Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde

Por el élder Bradley D. Foster

De los Setenta

Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para dirigir, guiar y caminar al lado de nuestros hijos, ya que las familias son eternas.

Hermanos y hermanas, estamos en batalla con el mundo. En el pasado, el mundo competía por acaparar la energía y el tiempo de nuestros hijos; actualmente lucha por apoderarse de su identidad y su mente. Muchas voces potentes y prominentes procuran definir quiénes son nuestros hijos y lo que deben creer. No podemos permitir que la sociedad transforme a nuestra familia a la imagen del mundo. Debemos ganar esta batalla, todo depende de ello.

Los niños de la Iglesia entonan una canción que les enseña acerca de su verdadera identidad: “Soy un hijo de Dios; Él me envió aquí. Me ha dado un hogar y padres”. Entonces, los niños nos ruegan: “Guíenme; enséñenme… para que algún día yo con Él pueda vivir”.

El presidente Russell M. Nelson nos enseñó en la última conferencia general que de aquí en adelante deberemos estar dedicados a una “crianza con propósito”. Nos encontramos en tiempos peligrosos, pero la buena noticia es que Dios sabía que así sería y nos ha proporcionado consejo en las Escrituras para que sepamos cómo ayudar a nuestros hijos y a nuestros nietos.

En el Libro de Mormón, el Salvador se apareció a los nefitas y reunió a sus niños pequeños a Su alrededor. Los bendijo, oró por ellos y lloró pensando en ellos. Entonces le dijo a los padres: “Mirad a vuestros pequeñitos”.

La palabra mirad conlleva aquí tanto mirar como ver. ¿Qué quería Jesús que los padres vieran en sus pequeñitos? ¿Deseaba que captaran una perspectiva de su potencial divino?

Al mirar a nuestros hijos y a nuestros nietos hoy, ¿qué desea el Salvador que veamos en ellos? ¿Nos damos cuenta de que nuestros hijos son el mayor grupo de investigadores de la Iglesia? ¿Qué debemos hacer para lograr su conversión duradera?

En el libro de Mateo, el Salvador nos enseña acerca de la conversión duradera. Un gran grupo de personas se había reunido cerca del Mar de Galilea para escucharlo enseñar.

En esa ocasión, Jesús contó una historia acerca de plantar semillas, la parábola del Sembrador. Al explicársela a Sus discípulos, y con ello también a nosotros, dijo: “Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo y arrebata lo que fue sembrado en su corazón”. El mensaje para los padres es claro: existe una diferencia entre oír y comprender. Si nuestros hijos solo oyen pero no comprenden el Evangelio, entonces la puerta queda abierta para que Satanás retire estas verdades de su corazón.

No obstante, si podemos ayudarles a echar las raíces de una conversión profunda, entonces, en los momentos difíciles, cuando la vida se ponga dura, porque así será, el evangelio de Jesucristo les dará algo interior en lo que nada externo puede influir. ¿Cómo podemos asegurarnos de que estas poderosas verdades no se limiten a entrar por un oído y salir por el otro? El escuchar palabras quizás no sea suficiente.

Todos sabemos que las palabras evolucionan. A veces usamos palabras que ellos no entienden. Quizá le digan a sus hijos jóvenes: “Suenas como un disco rayado” y ellos probablemente les respondan: “Papá, ¿qué es un disco?”.

Nuestro Padre Celestial desea que tengamos éxito, porque, en definitiva, ellos fueron Sus hijos antes de ser nuestros. Como padres en Sion, ustedes han recibido el don del Espíritu Santo. Al orar para recibir guía, les “mostrará todas las cosas que [deben] hacer” cuando enseñen a sus hijos. A medida que establezcan procesos de aprendizaje, “el poder del Espíritu Santo lo lleva al corazón de los hijos de los hombres”

No se me ocurre ningún ejemplo mejor de cómo ayudar a alguien a adquirir entendimiento que la historia de Helen Keller. Era ciega y sorda y vivía en un mundo oscuro y silencioso. Una maestra llamada Anne Sullivan vino a ayudarla. ¿Cómo enseñarían a un niño que ni siquiera puede verles ni oírles?

Durante mucho tiempo, Anne luchó por comunicarse con Helen. Un día, más o menos al mediodía, la llevó a la bomba hidráulica. Le colocó una de las manos bajo el conducto y comenzó a bombear agua. Entonces, Anne deletreó la palabra A-G-U-A escribiéndola en la otra mano de Helen. No sucedió nada, así que lo intentó de nuevo. A-G-U-A. Helen apretó la mano de Anne porque comenzó a entender. Al llegar la noche, había aprendido treinta palabras. En cuestión de meses, había aprendido seiscientas palabras y era capaz de leer en braille. Helen Keller llegaría a obtener un diploma universitario y contribuyó a cambiar el mundo para las personas invidentes y sordas. Aquello fue un milagro y su maestra fue quien lo realizó, así como ustedes padres, también lo harán.

Vi los resultados de otro gran maestro mientras yo prestaba servicio como presidente de una estaca de adultos solteros en BYU–Idaho. Aquella experiencia me cambió la vida. Un martes por la tarde, entrevisté a un joven llamado Pablo, de la Ciudad de México, quien deseaba servir en una misión. Le pregunté acerca de su testimonio y su deseo de servir. Sus respuestas a mis preguntas fueron perfectas. Después le pregunté acerca de su dignidad. Sus respuestas fueron exactas. Lo cierto es que eran tan buenas que me pregunté: “Quizá no comprenda lo que le estoy preguntando”; así que reformulé las preguntas y determiné que sabía exactamente lo que yo quería decir y que era completamente sincero.

Me impresionó tanto este joven que le pregunté: “Pablo, ¿quién lo ayudó a llegar a este punto de su vida, en el que es tan recto ante el Señor?”.

Él respondió: “Mi padre”.

Entonces le dije: “Pablo, cuénteme su historia”.

Pablo prosiguió: “Cuando tenía nueve años, mi padre me dijo: ‘Pablo, un día yo también tuve nueve años. Estas son algunas cosas que te pueden suceder: verás a personas hacer trampa en la escuela; puede que encuentres personas que digan palabrotas; probablemente tengas días cuando no quieras ir a la Iglesia. Cuando suceda eso —o cualquier otra cosa que te perturbe— quiero que vengas y hables conmigo y te ayudaré a superarlas. Después te diré otras cosas que podrían suceder’”.

“Entonces, Pablo, ¿qué te dijo cuando tenías diez años?”.

“Bueno, me advirtió en cuanto a la pornografía y los chistes vulgares”.

“¿Y cuando tenías once?”, le pregunté.

“Me advirtió sobre cosas que podían ser adictivas y me recordó que debía utilizar mi albedrío”.

Este era un padre que, año tras año, “línea sobre línea, un poquito allí, otro poquito allá”, ayudaba a su hijo no solamente a oír, sino también a comprender. El padre de Pablo sabía que los niños aprenden cuando están listos para aprender, no cuando nosotros estamos listos para enseñarles. Me sentí orgulloso de Pablo cuando enviamos su recomendación misional aquella tarde, pero me sentí incluso más orgulloso de su padre.

Mientras manejaba a casa aquella noche, me pregunté: “¿Qué clase de padre será Pablo?”. La respuesta fue clara y cristalina: será exactamente como su padre. Jesús dijo: “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre”. Este es el modelo de cómo el Padre Celestial bendice a Sus hijos de generación en generación.

Al pensar en mi experiencia con Pablo, me sentí triste porque mis cuatro hijas eran mayores, y los nueve nietos que tenía entonces no vivían cerca. Luego pensé: “¿Cómo podría ayudarles de la manera en que el padre de Pablo lo ayudó a él? ¿Había pasado demasiado tiempo?”. Al ofrecer una oración en el corazón, el Espíritu susurró esta profunda verdad: “Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para comenzar ese importante proceso”. Supe inmediatamente lo que eso significaba y no veía la hora de llegar a casa. Le pedí a mi esposa, Sharol, que llamara a todos nuestros hijos y les dijera que necesitábamos conversar con ellos; tenía algo muy importante que decirles. Mi urgencia los sorprendió un poco.

Comenzamos con nuestra hija mayor y su esposo; les dije: “Tu madre y yo queremos que sepan que un día tuvimos la edad de ustedes. Tuvimos 31 años, con una pequeña familia. Tenemos una idea de lo que podrían afrontar. Tal vez sean problemas financieros o de salud; quizá sea una crisis de fe o que se vean abrumados por la vida. Cuando esas cosas sucedan, queremos que vengan y hablen con nosotros y les ayudaremos a superarlas. No es que queramos interferir en sus asuntos, pero deseamos que sepan que siempre estamos a su disposición. Aprovechando que estamos juntos, quiero contarles de una entrevista que tuve con un joven llamado Pablo”.

Tras contar la experiencia, les dije: “No queremos que pierdan la oportunidad de ayudar a sus hijos y a nuestros nietos a comprender estas verdades importantes”.

Hermanos y hermanas, ahora me doy cuenta de una manera más significativa lo que el Señor espera de mí como padre y como abuelo a la hora de establecer un proceso para ayudar a mi familia no solamente a oír, sino a comprender.

A medida que envejezco, me hallo reflexionando en estas palabras:

Oh tiempo, oh tiempo, vuelve hacia atrás,

¡y haz que sean mis niñitos solo una vez más!.

Sé que no puedo hacer retroceder el tiempo, pero ahora sí sé esto: que nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para dirigir, guiar y caminar al lado de nuestros hijos, ya que las familias son eternas.

Es mi testimonio que nuestro Padre Celestial nos amó tanto que envió a Su Hijo Unigénito para que viviera como ser mortal a fin de que Jesús pudiera decirnos: “He estado donde tú estás, sé qué sucederá después y te ayudaré a superarlo”. Sé que Él lo hará. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Criar a nuestro hijo en sociedad con Dios.

Cuando aprendí a utilizar los recursos espirituales que tenía disponibles, recibí un caudal de ideas de formas de ayudar a mi hijo y afrontar mejor mi propia prueba.

Mi visión de la paternidad contemplaba niños que se comportaban a la perfección y que siempre estaban hermosamente vestidos y nunca se ensuciaban. No tardé en darme cuenta de que la imagen que atesoraba era una fantasía. He aprendido a aceptar el desorden de mi casa y las narices sucias porque sé que vienen acompañados de las bendiciones más asombrosas que jamás podría tener; pero lo que nunca podría haber imaginado fue la lucha que afrontaría mientras criaba a mis hijos, en especial a mi hijo Brad.

Brad llegó a esta vida con la inocencia de todos los niños, pero no tardamos en darnos cuenta de que era diferente. No podía ir a la guardería sin que mi esposo o yo lo acompañáramos porque era demasiado agresivo. A medida que crecía y jugaba con otros niños, necesitaba supervisión constante. Cuando buscamos ayuda, nos dijeron que simplemente debíamos ser más constantes con él. Hicimos todo lo que se nos ocurrió: buscamos en internet, leímos libros sobre la crianza de los hijos y consultamos a médicos y familiares. Finalmente, cuando Brad comenzó la escuela le diagnosticaron trastorno por déficit de atención con hiperactividad, o TDAH, así como una serie de otros problemas.

Por primera vez sentimos que teníamos esperanza. Ahora que teníamos un diagnóstico podíamos comenzar un tratamiento. Teníamos la esperanza de que Brad reaccionara bien a un medicamento que había ayudado a otras personas. Lamentablemente, el comportamiento de Brad con ese medicamento fue peor que sin él, por lo que tuvo que dejar de tomarlo. Sentí que mi última pizca de esperanza desaparecía.

Un día, cuando Brad tenía seis años, afronté una de sus muchas rabietas diarias. Quería rendirme. Fui a mi habitación para tener un momento para mí, mientras las lágrimas surcaban mis mejillas. Oré en busca de la fuerza para afrontar la rutina para la hora de dormir que estaba por comenzar. ¿Cómo podía seguir haciendo esto, día tras día? Sentía que me hallaba más allá de lo que podía soportar. ¿Comprendía el Padre Celestial lo difícil que era? Si en verdad me amaba, razoné, Él quitaría esta carga de mí y le daría a mi hijo una vida normal. Esos pensamientos y sentimientos me inundaron mientras la prueba que sobrellevaba parecía empeorar en vez de mejorar.

La verdadera naturaleza de las pruebas

Yo pensaba que comprendía las pruebas. Se suponía que debíamos atravesarlas como una olla que se calienta en el horno. Debíamos entrar y salir del fuego, y luego la vida volvería a la normalidad hasta la próxima ronda de calentamiento y templado; pero yo había tenido esta prueba por años, y no desaparecía. Sentía que el peso me hundía, y el sentimiento de impotencia hizo que me arrodillara.

Supe entonces que el lugar al que debía ir para recibir consuelo y comprensión era el templo. Por inspiración, comprendí que no elegimos qué pruebas tenemos en la vida ni cuánto duran. Lo que podemos controlar es la forma en que pensamos y actuamos cuando vienen las pruebas.

Comprendí que la razón por la cual sentía lástima de mí misma era que estaba permitiendo que la autocompasión llenara mi mente. Lo primero que decidí hacer fue deshacerme de cualquier pensamiento negativo que apareciera, tal como “Esto no es justo”, “No puedo lograrlo”, “¿Por qué Brad no puede ser normal?” o la peor de las culpas: “Soy una mala madre”. Me esforcé por detener la voz negativa en mi cabeza, y noté que mi verdadera voz se volvió más paciente y amorosa al tratar a todos mis hijos.

También fomenté los pensamientos positivos. Comencé a pensar: “Lo estás haciendo bien” y me felicitaba a mí misma con palabras como “Mantuviste la voz baja y no gritaste. ¡Bien hecho!”.

Confiar en Dios

Después de un día particularmente difícil, le pedí a mi esposo que me diera una bendición. Durante la misma se me recordó que soy una hija de Dios, que Él me conoce y está al tanto de mis necesidades y que mi hijo es un hijo de Dios. Antes que nada Brad era hijo de Dios, y mi esposo y yo teníamos una sociedad con Él a favor de Brad. Comprendí que no había estado utilizando todas las herramientas que dicha sociedad me brindaba. Mi esposo y yo habíamos investigado y descubierto muchos recursos para recibir ayuda, pero nos olvidamos del más importante: la oración.

Empecé a orar cada día para saber cómo ayudar a Brad. Cuando él tenía un colapso emocional, yo ofrecía una breve oración para recibir inspiración antes de acercarme a él. Al confiar en Dios para recibir apoyo e inspiración para mi hijo, vislumbré lo que yo podía ser y lo que podía hacer por él. Me esforcé por seguir las palabras de Alma: “… y esta es mi gloria, que quizá sea un instrumento en las manos de Dios…” (Alma 29:9).

Los cambios fueron inmediatos. Me inundó un caudal de ideas y formas de ayudar a Brad. Utilicé la noche de hogar como herramienta y oré en busca de ideas sobre lo que podía enseñar. También leía las Escrituras con más intención y me di cuenta de los grandes consejos para criar a los hijos que se encuentran en ellas. Empecé a llenarme de esperanza y consuelo.

A medida que continuaba poniendo en práctica la idea de que mi esposo y yo somos socios de Dios en la crianza de nuestros hijos y al utilizar las herramientas que Él nos ha dado, comencé a confiar más y más en Dios. Comprendí que mi conocimiento de la crianza de los hijos era limitado, pero un amoroso Padre Celestial, que sabe todas las cosas y ama a mi hijo más que yo, podía ayudarme a ser una madre mejor y más fuerte. Y aunque aún flaqueo a veces, sé dónde buscar ayuda. Ahora comprendo que algunas pruebas no tienen un límite de tiempo, pero si mantengo mi mira en la eternidad, Dios me ayudará.

Disfrutar los pequeños momentos

En las ocasiones difíciles aprendí a dedicar tiempo a disfrutar los pequeños momentos —los dones— que recibimos. Cuando mi hijo no puede evitar darme un beso, me siento agradecida. Cuando observé que nadie se sentaba junto a mi hijo en el autobús, recibí la bendición de que esta Escritura acudiera a mi mente: “… iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros” (D. y C. 84:88). Sabía que Brad no estaba solo y que nunca lo estaría.

Somos una familia eterna, y con la ayuda de personas que nos aman y con la protección de nuestro amoroso Padre Celestial, puedo apreciar los pequeños dones que recibo cada día y sentir el gozo y la felicidad que se espera que tengamos. Y con esas pequeñas bendiciones y la ayuda del Señor, puedo llegar a ser quien debo ser, sin importar cuánto tiempo me lleve.