El sueño de Lehi nos incluye a nosotros

Por el presidente Boyd K. Packer

Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles

Tomado de un discurso pronunciado el 16 de enero de 2007, en la Universidad Brigham Young. Si desea ver el texto completo en inglés, vaya a http://speeches.byu.edu.

El sueño de Lehi contiene todo lo que un Santo de los Últimos Días necesita para entender la prueba de la vida.

Pregunté en el departamento de registros de la Iglesia cuántos jóvenes tenemos en edad universitaria, y me contestaron: “1.974.001”.

“Bien, le hablaré a ese uno”, pensé.

Mi vida universitaria comenzó en seguida de terminar la Segunda Guerra Mundial. La mayoría de los hombres de mi clase acababan de regresar del servicio militar; casi todos éramos más maduros que los estudiantes universitarios de la actualidad. Habíamos pasado por la guerra y estábamos llenos de recuerdos, algunos que queríamos conservar y otros que preferíamos olvidar. Éramos más serios que los estudiantes de hoy en día y no entrábamos mucho en diversiones; queríamos retomar nuestra vida y sabíamos que era fundamental obtener una educación académica.

En la vida militar nos habíamos enfocado en la destrucción; en eso consiste la guerra. Estábamos inspirados por la virtud noble del patriotismo y la prueba de la vida fue dedicarnos a la destrucción sin ser destruidos espiritual o moralmente.

Ustedes también viven en tiempos de guerra, la guerra espiritual que nunca tendrá fin y que ahora domina los asuntos de la humanidad. Este mundo en guerra ha perdido la inocencia; ya no hay nada, por grosero o indigno que sea, que no se considere aceptable para las películas, el teatro, la música o la conversación. Parece que el mundo se ha dado vuelta al revés. (Véase 2 Pedro 2).

La formalidad, la dignidad, la nobleza y el respeto a la autoridad son objeto de burlas; la modestia y la pulcritud dan paso al desaliño, al desaseo en la vestimenta y en el arreglo personal. Las reglas de honestidad, integridad y moralidad básica ahora se pasan por alto; la conversación está salpicada de profanidad y vulgaridad, y eso se ve en el arte y la literatura, en el teatro y otros entretenimientos. En lugar de ser refinados se han vuelto groseros. (Véase 1 Timoteo 4:1–3; 2 Timoteo 3:1–9).

Casi a diario ustedes tienen que tomar decisiones en cuanto a si van a seguir o no esas tendencias. Tienen muchas pruebas por delante.

Aférrense a la barra de hierro

En el capítulo 8 de 1 Nefi, lean sobre el sueño de Lehi. Él dijo a su familia: “He aquí, he soñado un sueño o, en otras palabras, he visto una visión” (1 Nefi 8:2).

Tal vez piensen que el sueño o la visión de Lehi no tiene ningún significado para ustedes, pero sí lo tiene, porque ustedes están en él; todos estamos en él.

Nefi dijo: “[Todas las Escrituras se aplican] a nosotros mismos para nuestro provecho e instrucción” (1 Nefi 19:23).

El sueño o la visión que tuvo Lehi de la barra de hierro contiene todo lo que un Santo de los Últimos Días necesita para entender la prueba de la vida.

Esto es lo que Lehi vio:

  • Un edificio grande y espacioso (véase 1 Nefi 11:35–36; 12:18).

  • Un sendero que pasaba junto a un río (véase 1 Nefi 8:20–22).

  • Un vapor de tinieblas (véase 1 Nefi 12:17).

  • Una barra de hierro que conducía a través del vapor de tinieblas (véase 1 Nefi 11:24–25).

  • El árbol de la vida, “cuyo fruto era deseable para hacer a uno feliz” (1 Nefi 8:10; véase también 1 Nefi 11:8–9, 21–24).

Lean el sueño o la visión atentamente; después, vuelvan a leerlo.

Si se aferran a la barra de hierro, podrán seguir adelante a tientas con el don del Espíritu Santo que se les confirió en el momento de ser confirmados miembros de la Iglesia. El Espíritu Santo los reconfortará y podrán sentir, como Nefi, la influencia de ángeles y seguir adelante a tientas a lo largo de la vida.

El Libro de Mormón ha sido mi barra de hierro.

Lehi vio a gran multitud de personas apremiándose “a fin de llegar… al árbol” (1 Nefi 8:21).

El edificio grande y espacioso “estaba lleno de personas, tanto ancianas como jóvenes, hombres así como mujeres; y la ropa que vestían era excesivamente fina; y se hallaban en actitud de estar burlándose y señalando con el dedo a los que habían llegado hasta el fruto y estaban comiendo de él” (1 Nefi 8:27).

Una palabra que hay en este sueño o visión debería tener significado especial para los jóvenes Santos de los Últimos Días: es la palabra después. La gente se avergonzó después de haber encontrado el árbol y, debido a las burlas del mundo, se apartaron de él.

“Y después que hubieron probado del fruto, se avergonzaron a causa de los que se mofaban de ellos; y cayeron en senderos prohibidos y se perdieron…

“Y grande era la multitud que entraba en aquel singular edificio. Y después de entrar en él nos señalaban con dedo de escarnio a mí y también a los que participaban del fruto”. Ésa fue la prueba; luego, Lehi dijo: “pero no les hicimos caso” (1 Nefi 8:28, 33; cursiva agregada). Y ésa fue la manera de responder a la prueba.

Nefi, hijo de Lehi, escribió:

“Yo, Nefi, sentí deseos de que también yo viera, oyera y supiera de estas cosas, por el poder del Espíritu Santo, que es el don de Dios para todos aquellos que lo buscan diligentemente…

“Porque el que con diligencia busca, hallará; y los misterios de Dios le serán descubiertos por el poder del Espíritu Santo, lo mismo en estos días como en tiempos pasados, y lo mismo en tiempos pasados como en los venideros; por tanto, la vía del Señor es un giro eterno” (1 Nefi 10:17, 19).

Todo el simbolismo del sueño de Lehi se le explicó a su hijo Nefi, y éste escribió al respecto.

Cuando ustedes se bautizaron y se les confirmó, se aferraron a la barra de hierro; pero nunca están a salvo. Su prueba no les sobrevendrá sino hasta después de haber comido de ese fruto.

De vez en cuando pienso en uno de nuestros compañeros de clase, muy inteligente, apuesto y fiel en la Iglesia, y lleno de talento y capacidad. Se casó bien y pronto llegó a ser una persona prominente. Pero, a fin de complacer al mundo y a los que lo rodeaban, empezó a transigir; ellos lo engatusaron con halagos para que siguiera los caminos de ellos, los del mundo.

A veces se trata de algo sumamente sencillo, como la forma en que se arreglen o la ropa que usen; por ejemplo, una joven que se enmaraña el pelo para dar la impresión de que no se ha peinado o un muchacho que se viste con ropa suelta porque quiere estar a la moda.

En alguno de esos aspectos leves, mi compañero de clase aflojó un tanto la mano con que asía la barra de hierro; la esposa se aferraba a la barra con una mano y a él con la otra. Al fin, él se fue apartando de ella y se soltó de la barra y, tal como lo predijo Lehi con su sueño o visión, se apartó hacia senderos prohibidos y se perdió.

En gran parte debido a la televisión, en lugar de observar ese edificio espacioso estamos, en efecto, viviendo dentro de él. Ésa es la suerte que les toca en esta generación: ustedes viven en ese edificio grande y espacioso.

¿Quién escribió esa increíble visión? En la Biblia no hay nada que se le parezca. ¿La compuso José Smith? ¿Fue él quien escribió el Libro de Mormón? Eso es más difícil de creer que el relato sobre los ángeles y las planchas de bronce. José Smith tenía sólo veinticuatro años cuando se publicó el Libro de Mormón.

Ustedes estarán a salvo si tienen el aspecto de un Santo de los Últimos Días común, y se arreglan y se comportan como tal: vistan con modestia, asistan a las reuniones de la Iglesia, paguen el diezmo, tomen la Santa Cena, honren el sacerdocio, respeten a sus padres, sigan a sus líderes, lean las Escrituras, estudien el Libro de Mormón y oren, oren siempre. Mientras se aferren a la barra de hierro, un poder invisible los sostendrá de la mano.

¿Resolverá esto todos sus problemas? ¡Por supuesto que no! Eso sería contrario al propósito por el que vinieron a la existencia mortal, no obstante, les dará un fundamento sólido sobre el cual edificar su vida (véase Helamán 5:12).

Habrá veces en que el vapor de tinieblas los cubrirá de tal manera que no podrán ver el camino, ni siquiera lo que tengan ante los ojos; no les será posible ver claramente, pero con el don del Espíritu Santo, pueden seguir adelante a tientas por el camino a lo largo de la vida. Aférrense a la barra de hierro y no se suelten. (Véase 3 Nefi 18:25; D. y C. 9:8).

Una época de guerra espiritual

Vivimos en una época de guerra, la guerra espiritual que no tiene fin. Moroni nos advirtió que las combinaciones secretas que Gadiantón inició “existen entre todos los pueblos…

“Por lo tanto, oh gentiles [y el vocablo gentiles en esa parte del Libro de Mormón se refiere a nosotros, los de nuestra generación], está en la sabiduría de Dios que se os muestren estas cosas, a fin de que así os arrepintáis de vuestros pecados, y no permitáis que os dominen estas combinaciones asesinas…

“Por consiguiente, el Señor os manda que cuando veáis surgir estas cosas entre vosotros, que despertéis a un conocimiento de vuestra terrible situación, por motivo de esta combinación secreta que existirá entre vosotros…” (Éter 8:20, 23–24).

Ateos y agnósticos convierten su incredulidad en una religión y actualmente se organizan de manera nunca vista para atacar la fe y la creencia. Están organizados ahora y tratan de obtener poder político; ustedes oirán hablar mucho acerca de ellos y también los escucharán. Gran parte de su ataque es indirecto, burlándose de los fieles y de la religión.

En la actualidad viven entre nosotros tipos similares a Sherem, Nehor y Korihor (véase Jacob 7:1–21; Alma 1:1–15; 30:6–60). Y sus argumentos no son muy diferentes de los de esos personajes del Libro de Mormón.

Ustedes, los jóvenes, verán muchas cosas que pondrán a prueba su valor y su fe. Las burlas no provienen solamente del exterior de la Iglesia. Permítanme repetirlo: Las burlas no provienen solamente del exterior de la Iglesia. Cuídense de no caer en la categoría de los que se burlan.

El Señor prometió: “…si estáis preparados, no temeréis” (D. y C. 38:30).

Incluso Moroni afrontó la misma dificultad; dijo que a causa de su debilidad para escribir:

“…temo que los gentiles se burlen de nuestras palabras.

“[Y el Señor le dijo:] Los insensatos hacen burla, mas se lamentarán; y mi gracia es suficiente para los mansos, para que no saquen provecho de vuestra debilidad;

“y si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad. Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos” (Éter 12:25–27).

Nos regocijamos en Cristo

Engarzada en ese sueño o visión está la “perla de gran precio” (Mateo 13:46).

Lehi y Nefi vieron:

  • Una virgen con un niño en los brazos (véase 1 Nefi 11:15–20).

  • Uno que había de preparar el camino, o sea, Juan el Bautista (véase 1 Nefi 11:27).

  • El ministerio del Hijo de Dios (véase 1 Nefi 11:28).

  • Doce hombres que seguían al Mesías (véase 1 Nefi 11:29).

  • Los cielos abrirse y ángeles que ministraban a los hijos de los hombres (véase 1 Nefi 11:30).

  • Multitudes bendecidas y sanadas (véase 1 Nefi 11:31).

  • La crucifixión del Cristo (véase 1 Nefi 11:32–33).

  • La sabiduría y el orgullo del mundo en oposición a Su obra (véase 1 Nefi 11:34–36; véase también 1 Nefi 1:9–14).

Todo eso es lo que vieron en un sueño o visión. Y eso es lo que nosotros afrontamos actualmente.

Ahora te hablo individualmente a ti, al “uno” de los dos millones: Igual que los profetas y apóstoles de tiempos pasados nosotros “hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo… para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:26).

“Los ángeles hablan por el poder del Espíritu Santo; por lo que declaran las palabras de Cristo. Por tanto, os dije: Deleitaos en las palabras de Cristo; porque he aquí, las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:3).

Después Nefi agregó:

“Por tanto, si después de haber hablado yo estas palabras, no podéis entenderlas, será porque no pedís ni llamáis; así que no sois llevados a la luz, sino que debéis perecer en las tinieblas.

“Porque he aquí, os digo otra vez, que si entráis por la senda y recibís el Espíritu Santo, él os mostrará todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:4–5).

Las impresiones del Espíritu Santo

Ustedes son parte de una generación interesante en la que las pruebas serán constantes en su vida. Aprendan a seguir las impresiones del Espíritu Santo, que ha de ser su escudo, su protección y su maestro. No se avergüencen nunca de las doctrinas del Evangelio ni de las normas que enseñamos en la Iglesia. Si son fieles en la Iglesia, siempre serán muy diferentes de la mayoría del mundo.

Tienen la ventaja de saber que pueden ser inspirados en todas sus decisiones. Son muchas las que tienen por delante: la que tiene que ver con terminar sus estudios, la de buscar al compañero o compañera de su vida, la de encontrar empleo, la de establecerse, la de criar hijos en un mundo que está al revés. Sus hijos estarán expuestos a mucho más que nosotros, los de mi generación.

Al viajar por la Iglesia, notamos que nuestra juventud de hoy es más fuerte que la del pasado. Cuando los oigo hablar en las conferencias y en la reunión sacramental, los oigo citar pasajes de las Escrituras y defender las normas; no oigo las burlas cínicas típicas de los que no son fieles ni están totalmente convertidos.

Presidimos una iglesia de más de trece millones de miembros que continúa creciendo. La Iglesia está en el mundo; ahora gran parte de ella es internacional. Muchos de sus miembros no tienen la oportunidad de asistir a la universidad, pero viven el Evangelio. Y verlos y estar entre ellos es maravilloso y extraordinario.

Al pensar en ustedes, jóvenes Santos de los Últimos Días, y en el Libro de Mormón y en el sueño o la visión que tuvo Lehi, vemos que en él hay profecías que se pueden aplicar específicamente a ustedes. Vuelvan a leerlo, empezando por 1 Nefi 8, y sigan hasta leer el consejo que se da. El Libro de Mormón habla de la vida después de la muerte: lo que le sucede al espíritu (véase Alma 40:11–12) y lo que pasa en el mundo de los espíritus (véase 2 Nefi 2:29; 9:10–13). Todo lo que necesitan saber está ahí. Léanlo e intégrenlo en su vida; entonces, las críticas y las mofas del mundo, burlándose de los que son de la Iglesia, no tendrán importancia para ustedes como no la tiene para nosotros (véase 1 Nefi 8:33). Nosotros nos limitamos a seguir adelante, haciendo lo que se nos llama a hacer, y sabemos que el Señor nos guía.

Ruego que reciban las bendiciones del Señor en sus labores. Invoco las bendiciones del Señor para ustedes al seguir avanzando en la mañana de su existencia, donde se encuentran ahora, hacia el atardecer de su vida, donde me encuentro yo, para que sepan que el Evangelio de Jesucristo es verdadero. Enfrentarán muchos momentos grandiosos, tumultuosos y difíciles a lo largo de su vida, y disfrutarán de gran inspiración y gozo.

Ustedes son mejores de lo que éramos nosotros. Estoy convencido de que, en vista de lo que sin duda iba a suceder y de las profecías que se recibieron, el Señor ha reservado espíritus especiales para venir en esta época a fin de asegurarse de que Su Iglesia y reino estén protegidos y avancen en el mundo. Como siervo del Señor, invoco Sus bendiciones sobre ustedes y les testifico que el Evangelio es verdadero.

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La preparación espiritual: Comiencen con tiempo y perseveren

Presidente Henry B. Eyring

La gran prueba de esta vida es ver si daremos oídos a los mandamientos de Dios y los obedeceremos en medio de las tormentas de la vida.

Muchos de nosotros hemos reflexionado en cómo prepararnos para las tormentas. Hemos visto y sentido el dolor de mujeres, hombres y niños, de los ancianos y de los débiles atrapados en los huracanes, los maremotos, las guerras o las sequías. Nuestra reacción suele ser: “¿Cómo puedo prepararme?”. Entonces nos entran las prisas por comprar y hacer acopio de aquello que creemos que podríamos necesitar el día que nos enfrentemos con esos desastres.

Pero hay una preparación aún más importante que debemos acometer ante las pruebas que, ciertamente, todos vamos a tener. Esa preparación debe comenzar cuanto antes, pues requiere tiempo. Lo que necesitaremos entonces no se puede comprar ni pedir prestado, no se almacena y es preciso utilizarlo con regularidad y frecuencia.

Lo que necesitaremos en el tiempo de nuestra prueba será una preparación espiritual. Para superar la prueba de la vida de la que depende toda nuestra eternidad es necesario haber desarrollado una poderosa fe en Jesucristo. Esa prueba forma parte del propósito que Dios tenía reservado para nosotros durante la Creación.

Gracias al profeta José Smith tenemos la descripción que el Señor hace de dicha prueba. Nuestro Padre Celestial creó el mundo con la ayuda de Su Hijo Jesucristo, y éstas son las palabras que describen el objeto de la Creación: “Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual éstos puedan morar; y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare”1.

La gran prueba de esta vida es ver si daremos oídos a los mandamientos de Dios y los obedeceremos en medio de las tormentas de la vida. No se trata tanto de soportar las tormentas como de hacer lo justo en medio de ellas. La gran tragedia de la vida es no superar esa prueba y, por tanto, no hacernos merecedores de regresar en gloria a nuestro hogar celestial.

Somos la progenie espiritual de un Padre Celestial que nos amó y enseñó antes de que naciéramos en este mundo. Nos dijo que deseaba darnos todo lo que Él tenía, pero que para ello, era preciso obtener un cuerpo terrenal y ser probados. Por causa del cuerpo, padeceríamos dolor, enfermedades y la muerte.

Quedaríamos sujetos a las tentaciones mediante los deseos y las debilidades propias del cuerpo mortal. Las sutiles y poderosas fuerzas del mal intentarían que cediésemos a esas tentaciones. La vida tendría tormentas en medio de las cuales deberíamos tomar decisiones basándonos en la fe en lo que no veríamos con el ojo natural.

Se nos prometió que tendríamos a Jehová, Jesucristo, como nuestro Salvador y Redentor. Él aseguraría la resurrección de todo el género humano y posibilitaría que pasáramos la prueba de la vida si ejercíamos la fe en Él por medio de la obediencia. Nos regocijamos todos al oír tan buenas nuevas.

En un pasaje del Libro de Mormón, otro testigo de Jesucristo, se describe la dificultad de la prueba y lo que hará falta para pasarla:

“Anímense, pues, vuestros corazones, y recordad que sois libres para obrar por vosotros mismos, para escoger la vía de la muerte interminable, o la vía de la vida eterna.

“Por tanto, mis amados hermanos, reconciliaos con la voluntad de Dios, y no con la voluntad del diablo y la carne; y recordad, después de haberos reconciliado con Dios, que tan sólo en la gracia de Dios, y por ella, sois salvos.

“Así pues, Dios os levante de la muerte por el poder de la resurrección, y también de la muerte eterna por el poder de la expiación, a fin de que seáis recibidos en el reino eterno de Dios, para que lo alabéis por medio de la divina gracia. Amén”2.

Será necesario tener una fe inquebrantable en el Señor Jesucristo para escoger el camino que conduce a la vida eterna. Por medio del ejercicio de esa fe, conoceremos la voluntad de Dios. Al actuar movidos con esa fe desarrollaremos entereza para hacer la voluntad de Dios. Y al ejercer esa fe en Jesucristo resistiremos la tentación y obtendremos el perdón por medio de la Expiación.

Será necesario haber desarrollado y nutrido esa fe en Jesucristo mucho antes de que Satanás nos golpee, como lo hará, con las dudas y apele a nuestros deseos carnales, y con la voz de la mentira nos diga que lo bueno es malo y que no hay pecado. Esas tormentas ya están arreciando y, hasta que el Salvador vuelva, no harán sino empeorar.

No importa cuánta fe en Dios tengamos ahora, será preciso fortalecerla continuamente y mantenerla fresca. Eso se hace al decidir en este momento ser más prestos para obedecer y tener mayor determinación para perseverar. Aprender a comenzar con tiempo y perseverar son las claves de la preparación espiritual, mientras que la postergación y la inconstancia son sus más mortíferos enemigos.

Permítanme sugerirles cuatro escenarios en los cuales practicar una obediencia rápida y firme. Uno es el mandamiento de deleitarse en la palabra de Dios. Otro es orar siempre. El tercero es el mandamiento de ser pagador de un diezmo íntegro. Y el cuarto es huir del pecado y de sus terribles efectos. Cada uno requiere fe para comenzar y luego perseverar, y en conjunto podrán fortalecer su capacidad para conocer y obedecer los mandamientos del Señor.

Ya contamos con la ayuda del Señor para comenzar. En agosto, el presidente Gordon B. Hinckley nos prometió lo siguiente si leíamos el Libro de Mormón de principio a fin antes de terminar el año: “Sin reservas les prometo que, si cada uno de ustedes sigue ese sencillo programa, sin tener en cuenta cuántas veces hayan leído antes el Libro de Mormón, recibirán personalmente y en su hogar una porción mayor del Espíritu del Señor, se fortalecerá su resolución de obedecer los mandamientos de Dios y tendrán un testimonio más fuerte de la realidad viviente del Hijo de Dios”3.

Ésa es la mismísima promesa del aumento de fe que precisamos para estar preparados espiritualmente; pero si demoramos el comienzo de la obediencia a esa invitación inspirada, el número de páginas que deberemos leer cada día será cada vez mayor. Si dejamos de leer aunque tan sólo sea por algunos días, aumentará el margen para el fracaso. Por eso decidí leer más de lo que había previsto para cada día a fin de poder optar a las bendiciones prometidas del espíritu de resolución y del testimonio de Jesucristo. Cuando diciembre llegue a su fin, habré aprendido a actuar en cuanto reciba un mandamiento de Dios y a perseverar en la obediencia.

Es más, al leer el Libro de Mormón, oraré para que el Espíritu Santo me ayude a saber lo que Dios espera de mí. De hecho, se nos promete que esta súplica tiene respuesta en el propio libro: “Deleitaos en las palabras de Cristo; porque he aquí, las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer”4.

Obedeceré sin dilación lo que me indique el Espíritu Santo al leer el Libro de Mormón y meditar en él. Cuando termine el proyecto en diciembre, habré tenido muchas experiencias que habrán fortalecido mi fe para ser obediente; así se fortalecerá mi fe. Y conoceré por propia experiencia el resultado que se obtiene al acudir a las Escrituras con tiempo y constancia para saber lo que Dios desea que yo haga y luego hacerlo. Si actuamos así, estaremos mejor preparados para cuando lleguen las tormentas rigurosas.

Entonces podremos elegir qué hacer después del 1º de enero. Podremos escoger suspirar aliviados y decirnos: “He almacenado una gran reserva de fe al haber comenzado con tiempo y perseverado en la obediencia. La conservaré para cuando me enfrente con las pruebas al llegar las tormentas”. Hay una manera mejor de prepararse, porque la gran fe caduca en breve si no se fortalece de continuo. Podríamos optar por seguir estudiando las palabras de Cristo en las Escrituras y las enseñanzas de los profetas vivientes. Eso es lo que voy a hacer. Retomaré la lectura del Libro de Mormón y beberé de él abundante y frecuentemente. Entonces me sentiré agradecido por lo que habrán hecho el reto y la promesa del profeta para enseñarme cómo tener más fe y conservarla.

La oración personal puede también incrementar nuestra fe para hacer lo que Dios nos mande. Se nos manda orar siempre para no ser vencidos. Parte de la protección que vamos a precisar consistirá en la intervención directa de Dios, pero la mayor parte de esa protección será el resultado de edificar nuestra fe para obedecer. Podemos orar diariamente para saber lo que Dios desea que hagamos. Podemos comprometernos a empezar a hacerlo de inmediato en cuanto recibamos la respuesta. Mi experiencia me dice que Él siempre contesta tales peticiones. Entonces debemos elegir obedecer. Sólo así edificaremos la fe suficiente para no ser vencidos, y tendremos la fe necesaria para regresar una y otra vez en busca de más instrucción. Cuando lleguen las tormentas, estaremos preparados para ir y hacer lo que mande el Señor.

El Salvador ejemplificó sobremanera la oración sumisa. Mientras efectuaba la Expiación en el huerto de Getsemaní, oró para que se hiciera la voluntad de Su Padre. Él sabía que la voluntad de Su Padre suponía el que Él hiciese algo tan doloroso y tan terrible que nosotros no podemos comprenderlo. Oró no sólo para aceptar la voluntad del Padre, sino para hacerla, mostrándonos así la manera de orar con una sumisión perfecta y resoluta.

El principio de ejercer fe con antelación y perseverancia se aplica también al mandamiento del pago del diezmo. No conviene aguardar hasta el ajuste anual de diezmos para decidir ser pagador de un diezmo íntegro; podemos decidirlo ahora. Lleva tiempo aprender a controlar nuestros gastos con fe en que lo que tenemos procede de Dios. Hace falta fe para pagar nuestro diezmo sin demora ni postergación.

Si decidimos ahora ser pagadores de un diezmo íntegro y somos firmes en su pago, recibiremos bendiciones durante todo el año y también en el momento del ajuste anual. Al decidir ahora mismo ser pagador de un diezmo íntegro, y gracias a nuestro empeño constante en obedecer, nuestra fe se verá fortalecida y, con el tiempo, nuestro corazón se ablandará. Es ese cambio en el corazón gracias a la expiación de Jesucristo, más que el hecho de entregar nuestro dinero o bienes, lo que posibilita al Señor prometer a los pagadores de un diezmo íntegro el recibir protección en los últimos días5. Podremos tener confianza en que seremos merecedores de esa bendición de protección si nos comprometemos ahora a pagar un diezmo íntegro y somos constantes al hacerlo.

Ese mismo poder de decidir con tiempo ejercer la fe y ser perseverantes en la obediencia se aplica a obtener la fe indispensable para resistir la tentación y recibir el perdón. El mejor momento para resistir la tentación es “anticipadamente”, mientras que el mejor momento para arrepentirse es “ahora”. El enemigo de nuestra alma pondrá pensamientos en nuestra mente para tentarnos. Decidamos con antelación ejercer la fe para expulsar los malos pensamientos antes de actuar llevados por ellos. También podemos decidir actuar con prontitud para arrepentirnos cuando pecamos antes de que Satanás debilite nuestra fe y nos atrape. Siempre es preferible buscar el perdón en el momento mismo a hacerlo posteriormente.

Cuando mi padre estaba postrado en el que sería su lecho de muerte, le pregunté si no creía que era el momento de arrepentirse y orar suplicando el perdón de cualquier pecado que tuviera sin haberlo resuelto con Dios. Puede que mis palabras le transmitieran la idea de que tal vez podría tener miedo a la muerte y al Juicio final, pero se limitó a reírse y me dijo: “Ah, no, Hal. Ya me he arrepentido por el camino”.

El decidir ahora ejercer la fe y perseverar en la obediencia, con el tiempo, será una fuente de gran fe y certeza. Ésa es la preparación espiritual que todos necesitaremos; y con ella estaremos preparados para recibir, en los momentos de crisis, la promesa del Señor: “Si estáis preparados, no temeréis”6.

Así será cuando nos enfrentemos con las tormentas de la vida y con la perspectiva de la muerte. Nuestro amoroso Padre Celestial y Su Hijo Amado nos han dado toda la ayuda posible para superar la prueba de la vida. Pero es indispensable decidir obedecer y luego hacerlo. Edificamos la fe para pasar las pruebas de la obediencia con el tiempo y por medio de las decisiones diarias. Podemos decidir ahora hacer sin dilación lo que Dios nos pida y también podemos decidir ser firmes y constantes en las pequeñas pruebas de obediencia que edifican la fe que precisamos para superar las grandes pruebas, que ciertamente vendrán.

Sé que ustedes y yo somos hijos de un Padre Celestial amoroso. Sé que Su Hijo Jesucristo vive y que Él es nuestro Salvador, y que pagó el precio de todos nuestros pecados. Él resucitó, y Él y nuestro Padre Celestial aparecieron al joven José Smith. Sé que el Libro de Mormón es la palabra de Dios y que fue traducido por el don y el poder de Dios. También sé que ésta es la Iglesia verdadera de Jesucristo.

Sé que por medio del Espíritu Santo podemos aprender lo que Dios desea que hagamos y testifico que Él puede darnos el poder de hacer lo que nos pida, cualesquiera que sean las pruebas que sobrevengan.

Ruego que escojamos obedecer al Señor con prontitud, siempre, tanto en los momentos de calma como en las tormentas. Si lo hacemos, nuestra fe se fortalecerá, hallaremos paz en esta vida y obtendremos la certeza de que nosotros y nuestras familias seremos merecedores de la vida eterna en el mundo venidero. Eso se lo prometo, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Abraham 3:24–25.

  2. 2 Nefi 10:23–25.

  3. “Un testimonio vibrante y verdadero”, Liahona, agosto de 2005, pág. 6.

  4. 2 Nefi 32:3.

  5. Véase D. y C. 64:23.

  6. D. y C. 38:30.