Como superar las barreras idiomaticas

Por Melissa Merrill

Revistas de la Iglesia

Por todo el mundo hay miembros que oran al Señor en busca de las formas de comunicarse con sus hermanos y hermanas en el Evangelio.

Cuando Kazue Horikami era joven y se trasladó de Japón, su tierra natal, a Hawai, no tuvo necesidad de aprender inglés: en su casa hablaba en japonés, hacía las compras en una zona donde había gran concentración de japoneses y después empezó a trabajar como guía de turistas japoneses. El único lugar donde a veces encontraba una barrera idiomática era en la Iglesia, algo que les sucedía a muchos otros Santos de los Últimos Días. Sin embargo, incluso allí se sintió a gusto después de hacer amistad con tres o cuatro hermanas que hablaban la misma lengua que ella.

Pero, después de veinticinco años de vivir en Hawai, la hermana Horikami fue llamada para ser presidenta de la Sociedad de Socorro de su barrio, una perspectiva que la abrumaba. “La mayoría de las hermanas hablaba sólo inglés, y había algunas que hablaban únicamente samoano o tagalo”, comenta. “En aquellos días, yo ya podía entender otros idiomas bastante bien, pero no sentía confianza al hablarlos. Aunque comprendía la mayor parte de lo que mis hermanas decían, pensaba en cómo sería posible prestarles servicio si ni siquiera podía mantener una conversación con ellas”.

Sabía que no tenía la alternativa de tomar lecciones de idiomas, porque sencillamente no contaba con el tiempo. Durante la entrevista de la recomendación para el templo con el presidente de la estaca le expresó su preocupación. “Le dije que sentía inquietud no sólo ante la responsabilidad, sino también por la posibilidad de que hubiera malos entendidos”, dice. El presidente se quedó pensativo, reflexionando, y luego le respondió que no se preocupara por la cuestión de los idiomas, por lo menos por el momento. “Dedíquese a su tarea lo mejor que pueda”, le dijo, y ella le prometió que lo haría.

A los pocos días, mientras la hermana se hallaba en el templo, le vino a la memoria el relato de Pedro, cuando caminó sobre el agua (véase Mateo 14:22–33). “Me di cuenta de que mientras me aferrara al temor, me hundiría”, comenta; “pero que si ponía mi fe en el Salvador, Él me ayudaría a hacer lo imposible”.

”Lo imposible” comenzó con intentos sencillos pero esforzados. La hermana Horikami menciona que pasaba largos ratos estudiando la lista de miembros de la Sociedad de Socorro. “Al examinar uno por uno los nombres de las hermanas, me daba cuenta de que se me ocurrían ideas sobre esa hermana en particular y sentía impresiones de la mejor manera de prestarle servicio. Después, cuando seguía esas impresiones, me asombraba al descubrir cuán específicas y personales eran.

“Así fue como comencé”, continúa. “Al cabo de varios meses, esos pequeños actos se convirtieron en lazos de cuidado y atención, no sólo de mí hacia ellas, sino también de ellas hacia mí”.

Finalmente, la hermana Horikami aprendió inglés, pero se apresura a asegurar que lo que la ayudó a prestar servicio fue el Espíritu, no su capacidad para aprender idiomas. “Aprendí que el Espíritu no está limitado por el idioma”, afirma, “sino que nos habla a todos de manera que podamos entender”.

Tal como ella, miembros de la Iglesia por todo el mundo han experimentado la frustración y el aislamiento que traen consigo las barreras idiomáticas. Pero, como la hermana Horikami, ellos y sus líderes pueden acudir al Señor en busca de ayuda. Las ideas que se ofrecen a continuación para superar la barrera del idioma provienen de miembros y líderes de todas partes del mundo.

Aceptemos el concepto de que el idioma es secundario

En la Estaca de Francfort, Alemania, cuyos miembros provienen de más de ochenta naciones, la dificultad en superar las barreras idiomáticas es un hecho con el que están familiarizados. Pero el idioma, según dice Axel Leimer, Presidente de la estaca, es de importancia secundaria.

El presidente Leimer, cuya familia no sabía alemán cuando se mudaron a Francfort, comenta que sus hijos y los de otras familias son tal vez el mejor ejemplo de esa realidad. “Nunca los desanimó el hecho de no entenderse los unos con los otros”, dice, “y de todos modos jugaban con los demás niños. Para ellos, la diferencia de idiomas no tenía ninguna importancia; todavía no habían aprendido a tener prejuicios ni temores”.

Por otra parte, agrega que los muchos matrimonios misioneros extranjeros que prestan servicio en llamamientos de los barrios de la estaca tampoco se sienten intimidados por las diferencias idiomáticas. “Muchos de ellos no hablan alemán, pero traen consigo una vasta experiencia para sus asignaciones, y sus contribuciones son considerables”, dice. “Las hermanas han prestado servicio en la guardería, en clases de la Primaria y como bibiliotecarias, incluso organizaron una biblioteca donde nunca había habido una; y algunos de los hermanos han sido líderes de grupo de los sumos sacerdotes, secretarios financieros y maestros orientadores. Participan en las clases (y alguien traduce sus comentarios) y a veces hasta enseñan.

“Muchas veces, todo lo que la gente necesita es la base común del Evangelio”, continúa el presidente Leimer. “He observado en los pasillos a personas que conversan, a pesar de que ninguna de las dos habla el idioma de la otra; pero de algún modo encuentran la forma de comunicarse. Cualquiera que sea el idioma, es posible comunicar los asuntos importantes: ‘Amo al Señor. Mis hermanos y hermanas son importantes para mí. Estoy aquí para ayudarles’”.

Contribuyamos a que las personas se sientan a gusto

En muchos casos, los barrios y las ramas pueden hacer arreglos de modo que las personas se sientan a gusto. Por ejemplo, en el Barrio McCully, de la Estaca Honolulú, Hawai, las clases de la Escuela Dominical se enseñan en ocho idiomas diferentes (trukés, inglés, japonés, coreano, marshalés, pohnpeiano, español y tagalo) a fin de que la mayoría de los miembros escuche el Evangelio en su propia lengua. Más aún, aquellos a quienes se llama para orar en la reunión sacramental o en las clases lo hacen en su idioma natal si no están preparados para orar en el idioma que habla la mayoría de los miembros.

Mientras que las clases separadas de la Escuela Dominical cumplen una función importante, en el Barrio McCully también se trata de planear actividades que brinden a todos un sentido de unidad. Hay presentaciones periódicas, como un festival anual de comida internacional, programas culturales de la Mutual, un coro micronesio (además del coro del barrio) y una noche trimestral “ohana” (de familia) de todo el barrio, con las que se celebran los patrimonios culturales de los miembros y se destaca el legado espiritual que tienen en común.

”Todos somos hijos de nuestro Padre Celestial”, dice Marlo López, obispo del Barrio McCully. “En Sus ojos no hay distinción de raza ni de idiomas. El amor de Dios es para todos y nosotros sólo somos Sus instrumentos para enseñar esa verdad”.

Adoptemos las costumbres del lugar donde vivamos

Aunque muchas personas desean conservar la habilidad de hablar su propio idioma y los elementos nobles de su cultura, los miembros también se benefician al aprender el idioma y la cultura del lugar en el que vivan. Ésta es una idea que promueve Eric Malandain, Presidente de la Estaca París Este, Francia, que incluye miembros de todo el mundo. “Generalmente, los líderes aconsejan a los miembros que viven aquí que aprendan francés”, dice, “pues eso les ayudará a mejorar desde el punto de vista profesional, personal y espiritual”.

A los miembros de la Estaca San Francisco Oeste, California, también se les exhorta a desarrollar sus habilidades idiomáticas. Además de los barrios de habla inglesa, la estaca tiene tres unidades de otros idiomas (chino, samoano y tagalo) para que los miembros que los hablan aprendan el Evangelio en su propia lengua; por otra parte, los líderes de la estaca y de los barrios los alientan a participar en grupos para aprender conversación. Los grupitos se juntan dos veces por semana y practican el inglés básico; las lecciones se concentran en la enseñanza de frases como “¿Por dónde se va al hospital?” o “¿Dónde está la parada del autobús?”. Y puesto que muchos de los miembros de la estaca son los primeros de su familia en convertirse a la Iglesia, también reciben algunas lecciones en inglés sobre temas del Evangelio, como la oración o la forma de dirigir la noche de hogar.

“El asunto del idioma es un problema importante para nosotros”, explica Ronald Dillender, Presidente de la estaca, “pero nos esforzamos por resolverlo y vamos mejorando poco a poco. Seguiremos trabajando en ello, enseñando, dando a los miembros acceso a toda conferencia de estaca, a todo espectáculo de talentos, a toda reunión de capacitación, a todas las funciones. Queremos que todos reciban el beneficio total de lo que la Iglesia y el Evangelio tienen para ofrecer. Eso es extremadamente importante”.

Trabajemos juntos

El presidente Brent Olson, de la Estaca Filadelfia, Pensylvania, comenta que las diferencias de idioma presentan muchos obstáculos en diversos aspectos, desde llevar a cabo una entrevista de recomendación para el templo hasta traducir discursos y oraciones en la reunión sacramental. El hecho de adoptar una actitud amable y tolerante ha sido de gran beneficio para los miembros de la estaca.

El presidente Olson agrega: “Tenemos un lema que solemos repetir en nuestra estaca: quienquiera que entre por las puertas de la capilla ha sido enviado por el Señor. Al adoptar esa actitud de aceptación, nos damos cuenta de que el empeño que pongamos en contribuir para que alguien participe no es una carga; es simplemente vivir el Evangelio”.

Aunque se puede decir que el Barrio Clendon, de la Estaca Manurewa Auckland, Nueva Zelanda, es una unidad de habla inglesa, hay miembros que hablan maorí, niueano, samoano, tongano, algunos dialectos locales y varios otros que se hablan en las Islas Cook. Los líderes del barrio tratan de ser como el Buen Pastor, que conoce a cada uno en Su rebaño, “sea cual sea el idioma que hable”, dice el obispo Hans Key.

Por ejemplo, al considerar las asignaciones de orientación familiar y de maestras visitantes y orar al respecto, se pueden formar algunos pares de compañeros con un hermano que hable sólo su lengua natal y otro que hable ésta y también inglés. Al trabajar juntos en la orientación familiar, el primero puede ir aprendiendo inglés y, más adelante, quizás acepte la asignación de hablar en una reunión sacramental.

Reconozcamos que el Señor nos habilita para Su obra

A los veintiún años, Francisco Ayres Hermenegildo se convirtió a la Iglesia en Río de Janeiro, Brasil, su ciudad natal, y más tarde cumplió una misión en São Paulo. Después que él y su esposa, Kallya, se casaron, en 2002 se mudaron a Sydney, Australia. En 2006 lo llamaron para ser presidente de la Rama Hyde Park, de jóvenes adultos solteros. El presidente Hermenegildo se sintió abrumado no sólo porque todavía estaba aprendiendo a hablar en inglés, sino también porque los miembros de la rama provenían de más de diez países y muchos estaban, como él, también en el proceso de aprenderlo.

“La verdad es que nos sentimos ineptos cuando nos llamaron para que nos encargáramos de la Rama Hyde Park”, comenta. “La barrera del idioma nos parecía enorme y oramos para suplicar la ayuda del Señor. Pero estoy aprendiendo que el Señor inspira, habilita y fortalece a aquellos que están embarcados en la edificación de Su reino”.

Aparte de reconocer la guía que el Señor le da, el presidente Hermenegildo la ve además en la vida de los miembros de la rama, muchos de los cuales son, como él, los primeros de su familia en convertirse a la Iglesia.

“Cada uno de nosotros ha sido conducido aquí en esta época de nuestra vida por una razón”, dice; y explica que todos los miembros tienen la oportunidad de que su testimonio aumente, de prestar servicio en llamamientos y de compartir el mensaje del Evangelio con amigos y seres queridos.

“Creemos que las profecías relacionadas con el hecho de que el Evangelio cubriría la tierra se están cumpliendo”, agrega. “Los miembros de la rama son y serán líderes adondequiera que vayan en el mundo. Es un gran privilegio el preparar a esos líderes, que es lo que hacemos cada vez que enseñamos y alentamos a los miembros de la rama”.

Seamos uno en corazón y en voluntad

“Creo que el servicio que prestamos y la labor que realizamos en un barrio que tiene tanta diversidad de culturas e idiomas es una bendición y no una dificultad”, dice el obispo Hans Key, del Barrio Clendon. “Dios confundió las lenguas de la gente durante la construcción de la Torre de Babel, pero nosotros podemos empeñarnos en alcanzar lo que la ciudad de Enoc logró: ser uno en corazón y voluntad y vivir en rectitud” (véase Génesis 11:1–9; Moisés 7:18).

El presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008) también puso énfasis en esa unidad cuando dijo: “Nos hemos convertido en una gran Iglesia mundial y ahora es posible que la gran mayoría de nuestros miembros participe… como una gran familia, que habla muchos idiomas, que se encuentra en muchas tierras, pero que son todos de una fe, una doctrina y un bautismo”..

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¿No somos todos mendigos?

Por el élder Jeffrey R. Holland

Del Quórum de los Doce Apóstoles

Ricos o pobres, debemos “hacer lo que podamos” cuando los demás tienen necesidad.

Qué nuevo aspecto tan maravilloso se ha introducido a nuestra conferencia general. Bien hecho Eduardo.

Durante el que sería el momento más asombroso de Su ministerio terrenal, Jesús se puso de pie en Su sinagoga de Nazaret y leyó las siguientes palabras que profetizó Isaías y que se registraron en el Evangelio de Lucas: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos y… a poner en libertad a los quebrantados”1.

Así fue como el Salvador hizo el primer anuncio público de Su ministerio mesiánico. Aunque en este versículo también dejó claro que, en el recorrido hacia Su máximo sacrificio expiatorio y Resurrección, Su primer y más importante deber mesiánico sería bendecir a los pobres, incluso a los pobres de espíritu.

Desde el comienzo de Su ministerio, Jesús amó a los pobres y a los desfavorecidos de manera extraordinaria. Nació dentro del hogar de dos de ellos y creció entre muchos más de ellos. Desconocemos los detalles de Su vida temporal, pero una vez dijo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves… nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza”2. Aparentemente, el Creador de los cielos y la Tierra, y de “todo cuanto en ellos hay”3, era, al menos de adulto, una persona sin hogar.

A lo largo de la historia, la pobreza ha sido uno de los mayores y más extendidos problemas de la humanidad. Su costo más evidente suele ser físico, pero el daño espiritual y emocional que genera podría ser aún más debilitador. En todo caso, el llamado más persistente que jamás haya hecho el gran Redentor es el de sumarnos a Él para levantar esa carga de las personas. Siendo Jehová, dijo que juzgaría duramente a la casa de Israel porque “el despojo del [necesitado] está en vuestras casas”.

“¿Qué intentáis”, clamó, “vosotros que trituráis a mi pueblo y moléis la cara de los pobres?”4.

El autor de Proverbios aclaró este punto con más agudeza: “El que oprime al pobre afrenta a su Hacedor”, y “el que cierra su oído al clamor del pobre también clamará y no será oído”5.

En nuestra época, la Iglesia restaurada de Jesucristo aún no había cumplido un año cuando el Señor mandó a los miembros a “[atender] a los pobres y a los necesitados, y [suministrarles] auxilio a fin de que no sufran”6. Presten atención al tono imperativo del final: “que no sufran”. Ése es el tono de Dios cuando habla seriamente.

Dada la monumental labor de abordar la desigualdad en el mundo, ¿qué puede hacer un hombre o una mujer? El Maestro mismo ofreció una respuesta. Cuando antes de ser traicionado y crucificado, María ungió la cabeza de Jesús con un ungüento muy caro para ungir difuntos, Judas Iscariote se quejó de esta extravagancia y “[murmuró] contra ella”7.

Jesús dijo:

“¿por qué la molestáis? Buena obra me ha hecho…

“Ella ha hecho lo que podía”8.

¡Ella ha hecho lo que podía! ¡Qué fórmula más sucinta! En cierta ocasión un periodista le preguntó a la Madre Teresa de Calcuta sobre su imposible tarea de rescatar a los destituidos de aquella ciudad; le dijo que, estadísticamente hablando, ella no estaba logrando nada. Aquella mujer pequeña y extraordinaria le contestó que su obra era una obra de amor, no de estadísticas. A pesar de la gran cantidad de personas que estaban lejos de su alcance, dijo que ella podía observar el mandamiento de amar a Dios y a su prójimo al servir a los que estaban a su alcance con cualquier recurso que tuviera. “Lo que hacemos es tan solo una gota en el océano”, dijo en otra ocasión. “Pero si no lo hiciéramos, el océano tendría una gota menos”9. De manera sensata, el periodista concluyó que el cristianismo no era, obviamente, una labor estadística. Razonó que si había más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve que no necesitan del arrepentimiento, entonces era evidente que Dios no estaba sumamente preocupado por los porcentajes10.

De modo que, ¿cómo es posible “hacer lo que podamos”?.

Por un lado podemos, como enseñó el rey Benjamín, dejar de retener nuestros medios por creer que los pobres han traído su miseria sobre sí. Puede que algunos sean los causantes de sus propias dificultades, pero ¿acaso no sucede exactamente lo mismo con el resto de nosotros? ¿No es por eso por lo que este rey caritativo pregunta: “No somos todos mendigos?”11. ¿No clamamos todos por ayuda, esperanza y respuestas a nuestras oraciones? ¿No pedimos perdón por los errores que hemos cometido y los problemas que causamos? ¿Acaso no imploramos todos que la gracia compense nuestras debilidades y la misericordia triunfe sobre la justicia, al menos en nuestro caso? No nos extrañe que el rey Benjamín diga que obtenemos una remisión de nuestros pecados al suplicar a Dios, quien responde de manera compasiva, mas retenemos la remisión de nuestros pecados cuando respondemos, también de manera compasiva, al pobre que nos suplica a nosotros12.

Además de obrar de manera misericordiosa hacia ellos, también deberíamos orar por los necesitados. Un grupo de zoramitas, a quienes sus congéneres consideraban como la “hez” y la “escoria”, esas son palabras de las Escrituras, fueron expulsados de sus casas de oración “a causa de la pobreza de sus ropas”. Mormón dice que eran “pobres en cuanto a [las] cosas del mundo, y también eran pobres de corazón”13, dos condiciones que casi siempre van juntas. Los misioneros Alma y Amulek contrarrestan ese rechazo reprensible de los mal vestidos diciéndoles que cualquiera que sea el privilegio que se les niegue, ellos siempre podrán orar: en sus campos, en sus casas, en sus familias y en el corazón14.

Pero entonces Amulek le dice a este grupo que habían sido rechazados: “Si después de haber [orado], volvéis la espalda al indigente y al desnudo, y no visitáis al enfermo y afligido, y si no dais de vuestros bienes, si los tenéis, a los necesitados, os digo que… vuestra oración es en vano y no os vale nada, y sois como los hipócritas que niegan la fe”15. Qué recordatorio tan deslumbrante de que, ricos opobres, debemos “hacer lo que podamos” cuando los demás tienen necesidad.

Antes de que se me acuse de proponer programas sociales globales quijotescos, o de respaldar el mendigar como una industria en auge, les aseguro que mi reverencia hacia los principios del trabajo, el ahorro, la autosuficiencia y la ambición es tan sólida como la de cualquier hombre o mujer. Siempre se espera de nosotros que nos ayudemos a nosotros mismos antes de procurar la ayuda de los demás. Es más, no sé exactamente cómo cada uno de ustedes deben cumplir con su obligación hacia aquellos que no siempre pueden o no saben cómo ayudarse a sí mismos; pero sí sé que Dios lo sabe y que Él los ayudará y guiará hacia actos caritativos de discipulado si, de manera diligente, desean, oran y buscan la manera de cumplir con un mandamiento que Él nos ha dado una y otra vez.

Observen que estoy hablando de necesidades sociales complejas que van más allá de a los miembros de la Iglesia. Afortunadamente, la manera que tiene el Señor de ayudar a los nuestros es más sencilla: todo el que tenga capacidad física debe observar la ley del ayuno. Isaías escribió:

“¿No es más bien el ayuno que yo escogí?…

“¿Que compartas tu pan con el hambriento y a los pobres errantes alojes en tu casa?… ¿Que cuando veas al desnudo, lo cubras?… ¿Soltar las cargas de opresión, y dejar libres a los quebrantados?”16.

Testifico de los milagros, tanto espirituales como temporales, que reciben quienes viven la ley del ayuno. Testifico de los milagros que he recibido yo. Verdaderamente, como escribió Isaías, he clamado en mi ayuno más de una vez y realmente Dios me ha respondido: “Heme aquí”17. Aprecien ese sagrado privilegio, al menos mensualmente, y sean tan generosos como sus circunstancias lo permitan con las ofrendas de ayuno y con otras donaciones humanitarias, educativas y misionales. Les prometo que Dios será generoso con ustedes, y las personas que reciban alivio de sus manos les llamarán bienaventurados para siempre. El año pasado más de 750.000 miembros de la Iglesia recibieron ayuda a través de las ofrendas de ayuno administradas por fieles obispos y presidentas de la Sociedad de Socorro. Eso significa una gran cantidad de Santos de los Últimos Días agradecidos.

Hermanos y hermanas, un sermón así exige que reconozca abiertamente las bendiciones interminables e inmerecidas de mi vida, tanto temporales como espirituales. Al igual que ustedes, de vez en cuando he tenido que velar por mis finanzas, pero nunca he sido pobre, ni sé cómo se siente un pobre. Es más, desconozco las razones de por qué las circunstancias del nacimiento, la salud o las oportunidades educativas y económicas varían tanto en esta vida. Pero cuando veo tanta necesidad en muchas personas, sé que “por la gracia de Dios he sido preservado”18. También sé que aun cuando tal vez no sea el guarda de mi hermano, soy el hermano de mi hermano, y “por eso quiero dar también, según tu voz”19.

En este sentido rindo un tributo personal al presidente Thomas Spencer Monson. Hace 47 años que he tenido la bendición de conocer a este hombre, y la imagen de él que atesoraré hasta que muera es él volando de regreso a casa en pantuflas procedente, en ese entonces, de una devastada Alemania Oriental porque no sólo había regalado su segundo traje y sus otras camisas, sino también los zapatos que llevaba puestos. “¡Cuán hermosos son sobre los montes [y que se arrastran por una terminal de aeropuerto] los pies del que trae buenas nuevas, del que publica la paz”20. Más que ningún otro hombre que yo conozca, el presidente Monson “ha hecho lo que ha podido” por la viuda y el huérfano de padre, por los pobres y los oprimidos.

En 1831, el profeta José Smith recibió una revelación en la que el Señor le dijo que un día los pobres verían el reino de Dios viniendo a liberarlos en “poder y gran gloria”21. Ruego que podamos ayudar a cumplir con esa profecía y bajo el poder y la gloria de nuestra membresía en la Iglesia verdadera de Jesucristo hacer lo posible por liberar a quienes podamos de la pobreza que los tiene cautivos y destruye muchos de sus sueños, lo ruego en el misericordioso nombre de Jesucristo. Amén.

Referencias

  1. Lucas 4:18.

  2. Mateo 8:20.

  3. 2 Nefi 2:14; 3 Nefi 9:15.

  4. Isaías 3:14–15.

  5. Proverbios 14:31; 21:13.

  6. Doctrina y Convenios 38:35.

  7. Véase Marcos 14:3–5; véase también Mateo 26:6–9; Juan 12:3–5.

  8. Marcos 14:6, 8; cursiva agregada.

  9. Mother Teresa of Calcutta, My Life for the Poor, ed. José Luis González-Balado and Janet N. Playfoot, 1985, pág. 20.

  10. Véase Malcolm Muggeridge, Something Beautiful for God, 1986, págs. 28–29, 118–119; véase también Lucas 15:7.

  11. Mosíah 4:19.

  12. Véase Mosíah 4:11-12, 20, 26.

  13. Alma 32:2–3.

  14. Véase Alma 34:17–27.

  15. Alma 34:28; cursiva agregada.

  16. Isaías 58:6–7.

  17. Isaías 58:9.

  18. Atribuido a John Bradford, véase The Writings of John Bradford, ed. Aubrey Townsed, xliii.

  19. “Tú me has dado muchas bendiciones, Dios”, Himnos, Nº 137 © Harper San Francisco.

  20. Isaías 52:7.

  21. Doctrina y Convenios 56:18–19; véase también versículo 19.