El Presidente Henry B. Eyring

Por el Elder Robert. D Hales.

Del Quorum de los Doce Apostoles

Unos años después de que Henry Bennion Eyring pasó a ser rector del Colegio Universitario Ricks (que ahora se llama Universidad Brigham Young–Idaho), le ofrecieron un trabajo muy prestigioso y muy bien remunerado en el sur de California.

Al describir la oferta y sus prestaciones al entonces presidente Spencer W. Kimball, éste le dijo: “Parece una gran oportunidad. Si alguna vez te necesitamos, sabremos dónde encontrarte”.

El hermano Eyring esperaba que el presidente Kimball, que era su tío, le pidiera que se quedara en el Colegio Universitario Ricks; pero en cambio, fue obvio que él y Kathleen, su esposa, tendrían que orar y ayunar para tomar la decisión, y así lo hicieron. Al cabo de una semana, el Espíritu le hizo saber que tendrían el privilegio de quedarse allí “un tiempo más”.

Él llamó a Jeffrey R. Holland, que era entonces el Comisionado del Sistema Educativo de la Iglesia, y le dijo que había rechazado la oferta de trabajo. Esa noche recibió una llamada telefónica del presidente Kimball.

“Entiendo que has decidido quedarte”, le dijo el Presidente.

“Sí”, contestó el hermano Eyring.

“¿Consideras que has hecho un sacrificio?”, le preguntó el presidente Kimball.

“No”, respondió él.

“¡Haces bien!”, le aseguró el presidente, y con eso puso fin a la conversación.

A los que conocen a Henry B. Eyring, no les sorprende su disposición a seguir las impresiones espirituales aun cuando hacerlo signifique renunciar a algo que el mundo considere importante. Él ha aprendido por sí solo que la fe y la humildad, combinadas con la obediencia, califican a los hijos de Dios para recibir bendiciones más ricas que las posesiones del mundo.

Al fallecer el presidente Gordon B. Hinckley el 27 de enero del corriente año, el presidente Thomas S. Monson llamó al presidente Eyring como Primer Consejero de la Primera Presidencia. Previamente, había prestado servicio durante cuatro meses como Segundo Consejero de la Primera Presidencia, llenando la vacante creada por la muerte del presidente James E. Faust.

“Hal” —sobrenombre por el que se le conoce entre los familiares y los amigos íntimos— nació el 31 de mayo de 1933, en Princeton, Nueva Jersey, siendo el segundo de los tres hijos de Henry Eyring y Mildred Bennion, una familia que daba extrema importancia a la educación, tanto espiritual como académica.

Su padre era un distinguido químico y profesor en la Universidad de Princeton; su madre, profesora adjunta que dirigía el departamento de educación física para mujeres en la Universidad de Utah, se encontraba con licencia de ese trabajo mientras se preparaba para recibir un doctorado en la Universidad de Wisconsin cuando conoció al que iba a ser su marido. Ambos inculcaron en sus hijos la confianza en el Señor y la fe que tenían en Su evangelio.

Un patrimonio de fe

Los comienzos del patrimonio familiar de fe del presidente Eyring se remontan a sus antepasados que escucharon y siguieron las impresiones del Espíritu y la dirección de los líderes del sacerdocio. Henry Eyring, su bisabuelo, que era un joven de dieciocho años cuando salió de Alemania en 1853, conoció la Iglesia al año siguiente, en Saint Louis, Misuri. Su deseo de recibir una revelación en cuanto a la Iglesia se cumplió con un sueño, en el que el élder Erastus Snow, a quien todavía no conocía, le mandaba bautizarse. En otro sueño de naturaleza similar, mientras prestaba servicio misional en la región que ocupan actualmente los estados de Oklahoma y Arkansas en 1860, vio por primera vez al presidente Brigham Young .

Después de la misión, en el recorrido hacia Utah, su bisabuelo Eyring conoció a Mary Bommeli, una inmigrante suiza, al unirse a la misma compañía de pioneros en la que ella viajaba. Mary, que con su familia se había convertido a la Iglesia cuando tenía veinticuatro años, había estado encarcelada en Berlín, Alemania, por haber compartido el Evangelio con algunas personas. La noche en que la arrestaron, escribió una carta al juez que iba a considerar su caso, “un hombre del mundo”, hablándole de la Resurrección y del mundo de los espíritus, y exhortándolo a arrepentirse a fin de salvarse y salvar a su familia de “una gran aflicción”. Poco después, el juez dejó sin efecto la acusación y la pusieron en libertad 2 . Henry y Mary se casaron al poco tiempo de haber llegado al Valle del Lago Salado.

Desde Europa hasta los desiertos del sur de Utah y de Arizona, y desde allí a las colonias del norte de México, los antepasados del presidente Eyring dominaron las regiones inhóspitas, predicaron el Evangelio, huyeron de la persecución, establecieron escuelas y educaron a sus hijos.

La influencia de la esposa

A comienzos de la Segunda Guerra Mundial, el racionamiento de gasolina impedía a la familia Eyring hacer el recorrido de 27 kilómetros hasta la Rama de New Brunswick para asistir a las reuniones dominicales. Por ese motivo, la familia recibió permiso para llevar a cabo reuniones en su casa de Princeton, Nueva Jersey. El hermano Eyring bromea diciendo que no faltó a ninguna reunión de la Primaria en ese tiempo, cosa que no sería muy difícil, puesto que sólo una vez tuvieron la Primaria en su hogar.

El presidente Eyring reflexiona a menudo sobre el hermoso espíritu que había en las reuniones sacramentales de aquella pequeña rama formada por su familia y alguno que otro visitante. No le importaba que ellos fueran generalmente los únicos asistentes ni que él y sus hermanos formaran el grupo entero del Sacerdocio Aarónico de la “rama”. Pero la madre, al comenzar a entrar sus hijos en la adolescencia, anhelaba que su familia viviera en medio de una congregación mayor de Santos de los Últimos Días.

En 1946 Henry, su padre, disfrutaba de gran éxito en su trabajo en Princeton; había obtenido títulos honorarios de doctor y muchos premios importantes en química y, debido a sus diligentes labores entre científicos reconocidos en todo el mundo, tenía una oportunidad excelente de que lo consideraran para un Premio Nóbel.

Por esa época, recibió una llamada telefónica de A. Ray Olpin, Presidente de la Universidad de Utah, ofreciéndole el puesto de decano de la escuela para posgraduados y la continuación de su investigación química allí. Mildred, su esposa, le dijo que tomara la decisión él mismo, pero le recordó una promesa que le había hecho años antes: le había prometido que, cuando los hijos crecieran, iba a llevar a la familia más cerca de la sede de la Iglesia. Cuando rechazó la oferta, Mildred, que había crecido en Utah, le rogó que orara con respecto a la decisión y le dio una carta para leer cuando llegara a su laboratorio.

Luego de leer la carta, en la que ella expresaba su desilusión, y después de orar y meditar al respecto, Henry Eyring llamó al presidente Olpin y le dijo que, después de todo, aceptaba la posición para sacar adelante el Departamento de Ciencias de la universidad. Su aparente sacrificio al alejarse de Princeton resultó ser una bendición para él y su familia. Una bendición semejante fue la disposición del presidente Eyring de seguir el ejemplo de su padre al enfrentar una encrucijada similar años después.

La preparación para el futuro

“Desde que mi hermano era adolescente, me di cuenta de lo diferente que era de otros jovencitos”, comenta Harden Eyring, que se refiere a su hermano mayor como su consejero y amigo; y agrega que mientras Henry estaba en la escuela secundaria, se enfrascaba en la lectura de las Escrituras y leyó el Libro de Mormón cinco veces.

Aun cuando no se consideraba superior a los demás, rehusaba tomar parte en actividades que lo desviaran de la espiritualidad. Encontraba tiempo para jugar en el equipo de baloncesto de la escuela secundaria East, de Salt Lake City, pero sus estudios tenían prioridad.

“Cuando yo era adolescente, frecuentaba las heladerías donde todos nos juntábamos”, dice Harden. “Pero él no iba de noche a esos sitios populares entre los jóvenes, sino que se dedicaba a leer y a estudiar”.

Ted, su hermano mayor, que es profesor de química en la Universidad de Utah, cursaba el último año cuando le tocó tener algunas clases junto con Henry, y comenta que éste estaba a la altura del mejor de los alumnos. “Cuando él se concentra, logra cualquier cosa que se propone”, dice. “Es además muy cómico y se mantiene alegre aun en situaciones serias y difíciles. Se parece mucho a nuestro padre”.

Sin embargo, al crecer, el presidente Eyring descubrió una diferencia muy grande entre él y su padre.

El padre animaba a sus hijos a estudiar física y a prepararse para seguir una carrera en ciencias. Por respeto a él, Henry se matriculó en física en la Universidad de Utah; pero un día, cuando le pidió ayuda con respecto a un complejo problema matemático, su padre se dio cuenta de que el hijo no compartía su pasión por esa materia.

“Mi padre se encontraba ante una pizarra que teníamos en el sótano”, recuerda el presidente Eyring; “de pronto, se detuvo en lo que estaba haciendo y me dijo: ‘Hal, la semana pasada estuvimos resolviendo un problema como éste; parece que no lo entiendes mejor ahora que entonces. ¿No lo has estudiado?’ ”

Él le confesó que no y luego admitió que la física no era un tema en el cual pensara constantemente. El padre quedó un momento en silencio y después, con palabras cariñosas, dejó a su hijo en libertad de seguir la vocación profesional que más le gustara, diciéndole: “Hijo, debes encontrar algo que te guste tanto que cuando no tengas nada en qué pensar, sea eso lo que venga a tu mente”.

No obstante, en 1955 recibió un diploma en física antes de alistarse en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Hacía poco que la guerra de Corea había llegado a su fin y todavía era reducido el número de misioneros de tiempo completo que se llamaba en cada barrio; incluso la casa de la misión en Salt Lake City estuvo cerrada por un tiempo y no se enviaron misioneros al campo misional. Sin embargo, en una bendición, el obispo había prometido al presidente Eyring que su servicio militar sería su misión, y, dos semanas después de haber llegado a la Base Sandia, cerca de Albuquerque, Nuevo México, lo llamaron como misionero de distrito en la Misión de los Estados Occidentales, un llamamiento que cumplía al atardecer y los fines de semana durante los dos años que permaneció en el servicio militar.

Una vez cumplida su obligación militar, se matriculó en la Facultad de Administración de Empresas para posgraduados de la Universidad de Harvard, en donde obtuvo una maestría en 1959 y un doctorado en 1963, ambos diplomas en administración de empresas. Aun cuando tenía la inteligencia para lograr el éxito en las ciencias, su vocación principal estaba en la enseñanza y en alentar y fortalecer a otras personas.

Escucha al Espíritu

En el verano de 1961, mientras asistía a Harvard, conoció a Kathleen Johnson, hija de J. Cyril Johnson y LaPrele Lindsay, de Palo Alto, California; ella asistía a clases de verano en Boston, Massachusets, y Henry se prendó de ella la primera vez que la vio. Inmediatamente, se sintió inclinado a mostrar lo mejor de sí cuando estaba en presencia de la joven, un deseo que ha continuado a través de su vida juntos.

Ambos jóvenes salieron juntos ese verano y, después de que Kathleen regresó a California, continuaron el noviazgo con llamadas telefónicas y cartas. En julio de 1962, contrajeron matrimonio en el Templo de Logan, Utah, y el oficiante fue el entonces élder Spencer W. Kimball. Ese mismo año, el hermano Eyring pasó a ser profesor adjunto de la Facultad de Administración de Empresas para posgraduados de la Universidad Stanford.

Nueve años después, él era profesor titular de la universidad y obispo del Barrio 1 de Stanford. Vivían cerca de la casa de sus suegros “y estábamos bien establecidos allí”, comenta. Pero en 1971, en medio de la noche, su esposa lo despertó con dos preguntas extrañas, la primera: “¿Estás seguro de que estás encaminando tu vida en la dirección debida?”.

Pensando en cómo sería posible que fueran más felices, él le preguntó: “¿Qué quieres decir con eso?”.

Ella respondió con la segunda pregunta: “¿No podrías trabajar haciendo investigación para Neal Maxwell?”.

Al élder Neal A. Maxwell lo acababan de nombrar Comisionado del Sistema Educativo de la Iglesia. Ni Henry ni Kathleen lo conocían, pero ella opinaba que tal vez su marido pudiera hacer algo más por cambiar la vida de otras personas.

“Hacer investigación para Neal Maxwell… ¿en este punto de mi carrera?”, le contestó él. “Además”, pensó, “ese tipo de trabajo es algo que hace un joven estudiante de posgrado”.

Después de una pausa, su esposa le dijo: “¿Orarás al respecto?”.

En aquel punto de su matrimonio, él ya sabía que no debía pasar por alto el consejo de la esposa, por lo que salió de la cama, se arrodilló e hizo una oración. “No recibí ninguna respuesta”, dice, “lo cual me alegró mucho porque no tenía interés en irme a ninguna otra parte”.

Al día siguiente, durante una reunión de obispado, oyó mentalmente una voz que había aprendido a reconocer muy bien y que lo reprendió por no haber tomado en serio el consejo de su compañera. “Tú no sabes qué te espera en tu carrera”, se le dijo; “Si recibes otra oferta de trabajo, preséntamela a mí”.

El hermano Eyring quedó muy impresionado con la experiencia y regresó de inmediato a casa. “Tenemos un problema”, le dijo a Kathleen. Temía haber cometido un error al desechar varias ofertas de trabajo que había recibido mientras estaba en Stanford. “Nunca oré con respecto a ninguna de ellas”, dice. Sintiéndose muy humilde, a partir de entonces empezó a orar sobre su futuro.

Menos de una semana después de que la esposa le hizo aquellas preguntas a altas horas de la noche, el comisionado Maxwell lo llamó y lo invitó a reunirse con él en Salt Lake City. Al día siguiente viajó en avión y ambos hombres se reunieron en casa de los padres de Henry. Las primeras palabras que salieron de la boca del hermano Maxwell después de saludarlo fueron: “Quiero pedirle que sea rector del Colegio Universitario Ricks”.

Ni las impresiones de su esposa ni la amonestación espiritual que había recibido lo habían preparado para tal sorpresa, y le dijo al comisionado Maxwell que tendría que orar al respecto; después de todo, sabía muy poco sobre el Colegio Universitario Ricks [en la ciudad de Rexburg, Idaho]. A la mañana siguiente, tuvo una reunión con la Primera Presidencia, después de lo cual el élder Maxwell le dijo que el puesto era suyo, si lo quería.

A su regreso a California, continuó orando fervientemente y recibió la respuesta, pero estuvo a punto de no escucharla. “Oí una voz tan suave que casi no le presté atención”, comenta, “que me dijo: ‘Es mi universidad’ ”. Entonces llamó al comisionado Maxwell y le dijo: “Acepto”.

Sin más ni más, Henry renunció a los beneficios de un profesorado titular en Stanford por la vida en una sencilla casa móvil en Rexburg, Idaho. Después de ser designado como Rector del Colegio Universitario Ricks el 10 de diciembre de 1971, pasaron varios meses antes de que pudiera trasladar a su familia a la nueva casa, que él mismo ayudó a construir.

“Fui a Ricks sabiendo algunas cosas”, dice; “Una, que yo no era un personaje tan importante como me creía por mi elevada posición en Stanford; otra es que mi esposa había recibido la revelación antes que yo; y por último, que era afortunado por encontrarme allí. Así que en lugar de contestar la pregunta: ‘¿Cómo pude renunciar a mi carrera en Stanford?’, simplemente digo: ‘Mi Padre Celestial se encargó de eso, y nunca me pareció un sacrificio’ ”.

Los seis años que el presidente Eyring pasó en Rexburg resultaron ser una bendición para su familia y para la institución de enseñanza. Los consejos prudentes de un humilde maestro orientador contribuyeron a que esos años fueran memorables. Aquel hermano, un granjero con mucha fe, lo instó a salir de su oficina a fin de conocer, animar y expresar gratitud a los profesores, al personal y a los estudiantes del colegio.

Él oró sobre el asunto, sintió la impresión de que debía seguir ese consejo y empezó a pasar más tiempo con los fieles alumnos y con los dedicados integrantes del cuerpo docente y del personal; incluso enseñó clases de religión junto con otro profesor. Al esforzarse por dar forma a los cimientos espirituales y académicos del colegio, él y Kathleen llegaron a sentir gran amor por todos los que formaban parte de la institución, así como por la gente de Rexburg.

La familia tiene prioridad

Durante los años que pasaron en Rexburg, los miembros de la familia Eyring desarrollaron una relación más estrecha entre sí. En esa época Henry y Kathleen tenían cuatro hijos, todos varones: Henry J., Stuart, Matthew y John; más adelante fueron bendecidos con dos hijas: Elizabeth y Mary Kathleen. Aun cuando vivían en una localidad pequeña y rural, sus padres tenían que estar atentos al entorno; una de sus preocupaciones era el tiempo que pasaban los hijos mirando televisión y la calidad de los programas. Henry J., el mayor, recuerda una experiencia que tuvo enorme influencia en el ambiente del hogar de los Eyring.

“Mi hermano y yo estábamos en el sótano, frente al televisor, un sábado cerca de la medianoche”, cuenta. “Mirábamos un espectáculo de comedia vulgar que no debíamos estar mirando; el cuarto estaba oscuro, excepto por la luz que despedía la pantalla del televisor. De pronto, sin anunciarse, mamá entró en la habitación; llevaba puesto un camisón blanco y amplio, y tenía en la mano unas tijeras grandes. Sin decir palabra, metió la mano por detrás del aparato, agarró el cordón y formando un lazo con él introdujo las tijeras y lo cortó de un solo golpe; saltaron chispas en todas direcciones y el aparato se apagó, mientras nuestra madre se deslizaba fuera del cuarto silenciosamente”.

Sin inmutarse, Henry J. se encaminó a la cama; pero su ingenioso hermano cortó el cordón de una aspiradora inservible y lo conectó al televisor; y poco después los muchachos estaban otra vez mirando televisión sin haber perdido casi nada de su programa.

“Sin embargo, mamá se salió con la suya”, dice Henry J. “El lunes, cuando regresamos de la escuela, encontramos el aparato en medio del piso con una profunda grieta a través de la gruesa pantalla de vidrio. Inmediatamente sospechamos de ella, pero cuando la enfrentamos con las preguntas del caso, nos contestó con perfecta cara de inocente: ‘Estaba limpiando la parte de abajo del televisor y se me resbaló’ ”.

El presidente Eyring honró los deseos de su esposa, los hijos los respetaron y aquello fue el fin de la televisión en casa de los Eyring. “Por lo general, mamá guía a través de un ejemplo silencioso”, observa Henry J. “Sin embargo, es también inspirada e intrépida. La confianza que tiene en sí misma ha sido una gran bendición para sus hijos y nietos. Tanto en los momentos cruciales como en los hechos cotidianos, ella ha cambiado para siempre el curso de nuestra vida”.

El presidente Eyring todavía atribuye el mérito a su esposa por haber estimulado su deseo de ser y hacer lo mejor, y siente gratitud por la forma en que ella ha bendecido a sus hijos de la misma manera. Sin vacilar, expresa reconocimiento por su ejemplo y por la influencia que ella ha tenido en la familia. A su vez, la hermana Eyring se refiere a su marido en los mismos términos, expresando agradecimiento por la sensibilidad con la que él escucha al Espíritu y por la manera eficaz en que ha enseñado y vivido el Evangelio en su hogar.

“Para Hal, no había dudas en cuanto a quiénes ocupaban el primer lugar en su corazón”, afirma ella. “Él pasaba el día en Stanford, en un ambiente muy competitivo y con compañeros distinguidos, pero siempre puso a su familia en primer lugar. Al fin de cada día, cuando estábamos reunidos al atardecer, preguntaba: ‘¿A quién no hemos llamado todavía?’ Luego, guiado por el Espíritu, iba al teléfono y llamaba a algún familiar que tuviera necesidad de ese contacto aquella noche en particular”.

Al no tener un televisor en la casa, los integrantes de la familia tenían más tiempo para disfrutar unos con otros y para dedicarse a intereses personales, desarrollar sus respectivos talentos y participar juntos en deportes u otras actividades. A través de los años, el presidente Eyring ha mejorado sus habilidades culinarias (hace pan casero), ha descubierto que tiene talento para tallar madera y ha aprendido a pintar con acuarelas. De vez en cuando envía a alguien una tarjeta ilustrada por él o una acuarela como recuerdo.

Actualmente, la casa de los Eyring está llena de pinturas, tallados y muebles que él ha creado con la ayuda de hábiles instructores; muchas de las piezas reflejan lecciones morales o impresiones espirituales. Además, se hace tiempo para enviar diariamente a su familia, que ahora cuenta con veinticinco nietos, mensajes por correo electrónico, a los que han dado el afectuoso nombre de “Las planchas menores”.

“El diario familiar de papá, que nos manda todos los días por correo electrónico con fotos y contribuciones de hijos y nietos, nos ha ayudado a sentirnos como si estuviéramos juntos cada noche contándonos historias sentados a la mesa de la cena”, comenta Henry J.

Su disposición a prestar servicio

Aunque el presidente Eyring no lo sabía entonces, dejó atrás para siempre sus labores seculares cuando aceptó el puesto en el Colegio Universitario Ricks. Su trabajo como presidente del colegio y simultáneamente su servicio como representante regional y miembro de la mesa directiva general de la Escuela Dominical lo pusieron cada vez más en contacto con los líderes de la Iglesia, que reconocieron sus aptitudes y dones espirituales. Entretanto, el Señor ya conocía su disposición a prestar servicio.

Al extenderle los importantes llamamientos después de sus seis años en el Colegio Universitario Ricks, los líderes de la Iglesia habían procurado y obtenido la inspiración que los guió a él. Durante un período de preparación para esos llamamientos, fue guiado por el Espíritu al trabajar, al tratar de saber la voluntad de Dios, al escuchar para recibir respuestas, y, como sus antepasados, al actuar de acuerdo con las impresiones que recibió. Cuando llegaron los llamamientos, estaba preparado.

En 1977, Jeffrey R. Holland, el nuevo comisionado del SEI, le pidió que fuera comisionado adjunto. Tres años después, cuando el élder Holland pasó a ser rector de la Universidad Brigham Young, el presidente Eyring ocupó su lugar como comisionado del SEI, posición en la que prestó servicio hasta abril de 1985, cuando recibió el llamamiento para ser Primer Consejero del Obispado Presidente. En ese cargo, empleó sus diversas habilidades para hacer contribuciones importantes en asuntos administrativos, en la planificación de propiedades, en el diseño y la construcción de templos y en otros asuntos temporales. En septiembre de 1992, volvieron a nombrarlo comisionado del SEI y un mes después lo llamaron al Primer Quórum de los Setenta.

El 1º de abril de 1995, Henry B. Eyring fue sostenido para integrar el Quórum de los Doce Apóstoles. Desde entonces se ha esforzado por obtener una mayor porción del Espíritu del Señor al bendecir a los miembros de la Iglesia de todo el mundo con sus conmovedores discursos, su amoroso ministerio y su potente testimonio del Salvador y de Su evangelio.

Está altamente calificado

Cuando el presidente Eyring testificó en la conferencia general de octubre de 2007 sobre las bendiciones de ver la mano de Dios en nuestra vida, hablaba por experiencia propia. Al llevar un diario de lo que ha hecho el Padre Celestial por él, ha visto aumentar su testimonio y tiene “una creciente certeza de que nuestro Padre Celestial escucha y contesta nuestras oraciones”.

La clave para oír esas respuestas y saber que Dios se interesa en nuestra vida, dice él, es desarrollar la facultad de escuchar. “Debemos guardar silencio y escuchar. En mi experiencia, cuando no he recibido una impresión clara o no he escuchado la voz del Espíritu, es por estar demasiado ocupado, con demasiadas voces interiores y demasiado absorto en mi propio mundo”.

El presidente Eyring ha vivido siempre conforme a los preceptos del decimotercer Artículo de Fe. Los miembros de la Iglesia son ciertamente muy afortunados de que preste servicio junto al presidente Thomas S. Monson y al presidente Dieter F. Uchtdorf. Su peculiar combinación de aptitudes y talentos, su patrimonio de fe, su vida de preparación, su dedicación al servicio y su determinación de ir en pos de Dios y de hacer Su voluntad lo califican altamente para prestar servicio en la Primera Presidencia.

Liahona, Julio 2008

El Presidente Thomas. S. Monson

Por el Elder Jeffrey R. Holland

Del Quorum de los Doce Apostoles.

A lo largo de los muchos llamamientos que ha tenido en la Iglesia, el presidente Thomas S. Monson se ha mudado de oficina a oficina, de lugar a lugar. En cada una de sus mudanzas, ha llevado consigo un cuadro en particular que ha tenido desde que fue obispo en la década de 1950. Lo llevó cuando presidió la Misión Canadiense, con sede en Toronto; y ahora está colgado en la oficina que ocupa como Presidente de la Iglesia. El cuadro es una hermosa imagen del Señor Jesucristo y lo pintó el famoso pintor Heinrich Hofmann.

La obra es algo más que una decoración en la pared de la oficina; es algo más que un recordatorio de quién es “la principal piedra del ángulo” (Efesios 2:20) de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; es algo más que una declaración de que se espera que el hombre llamado a ser Presidente de la Iglesia sea el principal de los testigos vivientes del Salvador. El cuadro representa un ideal: el Maestro a quien el presidente Monson ha tomado como modelo para su vida. “Me encanta ese cuadro”, afirma al contemplarlo una vez más. “Siento fortaleza al tenerlo cerca de mí. Fíjense en la bondad de esos ojos, en la calidez de esa expresión. Cuando enfrento situaciones difíciles, muchas veces lo miro y me pregunto: ‘¿Qué haría Él?’. Entonces trato de responder a la situación como Él lo haría”.

Esa lealtad al Señor, ese constante referirse al ejemplo del Maestro, esa determinación de seguir el sendero marcado por el Salvador, ésas son las características principales de la vida y el liderazgo de Thomas S. Monson. Muchos de los relatos de su discipulado son bien conocidos. Es el muchacho que renunció a un preciado juguete porque pensó que otro niño lo necesitaba más que él y que regaló los dos conejos que tenía como mascotas para que la familia de un amigo tuviera una cena de Navidad. Es el joven obispo que con gran dedicación ministró a ochenta y cuatro viudas de su barrio, y las tuvo durante muchos años en su corazón. Es la Autoridad General que prestó especial atención a las impresiones del Espíritu Santo para saber cuándo debía interrumpir una reunión a fin de dar una bendición a una niña.

Los que lo conocen bien saben que no ha hecho esas cosas sólo porque sus padres esperaban que lo hiciera, ni porque el obispo tenía responsabilidad de cuidar a las viudas ni porque era su obligación como Apóstol, sino que se ha dedicado a ese tipo de servicio abnegado porque así es como él es. Thomas S. Monson hace todo eso porque es lo que su Salvador habría hecho.

En resumen, el presidente Monson es un discípulo verdadero de aquel “Jesús de Nazaret… [que] anduvo haciendo bienes” (Hechos 10:38), un pasaje de Escritura que él cita a menudo. En sus responsabilidades se incluye un enorme volumen de decisiones administrativas y de papeleo que sería agobiante para la mayoría de los hombres; pero ese volumen no le ha impedido nunca concentrarse en las personas a quienes el que es su Ejemplo prestaría servicio. Su vida ha sido una larga secuencia de tender una mano de ayuda al que lo necesite, de animar al desventurado, de recordar a aquellos a los que es fácil olvidar. Tal vez no haya otro en el liderazgo de la Iglesia que en los últimos años haya honrado como él la admonición divina que dice: “…socorre a los débiles, levanta las manos caídas y fortalece las rodillas debilitadas” (D. y C. 81:5).

El comienzo

Para conocer al hombre en el que se ha convertido Thomas Spencer Monson, es importante conocer sus raíces y el ambiente en que se educó.

Nació el 21 de agosto de 1927, el primer varón y segundo hijo de G. Spencer Monson y Gladys Condie. Del lado de su padre tiene antepasados suecos e ingleses, y del de su madre, escoceses. Su bisabuelo se llamaba Mons Okeson; en consecuencia, de acuerdo con la costumbre sueca de apellidos, su abuelo era Nels Monson. Empezando por su padre, el apellido tomó la forma común americana y quedó como Monson. El presidente Monson lleva los nombres de su abuelo materno, Thomas Sharp Condie; y de su padre, Spencer Monson.

El presidente Monson creció en el oeste de Salt Lake City, una zona donde no hay familias ricas ni influyentes, pero estaba rodeado de hombres y mujeres caritativos y trabajadores, particularmente en su propio hogar. Su familia vivía cerca de las vías ferroviarias, y muchos de los forasteros pobres que recorrían las vías en busca de trabajo durante la Gran Depresión de la década de 1930 conocían muy bien su casa. Cuando esos hombres —algunos jóvenes todavía en la adolescencia— llamaban a la puerta de la familia Monson, la familia sabía que Gladys Monson los iba a invitar a sentarse a la mesa en la cocina mientras ella les preparaba un sandwich y les servía un vaso de leche para acompañarlo. Otras veces, le tocaba al pequeño Thomas la tarea de llevar platos de comida caliente preparados por su madre a “Bob”, un vecino anciano que vivía solo en una casa que le había proporcionado el abuelo de los Monson. Todo el vecindario estaba lleno de personas que recibían esos actos de caridad cristiana.

Los domingos por la tarde, muchas veces el pequeño Tom acompañaba a su padre cuando éste iba a buscar a su “tío Elías” para sacarlo a pasear por el pueblo. El presidente Monson recuerda que su padre llevaba en los brazos con afectuoso cuidado hasta el auto al tío, incapacitado por la artritis, y lo colocaba en el asiento del frente para que pudiera disfrutar mejor de la vista. “El recorrido no era largo y la conversación era limitada pero, ¡qué patrimonio de amor me dejó!”, comenta el presidente Monson. “Mi padre nunca me leyó de la Biblia la parábola del buen samaritano, pero en cambio me llevaba con él y el tío Elías en ese viejo Oldsmobile de 1928, proporcionándome una lección vívida que siempre recordaré”.

También fue memorable el ejemplo paterno de trabajo laborioso. G. Spencer Monson era conocido por su costumbre de completar toda tarea que hubiera comenzado y de hacerla bien. Era gerente de una imprenta y, a edad temprana, el joven Tom empezó a aprender el negocio; la administración de imprentas llegó a ser su carrera. En 1948, luego de graduarse (con honores) en la Universidad de Utah con un título en administración de empresas, ocupó el cargo de ejecutivo de publicidad en el diario Deseret News, propiedad de la Iglesia. (Por ser un firme creyente en que el aprendizaje es vitalicio, después sacó una maestría en administración de empresas, ¡mientras estaba ya prestando servicio en el Quórum de los Doce Apóstoles!) Trabajó once años en la industria periodística y en artes gráficas hasta 1959, cuando lo llamaron a presidir la Misión Canadiense. Luego de terminar su servicio como presidente de misión, volvió a ocupar el cargo de administrador general de la Imprenta Deseret, del mencionado periódico. Durante su carrera, dio a sus tareas la misma importancia y atención que su padre había demostrado años antes.

Su niñez en una familia unida

Las fotografías del pequeño Tommy muestran a un hermoso niño con una expresión vivaz y simpática, y un brillo de travesura en los ojos. Él es el primero en reconocer que era un niño como todos los demás y cuenta este relato de algo que le pasó en la Primaria:

“El año que estuve en el curso [para niños de diez años], recuerdo que nuestro comportamiento en la Primaria no era siempre como debía ser. Yo tenía mucha energía y me resultaba difícil estar pacientemente sentado en una clase. Melissa Georgell era la presidenta de la Primaria de nuestro barrio y un día me pidió que fuera a hablar con ella. Nos sentamos en el primer banco de la capilla y ella comenzó a llorar; después me dijo que estaba muy triste porque los niños, en particular los varones, no se portaban bien durante los ejercicios de apertura. Inocentemente, le pregunté: ‘Hermana Georgell, ¿quiere que le ayude?’

“Con una sonrisa de alivio y una mirada entusiasmada, me contestó: ‘¿Estás dispuesto a hacer eso?’

“Le dije que lo haría, y desde ese momento desaparecieron los problemas de disciplina en la Primaria”, concluye él riéndose.

En Salt Lake City, en 500 Sur y 200 Oeste, Thomas Condie había construido cuatro casas para las hijas y sus respectivas familias. En “las viviendas de los Condie”, nombre por el que se conocía la serie de casas, Tommy Monson estaba siempre rodeado por la familia y podía visitar a cualquiera de sus primos, sintiéndose en el hogar de éstos como si fuera el suyo propio. Le gustaba mucho ir a la granja de la familia Condie en Granger, una zona del Valle del Lago Salado que entonces era rural pero que ahora está cubierta de vecindarios y centros comerciales. Hasta que llegó a la mitad de su adolescencia, edad en que los trabajos de verano tomaron prioridad, le encantaba pasar tiempo en la cabaña familiar, situada en Vivian Park, que forma parte del cañón de Provo, a unos noventa y cinco kilómetros de su casa. Allá jugaba con sus primos en los alrededores, nadaba en el río (y una vez le salvó la vida a una muchacha que se estaba ahogando); y fue allí que aprendió a gustar de la pesca, un pasatiempo que ha disfrutado toda su vida.

También empezó a gustarle la caza de patos, etc., pero con el paso del tiempo, el cuidado y la protección de las aves se ha convertido en una norma para él. Desde niño se había sentido fascinado por las palomas y empezó a criarlas él mismo. Al fin, las palomas que criaba empezaron a sacar premios; y más aún, sus palomas fueron la clave de algunas lecciones duraderas de liderazgo.

Por ejemplo, mientras el jovencito Tom Monson era presidente del quórum de maestros de su barrio, se quedó encantado cuando el asesor del quórum le habló de su interés en criar palomas; después le preguntó: “¿Te gustaría que te regalara un par de palomas Birmingham Roller de pura raza?” El asesor le explicó que la hembra de la pareja era especial: tenía un solo ojo porque el otro se lo había dañado un gato. Se las llevó y, de acuerdo con las instrucciones recibidas, mantuvo a ambas aves en su palomar durante unos diez días; después las puso en libertad para ver si volvían. El macho volvió, pero la hembra se escapó regresando a la casa del asesor. Cuando Tom fue a buscarla, éste le habló sobre un muchacho del quórum que no era activo, a lo cual Tom respondió: “Lo tendré en la reunión del quórum esta semana”. Se llevó la paloma a la casa, pero cuando volvió a dejar a la pareja en libertad, la hembra regresó otra vez a la casa del asesor. Al ir Tom de nuevo a buscarla, el asesor le habló de otro muchacho que tampoco asistía a las reuniones del quórum. Cada vez que la soltaba, la paloma regresaba a la casa del asesor; y cada vez que iba a buscarla, tenían una conversación sobre algún otro muchacho que no estaba asistiendo.

“Hasta que llegué a ser adulto, no me di cuenta completamente de que Harold, mi asesor, ciertamente me había dado una paloma especial”, comenta el presidente Monson, “la única de su palomar que iba a volver allí cada vez que quedara en libertad. Ése fue el método inspirado que puso en práctica para tener una entrevista personal del sacerdocio cada dos semanas con el presidente del quórum de maestros. Gracias a esas entrevistas y a aquella vieja paloma de un solo ojo, cada uno de los muchachos de aquel quórum se reactivó”.

Llega a la edad adulta

Al promediar su adolescencia, la Segunda Guerra Mundial era una parte inevitable del futuro de los jóvenes de su edad. Tom Monson se graduó de la escuela secundaria y se inscribió en la Universidad de Utah. Al acercarse a su decimoctavo cumpleaños, el reclutamiento para el servicio militar obligatorio parecía ineludible, por lo que decidió enrolarse en la Marina de los Estados Unidos. La decisión que tomó en el momento del enrolamiento tuvo un profundo efecto en su futuro: resolvió firmar contrato con la Reserva Naval; por haber hecho eso, poco después que la guerra llegó a su fin, cuando empezaron a reducir las fuerzas armadas, su servicio activo terminó, lo cual le permitió regresar a casa y reanudar su carrera universitaria… y su noviazgo con Frances Beverly Johnson. (Él reconoce que, en esa época, entre las dos actividades esta última era mucho más importante que la primera.)

Los dos jóvenes se habían conocido durante el primer año que él había cursado en la universidad. La relación que tuvo con la familia de ella se afianzó desde el momento en que se conocieron. Un día en que el presidente Monson llegó a casa de su novia, el padre de ésta le mostró una fotografía antigua de dos misioneros Santos de los Últimos Días, ambos con sombrero de copa; indicando a uno de los hombres de la foto, le preguntó si era pariente de aquel Monson. Tom le contestó que sí, que era Elías, tío de su papá. Con lágrimas en los ojos, el padre de Frances le explicó que la labor del élder Elías Monson había sido fundamental en la conversión de su familia al Evangelio. Tom sonrió para sus adentros, pensando que aquél era un comienzo muy prometedor para su noviazgo.

Thomas Monson y Frances Johnson se casaron el 7 de octubre de 1948 en el Templo de Salt Lake.

La hermana Monson no recuerda ninguna época en la cual su esposo no estuviera ocupado prestando servicio en la Iglesia. “Tom era secretario del barrio y luego fue superintendente de los Hombres Jóvenes de la AMM [Asociación de Mejoramiento Mutuo] cuando éramos recién casados; desde entonces, ha pasado de una asignación a otra continuamente”, dice sonriente. Ha ocupado constantemente puestos prominentes de liderazgo en la Iglesia desde mayo de 1950, cuando fue llamado como obispo del barrio a los veintidós años. “El ver a mi esposo haciendo la obra del Señor nunca ha sido un sacrificio para mí”, dice la hermana Monson; “al contrario, nos ha bendecido a mí y a nuestros hijos; y él siempre ha sabido que si era por la Iglesia, yo esperaba que hiciera lo que debía hacer”.

El presidente Monson dice que el apoyo de su esposa ha sido esencial para su ministerio. “Nunca he oído a Frances quejarse de mis responsabilidades en la Iglesia, ni una sola vez”, afirma. “He estado ausente muchos días y muchas noches, y raramente me he sentado con ella entre la congregación. Pero no hay nadie que se le iguale, absolutamente nadie. Me ha apoyado en todo sentido y es una mujer de fe tranquila y profundamente fuerte”.

Reconoce también que ella ha sido un elemento fundamental en mantener un fuerte ambiente hogareño para sus tres hijos: Thomas Lee, Ann Frances y Clark Spencer Monson. Esos hijos y sus cónyuges han dado al presidente y a la hermana Monson ocho nietos y cuatro bisnietos.

Clark S. Monson, uno de sus hijos, dice que, aun cuando el padre viajaba con frecuencia por asuntos de la Iglesia y estaba ausente muchos fines de semana, “siempre dedicaba tiempo a sus hijos y todavía sigue haciéndolo. Nunca me sentí privado de pasar tiempo con papá. Cuando estaba en casa, jugaba con nosotros y nos llevaba a comer helado. En el verano tenía más tiempo libre y lo pasábamos juntos en la cabaña que tenía la familia en el cañón de Provo. Cuando era niño, pasé muchas horas pescando con mi padre. No me imagino ninguna manera mejor de que un padre y un hijo pasen tiempo juntos”.

La hija del presidente y de la hermana Monson, Ann Monson Dibb, dice que siempre tuvo presente que una de las mejores formas de servir y honrar a su padre era hacer lo mismo con su madre. Agrega que él siempre ha sido cariñoso con sus hijos y los ha apoyado, y ahora hace lo mismo con sus nietos. “Mis hijos han disfrutado mucho de ayudar al abuelo a cortar el césped”, dice; “les encanta trabajar con él”. Y continúa: “A todos los de la familia nos gusta sentarnos alrededor de una fogata, junto a la cabaña familiar, escuchando los cuentos del abuelo”. También afirma que su padre siempre ha sido generoso en compartir lo que ha aprendido.

Lo que ha aprendido ha sido por medio de la experiencia que obtuvo trabajando diligentemente desde que era muy joven. Por ejemplo, cualquier hombre se habría sentido intimidado al recibir el manto de obispo siendo tan joven; se trataba de un barrio grande, con 1.080 miembros, ochenta y cuatro de los cuales eran viudas que necesitaban la atención del obispo. Pero el obispo Monson no perdió el tiempo en dejarse abrumar por la carga, sino que oró y puso manos a la obra. Prestó servicio, amó a la gente y la fortaleció; era su deber, pero también era el curso que su corazón le dictaba. Estaba “en la obra del Señor” (D. y C. 64:29).

Muchos miembros de la Iglesia han oído sus relatos personales de cuando atendía a las necesidades de aquellas viudas, pero pocos conocen toda la historia. En Navidad, visitaba a cada una de ellas, llevándoles un apreciado regalo de alimentos; durante muchos años el regalo fue una gallina ya preparada que provenía de su propio gallinero. Al principio, se tomaba una semana de vacaciones para hacer todas las visitas, y mucho después de haber dejado de ser el obispo, las viudas estaban a la expectativa de sus visitas anuales, sabiendo que iría. Él continuó visitándolas cuando ya eran ancianas y, hasta cierto punto milagrosamente, ha podido hablar en el funeral de cada una de ellas, ¡de las ochenta y cuatro! Todavía va regularmente a las casas para ancianos y a los centros de convalescencia locales, a visitar a otras personas que conoció cuando “sus viudas” y otros amigos se encontraban allí.

“Mi padre es un ejemplo viviente de tres pasajes de la epístola de Santiago”, dice la hermana Dibb. “Primero, Santiago 1:22: ‘…sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores’. Segundo, Santiago 1:25: el ‘hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace’. Y tercero, Santiago 1:27: ‘La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo’”. Continúa diciendo que el presidente Monson imita al Salvador en su manera de ofrecer ayuda a los demás. “Sea cual sea su dificultad o su aflicción, él les extiende la mano; los edifica, los sostiene y los apoya mientras aplican su propia fe y ponen su confianza en el Salvador, Jesucristo”.

Su lealtad a los amigos y al Señor

Esa atención fiel a sus queridos amigos denota una de las cualidades que más resalta para los que lo conocen mejor: su lealtad. Con los amigos —y casi todas las personas a quienes conoce llegan a serlo— se desarrolla un lazo de lealtad que jamás se rompe. Los compañeros de su juventud todavía son buenos amigos. Si se le presenta la oportunidad, por ejemplo, de ocupar uno de los palcos durante un partido de básquetbol del equipo Jazz [de Utah], puede que invite a líderes civiles, a hombres de negocios o a otros conocidos de influencia; pero lo más probable es que decida invitar a algunos de aquellos viejos amigos menos influyentes y disfrute del juego con entusiasmo junto a ellos. Incluso a los que no conozcan a esas personas les gustará escuchar mientras el presidente Monson evoca con ellos tiempos pasados, comunicando siempre hasta en el tono de su voz la lealtad que todavía tiene para con sus amigos.

Esto nos hace pensar en otro tipo de fidelidad tan característica del presidente Monson: la que tiene para la voz del Espíritu. Cuando era un obispo joven, una noche recibió un llamado para avisarle que habían llevado a un miembro anciano de su barrio al hospital de veteranos, en Salt Lake City, y preguntándole si podía ir a darle una bendición. El obispo Monson explicó que en ese momento se preparaba para ir a una reunión de estaca, pero que pasaría por el hospital tan pronto como ésta terminara. Durante la reunión se sintió inquieto, intranquilo y recibió una fuerte impresión, la de salir de la reunión e ir directamente al hospital. Pero le pareció descortés salir de allí mientras el presidente de la estaca hablaba, así que esperó a que él terminara su discurso y se dirigió hacia la salida antes de la última oración. Al llegar al hospital, corrió por el pasillo. Notó que había mucho movimiento junto a la habitación del hombre y una enfermera le salió al encuentro y lo detuvo. “¿Es usted el obispo Monson?”, le preguntó. Agitado, él respondió que sí. “Lo lamento”, le dijo la enfermera. “El paciente estaba llamándolo justo antes de morir”.

Al salir aquella noche del hospital, el joven obispo prometió que nunca jamás volvería a dejar de hacer lo debido cuando recibiera una impresión del Señor. Nadie podría haber sido más fiel a aquella promesa. Verdaderamente, su vida ha sido un milagro tras otro en respuesta a su fidelidad a las impresiones del Espíritu.

Tal vez aquella experiencia haya estado en su memoria años después, siendo miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, cuando una visita que hizo a una conferencia de estaca llegó a ser algo fuera de lo común. Originalmente, había recibido la asignación de visitar otra estaca ese fin de semana, pero fue necesario hacer un cambio. El entonces élder Monson no observó ningún significado especial cuando el presidente Ezra Taft Benson (1899–1994), que era Presidente del Quórum de los Doce, le dijo: “Hermano Monson, tengo la impresión de que debe visitar la Estaca Shreveport, Luisiana”.

Al llegar a Shreveport, el élder Monson se enteró de que Christal Methvin, una niña de diez años que estaba en la etapa terminal de cáncer, deseaba recibir una bendición de una Autoridad General en particular: él. Después de examinar el programa de las reuniones para la conferencia, se dio cuenta de que no había tiempo para hacer el viaje de 130 kilómetros hasta la casa de la niña y le pidió al presidente de la estaca que tuvieran en cuenta a Christal para mencionarla en las oraciones durante la conferencia. La familia Methvin comprendió el problema que había con el viaje pero, de todos modos, oró para que el deseo de su niña se hiciera realidad. El élder Monson se preparaba para hablar en la reunión de liderazgo del sábado por la noche cuando, según lo relata: “Oí una voz que le hablaba a mi espíritu. El mensaje era breve y las palabras conocidas: ‘…Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios’ (Marcos 10:14)”. Con la ayuda del presidente de estaca, se hicieron rápidamente arreglos para hacer una visita a la casa de los Methvin a la mañana siguiente. Aquélla fue una experiencia solemne y sagrada para todos los que participaron. Apenas cuatro días después de haber recibido la deseada bendición, Christal regresó al hogar de su Padre Celestial.

Con frecuencia, los acontecimientos como éste crean efectos espirituales que se extienden a la vida de otras personas. Mientras dirigía la palabra en la conferencia general de octubre de 1975, el élder Monson contó su experiencia con Christal. Al fijarse en una niña de pelo claro de aproximadamente la misma edad, que estaba sentada en el balcón del Tabernáculo, sintió la impresión de que debía dirigirle a ella sus palabras. Después de mencionar el profundo deseo de Christal que el Padre Celestial había otorgado amorosamente, el élder Monson dijo al concluir: “Para ti, mi amiguita que se encuentra en el balcón, y para los creyentes de todas partes, testifico que Jesús de Nazaret sí ama a los niños pequeños, que Él escucha tus oraciones y las contesta”.

Cuando el élder Monson regresó a su oficina después de aquella sesión de la conferencia, encontró a la niñita rubia del balcón esperándolo, acompañada por la abuela. La pequeña había estado tratando de decidir si se bautizaba o no, pues un familiar cercano le había aconsejado que esperara hasta tener dieciocho años. Ella le había pedido a la abuela que la llevara a la conferencia, con fe en que Jesús le ayudaría a encontrar la respuesta. Tomándole la mano al élder Monson, le dijo: “Usted ayudó a que Él contestara mi oración. ¡Muchas gracias!” Al poco tiempo, se bautizó.

A lo largo del ministerio de Thomas Monson, ha habido experiencias regulares, repetidas y extraordinarias al responder a los apacibles llamados del Espíritu: una visita en el momento preciso para dar una bendición muy anhelada, la respuesta a una necesidad inexpresada, una afluencia de líderes y miembros para ayudar a alguien cuando más lo necesitaba. El presidente Monson señala que esas experiencias han tenido lugar mediante la influencia del Espíritu Santo y no por ningún talento ni habilidad que él posea. “La sensación más dulce que se puede tener en este mundo es sentir la mano del Señor en el hombro”, dice con emoción. “En la bendición patriarcal que recibí siendo niño, se me prometió que tendría el don de discernimiento. Debo reconocer que esas palabras se han visto plenamente cumplidas en el curso de mi vida”. Las lecciones que aprendió siendo joven se han fortalecido y ampliado a través de los años.

Un llamado a prestar servicio toda la vida

Ya hemos notado lo joven que era Thomas Monson al recibir cargos de liderazgo. A los veintidós años, lo llamaron como obispo del Barrio 77, Estaca Temple View, Salt Lake City. A los veintisiete lo llamaron como consejero en la presidencia de esa estaca. Prestaba servicio en ese cargo cuando, a los treinta y un años, recibió el llamamiento de presidente de la Misión Canadiense. Al regresar de presidir la misión, fue llamado al sumo consejo y a prestar servicio en varios comités generales de la Iglesia. Había pasado poco más de un año de eso cuando, a los treinta y seis años, lo llamaron para el santo apostolado.

En 1963, al llamar a Thomas S. Monson para llenar una vacante en el Quórum de los Doce Apóstoles, los miembros que no estaban al tanto de sus antecedentes se habrán preguntado de dónde habría salido. Era el hombre más joven llamado a ese oficio desde 1910, en que llamaron a Joseph Fielding Smith para ser Apóstol a los treinta y tres años. Pero los que conocían al élder Monson sabían que había sido preparado para ocupar el cargo.

Su relación con los líderes de la Iglesia comenzó cuando todavía era joven. El presidente Harold B. Lee (1899–1973) había sido presidente de su estaca; en 1950 Tom Monson se dirigió a su amigo, el entonces élder Lee, del Quórum de los Doce Apóstoles, para pedirle consejo en una decisión muy importante que debía tomar. Mientras prestaba servicio como subalterno de marina en la Reserva Naval, después de la Segunda Guerra Mundial, le ofrecieron una comisión de alférez de marina, o sea, de oficial. ¿Debía aceptarla, sabiendo que si su unidad se activaba lo mandarían lejos del hogar? Cuando el presidente Lee le aconsejó que rechazara la comisión y renunciara a la marina, él luchó con la decisión porque la posición de oficial era un ascenso que se había afanado por lograr. No obstante, siguió el consejo. Cuando lo llamaron de obispo poco tiempo después, el élder Lee, que lo apartó, comentó que si Tom se hubiera comprometido a seguir en la marina, probablemente no habría recibido ese llamamiento. Y suponemos que tampoco habría recibido ninguno de los llamamientos muy importantes que siguieron a aquél.

Por el élder Lee, Tom, el mayor de los hijos de Thomas Monson, recibió su segundo nombre; y Clark, el segundo hijo de los Monson, recibió el nombre de pila por otro amigo de la familia: el presidente J. Reuben Clark (1871–1961), que fue Consejero de la Primera Presidencia. En su empleo de la imprenta, Tom Monson trabajó con el presidente Clark en los varios libros que este líder de la Iglesia publicó, entre ellos el famoso Our Lord of the Gospels [“Nuestro Señor de los Evangelios”]. La relación que existió entre los dos hombres era similar a la de un padre y su hijo.

En su trabajo, Tom Monson también llegó a conocer y a admirar al élder LeGrand Richards (1886–1983), del Quórum de los Doce Apóstoles. Mientras presidía la misión en Toronto, el presidente Monson conoció al canadiense Nathan Eldon Tanner (1898–1982), hombre de negocios y líder de gobierno. En realidad, la vacante que Thomas Monson llenó en el Quórum de los Doce en 1963 fue resultado del llamamiento del presidente Tanner, miembro del quórum, a un cargo en la Primera Presidencia como Consejero del presidente David O. McKay (1873–1970).

De regreso en Salt Lake City después de prestar servicio como presidente de misión, el hermano Monson fue llamado al Comité Misional del Sacerdocio, dirigido por el entonces élder Spencer W. Kimball (1895–1985), del Quórum de los Doce Apóstoles. Prestó servicio también en el Comité Genealógico del Sacerdocio, dirigido por el élder Tanner. Más adelante fue miembro del Comité de Correlación de los cursos de estudio para adultos y del Comité de Orientación Familiar del Sacerdocio, dirigido por el élder Marion G. Romney (1897–1988), que integraba el Quórum de los Doce y que después fue Consejero de la Primera Presidencia. El hermano Monson estaba tan comprometido en la obra de los comités de la Iglesia que el día que recibió el llamamiento para el Quórum de los Doce Apóstoles pensó que el presidente McKay lo había invitado a su oficina para hablar de alguna de sus asignaciones de comité.

Alumno y maestro

Desde que comenzó a relacionarse con los líderes de la Iglesia, el élder Monson fue un alumno ávido de conocimiento y rápido para aprender. Tanto su habilidad como su capacidad para el servicio eran bien conocidas entre sus hermanos del quórum. El presidente Kimball se refería a él como “un hombre que en verdad practica el ‘hazlo’”, que “actúa de inmediato y con resolución”. El élder Bruce R. McConkie (1915–1985), de los Doce, dijo una vez que él era “un genio en el gobierno de la Iglesia”. Refiriéndose a su gran lealtad, el entonces élder James E. Faust (1920–2007), que más adelante prestó servicio con él en la Primera Presidencia, comentó: “Esa memoria que tiene no se olvida de nada, pero tampoco olvida su corazón, especialmente a la gente”. El élder Neal A. Maxwell (1926–2004), del Quórum de los Doce, hablando de Thomas Monson dijo que sus aptitudes administrativas y ejecutivas provenían de “algo inherente e innato en él. No necesita estudiar veinte años un tema para captar su importancia y recordar su significado. Él ya ha devorado el contenido de la mayoría de los asuntos mientras todos los demás están todavía tratando de descubrirlos”. El presidente Boyd K. Packer, que se ha sentado junto al presidente Monson todos los años en que ambos han integrado el Quórum de los Doce Apóstoles, ha dicho lo siguiente: “Si necesitara a alguien para conducir escrupulosamente algún asunto delicado en los consejos de la Iglesia, Thomas S. Monson es el hombre que elegiría para esa tarea”.

Mientras prestaba servicio en el Quórum de los Doce, el presidente Monson fue director del Comité de Correlación de los cursos de estudio para adultos, del Comité Ejecutivo Misional y del Comité Ejecutivo de Bienestar. Es muy conocido su interés en los asuntos de bienestar y él ha sido la fuerza motivadora de la participación de la Iglesia en atender a las necesidades de la comunidad, tanto en el Valle de Lago Salado como en todas partes del mundo. Su preocupación no es una idea abstracta, sino que se sabe que literalmente ha dado la ropa que llevaba puesta a miembros necesitados que no podían comprarla. Muchas veces su servicio pasa inadvertido. “Ha hecho tanto bien en forma privada”, dice su hija Ann. Con frecuencia, alguna de esas personas cuenta su experiencia a los hijos o la hija del presidente Monson. “Ni siquiera nosotros, sus hijos, sabemos todo lo que ha hecho”, comenta ella.

Como integrante del Consejo de los Doce, el élder Monson dirigió también el Comité de Liderazgo, responsable de capacitar a las Autoridades Generales en los programas de la Iglesia, a fin de que ellos, a su vez, presentaran la misma capacitación en las conferencias de estaca. Así como fue un discípulo diligente y apto de aquellos grandes líderes que lo precedieron como testigos especiales del Señor Jesucristo, ha sido también un maestro bien dispuesto y hábil para los que le seguimos. Yo (junto con todos los otros Hermanos), siendo uno de los últimos miembros del Quórum de los Doce Apóstoles, he sentido la profunda influencia que tiene en nosotros el presidente Monson. Su entusiasmo, su atención a los detalles, sus lecciones provenientes de toda una vida de experiencia, éstas y otras influencias han tenido un gran impacto, especialmente porque proceden de un período de muchos años y provienen de alguien llamado al apostolado a una edad tan joven como lo fue él. Hemos sentido su lealtad hacia nosotros en esos asuntos, lo mismo que aquellos primeros amigos del barrio del oeste de Salt Lake City donde él se crió.

Desde que tenía poco más de veinte años, el presidente Monson se ha interesado en servir y fortalecer a la juventud de la Iglesia. Su preocupación por el bienestar espiritual de los jóvenes se ha manifestado en acciones; por ejemplo, desde 1969 ha prestado servicio en el Directorio Ejecutivo Nacional de los Boy Scouts de América y, a causa de eso, ha recibido los premios más altos de escultismo, nacional e internacional.

Por su servicio en los llamamientos de la Iglesia, han llegado a conocerlo líderes de gobierno, de negocios y de asuntos cívicos de todo el mundo; el respeto que de ellos se ha ganado le ha permitido ser una voz influyente para la Iglesia. Uno de sus logros particulares fue obtener permiso para edificar un templo en la llamada entonces República Democrática Alemana, que estaba todavía detrás de la cortina de hierro. Tuvo un éxito similar en lograr que ese gobierno permitiera que los misioneros Santos de los Últimos Días entraran y salieran libremente de esa tierra antes de la caída del Muro de Berlín.

El ministerio del presidente Monson es algo que ha quedado asentado en los registros públicos, un registro que agrada a los Santos de los Últimos Días tanto mayores como jóvenes; los relatos alentadores de sus discursos y escritos perduran porque tienen la propiedad de parábolas modernas. Muchos de éstos aparecen en un libro publicado en 1994, Inspiring Experiences That Build Faith: From the Life and Ministry of Thomas S. Monson [“Experiencias inspiradoras que edifican la fe: de la vida y el ministerio de Thomas S. Monson”]. En la página que sigue al índice de temas, se encuentra este título: “El servicio a los demás”, y debajo está el conocido pasaje de Mosíah 2:17: “…cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, sólo estáis al servicio de vuestro Dios”. Éste es un consejo de las Escrituras que se aplica perfectamente a la vida de Thomas S. Monson, porque él lo ha tomado muy en serio; él lo vive.

La consagración de toda una vida

En el transcurso de sus muchos años de servicio, el presidente Monson ha mantenido la promesa que hizo el 4 de octubre de 1963, el día en que fue sostenido como miembro del Quórum de los Doce Apóstoles. Hablando en el Tabernáculo por primera vez como Autoridad General, dijo:

“Mi más sincero ruego hoy, presidente McKay, es que sea capaz de obedecerles siempre a usted y a éstos, mis hermanos. Consagro mi vida y todo lo que pueda tener. Me esforzaré al máximo de mi capacidad por ser lo que ustedes quieren que sea. Estoy agradecido por las palabras de Jesucristo, nuestro Salvador, cuando dijo:

“‘He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él…’ (Apocalipsis 3:20).

“Ruego fervientemente, mis hermanos y hermanas, que mi vida merezca el cumplimiento de esa promesa de nuestro Salvador”.

Al dirigir la Iglesia en la actualidad, quizás el presidente Monson nos diga a todos lo que dijo a las hermanas en septiembre de 2007, durante la reunión general de la Sociedad de Socorro: “…no oren para recibir tareas que igualen su habilidad, sino oren para recibir la habilidad para cumplir con esas tareas. De ese modo, el desempeño de sus tareas no será un milagro, sino que ustedes mismas serán el milagro”. A los que puedan lamentarse de su falta de capacidad o de su ineptitud, es posible que les diga lo mismo que enseñó en la conferencia general de abril de 1996: “…recuerden que esta obra no es de nosotros solamente; es la obra del Señor y, cuando estamos al servicio del Señor, tenemos derecho de recibir Su ayuda. Recuerden que a quien el Señor llama, el Señor prepara y capacita”. A todos los que lo conocen, les resulta obvio que el Señor ha capacitado al presidente Thomas S. Monson para el llamamiento que ahora tiene.

En 1985, el año en que fue llamado a la Primera Presidencia, entregó sus memorias a los miembros de su familia. En ese ejemplar, escribió: “Rememorando sobre mi vida, es fácil reconocer la influencia que ha tenido en mí la guía de mi amoroso Padre Celestial. Testifico que Su atento cuidado y Sus prometidas bendiciones han sido dones que he recibido con gratitud. Sus palabras se han hecho realidad en mi vida: ‘…iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros’ (D. y C. 84:88)”.

Después de expresar agradecimiento por su amada Frances y los hijos y nietos de ambos, concluye diciendo: “¡Ojalá que siempre se me encuentre en ‘la obra del Señor’!”

Aquella esperanza, expresada hace veintitrés años, se ha convertido ahora en una certeza. Por llamamiento divino, Thomas Spencer Monson pasará el resto de su vida “haciendo bienes” como lo hizo mucho antes que él su Salvador a quien tanto ama. Él seguirá Sus pasos y lo hará con la inspiración de un cuadro favorito que lo guiará día tras día de ese sagrado ministerio.

ACONTECIMIENTOS IMPORTANTES EN LA VIDA DEL PRESIDENTE THOMAS S. MONSON

21 de agosto de 1927 Nace en Salt Lake City, Utah, hijo de G. Spencer and Gladys Condie Monson.
1945–1946 Presta servicio en la Reserva Naval de E.U.A.
1948 Se gradúa con honores de la Universidad de Utah.Comienza su trabajo profesional en el periódico Deseret News.
7 de octubre de 1948 Se casa con Frances Beverly Johnson en el Templo de Salt Lake.
7 de mayo de 1950 Lo sostienen como obispo del Barrio 77, Estaca Temple View, Salt Lake City.
1953 Lo nombran gerente de ventas de la Imprenta Deseret.
26 de junio de 1955 Lo sostienen como segundo consejero de la presidencia de la Estaca Temple View.
1958 Lo nombran asistente administrativo de la Imprenta Deseret.
1959–1962 Presta servicio como presidente de la Misión Canadiense, con sede en Toronto.
1º de febrero de 1962 Lo sostienen como miembro del sumo consejo de la Estaca Valley View.
4 de octubre de 1963 Lo sostienen como miembro del Quórum de los Doce Apóstoles.
1966 Recibe el Premio al Alumno Distinguido de la Universidad de Utah.
1971 Recibe el Premio “Silver Beaver” [“Castor de Plata”] de los Boy Scouts de América.
1974 Recibe la Maestría en Administración de Empresas de la Universidad Brigham Young.
27 de abril de 1975 Vuelve a dedicar la República Democrática Alemana (Alemania Oriental) para la obra misional.
1978 Recibe el premio máximo de los Boy Scouts de América, el “Silver Buffalo” [“Búfalo de Plata”].
1981 Recibe el título honorario de Doctor en Leyes de la Universidad Brigham Young.
23 de abril de 1983 Preside la ceremonia de la palada inicial para el Templo de Freiberg, Alemania.
10 de noviembre de 1985 Lo apartan como Segundo Consejero del presidente Ezra Taft Benson.
17 enero de 1986 Dedica el Templo de Buenos Aires, Argentina.
1993 Recibe el Premio “Bronze Wolf” [“Lobo de Bronce”] del Commité Scout Mundial.
5 de junio de 1994 Lo apartan como Segundo Consejero del presidente Howard W. Hunter.
12 de marzo de 1995 Lo apartan como Primer Consejero del presidente Gordon B. Hinckley.
1996 Recibe el título honorario de Doctor en Humanidades del Colegio Universitario Salt Lake.
1997 Recibe el Premio “Minuteman” de la Guardia Nacional de Utah.Recibe el Premio al Hombre Ejemplar de la Universidad Brigham Young.
1998 Con la hermana Monson, reciben el Premio al Cuidado Humanitario, de las Hermanas de la Caridad de la Villa Saint Joseph (abajo).
2000 Dedica seis templos.
24 de abril de 2003 Habla en la ceremonia de graduación a la clase de graduados más numerosa en la historia de la Universidad Brigham Young.
21 de octubre de 2005 Dirige la palabra en la reunión espiritual de conmemoración del quincuagésimo aniversario de la fundación de BYU–Hawai [Universidad Brigham Young en Hawai].
2007 Recibe el Premio Humanitario Mundial en la convención del Club Rotario Internacional.Recibe el doctorado honorario en Negocios de la Universidad de Utah.
3 de febrero de 2008 Lo apartan como decimosexto Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
10 de febrero de 2008 Dedica el Templo de Rexburg, Idaho (abajo).

LIBROS ESCRITOS POR THOMAS S. MONSON

  • Pathways to Perfection [Caminos hacia la perfección], 1973, 1976.

  • Behold Thy Mother [He ahí tu madre], 1976.

  • In Search of the Christmas Spirit [En procura del Espíritu de Navidad], 1977, 2007.

  • Be Your Best Self [Sé lo mejor de ti mismo], 1979.

  • Conference Classics [Clásicos de las conferencias], tomo 1, 1981.

  • Honor Thy Mother [Honra a tu madre], 1981.

  • Christmas Gifts, Christmas Blessings [Regalos de Navidad, bendiciones de Navidad], 1983.

  • Conference Classics [Clásicos de las conferencias], tomo. 2, 1983.

  • Conference Classics [Clásicos de las conferencias], tomo. 3, 1984.

  • Favorite Quotations from the Collection of Thomas S. Monson [Citas predilectas de la colección de Thomas S. Monson], 1985.

  • Invitation to Live the Good Life [Una invitación a vivir la buena vida], 1988, 1993.

  • The Church in a Changing World [La Iglesia en un mundo cambiante], 1989.

  • The Search for Jesus: A Christmas Message [En busca de Jesús: Mensaje de Navidad], 1992.

  • Inspiring Experiences That Build Faith [Experiencias inspiradoras que edifican la fe], 1994.

  • Faith Rewarded: A Personal Account of Prophetic Promises to the East German Saints [La fe recompensada: Un relato personal de las promesas proféticas a los santos de Alemania Oriental], 1996.

  • An Invitation to Exaltation [Invitación a lograr la exaltación], 1997.

  • Meeting Your Goliath [Cómo enfrentar a tu Goliat], 1997.

  • A Christmas Dress for Ellen [Un vestido de Navidad para Ellen], 1998, 2004.

    Liahona, Junio 2008