La adversidad

Presidente Henry B. Eying

Les doy mi testimonio de que Dios el Padre vive. Él estableció para cada uno de nosotros un curso para pulirnos y perfeccionarnos a fin de vivir con Él.

Aun cuando sepan que en verdad el Señor tiene la capacidad y la bondad de liberarlos en sus tribulaciones, éstas igual podrían poner a prueba su valor y fortaleza para soportarlas. El profeta José Smith exclamó angustiado en el calabozo:

“Oh Dios, ¿en dónde estás? ¿y dónde está el pabellón que cubre tu morada oculta?

¿Hasta cuándo se detendrá tu mano, y tu ojo, sí, tu ojo puro, contemplará desde los cielos eternos los agravios de tu pueblo y de tus siervos, y penetrarán sus lamentos en tus oídos?”2

La siguiente respuesta del Señor me ha ayudado a mí y nos animará a todos en tiempos tenebrosos:

“Hijo mío, paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento;

“y entonces, si lo sobrellevas bien, Dios te exaltará; triunfarás sobre todos tus enemigos.

“Tus amigos te sostienen, y te saludarán de nuevo con corazones fervientes y manos amistosas.

“No eres aún como Job; no contienden en contra de ti tus amigos, ni te acusan de transgredir, como hicieron con Job”3.

He visto cómo surgen fe y valor de un testimonio que afirma que se nos está preparando para la vida eterna. El Señor rescatará a Sus discípulos fieles; y el discípulo que acepte una prueba como una invitación para desarrollarse y, por lo tanto, merecer la vida eterna, encontrará paz en medio de sus luchas.

Hace poco hablé con un padre joven quien perdió su trabajo en la reciente crisis económica y sabe que hay cientos de miles de personas que tienen exactamente las mismas aptitudes que él y están desesperados buscando trabajo para mantener a su familia. Su tranquila confianza me hizo preguntarle qué había hecho para llegar a estar tan seguro de que iba a encontrar la forma de mantener a su familia; me contestó que había examinando su vida para cerciorarse de haber hecho todo lo posible por ser digno de la ayuda del Señor. Era obvio que su necesidad y su fe en Jesucristo lo conducían a ser obediente a los mandamientos de Dios cuando era difícil hacerlo. Me dijo que se percató de esa oportunidad mientras él y su esposa leían en Alma, donde dice que el Señor preparó a un pueblo para el Evangelio por medio de la adversidad.

Recordarán el momento en que Alma se volvió hacia el hombre que dirigía a un grupo de gente acongojada y el hombre le dijo que los perseguían y los rechazaban a causa de su pobreza y en el relato leemos:

“Y cuando Alma oyó esto, volvió su rostro directamente hacia él, y los observó con gran gozo; porque vio que sus aflicciones realmente los habían humillado, y que se hallaban preparados para oír la palabra.

“Por tanto, no dijo más a la otra multitud; sino que extendió la mano y clamó a los que veía, aquellos que en verdad estaban arrepentidos, y les dijo:

“Veo que sois mansos de corazón; y si es así, benditos sois”4.

La Escritura continúa elogiando a los que nos preparamos para la adversidad en los tiempos prósperos. Muchos de ustedes tuvieron fe para intentar merecer la ayuda que ahora necesitan antes de que llegara la crisis.

Alma continúa: “Sí, el que verdaderamente se humille y se arrepienta de sus pecados, y persevere hasta el fin, será bendecido; sí, bendecido mucho más que aquellos que se ven obligados a ser humildes por causa de su extrema pobreza”5.

El joven con quien recientemente hablé había hecho algo más que guardar comida y ahorrar un poco para las dificultades que los profetas vivientes habían anunciado; comenzó por preparar el corazón para ser digno de la ayuda del Señor, que sabía iba a necesitar en un futuro cercano. El día en que él perdió el empleo, cuando le pregunté a la esposa si estaba preocupada, me dijo con voz alegre: “No, acabamos de salir de la oficina del obispo; nosotros pagamos un diezmo íntegro”. Ahora bien, todavía no sabemos lo que va a pasar, pero sentí la misma confianza que ellos sentían: “La situación mejorará”. La tragedia no socavó su fe, sino que la puso a prueba y la fortaleció. Y el sentimiento de paz que el Señor ha prometido ya les ha llegado en medio de la tormenta. Con seguridad, habrá otros milagros.

A fin de fortalecer y purificar a las personas, el Señor siempre adapta el auxilio a lo que éstas necesiten. Muchas veces, la ayuda llegará en forma de inspiración para hacer algo que sea particularmente difícil para la persona que se encuentra necesitada. Una de las grandes pruebas de la vida es perder por la muerte al marido o a la esposa a quien se ama. El presidente Hinckley describió su dolor al no tener más a la esposa a su lado. El Señor sabe de las necesidades de los que quedan separados de un ser querido por la muerte; por Su experiencia terrenal, Él vio el dolor de las viudas y conocía sus necesidades. En medio del tormento de la cruz, pidió a un apóstol amado que cuidara a su madre viuda, que estaba a punto de perder a un hijo. Él ahora siente el pesar de los esposos que pierden a la esposa y el pesar de las esposas que se quedan solas por causa de la muerte.

La mayoría de nosotros conoce viudas que necesitan atención. Lo que me conmueve es haber sabido de una, ya mayor, a quien yo pensaba visitar otra vez, que tuvo la inspiración de ir a ver a una viuda más joven para consolarla. Una hermana que necesitaba consuelo fue enviada para consolar a otra. El Señor ayudó y bendijo a dos viudas al inspirarlas para animarse la una a la otra; de ese modo, prestó auxilio a las dos.

El Señor envió Su ayuda en la misma forma a los humildes y pobres de los que se habla en Alma 34, que habían respondido a la enseñanza y al testimonio de Sus siervos. Después de arrepentirse y convertirse, seguían siendo pobres, pero Él los puso a hacer por otros lo que tal vez razonablemente pensaran que no podían y lo que ellos todavía necesitaban. Ellos debían dar a los demás lo que quizás anhelaban que Él les diera. Por medio de Su siervo, el Señor dio a aquellos conversos pobres esta dura tarea: “…si después de haber hecho todas estas cosas, volvéis la espalda al indigente y al desnudo, y no visitáis al enfermo y afligido, y si no dais de vuestros bienes, si los tenéis, a los necesitados, os digo que si no hacéis ninguna de estas cosas, he aquí, vuestra oración es en vano y no os vale nada, y sois como los hipócritas que niegan la fe”6.

Es posible que parezca que es pedir demasiado a personas que en sí tienen grandes necesidades; sin embargo, conozco a un joven que fue inspirado para hacer precisamente eso cuando hacía poco que se había casado. Él y su esposa tenían apenas para sobrevivir con una entrada muy pequeña; pero él conoció a otro matrimonio más pobre y, para asombro de su esposa, él les prestó ayuda de sus escasos ingresos. Mientras todavía eran pobres, ellos recibieron una prometida bendición de paz. Después, la prosperidad que alcanzaron sobrepasaba sus más añorados sueños. Y todavía continúan la norma de socorrer al necesitado, a quien tenga menos o que esté en aflicción.

Y hay todavía otra prueba que, si se soporta bien, traerá bendiciones en esta vida y bendiciones eternas. La edad y la mala salud pueden probar a los más fuertes entre nosotros. Un amigo mío era nuestro obispo cuando mis hijas todavía vivían en casa; ellas nos contaban lo que sentían cuando él daba su sencillo testimonio alrededor de una fogata en las montañas. Él las amaba y ellas lo sabían. Después, lo relevaron; ya había sido obispo anteriormente en otro estado del país. Aquellas personas que llegué a conocer que eran del mismo barrio donde él sirvió lo recuerdan igual que mis hijas.

Yo lo visitaba de cuando en cuando en su hogar para demostrarle mi gratitud y darle bendiciones del sacerdocio. Poco a poco, su salud empezó a declinar. No recuerdo todas las dolencias que sufrió; le hicieron cirugía y tenía constante dolor. Pero cada vez que lo visitaba para consolarlo, él invertía los papeles: siempre era yo quien salía reconfortado. Los problemas de la espalda y de las piernas lo forzaban a usar un bastón para caminar; pero allí estaba, en la Iglesia, sentado cerca de la puerta de entrada para saludar con una sonrisa a los que llegaban.

Nunca olvidaré el asombro y la admiración que sentí un día, cuando al abrir la puerta de atrás lo vi venir por la entrada de nuestra cochera. Era el día en que los basureros recogían la basura y por la mañana yo la había sacado afuera en los recipientes que tienen ruedas. Y ahí estaba él, arrastrando con una mano mi recipiente de basura en la subida, mientras que con la otra se apoyaba en el bastón para equilibrarse. Estaba brindándome ayuda según lo que él pensaba que necesitaba, cuando era él quien necesitaba mucho más ayuda que yo; y él lo hacía con una sonrisa y sin que se le hubiera pedido.

Lo visité también cuando al fin necesitó el cuidado de enfermeras y médicos. Estaba en una cama de hospital, todavía con dolores y todavía sonriendo. La esposa me llamó para decirme que estaba cada vez más débil. Mi hijo y yo le dimos una bendición del sacerdocio mientras yacía conectado a un sinfín de tubos; yo sellé la bendición con la promesa de que tendría tiempo y fuerzas para hacer todo lo que Dios le tenía reservado en esta vida, y para pasar toda prueba. Cuando me aparté de la cama para irme, él extendió la mano y tomó una de las mías; me sorprendió la fuerza de su apretón y la firmeza de su voz al decirme: “Voy a estar bien”.

Me fui pensando que volvería a verlo pronto; pero en menos de un día recibí la llamada telefónica: había partido para el lugar glorioso donde iba a ver al Salvador, que es su Juez perfecto y será el nuestro. Al hablar en su funeral, pensé en estas palabras de Pablo cuando supo que iría a ese lugar adonde se fue mi vecino y amigo:

“Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio.

“Porque yo estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano.

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.

“Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida”7.

Tengo la seguridad de que mi vecino pasó bien su prueba y hará frente a su juez con una alegre sonrisa.

Les doy mi testimonio de que Dios el Padre vive. Él estableció para cada uno de nosotros un curso para pulirnos y perfeccionarnos a fin de vivir con Él. Testifico que el Salvador vive. Su Expiación hace posible que nos purifiquemos al guardar Sus mandamientos y los convenios sagrados que efectuamos. Sé por experiencia propia que Él nos dará fuerzas para elevarnos por encima de toda tribulación. El presidente Monson es el Profeta del Señor; él posee todas las llaves del sacerdocio. Ésta es la verdadera Iglesia del Señor en la cual estamos, apoyándonos unos a otros y siendo bendecidos por socorrer a los compañeros de sufrimiento que Él ponga en nuestro camino. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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No es un pecado ser débil

Por Wendy Ulrich

La autora vive en Utah, EE. UU.

Las limitaciones y las ineptitudes no son pecados y no nos impiden ser limpios y dignos del Espíritu.

“¿Soy verdaderamente digna de entrar en la casa de Dios? ¿Cómo puedo serlo si no soy perfecta?”

“¿Puede Dios en verdad convertir mi debilidad en un punto fuerte? He ayunado y orado durante varios días para verme libre de este problema, pero nada parece cambiar”.

“En el campo misional viví el Evangelio de forma más constante que en cualquier otro periodo de mi vida, pero nunca he sido más consciente de mis faltas. ¿Por qué, a pesar de que vivía tan bien, a veces me sentía tan mal?”

Al meditar sobre esas preguntas, es muy importante que comprendamos que aunque el pecado inevitablemente nos aleja de Dios, la debilidad, irónicamente, nos puede conducir hacia Él.

Distinguir entre el pecado y la debilidad

Con frecuencia consideramos el pecado y la debilidad simplemente como dos marcas negras de diferentes tamaños en la fibra de nuestra alma, transgresiones de distintos grados de severidad. No obstante, las Escrituras sugieren que el pecado y la debilidad son esencialmente diferentes, requieren soluciones diferentes y tienen el potencial de producir distintos resultados.

La mayoría de nosotros estamos más familiarizados con el pecado de lo que quisiéramos admitirlo, pero hagamos un análisis: El pecado es la decisión de desobedecer los mandamientos de Dios o de rebelarse contra la Luz de Cristo en nuestro interior. El pecado es la decisión de confiar más en Satanás que en Dios, lo que nos coloca en enemistad con nuestro Padre. A diferencia de nosotros, Jesucristo era completamente sin pecado y pudo expiar nuestros pecados. Cuando nos arrepentimos con sinceridad —lo que incluye cambiar nuestra mente, corazón y conducta; ofrecer las debidas disculpas o confesiones; hacer restitución cuando sea posible y no repetir ese pecado en el futuro— podemos tener acceso a la expiación de Jesucristo, ser perdonados por Dios y ser limpios nuevamente.

El ser limpios es esencial, porque ninguna cosa inmunda puede morar en la presencia de Dios; pero si nuestra única meta fuese ser tan inocentes como lo éramos cuando salimos de la presencia de Dios, sería mejor que permaneciéramos acostados cómodamente en nuestra cuna de bebé durante el resto de nuestra vida. En vez de ello, venimos a la Tierra a aprender por propia experiencia a distinguir el bien del mal, a aumentar nuestra sabiduría y aptitud, a vivir los valores que consideramos importantes y a adquirir características divinas; progreso que no podríamos lograr si permaneciésemos a salvo en un moisés.

La debilidad humana cumple una función importante en esos propósitos esenciales de la mortalidad. Cuando Moroni se preocupó de que su debilidad para escribir pudiera causar que los gentiles se burlaran de las cosas sagradas, el Señor lo consoló con estas palabras:

“Y si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad. Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos” (Éter 12:27; véanse también 1 Corintios 15:42–44; 2 Corintios 12:7–10; 2 Nefi 3:21; y Jacob 4:7).

Las implicaciones de este conocido pasaje de las Escrituras son profundas y nos invitan a distinguir el pecado (que Satanás fomenta) de la debilidad (que aquí se describe como una condición que Dios nos “da”).

Podríamos definir debilidad como la limitación de nuestra sabiduría, poder y santidad que resultan del hecho de ser humanos. Como seres mortales, nacemos indefensos y dependientes, con varias fallas y predisposiciones físicas. Nos crían y nos rodean otros seres mortales débiles, y sus enseñanzas, ejemplos y el trato que nos dan son imperfectos y a veces perjudiciales. En nuestro débil estado mortal padecemos afecciones físicas y emocionales, hambre y fatiga; experimentamos emociones humanas como la ira, la angustia y el temor; carecemos de sabiduría, aptitud, vigor y resistencia; y estamos sujetos a toda clase de tentaciones.

A pesar de que Él estaba libre de pecado, Jesucristo asumió plenamente, junto con nosotros, la condición de la debilidad humana (véase 2 Corintios 13:4). Nació como niño indefenso en un cuerpo mortal y fue criado por personas imperfectas; tuvo que aprender a caminar, hablar, trabajar y llevarse bien con los demás; sintió hambre, cansancio y las emociones humanas; y podía enfermar, sufrir, sangrar y morir. Fue “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”, sometiéndose a la mortalidad a fin de que pudiese “compadecerse de nuestras flaquezas” y socorrernos en nuestras enfermedades o debilidades (Hebreos 4:15; véase también Alma 7:11–12).

No podemos simplemente arrepentirnos por ser débiles, ni tampoco nos hace impuros la debilidad por sí misma. No podemos progresar espiritualmente a menos que rechacemos el pecado; pero tampoco crecemos espiritualmente a menos que aceptemos nuestro estado de debilidad humana, reaccionemos ante ella con humildad y fe, y aprendamos a confiar en Dios por medio de ella. Cuando Moroni se preocupó por su debilidad para escribir, Dios no le dijo que se arrepintiera; en vez de ello, el Señor le enseñó a ser humilde y a tener fe en Cristo. Si somos mansos y fieles, Dios nos proporciona la gracia —no el perdón— como el remedio para la debilidad. En la Guía para el Estudio de las Escrituras se define la gracia como el poder habilitador de Dios para hacer lo que no podemos hacer por nosotros mismos (véase: Guía para el Estudio de las Escrituras, “Gracia”), el remedio divino apropiado mediante el cual Él puede hacer “que las cosas débiles sean fuertes”.

Ejercer humildad y fe

Desde un principio, como miembros de la Iglesia, se nos enseñan los elementos esenciales del arrepentimiento, pero, ¿cuál es la manera precisa para fomentar la humildad y la fe? Tengan en cuenta lo siguiente:

  • Meditar y orar. Ya que somos débiles, tal vez no reconozcamos si estamos lidiando con un pecado (que requiere un cambio inmediato y total de mente, corazón y conducta), o con una debilidad (que requiere un empeño humilde y constante, aprendizaje y mejora). La forma en que consideremos estas cosas puede depender del modo en que se nos crió y de nuestra madurez. Tal vez en un solo comportamiento haya incluso elementos tanto de pecado como de debilidad. El afirmar que un pecado es en realidad una debilidad conduce a la justificación en vez de al arrepentimiento. El decir que una debilidad es un pecado puede resultar en vergüenza, culpa, desesperanza y en perder la fe en las promesas de Dios. La meditación y la oración nos ayudan a hacer esas distinciones.

  • Establecer prioridades. A causa de que somos débiles, no podemos realizar todos los cambios necesarios a la vez. A medida que, con humildad y fe, afrontemos nuestra debilidad humana tratando de superar unos pocos aspectos a la vez, podemos disminuir de forma gradual la ignorancia, hacer de los buenos hábitos una costumbre, aumentar nuestra salud y vigor físico y emocional, y fortalecer nuestra confianza en el Señor. Dios nos puede ayudar a saber por dónde empezar.

  • Planificar. Debido a que somos débiles, el fortalecernos requerirá más que un deseo justo, y mucha autodisciplina. También es necesario que planifiquemos, que aprendamos de nuestros errores, desarrollemos estrategias más eficaces, revisemos nuestros planes y lo intentemos una vez más. Necesitamos la ayuda de las Escrituras, de libros que sean pertinentes y de otras personas. Comenzamos con algo pequeño, nos regocijamos en las mejoras y tomamos riesgos (a pesar de que esos riesgos nos hagan sentir vulnerables y débiles). Necesitamos apoyo para ayudarnos a tomar buenas decisiones, incluso cuando estemos cansados o desanimados, y también para hacer planes para seguir adelante cuando cometamos un error.

  • Ejercitar la paciencia. Debido a que somos débiles, tal vez se necesite tiempo para cambiar. No dejamos de lado nuestra debilidad de la forma en que abandonamos el pecado. Los discípulos humildes hacen de buen grado lo que sea necesario, aprenden a ser fuertes, se siguen esforzando y no se dan por vencidos. La humildad nos ayuda a tener paciencia con nosotros mismos y con otras personas que también son débiles. La paciencia es una manifestación de nuestra fe en el Señor, de gratitud por la confianza que Él deposita en nosotros y de que confiamos en Sus promesas.

Incluso cuando nos arrepentimos sinceramente de nuestros pecados, obtenemos el perdón y volvemos a ser limpios, seguimos siendo débiles; aún estamos sujetos a las enfermedades, emociones, ignorancia, predisposiciones, fatiga y tentaciones. Sin embargo, las limitaciones y las ineptitudes no son pecados y no nos impiden ser limpios y dignos del Espíritu.

De la debilidad a la fortaleza

Mientras que Satanás está ansioso por utilizar nuestra debilidad para tentarnos a pecar, Dios puede utilizar nuestra debilidad para enseñarnos, fortalecernos y bendecirnos. No obstante, contrariamente a lo que podríamos anticipar o esperar, Dios no siempre elimina nuestra debilidad a fin de hacer “que las cosas débiles sean fuertes” para nosotros. Cuando el apóstol Pablo oró en repetidas ocasiones para que Dios le quitara el “aguijón en [su] carne” del que se valía Satanás para abofetearlo, Dios le dijo a Pablo: “Te basta mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:7, 9).

El Señor hace “que las cosas débiles sean fuertes” de muchas maneras. Aunque tal vez el Señor elimine la debilidad por medio de la curación espectacular que esperamos, según mi experiencia, eso ocurre rara vez. Por ejemplo, tras el famoso versículo que se encuentra en Éter 12, no veo ninguna evidencia de que Dios haya eliminado la debilidad que Moroni tenía para escribir. Es posible que Dios también haga que las cosas débiles sean fuertes al ayudarnos a seguir adelante pese a nuestras debilidades, a obtener el debido sentido del humor y la debida perspectiva con respecto a ellas, y poco a poco, ir mejorando. Además, los puntos fuertes y los puntos débiles muchas veces se relacionan entre sí (como la fuerza de la perseverancia y la debilidad de la obstinación), y podemos aprender a valorar el punto fuerte y a moderar la debilidad que lo acompaña.

Existe otra manera incluso más poderosa por medio de la cual Dios hace que las cosas débiles sean fuertes para nosotros. En Éter 12:37, el Señor le dice a Moroni: “Y porque has visto tu debilidad, serás fortalecido, aun hasta sentarte en el lugar que he preparado en las mansiones de mi Padre”.

Aquí Dios no propone cambiar la debilidad de Moroni, sino cambiarlo a él. Al hacer frente al desafío de la debilidad humana, Moroni, y nosotros, podemos aprender caridad, compasión, mansedumbre, paciencia, valor, longanimidad, sabiduría, resistencia, perdón, resiliencia, gratitud, creatividad, y un sinfín de virtudes que nos hacen ser más como nuestro Padre Celestial. Ésas son las cualidades mismas que vinimos a perfeccionar en la Tierra, los atributos semejantes a los de Cristo que nos preparan para las mansiones de los cielos.

En ninguna otra parte se manifiestan más el amor, la sabiduría y el poder redentor de Dios que en Su habilidad para convertir nuestra lucha con la debilidad humana en valiosas virtudes divinas que nos hacen más como Él.