Los débiles y sencillos de la tierra

Presidente Boyd K. Packer.

Presidente del Quorum de los Doce Apostoles.

 

El Señor no estima a un miembro de la Iglesia más o menos que a cualquier otro.

Rendimos honor al presidente James E. Faust; lo extrañamos. Su amada esposa Ruth está presente esta mañana, y le expresamos nuestro amor. Damos la bienvenida a aquellos que han sido llamados a los puestos que el presidente Hinckley ha mencionado.

En nombre de todos los que hemos sido sostenidos hoy, nos comprometemos a hacer lo mejor que podamos y a ser dignos de la confianza que se ha depositado en nosotros.

Hemos sostenido a los oficiales generales de la Iglesia, en lo que es un procedimiento solemne y sagrado. Esta práctica común ocurre siempre que se llama o se releva de sus puestos a líderes o a maestros, o siempre que hay una reorganización en una estaca, barrio, quórum u organización auxiliar (véase D. y C. 124:123, 144; véase también D. y C. 20:65–67; 26:2). Es algo único de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Siempre sabemos quién es llamado a dirigir o a enseñar y tenemos la oportunidad de sostener u oponernos a esa medida. Eso no resultó como un invento del hombre, sino que se estableció en las revelaciones: “…a ninguno le será permitido salir a predicar mi evangelio ni a edificar mi iglesia, a menos que sea ordenado por alguien que tenga autoridad, y sepa la iglesia que tiene autoridad, y que ha sido debidamente ordenado por las autoridades de la iglesia” (D. y C. 42:11; cursiva agregada). De este modo, se protege a la Iglesia de cualquier impostor que quisiese tomar control de un quórum, de un barrio, de una estaca o de la Iglesia.

Hay otro principio que es exclusivo de la Iglesia del Señor. Todos los llamamientos para enseñar y para dirigir los ocupan los miembros de la Iglesia. Esto también se ha definido en las Escrituras. En un versículo de Doctrina y Convenios se estableció el orden de liderazgo en la Iglesia para siempre; era algo sin precedentes, y con seguridad no era la costumbre de las iglesias cristianas de aquel entonces ni de hoy:

“Por tanto, yo, el Señor, sabiendo las calamidades que sobrevendrían a los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, y le hablé desde los cielos y le di mandamientos…

“Lo débil del mundo vendrá y abatirá lo fuerte y poderoso, para que…

“…todo hombre hable en el nombre de Dios el Señor, el Salvador del mundo;

“para que también la fe aumente en la tierra;

“para que se establezca mi convenio sempiterno;

“para que la plenitud de mi evangelio sea proclamada por los débiles y sencillos hasta los cabos de la tierra, y ante reyes y gobernantes.

“He aquí, soy Dios, y lo he declarado; estos mandamientos son míos, y se dieron a mis siervos en su debilidad, según su manera de hablar, para que alcanzasen conocimiento” (D. y C. 1:17, 19–24).

Estoy profundamente agradecido por esos pasajes, que explican que el Señor se valdrá de “lo débil del mundo”.

Todo miembro es responsable de aceptar el llamado a servir.

El presidente J. Reuben Clark Jr. dijo: “Cuando servimos al Señor, no interesa dónde sino cómo lo hacemos. En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días uno debe aceptar el lugar que se le haya llamado a ocupar y no debe ni procurarlo ni rechazarlo” (“A donde me mandes iré”, Liahona, noviembre de 2002, pág. 68). La Iglesia no cuenta con un clero profesional. El llamado para ocupar llamamientos de liderazgo por todo el mundo proviene de las congregaciones; nosotros no contamos con instituciones para capacitar a líderes profesionales.

Todo lo que se hace en la Iglesia: la dirección, la enseñanza, los llamamientos, las ordenaciones, las oraciones, los cantos, la preparación de la Santa Cena, el asesoramiento y todo lo demás, lo hacen los miembros comunes y corrientes, “lo débil del mundo”.

Vemos en las iglesias cristianas las dificultades que tienen para suplir sus necesidades de personal; nosotros no tenemos ese problema. Una vez que se predica el Evangelio y se organiza la Iglesia, se cuenta con un abastecimiento inagotable de fieles hermanos y hermanas que tienen ese testimonio y están dispuestos a responder al llamado a servir. Se entregan a la obra del Señor y viven las normas que se requieren de ellos.

Se ha conferido el Espíritu Santo a los miembros después del bautismo (véase D. y C. 33:15; 35:6), y él les enseñará y les dará consuelo, después de lo cual estarán preparados para recibir guía, dirección y corrección, lo que requieran sus cargos o necesidades. (Véase Juan 14:26; D. y C. 50:14; 52:9; 75:10.)

Este principio pone a la Iglesia en un curso diferente al de todas las otras iglesias cristianas en el mundo; nos encontramos en la situación poco común de tener un abastecimiento inagotable de maestros y líderes, entre toda nación, tribu, lengua y pueblo, por todo el mundo. Hay una igualdad singular entre los miembros y ninguno de nosotros debe considerar que vale más que otro. (Véase D. y C. 38:24–25.) “…Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10:34–35; véase también Romanos 2:11; D. y C. 1:35; 38:16).

Cuando era jovencito, era el maestro orientador de una hermana muy anciana; ella me enseñó de las experiencias de su vida.

Cuando ella era niña, el presidente Brigham Young fue a visitar Brigham City, lo cual era un gran acontecimiento en el pueblo que llevaba su nombre. En su honor, los niños de la Primaria, vestidos de blanco, se alinearon a lo largo de la calle que entraba al pueblo, llevando consigo una canasta de flores para dispersarlas frente al carruaje del Presidente de la Iglesia.

Algo la disgustó; en vez de tirar las flores, dio un puntapié a una piedra frente al carruaje, diciendo: “Él no es ni una pizca mejor que mi abuelo Lovelund”. Alguien oyó ese comentario, por el que ella recibió una dura reprimenda.

Estoy seguro de que el presidente Brigham Young sería el primero en estar de acuerdo con la pequeña Janie Steed; él no consideraría que fuese de mayor valor que el abuelo Lovelund o que ningún otro miembro digno de la Iglesia.

El Señor mismo fue bastante claro: “Y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo” (Mateo 20:27). “…éste es nombrado para ser el mayor, a pesar de ser el menor y el siervo de todos” (D. y C. 50:26).

Hace años, cuando por primera vez recibí una asignación que resultó en que se publicara mi fotografía en el periódico, se oyó decir a uno de mis maestros de enseñanza secundaria, obviamente bastante asombrado: “¡Eso prueba que no se sabe cuán alto va a saltar una rana con sólo mirarla!”.

La imagen de esa rana, sentada en el barro, en vez de estar saltando, demuestra cuán insuficiente me he sentido al afrontar las responsabilidades que he tenido.

Esos sentimientos surten su efecto, de modo que después de eso uno nunca se puede sentir superior a nadie, pero a nadie.

Durante mucho tiempo, algo me tenía perplejo. Hace cuarenta y seis años, a la edad de 37 años, yo era un supervisor de seminario. Mi llamamiento en la Iglesia era como maestro auxiliar en una clase del Barrio Lindon.

Para mi gran sorpresa, se me llamó para reunirme con el presidente David O. McKay, quien tomó mis manos entre las suyas y me llamó para ser una de las Autoridades Generales, un Ayudante del Quórum de los Doce Apóstoles.

Unos días más tarde, vine a Salt Lake City para reunirme con la Primera Presidencia para ser apartado como una de las Autoridades Generales de la Iglesia. Esa era la primera vez que me reunía con la Primera Presidencia: el presidente David O. McKay y sus consejeros, el presidente Hugh B. Brown y el presidente Henry D. Moyle.

El presidente McKay explicó que una de las responsabilidades de un Ayudante de los Doce era ser un testigo especial, junto con el Quórum de los Doce Apóstoles, y dar testimonio de que Jesús es el Cristo. Lo que dijo después me dejó atónito: “Antes de proceder a apartarlo, le pido que nos exprese su testimonio. Queremos saber si usted tiene ese testimonio”.

Lo hice lo mejor que pude; expresé mi testimonio tal como lo habría hecho en una reunión de ayuno y testimonios de mi barrio. Para mi sorpresa, los hermanos de la Presidencia parecieron complacidos y procedieron a conferirme ese oficio.

Eso me dejó sumamente perplejo, ya que había supuesto que alguien que fuese llamado a ese oficio poseería un testimonio y un poder espiritual fuera de lo común, diferentes y sumamente grandes.

Me desconcertó durante mucho tiempo, hasta que por fin pude darme cuenta de que ya tenía lo que se requería: un testimonio constante en mi corazón de la restauración de la plenitud del Evangelio mediante el profeta José Smith, de que tenemos un Padre Celestial, y de que Jesucristo es nuestro Redentor. Tal vez no haya sabido todo en cuanto a ello, pero sí tenía un testimonio, y estaba dispuesto a aprender.

Tal vez no fuese diferente de aquéllos de los que se habla en el Libro de Mormón: “…Y al que venga a mí con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, lo bautizaré con fuego y con el Espíritu Santo, así como los lamanitas fueron bautizados con fuego y con el Espíritu Santo al tiempo de su conversión, por motivo de su fe en mí, y no lo supieron” (3 Nefi 9:20; cursiva agregada).

A través de los años, he llegado a comprender cuán poderosamente importante es ese sencillo testimonio. He llegado a comprender que nuestro Padre Celestial es el Padre de nuestros espíritus (véase Números 16:22; Hebreos 12:9; D. y C. 93:29). Él es un padre, con todo el tierno amor de un padre. Jesús dijo: “pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios” (Juan 16:27).

Hace algunos años, me encontraba con el presidente Marion G. Romney en una reunión de presidentes de misión y sus esposas en Ginebra, Suiza. Les contó que 50 años antes, siendo un joven misionero en Australia, fue una tarde a la biblioteca para estudiar. Cuando salió, ya había anochecido. Al contemplar el cielo estrellado ocurrió algo: el Espíritu lo conmovió y nació en su alma un testimonio certero.

Les dijo a aquellos presidentes de misión que como miembro de la Primera Presidencia, su conocimiento de que Dios el Padre vive; de que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, el Unigénito del Padre; y de que la plenitud del Evangelio había sido restaurada, no era más certero entonces que cuando era un joven misionero en Australia, hacía 50 años. Dijo que su testimonio había cambiado por el hecho de que era más fácil recibir una respuesta del Señor. Sentía más cerca la presencia del Señor, y lo conocía mucho mejor que hacía 50 años.

Hay una tendencia natural de ver a aquellos que son sostenidos en cargos de dirección y considerar que están en un nivel más alto y que tienen más valor en la Iglesia o para sus familias que un miembro común y corriente. De alguna manera pensamos que tienen más valor para el Señor que nosotros. ¡Eso simplemente no es así!

A mi esposa y a mí nos decepcionaría mucho si supusiéramos que cualquiera de nuestros hijos pensara que nosotros consideramos que valemos más para la familia o la Iglesia que ellos, o pensara que un llamamiento en la Iglesia es más importante que otro, o que cualquier llamamiento se considerara de menos importancia.

Hace poco, uno de nuestros hijos fue sostenido como líder misional de barrio. Su esposa nos contó lo emocionado que él estaba con ese llamamiento, el cual se adapta muy bien a las sumamente pesadas exigencias de su trabajo. Él lleva el espíritu misional y podrá hacer buen uso del idioma español, el cual ha mantenido con fluidez desde los días en que era misionero. Nosotros nos sentimos muy, muy complacidos por ese llamamiento.

Lo que mi hijo y su esposa están haciendo con sus hijitos es mucho más importante que lo que pudieran hacer en la Iglesia o fuera de ella. Ningún servicio sería más importante para el Señor que la devoción que se den el uno al otro y a Sus hijitos, y así es con todos los demás de nuestros hijos. El objetivo máximo de toda actividad en la Iglesia se centra en el hogar y la familia.

Como Autoridades Generales de la Iglesia, nosotros somos iguales que ustedes, y ustedes son iguales que nosotros. Ustedes, al igual que nosotros, tienen el mismo acceso a los poderes de la revelación para sus familias, para su trabajo y para sus llamamientos.

También es cierto que hay un orden en cuanto a las cosas de la Iglesia. Cuando ustedes reciben un oficio, reciben entonces revelación que pertenece a ese oficio y que no se daría a otros.

El Señor no estima a un miembro de la Iglesia más o menos que a cualquier otro. ¡Eso simplemente no es así! Recuerden que Él es un padre: nuestro Padre. El Señor “no hace acepción de personas”.

Nosotros no valemos más para el progreso de la obra del Señor que el hermano Toutai Paletu’a y su esposa en Nuku’alofa, Tonga; o el hermano Carlos Cifuentes y su esposa, en Santiago, Chile; o el hermano Peter Dalebout y su esposa, en los Países Bajos; o el hermano Tatsui Sato y su esposa, de Japón; o cientos de personas que he conocido en mis viajes por el mundo. ¡Eso simplemente no es así!

Y la Iglesia sigue progresando; ese progreso va sobre los hombros de miembros dignos que viven vidas comunes y corrientes entre familias comunes y corrientes, guiados por el Espíritu Santo y la Luz de Cristo que en ellos hay.

Testifico que el Evangelio es verdadero y que el valor de las almas es grande a la vista de Dios —toda alma— y que somos bendecidos por ser miembros de la Iglesia. Tengo el testimonio que me habilita para el llamamiento que tengo; lo he tenido desde que me reuní con la Primera Presidencia hace tantos años. Se lo expreso en el nombre de Jesucristo. Amén.

Liahona, Octubre 2007

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El Presidente Henry B. Eyring

Por el Elder Robert. D Hales.

Del Quorum de los Doce Apostoles

Unos años después de que Henry Bennion Eyring pasó a ser rector del Colegio Universitario Ricks (que ahora se llama Universidad Brigham Young–Idaho), le ofrecieron un trabajo muy prestigioso y muy bien remunerado en el sur de California.

Al describir la oferta y sus prestaciones al entonces presidente Spencer W. Kimball, éste le dijo: “Parece una gran oportunidad. Si alguna vez te necesitamos, sabremos dónde encontrarte”.

El hermano Eyring esperaba que el presidente Kimball, que era su tío, le pidiera que se quedara en el Colegio Universitario Ricks; pero en cambio, fue obvio que él y Kathleen, su esposa, tendrían que orar y ayunar para tomar la decisión, y así lo hicieron. Al cabo de una semana, el Espíritu le hizo saber que tendrían el privilegio de quedarse allí “un tiempo más”.

Él llamó a Jeffrey R. Holland, que era entonces el Comisionado del Sistema Educativo de la Iglesia, y le dijo que había rechazado la oferta de trabajo. Esa noche recibió una llamada telefónica del presidente Kimball.

“Entiendo que has decidido quedarte”, le dijo el Presidente.

“Sí”, contestó el hermano Eyring.

“¿Consideras que has hecho un sacrificio?”, le preguntó el presidente Kimball.

“No”, respondió él.

“¡Haces bien!”, le aseguró el presidente, y con eso puso fin a la conversación.

A los que conocen a Henry B. Eyring, no les sorprende su disposición a seguir las impresiones espirituales aun cuando hacerlo signifique renunciar a algo que el mundo considere importante. Él ha aprendido por sí solo que la fe y la humildad, combinadas con la obediencia, califican a los hijos de Dios para recibir bendiciones más ricas que las posesiones del mundo.

Al fallecer el presidente Gordon B. Hinckley el 27 de enero del corriente año, el presidente Thomas S. Monson llamó al presidente Eyring como Primer Consejero de la Primera Presidencia. Previamente, había prestado servicio durante cuatro meses como Segundo Consejero de la Primera Presidencia, llenando la vacante creada por la muerte del presidente James E. Faust.

“Hal” —sobrenombre por el que se le conoce entre los familiares y los amigos íntimos— nació el 31 de mayo de 1933, en Princeton, Nueva Jersey, siendo el segundo de los tres hijos de Henry Eyring y Mildred Bennion, una familia que daba extrema importancia a la educación, tanto espiritual como académica.

Su padre era un distinguido químico y profesor en la Universidad de Princeton; su madre, profesora adjunta que dirigía el departamento de educación física para mujeres en la Universidad de Utah, se encontraba con licencia de ese trabajo mientras se preparaba para recibir un doctorado en la Universidad de Wisconsin cuando conoció al que iba a ser su marido. Ambos inculcaron en sus hijos la confianza en el Señor y la fe que tenían en Su evangelio.

Un patrimonio de fe

Los comienzos del patrimonio familiar de fe del presidente Eyring se remontan a sus antepasados que escucharon y siguieron las impresiones del Espíritu y la dirección de los líderes del sacerdocio. Henry Eyring, su bisabuelo, que era un joven de dieciocho años cuando salió de Alemania en 1853, conoció la Iglesia al año siguiente, en Saint Louis, Misuri. Su deseo de recibir una revelación en cuanto a la Iglesia se cumplió con un sueño, en el que el élder Erastus Snow, a quien todavía no conocía, le mandaba bautizarse. En otro sueño de naturaleza similar, mientras prestaba servicio misional en la región que ocupan actualmente los estados de Oklahoma y Arkansas en 1860, vio por primera vez al presidente Brigham Young .

Después de la misión, en el recorrido hacia Utah, su bisabuelo Eyring conoció a Mary Bommeli, una inmigrante suiza, al unirse a la misma compañía de pioneros en la que ella viajaba. Mary, que con su familia se había convertido a la Iglesia cuando tenía veinticuatro años, había estado encarcelada en Berlín, Alemania, por haber compartido el Evangelio con algunas personas. La noche en que la arrestaron, escribió una carta al juez que iba a considerar su caso, “un hombre del mundo”, hablándole de la Resurrección y del mundo de los espíritus, y exhortándolo a arrepentirse a fin de salvarse y salvar a su familia de “una gran aflicción”. Poco después, el juez dejó sin efecto la acusación y la pusieron en libertad 2 . Henry y Mary se casaron al poco tiempo de haber llegado al Valle del Lago Salado.

Desde Europa hasta los desiertos del sur de Utah y de Arizona, y desde allí a las colonias del norte de México, los antepasados del presidente Eyring dominaron las regiones inhóspitas, predicaron el Evangelio, huyeron de la persecución, establecieron escuelas y educaron a sus hijos.

La influencia de la esposa

A comienzos de la Segunda Guerra Mundial, el racionamiento de gasolina impedía a la familia Eyring hacer el recorrido de 27 kilómetros hasta la Rama de New Brunswick para asistir a las reuniones dominicales. Por ese motivo, la familia recibió permiso para llevar a cabo reuniones en su casa de Princeton, Nueva Jersey. El hermano Eyring bromea diciendo que no faltó a ninguna reunión de la Primaria en ese tiempo, cosa que no sería muy difícil, puesto que sólo una vez tuvieron la Primaria en su hogar.

El presidente Eyring reflexiona a menudo sobre el hermoso espíritu que había en las reuniones sacramentales de aquella pequeña rama formada por su familia y alguno que otro visitante. No le importaba que ellos fueran generalmente los únicos asistentes ni que él y sus hermanos formaran el grupo entero del Sacerdocio Aarónico de la “rama”. Pero la madre, al comenzar a entrar sus hijos en la adolescencia, anhelaba que su familia viviera en medio de una congregación mayor de Santos de los Últimos Días.

En 1946 Henry, su padre, disfrutaba de gran éxito en su trabajo en Princeton; había obtenido títulos honorarios de doctor y muchos premios importantes en química y, debido a sus diligentes labores entre científicos reconocidos en todo el mundo, tenía una oportunidad excelente de que lo consideraran para un Premio Nóbel.

Por esa época, recibió una llamada telefónica de A. Ray Olpin, Presidente de la Universidad de Utah, ofreciéndole el puesto de decano de la escuela para posgraduados y la continuación de su investigación química allí. Mildred, su esposa, le dijo que tomara la decisión él mismo, pero le recordó una promesa que le había hecho años antes: le había prometido que, cuando los hijos crecieran, iba a llevar a la familia más cerca de la sede de la Iglesia. Cuando rechazó la oferta, Mildred, que había crecido en Utah, le rogó que orara con respecto a la decisión y le dio una carta para leer cuando llegara a su laboratorio.

Luego de leer la carta, en la que ella expresaba su desilusión, y después de orar y meditar al respecto, Henry Eyring llamó al presidente Olpin y le dijo que, después de todo, aceptaba la posición para sacar adelante el Departamento de Ciencias de la universidad. Su aparente sacrificio al alejarse de Princeton resultó ser una bendición para él y su familia. Una bendición semejante fue la disposición del presidente Eyring de seguir el ejemplo de su padre al enfrentar una encrucijada similar años después.

La preparación para el futuro

“Desde que mi hermano era adolescente, me di cuenta de lo diferente que era de otros jovencitos”, comenta Harden Eyring, que se refiere a su hermano mayor como su consejero y amigo; y agrega que mientras Henry estaba en la escuela secundaria, se enfrascaba en la lectura de las Escrituras y leyó el Libro de Mormón cinco veces.

Aun cuando no se consideraba superior a los demás, rehusaba tomar parte en actividades que lo desviaran de la espiritualidad. Encontraba tiempo para jugar en el equipo de baloncesto de la escuela secundaria East, de Salt Lake City, pero sus estudios tenían prioridad.

“Cuando yo era adolescente, frecuentaba las heladerías donde todos nos juntábamos”, dice Harden. “Pero él no iba de noche a esos sitios populares entre los jóvenes, sino que se dedicaba a leer y a estudiar”.

Ted, su hermano mayor, que es profesor de química en la Universidad de Utah, cursaba el último año cuando le tocó tener algunas clases junto con Henry, y comenta que éste estaba a la altura del mejor de los alumnos. “Cuando él se concentra, logra cualquier cosa que se propone”, dice. “Es además muy cómico y se mantiene alegre aun en situaciones serias y difíciles. Se parece mucho a nuestro padre”.

Sin embargo, al crecer, el presidente Eyring descubrió una diferencia muy grande entre él y su padre.

El padre animaba a sus hijos a estudiar física y a prepararse para seguir una carrera en ciencias. Por respeto a él, Henry se matriculó en física en la Universidad de Utah; pero un día, cuando le pidió ayuda con respecto a un complejo problema matemático, su padre se dio cuenta de que el hijo no compartía su pasión por esa materia.

“Mi padre se encontraba ante una pizarra que teníamos en el sótano”, recuerda el presidente Eyring; “de pronto, se detuvo en lo que estaba haciendo y me dijo: ‘Hal, la semana pasada estuvimos resolviendo un problema como éste; parece que no lo entiendes mejor ahora que entonces. ¿No lo has estudiado?’ ”

Él le confesó que no y luego admitió que la física no era un tema en el cual pensara constantemente. El padre quedó un momento en silencio y después, con palabras cariñosas, dejó a su hijo en libertad de seguir la vocación profesional que más le gustara, diciéndole: “Hijo, debes encontrar algo que te guste tanto que cuando no tengas nada en qué pensar, sea eso lo que venga a tu mente”.

No obstante, en 1955 recibió un diploma en física antes de alistarse en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Hacía poco que la guerra de Corea había llegado a su fin y todavía era reducido el número de misioneros de tiempo completo que se llamaba en cada barrio; incluso la casa de la misión en Salt Lake City estuvo cerrada por un tiempo y no se enviaron misioneros al campo misional. Sin embargo, en una bendición, el obispo había prometido al presidente Eyring que su servicio militar sería su misión, y, dos semanas después de haber llegado a la Base Sandia, cerca de Albuquerque, Nuevo México, lo llamaron como misionero de distrito en la Misión de los Estados Occidentales, un llamamiento que cumplía al atardecer y los fines de semana durante los dos años que permaneció en el servicio militar.

Una vez cumplida su obligación militar, se matriculó en la Facultad de Administración de Empresas para posgraduados de la Universidad de Harvard, en donde obtuvo una maestría en 1959 y un doctorado en 1963, ambos diplomas en administración de empresas. Aun cuando tenía la inteligencia para lograr el éxito en las ciencias, su vocación principal estaba en la enseñanza y en alentar y fortalecer a otras personas.

Escucha al Espíritu

En el verano de 1961, mientras asistía a Harvard, conoció a Kathleen Johnson, hija de J. Cyril Johnson y LaPrele Lindsay, de Palo Alto, California; ella asistía a clases de verano en Boston, Massachusets, y Henry se prendó de ella la primera vez que la vio. Inmediatamente, se sintió inclinado a mostrar lo mejor de sí cuando estaba en presencia de la joven, un deseo que ha continuado a través de su vida juntos.

Ambos jóvenes salieron juntos ese verano y, después de que Kathleen regresó a California, continuaron el noviazgo con llamadas telefónicas y cartas. En julio de 1962, contrajeron matrimonio en el Templo de Logan, Utah, y el oficiante fue el entonces élder Spencer W. Kimball. Ese mismo año, el hermano Eyring pasó a ser profesor adjunto de la Facultad de Administración de Empresas para posgraduados de la Universidad Stanford.

Nueve años después, él era profesor titular de la universidad y obispo del Barrio 1 de Stanford. Vivían cerca de la casa de sus suegros “y estábamos bien establecidos allí”, comenta. Pero en 1971, en medio de la noche, su esposa lo despertó con dos preguntas extrañas, la primera: “¿Estás seguro de que estás encaminando tu vida en la dirección debida?”.

Pensando en cómo sería posible que fueran más felices, él le preguntó: “¿Qué quieres decir con eso?”.

Ella respondió con la segunda pregunta: “¿No podrías trabajar haciendo investigación para Neal Maxwell?”.

Al élder Neal A. Maxwell lo acababan de nombrar Comisionado del Sistema Educativo de la Iglesia. Ni Henry ni Kathleen lo conocían, pero ella opinaba que tal vez su marido pudiera hacer algo más por cambiar la vida de otras personas.

“Hacer investigación para Neal Maxwell… ¿en este punto de mi carrera?”, le contestó él. “Además”, pensó, “ese tipo de trabajo es algo que hace un joven estudiante de posgrado”.

Después de una pausa, su esposa le dijo: “¿Orarás al respecto?”.

En aquel punto de su matrimonio, él ya sabía que no debía pasar por alto el consejo de la esposa, por lo que salió de la cama, se arrodilló e hizo una oración. “No recibí ninguna respuesta”, dice, “lo cual me alegró mucho porque no tenía interés en irme a ninguna otra parte”.

Al día siguiente, durante una reunión de obispado, oyó mentalmente una voz que había aprendido a reconocer muy bien y que lo reprendió por no haber tomado en serio el consejo de su compañera. “Tú no sabes qué te espera en tu carrera”, se le dijo; “Si recibes otra oferta de trabajo, preséntamela a mí”.

El hermano Eyring quedó muy impresionado con la experiencia y regresó de inmediato a casa. “Tenemos un problema”, le dijo a Kathleen. Temía haber cometido un error al desechar varias ofertas de trabajo que había recibido mientras estaba en Stanford. “Nunca oré con respecto a ninguna de ellas”, dice. Sintiéndose muy humilde, a partir de entonces empezó a orar sobre su futuro.

Menos de una semana después de que la esposa le hizo aquellas preguntas a altas horas de la noche, el comisionado Maxwell lo llamó y lo invitó a reunirse con él en Salt Lake City. Al día siguiente viajó en avión y ambos hombres se reunieron en casa de los padres de Henry. Las primeras palabras que salieron de la boca del hermano Maxwell después de saludarlo fueron: “Quiero pedirle que sea rector del Colegio Universitario Ricks”.

Ni las impresiones de su esposa ni la amonestación espiritual que había recibido lo habían preparado para tal sorpresa, y le dijo al comisionado Maxwell que tendría que orar al respecto; después de todo, sabía muy poco sobre el Colegio Universitario Ricks [en la ciudad de Rexburg, Idaho]. A la mañana siguiente, tuvo una reunión con la Primera Presidencia, después de lo cual el élder Maxwell le dijo que el puesto era suyo, si lo quería.

A su regreso a California, continuó orando fervientemente y recibió la respuesta, pero estuvo a punto de no escucharla. “Oí una voz tan suave que casi no le presté atención”, comenta, “que me dijo: ‘Es mi universidad’ ”. Entonces llamó al comisionado Maxwell y le dijo: “Acepto”.

Sin más ni más, Henry renunció a los beneficios de un profesorado titular en Stanford por la vida en una sencilla casa móvil en Rexburg, Idaho. Después de ser designado como Rector del Colegio Universitario Ricks el 10 de diciembre de 1971, pasaron varios meses antes de que pudiera trasladar a su familia a la nueva casa, que él mismo ayudó a construir.

“Fui a Ricks sabiendo algunas cosas”, dice; “Una, que yo no era un personaje tan importante como me creía por mi elevada posición en Stanford; otra es que mi esposa había recibido la revelación antes que yo; y por último, que era afortunado por encontrarme allí. Así que en lugar de contestar la pregunta: ‘¿Cómo pude renunciar a mi carrera en Stanford?’, simplemente digo: ‘Mi Padre Celestial se encargó de eso, y nunca me pareció un sacrificio’ ”.

Los seis años que el presidente Eyring pasó en Rexburg resultaron ser una bendición para su familia y para la institución de enseñanza. Los consejos prudentes de un humilde maestro orientador contribuyeron a que esos años fueran memorables. Aquel hermano, un granjero con mucha fe, lo instó a salir de su oficina a fin de conocer, animar y expresar gratitud a los profesores, al personal y a los estudiantes del colegio.

Él oró sobre el asunto, sintió la impresión de que debía seguir ese consejo y empezó a pasar más tiempo con los fieles alumnos y con los dedicados integrantes del cuerpo docente y del personal; incluso enseñó clases de religión junto con otro profesor. Al esforzarse por dar forma a los cimientos espirituales y académicos del colegio, él y Kathleen llegaron a sentir gran amor por todos los que formaban parte de la institución, así como por la gente de Rexburg.

La familia tiene prioridad

Durante los años que pasaron en Rexburg, los miembros de la familia Eyring desarrollaron una relación más estrecha entre sí. En esa época Henry y Kathleen tenían cuatro hijos, todos varones: Henry J., Stuart, Matthew y John; más adelante fueron bendecidos con dos hijas: Elizabeth y Mary Kathleen. Aun cuando vivían en una localidad pequeña y rural, sus padres tenían que estar atentos al entorno; una de sus preocupaciones era el tiempo que pasaban los hijos mirando televisión y la calidad de los programas. Henry J., el mayor, recuerda una experiencia que tuvo enorme influencia en el ambiente del hogar de los Eyring.

“Mi hermano y yo estábamos en el sótano, frente al televisor, un sábado cerca de la medianoche”, cuenta. “Mirábamos un espectáculo de comedia vulgar que no debíamos estar mirando; el cuarto estaba oscuro, excepto por la luz que despedía la pantalla del televisor. De pronto, sin anunciarse, mamá entró en la habitación; llevaba puesto un camisón blanco y amplio, y tenía en la mano unas tijeras grandes. Sin decir palabra, metió la mano por detrás del aparato, agarró el cordón y formando un lazo con él introdujo las tijeras y lo cortó de un solo golpe; saltaron chispas en todas direcciones y el aparato se apagó, mientras nuestra madre se deslizaba fuera del cuarto silenciosamente”.

Sin inmutarse, Henry J. se encaminó a la cama; pero su ingenioso hermano cortó el cordón de una aspiradora inservible y lo conectó al televisor; y poco después los muchachos estaban otra vez mirando televisión sin haber perdido casi nada de su programa.

“Sin embargo, mamá se salió con la suya”, dice Henry J. “El lunes, cuando regresamos de la escuela, encontramos el aparato en medio del piso con una profunda grieta a través de la gruesa pantalla de vidrio. Inmediatamente sospechamos de ella, pero cuando la enfrentamos con las preguntas del caso, nos contestó con perfecta cara de inocente: ‘Estaba limpiando la parte de abajo del televisor y se me resbaló’ ”.

El presidente Eyring honró los deseos de su esposa, los hijos los respetaron y aquello fue el fin de la televisión en casa de los Eyring. “Por lo general, mamá guía a través de un ejemplo silencioso”, observa Henry J. “Sin embargo, es también inspirada e intrépida. La confianza que tiene en sí misma ha sido una gran bendición para sus hijos y nietos. Tanto en los momentos cruciales como en los hechos cotidianos, ella ha cambiado para siempre el curso de nuestra vida”.

El presidente Eyring todavía atribuye el mérito a su esposa por haber estimulado su deseo de ser y hacer lo mejor, y siente gratitud por la forma en que ella ha bendecido a sus hijos de la misma manera. Sin vacilar, expresa reconocimiento por su ejemplo y por la influencia que ella ha tenido en la familia. A su vez, la hermana Eyring se refiere a su marido en los mismos términos, expresando agradecimiento por la sensibilidad con la que él escucha al Espíritu y por la manera eficaz en que ha enseñado y vivido el Evangelio en su hogar.

“Para Hal, no había dudas en cuanto a quiénes ocupaban el primer lugar en su corazón”, afirma ella. “Él pasaba el día en Stanford, en un ambiente muy competitivo y con compañeros distinguidos, pero siempre puso a su familia en primer lugar. Al fin de cada día, cuando estábamos reunidos al atardecer, preguntaba: ‘¿A quién no hemos llamado todavía?’ Luego, guiado por el Espíritu, iba al teléfono y llamaba a algún familiar que tuviera necesidad de ese contacto aquella noche en particular”.

Al no tener un televisor en la casa, los integrantes de la familia tenían más tiempo para disfrutar unos con otros y para dedicarse a intereses personales, desarrollar sus respectivos talentos y participar juntos en deportes u otras actividades. A través de los años, el presidente Eyring ha mejorado sus habilidades culinarias (hace pan casero), ha descubierto que tiene talento para tallar madera y ha aprendido a pintar con acuarelas. De vez en cuando envía a alguien una tarjeta ilustrada por él o una acuarela como recuerdo.

Actualmente, la casa de los Eyring está llena de pinturas, tallados y muebles que él ha creado con la ayuda de hábiles instructores; muchas de las piezas reflejan lecciones morales o impresiones espirituales. Además, se hace tiempo para enviar diariamente a su familia, que ahora cuenta con veinticinco nietos, mensajes por correo electrónico, a los que han dado el afectuoso nombre de “Las planchas menores”.

“El diario familiar de papá, que nos manda todos los días por correo electrónico con fotos y contribuciones de hijos y nietos, nos ha ayudado a sentirnos como si estuviéramos juntos cada noche contándonos historias sentados a la mesa de la cena”, comenta Henry J.

Su disposición a prestar servicio

Aunque el presidente Eyring no lo sabía entonces, dejó atrás para siempre sus labores seculares cuando aceptó el puesto en el Colegio Universitario Ricks. Su trabajo como presidente del colegio y simultáneamente su servicio como representante regional y miembro de la mesa directiva general de la Escuela Dominical lo pusieron cada vez más en contacto con los líderes de la Iglesia, que reconocieron sus aptitudes y dones espirituales. Entretanto, el Señor ya conocía su disposición a prestar servicio.

Al extenderle los importantes llamamientos después de sus seis años en el Colegio Universitario Ricks, los líderes de la Iglesia habían procurado y obtenido la inspiración que los guió a él. Durante un período de preparación para esos llamamientos, fue guiado por el Espíritu al trabajar, al tratar de saber la voluntad de Dios, al escuchar para recibir respuestas, y, como sus antepasados, al actuar de acuerdo con las impresiones que recibió. Cuando llegaron los llamamientos, estaba preparado.

En 1977, Jeffrey R. Holland, el nuevo comisionado del SEI, le pidió que fuera comisionado adjunto. Tres años después, cuando el élder Holland pasó a ser rector de la Universidad Brigham Young, el presidente Eyring ocupó su lugar como comisionado del SEI, posición en la que prestó servicio hasta abril de 1985, cuando recibió el llamamiento para ser Primer Consejero del Obispado Presidente. En ese cargo, empleó sus diversas habilidades para hacer contribuciones importantes en asuntos administrativos, en la planificación de propiedades, en el diseño y la construcción de templos y en otros asuntos temporales. En septiembre de 1992, volvieron a nombrarlo comisionado del SEI y un mes después lo llamaron al Primer Quórum de los Setenta.

El 1º de abril de 1995, Henry B. Eyring fue sostenido para integrar el Quórum de los Doce Apóstoles. Desde entonces se ha esforzado por obtener una mayor porción del Espíritu del Señor al bendecir a los miembros de la Iglesia de todo el mundo con sus conmovedores discursos, su amoroso ministerio y su potente testimonio del Salvador y de Su evangelio.

Está altamente calificado

Cuando el presidente Eyring testificó en la conferencia general de octubre de 2007 sobre las bendiciones de ver la mano de Dios en nuestra vida, hablaba por experiencia propia. Al llevar un diario de lo que ha hecho el Padre Celestial por él, ha visto aumentar su testimonio y tiene “una creciente certeza de que nuestro Padre Celestial escucha y contesta nuestras oraciones”.

La clave para oír esas respuestas y saber que Dios se interesa en nuestra vida, dice él, es desarrollar la facultad de escuchar. “Debemos guardar silencio y escuchar. En mi experiencia, cuando no he recibido una impresión clara o no he escuchado la voz del Espíritu, es por estar demasiado ocupado, con demasiadas voces interiores y demasiado absorto en mi propio mundo”.

El presidente Eyring ha vivido siempre conforme a los preceptos del decimotercer Artículo de Fe. Los miembros de la Iglesia son ciertamente muy afortunados de que preste servicio junto al presidente Thomas S. Monson y al presidente Dieter F. Uchtdorf. Su peculiar combinación de aptitudes y talentos, su patrimonio de fe, su vida de preparación, su dedicación al servicio y su determinación de ir en pos de Dios y de hacer Su voluntad lo califican altamente para prestar servicio en la Primera Presidencia.

Liahona, Julio 2008