Arrepiéntete, vuélvete al Señor y sé sanado

Por David L. Frischknecht

Departamento de Cursos de Estudio

“He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más” (D. y C. 58:42).

Hace poco, una buena y fiel mujer que conozco se lesionó gravemente en un accidente automovilístico. Entre otras cosas, se fracturó algunas costillas y vértebras. Como parte de su recuperación tuvo que usar un aparato ortopédico en la espalda y en el cuello para no moverlos. El aparato parecía muy incómodo, pero era necesario; le proporcionó el medio por el cual la espalda y el cuello pudieran sanar.

El arrepentimiento es como el aparato ortopédico. Cuando pecamos, lesionamos nuestra alma, por lo que es necesario un tratamiento divino para que sanemos. El arrepentimiento establece las condiciones que permiten, mediante el poder de la Expiación, que el Salvador nos sane (véase 3 Nefi 9:13). Si alguna parte del arrepentimiento no es muy cómoda —como el corsé ortopédico para una espalda fracturada— aún así tenemos que arrepentirnos.

El presidente Dieter F. Uchtdorf, segundo consejero de la Primera Presidencia, enseñó: “El verdadero arrepentimiento nos lleva de nuevo a hacer lo correcto. Para arrepentirnos verdaderamente, debemos reconocer nuestros pecados y sentir remordimiento, o la tristeza que es según Dios, y confesar los pecados a Dios. Si nuestros pecados son graves, debemos también confesarlos a nuestro líder autorizado del sacerdocio. Debemos pedir a Dios que nos perdone y hacer todo lo que esté a nuestro alcance para corregir cualquier daño que hayan causado nuestras acciones. El arrepentimiento significa un cambio en la mente y en el corazón; dejar de hacer lo incorrecto y comenzar a hacer lo correcto. Produce una actitud renovada hacia Dios, hacia nosotros mismos y hacia la vida en general”1.

Cuando completamos con éxito el proceso de arrepentimiento, el resultado es la sanación, el alivio y la felicidad. Dorothy J. R. White escribió:

Consideremos las lágrimas que caen al exterior,

pero lavan y limpian el interior2.

El Señor ruega con insistencia, amor y persuasión que nos arrepintamos, porque Él desea sanarnos. Él sufrió en cuerpo y espíritu para pagar el precio por nuestros pecados si nos arrepentimos. Él explica:

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;

“mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;

“padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.

“Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres.

“Por lo que otra vez te mando que te arrepientas” (D. y C. 19:16–20).

Que nos arrepintamos ahora, nos volvamos al Señor y seamos sanados.

 

Referencias
1. Dieter F. Uchtdorf, “El punto de retorno seguro”, Liahona, mayo de 2007, pág. 99–101.
2. Dorothy J. R. White, “Repentance,” Ensign, julio de 1996, pág. 27.

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