Las Escrituras perdidas.

Por el élder Gene R. Cook

Prestó servicio como Setenta Autoridad General desde 1975 hasta 2007

Dios escucha y responde nuestras oraciones si ejercemos fe en Él y en Su Hijo.

El 29 de julio de 1977, la hermana Cook y yo acabábamos de visitar la Misión Bolivia Santa Cruz como parte de mi asignación como miembro de los Setenta, y tuvimos que hacer escala en el aeropuerto de Cochabamba, Bolivia, por unas cinco horas. Estábamos muy cansados, así que los dos estábamos contentos de tener unas horas para descansar. Cuando estaba a punto de quedarme dormido, tuve la fuerte impresión de que debía despertar y anotar unas ideas que me estaban viniendo a la mente.

Escribí por casi tres horas, solucionando algunos de los problemas organizativos con los que había luchado durante varios años en la misión de mi Área. Sentí un gran derramamiento del Espíritu y anoté con entusiasmo cada pensamiento inspirado.

Finalmente, partimos hacia La Paz, Bolivia, donde el presidente Chase Allred y su esposa nos recibieron amablemente en el aeropuerto y nos llevaron a las oficinas de la misión en su vehículo. Dejamos nuestro equipaje y mi maletín adentro del auto y lo cerramos con llave. La hermana Allred le pidió a un misionero que vigilara el auto.

Apenas entramos en la oficina, el presidente se encontró con una mujer cuyo esposo estaba muriendo. Entre los dos la ayudamos a calmarse y la asistimos con sus necesidades. Mientras tanto, las hermanas Cook y Allred se fueron a la casa de la misión.

Cuando el presidente y yo regresamos al vehículo, todas nuestras pertenencias habían desaparecido. Yo asumí que la hermana Cook se había llevado las cosas con ella a la casa de la misión, pero mientras manejábamos hacia la casa, descubrí que la pequeña ventanilla delantera derecha estaba dañada y empecé a temer que tal vez nos habían robado.

Al llegar a la casa de la misión nos dimos cuenta de que en realidad nos habían robado todas nuestras pertenencias. La pérdida de la ropa supuso un problema inmediato, aunque solo temporario. Lo más desalentador era que mis libros de Escrituras estaban en el maletín junto con las ideas inspiradas que acababa de recibir en Cochabamba. Me sentí abrumado por el desaliento, la ira y un sentimiento de impotencia.

Después de que todos hubimos orado pidiendo recuperar nuestras posesiones, intentamos disfrutar de la cena, pero no pudimos. Las Escrituras habían sido un regalo de mis padres y tenían una inscripción sagrada para mí de mi madre y mi padre antes de que él falleciera. Había dedicado miles de horas a marcar, correlacionar y atesorar las únicas posesiones terrenales que había considerado de mucho valor.

Si bien el presidente Allred y yo teníamos mucho que analizar, tuve la fuerte impresión de que debíamos hacer todo lo posible por recuperar las Escrituras; así que, después de la cena, todos los presentes nos arrodillamos para orar una vez más. Le suplicamos al Señor que las Escrituras fueran devueltas, que las personas que se las habían llevado reconocieran su acto deshonesto y se arrepintieran, y que la devolución de los libros fuera el medio para traer a alguien a la Iglesia verdadera.

Decidimos buscar por la zona próxima a las oficinas de la misión y en un campo cercano con la esperanza de que el ladrón o los ladrones se hubieran llevado las cosas que podían vender y se hubieran desecho de los libros en inglés.

Unas diez personas nos subimos a la camioneta con linternas y ropa de abrigo y manejamos por varias calles, recorriendo descampados y hablando con la gente hasta agotar todas las posibilidades. Nadie había visto ni oído nada. Finalmente, regresamos a la casa abatidos. El presidente Allred y yo terminamos nuestra reunión bien entrada la noche y al día siguiente la hermana Cook y yo volamos de regreso a nuestro hogar en Quito, Ecuador.

Los misioneros de Bolivia siguieron varias semanas con la búsqueda. Desesperados, decidieron poner un anuncio en dos diarios ofreciendo una recompensa.

Mientras tanto, en Quito, yo estaba batallando. No había estudiado las Escrituras desde que me las habían robado. Había intentado estudiarlas, pero cada vez que leía un versículo, solo lograba recordar unos pocos de los muchos pasajes correlacionados que había anotado durante más de veinte años. Estaba desanimado, deprimido y no tenía deseos de leer. Oré muchas veces para que aparecieran mis Escrituras. Mi esposa y mis hijos pequeños siguieron orando a diario durante tres semanas, diciendo: “Por favor, Padre Celestial, recupera las Escrituras de papá”.

Pasadas unas tres semanas, tuve una fuerte impresión espiritual: “Élder Cook, ¿cuánto tiempo vas a estar sin leer ni estudiar?”. Esas palabras me impactaron y tomé la decisión de que debía ser lo suficiente humilde y sumiso para comenzar de nuevo. Valiéndome de las Escrituras de mi esposa, empecé a leer en Génesis, en el Antiguo Testamento y, con su permiso, volví a marcar y correlacionar pasajes.

El 18 de agosto, un empleado de la Iglesia, el hermano Eb Davis, llegó a Ecuador procedente de Bolivia con un paquete del presidente de misión en La Paz y depositó las Escrituras sobre la mesa junto con las anotaciones que había hecho de mis impresiones espirituales.

El gozo que experimenté es indescriptible. El darme cuenta de que el Señor, de alguna manera milagrosa, pudo tomar aquellos libros de La Paz, una ciudad de entre 700.000 y 800.000 habitantes, de las manos de unos ladrones, y devolverlos intactos sin que hubiesen arrancado, rasgado o estropeado ni una página, está más allá de mi comprensión. Aquel día le prometí al Señor que usaría mi tiempo y las Escrituras mucho mejor de lo que lo había hecho hasta entonces.

Más tarde supe que una mujer había estado en un mercado —uno de cientos en La Paz— y había visto a un hombre borracho zarandeando un libro negro. Ella pertenecía a una iglesia protestante y tuvo la fuerte impresión espiritual de que algo sagrado estaba siendo profanado. Se acercó al hombre y le preguntó qué era. Él no lo sabía, pero le mostró el libro. Ella le preguntó si tenía algo más y él sacó otro libro negro. La mujer le preguntó si había algo más y él tomó una carpeta llena de papeles que decía que iba a quemar. Entonces la mujer le preguntó si podía comprarle las cosas, a lo que él accedió a cambio de cincuenta pesos (unos 2,50 dólares estadounidenses).

Después de hacerlo, ella no estaba segura de por qué había comprado los libros; ambos estaban en inglés, y ella no sabía inglés. Además, le habían costado caros, casi el diez por ciento de sus ingresos mensuales. No tenía motivo alguno para comprar los libros, salvo la impresión espiritual que había recibido. De inmediato se puso a buscar la iglesia cuyo nombre aparecía en la portada de los libros: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Después de visitar varias iglesias, por fin llegó a las oficinas de la misión de la Iglesia en La Paz. Ella no había oído hablar de la recompensa ni había visto el anuncio en el periódico, que iba a aparecer ese día. No pidió dinero; ni siquiera reclamó los cincuenta pesos que había pagado. Los élderes recibieron los libros con alegría y le pagaron la recompensa igualmente.

Les dijo a los misioneros que ella pertenecía a la fe pentecostés, pero escuchó con atención cuando le hablaron del Evangelio. Recordaba haber leído algo acerca de José Smith en un folleto que había encontrado en la calle dos o tres años antes. Aceptó las lecciones misionales y, después de la segunda lección, se comprometió al bautismo. Dos semanas más tarde, el 11 de septiembre de 1977, un domingo por la tarde, en una rama de La Paz, Bolivia, María Cloefe Cárdenas Terrazas y su hijo Marco Fernando Miranda Cárdenas, de 12 años, fueron bautizados.

El Señor había transformado mi abrumador sentimiento de impotencia tras la pérdida de las Escrituras en un gran sentimiento de gozo al ver revelada Su mano. El Señor dijo: “Por tanto, os digo que todo lo que pidáis en oración, creed que lo recibiréis, y os vendrá” (Marcos 11:24).

Dios escucha y responde nuestras oraciones si ejercemos fe en Él y en Su Hijo, el Señor Jesucristo.

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Salud física: Bajar de peso y la Palabra de Sabiduría

Carol E. Wolf, Utah, EE. UU.

Cuando tenía sesenta y tantos años, empecé a tener dificultad para moverme. Pesaba casi 135 kilos; tenía poca energía y me cansaba fácilmente; incluso conseguí un permiso para estacionar mi automóvil en zonas para discapacitados a fin de poder estacionarme lo más cerca de las tiendas como fuera posible.

Decidí que había llegado el momento de bajar de peso. Acudí a Doctrina y Convenios 89 y oré a mi Padre Celestial: “Ayúdame a entender lo que esto realmente me está diciendo”. Con el tiempo, cada versículo y cada palabra cobraron un nuevo significado para mí. Aun cuando no tomo alcohol, ni té ni café, y no fumo, realmente no había comprendido el mensaje general. Sabía que la Palabra de Sabiduría era un código de salud, pero nunca antes había considerado que fuera una forma de vida.

Por primera vez sentí realmente que podía cambiar mi estilo de vida. Me puse una meta realista de bajar 50 libras (23 kilos) en 50 semanas.

Llevé un control de las calorías y nutrientes que consumía e investigué los beneficios a la salud de todo lo que comía. A medida que consumía alimentos más saludables, me sentía satisfecha y no tenía antojos. Parecía como que mi cuerpo sabía lo que necesitaba. Los alimentos dañinos de los que antes disfrutaba perdieron su atractivo. Dejé de comer azúcar y, con el tiempo, dejé de contar calorías y consumí alimentos de origen vegetal, tal como dice la Palabra de Sabiduría: “lo que produce fruto, ya sea dentro de la tierra, ya sea arriba de la tierra” (D. y C. 89:16). Logré mi meta y aun más. En un poco más de veintitrés meses había perdido la mitad de lo que pesaba, ¡lo que equivale a doce tallas de ropa más pequeñas! He mantenido ese peso por más de tres años.

Me siento saludable; ya no tengo altibajos en mis niveles de azúcar en la sangre cuando tengo hambre, y no recuerdo cuándo fue la última vez que tuve dolor de cabeza. No tengo que tomar ningún medicamento. Mientras que perder peso ha contribuido a un sentimiento de bienestar en general, también lo ha hecho mi nuevo estilo de vida.

El controlar lo que como es parte de vencer al hombre natural (véase Mosíah 3:19). A su vez, afina mi discernimiento espiritual y me permite recibir la promesa de que “[hallaré] sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos” (D. y C. 89:19). El renunciar a la comida rápida para obtener sabiduría es un buen intercambio.

Estoy muy agradecida a un amoroso Padre Celestial que escuchó mi sencilla petición y que me dio una nueva percepción de la Palabra de Sabiduría. Sé que la Palabra de Sabiduría es revelación y que puede cambiar vidas.