifiestan más el amor, la sabiduría y el poder redentor de Dios que en Su habilidad para convertir nuestra lucha con la debilidad humana en valiosas virtudes divinas que nos hacen más como Él.

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De las cosas que más importan.

Elder Dieter F. Uchtdorf

Si la vida y su ritmo apresurado y las muchas tensiones han hecho que les sea difícil sentir gozo, entonces, quizás ahora sea un buen momento para volver a centrarse en lo que más importa.

Es impresionante lo mucho que aprendemos de la vida al estudiar la naturaleza. Por ejemplo, los científicos pueden analizar los anillos de crecimiento de los árboles y hacer conjeturas bastante acertadas del clima y de las condiciones de crecimiento que existían hace cientos e incluso miles de años. Algo que aprendemos al estudiar el crecimiento de los árboles es que en las temporadas en que las condiciones son ideales, los árboles crecen a un ritmo normal. Sin embargo, durante épocas en que las condiciones de crecimiento no son las ideales, los árboles disminuyen el ritmo de crecimiento y dedican su energía a los elementos básicos necesarios para sobrevivir.

En este momento algunos de ustedes tal vez piensen: “Eso es muy cierto y bueno; pero, ¿qué tiene que ver con pilotar un avión?”. Bueno, permítanme decirles.

¿Han estado alguna vez en un avión y sentido la turbulencia? La causa más común de la turbulencia es un cambio repentino en el movimiento del aire que hace que la aeronave cabecee, se balancee y oscile. A pesar de los aviones se construyen para resistir peores turbulencias que las de un vuelo normal, esto aún puede resultar desconcertante para los pasajeros.

¿Qué creen que hacen los pilotos cuando encuentran turbulencia? Un estudiante de aviación podría pensar que aumentar la velocidad sería una buena estrategia porque así se atravesaría la turbulencia más rápido. Pero eso podría no ser lo indicado. Los pilotos profesionales comprenden que hay una velocidad óptima de penetración que reduce al mínimo los efectos negativos de la turbulencia. Y casi siempre eso implica reducir la velocidad. El mismo principio se aplica también a los badenes [o topes] de las calles.

Por lo tanto, es un buen consejo reducir un poco la velocidad, redefinir el curso y centrarse en lo básico al atravesar condiciones adversas.

El ritmo de la vida moderna

Ésta es una lección sencilla pero fundamental que parece lógica cuando se explica con términos de árboles o turbulencia, pero es sorprendente lo fácil que es pasarla por alto cuando se tratan de aplicar esos principios en nuestra vida cotidiana. Cuando los niveles de estrés aumentan, cuando aparece la angustia, cuando la tragedia azota, con demasiada frecuencia procuramos mantener el mismo ritmo frenético, o incluso acelerar, pensando que cuanto más nos apresuremos, mejor superaremos los problemas.

Una de las características de la vida moderna parece ser que nos movemos a un ritmo cada vez mayor, independientemente de la turbulencia o los obstáculos.

Seamos sinceros; resulta un tanto fácil estar ocupados. Todos podemos pensar en una lista de tareas que colmaría nuestras agendas. Algunas personas quizás piensen que su propia valía depende de lo larga que sea su lista de tareas;llenan los espacios libres de su horario con listas de reuniones y pequeñeces, incluso durante épocas de estrés y fatiga. Debido a que se complican la vida sin necesidad, suelen sentir mayor frustración, menos gozo y le hallan muy poco sentido a la vida.

Se dice que cualquier virtud, cuando se lleva al extremo, se convierte en un vicio. Sin duda, la programación de demasiadas actividades para el día podría calificarse como tal. Llega un punto en el que las metas se convierten en piedras de molino y las ambiciones en una carga.

¿Cuál es la solución?

Los sabios comprenden y aplican las lecciones de los anillos de los árboles y la turbulencia de aire. Resisten la tentación de verse envueltos en la frenética carrera de la vida cotidiana; siguen el consejo: “Hay más en la vida que el aumentar su velocidad”1. En resumen, se centran en las cosas que más importan.

El élder Dallin H. Oaks, en una conferencia general reciente, enseñó: “Debemos abandonar algunas cosas buenas a fin de elegir otras que son mejores o excelentes porque desarrollan la fe en el Señor Jesucristo y fortalecen a nuestra familia”2.

La búsqueda de las cosas mejores inevitablemente conduce a los principios fundamentales del evangelio de Jesucristo: las verdades sencillas y hermosas que nos ha revelado un generoso, eterno y omnisciente Padre Celestial. Esas doctrinas y principios fundamentales, aunque bastante sencillos para que un niño los comprenda, aportan las respuestas a los interrogantes más complejos de la vida.

Hay belleza y claridad que proviene de la sencillez y que a veces no apreciamos en nuestro anhelo por soluciones complejas.

Por ejemplo, poco después de que los astronautas y cosmonautas giraron en órbita alrededor de la tierra, se dieron cuenta de que los bolígrafos no funcionaban en el espacio; así que, algunas personas muy inteligentes emprendieron la tarea de resolver el problema. Tomó miles de horas y millones de dólares pero, al final, inventaron un bolígrafo que escribiría en cualquier lugar, a cualquier temperatura, y en casi cualquier superficie. Pero, ¿cómo hicieron los astronautas y cosmonautas hasta que se resolvió el problema? Simplemente utilizaron un lápiz.

A Leonardo da Vinci se le atribuye la cita “La simplicidad es la sofisticación suprema”3. Cuando consideramos los principios fundamentales del plan de felicidad, el plan de salvación, reconocemos y apreciamos en su simplicidad y sencillez la elegancia y la belleza de la sabiduría de nuestro Padre Celestial. Por tanto, el volver nuestra senda a la de Él es el comienzo de nuestra sabiduría.

El poder de lo básico

Se cuenta que el legendario entrenador de fútbol americano, Vince Lombardi, ponía en práctica un ritual el primer día de entrenamiento. Sostenía en alto un balón de fútbol, se lo mostraba a los atletas que habían estado jugando ese deporte por muchos años, y decía: “Señores, ¡esto es un balón de fútbol!”. Hablaba de su tamaño y forma, de cómo se podía patear, cargar o pasar. Llevaba al equipo al campo vacío y decía: “Éste es un campo de fútbol”; les daba un recorrido, describía las dimensiones, la forma, las reglas y cómo se jugaba el deporte4.

Ese entrenador sabía que incluso esos jugadores experimentados, y de hecho el equipo, sólo podía llegar a ser excelente si dominaba lo básico. Podrían pasar el tiempo practicando jugadas complicadas, pero hasta que dominaran los principios fundamentales del juego, nunca llegarían a ser un equipo de primera.

Creo que la mayoría de nosotros comprende, por intuición, cuán importantes son los principios básicos; sólo que a veces nos distraemos por tantas cosas que parecen más atractivas.

El material impreso, la amplia gama de medios de comunicación, las herramientas y los artefactos electrónicos —todos útiles si se usan correctamente— pueden convertirse en pasatiempos perjudiciales o en frías cámaras de aislamiento.

Sin embargo, en medio de la multitud de voces y opciones, el humilde Hombre de Galilea sigue con las manos extendidas, esperando. Su mensaje es sencillo: “Ven, sígueme”5. Y no habla por un megáfono de gran alcance, sino con una voz apacible y delicada6. Es muy fácil que el mensaje básico del Evangelio pase desapercibido entre la oleada de información que nos inunda desde todas direcciones.

En las sagradas Escrituras y en la palabra hablada de los profetas vivientes se hace hincapié en los principios y las doctrinas fundamentales del Evangelio. La razón por la que volvemos a esos principios fundamentales, a las doctrinas puras, es porque son la puerta de entrada a las verdades de profundo significado. Son la puerta a las experiencias de sublime importancia que de otra manera escaparían a nuestra capacidad de comprensión. Esos principios básicos y sencillos son la clave para vivir en armonía con Dios y con el hombre; son las llaves que abren las ventanas de los cielos; nos conducen a la paz, al gozo y a la comprensión que el Padre Celestial ha prometido a Sus hijos que Lo escuchan y obedecen.

Hermanos y hermanas, nos haría bien aminorar un poco el ritmo, marchar a la velocidad óptima de nuestras circunstancias, centrarnos en lo relevante, elevar la mirada y ver realmente las cosas que más importan. Seamos conscientes de los preceptos fundamentales que nuestro Padre Celestial ha dado a Sus hijos que establecerán el cimiento de una vida mortal rica y fructífera, con las promesas de la felicidad eterna. Nos enseñarán a hacer “todas estas cosas con prudencia y orden; porque no se exige que [corramos] más aprisa de lo que [las] fuerzas [nos] permiten, sino que conviene que sea[mos] diligente[s], para que así gane[mos] el galardón”7.

Hermanos y hermanas, el hacer con diligencia las cosas que más importan nos llevará al Salvador del mundo. Es por eso que “hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo… para que [sepamos] a qué fuente… acudir para la remisión de [nuestros] pecados”8. En la complejidad, la confusión y la premura de la vida moderna, éste es el “camino más excelente”9.

Entonces, ¿qué es lo básico?

Al volvernos a nuestro Padre Celestial y buscar Su sabiduría con respecto a las cosas que más importan, aprendemos una y otra vez la importancia de cuatro relaciones clave: con nuestro Dios, con nuestra familia, con nuestro prójimo y con nosotros mismos. Al evaluar nuestra propia vida con una mente dispuesta, veremos dónde nos hemos desviado del camino más excelente. Los ojos de nuestro entendimiento se abrirán y reconoceremos qué hay que hacer para purificar nuestro corazón y reorientar nuestra vida.

Primero, nuestra relación con Dios es la más sagrada y vital. Somos Sus hijos procreados como espíritus. Él es nuestro Padre y desea nuestra felicidad. A medida que lo busquemos, al aprender de Su Hijo Jesucristo, al abrir nuestro corazón a la influencia del Santo Espíritu, nuestra vida se hace más estable y segura. Tenemos mayor paz, gozo y satisfacción al dar lo mejor de nosotros para vivir de acuerdo con el plan eterno de Dios y guardar Sus mandamientos.

Mejoramos nuestra relación con nuestro Padre Celestial al aprender de Él, al comunicarnos con Él, al arrepentirnos de nuestros pecados y al seguir activamente a Jesucristo; porque “nadie viene al Padre, sino por [Cristo]”10. Para fortalecer nuestra relación con Dios necesitamos pasar tiempo provechoso con Él a solas. El centrarnos con discreción en la oración personal y el estudio diario de las Escrituras, siempre con la mira de ser dignos de una recomendación vigente para el templo; éstas serán algunas de las inversiones prudentes de nuestro tiempo y esfuerzos para acercarnos más a nuestro Padre Celestial. Escuchemos la invitación en Salmos: “Quedaos tranquilos, y sabed que yo soy Dios”11.

Nuestra segunda relación clave es con nuestra familia. Debido a que “ningún otro éxito puede compensar el fracaso”12 en este aspecto, debemos dar gran prioridad a nuestra familia. Establecemos relaciones familiares profundas y amorosas al hacer cosas sencillas juntos, como cenar en familia, la noche de hogar, y simplemente al divertirnos juntos. En las relaciones familiares, amor en realidad se deletrea t-i-e-m-p-o, tiempo. El tomar tiempo para estar juntos es la clave para la armonía en el hogar. Hablamos el uno con el otro, en vez del uno sobre el otro. Aprendemos unos de otros y apreciamos nuestras diferencias así como nuestras cosas en común. Establecemos un vínculo divino los unos con los otros al acercarnos a Dios juntos mediante la oración familiar, el estudio del Evangelio y la adoración dominical.

La tercera relación clave que tenemos es con nuestro prójimo. Establecemos esta relación con una persona a la vez, al ser sensible a las necesidades de los demás, al servirles y al brindarles nuestro tiempo y talentos. Quedé profundamente impresionado con una hermana que estaba agobiada por los desafíos de la edad y la enfermedad, pero que decidió que aunque no podía hacer mucho, podía escuchar. Así que cada semana buscaba personas que parecían preocupadas o desanimadas y pasaba tiempo escuchándolas. ¡Qué bendición fue en la vida de tantas personas!

La cuarta relación clave es con nosotros mismos. Puede parecer extraño pensar en tener una relación con uno mismo, pero es así. Algunos no pueden llevarse bien consigo mismos; se critican y se menosprecian todo el día hasta que comienzan a odiarse. Permítanme sugerir que reduzcan la prisa y tomen un poco de tiempo extra para llegar a conocerse mejor. Caminen en la naturaleza, vean un amanecer, disfruten de las creaciones de Dios, reflexionen en las verdades del Evangelio restaurado, y averigüen lo que significan para ustedes personalmente. Aprendan a verse a ustedes mismos como el Padre Celestial los ve: como Su preciosa hija o Su precioso hijo con potencial divino.

Regocíjense en el Evangelio puro

Hermanos y hermanas, seamos prudentes. Volvamos a las aguas de la doctrina pura del evangelio restaurado de Jesucristo. Participemos con alegría de ellas en su simplicidad y sencillez. Los cielos están abiertos de nuevo. El evangelio de Jesucristo está una vez más en la tierra, ¡y sus sencillas verdades son una abundante fuente de gozo!

Hermanos y hermanas, tenemos gran razón para alegrarnos. Si la vida y su ritmo apresurado y las muchas tensiones han hecho que les sea difícil sentir gozo, entonces quizás ahora sea un buen momento para volver a centrarse en lo que más importa.

La fortaleza no proviene de la actividad agitada, sino de estar establecido sobre un firme cimiento de verdad y luz; proviene de centrar nuestra atención y nuestros esfuerzos en los aspectos básicos del evangelio restaurado de Jesucristo; proviene de prestar atención a las cosas divinas que más importan.

Simplifiquemos un poco nuestra vida. Hagamos los cambios necesarios para volver a centrar nuestra vida en la sublime belleza del camino sencillo y humilde del discipulado cristiano, el camino que siempre conduce a una vida con significado, alegría y paz. Ruego por ello al dejarles mi bendición, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Mahatma Gandhi, en Larry Chang, Wisdom for the Soul 2006, pág. 356.

  2. Dallin H. Oaks, “Bueno, Mejor, Excelente”, Liahona, octubre de 2007, pág. 104.

  3. Leonardo da Vinci, en John Cook, comp., The Book of Positive Quotations, 2da ed., 1993, pág. 262.

  4. Vince Lombardi, en Donald T. Phillips, Run to Win: Vince Lombardi on Coaching and Leadership, 2001, pág. 92.

  5. Lucas 18:22.

  6. Véase 1 Reyes 19: 12.

  7. Mosíah 4:27.

  8. 2 Nefi 25:26.

  9. 1 Corintios 12:31Éter 12:11.

  10. Juan 14:6.

  11. Salmo 46:10.

  12. J. E. McCulloch, Home: The Savior of Civilization, 1924, pág. 42; véase también Conference Report, abril de 1935, pág. 116.