De las cosas que más importan.

Elder Dieter F. Uchtdorf

Si la vida y su ritmo apresurado y las muchas tensiones han hecho que les sea difícil sentir gozo, entonces, quizás ahora sea un buen momento para volver a centrarse en lo que más importa.

Es impresionante lo mucho que aprendemos de la vida al estudiar la naturaleza. Por ejemplo, los científicos pueden analizar los anillos de crecimiento de los árboles y hacer conjeturas bastante acertadas del clima y de las condiciones de crecimiento que existían hace cientos e incluso miles de años. Algo que aprendemos al estudiar el crecimiento de los árboles es que en las temporadas en que las condiciones son ideales, los árboles crecen a un ritmo normal. Sin embargo, durante épocas en que las condiciones de crecimiento no son las ideales, los árboles disminuyen el ritmo de crecimiento y dedican su energía a los elementos básicos necesarios para sobrevivir.

En este momento algunos de ustedes tal vez piensen: “Eso es muy cierto y bueno; pero, ¿qué tiene que ver con pilotar un avión?”. Bueno, permítanme decirles.

¿Han estado alguna vez en un avión y sentido la turbulencia? La causa más común de la turbulencia es un cambio repentino en el movimiento del aire que hace que la aeronave cabecee, se balancee y oscile. A pesar de los aviones se construyen para resistir peores turbulencias que las de un vuelo normal, esto aún puede resultar desconcertante para los pasajeros.

¿Qué creen que hacen los pilotos cuando encuentran turbulencia? Un estudiante de aviación podría pensar que aumentar la velocidad sería una buena estrategia porque así se atravesaría la turbulencia más rápido. Pero eso podría no ser lo indicado. Los pilotos profesionales comprenden que hay una velocidad óptima de penetración que reduce al mínimo los efectos negativos de la turbulencia. Y casi siempre eso implica reducir la velocidad. El mismo principio se aplica también a los badenes [o topes] de las calles.

Por lo tanto, es un buen consejo reducir un poco la velocidad, redefinir el curso y centrarse en lo básico al atravesar condiciones adversas.

El ritmo de la vida moderna

Ésta es una lección sencilla pero fundamental que parece lógica cuando se explica con términos de árboles o turbulencia, pero es sorprendente lo fácil que es pasarla por alto cuando se tratan de aplicar esos principios en nuestra vida cotidiana. Cuando los niveles de estrés aumentan, cuando aparece la angustia, cuando la tragedia azota, con demasiada frecuencia procuramos mantener el mismo ritmo frenético, o incluso acelerar, pensando que cuanto más nos apresuremos, mejor superaremos los problemas.

Una de las características de la vida moderna parece ser que nos movemos a un ritmo cada vez mayor, independientemente de la turbulencia o los obstáculos.

Seamos sinceros; resulta un tanto fácil estar ocupados. Todos podemos pensar en una lista de tareas que colmaría nuestras agendas. Algunas personas quizás piensen que su propia valía depende de lo larga que sea su lista de tareas;llenan los espacios libres de su horario con listas de reuniones y pequeñeces, incluso durante épocas de estrés y fatiga. Debido a que se complican la vida sin necesidad, suelen sentir mayor frustración, menos gozo y le hallan muy poco sentido a la vida.

Se dice que cualquier virtud, cuando se lleva al extremo, se convierte en un vicio. Sin duda, la programación de demasiadas actividades para el día podría calificarse como tal. Llega un punto en el que las metas se convierten en piedras de molino y las ambiciones en una carga.

¿Cuál es la solución?

Los sabios comprenden y aplican las lecciones de los anillos de los árboles y la turbulencia de aire. Resisten la tentación de verse envueltos en la frenética carrera de la vida cotidiana; siguen el consejo: “Hay más en la vida que el aumentar su velocidad”1. En resumen, se centran en las cosas que más importan.

El élder Dallin H. Oaks, en una conferencia general reciente, enseñó: “Debemos abandonar algunas cosas buenas a fin de elegir otras que son mejores o excelentes porque desarrollan la fe en el Señor Jesucristo y fortalecen a nuestra familia”2.

La búsqueda de las cosas mejores inevitablemente conduce a los principios fundamentales del evangelio de Jesucristo: las verdades sencillas y hermosas que nos ha revelado un generoso, eterno y omnisciente Padre Celestial. Esas doctrinas y principios fundamentales, aunque bastante sencillos para que un niño los comprenda, aportan las respuestas a los interrogantes más complejos de la vida.

Hay belleza y claridad que proviene de la sencillez y que a veces no apreciamos en nuestro anhelo por soluciones complejas.

Por ejemplo, poco después de que los astronautas y cosmonautas giraron en órbita alrededor de la tierra, se dieron cuenta de que los bolígrafos no funcionaban en el espacio; así que, algunas personas muy inteligentes emprendieron la tarea de resolver el problema. Tomó miles de horas y millones de dólares pero, al final, inventaron un bolígrafo que escribiría en cualquier lugar, a cualquier temperatura, y en casi cualquier superficie. Pero, ¿cómo hicieron los astronautas y cosmonautas hasta que se resolvió el problema? Simplemente utilizaron un lápiz.

A Leonardo da Vinci se le atribuye la cita “La simplicidad es la sofisticación suprema”3. Cuando consideramos los principios fundamentales del plan de felicidad, el plan de salvación, reconocemos y apreciamos en su simplicidad y sencillez la elegancia y la belleza de la sabiduría de nuestro Padre Celestial. Por tanto, el volver nuestra senda a la de Él es el comienzo de nuestra sabiduría.

El poder de lo básico

Se cuenta que el legendario entrenador de fútbol americano, Vince Lombardi, ponía en práctica un ritual el primer día de entrenamiento. Sostenía en alto un balón de fútbol, se lo mostraba a los atletas que habían estado jugando ese deporte por muchos años, y decía: “Señores, ¡esto es un balón de fútbol!”. Hablaba de su tamaño y forma, de cómo se podía patear, cargar o pasar. Llevaba al equipo al campo vacío y decía: “Éste es un campo de fútbol”; les daba un recorrido, describía las dimensiones, la forma, las reglas y cómo se jugaba el deporte4.

Ese entrenador sabía que incluso esos jugadores experimentados, y de hecho el equipo, sólo podía llegar a ser excelente si dominaba lo básico. Podrían pasar el tiempo practicando jugadas complicadas, pero hasta que dominaran los principios fundamentales del juego, nunca llegarían a ser un equipo de primera.

Creo que la mayoría de nosotros comprende, por intuición, cuán importantes son los principios básicos; sólo que a veces nos distraemos por tantas cosas que parecen más atractivas.

El material impreso, la amplia gama de medios de comunicación, las herramientas y los artefactos electrónicos —todos útiles si se usan correctamente— pueden convertirse en pasatiempos perjudiciales o en frías cámaras de aislamiento.

Sin embargo, en medio de la multitud de voces y opciones, el humilde Hombre de Galilea sigue con las manos extendidas, esperando. Su mensaje es sencillo: “Ven, sígueme”5. Y no habla por un megáfono de gran alcance, sino con una voz apacible y delicada6. Es muy fácil que el mensaje básico del Evangelio pase desapercibido entre la oleada de información que nos inunda desde todas direcciones.

En las sagradas Escrituras y en la palabra hablada de los profetas vivientes se hace hincapié en los principios y las doctrinas fundamentales del Evangelio. La razón por la que volvemos a esos principios fundamentales, a las doctrinas puras, es porque son la puerta de entrada a las verdades de profundo significado. Son la puerta a las experiencias de sublime importancia que de otra manera escaparían a nuestra capacidad de comprensión. Esos principios básicos y sencillos son la clave para vivir en armonía con Dios y con el hombre; son las llaves que abren las ventanas de los cielos; nos conducen a la paz, al gozo y a la comprensión que el Padre Celestial ha prometido a Sus hijos que Lo escuchan y obedecen.

Hermanos y hermanas, nos haría bien aminorar un poco el ritmo, marchar a la velocidad óptima de nuestras circunstancias, centrarnos en lo relevante, elevar la mirada y ver realmente las cosas que más importan. Seamos conscientes de los preceptos fundamentales que nuestro Padre Celestial ha dado a Sus hijos que establecerán el cimiento de una vida mortal rica y fructífera, con las promesas de la felicidad eterna. Nos enseñarán a hacer “todas estas cosas con prudencia y orden; porque no se exige que [corramos] más aprisa de lo que [las] fuerzas [nos] permiten, sino que conviene que sea[mos] diligente[s], para que así gane[mos] el galardón”7.

Hermanos y hermanas, el hacer con diligencia las cosas que más importan nos llevará al Salvador del mundo. Es por eso que “hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo… para que [sepamos] a qué fuente… acudir para la remisión de [nuestros] pecados”8. En la complejidad, la confusión y la premura de la vida moderna, éste es el “camino más excelente”9.

Entonces, ¿qué es lo básico?

Al volvernos a nuestro Padre Celestial y buscar Su sabiduría con respecto a las cosas que más importan, aprendemos una y otra vez la importancia de cuatro relaciones clave: con nuestro Dios, con nuestra familia, con nuestro prójimo y con nosotros mismos. Al evaluar nuestra propia vida con una mente dispuesta, veremos dónde nos hemos desviado del camino más excelente. Los ojos de nuestro entendimiento se abrirán y reconoceremos qué hay que hacer para purificar nuestro corazón y reorientar nuestra vida.

Primero, nuestra relación con Dios es la más sagrada y vital. Somos Sus hijos procreados como espíritus. Él es nuestro Padre y desea nuestra felicidad. A medida que lo busquemos, al aprender de Su Hijo Jesucristo, al abrir nuestro corazón a la influencia del Santo Espíritu, nuestra vida se hace más estable y segura. Tenemos mayor paz, gozo y satisfacción al dar lo mejor de nosotros para vivir de acuerdo con el plan eterno de Dios y guardar Sus mandamientos.

Mejoramos nuestra relación con nuestro Padre Celestial al aprender de Él, al comunicarnos con Él, al arrepentirnos de nuestros pecados y al seguir activamente a Jesucristo; porque “nadie viene al Padre, sino por [Cristo]”10. Para fortalecer nuestra relación con Dios necesitamos pasar tiempo provechoso con Él a solas. El centrarnos con discreción en la oración personal y el estudio diario de las Escrituras, siempre con la mira de ser dignos de una recomendación vigente para el templo; éstas serán algunas de las inversiones prudentes de nuestro tiempo y esfuerzos para acercarnos más a nuestro Padre Celestial. Escuchemos la invitación en Salmos: “Quedaos tranquilos, y sabed que yo soy Dios”11.

Nuestra segunda relación clave es con nuestra familia. Debido a que “ningún otro éxito puede compensar el fracaso”12 en este aspecto, debemos dar gran prioridad a nuestra familia. Establecemos relaciones familiares profundas y amorosas al hacer cosas sencillas juntos, como cenar en familia, la noche de hogar, y simplemente al divertirnos juntos. En las relaciones familiares, amor en realidad se deletrea t-i-e-m-p-o, tiempo. El tomar tiempo para estar juntos es la clave para la armonía en el hogar. Hablamos el uno con el otro, en vez del uno sobre el otro. Aprendemos unos de otros y apreciamos nuestras diferencias así como nuestras cosas en común. Establecemos un vínculo divino los unos con los otros al acercarnos a Dios juntos mediante la oración familiar, el estudio del Evangelio y la adoración dominical.

La tercera relación clave que tenemos es con nuestro prójimo. Establecemos esta relación con una persona a la vez, al ser sensible a las necesidades de los demás, al servirles y al brindarles nuestro tiempo y talentos. Quedé profundamente impresionado con una hermana que estaba agobiada por los desafíos de la edad y la enfermedad, pero que decidió que aunque no podía hacer mucho, podía escuchar. Así que cada semana buscaba personas que parecían preocupadas o desanimadas y pasaba tiempo escuchándolas. ¡Qué bendición fue en la vida de tantas personas!

La cuarta relación clave es con nosotros mismos. Puede parecer extraño pensar en tener una relación con uno mismo, pero es así. Algunos no pueden llevarse bien consigo mismos; se critican y se menosprecian todo el día hasta que comienzan a odiarse. Permítanme sugerir que reduzcan la prisa y tomen un poco de tiempo extra para llegar a conocerse mejor. Caminen en la naturaleza, vean un amanecer, disfruten de las creaciones de Dios, reflexionen en las verdades del Evangelio restaurado, y averigüen lo que significan para ustedes personalmente. Aprendan a verse a ustedes mismos como el Padre Celestial los ve: como Su preciosa hija o Su precioso hijo con potencial divino.

Regocíjense en el Evangelio puro

Hermanos y hermanas, seamos prudentes. Volvamos a las aguas de la doctrina pura del evangelio restaurado de Jesucristo. Participemos con alegría de ellas en su simplicidad y sencillez. Los cielos están abiertos de nuevo. El evangelio de Jesucristo está una vez más en la tierra, ¡y sus sencillas verdades son una abundante fuente de gozo!

Hermanos y hermanas, tenemos gran razón para alegrarnos. Si la vida y su ritmo apresurado y las muchas tensiones han hecho que les sea difícil sentir gozo, entonces quizás ahora sea un buen momento para volver a centrarse en lo que más importa.

La fortaleza no proviene de la actividad agitada, sino de estar establecido sobre un firme cimiento de verdad y luz; proviene de centrar nuestra atención y nuestros esfuerzos en los aspectos básicos del evangelio restaurado de Jesucristo; proviene de prestar atención a las cosas divinas que más importan.

Simplifiquemos un poco nuestra vida. Hagamos los cambios necesarios para volver a centrar nuestra vida en la sublime belleza del camino sencillo y humilde del discipulado cristiano, el camino que siempre conduce a una vida con significado, alegría y paz. Ruego por ello al dejarles mi bendición, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Mahatma Gandhi, en Larry Chang, Wisdom for the Soul 2006, pág. 356.

  2. Dallin H. Oaks, “Bueno, Mejor, Excelente”, Liahona, octubre de 2007, pág. 104.

  3. Leonardo da Vinci, en John Cook, comp., The Book of Positive Quotations, 2da ed., 1993, pág. 262.

  4. Vince Lombardi, en Donald T. Phillips, Run to Win: Vince Lombardi on Coaching and Leadership, 2001, pág. 92.

  5. Lucas 18:22.

  6. Véase 1 Reyes 19: 12.

  7. Mosíah 4:27.

  8. 2 Nefi 25:26.

  9. 1 Corintios 12:31Éter 12:11.

  10. Juan 14:6.

  11. Salmo 46:10.

  12. J. E. McCulloch, Home: The Savior of Civilization, 1924, pág. 42; véase también Conference Report, abril de 1935, pág. 116.

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El sueño de Lehi nos incluye a nosotros

Por el presidente Boyd K. Packer

Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles

Tomado de un discurso pronunciado el 16 de enero de 2007, en la Universidad Brigham Young. Si desea ver el texto completo en inglés, vaya a http://speeches.byu.edu.

El sueño de Lehi contiene todo lo que un Santo de los Últimos Días necesita para entender la prueba de la vida.

Pregunté en el departamento de registros de la Iglesia cuántos jóvenes tenemos en edad universitaria, y me contestaron: “1.974.001”.

“Bien, le hablaré a ese uno”, pensé.

Mi vida universitaria comenzó en seguida de terminar la Segunda Guerra Mundial. La mayoría de los hombres de mi clase acababan de regresar del servicio militar; casi todos éramos más maduros que los estudiantes universitarios de la actualidad. Habíamos pasado por la guerra y estábamos llenos de recuerdos, algunos que queríamos conservar y otros que preferíamos olvidar. Éramos más serios que los estudiantes de hoy en día y no entrábamos mucho en diversiones; queríamos retomar nuestra vida y sabíamos que era fundamental obtener una educación académica.

En la vida militar nos habíamos enfocado en la destrucción; en eso consiste la guerra. Estábamos inspirados por la virtud noble del patriotismo y la prueba de la vida fue dedicarnos a la destrucción sin ser destruidos espiritual o moralmente.

Ustedes también viven en tiempos de guerra, la guerra espiritual que nunca tendrá fin y que ahora domina los asuntos de la humanidad. Este mundo en guerra ha perdido la inocencia; ya no hay nada, por grosero o indigno que sea, que no se considere aceptable para las películas, el teatro, la música o la conversación. Parece que el mundo se ha dado vuelta al revés. (Véase 2 Pedro 2).

La formalidad, la dignidad, la nobleza y el respeto a la autoridad son objeto de burlas; la modestia y la pulcritud dan paso al desaliño, al desaseo en la vestimenta y en el arreglo personal. Las reglas de honestidad, integridad y moralidad básica ahora se pasan por alto; la conversación está salpicada de profanidad y vulgaridad, y eso se ve en el arte y la literatura, en el teatro y otros entretenimientos. En lugar de ser refinados se han vuelto groseros. (Véase 1 Timoteo 4:1–3; 2 Timoteo 3:1–9).

Casi a diario ustedes tienen que tomar decisiones en cuanto a si van a seguir o no esas tendencias. Tienen muchas pruebas por delante.

Aférrense a la barra de hierro

En el capítulo 8 de 1 Nefi, lean sobre el sueño de Lehi. Él dijo a su familia: “He aquí, he soñado un sueño o, en otras palabras, he visto una visión” (1 Nefi 8:2).

Tal vez piensen que el sueño o la visión de Lehi no tiene ningún significado para ustedes, pero sí lo tiene, porque ustedes están en él; todos estamos en él.

Nefi dijo: “[Todas las Escrituras se aplican] a nosotros mismos para nuestro provecho e instrucción” (1 Nefi 19:23).

El sueño o la visión que tuvo Lehi de la barra de hierro contiene todo lo que un Santo de los Últimos Días necesita para entender la prueba de la vida.

Esto es lo que Lehi vio:

  • Un edificio grande y espacioso (véase 1 Nefi 11:35–36; 12:18).

  • Un sendero que pasaba junto a un río (véase 1 Nefi 8:20–22).

  • Un vapor de tinieblas (véase 1 Nefi 12:17).

  • Una barra de hierro que conducía a través del vapor de tinieblas (véase 1 Nefi 11:24–25).

  • El árbol de la vida, “cuyo fruto era deseable para hacer a uno feliz” (1 Nefi 8:10; véase también 1 Nefi 11:8–9, 21–24).

Lean el sueño o la visión atentamente; después, vuelvan a leerlo.

Si se aferran a la barra de hierro, podrán seguir adelante a tientas con el don del Espíritu Santo que se les confirió en el momento de ser confirmados miembros de la Iglesia. El Espíritu Santo los reconfortará y podrán sentir, como Nefi, la influencia de ángeles y seguir adelante a tientas a lo largo de la vida.

El Libro de Mormón ha sido mi barra de hierro.

Lehi vio a gran multitud de personas apremiándose “a fin de llegar… al árbol” (1 Nefi 8:21).

El edificio grande y espacioso “estaba lleno de personas, tanto ancianas como jóvenes, hombres así como mujeres; y la ropa que vestían era excesivamente fina; y se hallaban en actitud de estar burlándose y señalando con el dedo a los que habían llegado hasta el fruto y estaban comiendo de él” (1 Nefi 8:27).

Una palabra que hay en este sueño o visión debería tener significado especial para los jóvenes Santos de los Últimos Días: es la palabra después. La gente se avergonzó después de haber encontrado el árbol y, debido a las burlas del mundo, se apartaron de él.

“Y después que hubieron probado del fruto, se avergonzaron a causa de los que se mofaban de ellos; y cayeron en senderos prohibidos y se perdieron…

“Y grande era la multitud que entraba en aquel singular edificio. Y después de entrar en él nos señalaban con dedo de escarnio a mí y también a los que participaban del fruto”. Ésa fue la prueba; luego, Lehi dijo: “pero no les hicimos caso” (1 Nefi 8:28, 33; cursiva agregada). Y ésa fue la manera de responder a la prueba.

Nefi, hijo de Lehi, escribió:

“Yo, Nefi, sentí deseos de que también yo viera, oyera y supiera de estas cosas, por el poder del Espíritu Santo, que es el don de Dios para todos aquellos que lo buscan diligentemente…

“Porque el que con diligencia busca, hallará; y los misterios de Dios le serán descubiertos por el poder del Espíritu Santo, lo mismo en estos días como en tiempos pasados, y lo mismo en tiempos pasados como en los venideros; por tanto, la vía del Señor es un giro eterno” (1 Nefi 10:17, 19).

Todo el simbolismo del sueño de Lehi se le explicó a su hijo Nefi, y éste escribió al respecto.

Cuando ustedes se bautizaron y se les confirmó, se aferraron a la barra de hierro; pero nunca están a salvo. Su prueba no les sobrevendrá sino hasta después de haber comido de ese fruto.

De vez en cuando pienso en uno de nuestros compañeros de clase, muy inteligente, apuesto y fiel en la Iglesia, y lleno de talento y capacidad. Se casó bien y pronto llegó a ser una persona prominente. Pero, a fin de complacer al mundo y a los que lo rodeaban, empezó a transigir; ellos lo engatusaron con halagos para que siguiera los caminos de ellos, los del mundo.

A veces se trata de algo sumamente sencillo, como la forma en que se arreglen o la ropa que usen; por ejemplo, una joven que se enmaraña el pelo para dar la impresión de que no se ha peinado o un muchacho que se viste con ropa suelta porque quiere estar a la moda.

En alguno de esos aspectos leves, mi compañero de clase aflojó un tanto la mano con que asía la barra de hierro; la esposa se aferraba a la barra con una mano y a él con la otra. Al fin, él se fue apartando de ella y se soltó de la barra y, tal como lo predijo Lehi con su sueño o visión, se apartó hacia senderos prohibidos y se perdió.

En gran parte debido a la televisión, en lugar de observar ese edificio espacioso estamos, en efecto, viviendo dentro de él. Ésa es la suerte que les toca en esta generación: ustedes viven en ese edificio grande y espacioso.

¿Quién escribió esa increíble visión? En la Biblia no hay nada que se le parezca. ¿La compuso José Smith? ¿Fue él quien escribió el Libro de Mormón? Eso es más difícil de creer que el relato sobre los ángeles y las planchas de bronce. José Smith tenía sólo veinticuatro años cuando se publicó el Libro de Mormón.

Ustedes estarán a salvo si tienen el aspecto de un Santo de los Últimos Días común, y se arreglan y se comportan como tal: vistan con modestia, asistan a las reuniones de la Iglesia, paguen el diezmo, tomen la Santa Cena, honren el sacerdocio, respeten a sus padres, sigan a sus líderes, lean las Escrituras, estudien el Libro de Mormón y oren, oren siempre. Mientras se aferren a la barra de hierro, un poder invisible los sostendrá de la mano.

¿Resolverá esto todos sus problemas? ¡Por supuesto que no! Eso sería contrario al propósito por el que vinieron a la existencia mortal, no obstante, les dará un fundamento sólido sobre el cual edificar su vida (véase Helamán 5:12).

Habrá veces en que el vapor de tinieblas los cubrirá de tal manera que no podrán ver el camino, ni siquiera lo que tengan ante los ojos; no les será posible ver claramente, pero con el don del Espíritu Santo, pueden seguir adelante a tientas por el camino a lo largo de la vida. Aférrense a la barra de hierro y no se suelten. (Véase 3 Nefi 18:25; D. y C. 9:8).

Una época de guerra espiritual

Vivimos en una época de guerra, la guerra espiritual que no tiene fin. Moroni nos advirtió que las combinaciones secretas que Gadiantón inició “existen entre todos los pueblos…

“Por lo tanto, oh gentiles [y el vocablo gentiles en esa parte del Libro de Mormón se refiere a nosotros, los de nuestra generación], está en la sabiduría de Dios que se os muestren estas cosas, a fin de que así os arrepintáis de vuestros pecados, y no permitáis que os dominen estas combinaciones asesinas…

“Por consiguiente, el Señor os manda que cuando veáis surgir estas cosas entre vosotros, que despertéis a un conocimiento de vuestra terrible situación, por motivo de esta combinación secreta que existirá entre vosotros…” (Éter 8:20, 23–24).

Ateos y agnósticos convierten su incredulidad en una religión y actualmente se organizan de manera nunca vista para atacar la fe y la creencia. Están organizados ahora y tratan de obtener poder político; ustedes oirán hablar mucho acerca de ellos y también los escucharán. Gran parte de su ataque es indirecto, burlándose de los fieles y de la religión.

En la actualidad viven entre nosotros tipos similares a Sherem, Nehor y Korihor (véase Jacob 7:1–21; Alma 1:1–15; 30:6–60). Y sus argumentos no son muy diferentes de los de esos personajes del Libro de Mormón.

Ustedes, los jóvenes, verán muchas cosas que pondrán a prueba su valor y su fe. Las burlas no provienen solamente del exterior de la Iglesia. Permítanme repetirlo: Las burlas no provienen solamente del exterior de la Iglesia. Cuídense de no caer en la categoría de los que se burlan.

El Señor prometió: “…si estáis preparados, no temeréis” (D. y C. 38:30).

Incluso Moroni afrontó la misma dificultad; dijo que a causa de su debilidad para escribir:

“…temo que los gentiles se burlen de nuestras palabras.

“[Y el Señor le dijo:] Los insensatos hacen burla, mas se lamentarán; y mi gracia es suficiente para los mansos, para que no saquen provecho de vuestra debilidad;

“y si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad. Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos” (Éter 12:25–27).

Nos regocijamos en Cristo

Engarzada en ese sueño o visión está la “perla de gran precio” (Mateo 13:46).

Lehi y Nefi vieron:

  • Una virgen con un niño en los brazos (véase 1 Nefi 11:15–20).

  • Uno que había de preparar el camino, o sea, Juan el Bautista (véase 1 Nefi 11:27).

  • El ministerio del Hijo de Dios (véase 1 Nefi 11:28).

  • Doce hombres que seguían al Mesías (véase 1 Nefi 11:29).

  • Los cielos abrirse y ángeles que ministraban a los hijos de los hombres (véase 1 Nefi 11:30).

  • Multitudes bendecidas y sanadas (véase 1 Nefi 11:31).

  • La crucifixión del Cristo (véase 1 Nefi 11:32–33).

  • La sabiduría y el orgullo del mundo en oposición a Su obra (véase 1 Nefi 11:34–36; véase también 1 Nefi 1:9–14).

Todo eso es lo que vieron en un sueño o visión. Y eso es lo que nosotros afrontamos actualmente.

Ahora te hablo individualmente a ti, al “uno” de los dos millones: Igual que los profetas y apóstoles de tiempos pasados nosotros “hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo… para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:26).

“Los ángeles hablan por el poder del Espíritu Santo; por lo que declaran las palabras de Cristo. Por tanto, os dije: Deleitaos en las palabras de Cristo; porque he aquí, las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:3).

Después Nefi agregó:

“Por tanto, si después de haber hablado yo estas palabras, no podéis entenderlas, será porque no pedís ni llamáis; así que no sois llevados a la luz, sino que debéis perecer en las tinieblas.

“Porque he aquí, os digo otra vez, que si entráis por la senda y recibís el Espíritu Santo, él os mostrará todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:4–5).

Las impresiones del Espíritu Santo

Ustedes son parte de una generación interesante en la que las pruebas serán constantes en su vida. Aprendan a seguir las impresiones del Espíritu Santo, que ha de ser su escudo, su protección y su maestro. No se avergüencen nunca de las doctrinas del Evangelio ni de las normas que enseñamos en la Iglesia. Si son fieles en la Iglesia, siempre serán muy diferentes de la mayoría del mundo.

Tienen la ventaja de saber que pueden ser inspirados en todas sus decisiones. Son muchas las que tienen por delante: la que tiene que ver con terminar sus estudios, la de buscar al compañero o compañera de su vida, la de encontrar empleo, la de establecerse, la de criar hijos en un mundo que está al revés. Sus hijos estarán expuestos a mucho más que nosotros, los de mi generación.

Al viajar por la Iglesia, notamos que nuestra juventud de hoy es más fuerte que la del pasado. Cuando los oigo hablar en las conferencias y en la reunión sacramental, los oigo citar pasajes de las Escrituras y defender las normas; no oigo las burlas cínicas típicas de los que no son fieles ni están totalmente convertidos.

Presidimos una iglesia de más de trece millones de miembros que continúa creciendo. La Iglesia está en el mundo; ahora gran parte de ella es internacional. Muchos de sus miembros no tienen la oportunidad de asistir a la universidad, pero viven el Evangelio. Y verlos y estar entre ellos es maravilloso y extraordinario.

Al pensar en ustedes, jóvenes Santos de los Últimos Días, y en el Libro de Mormón y en el sueño o la visión que tuvo Lehi, vemos que en él hay profecías que se pueden aplicar específicamente a ustedes. Vuelvan a leerlo, empezando por 1 Nefi 8, y sigan hasta leer el consejo que se da. El Libro de Mormón habla de la vida después de la muerte: lo que le sucede al espíritu (véase Alma 40:11–12) y lo que pasa en el mundo de los espíritus (véase 2 Nefi 2:29; 9:10–13). Todo lo que necesitan saber está ahí. Léanlo e intégrenlo en su vida; entonces, las críticas y las mofas del mundo, burlándose de los que son de la Iglesia, no tendrán importancia para ustedes como no la tiene para nosotros (véase 1 Nefi 8:33). Nosotros nos limitamos a seguir adelante, haciendo lo que se nos llama a hacer, y sabemos que el Señor nos guía.

Ruego que reciban las bendiciones del Señor en sus labores. Invoco las bendiciones del Señor para ustedes al seguir avanzando en la mañana de su existencia, donde se encuentran ahora, hacia el atardecer de su vida, donde me encuentro yo, para que sepan que el Evangelio de Jesucristo es verdadero. Enfrentarán muchos momentos grandiosos, tumultuosos y difíciles a lo largo de su vida, y disfrutarán de gran inspiración y gozo.

Ustedes son mejores de lo que éramos nosotros. Estoy convencido de que, en vista de lo que sin duda iba a suceder y de las profecías que se recibieron, el Señor ha reservado espíritus especiales para venir en esta época a fin de asegurarse de que Su Iglesia y reino estén protegidos y avancen en el mundo. Como siervo del Señor, invoco Sus bendiciones sobre ustedes y les testifico que el Evangelio es verdadero.