¿Dónde está su confianza en Dios?

Lucy Mack Smith

Lucy Mack Smith (1775–1856) era madre de José y Hyrum Smith y de otros nueve hijos, y fue una persona de influencia en los primeros años de la Iglesia. Su hijo William Smith recordaba: “Mi madre, que era una mujer muy piadosa y preocupada por el bienestar de sus hijos tanto aquí como en el más allá, hacía uso de todos los medios que el amor de una madre pudiera sugerir para tenernos ocupados en la búsqueda de la salvación de nuestra alma o, como se decía entonces, ‘en recibir religión’”. En su propia búsqueda de religión, Smith estudiaba la Biblia, oraba, analizaba sueños y visiones y asistía a reuniones que fomentaban el sentimiento religioso patrocinados por diversas denominaciones. Se bautizó como Santo de los Últimos Días poco después de que su hijo José organizara la Iglesia de Cristo, el 6 de abril de 1830.

“Hermanos y hermanas”, dije, “nos hacemos llamar Santos de los Últimos Días y profesamos haber salido de entre el mundo con el propósito de servir a Dios y la determinación de hacerlo con todo nuestro poder, mente y fuerza, a costa de todas las cosas de esta tierra, ¿y comenzarán a quejarse y a murmurar como los hijos de Israel al primer sacrificio que tengan que hacer de su comodidad? O peor aún, ya que aquí están mis hermanas ¡preocupadas porque no tienen sus mecedoras!. Y, hermanos, de ustedes yo esperaba ayuda, y buscaba algo de firmeza; sin embargo se quejan porque han dejado una buena casa y porque ahora no tienen un hogar al que ir, y no saben si lo tendrán cuando lleguen al final de su viaje; y encima, ustedes no saben si morirán de hambre antes de haber salido de Buffalo. ¿Quién en esta compañía ha pasado hambre? ¿A quién le ha faltado algo para sentirse cómodo, tanto como lo permiten nuestras circunstancias? ¿No he puesto yo cada día comida ante ustedes y los he recibido a todos como a mis propios hijos, para que a quienes no habían provisto para sí mismos no les faltase nada?.

“Y aun cuando no hubiera sido así, ¿dónde está su fe?. ¿Dónde está su confianza en Dios? ¿Saben que todas las cosas están en Sus manos? Él creó todas las cosas y todavía rige sobre ellas, y qué fácil sería para Dios que el camino se abriera ante nosotros si tan solo cada santo aquí elevara sus deseos a Él en oración. Cuán fácil sería para Dios hacer que el hielo se partiera y pudiéramos proseguir nuestro viaje en un instante; pero, ¿cómo esperan que el Señor los prospere si están constantemente murmurando contra Él?”.

En ese momento un hombre exclamó desde la orilla del agua: “¿Es verdadero el Libro de Mormón?”. “Ese libro”, dije yo, “fue sacado a la luz por el poder de Dios y traducido por ese mismo poder. Y si pudiera hacer que mi voz sonara tan alto como la trompeta de Miguel el Arcángel, declararía la verdad de tierra en tierra y de mar en mar, y resonaría de isla en isla hasta que no hubiese ni uno solo de toda la familia del hombre que quedase sin excusa. Porque todos deben oír la verdad del evangelio del Hijo de Dios, y yo la haría resonar en cada oído, que Él se ha vuelto a revelar al hombre en estos últimos días, y ha extendido Su mano para congregar a Su pueblo sobre una buena tierra y, si le temen y andan en rectitud ante Él, será para ellos por herencia; pero si se rebelan contra Su ley, Su mano será contra ellos, para dispersarlos y barrerlos de sobre la faz de la tierra. Porque Dios se dispone a efectuar una obra sobre la tierra, y el hombre no puede impedir una obra que es para la salvación de todos los que crean plenamente en ella, sí, todos los que recurran a Él; y para todos los que se hallan aquí en este día será un salvador de vida para vida, o de muerte para muerte: un salvador de vida para vida si lo reciben, pero de muerte para muerte si rechazan el consejo de Dios para su propia condenación. Porque cada hombre recibirá conforme a los deseos de su corazón, y si desea esta verdad, el camino está abierto para todos y, si es su voluntad, puede escuchar y vivir; mientras que si trata la verdad con indiferencia y desprecia la sencillez de la palabra de Dios, se cerrará a sí mismo las puertas de los cielos. Ahora bien, hermanos y hermanas, si todos ustedes elevan sus deseos a los cielos para que el hielo ceda ante nosotros y seamos libres para seguir nuestro camino, tan cierto como vive el Señor será hecho”.

Vivir firmes en la fe.

Por el élder William R. Walker

De los Setenta

Cada uno de nosotros será enormemente bendecido si conocemos las historias de fe y sacrificio que llevaron a nuestros antepasados a unirse a la Iglesia del Señor.

Me encanta la historia de la Iglesia. Quizá como muchos de ustedes, mi fe se fortalece cuando aprendo acerca de la notable dedicación de nuestros antepasados que aceptaron el Evangelio y vivieron firmes en la fe.

Hace un mes, 12.000 maravillosos jóvenes del distrito del Templo de Gilbert, Arizona, celebraron la finalización de su nuevo templo con una actuación inspiradora, con la que demostraron su compromiso de llevar una vida justa. El lema de su celebración era “Vivir firmes en la fe”.

Al igual que hicieron esos jóvenes de Arizona, cada Santo de los Últimos Días debe comprometerse a “vivir firme en la fe”.

La letra en inglés del himno “Firmes creced en la fe”, dice: “Firmes en la fe que nuestros padres atesoraron” (“True to the Faith”, Hymns Nº 154).

Y podríamos añadir: “Firmes en la fe que nuestros abuelos atesoraron”.

Me pregunté si cada uno de esos jóvenes tan entusiastas de Arizona conocía su propia historia en la Iglesia, si cada uno sabía cómo habían llegado sus familiares a ser miembros de la Iglesia. Sería maravilloso que todos los Santos de los Últimos Días conocieran la historia de la conversión de sus antepasados.

Ya sean ustedes descendientes o no de los pioneros, la herencia de fe y sacrificio de los mormones pioneros es su herencia. Es la noble herencia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Uno de los capítulos más maravillosos de la historia de la Iglesia tuvo lugar cuando Wilford Woodruff, un apóstol del Señor, estaba enseñando el evangelio restaurado de Jesucristo en Gran Bretaña en 1840, sólo 10 años después del establecimiento de la Iglesia.

Wilford Woodruff y otros apóstoles se habían centrado en trabajar en las áreas de Liverpool y Preston, Inglaterra, con mucho éxito. El élder Woodruff, que llegaría a convertirse en Presidente de la Iglesia, oraba constantemente a Dios para que lo guiara en esa obra tan importante. Sus oraciones le inspiraron a dirigirse a otro lugar a enseñar el Evangelio.

El presidente Monson nos ha enseñado que cuando recibimos inspiración celestial para hacer algo, debemos hacerlo ahora, no dejarlo para otro día. Eso es exactamente lo que hizo Wilford Woodruff. Con la indicación clara del Espíritu de “dirigirse al sur”, el élder Woodruff partió casi de inmediato hacia una zona llamada Herefordshire, una región agrícola del suroeste de Inglaterra. Allí conoció a un próspero granjero llamado John Benbow y fue recibido “con corazones alegres y agradecimiento” (véase Wilford Woodruff, en Matthias F. Cowley, Wilford Woodruff: History of His Life and Labors as Recorded in His Daily Journals, 1909, pág. 117).

Un grupo de unas seiscientas personas, que se habían congregado con el nombre de Hermanos Unidos, habían estado “orando para pedir luz y verdad” (Wilford Woodruff, en Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Wilford Woodruff, 2004, pág. 93). El Señor envió a Wilford Woodruff como respuesta a sus oraciones.

Las enseñanzas del élder Woodruff dieron fruto inmediatamente y muchas personas se bautizaron. Brigham Young y Willard Richards se reunieron con él en Herefordshire y los tres apóstoles lograron un éxito notable.

En sólo unos meses, organizaron 33 ramas para los 542 miembros que se habían unido a la Iglesia. Esa obra tan notable continuó y, finalmente, casi todos los miembros de los Hermanos Unidos se bautizaron en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Mi tatarabuela, Hannah Maria Eagles Harris, fue una de las primeras personas en escuchar a Wilford Woodruff. Ella comunicó a su esposo, Robert Harris, hijo, que había oído la palabra de Dios y que tenía la intención de bautizarse. A Robert no le gustó escuchar el informe de su esposa y le dijo que la acompañaría al siguiente sermón que diera el misionero mormón, para aclararle a éste las cosas.

Sentado cerca de la parte delantera de la asamblea y con el firme propósito de no dejarse influenciar, y quizás también para molestar al predicador que les visitaba, Robert sintió de inmediato la influencia del Espíritu, como le había sucedido a su esposa. Supo que el mensaje de la Restauración era verdadero y él y su esposa se bautizaron.

Su historia de fe y devoción es similar a la de otros miles de personas: cuando escucharon el mensaje del Evangelio, ¡supieron que era verdadero!

Como dice el Señor: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen” (Juan 10:27).

Tras escuchar la voz del Pastor, dedicaron plenamente su vida a vivir el Evangelio y a seguir las indicaciones del Profeta del Señor. Como respuesta al llamamiento de congregarse en Sión, dejaron atrás su hogar en Inglaterra, cruzaron el Atlántico y se congregaron con los santos en Nauvoo, Illinois.

Aceptaron el Evangelio con todo su corazón. Mientras intentaban establecerse en su nueva tierra, ayudaron a edificar el Templo de Nauvoo con el diezmo de su trabajo: de cada diez días, dedicaban uno a trabajar en la construcción del templo.

Se les partió el corazón al recibir la noticia de la muerte de su amado Profeta, José Smith, y su hermano Hyrum. ¡Pero siguieron adelante! Permanecieron firmes en la fe.

Cuando los santos fueron perseguidos y expulsados de Nauvoo, Robert y Maria se sintieron enormemente bendecidos por haber recibido su investidura en el templo poco antes de cruzar el río Misisipí en dirección hacia el oeste. Aunque no sabían lo que les depararía el futuro, estaban seguros de su fe y su testimonio.

Con sus seis hijos, se arrastraron por el barro y cruzaron Iowa en su travesía hacia el oeste. Construyeron un cobertizo junto al río Misuri, en el lugar que se conocería como Winter Quarters.

Estos intrépidos pioneros esperaban las instrucciones apostólicas sobre la forma y el momento de dirigirse hacia el oeste. Los planes de todos ellos cambiaron cuando Brigham Young, el Presidente del Quórum de los Doce, pidió voluntarios entre los hombres para servir en el ejército de Estados Unidos, en lo que se conocería como el Batallón Mormón.

Robert Harris, hijo, fue uno de los más de 500 hombres mormones que respondieron al llamado de Brigham Young. Se alistó aunque sabía que tendría que dejar atrás a su esposa embarazada y a sus seis pequeños hijos.

¿Por qué hicieron algo así él y el resto de los hombres?

La respuesta puede expresarse con las palabras de mi tatarabuelo. En una carta que escribió a su esposa cuando el batallón iba camino a Santa Fe, dijo: “Mi fe es más fuerte que nunca [y cuando pienso en lo que Brigham Young nos dijo], creo en ello como si el Gran Dios mismo me lo hubiera dicho”.

En otras palabras, sabía que estaba escuchando a un profeta de Dios, al igual que lo sabía el resto de los hombres. ¡Por eso lo hicieron! Sabían que los dirigía un profeta de Dios.

En esa misma carta expresó su ternura por su esposa y sus hijos y contaba que oraba constantemente para que ella y los niños fueran bendecidos.

En esa carta, un poco más adelante, hizo esta enérgica declaración: “No debemos olvidar las cosas que tú y yo escuchamos y [experimentamos] en el templo del Señor”.

Junto con su anterior testimonio de que “somos dirigidos por un profeta de Dios”, estas dos sagradas amonestaciones han llegado a ser como un pasaje de las Escrituras para mí.

Dieciocho meses después de marcharse con el batallón, Robert Harris volvió sano y salvo al lado de su amada Maria. Permanecieron firmes en la fe en el Evangelio restaurado durante toda su vida. Tuvieron 15 hijos, 13 de los cuales alcanzaron la edad adulta. Mi abuela, Fannye Walker, de Raymond, Alberta, Canadá, fue una de sus 136 nietos.

La abuela Walker estaba orgullosa del hecho de que su abuelo había servido en el Batallón Mormón y quería que todos sus nietos lo supieran. Ahora que yo soy abuelo, entiendo por qué lo consideraba tan importante. Ella deseaba volver los corazones de los hijos hacia los padres. Deseaba que sus nietos conocieran su herencia justa, porque sabía que sería una bendición en su vida.

Cuanto más cerca nos sintamos de nuestros antepasados justos, más probabilidades hay de que tomemos decisiones sabias y justas.

Y así es. Cada uno de nosotros será enormemente bendecido si conocemos las historias de fe y sacrificio que llevaron a nuestros antepasados a unirse a la Iglesia del Señor.

Desde el primer momento en que Robert y Maria escucharon a Wilford Woodruff enseñar y testificar de la restauración del Evangelio, ellos supieron que el Evangelio era verdadero.

También sabían que fueran cuales fueran las pruebas o dificultades que llegaran a experimentar, serían bendecidos si permanecían fieles en la fe. Casi parece que hubieran escuchado las palabras de nuestro profeta actual, que dijo: “Ningún sacrificio es demasiado grande… para recibir las bendiciones del templo” (Thomas S. Monson, “El Santo Templo: Un faro para el mundo”, Liahona, mayo de 2011, pág. 92).

La moneda de dos libras del Reino Unido tiene esta inscripción lateral: “Subidos a hombros de gigantes”. Cuando pienso en nuestros grandes antepasados pioneros, siento que todos vamos subidos a hombros de gigantes.

Aunque esa amonestación provino de una carta de Robert Harris, creo que innumerables antepasados enviaron el mismo mensaje a sus hijos y nietos: Primero, no debemos olvidar las experiencias que hemos tenido en el templo y no debemos olvidar las promesas y las bendiciones que cada uno de nosotros recibe gracias al templo. En segundo lugar, no debemos olvidar que somos dirigidos por un profeta de Dios.

Testifico que somos dirigidos por un profeta de Dios. El Señor restauró Su Iglesia en los postreros días por medio del profeta José Smith y no debemos olvidar que hemos sido dirigidos por una cadena ininterrumpida de profetas de Dios, desde José a Brigham, y sucesivamente con cada Presidente de la Iglesia posterior, hasta nuestro profeta actual, Thomas S. Monson. Lo conozco, lo honro y lo amo. Testifico que él es el profeta del Señor en la tierra en la actualidad.

El deseo de mi corazón es que, junto con mis hijos y nietos, honremos el legado de nuestros antepasados justos, aquellos fieles pioneros mormones que estuvieron dispuestos a ponerlo todo en el altar como sacrificio y a defender a su Dios y su fe. Oro para que cada uno de nosotros viva firme en la fe que nuestros padres atesoraron. En el santo y sagrado nombre de Jesucristo. Amén.